Darek: A Complicated Adventure - Capítulo 82
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Capítulo 82: “Lo que se Rompe Cuando Nadie Mira”
La casa estaba demasiado silenciosa.
No era el silencio tranquilo de las mañanas en la colina, ni el de las noches cuando Summer ya dormía. Era otro. Uno denso, incómodo, como si incluso las paredes supieran que algo se había ido y no iba a volver igual.
Darek llevaba dos días sin bajar a desayunar.
Aisa había subido comida. Bonnie había intentado bromear desde el pasillo. Kevin había golpeado la puerta una vez, torpemente, y luego se había ido sin decir nada. Summer preguntó por él… y nadie supo qué responderle sin romperse un poco.
Neithan fue el único que no preguntó.
Simplemente esperó.
Y cuando el sol ya estaba alto y la casa seguía igual de quieta, subió.
La puerta de la habitación de Darek estaba entreabierta. No cerrada. No abierta del todo. Como si su dueño no hubiera tenido fuerzas ni siquiera para decidir eso.
Neithan empujó con los nudillos.
—Darek.
No hubo respuesta.
Entró.
El cuarto estaba en penumbra. Las cortinas corridas. La cama deshecha, pero no por movimiento: parecía que alguien se había quedado ahí, quieto, demasiado tiempo.
Darek estaba sentado en el borde, encorvado, mirando el suelo.
No entrenaba.
No meditaba.
No ardía.
Eso fue lo que más le preocupó a Neithan.
—No bajaste —dijo, sin reproche—. Summer preguntó por ti.
Darek no levantó la vista.
—Dile que… —tragó saliva— que luego.
Neithan cerró la puerta detrás de sí.
—No es “luego” cuando alguien se va, Darek.
Eso sí provocó algo.
Darek apretó los puños.
—No se fue —murmuró—. Ella eligió.
Neithan lo observó unos segundos antes de hablar de nuevo.
—Elegir también duele.
Silencio.
Luego, una risa breve. Vacía.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo Darek, al fin—. Que no puedo odiarla. Ni siquiera un poco.
Neithan se apoyó contra la pared.
—Eso no es lo peor.
Darek levantó la mirada, cansada, roja, como si no hubiera dormido.
—¿Entonces qué?
Neithan respondió sin dureza, pero sin rodeos:
—Que estás desapareciendo.
Eso sí lo golpeó.
—No… —empezó Darek, pero la voz se le quebró—. Solo estoy cansado.
—No. —Neithan negó—. Estás rindiéndote.
Darek se puso de pie de golpe.
—¿Qué quieres que haga? —estalló— ¿Que vaya detrás de ella? ¿Que finja que no la vi sonreír al irse? ¿Que ignore que, incluso conmigo al lado, ya estaba sola?
El fuego no apareció.
Pero la habitación tembló igual.
Neithan no se movió.
—Lo que quiero —dijo con calma peligrosa— es que no te pierdas a ti mismo en nombre de alguien que tomó su camino.
Darek respiraba agitado.
—Yo la amo, Neithan.
—Lo sé.
—Entonces déjame estar roto.
Neithan dio un paso al frente.
—No. Porque cuando tú te rompes, no lo haces solo.
Darek frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Neithan sostuvo su mirada.
—Summer te busca con los ojos.
Aisa no duerme.
El bosque está inquieto.
Y algo —algo que no entiendo del todo— se está moviendo porque tú bajaste la guardia.
Darek sintió un frío recorrerle la espalda.
—No mezcles esto con el Demonio.
—No lo hago. —Neithan fue firme—. Mezclas tú. Amor con abandono. Culpa con castigo.
Darek volvió a sentarse, como si las piernas ya no lo sostuvieran.
—Yo fallé.
Neithan se arrodilló frente a él, algo que rara vez hacía.
—Escúchame bien —dijo en voz baja—. Aqua no se fue porque tú fallaste. Se fue porque quedarse la estaba destruyendo.
Eso dolió distinto.
—¿Y yo? —susurró Darek—. ¿Qué hago con esto?
