Dark Beauty - Capítulo 42
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Capítulo 42: Capítulo 42
Egon, estático en su sitio, se apartó ligeramente de ella y esbozó una sonrisa forzada, que Shelby ignoró por completo.
— ¿Puedo hacerte una pregunta?
Miró sorpresivamente a los ojos mieles de aquella deslumbrante chica que la acompañaba y asintió, al tiempo que subía los cristales del auto y encendía el aire acondicionado. Shelby apretaba sus labios por debajo de sus dientes, al parecer, ocultando una sonrisa y unas ganas de reír, que lo dejó perplejo.
— ¿Por qué nombraste a tu miembro viril de esa manera? ¿Qué tiene de especial llamarlo “Sr. Potato”?
Él se ruborizó e intentó disimular, mirando hacia todos lados, menos a ella. Y Shelby rompió a reír.
—No es necesario que respondas. Eso es algo íntimo.
—Le he llamado así desde que tenía diez años. En ese tiempo amaba las papas más que las hamburguesas.
— ¿Y eso significa que amas mucho al Sr. Potato para haberle puesto un apodo referente a la comida que más te gustaba en ese entonces? —le provocaba risa pronunciar aquel nombre extraño.
—Sí. ¿Por qué no debería amarlo? —la miró con malicia, haciéndola ruborizar—ha estado conmigo siempre y en todo momento…
—No quiero detalles, gracias.
—Tampoco iba dártelos—gruñó y le subió al aire acondicionado porque extrañamente se sentía acalorado.
— ¿Y qué es tu tatuaje?
—Dijiste una sola pregunta y un solo secreto—le recordó y comenzó a buscar algo en la guantera con aire distraído—pero la respuesta a tu pregunta es simple, nada del otro mundo.
— ¿Entonces me dirás?
—Mi tatuaje consiste en tres aves volando a lo largo del Sr. Potato.
— ¿Qué? —se sorprendió, imaginándose esas aves “ahí”. Se estremeció y trató de no tener el rostro ruborizado ni pervertido, pero él seguía buscando algo en la guantera que Ni siquiera le puso atención.
—Estaba seguro que lo tenía aquí—ladró enfadado consigo mismo y resopló.
— ¿Qué estás buscando?
—Tu libro. El que te regalé el día que estabas en el hospital.
—Te ayudo a buscarlo si quieres—se ofreció, pero él negó con la cabeza.
—Aguarda, creo que está en la cajuela—dijo, se desabrochó el cinturón y bajó rápidamente del auto. Esperó a que él regresara. Lo miró rebuscar en la cajuela con aspecto huraño y enfadado. Y luego de un rato volvió con una sonrisa de oreja a oreja y con el libro de semanas atrás en sus manos.
—Para ti y ojalá te guste leer más sobre sujetos como yo—le entregó el libro cuidadosamente en las manos temblorosas de Shelby y cerró la puerta ligeramente para volver a tener privacidad.
—No pensé que eras del tipo de persona que dé cosas a los demás—comentó ella, apreciando en libro y después lo miró a los ojos con alegría—gracias, Egon.
—Suponiendo que tienes la demente fascinación por tipos como yo, pensé que sería bueno que tuvieras más información por si alguna vez la necesitas. Cultiva tus pasiones, Puppy. Así como yo cultivo las mías.
—Lo tomaré en cuenta—apretujó el libro en su pecho y cierta curiosidad se disparó en su mirada— ¿Cuáles son tus pasiones?
Egon tenía la extraña costumbre de no contestar al momento, o bien, se tomaba su tiempo para hacerlo, pero Shelby sabía esperar y esperó unos minutos pacientemente a que contestara.
—Ya las sabes—dijo por fin mirando algún punto fijo fuera del alcance de Shelby.
— ¿Matar personas?
—En parte, pero mis pasiones consisten más en… —resopló con desenfado y la miró—no puedo contártelo, no directamente.
— ¿No confías en mí?
—Confío en ti y ese es el problema. Yo dejé de confiar en las personas hace mucho tiempo.
—Pero, solo quiero saber tus pasiones, no tu historia de vida.
—Bueno, mis pasiones tienen que ver con la historia de mi vida.
—De acuerdo, no me lo cuentes—Shelby asintió.
—Mejor hagamos algo para divertirnos, ¿okey?
— ¿Qué tienes en mente?
—Nunca en mi jodida vida he pisado un cine. Y no porque no quisiera o no tuviera dinero, sino que jamás tenía tiempo y alguien con quien ir.
—Entonces, vamos. De hecho, se estrenó una película…
— ¿Es de asesinos o gente muerta? —le brillaron los ojos.
—No. Es para niños, pero te va a gustar.
— ¿De niños? —frunció el ceño—Puppy…
—Si confías en mí, vamos.
Egon esbozó una sonrisa forzada y al final de cuentas accedió a ir.
— ¿Por qué no conduces tú? No conozco bien la ciudad y mucho menos el cine.
—Eh…
— ¿Tienes miedo? —la desafió.
—Tengo miedo de chocarlo. Ya sabes; no es como mi escarabajo.
—Conduce—ordenó con voz autoritaria y se deslizó fuera. Rodeó el Jetta y se situó en la puerta del copiloto para ayudarla a bajar. Shelby dudó en abrir la puerta y él lo hizo por ella.
—Bájate y conduce.
