Dark Beauty - Capítulo 11
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Capítulo 11: Capítulo 11
Cuando Shelby despertó, lo primero que tuvo en su campo visual, fueron los ojos enrojecidos de su madre a tan solo unas pulgadas de su rostro. Sobresaltada, apartó la cara y miró en todas direcciones sin recordar absolutamente nada. Un ligero ardor en las manos la hizo reaccionar. Bajó la mirada y halló vendas alrededor de sus nudillos. Y con el ceño fruncido, encaró a su madre.
—¿Por qué estoy vendada?
—Te ha dado un ataque de histeria como cuando eras pequeña—le informó, en un hilo de voz—pero ya estás bien. Estás a salvo.
—Mientes—repuso enfadada—esos ataques se esfumaron. Yo estoy bien y esto es un truco.
—Shelby no…
Agitada, comenzó a quitarse las vendas y ahogó un grito al ver sus nudillos y gran parte de sus manos moradas e inflamadas. Con lágrimas en los ojos, volvió a mirar a su madre y reprimió las ganas de llorar. ¿Por qué había vuelto a ser débil? Y enseguida recordó la razón de su furia: Lola. Su estúpida ex mejor amiga que la había traicionado, y de nuevo la rabia volvió a apoderarse de ella.
—La culpa de lo que me ha pasado no es mía—aclaró, respirando hondo y alejando el impulso de hacerse daño otra vez.
—Lo sé, cariño. Ahora debes descansar…
—Es culpa de Lourdes Calvin—siseó, con los ojos en llamas—ella ocasionó este desastre.
—¿A qué te refieres? —se mostró preocupada de ver a su hija con la mirada perdida y culpando a su mejor amiga sin razón.
—Estoy bien—fue lo único que dijo antes de girar sobre su eje y darle la espalda. A los pocos segundos, su respiración se fue relajando y su madre supo que se había dormido. El día fue de lo más fúnebre. Shelby se rehusó rotundamente a asistir por primera vez en años, con el psicólogo que la había atendido de pequeña, lo cual provocó más preocupación. Caroline se encargó de hacerla sonreír con sus chistes malos y con series de tv que no tenían el menor sentido. A eso de las tres de la tarde, alguien llamó a la puerta cuando los cuatro se encontraban comiendo en el comedor y viendo aun la televisión. Shelby ya se encontraba mucho mejor, pero aquella visita la alteró demasiado que incluso lanzó su plato de comida en dirección a la persona que llegó. Era Lola Calvin. La sonrisa de la rubia se congeló al esquivar justo a tiempo un plato de albóndigas que pasó recorriendo el lóbulo de su oreja.
—¡Shelby! —chilló su madre, con los ojos entornados—es Lola, tranquilízate.
—¡Lárgate, Lola! —vociferó ella, poniéndose en pie. Charlie la sujetó del antebrazo, pero eso no impidió que Shelby se dirigiera a la rubia hostil—ya no eres bienvenida en mi casa.
—Tenemos que hablar, Cash—susurró la rubia, con cautela—malinterpretaste lo que te dije.
Entonces Shelby soltó una carcajada vacía, dejando a todos helados y confundidos.
—Me hizo bastante bien ir a esa cárcel y solo para darme cuenta que existen personas desconocidas que te protegerían sin conocerte. Ya no espero nada de ti, Lola, en serio y me harías un gran favor si te largas ahora mismo de mi casa.
—Pero, Cash…
Shelby alzó la palma de su mano—la cual seguía vendada—frente a su rostro, indicándole que no le interesaba seguir escuchándola.
—¿Qué te ha pasado en las manos? —preguntó la rubia, con curiosidad.
Pero Shelby se dio la vuelta, dejándola así… con la palabra en la boca. Molesta, se dirigió a su dormitorio con la intención de relajarse. Se dio cuenta que algo extraño le estaba ocurriendo y todo se debía a que se había cruzado en el camino de un verdadero asesino, que le había contagiado, quizás, su manera de ver la vida. Palpó su cuello en busca del collar de revólver que le había obsequiado su madre y lo acarició durante un largo rato. Mientras ella miraba al vacío, fuera de su casa el sol calentaba toda su habitación, pero a Shelby no le importaba. En su mente se había disparado otra idea alucinante, y que tal vez, muy pronto la llevaría a la locura: Buscar a Egon Peitz.
—Tal vez serás tú, Egon, el único que logre salvarme de mi misma—murmuró. Pero sus párpados le resultaron pesados, que le impidió seguir despierta. Y de pronto, el sonido del timbre la sobresaltó, pero continuó sumida en un suave sueño en el que solo estaba la cara de ese chico peligroso.
