Dark Beauty - Capítulo 31
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Capítulo 31: Capítulo 31
Egon, haciendo caso omiso a las palabras de Shelby, retrocedió. Su atractivo rostro estaba pálido y desconcertado. Y con cierta rigidez, postró sus oscuros ojos en ella, como si quisiera atravesarla con la mirada.
— ¿Dijiste Norman White?
—Sí. Así se llama el chico—añadió, preocupada— ¿Pasa algo?
—Maldita sea—masculló para sí y giró en su propio eje con una mano sobre su barbilla y la otra en su cadera. Tenía mal aspecto y parecía estar molesto y horrorizado. Esperó pacientemente a que se tranquilizara y así poder sacarle alguna respuesta útil, pero no funcionó la espera, porque él parecía no tener la menor intención de compartir sus pensamientos con ella. Solamente se paseaba de un lado a otro, murmurando palabras en alemán.
—Egon—chilló ella, dando una patada en el suelo con fuerza. Él dejó de pasearse y la miró—dime qué pasa.
—No quiero que te vayas a precipitar—aclaró, sujetándola de los antebrazos—métete a la casa. En la noche vendré a verte.
— ¿No piensas explicarme por qué te pusiste como un loco?
—Sí. Bueno, es decir, no. Ahora solo obedéceme.
Y cuando Shelby se preparaba para protestar, Egon se apartó de ella y echó a correr hacia la calle, perdiéndose de vista al poco tiempo. Abochornada, Shelby se las arregló para ir a su casa y continuar con la tarea. Por supuesto que no iba a ir con él a ningún lado, tal vez muerta, pero en juicio, jamás.
Despejó su mente de las tonterías de Egon y siguió haciendo los deberes, sosteniendo con una mano el bolígrafo y con la otra, frotando el dije de bala con aire despistado. Cuando terminó, suspiró y guardó las libretas y libros en su mochila. Subió a su alcoba y pasó el resto de la tarde mirando el techo, y al póster de Dylan O’Brien. Le asustaba la reacción de Egon. ¿Por qué reaccionar de esa manera si solo se trataba de un chico? No parecía celoso, sino horrorizado y a la vez encolerizado. ¿Habría la posibilidad de que Norman White se tratase de ese “alguien” que vendría a buscar a Egon para matarlo? Desde luego que no. Semejante tontería había tejido en su cabeza, por lo que rio entre dientes y se puso los audífonos.
Al otro día tenía una exposición sobre las diferentes maneras de ejercer justicia en la edad media; donde las penas corporales y capitales eran demasiadas sádicas y sanguinarias. A pesar de que sabía el tema a la perfección, planeaba darle una repasada en la noche para no olvidarse de ningún detalle.
«Las penas corporales que se ejercían anteriormente consistían en desmembrar una extremidad al individuo dejándolo con vida, pero en mal estado de salud. Las penas capitales, en cambio, eran letales. Eran la muerte misma de una manera tan brutal como lo deriva su nombre. La pena capital más común se basaba en decapitar al sujeto o torturarlo hasta la muerte…»
Se había quedado embobada leyendo que no escuchó que su teléfono estaba sonando. Apretó los labios y contestó teniendo aun los audífonos puestos.
—Quién quiera que seas, te digo que no me interesa lo que vendes ni lo que quieras decirme—dijo, haciendo que la persona del otro lado de la línea ahogara una risa nasal— ¿Quién habla?
Recordó haber guardado el número con el que Egon la mensajeaba, pero aquel número era completamente desconocido.
—Norman White.
Aspiró profundo; tratando de asimilar la llamada.
—Hola, Norman, ¿Quién te ha dado mi teléfono?
—Se lo robé a Lola—replicó con cautela. Y como Shelby no añadió nada al respecto, agregó—el motivo de mi llamada es este: ¿Estás libre esta noche?
—De hecho, estoy estudiando. Mañana tengo que exponer y no puedo desvelarme.
—Qué decepción. La escuela es un fastidio—aún le costaba expresarse bien y eso le provocó a Shelby una risita disimulada— ¿qué es tan gracioso?
—Tu manera de hablar. Es divertida.
—Es estresante no poder hablar el maldito inglés. No te burles de mí—murmuró. En su voz se alcanzaba a notar diversión y algo de intriga.
—Vas bien—lo animó.
—Entonces… —objetó él—no puedes salir…
—No. Ningún día de la semana, quizás hasta el fin de esta—aclaró, antes de que él dijera “mañana” o “pasado”.
