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Dark Beauty - Capítulo 20

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20: Capítulo 20 20: Capítulo 20 «Egon Peitz» Deambuló por cada rincón, cada centímetro y cada milímetro de la casa de Shelby en busca de algo con qué pasar el rato sin ella.

Había pensado utilizar su portátil para contactar con su jefe, que de seguro estaba hecho una fiera buscándolo; pero desistió de hacerlo porque sabía de antemano que Marlon Blake rastrearía el IP de la casa de Shelby y enviaría una oleada de secuestradores más brutales que él, a localizarlo.

Y ciertamente; tanto ella y su familia, no estaban preparados para caer en manos de criminales como ellos.

Desde luego que le importaba un grano de arroz la seguridad de aquella familia, incluso la vida de Shelby; pero de una manera u otra, no podía dejar que salieran heridos porque él estaba viviendo bajo su mismo techo y eso estaba en contra de todo instinto salvaje que le susurraba en la mente a cada minuto del día: «Mátalos, ¿Qué puedes perder?

Son solo personas», mientras que su otro instinto, le contradecía: «No puedo hacerlo.

No a ellos.

No a Shelby».

Atormentado con sus propios pensamientos, entró al baño y se dio una ducha rápida y silenciosa, en donde determinó que estaba enloqueciendo.

¿Por qué se había quedado con el dedo de su víctima?

La sortija que tenía puesto era muy llamativa; pero sabía que el motivo de haberlo guardado no era ese, sino la simple maldad de poner a prueba el estatus mental de Shelby, y sí que lo había demostrado.

Ella era más débil de lo que aparentaba ser, y, por lo tanto, no podía seguir manipulándola.

Era un peligro para su existencia.

Se dio a la tarea de hablar en la noche seriamente con ella y decirle que se iría a otra parte a ocultarse porque ahí no estaba a salvo.

Cuando terminó de ducharse, salió desnudo hasta la habitación de Shelby y se puso otro pantalón y otra playera sin su bóxer.

Solamente le quedaba otra playera y otro pantalón limpio.

Ya era hora de dejar de asesinar personas por unos días para tener ropa de sobra; era imposible, claro.

Pero tenía que intentarlo.

Dobló la ropa limpia y la guardó en el buró donde estaba la ropa interior de esa chica.

Parpadeó con los ojos puestos en un sostén de encaje color negro que estaba a la vista y mirando a todas partes, lo tomó entre sus manos y se lo llevó a la nariz.

Olía realmente bien, que incluso tuvo que soltar la prenda con frustración, ya que estaba seguro que después olfatear su ropa, se volvería su adicción y negó con la cabeza.

Cerró el cajón y dio vueltas en su propio eje, buscando la ropa sucia y el dedo revuelto entre su pantalón.

Hizo una mueca al recoger la pestilente ropa, y escrutó a su alrededor con la esperanza de hallar alguna bolsa de plástico donde guardarla.

La cual encontró en la habitación de la hermana de Shelby.

Se sorprendió ver que eran lo opuesto.

En ese dormitorio había fotografías de personas sonriendo en un quirófano, otras estando operando y la foto de un gato jugando con una bola de estambre.

Arrugó la nariz al sentir tanta dulzura en una sola fotografía del felino.

Tomó la bolsa y salió rápidamente, cuidando de no mover nada de su lugar.

Salió al pasillo, dispuesto a regresar a la habitación, cuando de pronto, algo captó total y absolutamente su atención.

Una fotografía de Shelby.

En donde ella estaba pequeña, quizás de unos seis años, sonriendo a la cámara y sosteniendo un helado de tres bolas que comenzaba a derretirse.

En su dentadura se alcanzaba a ver un hueco entre sus dientes, señal de que su primer diente de leche se había ido para siempre y ella parecía feliz.

Tiró la bolsa al suelo y se limpió las manos en su playera antes de agarrar la fotografía y verla más de cerca.

Ella, siendo apenas una niña, mantenía el brillo actual de curiosidad en sus deslumbrantes ojos mieles.

Frunció el ceño, y luego suavizó su semblante al observar con detenimiento aquellos ojos inocentes y sin querer, sonrió.