Asintió titubeante y corrió al asiento que él había ocupado tiempo atrás y sintió la gran diferencia de estar tras el volante de otro auto que no era el suyo y de tener a Egon de copiloto, mirándola con detenimiento.
—Ahora conduce al cine.
Encendió con manos temblorosas el auto bajo la mirada penetrante de Egon sobre sus movimientos. Se relajó al cabo de un tiempo mientras conducía con ligera libertad. Incluso se atrevió a presionar el botón de la radio, donde la canción de “Do I Wanna Know?” de Arctic Monkeys surgió.
Miró por el rabillo del ojo a Egon y lo vio mirando por la ventana, moviendo ligeramente la cabeza al ritmo de la canción con la mandíbula apretada y los ojos entrecerrados.
El aire frío que salía de las ventanillas del clima le revolvía el cabello suavemente.
— ¿Te gusta la canción? —le preguntó cuándo la canción concluyó. Él volvió el rostro para verla y asintió.
—Son Arctic Monkeys, ¿no?
— ¿Los conoces? —trató de no mostrar incredulidad en su voz, pero falló. Egon rio con ironía.
—Una cosa es que sea un maldito homicida y que no tenga vida social, y otra muy diferente a no saber apreciar las buenas canciones.
—No es que me sorprenda, sino que pensé que no escuchabas música.
—Odio a las personas, pero amo a las que hacen música—replicó con egocentrismo—a ellos únicamente les perdonaría la vida si en caso me dieran el trabajo de matarlos.
—Vaya. Entonces deben ser afortunados.
—Exacto. Y tú también eres una afortunada.
—Lo tengo en cuenta, muchas gracias—vaciló.
Estuvieron escuchando la radio un buen rato, en lo que se adentraban a la ciudad, en dirección al cine.
Cambiaron de estaciones en búsqueda de buenas canciones y Egon sintonizó la radio en donde un sinfín de canciones muy buenas surgieron. Shelby jamás pensó verlo de tan buen humor y se estremeció. Temía que en el cine él se pusiera violento y terminase matando a medio mundo ahí.
Y como quién no quiere la cosa, le preguntó en tono desinteresado:
— ¿Traes una pistola contigo?
—Siempre cargo una conmigo—la miró con extrañeza— ¿Por qué?
—Simple curiosidad. En el cine revisan—mintió con la vista puesta al frente para que él no percibiera la mentira en su voz.
—Problema resuelto—dijo y ella volteó a verlo enseguida. Egon sacó un pequeño revólver del pantalón y la metió dentro de la guantera, asegurándola con un código que solamente él sabía. Aquel coche era muy sofisticado.
—Habrá muchos niños allí. Así que no te sorprendas si alguno de habla o te toca—le advirtió.
—No me gustan los niños—carraspeó.
—Ni a mí, pero esa película vale la pena.
— ¿Qué película es? —quiso saber, sulfurado.
—Minions.
— ¿Mininos?
—No. Minions—corrigió, risueña.
— ¿De qué trata?
—De unos pequeños sujetos denominados Minions que están en busca de Villanos a los cuales servir.
—Dijiste que no habría muerte ni asesinos.
—Es de Villanos y no hay muerte, pero si un poco de maldad. Es para niños, Egon—sonrió—te gustará.
— ¿Y si no me gusta?
—Nos salimos de la sala y entramos a ver otra.
—Voy a cobrarme tu ofrecimiento de ser mi esclava mañana mismo si no me gusta, ¿Okey?
—Pensaba que mañana lo harías—bromeó.
—Planeaba cobrarlo cuando menos te lo esperaras. Y lo sigo meditando, así que…
—Piénsalo. No iré a ninguna parte—lo desafió.
—De todas maneras, no te iba a dejar ir—alargó una de sus manos y la deslizó en uno de sus muslos.
—Egon… ¿Qué crees que haces? —sintió un ligero espasmo y una sensación ardiente en su entrepierna que jamás había experimentado. Se ruborizó y apretó las piernas mientras él la acariciaba de arriba abajo. Su respiración se aceleró deliberadamente y sintió la mirada oscura de Egon sobre ella— ¡Egon! —gimió sintiéndose ruborizar al límite y detuvo el coche de golpe con la respiración agitada, incapaz de conducir. Egon, por su parte, no apartó la mano de ahí y siguió acariciándola con lentitud.
— ¿No te gusta que te toque? Recuerda que debes decir si quieres que alguien te toque—le recordó con picardía—pero, aunque me pidieras que no lo hiciera, no creo que tuviera la voluntad de parar.
—Me gusta que me toques—repuso ella con voz ronca—es solo que estamos en un auto y no estoy lista todavía para eso.
Egon apartó la mano enseguida y aspiró una bocanada de aire con pereza. Y Shelby se reprendió mentalmente por arruinar el momento.
—Cuando decida el día de ser mi esclava, habrá más de esto—le acarició de nuevo el muslo, pero esta vez con el dedo índice y le recorrió toda la pierna hasta detenerse en el botón de su pantalón y ella reprimió el impulso de besarlo—ahora continúa conduciendo.
Shelby obedeció mecánicamente y no pronunció ni una sola palabra, estando consciente del ambiente serio que abrasaba a los dos dentro del auto en todo el resto del trayecto.
Cuando por fin llegaron, ella se situó en un lugar muy apartado del estacionamiento donde no había ningún coche cerca y bajaron con elegancia. O bueno, al menos Egon sí.
