Dark Beauty - Capítulo 14
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14: Capítulo 14 14: Capítulo 14 No se trataba de meter sigilosamente un cachorro o alguna otra cosa indebida a su habitación; sino que se trataba de un chico.
Un chico con graves problemas de temperamento.
Su madre se encontraba felizmente sentada en el sofá platicando con Caroline y esperándola.
Shelby le había indicado a Egon que se quedara dentro del escarabajo en lo que ella lograba encontrar la manera de meterlo sin que su familia se diera cuenta.
Pero para eso tendría que esperar un par de horas para que ellos se fueran a dormir y aprovecharan la oscuridad para deslizarse a su habitación.
—¿Cómo te fue, Shelby?
—le interrogó Caroline, con una sonrisa cómplice.
—Regular.
Douglas tuvo que irse a un hotel y lo dejé unas calles cerca—se encogió de hombros y se encaminó a la cocina.
Tanta adrenalina y nerviosismo del día la tenían hambrienta.
Aprovechó para quitarse las vendas de las manos y sacó el bote de leche de la nevera, buscó un vaso y se bebió a pecho aquel líquido blanco que en ese momento lo sintió delicioso.
—¿Lo conociste en Austria?
—su madre apareció detrás de ella con una mirada llena de curiosidad.
—En el avión de regreso—corrigió y se sirvió otro vaso.
—Es muy apuesto, Shelby—le acarició la cabeza con dulzura—me emociona tanto ver que estás creciendo y que pronto te veré casada y con hijos.
—Mamá.
No te precipites—estuvo a punto de escupirle la leche encima y esta rio.
—Lo sé.
Es una tontería, pero algún día tendrás que casarte y darme muchos nietos.
Quiero cinco.
—Vaya.
Hace un año dijiste que tres.
—Cada año pienso diferente.
—No me imagino dentro de cinco años—alzó las cejas un par de veces—no soy un conejo que puede dar mil hijos en una sola camada.
Además, no tengo novio y veo imposible tu petición.
Mejor piensa en Caroline; ella tiene más ventaja en todo ese asunto.
—Ella no es hija mía de sangre, pero lo tendré en cuenta—canturreó, risueña.
Y le examinó rápidamente las manos, las cuales todavía tenían un tono morado, pero menos grave que horas atrás.
—Bueno, me voy a dormir—se apresuró a decir al darse cuenta del escrutinio mal disimulado de su madre y dejó el vaso en el fregadero antes de darse la vuelta y dirigirse a las escaleras.
—Son las diez de la noche, ¿ya tienes sueño?
Charlie deseaba ver una película todos juntos.
—No, gracias.
Estoy agotada, mañana tengo que ir a la escuela, recuérdalo.
—No tienes por qué ir.
Tómate unos días, yo me haré cargo de sacar un permiso.
—¿En serio lo harías?
—se le iluminaron los ojos.
—Sí, te veo algo cansada y es mejor que estés en casa.
A salvo.
—Mmm…
solamente te digo que estoy bien, no quiero que te apresures a sacar conjeturas que no valen la pena.
Lo que pasó cuando era niña ya es algo del pasado.
Confía en mí y todo estará bien—dando por concluida aquella incómoda conversación, subió trotando las escaleras y se encerró en su habitación.
Se cambió de ropa enseguida, decidiéndose por un short de licra color negro y una blusa roja con mangas adornadas de corazones.
Arregló fugazmente su habitación lo mejor que pudo y se sentó al borde de la cama con su dedo pulgar entre los dientes.
Egon iba a pasar la noche en su habitación y tenía pánico.
¿Y si la asesinaba mientras dormía o la secuestraba?
Se abrazó a sí misma y se obligó a descartar los pensamientos negativos que tanto albergaban en su mente.
Se acostó en la cama y mirando el póster de su adorado Dylan O’Brien, cerró tranquilamente los ojos; sin embargo, alguien llamó a su puerta y estresada, se incorporó y casi gateando abrió la puerta.
Era Caroline.
—Se suponía que debías cenar algo y te he traído unos bocadillos que tanto te gustan.
—Gracias.
Deja la bandeja sobre el buró—sonrió con timidez.
No tenía nada de hambre gracias a la leche que minutos atrás había bebido, pero tenía la corazonada de que Egon probablemente si iba a tener, por lo que aceptó la bandeja y se despidió de su hermanastra.
—Mañana voy a ir a mis prácticas.
Intentaré regresar lo antes posible para cuidarte—le avisó antes de irse.
—Es un alivio verte salir de casa luego de un mes y medio de vacaciones.
—Sí.
Y es por eso que haré el intento de regresar temprano porque me ansía mucho volver a ver a mis colegas y es probable que no pueda venir antes de la hora de salida de las prácticas.
—Descuida.
Puedo cuidarme bien estando dentro de estas paredes.
