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Danmachi el caballero negro - Capítulo 7

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  4. Capítulo 7 - 7 mazmorra
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7: mazmorra 7: mazmorra Sirius despertó antes del amanecer.

Durante unos segundos no supo dónde estaba.

El techo de madera, las vigas oscuras y el leve crujido de la posada La Llama del Viajero fueron tomando forma poco a poco, hasta que el recuerdo del día anterior regresó con toda su fuerza.

El Gremio.

El registro.

La familia.

La masmorra.

Hoy era su primer día.

Se incorporó lentamente y miró hacia la otra cama.

Aurora dormía de espaldas, respirando con calma.

Sirius se permitió observarla un instante; no parecía una diosa, ni una figura distante.

Parecía simplemente… alguien que confiaba en él.

Y ese pensamiento le pesó más que cualquier arma.

Se levantó sin hacer ruido.

La luz gris del amanecer se filtraba por la ventana cuando comenzó a preparar su mochila.

La colocó sobre la mesa y revisó cada compartimento con cuidado casi obsesivo.

Primero, la mochila para guardar su botín .Luego, los suministros.

Llenó la cantimplora con agua fresca que había pedido la noche anterior.

La sacudió para asegurarse de que no hubiera fugas.

Después envolvió cuidadosamente varios sándwiches simples—pan, carne salada y algo de queso—lo justo para mantener fuerzas sin ocupar demasiado espacio.

No era comida elegante, pero en la masmorra, la practicidad valía más que el sabor.

Respiró hondo.

El equipo era lo siguiente.

Apoyadas contra la pared descansaban sus dos espadas bastardas de una mano.

No eran armas legendarias ni finamente decoradas, pero estaban bien balanceadas.

Sirius pasó los dedos por los filos, comprobando que no hubiera mellas.

El metal reflejó la luz con un brillo frío y honesto.

Se colocó el arnés, ajustó las correas, probó el peso.

Las espadas se cruzaban a su espalda, accesibles pero seguras.

Finalmente, tomó el mapa del primer piso de la masmorra: un pergamino gastado, copiado cientos de veces por el Gremio.

No mostraba todo, solo las rutas más comunes, los túneles estables y las zonas donde solían aparecer goblins.

—Primer piso… —murmuró.

Aurora se movió detrás de él.

—Ya estás despierto —dijo ella.

Sirius se giró.

—No quería despertarte.

Aurora sonrió con suavidad.

—Hoy no dormía mucho de todas formas.

Desayunaron en silencio.

No era un silencio incómodo, sino uno cargado de anticipación.

Cuando salieron de la posada, Orario ya estaba despierta.

Aventureros caminaban en la misma dirección, algunos hablando animadamente, otros callados como estatuas.

Aurora puso su mano sobre la cabeza de sirius revolviendo su pelo.

—te estaré esperando vuelve a salvo mi estrella de la suerte, iré a reunirme con unas amigas.

Sirius sosteniendo su mirada con ojos firmes.

—espera mi regreso lady aurora.

La Torre de Babel se alzaba ante el, imposible de ignorar.

Bajo su base se encontraba la entrada a la mazmorra.

Un enorme arco de piedra conducía al interior.

Al cruzarlo, el aire cambió.

Se volvió más frío, más pesado, como si la tierra respirara lentamente.

Frente a ellos se abría un gigantesco pozo circular, tan profundo que la oscuridad devoraba la vista.

Escaleras de piedra descendían en espiral, iluminadas por cristales incrustados en las paredes.

Aventureros de todas las razas se reunían allí: humanos, elfos, enanos, hombres-bestia.

Grupos pequeños, bien organizados.

Ablando entre ellos, otros riendo.

Sirius tragó saliva.

—Aquí empieza —susurró.

Descendiendo Cada paso resonaba en la piedra.

El eco se mezclaba con otros, creando una música grave y constante.

Al llegar al fondo, el pozo desembocaba en un enorme túnel.

El techo era alto, sostenido por formaciones rocosas naturales.

El camino se bifurcaba en varias direcciones.

Se alejó de los otros aventureros, siguiendo el mapa.

Caminó durante diez minutos, contando sus pasos, hasta que los sonidos de la multitud quedaron atrás.

El silencio se volvió espeso.

Solo se oía su respiración y el leve goteo del agua desde el techo.

Entonces lo escuchó.

Un gruñido.

Sirius llevó la mano a la empuñadura.

De entre las sombras emergió un goblin.

