Darek: A Complicated Adventure - Capítulo 89
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Capítulo 89: “Cicatrices Después del Silencio”
El camino de regreso fue distinto a todos los anteriores.
No hubo bromas de Kevin.
No hubo competencias absurdas con Bonnie.
Ni siquiera Neithan dijo una palabra.
La noche envolvía el sendero que descendía de la colina como un manto pesado, y el único sonido era el crujir de las botas sobre la tierra húmeda. Darek caminaba al frente, apenas unos pasos adelantado del resto, pero la distancia se sentía mucho mayor. Su espalda estaba recta, demasiado recta, como si sostenerla fuese lo único que todavía podía controlar.
Nadie intentó alcanzarlo.
Sabían que, esta vez, cualquier palabra iba a romper algo que no sabían cómo volver a juntar.
Cuando la cabaña apareció entre los árboles, con la luz cálida escapándose por las ventanas, Summer fue la primera en abrir la puerta.
—¡Papá! —dijo con una sonrisa que nació antes de que pudiera detenerla.
Corrió hacia él con los brazos abiertos, como siempre.
Darek no se detuvo.
No gritó.
No se enfadó.
Ni siquiera pareció darse cuenta del todo.
Simplemente apoyó una mano en el hombro de la niña y la apartó con suavidad, lo justo para pasar de largo.
—Ve a dormir, Summer —dijo, sin dureza… pero sin calor.
Y siguió caminando.
Subió las escaleras sin mirar atrás, cerró la puerta de su habitación, y el sonido seco de la madera al encajar resonó en el pecho de todos como un golpe.
El silencio que quedó fue peor que cualquier discusión.
Summer se quedó quieta, confundida, con los brazos aún medio levantados. Aisa fue la primera en reaccionar, arrodillándose frente a ella.
—No es culpa tuya —le dijo en voz baja, abrazándola—. Nada de esto lo es.
Neithan observó la escalera durante un largo segundo.
Había visto a su hermano herido.
Había visto a su hermano furioso.
Pero nunca lo había visto… ausente.
Y eso le dio miedo.
———
A la mañana siguiente, cuando el cielo apenas comenzaba a aclararse, Darek ya estaba despierto.
No había pasado por la cocina.
No había tocado el desayuno que alguien dejó preparado.
Estaba en la colina, solo, con el cuerpo cubierto de sudor y la respiración pesada.
El fuego lo rodeaba.
No el fuego cálido y controlado que usaba en entrenamientos normales.
Este era distinto.
Blanco.
Brillaba alrededor de sus brazos, trepaba por su espalda, encendía mechones de su cabello como si fueran hebras de luz. El aire vibraba a su alrededor, y la tierra bajo sus pies estaba marcada por círculos quemados.
Darek apretó los dientes.
—Concéntrate… —murmuró—. No pierdas el control.
Pero el fuego respondía a algo más que disciplina.
Respondía al dolor.
Neithan llegó poco después, alertado por esa sensación familiar que no había sentido en años. Se detuvo a varios metros, observándolo en silencio.
—Darek… —intentó.
No hubo respuesta.
—Hermano, basta. No tienes que-
Darek lanzó un golpe al aire, y una onda de calor cruzó la colina como un rugido contenido. El fuego se disipó apenas un segundo después, como si hubiese sido llamado de vuelta a la fuerza.
Darek quedó de pie, jadeando.
—No me sigas —dijo, sin mirarlo.
Neithan dio un paso al frente.
—Esto no es entrenar. Esto es castigarte.
Silencio.
Darek bajó los brazos, el fuego apagándose poco a poco, dejando solo el olor a tierra quemada.
—Si no lo controlo ahora… —dijo finalmente, con la voz rota— después no voy a poder detenerlo cuando importe.
Neithan quiso decir algo más.
Quiso recordarle quién era.
Quiso decirle que no estaba solo.
Pero Darek ya se estaba alejando, descendiendo por el sendero opuesto, sin girarse.
—Darek —lo llamó una última vez.
No hubo respuesta.
Neithan se quedó allí, solo en la colina, mirando las marcas humeantes en el suelo.
