Dark Beauty - Capítulo 54
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Capítulo 54: Capítulo 54
—No estoy segura de querer hacerlo en este momento—Shelby jadeó, tratando inútilmente de deslizarse bajo su cuerpo. Estaba muy nerviosa y casi en shock.
—No importa, Puppy—murmuró él y rodó sobre su espalda, liberándola. Pero sus ojos oscuros seguían sobre ella—el día tiene veinticuatro horas. Almorzaremos, nos ducharemos y después veremos qué pasa.
Ella se ruborizó, pero no dejó que sus palabras le afectasen. De igual manera, ya sabía que algún día tenía que pasar; y que mejor con el chico que le gustaba.
—¿Dónde estamos? —preguntó, para cambiar de tema.
—En un hotel, fuera de Boston—respondió y dejó escapar un bostezo. Cerró de nuevo los ojos y suspiró—aquí estaremos a salvo.
—¿Ya te sientes mejor después de que Norman casi te mata? —aguijoneó, con cierta amargura en su voz. Él asintió y abrió un solo ojo.
—Solo necesito descansar un rato más—dijo él, siendo arrastrado a la deriva del sueño—pero eso no significa que se ha cancelado la esclavitud. No, señorita. En unas horas comenzamos.
Dicho eso, se quedó profundamente dormido y Shelby rio. Aprovechó al verlo dormido y buscó su pequeña maleta en la habitación.
Cuando la encontró, sacó unos Jeans, ropa interior y una playera. Se iba a duchar para estar limpia y afrontar lo que le esperaba a manos de Egon. Le ruborizada admitirlo, pero le encantaba la idea de ser esclava de él durante un día.
El agua de aquella ducha era tibia y el shampoo y el jabón demasiado perfumado. Suspiró mientras se duchaba y recordaba los sucesos de la noche anterior, los cuales fueron escalofriantes… Aubrey había muerto de un disparo en la cabeza. Norman era un bastardo. Austin iba a estar muy destrozado. Norman era un bastardo. Thomas había corrido con mucha suerte al salir de ahí. Norman era un bastardo. LOLA. De solo pensar en ella sentía ganas de estrangularla.
Se había largado como una idiota. La había abandonado. Norman era un bastardo. Trenton.
Oh, Trenton. Sollozó débilmente y el agua de la regadera camufló sus lágrimas al acordarse de él. Después de todo, resultó ser un verdadero amigo que intentó ayudarla, pero terminó con un disparo en la espalda por culpa suya.
¡Quería morirse! Nadie más podía morir a manos de un cretino como White. Se mordió el labio inferior con demasiada fuerza, siendo cuidadosa de no lastimarse demasiado. Al menos ese dolor era menos del que sentía dentro del pecho. Se secó con una toalla de ahí y se visitó.
Se echó un vistazo al espejo y se asustó al ver su rostro debajo del amasijo de cabello castaño húmedo. Sus ojos mieles estaban llorosos y su labio un poco lastimado. Regresó a la habitación donde Egon aun dormía y sacó un cepillo para peinarse el cabello.
Comenzó a desenredar algunos mechones mientras lo miraba dormir. Su rostro relajado resultaba ser dulce y tierno. Continuó peinándose y cuando terminó, se sentó justamente a un costado de él y comenzó a acariciarle el cabello.
Le escrutó cada una de sus facciones y cada línea de su perfecto rostro. Le pasó un dedo sobre las cejas, las cuales se juntaron ligeramente y después descendió hasta su nariz y luego a sus labios. Procuró no tocar el inferior y besarle la mitad de la boca, y una parte de la nariz.
Él seguía tan dormido que prosiguió su exploración.Egon tenía un maravilloso cuerpo que la hacía pensar en cosas lascivas. Miró a su rostro, que seguía relajado, y luego miró hacia su estómago y un poco más abajo. El oscuro vello que sobresalía de sus pantalones le hizo contener el aliento, porque se perdía mucho más abajo de su vista y se mordió el labio, haciéndose daño una vez más, pero esta vez involuntariamente.
Quería acariciarlo, tocarlo y saber que se sentía tener bajo su tacto la piel de aquella zona. Le echó otro vistazo a su rostro y volvió a centrar su atención en su ombligo hasta recorrer un poco más abajo con los ojos. El botón de sus Jeans estaba desbrochado y su bóxer negro salía a la vista, obstruyendo el camino de vello oscuro que tanto quería ver. Reprimió las ganas de bajarle un poco el bóxer y ver lo que se escondía ahí.
Y miles de pensamientos promiscuos la acecharon. ¿Y si lo ataba mientras dormía y después lo desnudaba? De pronto, su estómago gruñó y un extraño gorjeo la hizo apartarse enseguida de él. Estaba hambrienta y había ignorado ese detalle por estar mirándole el cuerpo a un chico inconsciente y se ruborizó.