«Egon Peitz» [HORAS ATRÁS]
—Si hablamos de idiotas sin cerebro, creo que tú serías el rey de todos ellos—le había gritado Gale en cuanto corrió después de haber asesinado al bastardo que estaba con esa chica.
—Cuida tus malditas palabras, imbécil—en un ágil movimiento logró inmovilizarlo contra la fría pared de un callejón. Le torció el brazo hacia atrás, donde sostenía un arma y lo sujetó del cuello, presionándoselo con fuerza. Gale apretó los ojos e intentó respirar sin éxito—eres un viejo, pero a mí se me respeta. No sabes lo bueno que soy en mi trabajo—gruñó y lo liberó segundos después. Gale, por su parte, cayó al suelo agarrándose la garganta y sintiendo un ardor espantoso que le provocó toser. Aspiró bocanadas de aire con desesperación.
—No es necesario que me trates de esa manera. Estoy ayudándote.
—Nadie te pidió ayuda.
—Tu jefe me envió porque sabía que no podrías salir por tu cuenta de la cárcel.
—¿Estás desafiándome? —le envió una mirada furtiva que le caló los huesos a Gale.
—No…
—Así me gusta. Y cierra la boca, ¿okey? Necesito aclarar mis ideas.
—Pero…
—¿Qué dijiste? —achicó los ojos y le apuntó con el arma que Gale había tirado al suelo después de asfixiarlo—cuanto doy una maldita orden debes obedecerme, de lo contrario… —esbozó una sonrisa siniestra, y el pobre hombre, que días atrás lo había ayudado y tratado como a un hijo, se sintió por primera vez amenazado. Y muy asustado—… te mueres.
Jaló el gatillo sin dejar de sonreír. No le importó ver que su único aliado de confianza se desvanecía al suelo con una bala incrustada en su ojo izquierdo. Egon guardó el arma y arrastró a Gale a través del callejón sin salida. Reunió todas sus fuerzas y lo cargó hasta depositarlo en un contenedor de basura lo bastante amplio. Escudriñó todo a su alrededor, echó a correr en dirección contraria y comenzó su búsqueda de aquella chica universitaria. Si no le fallaba su memoria, había escuchado que ella se quedaría durante unos días más en Austria, por lo que tenía el tiempo contado para lograr localizarla. Si quería llegar con su jefe y rendirle cuentas del por qué había asesinado a su fiel consejero, Gale, tenía que llevarle una ofrenda de paz. ¿Y qué mejor que una buena y guapa ofrenda llamada Shelby Cash? Después de todo, ella confiaría en él después de haberle salvado la puñetera vida. Al conocer la ciudad como la palma de su mano, se dirigió hacia los diferentes hoteles en los que creyó posible que estuviese hospedada. Pero no sin antes cambiarse de ropa. Estaba complacido de que al menos Gale le proporcionó una breve cantidad de dinero para viajar, y se metió en una boutique de ropa de segunda mano para hombres. Y al entrar, como siempre ocurría, no pudo evitar ser el centro de atención de las encargadas del lugar, quienes se riñeron unos segundos para decidir quién lo atendería, pero al final de cuentas, Egon lanzó un gruñido de irritación y se encaminó para buscar ropa él solo. Se deshizo de su asquerosa ropa de reo y la intercambió por unos Jeans azules, una playera blanca cuello “V” y una chaqueta negra que le hacía lucir atractivo. Cualquier persona que lo mirase, iba a pensar que se trataba de un joven adinerado y de buena familia con algunos golpes en el rostro. Los zapatos que le habían dado en la cárcel no estaban tan mal, por lo que decidió no comprar otros. Lanzó el dinero exacto a los pies de la encargada más guapa y guiñándole seductoramente el ojo, abandonó el local, dejando a la chica ruborizada. Preguntó en aproximadamente seis hoteles acerca del paradero de Shelby Cash en el que no obtuvo ninguna respuesta positiva. Recorrió varias calles, varios barrios y no lograba localizarla; hasta que pensó que tal vez ella se encontraba hospedada en el hotel que estaba cerca del aeropuerto. Se reprendió mentalmente por no haberlo pensado antes. Cuando llegó, corrió hasta plantarse frente a la recepcionista, que estaba ocupada limándose las uñas como para prestarle atención.
—¿Aquí se hospeda la señorita Shelby Cash? —preguntó con tono autoritario y mezquino. La chica dejó de hacer lo que estaba haciendo y arqueó las cejas.
—¿Y usted es…?
—Está o no está. Dímelo—le ordenó, sacándose de quicio.
—Tiene que ser algún familiar para que le dé esa información. Todo aquí es confidencial.
—¿No habrá otra forma de arreglarlo? —suavizó su tono y esbozó una sonrisa coqueta que dejó pasmada a la recepcionista.