—El sábado—no era una pregunta. Era una afirmación.
—Tendría que pedir permiso—se mordió el interior de las mejillas y miró sus uñas—es confuso que, apenas nos conocemos de un momento y ya quieras salir conmigo.
—Se supone que debo disfrutar de este país y eso incluye a las personas de aquí. Y cómo eres una persona, del sexo femenino que vive en Norteamérica, eso te hace entrar en la categoría.
—Muy metafórico de tu parte, Norman.
—Soy bueno en ello—dijo con orgullo.
— ¿Y a dónde quieres ir?
—A dar un paseo por la ciudad.
—Dile a Lola.
—Lola es una buena chica, pero ya me estoy aburriendo de su compañía. Habla demasiado y a veces me he mareado.
—Bienvenido al club.
— ¿No te agrada?
—Más o menos. Es una larga historia que no quiero contar.
—Okey. Entonces quedamos el sábado. Vendré a buscarte a eso de las… cinco de la tarde, ¿te parece?
—Pediré permiso y te confirmo.
—De acuerdo. ¿Andas el collar?
—Sí. Es genial, gracias.
—También te compré un anillo en forma de kunai.
Okey. Aquello la desconcertó y guardó la calma. Estaba tentada a llamar a Egon y a ponerlo en el teléfono para que Norman dejara de asustarla.
— ¿Cómo sabes que amo ese tipo de accesorios?
—Lola me lo ha dicho. Eres fanática de los delincuentes—susurró. Su voz detonaba muchas cosas, pero nada bueno—y es bueno que los admires. Esas personas son tan profesionales en lo que hacen, que incluso te intimidan sin dejar de amarlos
—Hablas como si conocieras a alguien que realiza asesinatos y esas cosas.
—Puede que lo conozca—replicó con diversión—y puede que tú también y que tal vez ya hayas interactuado con él.
Y la llamada se cortó. Un escalofrío helado y escalofriante se deslizó hasta alojarse en su cuello. Pasó de tenerle miedo a Egon Peitz a tenerle pavor a Norman White, un chico muy extraño que había comenzado a intimidarla sin descanso. La diferencia entre Egon y él, era el físico. Porque en todos los aspectos, eran sumamente similares.
Incluso en la manera de expresarse y decir una cantidad de cosas casi sin sentido ni fundamentos, pero que había mucha importancia entre líneas. Bajó a cenar cuando Caroline llamó a su puerta. El reloj de la pared marcaba las ocho de la noche y se sentía ligeramente estresada.
No quería que Egon llegara a buscarla y a obligarla a hacer una tontería. Descendió al comedor donde Charlie, su madre y Caroline la esperaban; pero había alguien más sentado a la mesa. A Shelby casi se le olvidó como respirar. Egon Peitz se encontraba sentado frente a ella con una sonrisa de oreja a oreja.
—Douglas decidió que sería lindo que lo encontraras por sorpresa esta noche—le informó Caroline, riéndose. Shelby rodeó la mesa en busca de un sitio lejos de Egon donde alojarse, pero su silla estaba justamente al lado de él.
—Hola, Shelby—la saludó con cortesía.
—Hola, Douglas—hizo una mueca al sentarse. Y esa noche había para cenar pizza.
—Douglas, es un lindo detalle—le oyó decir a su mamá.
— ¿Qué detalle? —Shelby se precipitó a preguntar.
—El ramo de girasoles con margaritas que me ha obsequiado. Está en la sala—contestó su madre con una sonrisa. Charlie carraspeó y comenzó a devorar un trozo de pizza. Shelby volvió el rostro hacia atrás y divisó los girasoles y margaritas en un florero. Percibió la mirada de Egon sobre ella y resopló. La cena fue silenciosa; llena de sonrisas fingidas por parte de ellos dos. O al menos por parte de ella porque él parecía sonreír genuinamente mientras engullía su pedazo de pizza. A medida que la cena avanzaba, llegó la hora del “postre” según Charlie y tanto su mamá y Caroline, sacaron un delicioso pastel de chocolate con fresas de la nevera.
— ¿Pastel? ¿Estamos celebrando algo? —Shelby miró ceñuda a su familia y su mirada reparó en la de Egon. Él se inclinó ligeramente a ella, sabiendo que los demás estaban ocupados sirviendo el pastel y murmuró en un siseo:
—Estamos celebrando la dicha de irte a vivir conmigo a partir de esta noche.
