Darek: A Complicated Adventure - Capítulo 83
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- Capítulo 83 - Capítulo 83: "Los Ojos que no Entienden"
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Capítulo 83: “Los Ojos que no Entienden”
Summer fue la primera en notarlo.
No porque alguien se lo dijera.
No porque escuchara conversaciones a medias.
Sino porque Darek ya no era el mismo.
Antes, cada mañana tenía un ritual: corría por el pasillo con los pies descalzos, abría la puerta de golpe y se lanzaba contra él como si el mundo fuera a acabarse si no lo abrazaba primero. Darek siempre fingía perder el equilibrio, reía, y la levantaba en brazos como si no pesara nada.
Esa mañana, Summer abrió la puerta.
—¿Papi?
Darek estaba sentado en el borde de la cama. Vestido. Quieto. Mirando al suelo.
No levantó la vista de inmediato.
—Buen día, peque —dijo al fin, con una sonrisa correcta… demasiado correcta.
Summer frunció el ceño. Caminó despacio hasta quedar frente a él y lo observó con esa seriedad infantil que no juzga, pero tampoco se engaña.
—No te reíste —dijo.
Darek parpadeó.
—¿Eh?
—Siempre te ríes cuando entro —insistió ella—. Hoy no.
Silencio.
Darek estiró la mano y le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Solo estoy cansado.
Summer negó con la cabeza.
No fuerte. No dramático.
Solo segura.
—No es eso.
Se subió a la cama con cuidado y se sentó frente a él, tan cerca que sus rodillas casi se tocaban. Lo miró a los ojos, buscando algo que no sabía nombrar.
—¿Te duele aquí? —preguntó, apoyando la mano pequeña sobre su pecho.
Darek sintió el golpe como si le hubieran quitado el aire.
—No… —respondió—. No me duele.
Summer bajó la mirada.
—Entonces… ¿por qué estás triste?
La palabra cayó entre ellos como algo demasiado grande para una niña.
Darek tragó saliva. Por un segundo pensó en mentir. En decir que todo estaba bien. En protegerla como siempre.
Pero Summer no era como los demás niños.
Nunca lo había sido.
—A veces —dijo despacio— los adultos también se rompen un poquito.
—¿Y se arreglan? —preguntó ella sin levantar la vista.
Darek dudó.
—No siempre solos.
Summer se movió. Dudó. Luego hizo algo que no hacía desde que había llegado a ese mundo: se deslizó hasta quedar entre sus brazos y apoyó la cabeza en su pecho.
Darek se tensó al principio… y luego se derrumbó.
La abrazó con fuerza, como si ese gesto fuera lo único que todavía lo mantenía en pie.
—No me gusta cuando estás así —murmuró ella—. En mi otro hogar… te veías así antes de que todo se rompiera.
El corazón de Darek se detuvo.
—¿Qué… qué dices, Summer?
Ella se encogió de hombros.
—No me acuerdo bien —admitió—. Pero recuerdo que estabas callado. Y que yo pensaba que si me portaba bien… ibas a volver a sonreír.
Darek cerró los ojos.
—No es tu culpa, cielo —dijo con voz quebrada—. Nunca lo fue.
Summer se separó apenas para mirarlo.
—¿Entonces puedo quedarme contigo hoy?
—Claro.
—¿Todo el día?
—Todo el día —repitió él.
Ella asintió, satisfecha… pero antes de levantarse, apoyó la frente contra la suya.
—No te vayas —susurró—. Cuando te rompes… siento frío.
Darek no respondió.
No porque no quisiera.
Sino porque, por primera vez, no sabía si podía prometerlo.
Desde la puerta entreabierta, Aisa había visto todo.
No intervino.
No habló.
Solo se llevó una mano al pecho, entendiendo algo terrible y hermoso al mismo tiempo:
Darek no estaba solo…
pero estaba sostenido por alguien que no debería cargar con ese peso.
Y eso hacía que el tiempo, de pronto, se sintiera peligrosamente corto.
Darek bajó los últimos escalones con cuidado, sosteniendo a Summer en brazos. La niña todavía estaba medio dormida, con la mejilla apoyada en su hombro y una mano aferrada a la tela de su camisa, como si soltarlo fuera una mala idea.
El pasillo del segundo piso estaba en silencio. Demasiado.
Justo cuando Darek giró para dirigirse a la escalera principal, la puerta de la habitación contigua se abrió apenas unos centímetros.
Aisa estaba ahí.
No parecía sorprendida de verlo. Era como si hubiera estado escuchando, esperando… o simplemente sintiendo que él saldría en ese momento.
—Darek… —susurró, casi por reflejo.
Él se detuvo.
Summer levantó un poco la cabeza, todavía adormilada.
—¿Mami…? —murmuró, frotándose un ojo.
Aisa esbozó una sonrisa suave, automática, pero sus ojos se quedaron en Darek. No en Summer. En él. En su rostro cansado, en la manera en que evitó mirarla por un segundo antes de volver a hacerlo.
—¿Van a bajar a desayunar? —preguntó ella, como si fuera la cosa más normal del mundo.
—Sí… —respondió Darek—. Pensé que… que le haría bien a Summer comer algo… Y a mí.
Aisa asintió. Dio un paso atrás para dejarles espacio, pero cuando Darek pasó junto a ella, sus hombros casi se rozaron.
Casi.
Ese “casi” pesó más que cualquier palabra.
Aisa bajó la voz aún más.
—¿Dormiste algo?
Darek dudó apenas un segundo.
—Un poco.
No era mentira. Tampoco era verdad.
Aisa lo supo. No porque él lo dijera, sino porque lo conocía demasiado bien.
Summer, ajena a todo eso, estiró los brazos.
—¿Hoy va a haber pan dulce? —preguntó con una inocencia que dolía un poco.
Darek soltó una pequeña risa, breve, frágil.
—Si Kevin no se lo comió todo anoche… puede ser.
—¡Bien! —dijo ella, apoyando la frente en su cuello otra vez.
Aisa los observó así un segundo más. Padre e hija. Unidos por algo que nadie más podía tocar.
—Yo… —empezó a decir, y se detuvo—. Voy bajando también.
Darek asintió.
—Gracias.
No quedó claro por qué le agradecía.
Caminaron juntos hasta la escalera, sin tocarse, sin mirarse demasiado. Cada paso estaba lleno de cosas que no decían: la ausencia de Aqua, la decisión tomada, el dolor que todavía no tenía forma.
Cuando empezaron a bajar, Aisa habló de nuevo, muy despacio.
—Darek…
Él se detuvo otra vez.
—No tienes que estar bien —dijo ella—. Solo… no te desaparezcas.
Darek cerró los ojos un instante. Luego los abrió y asintió.
—No lo haré… Ya no lo haré.
Summer levantó la cabeza de nuevo, mirándolos a ambos, como si sintiera algo raro aunque no supiera qué.
—¿Pasa algo?
Aisa sonrió y le acomodó un mechón de cabello.
—No, pequeña. Solo estamos… despertando.
Bajaron a la cocina.
El día seguía avanzando.
Pero algo, definitivamente, ya no era igual.
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