Y entendió, con un nudo en el pecho, que algo en su hermano se había quebrado esa noche.
Algo que no iba a volver a ser igual.
Mientras tanto.
El castillo estaba despierto desde antes del amanecer.
Aqua lo sabía porque ella también lo estaba.
No había dormido. No de verdad.
Permanecía sentada junto a la ventana alta de sus aposentos, observando cómo la luz temprana se filtraba entre las torres blancas y los jardines perfectamente cuidados. Todo estaba en orden. Todo estaba exactamente como debía estar.
Y aun así, algo seguía faltando.
—Majestad… —dijo una voz suave a su espalda—. El consejo comenzará en unos minutos.
Aqua se giró despacio y sonrió. Una sonrisa perfecta. Medida. La que había aprendido a usar desde niña.
—Gracias. Ya voy.
La doncella se retiró. La puerta se cerró.
Aqua apoyó una mano sobre el alféizar y exhaló lentamente.
Reina Aqua.
El título todavía se sentía extraño en su pecho.
El consejo fue breve. Informes sobre comercio, patrullas fronterizas, acuerdos con reinos vecinos. Aqua escuchó, respondió, decidió. Su voz era firme. Serena. Inteligente.
Los ministros la respetaban. Algunos incluso la admiraban.
—Su alteza tiene una claridad admirable —comentó uno de ellos al retirarse—. El reino está en buenas manos.
Aqua inclinó la cabeza con elegancia.
Cuando la sala quedó vacía, alguien se acercó a su lado.
—¿Estás bien? —preguntó él.
Su esposo.
No llevaba corona. Nunca le había gustado. Vestía de manera sencilla, con colores claros, sin ostentación. Tenía una sonrisa honesta, de esas que no intentan convencer a nadie.
—Te quedaste muy callada hoy.
Aqua parpadeó… y por un segundo casi dijo otro nombre.
—Lo siento, Dar— —se detuvo a tiempo—. Lo siento. Estoy bien. Solo… cansada.
Él no se ofendió. Nunca lo hacía.
—Entonces deberías descansar un poco —respondió con suavidad—. Puedo encargarme de los asuntos de la tarde.
Aqua lo miró.
Era bueno. Demasiado bueno.
Paciente. Respetuoso. Nunca le exigía nada. Nunca le preguntaba por qué, algunas noches, ella se quedaba despierta mirando el cielo como si esperara algo imposible.
—Gracias —dijo al final—. Me uniré a ti luego.
Él asintió y, antes de irse, tomó su mano con cuidado. No con posesión. No con urgencia.
Lo hizo con cariño.
Ese gesto fue lo que más le dolió.
Esa tarde, Aqua caminó sola por los jardines interiores. El sonido del agua corriendo por las fuentes le resultaba familiar, casi reconfortante.
Agua… siempre agua.
Se detuvo frente a un pequeño estanque. Su reflejo le devolvió la imagen de una reina impecable.
Pero no se reconocía del todo.
—¿En qué momento me volví tan buena fingiendo? —susurró.
Cerró los ojos.
Y sin querer… recordó.
Una cabaña en una colina.
Risas torpes en la cocina.
Una niña corriendo por el pasillo.
Un hombre de fuego que la miraba como si el mundo fuera más simple cuando ella estaba cerca.
—Darek… —murmuró sin darse cuenta.
—¿Me llamaste?
Aqua abrió los ojos de golpe.
Su esposo estaba a unos pasos, con expresión confundida pero tranquila.
—No —respondió rápido—. Perdón. Estaba pensando en… nada importante.
Él sonrió, como siempre.
—Si alguna vez quieres hablar, sabes que estoy aquí.
Eso fue lo peor.
Que lo estaba.
———
Esa noche, cuando el castillo quedó en silencio, Aqua abrió un pequeño cofre escondido bajo su cama.
Dentro, cuidadosamente envuelto, estaba el anillo.
No el que llevaba ahora.
El otro.
Lo sostuvo entre sus dedos, sintiendo el frío familiar del metal.
—Lo siento… —susurró—. No fui lo suficientemente valiente.
Miró por la ventana. El cielo estaba despejado.