—Lo siento. No acepto dinero para la información que necesita.
—¿Quién dijo que quiero darte dinero? —rodeó la mesa y le puso una mano alrededor de su mandíbula. Los ojos de la joven se cerraron al tiempo que él pegaba sus labios en su cuello. Enseguida, Egon la levantó de la silla y le susurró algunas palabras en el oído, haciendo que ella se mordiera el labio y lo llevara por las escaleras y se detuvieran frente a una puerta. La recepcionista se apresuró a abrir y Egon entornó los ojos de la sorpresa: era una habitación de lujo que quizás estaba reservada para alguna pareja. Luego de unos segundos de apreciar el lugar, la tomó bruscamente del cuello y la besó con tal ferocidad que la dejó sin aliento. Sus manos viajaron a través de su busto hasta plantarse al inicio de sus muslos, la joven gimió cerca de su boca cuando él le alzó la falda y le introdujo una mano en el interior de sus bragas— ¿Esto…puede…arreglar…lo…que…quiero…saber? —le dijo Egon con la voz entrecortada mientras se hundía en ella con cierto salvajismo. La tenía estampada a la pared con los brazos estirados por encima de su cabeza y sujetándoselos con una sola mano, ya que con la otra le acariciaba su pecho izquierdo con sumo placer, al que pocas veces sucumbía, más si se trataba de una virgen—me…darás…todas…las…llaves…de…todas…las…habitaciones…—tiró de su cabello, haciendo que ella estirara su cuello para darle acceso a sus mordiscos.
—Sí… sí… —respondió ella, mordiéndose el labio—más, por favor.
Y Egon estuvo de acuerdo con ella. Le mordisqueó el cuello y la embistió con más fuerza a la pared. Retozaron durante quince minutos, pero los cuales fueron gloriosos para ambos, ya que él necesitaba urgentemente saciarse en el ámbito sexual antes de realizar su trabajo. Una hora después, él se encontraba felizmente observando a Shelby Cash mientras dormía desde el umbral de la puerta de la habitación en la que estaba hospedada. Había servido de mucho follar a la recepcionista. Le era tranquilizador ver dormir a aquella universitaria bajo las sábanas de esa cama, por un segundo llegó a desear poder deslizarse junto con ella y pasar un agradable rato parecido al que tuvo tiempo atrás, pero desistió. Su jefe siempre era el primero en disfrutar de todas las jóvenes que le conseguía y Shelby, aunque no quisiera, tendría que pasar por la cama de su jefe antes que él. Detestó la maldita condición y deseó poder largarse a buscar a otra chica. Shelby Cash no era como las demás, ella era distinta. Parpadeó, horrorizado de estar pensando en cosas lindas y trastabilló hacia atrás cuando la fémina giró entre sueños. Al girar, la sábana se deslizó a un lado de su cuerpo, dejándole a la vista a Egon el contorno de sus piernas y la silueta de sus senos a través de la bata que llevaba puesta. Se debatió durante unos minutos en enviar al carajo su ofrenda y disfrutarla él solo en ese preciso momento. Y cuando se disponía a sujetarla de las manos para inmovilizarla, Shelby habló. Habló dormida, dejándolo congelado.
—Egon Peitz…
Desconcertado, se echó para a atrás, abrió la puerta y salió disparado con el corazón acelerado. ¿Se había enamorado de él? ¿Por qué susurró su nombre en sueños? Definitivamente tenía que conseguir un sitio para dormir porque se estaba volviendo loco. Por los próximos dos días, se quedó hospedado en la última habitación del hotel, en espera de ver salir a Shelby de su habitación. Pero no lo hizo. Ya se había cansado de esperarla, tomó la decisión de acecharla fuera de su ventana, del otro lado de la calle. Estuvo a punto de ser descubierto por ella varias veces, pero se mantuvo oculto, observándola mirar con interés las calles. Tiempo después, la vio salir corriendo a todo pulmón con una maleta en la mano en dirección al aeropuerto. Se deslizó con cautela a la acera y la siguió muy de cerca, pero como ella estaba demasiado ocupada corriendo, no notó su presencia. Verla correr le resultó gracioso, porque su cabellera se le alborotó haciéndole competencia a algún indigente. Pero, aunque ella estuviera incluso sucia y maloliente, su belleza saldría a flote sin pensarlo. Perturbado por pensar en estupideces, sacudió la cabeza y continuó persiguiéndola. Se recargó a una pared mientras ella entregaba su boleto de avión y corría entre las personas para abordarlo. Y con elegancia, se aproximó a la joven que recibía los boletos.
—¿A dónde se dirige este avión? —preguntó.