Se cruzó de brazos y caminó en círculos unos segundos antes de decidirse y salir a buscar comida. Miró a Egon y suspiró aliviada de verlo tranquilo por más tiempo de lo que algún día esperaba verlo. Solamente dormido era él.
El verdadero chico que llevaba oculto dentro de sí y que se negaba a dejarlo fluir libre. Tenía suerte de haber llevado dinero guardado en su mochila, se la colocó en los hombros y salió de la habitación, dejándolo dormir.
En el hotel había un restaurant, pero el dinero que portaba no le bastaba, así que buscó un sitio donde comprar alimentos chatarras y nocivos para la salud. Compró en una tienda de 24 horas galletas Oreo, frituras y jugos. Se sentó afuera del local a devorarse una galleta, contemplando la carretera y el hotel muy elegante para su parecer.
Podía ver su habitación desde ese ángulo y se estremeció. Detrás de esa puerta, habitaba un chico sexy y malditamente sexual, que la esperaba. Guardó la bolsa con las frituras dentro de la mochila y comiéndose otra galleta, cruzó la calle y se dirigió de vuelta a la habitación.
Cuando llegó a la puerta, antes de si quiera agarrar el pomo, se abrió de repente y se encontró con un Egon Peitz sobresaltado. Sus ojos estaban rojos y su cabello revuelto. Y al verla, el pánico en su mirada se transformó en alivio.
Sin dudarlo, la abrazó con fuerza, haciendo que Shelby inhalara su aroma a perfume revuelto con sudor. Olía exquisito, tenía que admitirlo.
—¿A dónde fuiste? ¡Maldición! —le oyó decir sin dejar de abrazarla—por un segundo pensé lo peor y estaba a punto de salir corriendo a buscarte.
—Fui por unas galletas—dijo con la voz apagada gracias a sus brazos.
—¿Tienes hambre? —ella asintió y él la liberó, empujándola al interior de la habitación. Cerró la puerta detrás de sí y sonrió—me hubieras despertado. El hotel tiene un restaurant que nos puede traer comida.
—No quería molestarte, además, necesitabas descansar—se quitó la mochila de los hombros y sacó las galletas y los jugos—toma.
—¿Oreos? —ladeó la cabeza, examinado el empaque.
—Son muy buenas—le dio una mordida a una y él juntó las cejas.
—Nunca las he probado—destapó el jugo y bebió un gran sorbo sin dejar de ver el empaque de las galletas. Se sentó a los pies de la cama y las abrió— ¿Qué quieres desayunar?
—Primero pruébalas, te gustarán.
Y haciendo una mueca, sacó una galleta y mirándola con cierta desconfianza, le hincó el diente. Comenzó a masticarla lentamente hasta que poco a poco la tragó.
—No están mal—reconoció, llevándose a la boca el resto de la galleta.
—Son mis favoritas—se sentó junto a él y en silencio comieron las galletas y los jugos. Shelby pensó que sería buena idea guardar las otras frituras para más tarde.
—Entonces—succionó lo que le quedaba de jugo y la miró—¿qué quieres desayunar? —repitió.
Alargó un brazo hacia el teléfono que estaba sobre el buró, muy atento de su respuesta.
—Amm… no sé… huevos revueltos y tocino, ¿tal vez?
—Excelente.
Se dio a la tarea de llamar a la recepción y mientras lo hacía, Shelby aprovechó ese magnífico momento para deleitar sus pupilas con semejante y escultural espalda de Egon. A través de las vendas, su piel lucía bien y muy apetecible. Parpadeó, consciente de lo que hacía y apartó la mirada enseguida.
—Ok. Sí, pero intente darse prisa—dijo él antes de colgar. Se dio la vuelta para verla y alzó las cejas en su dirección. Y algo en el vientre se le contrajo a Shelby al verlo sonreír lentamente. Era una sonrisa seductora, podía jurarlo—Iré a ducharme y quedar listo para comer… te.
El doble sentido de su insinuación, la ruborizó y corroboró el deseo de ese chico para con ella al ver como Egon rebuscaba entre sus cosas un pantalón y una playera con los ojos fijos en los suyos, perforándole cada parte de su ser sin tocarla. Lo vio meterse al baño y hasta en ese momento logró respirar sin dificultad. Sentía su corazón latiendo con fuerza en sus oídos.
Al cabo de veinte minutos, Egon salió reluciendo de limpio con la misma toalla que ella había utilizado, alrededor del cuello. Su cabello goteaba y le tapaba la frente, haciéndolo ver adorable, pero su peligrosa mirada contradecía a su aspecto desaliñado.