Neithan apoyó una mano en su hombro.
—Vivirlo.
Sentirlo.
Pero no convertirlo en tu tumba.
Darek cerró los ojos.
Una lágrima cayó.
Solo una.
—Si no puedo proteger a quien amo… —murmuró— ¿para qué sirvo?
Neithan no respondió de inmediato.
Luego dijo, con una verdad simple y brutal:
—Sirves para seguir aquí cuando todo duele.
Eso también es protección.
Darek respiró hondo.
El fuego no volvió.
Pero algo, muy profundo, dejó de caer.
Neithan se levantó.
—Baja cuando puedas —dijo—. No hoy por mí. Ni por Aqua.
Hazlo por Summer.
Se detuvo en la puerta.
—Y Darek…
—¿Sí?
—Si algún día decides ir tras ella… que sea porque aún puedes caminar. No porque estés huyendo.
La puerta se cerró.
Darek quedó solo.
Pero por primera vez desde que Aqua se fue…
no se sintió completamente vacío.
Summer fue la primera en notarlo.
No porque alguien se lo dijera.
No porque escuchara conversaciones a medias.
Sino porque Darek ya no era el mismo.
Antes, cada mañana tenía un ritual: corría por el pasillo con los pies descalzos, abría la puerta de golpe y se lanzaba contra él como si el mundo fuera a acabarse si no lo abrazaba primero. Darek siempre fingía perder el equilibrio, reía, y la levantaba en brazos como si no pesara nada.
Esa mañana, Summer abrió la puerta.
—¿Papi?
Darek estaba sentado en el borde de la cama. Vestido. Quieto. Mirando al suelo.
No levantó la vista de inmediato.
—Buen día, peque —dijo al fin, con una sonrisa correcta… demasiado correcta.
Summer frunció el ceño. Caminó despacio hasta quedar frente a él y lo observó con esa seriedad infantil que no juzga, pero tampoco se engaña.
—No te reíste —dijo.
Darek parpadeó.
—¿Eh?
—Siempre te ríes cuando entro —insistió ella—. Hoy no.
Silencio.
Darek estiró la mano y le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Solo estoy cansado.
Summer negó con la cabeza.
No fuerte. No dramático.
Solo segura.
—No es eso.
Se subió a la cama con cuidado y se sentó frente a él, tan cerca que sus rodillas casi se tocaban. Lo miró a los ojos, buscando algo que no sabía nombrar.
—¿Te duele aquí? —preguntó, apoyando la mano pequeña sobre su pecho.
Darek sintió el golpe como si le hubieran quitado el aire.
—No… —respondió—. No me duele.
Summer bajó la mirada.
—Entonces… ¿por qué estás triste?
La palabra cayó entre ellos como algo demasiado grande para una niña.
Darek tragó saliva. Por un segundo pensó en mentir. En decir que todo estaba bien. En protegerla como siempre.
Pero Summer no era como los demás niños.
Nunca lo había sido.
—A veces —dijo despacio— los adultos también se rompen un poquito.
—¿Y se arreglan? —preguntó ella sin levantar la vista.
Darek dudó.
—No siempre solos.
Summer se movió. Dudó. Luego hizo algo que no hacía desde que había llegado a ese mundo: se deslizó hasta quedar entre sus brazos y apoyó la cabeza en su pecho.
Darek se tensó al principio… y luego se derrumbó.
La abrazó con fuerza, como si ese gesto fuera lo único que todavía lo mantenía en pie.
—No me gusta cuando estás así —murmuró ella—. En mi otro hogar… te veías así antes de que todo se rompiera.
El corazón de Darek se detuvo.
—¿Qué… qué dices, Summer?
Ella se encogió de hombros.
—No me acuerdo bien —admitió—. Pero recuerdo que estabas callado. Y que yo pensaba que si me portaba bien… ibas a volver a sonreír.
Darek cerró los ojos.
—No es tu culpa, cielo —dijo con voz quebrada—. Nunca lo fue.