¿Estás mirando el mismo cielo que yo? pensó, sin saber para quién iba dirigida la pregunta.
Apretó el anillo contra su pecho un segundo… y luego lo guardó de nuevo.
Al acostarse, giró el rostro hacia el otro lado de la cama, donde su esposo ya dormía.
—Buenas noches —susurró él, medio dormido.
—Buenas noches… —respondió Aqua.
Cerró los ojos.
Y por primera vez desde que se convirtió en reina, lloró en silencio.
No por lo que había perdido.
Sino por lo que había decidido dejar ir…
aunque una parte de ella jamás lo haría.
———
En la colina.
La casa estaba en silencio.
No el silencio tranquilo de las noches normales, cuando el viento atravesaba los árboles y alguna criatura nocturna cantaba a lo lejos. Era otro. Uno pesado. Como si incluso el bosque estuviera conteniendo la respiración.
Darek se quedó de pie frente a la puerta principal durante varios segundos, con la mano apoyada en la madera, sin atreverse a entrar.
Sabía que adentro estaban todos.
Sabía que Summer seguramente habría preguntado por él.
Sabía que Aisa habría intentado cubrir ese vacío con una sonrisa suave.
Sabía que Neithan lo estaría esperando con una mirada que no juzga, pero que duele más por eso mismo.
Y aun así… no pudo.
Retiró la mano lentamente y dio media vuelta.
Caminó unos pasos más allá de la casa, hasta que el suelo dejó de ser firme y el pasto húmedo empezó a mojarle las botas. El aire nocturno era frío, pero no lo suficiente como para distraerlo de lo que tenía en la cabeza.
Se dejó caer de espaldas sobre la hierba.
El cielo estaba despejado. Demasiado.
Las estrellas brillaban con una indiferencia cruel, como si nada hubiera cambiado en el mundo, como si ese día no hubiera sido el día en que dejó ir a la persona que amaba… viéndola hacerlo.
Darek levantó un brazo y se cubrió los ojos.
Y entonces, sin permiso, los recuerdos regresaron.
El sonido lejano de la música en el castillo.
La forma en que Aqua había caminado hacia el altar, recta, hermosa, fuerte.
La manera en que por un segundo —solo uno— sus miradas se cruzaron.
Y ese segundo lo había dicho todo.
“Lo siento, Darek.”
No lo había escuchado con los oídos.
Lo había sentido en el pecho.
Un nudo le apretó la garganta.
—…Soy un idiota —susurró al cielo, con la voz rota—. Un cobarde.
Recordó a Summer corriendo hacia él esa noche.
Sus brazos pequeños.
Su voz alegre, llamándolo.
Y recordó cómo la había apartado.
No con fuerza.
No con enojo.
Peor.
Con vacío.
Darek apretó los puños contra el pasto húmedo, sintiendo cómo la humedad se filtraba en sus mangas.
—No era contigo… —murmuró, aunque ella no podía escucharlo—. Nunca fue contigo.
Pero el daño ya estaba hecho.
Una lágrima se deslizó por el costado de su rostro y se perdió entre la hierba.
Luego otra. Y otra más.
No lloró con sollozos.
Ni con gritó.
Lloró en silencio, como alguien que ya no tiene fuerzas para pedir nada.
Pensó en Aqua, en el castillo, en su nueva vida. En si estaría despierta. En si estaría mirando el mismo cielo.
Pensó en Aisa, en todo lo que no dijo, en todo lo que decidió no tomar aunque lo tuviera delante.
Pensó en Neithan, en esa mañana, en la colina, en el fuego que había despertado… y en el miedo que sintió al darse cuenta de que ya no sabía quién era cuando dejaba de sostenerse por los demás.
Y, por último, pensó en sí mismo.
En el chico que prometió proteger a todos.
En el hombre que no supo proteger a nadie… ni siquiera a sí mismo.
Darek giró un poco sobre el pasto, encogiendo el cuerpo contra el frío, como si así pudiera hacerse más pequeño.
—Perdón… —susurró, sin saber a quién se lo decía.
El bosque no respondió.
Pero, en algún lugar entre las sombras, algo escuchó.
Y sonrió.
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