Él siempre tenía su brillo que lo hacía lucir deslumbrante con solo mirarlo. En cambio, ella… ella tenía el cabello desordenado y la ropa arrugada. Egon estaba impecable y sintió algo de vergüenza caminar a su lado hacia el cine, el cual consistía en atravesar el centro comercial completo y ser presa de las miradas de los demás.
Él, por su parte, se dedicó a mantener el rostro menos endurecido que de costumbre para no ocasionar conflicto, porque ya le había pasado cuando estaba a punto de secuestrar a alguien, en el que personas equis le buscaban algún tipo de riña solo porque pensaban que los había retado con la mirada y tuvo que matarlos para sacarlos del camino. Y no quería que ese día fuera así y menos porque Shelby estaba con él.
— ¡Hay mucha fila! —le oyó decir a Shelby y miró hacia donde ella señalaba y su estómago se contrajo de incomodidad. Era una larga fila de personas y en su gran mayoría… niños. Niños de todas las edades, desde bebés hasta niños de diez años corriendo por todos lados—podemos regresar después si quieres—agregó ella, con una sonrisa nerviosa.
—Puedo afrontar a estos… niños—arrugó la nariz y se obligó a regañadientes a sonreír.
— ¿Seguro?
—Sí.
Entonces Shelby lo jaló a la fila y esperaron un cuarto de hora para llegar a la taquilla y en ese tiempo, Egon sufrió de todo: Empujones por parte de niños jugando, llantos que le destrozaron los tímpanos y gritos estúpidos de todos los infantes. Sin decir de las voces de todos los adultos ahí presentes y estuvo tentado a gritarles, pero al ver el rostro pasivamente calmado de Shelby mirando a los niños, se contuvo.
No le gustaba la sensación dañina y repulsiva que sentía al verla. Era como si le provocara la necesidad de ser más afectuoso con ella.
Una parte de él le gritaba que era asqueroso y repugnante, y la otra le decía que esa chica era perfecta y que se merecía mucho, pero su cerebro le recordaba: eres un criminal, no seas idiota, el amor no existe y tú no sabes lo que es. Y obedeció a su cerebro. Apretó los puños y la mandíbula en todo lo que quedaba de espera.
Cuando llegó el turno de los boletos, Egon se adelantó a pedirlos. Sus nervios estaban a flor de piel y se mostró agresivo ante la amable señora.
—Dos boletos para esos sujetos amarillos con lentes—gruñó.
—Claro, muchacho.
Le hizo la cuenta y le entregó los boletos. Shelby sacó su cartera, pero Egon se adelantó a pagar.
—Quédese con el cambio—le arrebató los boletos y tiró de la mano de Shelby hacia el tipo que recibía los boletos. Pero ella estaba perpleja. Lo miró aturdida mientras él se encargaba de darle los boletos al chico y la arrastraba a la sala con mucha prisa.
— ¿Qué ocurre? —quiso saber ella cuando se hallaban dentro de la sala, buscando un sitio cómodo y apartado.
—No quiero tener cerca a esos niños un minuto más.
—Pregunté si estabas seguro de soportar esto—ocupó un asiento y lo miró con incertidumbre.
—Pensé que lograría soportarlo, pero… —negó con la cabeza—son muy ruidosos y los padres no hacían el intento de callarlos.
—Relájate.
La película inició y el cine era un completo sitio oscuro donde muchas risas idiotas de niños se escuchaban sin parar, haciendo que la película no se entendiera.
Shelby estaba pálida, con los ojos fijos en Egon y en sus movimientos. Temía que se pusiera violento y asesinara con sus manos a todos los niños y más al que se encontraba una silla abajo de él, quién no dejaba de pararse y de tirar palomitas a todas partes.
Algunas aterrizaron en los zapatos de Egon y otras en su cara. Él apretaba constantemente la mandíbula y los puños. Era obvio que estaba teniendo paciencia.
—Vámonos de aquí—susurró Shelby en su oído y él volteó a verla.
—Estoy bien—arrastró las palabras con mucho esfuerzo.
—No quiero que vayas a golpear a ese niño. Mejor vámonos.
—No juzgues mi temperamento—siseó—me quedaré hasta que concluya esta película. No gasté dinero a lo idiota.
Los minutos siguientes fueron más tranquilos, porque el niño se quedó quieto, mirando absorto a la pantalla en el momento épico de la película y Egon resopló sulfurado. Para cuando había concluido, fueron los primeros en salir de la sala.
—Voy al sanitario. Espérame.
Egon asintió y la vio entrar al sanitario con urgencia y esbozó una sonrisa al recargarse en la pared, dispuesto a esperarla con las manos dentro de sus bolsillos.
Miró con detenimiento a cada persona que salía de sala con sus hijos de las manos y gruñó. Reconoció al que había estado destrozando sus nervios dentro de la sala y lo fulminó con la mirada, imaginando como sería partirle la tráquea y se sobresaltó cuando el padre de este lo cogió con rudeza del cuello y lo empujó a caminar.
El niño se mostró aterrado y continuó caminando con miedo. Egon sonrió levemente, pero luego el padre comenzó a gritarle al niño solo por haber dejado caer su juguete de los personajes de la película al suelo y lo obligó a levantarlo con brusquedad.
Lo empujó al piso y después lo jaló con violencia.
—Ya, papá—balbuceó el niño, comenzando a llorar.
—Cállate—le espetó el sujeto y le propició un golpe en la cabeza con fuerza y el niño chilló.