Summer se separó apenas para mirarlo.
—¿Entonces puedo quedarme contigo hoy?
—Claro.
—¿Todo el día?
—Todo el día —repitió él.
Ella asintió, satisfecha… pero antes de levantarse, apoyó la frente contra la suya.
—No te vayas —susurró—. Cuando te rompes… siento frío.
Darek no respondió.
No porque no quisiera.
Sino porque, por primera vez, no sabía si podía prometerlo.
Desde la puerta entreabierta, Aisa había visto todo.
No intervino.
No habló.
Solo se llevó una mano al pecho, entendiendo algo terrible y hermoso al mismo tiempo:
Darek no estaba solo…
pero estaba sostenido por alguien que no debería cargar con ese peso.
Y eso hacía que el tiempo, de pronto, se sintiera peligrosamente corto.
Darek bajó los últimos escalones con cuidado, sosteniendo a Summer en brazos. La niña todavía estaba medio dormida, con la mejilla apoyada en su hombro y una mano aferrada a la tela de su camisa, como si soltarlo fuera una mala idea.
El pasillo del segundo piso estaba en silencio. Demasiado.
Justo cuando Darek giró para dirigirse a la escalera principal, la puerta de la habitación contigua se abrió apenas unos centímetros.
Aisa estaba ahí.
No parecía sorprendida de verlo. Era como si hubiera estado escuchando, esperando… o simplemente sintiendo que él saldría en ese momento.
—Darek… —susurró, casi por reflejo.
Él se detuvo.
Summer levantó un poco la cabeza, todavía adormilada.
—¿Mami…? —murmuró, frotándose un ojo.
Aisa esbozó una sonrisa suave, automática, pero sus ojos se quedaron en Darek. No en Summer. En él. En su rostro cansado, en la manera en que evitó mirarla por un segundo antes de volver a hacerlo.
—¿Van a bajar a desayunar? —preguntó ella, como si fuera la cosa más normal del mundo.
—Sí… —respondió Darek—. Pensé que… que le haría bien a Summer comer algo… Y a mí.
Aisa asintió. Dio un paso atrás para dejarles espacio, pero cuando Darek pasó junto a ella, sus hombros casi se rozaron.
Casi.
Ese “casi” pesó más que cualquier palabra.
Aisa bajó la voz aún más.
—¿Dormiste algo?
Darek dudó apenas un segundo.
—Un poco.
No era mentira. Tampoco era verdad.
Aisa lo supo. No porque él lo dijera, sino porque lo conocía demasiado bien.
Summer, ajena a todo eso, estiró los brazos.
—¿Hoy va a haber pan dulce? —preguntó con una inocencia que dolía un poco.
Darek soltó una pequeña risa, breve, frágil.
—Si Kevin no se lo comió todo anoche… puede ser.
—¡Bien! —dijo ella, apoyando la frente en su cuello otra vez.
Aisa los observó así un segundo más. Padre e hija. Unidos por algo que nadie más podía tocar.
—Yo… —empezó a decir, y se detuvo—. Voy bajando también.
Darek asintió.
—Gracias.
No quedó claro por qué le agradecía.
Caminaron juntos hasta la escalera, sin tocarse, sin mirarse demasiado. Cada paso estaba lleno de cosas que no decían: la ausencia de Aqua, la decisión tomada, el dolor que todavía no tenía forma.
Cuando empezaron a bajar, Aisa habló de nuevo, muy despacio.
—Darek…
Él se detuvo otra vez.
—No tienes que estar bien —dijo ella—. Solo… no te desaparezcas.
Darek cerró los ojos un instante. Luego los abrió y asintió.
—No lo haré… Ya no lo haré.
Summer levantó la cabeza de nuevo, mirándolos a ambos, como si sintiera algo raro aunque no supiera qué.
—¿Pasa algo?
Aisa sonrió y le acomodó un mechón de cabello.
—No, pequeña. Solo estamos… despertando.
Bajaron a la cocina.
El día seguía avanzando.
Pero algo, definitivamente, ya no era igual.
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