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Danmachi el caballero negro - Capítulo 20

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  4. Capítulo 20 - 20 venta de perfumes
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20: venta de perfumes 20: venta de perfumes A la mañana siguiente, Orario despertó antes que el sol.

Las calles aún estaban cubiertas por una neblina suave, y las primeras antorchas mágicas comenzaban a apagarse cuando Sirius abrió el laboratorio.

El lugar olía distinto: no a experimentación, sino a propósito.

Aurora llegó poco después, con varios pergaminos bajo el brazo.

—Dormí poco —admitió—.

Los nombres no dejan dormir cuando son correctos.

Sirius sonrió mientras colocaba los frascos ya llenos en filas perfectas.

Quinientos en total.

Cien de cada esencia.

—Entonces son buenos —dijo—.

¿Por cuál empezamos?

Aurora extendió los pergaminos sobre la mesa central.

Cada uno tenía bocetos, símbolos y palabras clave.

—No venderemos perfumes —dijo—.

Venderemos identidades.

Sirius alzó una ceja, interesado.

—El floral —continuó Aurora— se llamará “Lúmina”.

Para quien quiere sentirse vista sin esfuerzo.

Sirius asintió mientras escribía el nombre en una etiqueta provisional.

—El oriental… —Aurora hizo una pausa, como si midiera el peso de la palabra— “Noctis Vela”.

Presencia que permanece incluso cuando te has ido.

—Ese se agotará rápido —murmuró Sirius.

Aurora señaló el siguiente pergamino.

—El fresco será “Aeris”.

Movimiento, libertad, día abierto.

—Perfecto para aventureras —añadió él.

—El chipre frutal se llamará “Sylpha”.

Elegancia viva.

—Y el amaderado… —Aurora sonrió con calma— “Raíz”.

Sirius levantó la vista.

—Simple.

—Irremovible —corrigió ella.

Durante horas trabajaron en las tarjetas aromáticas: pequeños rectángulos de papel tratado con material de absorción, capaces de conservar el aroma durante veinticuatro horas completas.

Cada una llevaba una frase breve, escrita con tinta sobria: “Huele hoy.

Recuérdalo mañana.” Cuando terminaron, el sol ya estaba alto.

—Las calles del distrito comercial —dijo Sirius—.

Ahí empezamos.

Aurora observó las cajas listas para salir.

—Esto llamará atención —dijo—.

Y no toda será buena.

—Nunca lo es —respondió él— cuando haces algo mejor que el resto.

Aurora tomó uno de los frascos y lo sostuvo un segundo más de lo necesario.

—Si funcionan como creemos… —murmuró— Orario no volverá a oler igual.

Y por primera vez desde que comenzaron, ambos sintieron que lo que habían creado no era solo un negocio, sino el inicio de algo que otros intentarían copiar… o detener.

El bullicio de Orario comenzaba a crecer cuando Sirius cerró la última caja con un golpe seco y satisfecho.

La madera crujió bajo el sello mágico, asegurando que los frascos no se moverían ni un dedo durante el transporte.

Aurora observó el resultado en silencio.

—Cinco esencias —dijo al fin—.

Quinientas decisiones esperando ser tomadas.

Sirius se limpió las manos con un paño y respiró hondo.

—Antes de salir al distrito comercial… — empezó, midiendo sus palabras— quiero proponerte algo, diosa mía.

Aurora giró ligeramente la cabeza, interesada.

—Te escucho.

—Hefesto.

El nombre cayó con peso.

Aurora alzó una ceja, no sorprendida, pero sí intrigada.

—La diosa del fuego y las forjas —dijo—.

¿Qué tienes en mente?

Sirius caminó hasta la ventana del laboratorio, desde donde se veía a lo lejos la silueta imponente de Babel.

—Su familia tiene tiendas por toda Orario.

En el distrito comercial… y en Babel, en el piso destinado a negocios.

—Se giró hacia ella—.

No venderemos esto bien desde un puesto improvisado.

Necesitamos visibilidad, legitimidad.

