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Dark Beauty - Capítulo 19

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19: Capítulo 19 19: Capítulo 19 —¿Es una amenaza?

—lo desafió, con la barbilla en alto.

—Una advertencia—se acercó lo suficiente a ella y le plantó un beso en la mejilla, dejándola desarmada y perpleja al mismo tiempo.

—¿Por qué me besaste?

Se supone que odias las muestras de cariño—repuso, indignada.

Pero en sus mejillas se notaba el rubor.

—¿Quién te ha dicho que te besé porque te tengo cariño?

Lo hice porque estaba devolviéndote el favor.

—Pues yo te besé en los labios, no en la mejilla—replicó, furiosa.

Y entonces él la tomó del cuello bruscamente y la besó en los labios.

Tan solo fue un roce, pero Shelby sintió que era maravilloso.

Después él se retiró, hizo una mueca de desagrado y se limpió la boca con el dorso de la mano.

—¿Contenta?

—preguntó, con aburrimiento—es lo más patético que he hecho en mi vida.

Shelby, a pesar de sus hirientes palabras, logró sonreír.

—Estoy más que contenta.

Gracias y ahora lárgate de aquí porque voy a vestirme.

—Me saldré solo si prometes acompañarme en la noche a quemar de nuevo mi ropa—ahogó una risa nasal—me estoy quedando otra vez sin nada de prendas que cubran mi desnudez, aparte, necesito dinero y tú me ayudarás a asaltar un banco.

—¿Qué demonios…?

—frunció el ceño—mira, tengo prisa, así que sal de aquí.

—Promételo.

—¿Por qué debería prometerlo?

—Porque sí.

Ahora promete que lo harás; solo así confiaré en ti más de lo que ya confío.

—Bueno—puso los ojos en blanco—lo prometo, adiós.

Egon, satisfecho, se encaminó al balcón y se deslizó bruscamente hacia abajo.

Shelby corrió a verlo, pensando que se había lastimado, pero lo encontró sano y salvo entre unos arbustos.

Genial.

Los vecinos dirían que vieron salir a un chico semidesnudo de su balcón y no tendría como negarlo.

El auto del novio de Caroline opacaba demasiado a su escarabajo, pero era de esperarlo, Evan era hijo de padres empresarios y era obvio que tuviese sus lujos.

Le invadió una gran felicidad porque Caroline siempre estaría en un estatus social perfecto.

Despistada, se quedó un rato mirando por el balcón hasta que se dio cuenta que ya era demasiado tarde.

Procuró no entrar en pánico y sacó un vestido negro que guardaba.

Su madre se lo había comprado el día en el que había fallecido su abuela, o sea, tres años atrás y desde entonces nunca volvió a usarlo.

Era un vestido de funeral.

Se calzó unas zapatillas grises y se maquilló levemente para no estar más pálida que las pobres difuntas.

Se arregló el cabello con unos pasadores y se roció perfume.

Miró a todas partes una vez más y descendió al piso inferior donde Evan y Caroline la esperaban.

—Creímos haber escuchado una voz, aparte de la tuya—agregó su hermanastra cuando apareció frente a ella.

—Y era una voz masculina—replicó Evan, con una ceja elevada.

—¿Qué?

—soltó una carcajada—desde luego que no.

Estaba escuchando una reflexión en YouTube.

Ya estaba acostumbrada a mentir, pero desde que Egon había aparecido en su vida, todo le resultaba más difícil.

—De acuerdo.

Basta de charlas—eludió Caroline, poniéndose en pie con Evan—vámonos.

Por otra parte, Egon se hallaba recluido detrás de unos estúpidos arbustos que le tasajearon la espalda y las costillas al ocultarse.

Esperaba exasperado a que Shelby y los demás se largaran y él así pudiese entrar a ponerse algo de ropa.

Se arrodilló cuando por fin salieron y enfocó la vista, tratando de memorizar cada línea, cada facción de sus rostros por si algún día era necesario recordarlos.

Shelby iba sonriendo relajadamente del brazo de su hermanastra y el chico no dejaba de mirarlas a las dos con tan singular alegría, pero que a Egon le pareció estúpido.

¿Quién sonreía de una manera tan idiota?

De pronto, vio como el imbécil le abría amistosamente la puerta a Shelby y le tocaba lentamente la mano con aire protector.

¿Por qué la había tocado?

Ese sujeto no le agradó en lo absoluto y prometió hacerle una visita alguna vez.

Gruñó en silencio, esperó a que el auto se alejara y volvió a trepar por la pared hasta llegar al balcón.

El sol ya estaba ocultándose y aprovechó para echarle un vistazo a la casa entera.

«Shelby Cash» —¿Qué me dices, Evan?

¿Conocías tan bien a esas chicas cómo Caroline?

—Shelby pensó que sería buena idea romper el hielo en el ambiente fúnebre que se había tornado a partir de haber salido de casa.

—Frida y Zeta eran unas niñas adorables—él reconoció, con tristeza, mientras conducía.