«Shelby Cash» Aunque no era fan de la lluvia, se sentía agradecida con el cielo de que pequeñas gotas se estamparan en su rostro en aquel preciso instante.

Y también porque ayudaba al rostro fúnebre y lloroso de las personas que sentían el dolor inmenso de haber perdido a ese par de chicas en su lucha.

A pesar de que llovía levemente, nadie reparó en el clima, sino que siguieron sentados al aire libre frente a los ataúdes y poco a poco las fotografías de ellas se fueron empañando por la lluvia.

Alcanzó a percibir la voz de Caroline a unas cuantas sillas de distancia y deseó estar en su habitación, platicando con Egon.

Era una egoísta al pensarlo, pero ya se había arrepentido de haber llegado.

Por otra parte, le preocupaba el asunto de sus padres.

¿Qué ocurriría si ellos llegaban a casa y se encontraban con Egon?

De solo pensarlo le causó escalofríos.

Tenía que estar de vuelta lo antes posible para evitar un desastre.

Y como si hubiese tenido telepatía, Caroline se acercó a ella con el teléfono en alto.

—Es para ti.

Es mamá—le dijo y cogió el teléfono, y mientras la miraba volver a su asiento, Shelby contestó.

—¿Sí, mamá?

—Shelby, ¿Dónde tienes el teléfono?

Te he marcado un sinfín de veces—le riñó.

—No tiene batería—repuso, mordiéndose el pulgar con nerviosismo—oí lo que sucedió en el trabajo, ¿están bien Charlie y tú?

—Ay, hija, si supieras.

¡Es un verdadero disturbio aquí!

—resopló, exhausta—Tobey Tyson, el supervisor de Charlie, salió a comprar una hamburguesa a dos calles del trabajo y jamás volvió.

Llamamos a su casa, a todos los lugares a donde pudo haber ido, pero nadie da razón de su paradero—hizo una pausa para tomar aire—es probable que algo grave le haya pasado.

Es un hombre de cuarenta años perfectamente bien de salud y no pudo haberse ido del país o desaparecido de tal manera del mundo.

—¿Qué ha dicho el FBI?

—quiso indagar para estar tranquila por Egon.

—Nada que sea de ayuda.

Aseguran que quizás regresará mañana o en unos días; pero lo dudo—bostezó con cansancio—y nos han puesto a buscarlo por toda la ciudad.

No llegaremos a dormir, cariño; así que no te separes de Caroline.

Sé que estás en un funeral y te conozco, pero quiero que me des tu palabra de no regresar sola a la casa.

—Está bien.

No te preocupes.

—Confío en ti.

Despídeme de Caroline, besos.

Con los pelos de punta, envió de vuelta el teléfono a su dueña y se dedicó a mirar la lluvia.

Su piel y ropa estaba húmeda y era probable que cogiera un resfriado terrible, pero, ¿a quién le importaba?

En ese momento solo le preocupaba el chico que tenía escondido en su casa.

Al poco rato, alguien llegó a sentarse a su lado sin tener la molestia de preguntarle si el asiento estaba reservado o vacío, aunque bien, era el único espacio disponible donde sentarse, por lo que decidió no decir nada al respecto.

Se hallaba de brazos cruzados y con los ojos fijos al frente.

Y sus labios estaban ligeramente curvados hacia arriba pensando en las estupideces de Egon.

—Perdona si te incomodo—escuchó una voz masculina a su costado.

Provenía de la persona que había sentado su patético trasero en el asiento siguiente.

Puso los ojos en blanco, deseando intimidarlo y volteó a mirarlo.

Era tan solo un chico de unos catorce años de cabello rubio platinado y ojos terriblemente grises.

La tristeza se reflejaba incluso en su manera de hablar.

Estaba vestido de todo negro a excepción de sus tenis, que eran rojos.

Cabía la tenue posibilidad de que se tratase del hermano de las gemelas y se sintió algo incómoda, suavizó los labios y sonrió.

—Tranquilo, aquí es el mejor lugar que pudiste elegir—dijo, tratando de no ser rara en momentos serios.

El chico postró sus ojos grises en ella y por solo un segundo, le regaló una sonrisa.