—A Nueva York—respondió, amablemente.
—¿Saldrá otro vuelo después? Es que mi novia perdió su boleto y tuve que darle el mío.
—¿Su novia? —ladeó la cabeza.
—Sí. La belleza que acaba de entrar corriendo hace unos segundos.
—Oh—rio la joven—que extraño. No me comentó nada.
—Lo que pasa es, que le prometí conseguir otro boleto y le dije que se adelantara. Pero desgraciadamente no alcancé a comprar otro—curvó las comisuras de sus labios hacia abajo, con la intención de provocarle tristeza a la chica. Y lo consiguió.
—Uhm, verá, esto va contra de las normas del aeropuerto—susurró ella, mirando a todos lados—vaya y alcance a su chica. Yo me haré cargo.
—¿No tengo que pasar otra vez por revisión? —preguntó él, como quién no quiere la cosa, ya que llevaba un arma entre su ropa.
—No, solo se hace revisión una vez—sonrió, pensando que Egon ya había pasado por esa área.
—Eres una lindura de chica—la halagó—quizás no estarás en mi lista de este año, pero quizá volveré a verte algún día.
—¿Lista? —arrugó la frente, perpleja.
—Una lista que hago cada año—le regaló una sonrisa torcida que ruborizó a la encargada. Aventuró a sentarse en el único asiento disponible que encontró y se cubrió el rostro al darse cuenta que Shelby se encontraba a solo unas sillas de distancia. Traía los audífonos puestos y leía absorta un libro interesante. Clase normal. Estaban en el área de gente pobre, pero al menos eso hacía que Shelby no mirara a su alrededor. La tenía demasiado cerca. Se juró a sí mismo no perderla de vista. Cuando el avión aterrizó, esperó a que bajara para poder proseguir con su persecución. Dio la vuelta en U al verla ser abrazada por una mujer, un hombre y otra chica en la sala de espera. Se quedaron charlando y… ¿llorando? durante unos minutos antes de salir del aeropuerto. Los vio largarse en un taxi y rápidamente consiguió uno.
—¡Siga a ese taxi! —le gritó al chofer, en alemán. El sujeto lo miró con cara de póquer, Egon resopló y repitió lo mismo en inglés. No era de esperarse. Shelby aparentaba ser de familia estable y de buen estatus social, y sí que lo era. La vio descender del taxi y adentrarse en una fabulosa residencia con ayuda de su familia. Se había quedado embobado viéndola que el sujeto del taxi le exigió que le pagara—toma y cierra la maldita boca—le espetó al bajar del auto, dándole el dinero.
—Estos no son dólares—repuso el taxista, enfadado.
—Son euros y valen más que los asquerosos dólares—masculló Egon, alejándose del hombre. Cruzó la calle para situarse en un ángulo que le permitiera ver el interior de la casa desde una de las ventanas que estaba abierta de par en par y que solo una delgada cortina obstruía el campo visual de las personas que paseaban por la acera. Los ojos oscuros de Egon se postraron en Shelby y en cada uno de sus movimientos que ejercía al subir la escalera que la conducirían al piso superior y gruñó. Golpeó rudamente la pared sintiéndose incapaz de pensar en la manera de seguir mirándola. Sopesó la idea de entrar a hurtadillas más tarde, pero la declinó al darse cuenta que se sentía realmente agotado de haber viajado seis horas y a lo mejor ella se sentía igual o peor que él. Se memorizó las calles y se aventuró a andar por la acera, en busca de un lugar donde pasar la noche. Ahora sabía dónde residía Shelby Cash y eso era lo importante. No tardó demasiado en hallar un sitio donde dormir a tan solo dos calles de distancia de la casa de esa fémina. Visualizó al hijo de los dueños de la casa en la que planeaba dormir, había comenzado a acercarse cuando una chica rubia de ojos muy azules abrazó al chico por detrás, él se encontraba limpiando el parabrisas de su fabuloso coche, que dio un respingo al sentir su abrazo. Egon se ocultó detrás de un arbusto sin despegarle los ojos de encima.
—Lola, ¿Qué haces aquí? —preguntó él a la chica con una sonrisa pícara y la sujetó de la cintura con la intención de besarla, pero ella se retiró y ahogó una risita idiota para después besarlo por su cuenta.
—¿Ya te enteraste de lo que ocurrió en la cárcel de Austria, a donde Shelby fue?
Egon parpadeó varias veces. ¿Ellos conocían a Shelby Cash? Agudizó el oído y retuvo el aire en sus pulmones.
—No—juntó las cejas confundido— ¿Qué pasó? ¿Le ocurrió algo a Shelby? —se precipitó el chico.
