Dark Beauty - Capítulo 13
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13: Capítulo 13 13: Capítulo 13 —¿Dónde puedo conseguir ropa nueva, pero de mi estilo?
—Primero que nada, tienes que deshacerte de la ropa sangrienta que traes sobre las piernas y después buscaremos la manera de conseguir ropa limpia.
—¿Me estás dando órdenes, Puppy?
—por un segundo, Shelby pensó que quizás se había enfadado, así que negó rápidamente con la cabeza.
Y él rio.
Rio por primera vez desde que se conocieron y, a decir verdad, su risa era graciosa y contagiosa—no estoy molesto.
No temas; y todo se debe a que ya no estoy estresado.
—¿Por qué “Puppy”?
—Eres como un cachorrito, al que tengo que cuidar y que me obedecerá sin contradecirme.
—¿Me estás comparando con un perro?
—se sintió desilusionada.
—No—dijo él, haciendo una mueca—es el nuevo apodo que emplearé en ti a partir de este momento.
—Tu manera de ser es inquietante.
—Pero nos comprendemos muy bien y eso para mí es lo que cuenta.
¿Para qué fingir ser alguien que no soy?
Soy un maldito homicida, amo matar gente y no soy el típico chico que tiene una vida normal con estudios, novias y padres que lo quieren.
Soy Egon Peitz, un chico asesino que ama lo que hace y ahora que te has cruzado en mi camino, serás mi cómplice en todo lo que yo te diga, Puppy.
—¿Por qué estás tan seguro de que voy a aceptar?
—alzó la barbilla hacia él, desafiándolo.
—¿No lo harás?
—introdujo su pierna izquierda en el espacio donde ella tenía las suyas y presionó levemente el pie de Shelby sobre el acelerador—¿Estás segura?
—Espera, ¡No!
Egon, vas a matarnos—el escarabajo se precipitó en una colina y Shelby ahogó un grito, apretó ambas manos en el volante y con ambos pies presionó el freno, pero, aun así, el auto seguía bajando en picada gracias a Egon.
—Vas a ser mi cómplice—dijo él, pero no era una pregunta, era una afirmación—sé que quieres serlo.
No te opongas, ¿okey?
No te pasará nada si estás conmigo.
Te necesito.
—¡Hablaremos al respecto, pero por favor, saca tu pie del acelerador!
Egon, sonriendo maliciosamente, apartó su pierna y se sentó como Dios manda en el asiento, haciendo que Shelby frenara de golpe antes de incrustarse en un automóvil estacionado.
Cuando se detuvieron, ella bajó precipitadamente del escarabajo y devolvió lo que había ingerido en el día.
Por su parte, Egon también descendió, estando solo en ropa interior y recargó un brazo sobre el techo y sonrió al verla limpiarse la boca con recelo.
—Admite que fue divertido.
—¿Qué?
Casi nos matamos—gruñó molesta, pero enseguida se relajó.
No quería morir esa noche—escucha, no vuelvas a hacerlo.
—¿Es una orden?
—levantó una ceja, mirándola con escepticismo.
—No.
Es solo una opinión—a regañadientes se obligó a dejar de verle el cuerpo y a fijar su mirada al cielo.
Estaban lejos de casa.
—Lo sabía—suspiró, y se frotó el rostro con ambas manos—necesito ropa y un lugar donde dormir—le recordó.
—Conozco a alguien que quizás tenga ropa de tu talla y estilo—le informó y ambos volvieron al interior del escarabajo.
—¿De quién se trata?
—preguntó Egon.
Su rostro se había puesto serio.
—Un conocido que va a la escuela conmigo.
Es un idiota, pero no podrá negarse a ayudarnos.
Egon juntó las cejas y optó por mirar por la ventana todo el tiempo.
Algo le decía que el conocido de Shelby era aquel idiota llamado Trenton Rex, pero no dijo nada al respecto.
Condujo por quince minutos más, mirando a todos lados y doblando cada esquina.