Y Hefesto ya confía en mí.

Aurora recordó las espadas, las transacciones, las conversaciones compartidas frente a yunques incandescentes.

—Confía en tu olfato para los metales —sonrió—.

Veremos si confía también en tu olfato literal.

Sirius inclinó la cabeza.

—Si alguien puede entender el valor de crear algo irrepetible… es ella.

Aurora tomó su manto y lo ajustó con un gesto decidido.

—Entonces vamos a verla.

La forja principal de la Familia Hefesto era un contraste absoluto con el laboratorio.

Calor, ruido, chispas.

El aire vibraba con martillazos rítmicos y conversaciones ásperas.

Sin embargo, cuando Hefesto apareció desde el fondo, el lugar pareció calmarse por instinto.

—Vaya, si no es Sirius —dijo con una sonrisa ladeada—.

Que rompiste ahora.

—Hoy no vengo por espadas —respondió él—.

Vengo por algo distinto.

Hefesto notó entonces a Aurora.

Sus ojos se afinaron con reconocimiento inmediato.

—Aurora… —dijo—.

No esperaba verte aquí.

—Ni yo esperaba pedirte ayuda —respondió ella con serenidad—.

Pero el mundo da vueltas interesantes.

Hefesto rió.

—Eso es cierto.

Pasen.

Los condujo a una sala lateral, más tranquila, donde el fuego ardía bajo control.

Sirius colocó con cuidado una caja de madera oscura sobre la mesa central y la abrió.

Cinco frascos quedaron expuestos.

—Perfumes —dijo Hefesto, incrédula—.

¿Tú?

—Nosotros —corrigió Sirius—.

Y no son perfumes comunes.

Aurora dio un paso al frente.

—No vendemos olores.

Vendemos identidades.

Hefesto tomó uno de los frascos.

El primero.

—¿Nombre?

—Lúmina.

Destapó el frasco.

El aroma se expandió suave, envolvente.

Hefesto cerró los ojos sin darse cuenta.

—… —no dijo nada durante varios segundos—.

Esto no intenta imponerse.

Simplemente… está.

Aurora asintió.

—Exacto.

Uno a uno, Hefesto probó los cinco.

Noctis Vela la hizo fruncir el ceño con una sonrisa peligrosa.

Aeris le arrancó una risa ligera, inesperada.

Sylpha la obligó a sentarse.

Y Raíz… —Este —dijo con voz baja— no se va.

Sirius observó en silencio.

Sabía que ese momento decidiría todo.

Hefesto apoyó los frascos con cuidado, como si fueran reliquias.

—Jamás he olido nada así en Orario —dijo al fin—.

Ni en el cielo, para ser honesta.

Aurora cruzó los brazos.

—Entonces entenderás por qué no podemos venderlos como si fueran jabón.

Hefesto levantó la vista hacia Sirius.

—Habla.

¿Qué planeas?

Sirius respiró hondo.

—Una tienda.

No un puesto.

Una perfumería dedicada exclusivamente a estas esencias.

Con muestras, identidad visual, constancia.

Cada persona debe recordar dónde lo olió por primera vez.

—Publicidad —añadió Aurora—.

No invasiva.

Experiencial.

Hefesto se recostó en la silla.

—Mis tiendas pueden encargarse de eso —dijo—.

Ubicación, flujo de clientes, reputación.

A cambio… Sirius ya lo esperaba.

—Veinte por ciento de las ventas.

Hefesto sonrió.

—Exacto.

Aurora no dudó.

—Aceptado.

Hefesto alzó una ceja.

—¿Ni siquiera negocias?

—Sabemos lo que vale tu apoyo —respondió Aurora—.

Y sabemos lo que valen nuestros perfumes.

La diosa del fuego rió con fuerza.

—Me gusta eso.

El contrato se selló esa misma tarde, con tinta, fuego controlado y un apretón de manos que selló algo más que un acuerdo comercial.

—¿Nombre de la tienda?

—preguntó Hefesto mientras guardaba el documento.