Shelby, desde el asiento trasero, se inclinó hacia adelante para escucharlo—yo las conocí primero y después Caroline, ¿verdad, princesa?

—Sí—estuvo de acuerdo su hermanastra—aunque ellas nos tomaron de confidentes.

Yo era la de Zeta…

—…

y yo el de Frida—sonrió el chico, recordándola—eran fantásticas.

Pensé que iban a curarse porque sus diagnósticos decían que el cáncer había disminuido, pero fue solo una falsa alarma porque el cáncer ya estaba extendido por todo el cuerpo de ambas.

Les dio metástasis.

—Pero, ¿Cómo fue posible que a las dos les diera lo mismo?

—No sabemos—replicó Evan—pero al menos se fueron las dos juntas.

—Espero que aun tengan los collares que les dimos.

—¿Por qué nunca me hablaste de ellas, Caroline?

—le riñó Shelby a su hermanastra y Caroline bufó.

—Era un secreto.

Y, por lo tanto, no podía contártelo.

—Era un secreto de novios, Shelby—rectificó Evan con una sonrisa y para aclimatar el ambiente que se había puesto tenso.

No era hora de peleas.

Llegaron cuando solamente quedaba una parte del sol oculto en el horizonte.

Shelby pensó que, al ser un funeral, nadie repararía en ellos, pero fue todo lo contrario.

Caroline y Evan ni bien se habían acercado, cuando los familiares de las gemelas los abrazaron en un mar de lágrimas.

Se sintió algo triste e incómoda.

Buscó un asiento libre entre las personas que lloraban a más no poder y divisó los dos ataúdes con adornos florares.

Detrás de ellos, se encontraban las fotos de ellas.

Eran preciosas.

Tenían el cabello rubio platinado y sus ojos grises en algún momento hipnotizaron a los demás.

Sintió pena por ellas.

Calculó que tendrían alrededor de quince años.

Tristes quince años.

—Ella es mi hermanastra, Shelby—oyó la voz de Caroline a su espalda y volvió el rostro hacia los que parecían ser los padres de las chicas—Shelby, ellos son Paula y Alfred Black, los padres de Frida y Zeta—sorbió por la nariz y sonrió débilmente.

—Un gusto conocerlos—se puso en pie y les extendió la mano—quiero que sepan que lamento sus pérdidas.

Estoy aquí para lo que se ofrezca.

—Gracias, muchacha—respondió la madre tratando de no seguir llorando.

El padre solamente le palmeó el brazo y abrazó a su esposa, dándole fortaleza.

Y segundos después se retiraron a seguir saludando a las personas que iban llegando.

—Estaremos allá—le avisó Caroline de la mano de Evan—están llegando nuestros compañeros, si quieres puedes venir y no sentirse sola aquí.

—No.

Estoy bien, vayan—negó con la cabeza.

—¿Segura?

—terció Evan.

—Sí—repuso Shelby, sentándose.

«Norman White» La casa de la maravillosa rubia resultó ser muy acogedora, pero el genio de su apestosa madre opacó todo el deseo de querer seguir sentado a la mesa con esas personas.

A cada palabra que ejercía la familia de Lola, él mentalmente se imaginaba las torturas más sádicas para matarlos.

Detrás de su sonrisa encantadora, escondía un sinfín de demonios deseos por escapar.

—¿Tus padres están al tanto de que estás aquí?

—le preguntó la madre de Lola en su idioma.

Le había encantado que Lola hablase alemán, pero ya era el colmo que también su familia.

—Sí—ensanchó su sonrisa y ensartó el tenedor con violencia en el brócoli que estaba en su plato—ellos están al tanto y creo que querían deshacerse de mí por una temporada.

Se llevó la verdura a la boca y comenzó a masticarla rudamente, dándoles a entender que estaba fastidiado, pero causó el efecto contrario, porque siguieron interrogándolo.

—¿Qué edad tienes, querido?

—Veintiséis años, señora Calvin.

—Podría jurar que te ves de la edad de Lola—alargó su mano y la depositó sobre la suya.

Los ojos grises de Norman centellaron y apartó la mano disimuladamente, usando la excusa de beber un sorbo de su refresco.

Lola, comiendo como pajarito, no podía apartar los ojos de él ni un segundo, gesto que a Norman le gustó.

—Pareces ser un buen chico—continuó diciendo la señora Calvin.

Norman apretó la mandíbula y asintió—creo que a Lola le hará bien tener nuevas amistades.

—¿Por qué?

—quiso saber, interesado.

—Porque su mejor amiga resultó ser una idiota—rodó los ojos—así que más te vale ser mejor que esa chica, que, por cierto, nunca me agradó.

Sin decir que sustituyó a Lola por un sujeto peligroso y loco.

—¿A qué se refiere con peligroso y loco?

—No sé.

Quizás porque se atrevió a pegarle a mi hija—gruñó.

—Bueno, ¿y usted quiere que cuide de Lola?

—Creo que ya me estás entendiendo—replicó la mujer, sonriendo.

Y Norman arqueó las cejas, pensando que quizás esa mujer necesitaba urgentemente sexo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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