—Eres un caramelo de persona—se acercó a ella y le revolvió el cabello—aunque no seamos hermanas de sangre, te quiero—Shelby, incapaz de demostrar abiertamente sus sentimientos, se limitó a asentir y a sonreír.
Caroline sonrió ligeramente y abandonó la habitación.
El aire nocturno que se colaba por las ventanas, le dio a entender a Shelby que ya era hora de bajar por Egon.
Había pasado exactamente dos horas y el silencio reinaba en toda la casa.
Salió a hurtadillas de su habitación sin ningún calzado, solo con sus calcetas negras para no provocar algún tipo de ruido, echó un vistazo a la habitación de su madre y a la de Caroline.
Todo estaba seguro.
Se desplazó al piso inferior con el corazón palpitándole con fuerza.
Caminó hacia la puerta y la abrió.
Pero no contaba con encontrarse a Egon justamente en el umbral, esperándola con una sonrisa llena de malicia y con los ojos iluminados perversamente.
—Estaba a punto de derrumbar la puerta si no bajabas enseguida—susurró.
—Gracias al cielo que ya estoy aquí—le instó a pasar y cerró la puerta detrás de él.
Egon miró a todos lados y después a ella.
—¿Cómo puedes vivir en una casa como esta?
—¿A qué te refieres con “una casa como esta”?
—lo miró con cara de pocos amigos, pero por la oscuridad, él no lo notó.
—Te mereces algo mejor—dijo y buscó su mano para agarrarla—ya, ahora vamos a tu habitación—se dirigieron a la escalera y comenzaron a subir, pero los zapatos de Egon hacían un ruido espantoso a cada paso que ejercía, por lo que se los quitó y ascendieron lo más rápido posible.
—Adentro—siseó Shelby al tiempo que cerraba la puerta cuidadosamente.
Él dejó escapar un suspiro y se dejó caer en la cama—¿Tienes hambre?
—Sí.
Soy capaz de comerte entera esta noche—respondió, riéndose por lo bajo.
Ella parpadeó, estando consciente del doble sentido de sus palabras, pero sonrió con indiferencia.
—Aquí te he guardado un par de sándwiches y un vaso de leche.
—Dámelo—le ordenó con las manos extendidas y ella le pasó la bandeja.
Se sentó junto a él mirándolo devorar aquellos bocadillos con mucha rapidez.
Bebió en un segundo la leche y después le entregó la bandeja vacía—¿Tienes más?
—No, pero si quieres puedo prepararte más.
—Me parece bien—dijo, pero ella se quedó mirándolo un momento y él alzó las cejas con irritación—bien, ¿Qué esperas, Puppy?
Esos malditos sándwiches no se van a preparar solos—su voz cambió a autoritaria.
—¿Al menos un “por favor”?
—No.
¿Por qué debería pedírtelo por favor?
—gruñó, acomodándose mejor entre las sabanas de Shelby.
—Porque estoy ayudándote.
—No—repuso—ahora ve por mi cena, no hagas que me enfade.
Chasqueando la lengua con indignación, Shelby salió silenciosamente de la habitación en busca de otro bocadillo para Egon.
A veces le daban ganar de tomar a ese chico por el cabello y arrastrarlo por el suelo hasta matarlo, pero si lo intentaba, la que terminaría peor iba a ser ella.
Llegó a la cocina y sacó los ingredientes sobre la isla de la cocina.
Encendió una lámpara que había al final de la cocina y comenzó a preparar varios sándwiches.
Sacó un vaso de cristal limpio y le proporcionó más leche.
Cuando estuvo segura de haber dejado todo como estaba, se cercioró de apagar la lámpara y subió con sigilo a la habitación.
Pero se quedó petrificada a unos pasos de la puerta al darse cuenta que su madre se encontraba sentada a los pies de su cama, abrazando a lo que parecía ser Egon debajo de las sábanas, pero pensando que se trataba de su hija.
—…
sé que no he sido la mejor madre que quisieras tener, pero me encantaría que me tuvieras más confianza.
Quiero ayudarte, cariño, me preocupas mucho—Shelby retuvo el aliento y fue retrocediendo hasta alojarse en un rincón del pasillo, detrás de una escultura que simulaba ser un ángel que Charlie había comprado, el cual era lo suficientemente ancho para ocultarla.
Esperó unos minutos más hasta que salió su madre de la habitación y entraba a la suya.
—Maldición—le oyó maldecir a él, cuando ella entró, soltando un suspiro.
Depositó el plato con bocadillos en el buró y dejó la leche a un lado.
Cerró con seguro la puerta y se cruzó de brazos al verlo saltar de la cama.
—Gracias por fingir ser yo.
—Estuve a punto de perder la paciencia para con sus palabras.
Pero inhalé y exhalé repetidas veces hasta que logré tranquilizarme.