Y cuando Egon se dio cuenta de lo que estaba haciendo, ya tenía al estúpido hombre estampado en la pared, masacrándolo a golpes sin miramientos. Sus nudillos se incrustaban a la piel lánguida del sujeto y la sangre comenzó a emanar con mucha rapidez.
El hombre había intentado defenderse a base de gritos y empujones absurdos. Y como era de esperarlo, Egon tenía el cuerpo tan firme y bien ejercitado, que la fuerza que el hombre ejercía sobre él al querer huir de su agarre, era absurda.
La gente gritaba aterrada a su alrededor y el niño se encontraba abrazándose a sí mismo en un rincón, mirando cómo le daban una paliza a su padre.
— ¡Es un niño, maldita sea! —vociferaba Egon, mientras lo masacraba sin dejarlo respirar— ¡Un maldito niño incapaz de defenderse, estúpido de mierda!
— ¡Déjalo! ¡Lo estás matando! —chillaba una mujer a su espalda que quizás era la esposa. Pero Egon estaba cegado por la rabia. Estaba por matarlo a golpes tal y como había hecho con Evan. Solo que con espectadores presentes y eso no le convenía.
— ¡Suéltalo!
Escuchó un grito entre la multitud y reconoció la voz. Era Shelby. Se detuvo al instante y apretando la mandíbula, se volvió al rostro ensangrentado del sujeto y dedicándole una sonrisa lobuna, le regaló una patada en su entrepierna, como un golpe de gracia y lo soltó, dejándolo caer al suelo.
—No vuelvas a tocar al chico—le advirtió—ya que, si eso sucede, te buscaré y lo lamentarás.
Se dio la vuelta y miró al niño que lloraba en silencio mientras todos se apresuraban a auxiliar al sujeto.
— ¿Estás bien, chico?
El niño asintió, temeroso.
—Tranquilízate, ¿okey? Tu padre no te hará daño nunca más.
Le hubiese gustado hablar más con el niño, pero sintió la presencia de Shelby a sus espaldas.
—Egon…
—Vámonos.
La cogió de la mano y tiró de ella hasta alejarse rotundamente de ahí. En todo el rato que caminaron sin detenerse, ninguno de los dos se atrevió a hablar. Shelby no se atrevía a preguntarle sobre lo que había pasado ni él tampoco tenía deseos de explicarle nada, así que se dejó arrastrar por Egon por todo el centro comercial.
Y se detuvieron fuera de un Burger King. Ella miró a Egon y él la miró sin expresión. Con una máscara de piedra en el rostro que era incapaz de descifrar su estado de ánimo o reacción.
—Muero de hambre y quiero dos hamburguesas grandes o me haré caníbal.
—Eso sería una pesadilla si ocurriera—bromeó ella para aligerar el ambiente.
Egon esbozó tenuemente una sonrisa y la jaló para entrar. Ella le sugirió ir a quitarse la sangre de las manos en el sanitario y pidió la orden de ambos en lo que él volvía. Tiempo después, comieron sus hamburguesas en silencio.
Shelby se moría de preguntarle, pero sabía que era como encender la mecha de una dinamita, por lo que siguió comiendo y decidió hablar de la película. — ¿Cuál fue tu parte favorita de la película? —le preguntó para tener un tema de conversación.
—Me gusto la parte de los créditos —contestó él, con una sonrisa forzada.
—Ah.
—Mentira. Fue cuando apareció el niño raro al final y le arrebató la corona a Scarlet.
—Cuando apareció Gru—dijo divertida—él es el Villano Favorito. Deberías ver las otras películas.
— ¿Hay más? —frunció el ceño.
—Sí. Esta película es la precuela, habla sobre el origen de los Minions y las demás hablan sobre la vida con Gru, el niño villano que ya es adulto.
—Interesante—agregó con sarcasmo—se escucha patética la película.
—Nunca juzgues a una película por su precuela.
—De todos modos, no me interesaría ver las otras—engulló el último bocado de su segunda hamburguesa y bebió el resto de su refresco con aire pensativo. Shelby rodó los ojos y se dedicó a mirar a las personas, en especial a las parejitas enamoradas.
Comían juguetonamente y se besaban inesperadamente. Era hermoso verlos y sintió envidia por ellos. Ella sabía que nunca tendría una relación como esa. Egon jamás le daría besos o mimos con amor.
Él no podía amar y no porque no quisiera, simplemente había nacido para matar, no para enamorarse. Miró de nuevo a Egon y se percató de su mirada perdida.
— ¿Por qué golpeaste a ese hombre? —le soltó la pregunta sin miramientos. Él la miró con dureza y no respondió—era padre del niño ruidoso del cine, ¿por qué lo golpeaste?
—Porque maltrató al niño.
—Pensé que te gustaba la violencia.
—Es un niño, Shelby. Un maldito niño que es incapaz de defenderse no merece ser violentado y hasta un estúpido criminal como yo, se da cuenta de ello.
—Sí. Lo entiendo, pero, se supone que odias los niños.
—Los odio, no lo dudes; pero eso no significa que me guste ver cómo son maltratados sin razón aparente.
— ¿Qué sucedió para que lo defendieras? —quiso saber.
—Su padre lo golpeó y le gritó solo porque había tirado un juguete al suelo—gruñó—y eso es algo que no tiene fundamento para violentarlo.
—Eso habla bien de ti, Egon. No eres tan malvado después de todo.