Ella podía sentir la penetrante mirada de Egon sobre su cuerpo y no sabía Ni siquiera como conducir.
Le proporcionaba nerviosismo.
A través del rabillo del ojo, miró que él colocaba su ropa sucia en sus pies y recargaba su cabeza sobre el dorso de su mano y su codo encima de la ventana.
Estaba pensativo.
Cuando llegó por fin a la casa de Trenton, aparcó detrás de su elegante coche y suspiró antes de volverse hacia Egon.
—Espérame aquí.
Iré a buscar a mi conocido.
—Espera—dijo él, agarrándole la muñeca con fuerza.
Ella volteó a mirarlo perpleja—si sucede algo, no dudes en gritarme.
—Claro, pero no sucederá nada—parpadeó con cara de póquer, se deslizó fuera del escarabajo y de encaminó a la puerta de la casa de Trenton.
Miró por encima del hombro hacia donde había dejado a Egon y continuó acercándose a la puerta.
Llamó al timbre y esperó alrededor de unos minutos hasta que le abrieron.
Se quedó con la boca abierta al ver a la persona que estaba justo en el umbral, mirándola con el ceño fruncido.
—Cash—dijo su ex mejor amiga, esbozado una sonrisita— ¿Qué haces aquí?
—Yo pregunto lo mismo—juntó las cejas con molestia—pero no me interesa.
Estoy aquí porque necesito ver a Trenton.
—Él no se encuentra ahora…
—le dijo y se cruzó de brazos.
Pero de pronto Rex apareció detrás de ella y saludó amistosamente a Shelby con la mano.
—Hola, Shelby.
¿Qué haces aquí?
Pensaba ir a buscarte mañana.
—Necesito de tu ayuda—contestó sin dejar de fulminar con la mirada a Lola.
—Por supuesto.
Dime qué pasa.
—Quiero hablar a solas contigo—hizo énfasis en “a solas” con toda la intención.
Percibió la mirada furtiva de Lola y sonrió—acompáñame a mi auto.
Perplejo, Trenton asintió y cogió su chaqueta que estaba en una percha, miró a Lola y se encogió de hombros caminando detrás de Shelby.
—Oye, ¿Qué te pasó en las manos?
—le preguntó, preocupado.
—Un accidente en la cocina—mintió.
Mientras tanto, Egon se hallaba sentado con aburrimiento a lo largo de los asientos, pero con la mirada atenta a esa casa por donde ella había ingresado.
De repente, la vio de regreso en compañía del hijo del oficial al que tanto deseaba matar.
En cuanto estuvieron con él, Shelby le indicó que abriera la puerta y lo presentó con el chico.
—Trenton, este es mi amigo…
—Douglas Dex—se apresuró a decir Egon, extendiendo su mano con hipocresía.
Trenton se la estrechó con extrañeza.
—Trenton Rex.
—Verás, Trenton, Douglas tuvo un problema al llegar al país.
Lo conocí en Austria y necesita ropa y un sitio donde dormir.
Pensé que tú podrías ayudarnos.
—¿Qué clase de problema?
—quiso saber, con desconfianza.
—Asuntos que no te incumben—siseó Egon, perdiendo la paciencia—responde si vas a ayudarnos o no.
Trenton titubeó torpemente y mecánicamente asintió.
—Tengo ropa que casi no uso, pero no puedo ayudarlos en el sitio donde dormir.
—No importa—repuso Shelby—solo danos la ropa, ¿Sí?
—Bien.
En un momento regreso—dijo y se dio la vuelta hacia su casa.
Se fue rascando la cabeza con incertidumbre y entró a su casa donde Lola asomó la cabeza para verla.
Egon gruñó.
—¿Qué clase de amigo es ese?
—No es mi amigo—arrugó la nariz—es solo un conocido de la Universidad que detesto y se la pasa molestándome.
—¿Te molesta a menudo?
¿Qué te ha hecho?
—la dureza de sus palabras la sobresaltó.