—A ella no le pasó nada, o al menos eso parece. Pero dicen que varios estudiantes de nuestra carrera fueron asesinados por uno de los criminales que huyó de ahí—arrugó la nariz.
—Ay, ¿en serio? Que terrible—retiró ambas manos de la cintura de la rubia y ella gruñó—Lola, debo ir a verla.
—Puedes ir mañana, Trenton Rex. Shelby está furiosa porque sabe que nos gustamos; hace unos segundos hablé por teléfono con ella.
—¿Está celosa porque me gustas tú y no ella? —arqueó las cejas.
—Está celosa porque la celaba por ti y al final de cuentas te puse como prioridad en vez de ella.
—Eres una chica mala—bromeó, besándole brevemente los labios.
—Lo sé—le echó los brazos al cuello y se fundieron en un delicioso beso que a Egon le provocó náuseas y una oleada de rabia. Por alguna extraña razón deseó matar a sangre fría a ese par de estúpidos. No sabía si porque ellos querían perjudicar a Shelby Cash o porque tenía más de 24 horas sin asesinar a nadie y su cuerpo le decía que matara a algunas personas para poder conciliar el sueño a gusto esa noche. Y en contra de sus instintos, se dio la vuelta y se alejó de ellos lo antes posible. No estaba seguro si iba a poder seguir controlándose. Se metió las manos en su chaqueta y fue frotando la culata de su arma con las yemas de sus dedos en todo el camino. Al término de la noche, no encontró otro lugar donde dormir más que en una banca metálica de un parque. Y sintió como si no hubiese dormido nada porque horas después un policía comenzó a sacudirlo por los hombros. Sobresaltado y estando a punto de sacar su arma y dispararle, se sentó con los ojos irritados de sueño y alzó la mirada al policía, quién no dejaba de mirarlo.
—¿Hijo, estás bien? —le oyó preguntar.
—Sí—bostezó—lamento haberme quedado dormido—se apresuró a decir en cuanto notó que el policía sacaba su radio del bolsillo. A Egon no le convenía ser llevado a alguna estación policiaca y ser interrogado—ayer estaba de vuelta a casa y como me desvelé haciendo tarea, pensé que sentándome un rato aquí se me pasaría. Pero fue mala idea—sonrió genuinamente, suavizando el rostro del policía.
—Está bien, hijo, ¿quieres que te lleve a casa? —se ofreció y Egon titubeó. No sabía que responderle.
—Sí.
—¿Dónde resides?
Y contestó la primera dirección que se le vino a la mente. La casa de Shelby Cash. El amable policía lo animó a sentarse en el asiento del copiloto del coche patrulla para trasladarlo a su casa. Egon sonría a cada segundo como si fuera el mejor día de su vida para no levantar sospechas. Lo serio de todo era que no sabía que es lo que iba a suceder en cuanto llegara a la casa de Shelby y se diera cuenta que la había perseguido desde Austria. Pero antes de llevarlo directamente a casa de ella, el policía le ofreció llevarlo a comer si le daba unos minutos, ya que tenía que atender un asunto rápido en la estación.
—No me va a detener, ¿verdad? —le preguntó dócilmente, sintiendo que sus manos le ardían de ganas de estrangularlo ahí mismo con el resorte de la radio que estaba afianzada al auto.
—No. Solo dame un minuto y como recompensa te invitaré a comer.
Egon asintió. Recargó la cabeza en el respaldo y cerró brevemente los ojos en espera de ese sujeto. ¿Por qué tenía que haberse cruzado con alguien de la ley? Esperó durante una maldita hora dentro del auto. Su cuerpo había comenzado a transpirar y se quitó la chaqueta para enfriarse. Miró la puerta de la estación de policías y al no ver personas, abrió la puerta del vehículo y se deslizó fuera. Al cuerno con ese idiota. Pero había un detalle: EL HIJO DE PUTA LO HABÍA DESORIENTADO Y NO SABÍA DONDE CARAJOS SE HALLABA. Y maldiciéndose en voz alta, volvió a introducirse al auto. Vio que era la una de la tarde y arqueó las cejas. Al parecer, había dormido alrededor de cinco horas, ya que cuando llegó a ese parque, estaba amaneciendo y la banca metálica le resultó cómoda. De pronto, su estómago gruñó pidiendo alimento. Y por arte de magia el policía idiota llegó justo a tiempo. Egon lo recibió con una sonrisa mezquina.
—De verdad lo siento, hijo—se disculpó, quitándose el sombrero. Estaba sudoroso y sonrosado por el calor—pero atendí una llamada del FBI de Austria.
—¿Qué? —preguntó, alarmado, pero disimuló—es decir, ¿Por qué? ¿Qué tiene Austria para llamar a Norteamérica?