—Ese niño me recordó a…
Cerró la boca abruptamente y miró al vacío.
— ¿A ti?
—A nadie—espetó, furioso—a nadie, maldita sea—y se levantó con brusquedad de la silla—no más preguntas. Vámonos.
Se adelantó a la puerta, dejándola atrás, pero en la cabeza de Shelby comenzó a formarse un sinfín de hipótesis acerca de su reacción para con el niño.
Egon había defendido a un niño de su padre y no quiso terminar la frase donde había mencionado que le recordaba a alguien y quizás se trataba de él mismo. E iba averiguarlo. Ella iba a averiguar su pasado.
Egon era un chico de muchos secretos y ella era una chica muy curiosa, capaz de conseguir todo lo que deseaba.
Y deseaba saber todo lo que él guardaba dentro de su mente y corazón.
«Norman White» [TREINTA DÍAS ATRÁS]
La noche del día continúo a ser arrestado, Norman se hallaba recostado en su inmunda cama maloliente con la vista al techo sucio y una sonrisa placentera en el rostro.
No había probado alimento en casi dos días y eso lo motivaba a pensar detalladamente la manera en la que mataría a cada policía que se pusiera en su camino, en especial su carcelero idiota. Los demás reos de celdas vecinas lo miraban a menudo con sorpresa y eso le gustaba.
—Eres todavía un niño como para que estés aquí—le dijo su vecino más cercano horas atrás.
—Mi físico ayuda mucho a camuflar mis labores—respondió Norman con naturalidad. Esa charla le serviría para practicar su inglés.
— ¿Qué hiciste para estar en este lugar tan deprimente?
Norman postró su grisácea mirada en ese infeliz hombre y pensó que iba a ser de gran ayuda para escapar en la noche, por lo que le regaló una sonrisa.
—He hecho cosas peores y jamás me han apresado, pero estoy aquí por una estúpida chica que llamó a la policía acusándome de molestar a su novio— rodó los ojos—patético, ¿no?
—Muy patético—rio el hombre.
— ¿Y tú por qué estás aquí?
—Maté a un imbécil que intentó quitarme mi dinero, pero al parecer la justicia es una mierda y heme aquí solo por defender mi economía e integridad personal.
— ¿Quieres salir de aquí? —susurró con voz trémula y los ojos de su vecino se abrieron más de lo normal. Los otros reos escuchaban atentos lo que Norman decía.
«Entre más ayuda, mucho mejor. Así la policía se encargará de matarlos a ellos y a mí me dará tiempo de escabullirme», pensó Norman, complacido.
— ¿Qué tienes en mente, chico? —preguntó otro sujeto con mayor interés—yo estoy contigo en el plan. Quiero salir de aquí a como dé lugar.
A Norman le encantó la manera en la que esos hombres ponían su confianza en él y comenzó a platicarles en un susurro el plan que había estado haciendo en ese tiempo.
La mayoría lo aduló por ser tan listo y los restantes no dijeron nada, pero asintieron. La fuga sería a medianoche.
—Yo me ofrezco a ser la carnada—surgió una voz muy brusca en algún punto de la cárcel—solo díganme que hacer.
—Anthony ha sido un luchador clandestino con buenos métodos de pelea a muerte—le informó su vecino a Norman.
—Entonces Anthony, yo soy Norman y esto tienes que hacer…
Horas después, Norman, que miraba al techo sonriente, llegó a la conclusión de que ya era hora de salir de ahí. Se levantó de la cama y echándole una mirada a su vecino, comenzó a poner manos a la obra. Los reos ya estaban preparados y eso era fabuloso.
— ¡Auxilio! ¡Auxilio! —comenzó a gritar histéricamente y con desesperación— ¡Un sujeto se está muriendo! ¡Ayuda!
Al parecer, sus gritos eran escuchados y también ignorados.
—Son unos imbéciles—siseó—ahora todos juntos, a las tres. Uno… dos… tres…
—¡AUXILIO! ¡AYUDA! —gritaron con bastante fuerza hasta quedar afónicos. De inmediato unos uniformados se presentaron con pistolas en alto y con el rostro rígido y pálido.
— ¿Qué? ¿Cuál es el problema? ¿Por qué tanto alboroto? —Norman reconoció la voz de su carcelero y le envió una mirada a su vecino más confiable.
—Se está asfixiando Anthony—dijo el vecino de Norman con desesperación fingida. Todos los policías corrieron a la celda del “enfermo” y el carcelero de Norman se quedó plantado frente a él, mirándolo con frialdad.
—Deberías ir a ver al sujeto—le aconsejó.
—No. Ellos pueden con él, yo me quedaré aquí, vigilándote—achicó los ojos y le apuntó con el arma. Norman recargó la cabeza en su celda y resopló.
A simple vista se miraba como un chico de veinte años, con el rostro tranquilo y una mente sana, pero detrás de esa fachada se encontraba un psicópata hecho y derecho.
Y de pronto, un grito de ayuda surgió dentro de la celda donde los policías habían ido a auxiliar al reo y el carcelero de Norman entornó los ojos. A continuación, se escucharon disparos, golpes sordos y gruñidos.
—Deberías ir a ver qué pasa—volvió a aconsejarle Norman con tranquilidad—pero primero, dame esto.
Y acto seguido, alargó sus brazos por fuera de la celda, lo tomó del cuello desprevenidamente y lo jaló hacia él, comenzando a apretarle la garganta con un solo brazo.