Era bajo, de piel verdosa y ojos amarillos que brillaban con malicia.

Sostenía una daga oxidada y mostraba una sonrisa torcida, como si se burlara de él.

Detrás, otro apareció.

Luego un tercero.

—Tres… —pensó Sirius.

No esperó a que se acercaran.

Desenvainó una espada y avanzó.

El primer goblin chilló y se lanzó hacia él.

Sirius giró el cuerpo y cortó en diagonal.

El filo atravesó carne y hueso con un sonido húmedo.

El goblin cayó, deshaciéndose en partículas de luz que dejaron atrás un pequeño cristal.

El segundo atacó por la izquierda.

Sirius levantó la otra espada, bloqueó la daga y empujó con fuerza.

El goblin perdió el equilibrio.

Sirius no dudó: estocada directa al pecho.

El tercero gritó y se lanzó Sirius se agachó mientras extendía su espada matándolo.

Recogió los cristales y un colmillo de goblin, los guardó con manos temblorosas.

Su corazón latía con fuerza, pero no era miedo puro.

Era algo distinto.

Algo vivo.

Siguió avanzando.

Los encuentros se repitieron.

Goblins solos.

En parejas.

A veces emboscadas torpes.

Sirius aprendía rápido.

Observaba cómo se movían, cómo atacaban siempre de frente, cómo gritaban antes de lanzarse.

En una ocasión, tres goblins intentaron rodearlo.

Sirius retrocedió hasta una pared, limitando los ángulos.

Cuando atacaron, giró sobre sí mismo, usando ambas espadas en un arco mortal.

Dos cayeron al instante.

El tercero logró cortarle el brazo, apenas un rasguño, antes de ser decapitado.

Respiró agitadamente.

—Así que esto es… —susurró.

Cuando finalmente se detuvo, cubierto de sudor y con los brazos pesados, contó los cristales en su bolsa.

15 y 4 colmillos de goblin, No eran muchos, pero eran suyos.

Prueba de que había entrado en la mazmorra… y salido con vida.

Se apoyó contra la pared de piedra.

El primer piso había sido solo el comienzo.

El combate no se detuvo.

Tras el primer enfrentamiento, Sirius avanzó por los túneles del primer piso con paso constante, atento a cada sombra y a cada eco.

Los goblins parecían surgir de la piedra misma: algunos escondidos tras salientes rocosas, otros saliendo de túneles laterales con chillidos agudos que resonaban por los pasillos.

Uno tras otro.

Sirius ya no dudaba.

Cuando un goblin aparecía, su cuerpo reaccionaba antes que su mente.

Corte horizontal para abrir espacio.

Paso lateral.

Estocada limpia al cuello o al pecho.

Los monstruos caían y se desintegraban en partículas de luz verdosa, dejando atrás sus cristales mágicos que tintineaban al tocar el suelo.

Algunos intentaron atacarlo en grupo.

Cuatro goblins se lanzaron a la vez, confiando en el número.

Sirius retrocedió solo lo necesario, esperó el primer golpe torpe y giró sobre sí mismo.

Las dos espadas se movieron como una extensión natural de sus brazos.

Uno perdió la cabeza.

Otro cayó partido desde el hombro hasta el abdomen.

Los dos restantes huyeron… pero no llegaron lejos.

El sudor le corría por la espalda.

Los brazos comenzaban a arder.

Aun así, siguió.

Cuando el conteo mental llegó a cuarenta y cinco, Sirius se detuvo.

Se apoyó contra una pared rocosa, áspera y fría, y dejó que el peso del cuerpo cayera sobre ella.

Sus manos temblaban levemente.

Sacó la bolsa de cristales: estaba notablemente más pesada.

Sonrió, apenas.

Se sentó en el suelo, estiró las piernas y sacó dos sándwiches de la mochila.

Comió despacio, obligándose a masticar con calma.

Cada bocado le devolvía energía, aunque el cansancio seguía ahí, acumulado en los músculos.

Bebió agua de la cantimplora, largos tragos que le refrescaron la garganta seca.

Cerró los ojos durante un momento.

Escuchó la masmorra.

Los sonidos lejanos.

El silencio tenso.

Quince minutos.

Ni uno más.

Cuando se levantó, el cuerpo protestó, pero la mente estaba clara.

Guardó los restos, ajustó las correas del equipo y miró el mapa.

El acceso al segundo piso no estaba lejos.

Descendió.