Aurora miró a Sirius.

Él asintió.

—Perfumería Aurora —dijo ella.

Hefesto chasqueó la lengua, aprobando.

—¿Y el lema?

Aurora pensó unos segundos, luego habló con claridad: —“No es solo un aroma.

Es quien decides ser.” Hefesto sonrió lentamente.

—Eso venderá.

Mientras los preparativos avanzaban, Hefesto observó a Sirius con curiosidad renovada.

—Dime algo —dijo—.

¿Esto es todo?

¿Cinco perfumes y ya?

Sirius negó con la cabeza.

—Esto es solo el inicio.

Planeamos lanzar cinco perfumes nuevos cada mes.

Hefesto se enderezó.

—¿Cinco… cada mes?

—Sí —confirmó—.

Ediciones limitadas algunas.

Otras permanentes.

Queremos que la gente vuelva, no por necesidad, sino por expectativa.

Hefesto soltó una carcajada.

—Estás pensando como un dios del comercio.

Aurora sonrió, orgullosa.

—Y aún no ha terminado.

Horas después, las quinientas botellas fueron colocadas cuidadosamente en cajas reforzadas, cada una sellada con el emblema naciente de la perfumería.

Junto a ellas, miles de tarjetas aromáticas con los cinco aromas iniciales.

—Las regalaremos —explicó Sirius—.

Para que la gente huela hoy… y regrese mañana.

Hefesto observó el cargamento listo para partir hacia la tienda.

—Orario no sabe lo que se le viene encima —dijo.

Aurora sostuvo uno de los frascos una última vez.

—Ni siquiera imagina —respondió.

———-Una semana después———— La primera semana comenzó sin ceremonias.

No hubo discursos grandilocuentes ni anuncios ruidosos en Babel.

Solo una tienda nueva, sobria, con madera clara, vidrio pulido y un símbolo discreto grabado sobre la entrada: Perfumería Aurora Desde fuera, parecía tranquila.

Desde dentro, el aire ya no pertenecía a Orario.

Sirius apenas pisó la tienda durante esos primeros días.

Mientras Aurora y la familia Hefesto se encargaban del frente visible, él volvió a encerrarse donde siempre se sentía más cómodo: el laboratorio.

La mesa central ya no estaba ocupada solo por frascos terminados, sino por decenas de pequeños recipientes experimentales.

Polvos traídos de diferentes lugares.

Resinas obtenidas de árboles raros del exterior de la ciudad.

Extractos de flores nocturnas que solo abrían sus pétalos cuando no había luna.

Sirius anotaba todo.

Temperatura.

Tiempo de maceración.

Reacción mágica.

Persistencia aromática.

—El problema no es el olor inicial —murmuraba para sí—.

Es lo que queda cuando el mundo sigue.

Probó combinaciones imposibles para un perfumista común.

Elementos que normalmente se usarían para pociones, mezclados con aceites base refinados hasta perder cualquier toxicidad.

Descubrió que ciertos minerales pulverizados, tratados con magia de neutralización, no aportaban aroma… sino profundidad.

Como un eco.

Al tercer día, tenía descartados más de veinte intentos.

Al cuarto, uno prometedor.

Al quinto, tres nombres nuevos escritos en pergaminos aún vacíos.

Pero mientras Sirius investigaba, Orario empezaba a hablar.

La Perfumería Aurora abrió sus puertas oficialmente al amanecer del segundo día.

El precio estaba claramente marcado.

10,000 valis por frasco.

Algunos se detuvieron solo para mirar.

Otros fruncieron el ceño.

—¿Un perfume?

¿A ese precio?

Pero entonces estaban las muestras.

Las tarjetas aromáticas descansaban en bandejas de cristal.

El personal —miembros entrenados de la familia Hefesto— no hablaba demasiado.

Solo ofrecía una tarjeta, con una leve inclinación de cabeza.

Y Orario olía.

Lúmina fue la primera en causar murmullos.

No era dulce ni invasiva.