Aunque bien, recibí un beso de tu madre en el cuello—sacudió la cabeza—hubiera preferido que me besaras tú o un perro, menos esa mujer.
No me agrada.
Tiene algo que no me inspira confianza.
—No hables así de mi mamá—le espetó ella, con voz áspera.
Le importó un carajo hablarle como un idiota.
—¿Qué?
—agregó él, mirándola con la boca llena.
Había comenzado a devorar los bocadillos— ¿Vas a azotarme o a asesinarme?
—No.
Pero puedo sacarte a patadas de mi casa y llamar a la policía en este momento…
—pero su voz se fue apagando a medida que Egon endurecía el rostro y dejaba el sándwich a medias en el plato.
Se limpió los labios con el dorso de la mano y comenzó a caminar hacia ella.
Shelby retrocedió lo suficiente para estampar su espalda en la pared, quedándose acorralada en la misma habitación con un homicida.
—¿En verdad tienes las agallas para hacerlo?
—siseó él y colocó una mano en la pared, al lado de su rostro.
Su cara estaba a unas pulgadas del suyo y podía sentir su respiración haciéndole cosquillas en las mejillas.
—No—titubeó.
—Así me gusta, Puppy.
¿Lo ves?
Si cooperas conmigo y cierras la boca, no habrá problemas—se dio la vuelta y volvió a retomar su cena.
Empero el corazón de Shelby latía tan deprisa que le dolía el pecho.
Su pulso estaba tan agitado que necesitó unos segundos para respirar con tranquilidad.
Tomó asiento en la alfombra con las piernas pegadas a su pecho mientras lo miraba comer con desesperación.
Se preguntó si alguna vez ese chico había experimentado el cariño maternal o paternal en su vida.
Inesperadamente, se sintió cohibida cuando él buscó su mirada y esbozó una tenue sonrisa.
—¿Qué haces ahí mirándome fijamente como un soldado?
Ven a la cama conmigo, ya he terminado de cenar.
—Creo que dormiré aquí y tú en la cama.
—¿Por qué?
— sacudió sus manos y se levantó de la cama.
Y sin previo aviso, comenzó a desnudarse.
Se pasó la playera por encima de la cabeza y se deslizó los pantalones hacia abajo, dejándola paralizada—hay suficiente lugar aquí para los dos.
—No podemos dormir los dos juntos en una cama.
No es apropiado.
—¿Por qué?
—repitió, con una mueca mezquina en el rostro—¿Acaso eres virgen y piensas que voy a robarte lo más preciado que tiene una mujer?
—ahogó una risa nasal y puso los ojos en blanco.
—Mi intimidad no es asunto tuyo—graznó ruborizada y abrazó sus rodillas.
—Escucha, Puppy—aclaró—esta noche no tengo deseos de violar sexualmente a nadie.
Solo quiero dormir y despertarme malditamente bien mañana, ¿Okey?
—Duérmete.
Yo aún no tengo sueño.
—Bien.
Pero duermes aquí—le señaló el espacio que quedaba cuando se tumbó en la cama.
Se acomodó entre las almohadas y le dio la espalda a Shelby, dejándole una hermosa vista de su escultural cuerpo y su magnífico trasero.
Poco tiempo después, escuchó a Egon respirar pesadamente, señal de sueño profundo.
Y ella sintió que cabeceaba sentada en la alfombra.
Un rato después; se hizo un ovillo y se quedó completamente dormida, pensando en nada.
Solo en el descanso que necesitaba su cerebro.
Quizás estaba loca al haberle abierto las puertas a un criminal, pero no estaba segura si de verdad ella tampoco no lo era.
Sus pensamientos y sueños locos de matar gente le gustaban y pensaba que no era tan diferente a lo que Egon hacía en la vida real.
Él, por su parte, se había sumido en un amorfo sueño; sin pies ni cabeza.
Y, por lo tanto, despertó desconcertado con el rostro y cuello sudoroso.
Se percató de inmediato de que Shelby no estaba durmiendo a su lado y se levantó de un salto.
Fijó su vista en la chica que dormía hecha un ovillo en la alfombra y gruñó.
¿Por qué tenía que ser tan débil y boba?
Otras chicas hubieran corrido a acostarse primero en su cama que dormir en el propio suelo de su habitación.
Sin embargo, se acercó a ella y con sumo cuidado la cargó en sus brazos, quedándose perplejo cuando la chica le echó los brazos al cuello y se apretujó a su pecho como si fuera el lugar más seguro del mundo, y que, por razones obvias, no lo era.
En contra de sus instintos—porque lo que ella le provocaba no era cariño ni amor, solo le inspiraba ganas de protegerla—la acunó dócilmente entre sus brazos y la acomodó en la cama, poniéndola cómoda.
Se las arregló para construirse una cama en el sitio donde ella había estado sobre la alfombra y cerró los ojos, quedándose dormido por el respirar lento y tranquilo de ella.
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