El policía se contorsionaba tratando de escapar, pero Norman se las ingenió para someterlo a golpes con la otra mano libre. Apretó con rudeza el cuello de aquel hombre y un ligero “crac” sonó, señal de que su tarea había finalizado. Con el ceño fruncido, cogió su pistola y las llaves que tenía atadas al cinturón y lanzó el cuerpo al suelo con asco.
Los otros reos miraban estupefactos a Norman y se quedaron boquiabiertos al verlo salir de la celda con facilidad. Se sacudió los pantalones y se acomodó el cabello con los dedos. Empuñó el arma y les lanzó las llaves a los demás. Fue enseguida en busca de Anthony y lo encontró rodeado de cuerpos ensangrentados y mutilados.
Y pensando que Norman se sorprendería ante semejante hombre de quizás dos metros y con un solo ojo, Anthony le gruñó muy cerca de su cara a través de la celda.
—Cuando hayas terminado de hacer tu show, te sacaré —le informó Norman con cara de pocos amigos. Anthony se quedó pasmado. Los demás reos ya habían salido y esperaban las indicaciones de Norman—pásenme las llaves—ordenó el rubio y enseguida su vecino se las entregó. Norman abrió la celda de Anthony y el hombretón salió dando zancadas—recojan las armas de esos tipos y síganme—gruñó. Mientras lo hacían, su vecino se acercó a él con el rostro maravillado.
—Mi nombre es Patrick y estoy a tus órdenes, hijo.
—Y yo soy Norman—declaró— ¿Eres sádico y no te tientas el corazón al matar?
—Nunca lo he sabido, pero puedo serlo. No tengo a donde ir porque mi familia me abandonó.
—Considérate mi mano derecha. Y me obedecerás en todo lo que yo te diga, ¿de acuerdo? Sin preguntar.
—Sí.
Se cercioró de que todos estuviesen armados y se apresuró a golpear la cámara de seguridad para que las alarmas sonasen y ellos salieran compulsivamente a la calle, tras matar a los policías sin piedad.
Corrieron por todo el largo pasillo, y en el camino se encontraron a personas de limpieza que se quedaron petrificadas. Y como Norman era de los que no le gustaba dejar ningún cabo suelto, les disparó, dándoles a entender a los demás que eso tenían que hacer.
Dispararon a cada ser humano que se cruzó en su camino, pero todavía faltaba lo más complicado: Salir al exterior y atravesar la gran muralla de cemento. Cuando salieron a la intemperie, numerosos policías los esperaban armados, obstruyendo la salida.
— ¿Qué hacemos? —susurró Patrick junto a él.
— ¡Disparen a todos! ¡Apunten a la cabeza y después síganme! —gritó el rubio, encolerizado y corrió hacia los policías. La cacería de reos comenzó y Norman mató a dos de un solo disparo.
Golpeó a cinco que internaron bloquearle el paso y le disparó a cada uno en la frente. Patrick lo siguió con sigilo y le fue cubriendo las espaldas hasta que por fin llegaron a la puerta, donde dos de ellos hacían guardia con un rifle cada uno. Norman sonrió como un psicópata y se escabulló hacia ellos.
Los dos hombres empuñaron el rifle con intención de disparar, pero el rubio sin titubear un segundo, disparó a uno en medio de los ojos y al ver que el otro se horrorizaba al ver a su compañero, le disparó en el cuello y se apresuró a coger los rifles para después abrir la compuerta. Echó un vistazo a la lucha entre reos y policías y después miró a Patrick.
—Se las arreglarán. Vámonos.
Y los dos se deslizaron a las calles oscuras de Nueva York en busca de Lola Calvin y su familia. Echaron a correr con los rifles en alto sin ponerse a pensar en la cantidad de personas que los miraban con pánico. Recorrieron varias calles, como si de un paseo se tratara.
— ¿Qué edad tienes? —preguntó Patrick, hiperventilando.
—La edad suficiente para saber que soy un tipo de cuidado.
—Podrías ser mi hijo.
— ¿Qué edad tienes tú?
—Cuarenta.
—Posiblemente—reconoció. Y continuaron andando en silencio, pero con una sonrisa lunática en el rostro.
— ¿A dónde vamos?
—A visitar a una amiga—sonrió lobunamente. Anduvieron caminando con júbilo en el rostro, pero en el fondo, Norman quería incluso besar a cualquier persona por haber ideado el mejor plan del mundo y tener un sirviente.
Estaban llegando a la casa de la rubia, cuando de repente, un ruido minúsculo alertó a Norman y preparó el rifle en un acto reflejo y apuntó a todas partes con Patrick a sus espaldas, pero después el sujeto se puso frente a Norman para protegerlo.
—Sé inteligente y sal de tu escondite—dijo Norman con voz dócil—o te irá peor.
Y detrás de un coche, el rostro de Anthony surgió. Tanto Norman y Patrick bajaron sus armas.
— ¿Qué demonios te pasa? Pude haberte destrozado el cerebro de un solo disparo en la cabeza—ladró el rubio de mal humor y Anthony se encogió de hombros, acercándose. Estaba muy sucio de sangre y no tenía ningún arma en la mano— ¿Qué haces aquí?
—Pienso que podrías necesitar…
—No me gusta la compañía. Con Patrick tengo más que suficiente, ahora largo.