Después volvió a ponerse serio—Soy Shelby Cash, por cierto…

—se presentó como quién no quiere la cosa.

—Kevin Black, hermano…

bueno, era hermano de ellas—señaló los ataúdes con la barbilla con una inmensa tristeza.

Shelby apostaba toda su capital a que el pobre chico se había obligado a no llorar en público porque sus ojos estaban cristalizados y enrojecidos.

—Lamento tu pérdida, Kevin.

—No lo lamentes, estoy feliz de que por fin se hayan ido a descansar—sorbió por la nariz y a Shelby se le encogió el corazón.

—¿Qué edad tienes?

—pensó que cambiar el tema era la mejor manera de aligerar el ambiente.

Él la miró con extrañeza.

—Catorce.

Soy menor que Frida y Zeta por once meses, nacimos en el mismo año—replicó, risueño, pese a estar triste.

Quizá le gustó ese cambio de tema que no implicase la muerte y enfermedad de sus hermanas—es curioso, pero ellas nacieron en enero del 2000 y yo en diciembre del mismo año.

—Eso es sorprendente—entornó los ojos, asombrada.

Después de todo, Kevin Black era interesante— ¿y tienes algún hobbie?

—¿Se le puede llamar hobbie a mi adicción por las computadoras?

Es decir, soy un cerebro para la tecnología y prefiero quedarme en casa ideando nuevos programas o juegos electrónicos que salir al cine o estar con mis compañeros de clase.

Soy un nerd.

Y más ahora que ya no están mis hermanas, estaré más solo que antes.

—No lo tomes a mal, pero…

no tienes ninguna característica de nerd—bromeó ella y él rio—en serio.

Eres lindo y los nerds no tanto.

—Eso dicen todas.

—¿Qué?

¿Aparte de mí, cuántas te lo han dicho?

—preguntó, ofendida.

—Frida y Zeta—soltó una risa nasal y los presentes lo miraron con rareza.

—Ellas no cuentan.

Me refiero a alguien desconocido, como yo.

—Ah, entonces eres la primera.

—A lo mejor alguna chica de tu clase también lo piense o tu novia—se acomodó el cabello detrás de las orejas y sintió la penetrante mirada del chico sobre sus movimientos.

—Yo no tengo novia—se ruborizó—no tengo cabeza para un noviazgo.

Es más importante la escuela, los libros y los videojuegos.

El amor puede esperar.

—He visto chicos que a tu edad no piensan como tú.

—Es por eso que soy diferente—bufó—tengo buena estatura, no soy feo y algunas chicas me lanzan piropos, pero lo mío es pensar en otras cosas.

Tengo ordenadas mis prioridades—suspiró—antes, solía estar al pendiente de mis hermanas, que incluso había olvidado como crear programas, pero mamá me dijo que no era necesario dejar de hacer mis cosas para cuidarlas.

Meses después las internaron al hospital y otros meses después…

¡Aquí estoy y ellas ya no!

—extendió las manos y echó la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados.

Las gotas resbalaban por su rostro y Shelby suspiró, contrariada.

La noche se extendió por todas partes y Kevin no se separó de ella ni un solo instante.

A pesar de que solo unas pocas horas había hablado con ese chico, le pareció reconfortante.

Varias veces que se quedaron sin temas de conversación, él se apresuraba a preguntarle de cosas curiosas o de relatarle algunos descubrimientos o datos que toda persona debería saber.

En pocas palabras, el funeral no estaba siendo tan malo como pensó.

Pero toda tranquilidad y rastros de sonrisas en su rostro se esfumaron cuando escuchó a poca distancia, una voz, que mencionó su nombre de una manera psicótica.

—Puppy, ¿Por qué sigues aquí, cuando te advertí que regresaras pronto?

—de inmediato giró el rostro hacia un costado y encontró a Egon Peitz, mojado de pies a cabeza con una sonrisa lobuna y demente en el rostro.

Pero lo que más le asustó fue que en sus manos sostenía un revólver ligeramente inclinado hacia ella—nunca me has visto realmente enojado, pero estás de suerte, cariño.

Hoy serás testigo de lo que acostumbro a hacer.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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