El policía fijó sus ojos en los suyos, puso en marcha el auto y suspiró.
—Nos han avisado que el criminal más peligroso se ha escapado de la cárcel y que es probable que haya ingresado a Estados Unidos.
La sangre de Egon se heló y guardó la compostura.
—Pero no se sabe con exactitud a donde fue—continuó diciendo—por cierto, hijo, tienes un acento raro en tu manera de hablar.
—Soy de Alemania—agregó, tenso—estoy aquí desde los diez años.
—¿Y qué edad tienes?
—Veinte—contestó.
—Adiviné. Eres un niño apenas y es bueno ver que dominas el inglés.
Lo único bueno que Egon tenía era que no aparentaba tener más de veinte años, a pesar de faltarle cinco años para cumplir los treinta. Lo prometido era deuda. El oficial invitó a Egon a comer en un restaurant de comida rápida, en donde los dos se devoraron dos hamburguesas cada uno, papas fritas y sodas. Por unos minutos, se olvidó de que era un prófugo de la ley y que tenía la compañía de un policía y disfrutó de la comida deliciosa.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó el policía mientras se limpiaba las comisuras de sus labios con una servilleta. Egon dejó de comer sus papas fritas y bebió un sorbo de soda antes de responder.
—¿Es normal que los policías pregunten datos personales a los jóvenes?
—Oh, no. Claro que no—rio el sujeto—es simple curiosidad porque tu rostro se me hace conocido.
—Me llamo Douglas Dex—improvisó al leer con rapidez el gafete de uno de los empleados del restaurant— ¿y el suyo?
—Sean Rex, a tus ordenes—vaciló. Enseguida se le iluminó el rostro a Egon.
—¿Usted de casualidad tiene un hijo llamado Trenton Rex?
—Sí—se mostró sorprendido— ¿lo conoces?
—Solo de vista—se dispuso a seguir bebiendo su soda.
—Yo no veo a mi hijo desde hace dos años—repuso con nostalgia y de pronto se dio cuenta de su indiscreción—bueno, basta de charlas. Vamos a tu casa.
Quince minutos más tarde, se encontraban de camino a la casa de Shelby. Le impresionaba estar tan tranquilo y relajado. No sentía las repentinas ganas de asesinar y eso era raro. Y a medida que se acercaban a la casa de la chica, comenzó a sentir que le faltaba el aire. No estaba seguro de querer importunar a esa familia y menos a ella.
—Detenga el auto, por favor—dijo de repente, usando modales estúpidos. El policía obedeció y volteó a verlo—a partir de aquí, iré andando—abrió la puerta—gracias por su ayuda.
—¿Estás seguro que no quieres que te deje en la puerta de tu casa?
—No. Gracias.
—Está bien. Hasta luego.
Egon visualizó como el auto se alejaba y girando sobre sus talones, se disponía a reanudar la marcha, cuando sin querer, sintió un bulto suave que se incrustaba con su pecho. Había colisionado con alguien. Aturdido, postró su fría mirada en la persona que se había cruzado en su camino y reconoció aquel rostro. La rubia que había estado la noche anterior hablando con el hijo del policía se hallaba tumbada en el suelo con sus hostiles ojos azules mirándole fijamente. Enfadado, en vez de ayudarla como cualquier otro idiota lo hubiese hecho, la levantó del suelo de un jalón y volvió a empujarla, pero esta vez hacia la calle para que algún coche la arrollara, pero para su mala suerte, estaba desértico.
—¡Qué te pasa, idiota! —le gritó ella, aterrada. Se levantó del asfalto y lo empujó, pero él Ni siquiera se movió. Egon le regaló una gélida mirada que la dejó sin habla.
—No me toques y fíjate por donde caminas. Tuviste suerte de no morir este día—la miró con desprecio y continuó su marcha. Lola, con la boca abierta, no dejó de ver a aquel sujeto tan atractivo hasta que lo perdió de vista. Él siguió caminando con la cabeza gacha y la mirada en sus pies. Cuando por fin llegó hasta la casa de Shelby, se quedó estático en el porche sin saber qué hacer. Levantó la mano para llamar a la puerta alrededor de tres veces, hasta que presionó sin pensar el timbre y sintió vértigo.
«Shelby Cash»
¿Era posible llamar a alguien con el pensamiento?
—Cariño, tienes visitas—adormilada, entre abrió los ojos para ver a su madre que la miraba con una gran sonrisa.
—¿Quién? Si es Trenton Rex o Lola, ya te dije que no quiero verlos.
—No. No es ninguno de ellos—le acarició el cabello—es un chico muy guapo que dice conocerte.