Las mujeres que la probaban tardaban unos segundos en reaccionar, como si su cuerpo necesitara tiempo para entender lo que sentía.

—Huele… a presencia —dijo una aventurera de nivel medio, confundida—.

No a flores.

Noctis Vela generó silencios más largos.

Varias diosas regresaron al día siguiente solo para confirmarlo.

—No desaparece —susurró una de ellas—.

Cambia.

Aeris se agotó sorprendentemente rápido entre mensajeras, exploradoras y mujeres jóvenes de familias menores.

Sylpha atrajo a nobles y comerciantes.

Raíz… Raíz no necesitó explicación.

Quienes la olían sabían exactamente si era para ellas o no.

Y si lo era, compraban sin discutir el precio.

Para el tercer día, algo quedó claro.

No eran principalmente los hombres quienes compraban.

Eran diosas.

Diosas curiosas.

Diosas competitivas.

Diosas que no estaban acostumbradas a que algo las sorprendiera de verdad.

—Jamás había olido algo así —admitió una de ellas, saliendo con dos frascos—.

No intenta agradar.

Simplemente existe.

Las mujeres mortales siguieron después.

Aventureras con valis suficientes.

Comerciantes influyentes.

Algunas esposas de familias poderosas que querían algo que no se pudiera copiar fácilmente.

La tienda no gritaba lujo.

Pero el aroma hablaba por ella.

Para el cuarto día, los quinientos frascos ya no estaban completos.

Las tarjetas aromáticas se entregaban por cientos.

Muchas personas no compraban de inmediato… pero regresaban.

—Quería volver a olerlo —decían—.

No se me fue de la cabeza.

El boca a boca hizo el resto.

—¿Ya fuiste a la perfumería nueva?

—No es como las otras.

—Es cara.

—Vale cada valis.

La fama creció de forma incómoda.

No explosiva, sino constante.

Como una presión que se acumulaba.

Para el sexto día, solo quedaban unas pocas botellas de Sylpha y Raíz.

Aurora observaba los estantes casi vacíos con una mezcla de satisfacción y preocupación.

En la oficina de Hefesto en babel.

Se miraba a la diosa aurora leyendo hojas de ventas.

—Nos van a exigir más —dijo.

—Que exijan —respondió Hefesto—.

Eso significa que funcionó.

Sirius regresó a la tienda al final de la semana.

El ambiente era distinto.

No por la decoración, sino por la gente.

Había expectativa en el aire.

Clientes que entraban con respeto, como si pisaran un lugar que no querían profanar.

Aurora se acercó a él.

—Se vendieron —dijo simplemente.

Sirius no sonrió de inmediato.

—¿Todos?

—Los quinientos.

Hubo un silencio breve.

No de sorpresa, sino de aceptación.

—Entonces no nos equivocamos —dijo al fin.

Hefesto apareció con una caja metálica sellada.

—Hora de contar —anunció.

Dentro, las bolsas de valis brillaban con un peso innegable.

500 frascos.

10,000 valis cada uno.

Cinco millones de valis.

Hefesto separó con precisión su parte.

El veinte por ciento se apartó sin discusión.

—Un millón —dijo—.

Para la familia Hefesto.

El resto quedó frente a Sirius y Aurora.

Cuatro millones.

Aurora observó el dinero sin codicia.

Solo como una confirmación.

—Esto no es el objetivo —dijo—.

Es el combustible.

Sirius asintió.

—Ahora podemos hacer las cosas bien.

Sin prisa.

Sin compromisos baratos.

Hefesto los miró con una sonrisa peligrosa.

—Van a cambiar un mercado entero —dijo—.

Y cuando lo hagan… otros querrán su parte.

Sirius pensó en sus pergaminos incompletos.

En los nuevos elementos.

En los aromas que aún no existían.

—Que lo intenten.

Porque después de una sola semana, Orario ya había aprendido algo nuevo: Algunas cosas no se compraban solo con dinero.

Se compraban con visión.

Y Perfumería Aurora acababa de demostrar que había llegado para quedarse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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