— ¿Qué demonios…? Tú… yo… eh… —se quedó en shock, incapaz de terminar una frase coherente. Egon rio y se limpió las manos en la servilleta.
—Señora Cash—dijo él, alzando un poco la voz para acaparar su atención, ya que ella, Charlie y Caroline servían el pastel en los platos y buscaban los cubiertos. La madre de Shelby volteó a verlo, sonriendo— ¿Podría comentarle a Shelby el motivo de esta celebración?
— ¿Por qué no lo has hecho tú?
—Ya lo he hecho, pero no me cree.
—Oh—dijo ella, limpiándose las manos en el pantalón. Miró a su hija con extrañeza, pero esbozando una sonrisa alegre. A Shelby le pareció sospechoso que tanto su madre y Charlie estuvieran de acuerdo en dejarla mudarse con un desconocido—verás hija, Douglas me ha dicho que tienes un proyecto de la escuela que incluye mucho desvelo, viajes inesperados y cosas muy pesadas. Y él se ofreció a ayudarte para que no te esfuerces tanto, además de que dice dominar bien el tema de tu investigación.
—Ajá—agregó Shelby, con ironía y soltó una carcajada llena de humor y malicia, que dejó atónito a Egon y a su madre— ¿y es por eso la celebración?
—Es que también te irás a vivir unas semanas a la casa de Douglas.
— ¿Te has vuelto loca? Apenas lo conozco y no es debido—titubeó. ¿En qué momento su mamá había cambiado radicalmente de ser ella misma?
—No vas a vivir con él, por supuesto—se apresuró a recalcar con seriedad—él prometió estar en un hotel cerca de esa casa para ayudarte. Ha sido una buena idea, cariño. Sin mencionar que, él y nosotros, estamos preocupados por ti. Ha pasado tantas cosas en estos días y es mejor contar con un chico de tu edad que pueda ayudarte.
—Douglas es mayor que yo—replicó Shelby, con amargura.
—Tengo veintidós—le oyó a Egon mentir con una sonrisa radiante que, a su vez, parecía angelical, pero detrás de esa fachada, se encontraba la verdadera cara del demonio.
—Soy mayor que tú por dos años—dijo Caroline, con dos platos con rebanadas de pastel en las manos.
—Eso es estupendo—dijo él, al tiempo que recibía su plato y miró cálidamente a Shelby. Ella cogió el suyo y le pasó un dedo al betún, se lamió el dedo e hizo una mueca. El pastel estaba delicioso, pero no iba a darle el gusto a Egon.
—Iré a dejarlos yo mismo—terció Charlie, con cara de pocos amigos—yo conduciré el escarabajo.
—No es necesario, traje mi auto—interrumpió Egon, lamiendo el betún de sus labios.
— ¿Tienes auto? —interrogó Shelby, sorprendida.
—Sí. Me lo dieron a buen precio.
—Vaya, esto es magnífico. Espero algún día vivir con Evan—canturreó su hermanastra con aire enamorado. Tanto Charlie y su madre la miraron con irritación.
—Sobre mi cadáver, jovencita—sentenció Charlie y ella bufó.
— ¿Y cómo Shelby?
—Es por una emergencia—agregó la señora Cash con severidad y no dijo nada más. Al término del postre, Egon se puso en pie y Shelby logró verle completamente su vestuario que consistía en unos Jeans de mezclilla con zapatos cafés muy lustrados. Una impecable camisa roja con líneas negras verticales a los costados, dándole un toque ñoño y atractivo a la vez. Y, a decir verdad, hasta le había crecido un poco el cabello, llevándolo desordenado. Sus pobladas cejas se juntaron como si estuvieran a punto de tocarse cuando ella se cruzó con su mirada.
— ¿Te ayudo a empacar tus cosas? —se ofreció él.
Y Shelby aprovechó que su familia levantaba la mesa para jalarlo del brazo y llevarlo a la sala para hablar en privado.
— ¿Qué pretendes, Peitz?
—Llevarte conmigo.
—Pero si ya sabes que no corro ningún peligro.
—Por supuesto que sí—siseó.
—Además—ella estrechó los ojos al grado de parecer dos rendijas doradas que lo fulminaron sin piedad—no me has dicho por qué te pusiste como un demente cuando pronuncié el nombre de mi nuevo amigo.
—Si te digo el motivo, estoy seguro que harías un escándalo y terminarías muerta esta misma noche.
Aquella respuesta no la esperaba y sintió náuseas. ¿Muerta?
—Dime qué pasa—suplicó.