—Nada grave.
—Puppy, ¿Temes que pueda asesinarlo?
—Sí.
—¿Por qué no quieres que lo mate?
Digo, no te agrada y te molesta—arqueó una ceja—no es tarea difícil.
Se ve que es fácil de someter.
—Egon, ¿Qué?
—Olvídalo.
Pero si vuelvo a saber que te sigue molestando, mañana u otro día, no te voy a decir nada y encontrarás su cadáver en alguna parte, pudriéndose como el imbécil que es.
Shelby iba a responderle, pero Trenton apareció al instante con una leve sonrisa en los labios y una bolsa negra en sus manos.
—Hay tres pantalones, cuatro playeras y dos pares de tenis—informó.
—Ya era hora—dijo Egon, arrebatándole la bolsa.
Se dedicó a fisgonear y luego abrió la puerta del escarabajo.
—¿Estás desnudo?
—entornó los ojos Trenton al verlo salir del auto y ponerse uno de los pantalones y playeras.
—Estar desnudo a veces es lo mejor y más si tienes de acompañante a una muñeca, ¿no?
—la señaló con la barbilla.
—¿Son novios?
—interrogó Trenton y miró a Shelby con ojos acusadores.
Ella se ruborizó y negó con la cabeza.
—Somos lo que no te imaginas y ahora lárgate de aquí, Trenton Rex—le espetó Egon, malhumorado.
Trenton miró una vez más a la pareja extraña e hizo una mueca de fastidio y se encaminó de vuelta a su casa donde lo esperaba la rubia con cara de pocos amigos.
—No tenías por qué tratarlo así—carraspeó Shelby.
—Nadie me dice que hacer—dijo el chico austriaco, bruscamente—ahora llévame a un lugar donde pueda quemar mi ropa.
Shelby lo llevó al grandioso basurero de la ciudad y decidió esperarlo dentro del escarabajo en lo que él se deshacía de la evidencia.
Mientras tanto; se la pasó mirando la nueva ropa de Egon.
Los pantalones eran de mezclilla y las playeras eran negras, y los tenis eran converse negros y vans blancos.
Ironía.
A lo lejos, divisó a Egon prendiendo una fogata y no pudo evitar suspirar.
Ese chico iba a ser su perdición.
Todo estaba bien; empero había un problema: No tenía donde ocultarlo para que pasara la noche tranquilo.
No le quedaba otra opción más que meterlo a hurtadillas a su habitación y obligarlo a dormir en el suelo con una sábana.
Claro estaba que le enloquecía la idea de dormir con él; pero aún eran unos completos desconocidos y sin decir que él era un homicida.
Sabía que Egon no la lastimaría porque él quería que ella fuera su mano derecha en sus crímenes.
Y pues; había aceptado serlo.
¿Qué más daba acompañarlo en situaciones delicadas en las que su vida y su libertad estaban en juego?
Ella no era una asesina, pero el chico que le gustaba sí lo era.
—¡Hey!
Dio un respingo cuando descubrió la cara de Egon estampada contra el cristal.
Él rio por lo bajo y abrió la puerta para que ella saliera.
—¿Ya has terminado?
—Sí.
Pero no quiero estar ahí solo, baja y platiquemos en lo que termina de deshacerse la ropa.
Shelby obedeció gustosamente y tomó asiento en unos botes oxidados, él, por su parte, se plantó junto a ella y se recargó en la malla de metal que los dividía de la basura.
Hubo un silencio incómodo entre los dos hasta que él se atrevió a hablar.
—¿Desde cuánto te lastimas de esta manera?
—preguntó y le tomó una mano vendada con cuidado.
—Ya te dije que fue un accidente—repitió, avergonzada.
Incapaz de mirarlo.
—Y yo ya te dije que sé reconocer este tipo de heridas—jugó distraídamente su mano entre las suyas y luego de un rato, sorprendiendo a Shelby, se la llevó a los labios dándole un beso por encima de la venda—eres muy guapa para lastimarte de esta manera.