El corazón de Shelby dio un vuelco. ¿Acaso era Egon Peitz que había llegado a salvarla? Enseguida sacudió la cabeza y alejó ese maravilloso pensamiento. A veces era demasiado fantasiosa.
—¿Te dijo su nombre? —se incorporó en la cama.
—Dijo que quería ver tu reacción al verlo—la sonrisa de su madre se ensanchó y se sintió intimidada—anda, levántate. Es muy guapo y después quiero una explicación del por qué nunca lo habías traído a casa.
—No sé quién sea, pero vamos—buscó su sudadera y con ayuda de su madre descendieron al piso inferior. Charlie y Caroline ya se encontraban charlando con el chico incógnito, por lo que Shelby pensó que se trataba quizás de Trenton haciéndole una broma con ayuda de su familia.
—Aquí está Shelby—dijo su hermanastra, muy animada.
Entonces Caroline se apartó de donde estaba y abrió un espacio donde Shelby logró ver al chico que había llegado a buscarla y que se encontraba sentado en el sofá. Cuando sus miradas se cruzaron, algo dentro de ella sintió que estallaba en miles de fragmentos y se extendía en todo su cuerpo. Aquellos ojos negros como la noche la miraron con el mismo frenesí de la primera vez. Egon Peitz se hallaba en la sala de su casa, vestido malditamente sexy y con una sonrisa perversa en los labios. Shelby no supo que decir y se quedó sin palabras en su sitio
—Los dejamos a solas para que platiquen—argumentó su madre; llevándose a Charlie y a Caroline a otra parte. Por su parte, Shelby siguió inmóvil hasta que él se dignó a hablar.
—Hola, Shelby Cash. ¿Me has extrañado? —ella cerró los ojos deleitándose un segundo con su voz. Al abrirlos de nuevo, se encontró con el rostro de Egon a solo un centímetro del suyo, mirándola fijamente. Shelby pensó en retroceder, pero quería tenerlo cerca, así que se mantuvo con la mirada sobre él.
—¿C-Cómo supiste donde vivía? —titubeó. Entonces él retiró su rostro y volvió a sentarse en el sofá. Le dio unas palmaditas al sillón, invitándola a que se sentara a su lado. Con torpeza se sentó a una distancia apropiada, pero Egon se deslizó por el espacio que quedaba entre los dos hasta que su rodilla rozó con la suya.
—¿Qué te pasó en las manos? —quiso saber él, tomándole una de sus manos entre las suyas.
—Un accidente—se arregló un mechón de cabello detrás de la oreja.
—¿Puedo echarle un vistazo? —la miró a los ojos. Ella asintió, sonrojada. ¿Qué hacía él ahí? Sentía que iba a vomitar de tantos nervios. Con lentitud, Egon comenzó a quitarle la venda de su mano y a medida que su piel iba surgiendo a la vista, él arqueaba sus cejas. Dejó la venda en el sofá y contempló su mano con los ojos brillantes.
—¿Golpeaste a alguien o algo? —preguntó con interés. A Shelby le pareció sentir emoción en su voz.
—Un accidente—repitió.
—¿Sabes? Sé reconocer las heridas causadas por golpear a alguien o bien, a un objeto para desatar tu furia y esto, guapa—le señaló la mano—es obra de unos puñetazos a algo duro.
Avergonzada, le quitó la mano y comenzó a vendarla otra vez.
—Yo te ayudo—dijo él, con el rostro ensombrecido. Le vendó la mano mejor que su madre y se la depositó en su regazo.
—¿Qué haces aquí y como me encontraste? —preguntó ella, autoritariamente.
—Bájale dos rayas a tu tono de voz—masculló él y Shelby recordó su temperamento explosivo. Y a regañadientes se vio obligada a obedecerle porque no quería que su familia saliera herida por culpa suya—así me gusta, calladita y guapa—alargó una de sus manos y la posó en su mejilla, comenzó a recorrérsela con lentitud y ella cerró los ojos. Y de pronto, se detuvo a la altura de su cuello y sintió su dedo pulgar rozarle el lóbulo de la oreja— ¿te gusta que te toque?
—¿Uhm? —murmuró ella, abriendo los ojos.
—Recuerda que te dije hace unos días que, si no quieres que alguien te toque, debes hacérselo saber. Así que dime, ¿te ha gustado que te toque, así como ahora?
—Sí. Me gustó—confesó ruborizada y agachó la mirada, pero él le sostuvo la barbilla y la obligó a mirarlo.
—No te he dicho que dejaras de mirarme—Shelby lo miró con intensidad y él sonrió.
—No has respondido a mis preguntas, Egon—replicó ella, en un hilo de voz.