—Si quieres saberlo, ven conmigo sin reprochar nada y te lo contaré.
— ¿Lo prometes?
—Yo cumplo mi palabra.
—Ya he oído eso. No lo hiciste la última vez—espetó ofendida y él tragó saliva.
—Puppy…
De pronto, Caroline los interrumpió con una risita idiota y ambos se dieron la vuelta para verla.
—Mañana puedes venir por tus demás cosas—dijo y dejó la valija de Shelby en el sofá—adentro está lo que necesitas esta noche. Y aquí está tu mochila, celular, cargador y audífonos.
Boquiabierta, miró a su hermanastra dejar sus cosas en el sofá.
— ¿Cuándo planearon esto?
—Esta tarde—respondió, orgullosa—Douglas se presentó cuando estabas estudiando.
—Y bueno, así se creó esta idea—replicó Egon con egocentrismo.
—Esto es una barbarie—protestó Shelby y se dejó caer sobre sus cosas. Egon la imitó, pero en el sofá de enfrente y Caroline se sentó en el suelo.
— ¿Estás seguro que no es necesario que lleve a mi hijastra en su auto? —preguntó Charlie poco después. Él y la señora Cash estaban abrazados en el umbral de la puerta principal, despidiéndose de Shelby con la mano. Caroline miraba a su hermanastra con tal complicidad que se sintió intimidada. En ese momento, ella se encontraba sentada en el asiento del copiloto de un Audi gris último modelo con la mirada nerviosa puesta en su familia.
Egon puso en marcha el auto y se fueron alejando del vecindario. El aire nocturno azotaba las mejillas de Shelby, pero no le importó. Era mejor sentir el aire en la cara que ponerse a llorar. ¿En qué momento de su vida se había metido en ese problema?
Estaba siendo chantajeada por un criminal demente. Antes, le pareció interesante, pero después de ver su verdadera identidad de aquel chico, se moría de miedo al estar cerca de él. Y ahora… se dirigía a una casa desconocida en la que viviría bajo su mismo techo. Sola. Indefensa.
—Puppy… —comenzó a decir él. Y fue interrumpido por el llanto silencioso de Shelby, que intentó sin éxito ocultar con su cabello— ¿Qué? Espera… ¿Estás llorando? —se sorprendió y bajó un poco la velocidad solo para verla. Ella no respondió— ¿Por qué lloras?
—Me estás llevando a base de chantajes—logró decir ella entre sollozos—este no era el trato.
—Es por tu seguridad—repitió.
—Estoy más segura estando lejos de ti.
—Debo protegerte, entiéndelo.
— ¡Debes protegerme de ti!
Egon se frotó el puente de la nariz mientras conducía y suspiro agobiado.
—Todavía no has conocido al verdadero animal que soy, Shelby. Y no quiero que lo conozcas—dijo—lo de la bofetada fue un impulso. Tengo muchos impulsos idiotas, que incluso son perjudiciales para mí. Actúo sin pensar en las consecuencias. Y ese día, yo estaba al límite de mi paciencia y no debí golpearte.
Y dijo dos palabras que tanto Shelby y él mismo, nunca pensaron que diría.
—Lo siento.
Una disculpa. La primera disculpa que él hacía en su vida. Y se sintió extraño y a la vez encolerizado. Apretó el volante y aceleró. Su mandíbula estaba apretada y dura, y sin decir de sus ojos: parecían dos hielos negros gélidos que amenazaban con matar a quién sea que tuviera contacto visual con él. Shelby se quedó inmóvil en su asiento sin saber que decir o hacer.
—No estoy segura de aceptar tus disculpas—articuló cada palabra con sumo cuidado.
—Acéptalas—ordenó él—porque será la primera y única que vez que escucharás salir de mis labios esas patéticas palabras.
— ¿Lo ves? ¡Ahí vas de nuevo a ser un sujeto detestable!
—No sé a qué te refieres. Siempre he sido así y lo sabes—gruñó.
—Quiero que cambies tu manera de ser conmigo.
— ¿Por qué?
—Porque no puedes tratarme como mierda cada que quieras. Soy una persona y tengo sentimientos.
—Es una lástima que tengas sentimientos porque yo no. Así que no puedo comprenderte.
—Entonces regrésame a casa. No hay razón para que vivamos juntos.
—No es por romance, Puppy, lo sabes bien. Es por seguridad.
—Sea por seguridad o no, eso incluye convivencia por parte de ambos y esto no funcionará. ¿Quién me promete que no volverás a golpearme? O peor aún, ¿Matarme?