Prométeme que no lo harás de nuevo, Puppy.
—Yo…
—Prométemelo—espetó, enfadado.
Sus ojos oscuros la estremecieron y asintió.
Shelby se sintió desconcertada ante sus acciones.
Se suponía que a los criminales y tiburones les resultaba imposible sentir emociones, y menos aún: sentimientos.
Parecía como si Egon de verdad estuviera preocupado por ella.
Anonadada, dejó que él siguiera jugando con su mano durante un momento más.
—El único lugar que puedo ofrecerte para que duermas es mi casa.
En mi habitación…
—…
y en tu cama—él esbozó una sonrisa maliciosa—lo adiviné.
Estaba esperando a que dijeras eso desde que te pedí ayuda.
—¿Te parece que duermas mejor en el suelo?
—se le escapó una risilla tonta, que provocó que él riera.
—¿Qué estás haciendo, Puppy?
Nunca en mi puñetera vida había sonreído y mucho menos reído más de una vez en un mes, pero ahora he reído y sonreído demasiado desde que estoy contigo.
—No tengo idea—miró hacía el fuego que comenzaba a elevarse para ocultar su nerviosismo y le señaló a Egon al frente—ya está.
—Vámonos entonces; ya quiero llegar a dormir a tu cama—y algo en su voz le dio a entender a Shelby que pensaba muy diferente a lo que había dicho.
«Austria» Marlon Blake se encontraba con los dedos puestos sobre el control de la tv que tenía a frente.
Su rostro, perfectamente limpio y liso, estaba endurecido de furia y su semblante destilaba ganas de matar a quién sea.
—Señor, no hay rastro de Peitz por ninguna parte—llegó un sujeto con un rifle en las manos.
Marlon Blake volvió el rostro y fijó sus siniestros ojos verdes en él—encontramos el cadáver de Gale a pocas calles de la cárcel, pero no se sabe del paradero de Egon.
—No pudo haberse ido tan lejos—vociferó, arrojando el control hacia la pared, haciéndose añicos— ¡Encuéntrenlo cuanto antes!
Él tuvo que haberse comunicado conmigo desde que escapó.
—¿Era necesario que asesinara a Gale?
Él era su… —… parece que aún no te das cuenta del temperamento de Egon—sonrió torcidamente Marlon, interrumpiéndolo, y después volvió a adoptar su máscara de piedra—así que búsquenlo.
Y si intenta matarlos, como es su costumbre, mátenlo primero a él.
Pero, antes, háganle saber que necesito urgentemente mercancía nueva o el Patrón nos va a matar a todos.
De pronto, una alarma estruendosa comenzó a sonar, poniendo de peor humor a Marlon Blake.
—Señor, encontramos un rastro casi invisible de Egon Peitz.
Tal parece que una de las cámaras del aeropuerto de Leoben logró identificarlo.
Se subió a un avión que se dirigía a Norteamérica.
—¿Qué parte?
—gritó—¿Qué parte?
—Nueva York, señor.
Y entonces, una sonrisa malévola atravesó los labios de Marlon Blake, dejando a la vista una perfecta dentadura con un diente de diamante.
Presionó un botón y dijo: —Ya sabes que hacer, muchacho.
Tráeme a Egon Peitz cuanto antes.
De una puerta escondida detrás de unos libros, entró un muchacho muy atractivo a la estancia con un arma con silenciador.
Su cabello rubio le llegaba más abajo de sus cejas y le cubría levemente sus ojos grises.
—Al fin, señor.
Me enfrentaré a Egon Peitz.
—Fueron entrenados juntos, Norman, y de los dos, él fue el mejor y yo siempre lo protegí.
Ahora te doy permiso de que le des una paliza y traigas su cabeza a mis pies.
—Será un placer, señor—el muchacho se encaminó directo a la puerta de donde había ingresado uno de los guardaespaldas y desapareció con una sonrisa lobuna en el rostro.
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