—Necesitarás a alguien fuerte que pueda someter a alguien más grande que tú.
— ¿No tienes a dónde ir o qué?
—La verdad no—reconoció con amargura—pero prometo obedecerte en todo, chico. Eres fenomenal, eres como un Dios.
—Gracias por la adulación, pero…
—Te lo ruego. Me encantaría estar contigo y ayudar en lo que quieras.
—No tengo dinero para pagarte.
— ¡No quiero dinero! —se atrevió a gritar.
—Más respeto—le colocó la boquilla del rifle en la mandíbula—nadie me grita, ¿okey?
Anthony asintió, temeroso y tragó saliva. Él era un hombre de casi dos metros y Norman era diminuto, parecía un niño a su lado, pero un niño con muchas agallas.
Patrick retrocedió unos pasos por si acaso disparaba y miró a otra parte. Estaban en una calle desierta y solitaria donde apenas había luz. Nadie se daría cuenta de nada a menos que disparara.
—Lo lamento. No volverá a pasar.
—Bien—le quitó el rifle de la cara y lo miró con desdén Sus ojos grises brillaban de inestabilidad mental y locura—vengan conmigo. Serán mis ayudantes.
A Norman le pareció cómico tener a dos hombres detrás de él, como si fuera algún tipo de rey, pero a la vez le gustaba. Ya era hora de tener a su propia gente y dar órdenes en vez de recibir.
Le hubiera gustado ver la cara de Marlon Blake al ver como él también era capaz de conseguir personas que hicieran el trabajo sucio bajo sus órdenes.
Y al parecer, esos dos sujetos habían caído de perlas, puesto que necesitaba un elaborado plan para matar a varios pájaros de un tiro: Egon Peitz y Shelby Cash. Y entretenerse con Lola Calvin y su madre. Se rio entre dientes al recordar como la patética vieja había gritado de placer y dolor cuando tuvieron sexo por primera vez en el sótano, mientras Lola estaba en la escuela. Le parecía tonto que esa mujer hubiera sentido dolor solo porque él tenía un piercing en la punta de su miembro. Rodó los ojos al recordarlo.
—No, mejor olvídalo—le había dicho la señora Calvin, poniéndose apresuradamente la ropa—no quiero que me destroces con esa cosa que tienes ahí.
—Nadie me excita sin que yo reciba nada a cambio—le había gruñido e instantes después la sometió en el suelo y la violó, aunque en sí, al principio fue una violación porque ella no quería, pero al darse cuenta que su perforación, lejos de darle dolor, le daba placer, se hizo consensuado. A pesar de que le desgarró por dentro, esa mujer lo buscó cada noche para más. Y Norman pensó que esa mujer estaba más trastornada que él.
— ¿Vives aquí? —preguntó Anthony, sorprendido cuando por fin llegaron a la casa de Lola.
—Es la casa de una amiga.
—Ya decía yo. Tu inglés es un tanto distinto.
—Soy de Austria.
— ¿Y qué haces aquí?
—Estoy trabajando. Tengo una labor que hacer y ahora, cierra la maldita boca.
Norman les hizo seña de que aguardaran ahí en lo que él arreglaba las cosas. La casa estaba iluminada y se escuchaba voces dentro.
«Lola Calvin»
Era extraño que Norman no se hubiese aparecido en dos días. Desde lo que ocurrió con Shelby, él desapareció de repente y temía por su seguridad. Aunque no del todo.
Con lo poco que sabía de él, se daba cuenta que era un chico explosivo y de mala sangre, pero agradable en pocas ocasiones. Mientras cenaba con su madre y Trenton, sonó el timbre de la puerta, sobresaltándolos. Su madre la miró ceñuda y se ofreció a abrir. Trenton miró a su vez a Lola y le sonrió suavemente.
—Es un alivio que Norman se haya largado por fin, corazón. Es una persona mezquina y no me inspira confianza—opinó su novio.
—Es muy impulsivo, pero a veces es agradable—ella se acomodó sus rubios cabellos detrás de las orejas y bebió un poco de su bebida. De pronto, la voz de su madre un tanto intimidada llegó hasta sus oídos y la pareja se sobresaltó.
—Norman…
—Buenas noches, señora Calvin. Disculpe mi ausencia, pero ya estoy aquí y he traído algunos amigos—dijo Norman con singular alegría y tanto Lola y Trenton se miraron extrañados.
Al tiempo que Norman entraba al comedor, Lola divisó a sus dos amigos que eran grotescos y de muy mal aspecto. El más grande de los dos no tenía un ojo y la miraba con perversión. Intuitivamente se refugió en los brazos de Trenton y él la abrazó de forma protectora y se levantaron de la silla; retrocediendo.
La mamá de Lola se unió a ellos y miraron a los tres sujetos que no traían nada bueno en la cabeza. A pesar de que los amigos de él eran horribles y mal encarados, el que daba más miedo era Norman.
Su rifle estaba bien empuñado y su sonrisa lunática en los labios anunciaba más problemas de los que alguna vez se imaginaron.
—Ya es hora de quitarme la máscara—dijo con voz dura, sin dejar de sonreír.
— ¿De qué hablas? —preguntó la madre de Lola con horror.
—Soy un criminal experimentado y si intentan llamar a la policía, aquí correrá sangre a la mala—replicó y soltó a reír. Sus acompañantes también se sorprendieron ante su declaración y mantuvieron la postura. Cuando Norman dejó de reír, otra clase de locura inundó sus ojos grises y sus labios se convirtieron en una firme línea recta—ahora sin hacer el menor ruido, irán directo al sótano siendo escoltados por mis amigos, Anthony y Patrick.