—Fue fácil encontrarte, te busqué en todos los hoteles de Austria hasta que logré ubicarte—respondió, naturalmente—y ahora necesito tu ayuda.
—¿Qué? ¿Mi ayuda? —él asintió, mirando sus manos— ¿En qué podría serte de ayuda?
—En muchas cosas, guapa—le guiñó el ojo—comenzando por buscarme un lugar donde instalarme. No tengo dinero norteamericano y los pocos euros que me quedan, pronto acabarán y no tengo donde quedarme.
—¿Qué pasó con tu amigo? —hizo memoria.
—Asesiné a Gale—contestó, como si se trataba de un tema sin importancia y no dejó que Shelby abriera la boca, sino que la sujetó del antebrazo y la arrastró hasta la puerta de la calle—nadie debe escuchar nuestra conversación. Vamos afuera.
Salieron al porche a hurtadillas y Egon miró a todos lados antes de abrir la boca.
—¿Tienes auto?
—Sí. Mi escarabajo de allá—le señaló su auto verde y Egon hizo una mueca desagradable— ¿Qué? ¿Por qué esa cara? —se puso a la defensiva, cruzándose de brazos y él ahogó una risa nasal—me lo regaló mi padre hace un par de años, no te burles.
—Bueno, es mejor que andar caminando—se encogió de hombros— ¿Dónde están las llaves?
—En mi habitación, ¿Por qué?
—Ve por ellas. Quiero dar un paseo y hablar a solas contigo.
—¿Vas a matarme? —preguntó en un susurro y él puso los ojos en blanco.
—Cariño, si quisiera verte muerta, desde que nos conocimos te hubiera asesinado—alzó una de sus perfectas cejas y le acarició el rostro—ahora sé buena chica y obedéceme.
Shelby sonrió, sintiéndose acalorada y asintió. Entró a su casa en busca de las llaves, también aprovechó a cambiarse de ropa y arreglarse el cabello. Tardó diez minutos, pero cuando iba bajando la escalera, su madre la interceptó.
—¿A dónde vas?
—Saldré con… mi amigo.
—¿De dónde lo conoces?
—Lo conocí en Austria—le informó—él iba en el avión de regreso y nos hicimos amigos. Fue una sorpresa que haya venido a verme, bueno, me voy—habló demasiado rápido que dejó perpleja a su madre. Cuando salió a la calle, divisó a Egon recargado en el cofre de su escarabajo, pero no sintió ganas de golpearlo, así como a Trenton, sino que le agradó ver que al menos aceptaba a su humilde auto como un medio de transporte. Los petulantes ojos negros de Egon se postraron en ella y la llamó con la mano.
—Por esta vez, conducirás tú—le informó él, al tiempo que entraban al auto—porque cuando yo conozca la ciudad, conduciré y te llevaré conmigo a donde yo quiera.
—¿A dónde quieres ir ahora? —encendió el auto y esperó su respuesta.
—La que conduce toma las decisiones—murmuró, viéndola fijamente—llévame a un lugar tranquilo y solitario.
A Shelby se le vino a la mente un mirador al que solía ir con Lola cuando no tenían clases, así que miró a Egon y él a su vez le puso una mano en su pierna como un gesto de “andando”. Puso en marcha el escarabajo y se dirigieron a ese lugar, donde ninguna persona se atrevía a visitar porque supuestamente era una zona de delincuentes. Pero ahora estaba más protegida que cuando iba con Lola, porque llevaba consigo a un verdadero criminal que acabaría con la vida de cualquier idiota que se atreviera a molestarla. En el camino, Shelby no pudo evitar resistirse a echarle una mirada a Egon, quién miraba con interés las calles a través de la ventana. Era algo descabellado. Jamás pensó que de verdad lograría convivir alguna vez con alguien como él.
—Me enfurece los silencios, habla. Di cualquier cosa—bufó él.
—¿Por qué decidiste acudir a mí en lugar de otra persona?
Aquella pregunta lo cogió desprevenido. Se tomó un momento en pensar una respuesta y al final, dijo:
—Eres amante de los criminales, ¿no? —ella asintió—entonces pensé que eras perfecta para ayudarme. Puedes entenderme y yo a ti, posiblemente.
—¿Por qué piensas que podremos entendernos tú y yo? —intentó no parecer emocionada y perturbada a la vez. Dobló en una esquina y después en otra, pero él seguía sin responderle.
—Simple y sencillamente porque no somos tan diferentes después de todo—dijo—yo soy un homicida y al parecer, tú eres una chica con instintos suicidas. Nos entendemos sin problema, el claro ejemplo es este: me has obedecido sin refunfuñar, sin poner peros. Y eso es lo que a mí me encanta de alguien. Por eso es que aún no te he matado.
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