El cambio fue inmediato.

El segundo piso era más amplio.

Los túneles se abrían en cámaras más grandes, con columnas naturales y techos altos.

La sensación de opresión disminuía, pero a cambio, el espacio permitía que los goblins se movieran en grupos mayores.

No tuvo que esperar mucho.

Seis goblins aparecieron casi al mismo tiempo, armados con garrotes y cuchillas improvisadas.

Sus chillidos se superponían, caóticos.

Sirius inspiró profundamente… y habló.

—Astrum.

La palabra resonó con un peso extraño.

Un aura roja oscura envolvió ambas espadas, como si el metal bebiera la magia.

El aire vibró.

Sirius avanzó.

El primer golpe fue devastador.

La espada atravesó al goblin sin resistencia, como si su cuerpo fuera papel.

El segundo intento de bloqueo simplemente se rompió junto con el brazo que sostenía el arma.

Cada impacto dejaba una estela rojiza en el aire.

Los goblins comenzaron a retroceder, pero ya era tarde.

Sirius se movía con precisión implacable.

Donde antes necesitaba fuerza y cálculo, ahora bastaba un gesto firme.

Cabezas caían.

Cuerpos se partían.

Los monstruos se desintegraban casi al instante, como si la magia rechazara su existencia.

El combate se volvió una danza brutal.

Grupos de cinco.

De ocho.

De diez.

Sirius mantenía la concentración, renovando el encantamiento cuando la energía comenzaba a disiparse.

—Astrum.

—Astrum.

Cada cántico reforzaba su determinación.

El cansancio seguía ahí, pero ahora estaba envuelto en una extraña lucidez.

Sabía cuándo avanzar y cuándo retroceder.

Aprendió a usar las columnas para no ser rodeado.

Atrajo a los goblins hacia pasillos estrechos, donde su número no significaba nada.

Cuando el último cayó, Sirius se quedó quieto, respirando con dificultad y con dolor de cabeza.

—asta aquí llegué es mi límite antes de llegar a mente cero cuando utilizas toda tu mente.

Contó los cristales.

Ciento cinco más los cuarenta y cinco tengo 150 cristales.

Y 20 colmillos de goblin.

El segundo piso había sido una prueba real… y la había superado.

El regreso fue lento, pero seguro.

Subió los escalones del pozo central con las piernas pesadas, sintiendo cada músculo.

Cuando finalmente salió a la superficie, la luz del atardecer bañaba Orario en tonos dorados.

Había sobrevivido.

En el Gremio, Liza lo recibió con una ceja levantada al ver la bolsa.

—Veo que no fue un día tranquilo.

Sirius dejó los cristales sobre el mostrador.

—Ciento cincuenta.

—20 colmillos de goblin.

Liza los contó con rapidez experta y asintió.

—eso es equivalente a 19,250 valis.

Le entregó la bolsa de monedas.

El sonido metálico fue… satisfactorio.

—Buen trabajo, Sirius.

Para ser tu primer día, es más de lo que esperaba de un novato y recuerda siempre ten discreción por otros aventureros.

Sirius asintió mientras guardaba el dinero en su mochila.

Con el cuerpo agotado y la mente un poco pesada Sirius regresó a la posada.

Se bañó largo rato, dejando que el agua se llevara la sangre seca y el sudor.

Limpió cuidadosamente sus espadas, retirando cualquier resto de combate, y las dejó brillando bajo la luz tenue de la habitación.

Cuando por fin se dejó caer en la cama, el cansancio lo venció sin resistencia.

Sirius despertó con un sobresalto suave, como si su cuerpo hubiera decidido volver antes de que la mente estuviera lista.

Parpadeó varias veces.

La habitación estaba en penumbra; la luz del atardecer ya se había transformado en un naranja profundo que entraba oblicuo por la ventana.

Había dormido apenas una hora.

El cansancio seguía ahí, pesado, pero el sueño había sido lo bastante profundo como para devolverle claridad.

Se incorporó lentamente, notando cómo los músculos protestaban al unísono.

Justo entonces escuchó la puerta.

Aurora entró sin hacer ruido.

—Ya volviste —dijo Sirius, con la voz todavía áspera.

Aurora se detuvo al verlo despierto.

Sus ojos se movieron rápido, evaluándolo: las vendas limpias, el equipo ordenado, las espadas apoyadas contra la pared.

Luego sonrió.

—Veo que estás muy cansado.

Sirius soltó una risa baja.