Volvió la vista a ellos y ambos sujetos asintieron, dando un paso a ese trío de personas aterrorizadas.
—Órdenes claras y precisas—repuso Norman—si intentan huir, golpéenlos, sométanlos, pero no los maten. Yo veré si es necesario, porque de la parejita necesitaré su ayuda más adelante. Ahora llévatelos, y dejen a la chica rubia aquí y no vuelvan hasta después de unas horas.
Anthony apresó a la madre de Lola con rudeza y le susurró palabras subidas de tono al oído mientras la arrastraba fuera de la habitación y Patrick sometió a Trenton sin dificultad, ya que él no se contorsionó, sino que caminó por su propia cuenta hasta el sótano, sabiendo que su vida había acabado. Norman se pasó la lengua por los labios al ver a Lola del otro lado de la mesa, tratando de escapar por algún lado.
—Eres un maldito. Te abrí las puertas de mi casa, ¡No es posible! —dijo ella con la voz temblorosa—aléjate de mí, Norman o no respondo—gimió cuando él rodeó la mesa y la cogió de las muñecas con una sola mano y la empujó a caminar rumbo a la escalera. En su mano libre sostuvo el rifle para que se apresurara. Ni bien llegaron a la femenina habitación de Lola, cuando él cerró la puerta de un portazo, dejando el rifle afuera y comenzó a quitarse la playera con salvajismo. En sus ojos ardía el deseo demente de violar a la rubia como él solamente sabía hacerlo.
—Quítate la ropa—le ordenó en un siseo. Ella se encontraba en el suelo, mirándolo con sus ojos azules bien abiertos—quítate la ropa—repitió y esta vez con menos paciencia. Se desabrochó el pantalón y se le fue encima con violencia. Lola lloraba en silencio sin moverse, a pesar de tener los ojos grises de Norman a un centímetro de distancia de su cara— ¿Lo haces tú o yo? —preguntó y como no obtuvo respuesta, gruñó y comenzó a romperle la blusa y a jalarle el pantalón hacia abajo—más te vale cooperar, muñeca, porque si eres virgen y te resistes, te dolerá más de lo que duele en realidad.
— ¿Acaso tienes un pene de metal? —replicó furiosa y llena de rabia.
—Algo parecido, pero mejor—repuso él y abrió la cremallera de su pantalón, dejando salir su miembro frente a la cara de Lola, quién entornó los ojos, mirándolo—Te gusta, ¿no?
— ¡Aleja de mí esa cosa! —chilló, arrastrándose hacia atrás, pero su espalda chocó con los pies de la cama.
— ¡Abre la boca! —le gritó él, al límite de su paciencia. Tomó su miembro con las manos y se lo rozó sobre los labios de la rubia y esta apretó la boca, incapaz de obedecerlo.
A pesar de que fue un roce, sintió que su labio inferior se había cortado por el piercing filoso que tenía el pene de Norman justo en la punta del glande. Sintió el sabor de la sangre y sintió que era su fin. ¿A quién demente se le ocurriría perforarse semejante parte y ponerse un piercing?
—¡Abre la maldita boca! —rugió y le introdujo su miembro con fuerza dentro de la pequeña boca de Lola, quién comenzó a llorar mientras él ultrajaba su zona bucal.
La situación era esta; Lola no podía salir del shock al encontrarse haciéndole sexo oral a Norman White, que al principio aparentaba ser un chico lindo y normal, pero que verdaderamente era un loco criminal.
Después del sexo oral, que sirvió para poner erecto su asqueroso pene, Norman le quitó por completo la ropa y la tumbó a la cama con fiereza y se encargó de colocarla de espaldas a él, pero con el trasero elevado a una buena vista para mayor penetración.
—No lo hagas, por favor—suplicó ella, en un hilo de voz, pero él soltó una carcajada y tiró de su rubio cabello hacia atrás, haciendo que la cara de Lola quedara mirando al techo y él pudiese ver su reacción al momento de introducirse en su interior.
Norman, sudoroso y presa del deseo de tener a Lola en donde quería, le acarició ambos glúteos y apuntó bien hacia donde deslizaría su miembro y no fue cuidadoso. Se impulsó hacia delante, penetrándola por completo. Lola gritó como jamás y sintió que estaba siendo desgarrada desde adentro.
—Virgen—le oyó decir a Norman—y apretada como el infierno.
— ¡Para! —lloriqueó ella, tratando de alejarse, pero él volvió a embestirla con más fuerza. Lola sentía en su interior, no solo el miembro de Norman, sino su asqueroso piercing rasgándole con agresividad su feminidad.
—Te va a gustar cuando te acoples a mí—le aseguró él, con voz agitada y le dio una fuerte nalgada que la hizo proyectarse hacia adelante con los ojos bizcos—a tu madre le encanta.
— ¿Qué? —apenas podía respirar y sentía que iba a perder el conocimiento.
—Estás sangrando más de lo que esperaba—hizo una mueca y salió de su interior para limpiarse—eres mía a partir de ahora y me obedecerás en todo, incluso cuando necesite más de esto—se inclinó a ella y le agarró los pechos con rudeza desde atrás, apretándoselos con excitación—y también tu amiguita Shelby Cash lo será.
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