— ¿Cuántas veces tengo que repetirte que ya no voy a matarte?
—Prometiste no ponerme una mano encima y faltaste a tu palabra.
—Se supone que esta idea de vivir juntos es para cuidarte y si quisiera matarte, no me hubiera acercado más a tu familia para que luego me encuentren.
Sopesó la idea de propiciarle un golpe seco en la cara y abrir la puerta del coche en movimiento y después lanzarse a la calle para escapar de él, pero era demasiado dramático.
— ¿Por qué te urge tanto protegerme? ¿Qué tengo yo que tanto te interese? No es amor, obviamente. Tampoco creo que quieras mi dinero porque no tengo.
—Eres muy bella y sexy. Me gustas.
Las pupilas de Shelby se dilataron y enseguida volteó a mirarlo con frustración.
—Déjate de ridiculeces y dime la verdadera razón.
—Que me gustes no es ridículo. ¿A quién no le gustarías? —alzó ambas cejas sin apartar la mirada de enfrente—pero el hecho de que me gustes no quiere decir que pretenda tener algún tipo de relación contigo porque ya sabes lo que opino de las muestras de cariño. Son desagradables.
— ¡Me importa una mierda si me ves linda o no! —gimoteó con las mejillas ruborizabas—dime por qué me proteges.
—Porque quieren matarte.
— ¿Cuándo, aparte de mí, has protegido a alguien más?
—Bueno—repuso Egon, con algo de vergüenza—eres la primera. Jamás se me hubiese ocurrido proteger a alguien, pero ya te he dicho que en todo tu ser huelo a muerte y eso me atrae mucho.
—No sé qué decir al respecto.
—Me daré por satisfecho si olvidas el episodio del golpe.
—Nunca lo voy a olvidar—musitó.
—Entonces nunca te dejaré escapar de mi lado. Estarás anclada a mí, día y noche.
—Puedo llamar a la policía.
— ¿Lo intentarías? —apartó la vista de enfrente y la miró fugazmente, arqueando las cejas.
—Mira, ya no quiero discutir. Solo quiero llegar y dormir porque mañana tengo escuela.
—Te llevaré a tiempo y te recogeré temprano.
— ¿Estarás acechándome?
—Más vale prevenir…
Poniendo los ojos en blanco, Shelby se hundió en el asiento y cerró la boca en el resto del viaje. No tardaron tanto en llegar, ya que Central Park era el centro de la ciudad y las casas de sus alrededores estaban ocultas a la vista de las personas, por lo que Egon zigzagueó entre algunas callejuelas hasta que se detuvo frente a un lujoso departamento de dos pisos. Era un departamento solitario y había otros, pero estaban muy alejados, es decir, no había ningún condominio a un kilómetro a la redonda. Shelby se sobresaltó cuando se dio cuenta que ahí viviría con un chico guapísimo que parecía haber sido esculpido por los mismísimos ángeles. Borró la imagen de ángeles esculpiendo su rostro con suavidad y se obligó a bajar del auto detrás de él.
—Esta es la otra acogedora casa de Martha Beck—Egon extendió ambos brazos y los agitó riéndose.
—Eres un…
—… maldito asesino sexy—terminó la frase por ella y guiñándole un ojo, abrió la puerta trasera del coche y bajó con facilidad las pocas pertenencias de Shelby. Ella, por órdenes de Egon, abrió la puerta del edificio y sintió que se transportaba a otro mundo. Aquella decoración era preciosa e intimidante. ¿Cómo rayos iban a poder vivir en un lugar como ese? Todo estaba ordenado y limpio— ¿te gusta? —le preguntó él, a sus espaldas.
—Parece como si fuéramos una pareja de casados o viviendo en concubinato.
—Tómalo como la segunda opción.
Shelby no le hizo caso y decidió ir a echar un vistazo. La sala, cocina y la sala de estar, eran perfectamente elegantes. Todo parecía estar sacado de un libro.
Y, además, había una puerta corrediza en la sala que daba a un patio trasero. Se escabulló para ver lo que había ahí y entornó los ojos. Había una piscina enorme con sillas para tomar el sol. Giró sobre su propio eje y se estampó contra el firme pecho de Egon y retrocedió al instante.
—Hasta podrás relajarte aquí afuera—dijo él, mirando al exterior que apenas se distinguía por ser de noche. Alargó una de sus manos y presionó el interruptor y un sinfín de luces se encendieron.
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