—me emocione al usar mi magia.

Aurora dejó su capa sobre la silla y se acercó.

—Cuéntame.

Sirius se recostó contra el respaldo de la cama y comenzó desde el principio.

Habló del primer piso, de los túneles estrechos, de los goblins torpes pero insistentes.

Describió cómo el miedo inicial se había transformado en concentración, cómo el cuerpo había empezado a moverse solo.

Aurora escuchaba en silencio, sin interrumpir.

—Maté treinta antes de parar —continuó—.

Comí, descansé… y bajé al segundo piso.

Al mencionar el encantamiento, los ojos de Aurora se afilaron.

—¿Usaste magia de refuerzo?

Sirius asintió.

—Astrum.

Funcionó mejor de lo que esperaba.

Las espadas… se sentían más ligeras.

Más letales.

Aurora cerró los ojos un instante, como si confirmara algo internamente.

—Eso no es común en un primer día.

—Lo sé —respondió Sirius—.

En el segundo piso fueron ciento cinco y 20 colmillos de goblin.

Aurora lo miró fijamente.

—Sirius… eso no es solo buena suerte.

—No —admitió él—.

Tampoco fue fácil.

Se hizo un silencio cómodo.

Afuera, la ciudad comenzaba a encender sus luces.

—¿Cuánto ganaste?

—preguntó Aurora al fin.

—diecinueve mil doscientos cincuenta valis.

Aurora arqueó una ceja.

—Nada mal para el primer día siendo novato.

Sirius bajó la mirada un momento, pensativo.

Luego inhaló con decisión.

—He estado pensando mientras dormía.

Aurora se sentó frente a él.

—Eso suele ser peligroso.

—Escúchame —dijo, serio—.

Si mantengo este ritmo… y empiezo a bajar al tercer piso en unos días, luego al cuarto… nuestras ganancias van a aumentar bastante.

Aurora no respondió de inmediato.

—No hablo de derrochar —continuó Sirius—.

Hablo de estabilidad.

Esta posada es cómoda, pero es temporal.

No podemos depender siempre de una habitación alquilada.

Aurora inclinó la cabeza.

—¿Qué estás sugiriendo?

Sirius alzó la vista.

Sus ojos tenían un brillo distinto al del combate: era determinación tranquila.

—Comprar una casa.

Pequeña.

Nada lujoso.

En un mes.

Aurora parpadeó.

—¿Un mes?

—Sí.

Si bajo al tercer piso pronto, los cristales valen más.

El cuarto piso aún más.

No será fácil, pero es posible.

Y tener un lugar propio… —hizo una pausa— nos dará una base real como familia.

Aurora lo observó largamente.

No había burla en su expresión, ni sorpresa exagerada.

Solo una atención profunda.

—Estás pensando como un jefe de familia —dijo finalmente.

Sirius se encogió de hombros.

—Alguien tiene que hacerlo.

Aurora sonrió, pero esta vez había algo distinto en su mirada.

Orgullo, quizá.

—Es un buen plan… si sobrevives lo suficiente para cumplirlo.

—Lo haré —respondió Sirius sin dudar—.

Pero no voy a apresurarme.

El tercer piso primero.

Aprender los patrones.

Ajustar el ritmo.

No quiero morir por codicia.

Aurora asintió.

—Bien.

Entonces haremos esto de forma inteligente.

Yo me encargaré de buscar información sobre casas económicas y zonas seguras.

Tú concéntrate en la masmorra.

Sirius exhaló, como si un peso invisible se aligerara.

—Gracias.

Aurora se levantó y se dirigió a la ventana.

—Descansa esta noche.

Mañana será otro día… y la masmorra no se moverá de su lugar.

—yo te prepararé tu comida para la mazmorra, además te traje unos regalos.

Sirius ladeó la cabeza.

Aurora sonrio al ver su mirada espectante, al levantarse de la silla y caminar a la puerta, recogió una bolsa del piso, al mostrársela —son 5 posiones de salud.

Sirius abrió los ojos al verlas —donde las consegistes lady aurora aurora sonrió —me las dio una amiga al ablar de mi estrella de la suerte.

Sirius sonrió al recordar que iría a ver a sus amigas del cielo.

— muy bien descansa mi estrella de la suerte, mañana será otro día de trabajo.

Aurora lo empujó a la cama Sirius se recostó de nuevo.

El cuerpo seguía cansado, pero la mente pensado que otros desafíos que le esperan.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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