—¿No han venido con el desayuno? —quiso saber.
—N-No.
Y las comisuras de sus labios se elevaron hacia arriba.
—¿Traes la ropa que usaste para bailar?
La garganta de Shelby se cerró y asintió, titubeante.
—Póntela—dijo, dirigiéndose a la puerta—iré yo mismo por el almuerzo. Cuando vuelva, quiero que lo traigas puesto—la señaló y abandonó la estancia.
Se levantó con el trasero rígido de tanto estar sentada y se apresuró a obedecerlo. Sacó las patéticas medias, la falda y la blusa. ¿Qué demonios? ¿Egon acaso estaba loco como para que ella se vistiera así?
A regañadientes comenzó a desvestirse y luego se enfundó las medias con irritación y como sus manos estaban sudadas y temblorosas a causa de los nervios, le costó el doble ponerse esa ropa. Optó por quedarse con la blusa que llevaba puesta y no la del concurso porque estaba sudada.
Y se sentó de nuevo, esta vez a los pies de la cama, en su espera. Tenía los nervios a flor de piel, casi gritó cuando la puerta se abrió y entró Egon acompañado de una chica con un pequeño carrito donde estaba el almuerzo.
La chica se detuvo y dejó de sonreírle a Egon en cuanto la vio. Egon sonreía y Ni siquiera le hizo caso a la chica cuando esta salió disparada de la habitación. Él miró a Shelby con cierto brillo malicioso y después le indicó que se acercara para comer. Aturdida por su presencia, comenzó a devorar su parte, siendo presa del escrutinio de Egon.
El hambre había abandonado su cuerpo en el momento que él le ordenó que se pusiera ese atuendo. Cuando terminaron de desayunar, Egon empujó con el pie el carrito y se colocó frente a ella con los ojos ligeramente entrecerrados.
Se inclinó lo suficiente hasta que terminó recostándola en la cama y él, con un movimiento lento, se cernió sobre ella, sintiendo precipitadamente su respiración que comenzaba a acelerarse.
—Alza las manos—le gruñó, sin parpadear y ella obedeció—ahora, cierra los ojos y quédate quieta, solo un momento.
Shelby cerró los ojos con fuerza y no pudo evitar sentirse intimidada. ¿Qué le haría? ¿La ataría como Norman había hecho y después la violaría? De pronto, dejó de pensar cuando él posó sus labios sobre los suyos con lentitud.
Ella le devolvió el beso con mayor intensidad, hasta que ambos comenzaron a besarse con desesperación. Shelby había bajado los brazos y los había alojado alrededor del cuello de Egon, atrayéndolo a su cuerpo.
Sintió claramente como una de las rodillas de él, le abría las piernas para tener mejor postura al besarla. La falda se le subió hasta el abdomen y deliberadamente colocó ambas piernas en torno a la cadera del chico.
Él sonrió sobre sus labios cuando vio su iniciativa. Egon descendió una de sus manos hasta su cintura y posteriormente, comenzó a tirar de su falda hacia abajo, con la intención de despojarse de ella con rapidez.
Shelby, sin dejar de besarlo, se las ingenió para quitársela con una sola mano y luego de lanzarla a alguna parte, volvió a abrazarlo con las piernas. Ahora solamente tenía puesta las medias, su ropa interior y la blusa. Entonces, Egon dejó de besarla solo para pasarse la playera por encima de la cabeza y arrojarla al suelo con un movimiento brusco, de nada sirvió que Shelby lo vendara, porque cuando él se duchó, no se la puso de nuevo.
Volvió a besarla con más ferocidad y se las arregló para desabrocharse el pantalón, mientras ella se dedicaba a deslizárselo por el trasero. Y él, cegado por el deseo, gruñó y empezó a arrancarle la blusa con movimientos bruscos hasta que por fin la hizo pedazos, dejando a Shelby sobresaltada.
Lo miró con susto y él sonrió pícaramente, haciendo que sus dedos viajaran a su brasier de una manera tan excitante, que ella no pudo evitar gemir ante su tacto.
—Quítalo ya—le urgió y él rio.
—Soy un maldito demente al momento de tener sexo, Puppy; así que por tu bien, no me tientes—argumentó con dificultad. Sus torpes, pero muy exquisitos dedos se tornaron alrededor del broche del sostén y lo quitó fácilmente.
Por instinto, Shelby se cubrió el pecho con los brazos y miró fijamente a los ojos de Egon que la observaban con deseo. De repente, sintió la mano de él cogerle ambas muñecas con fuerza y ensanchando su sonrisa, le levantó los brazos de nuevo por encima de su cabeza y ella cerró los ojos para no ver la expresión de Egon al ver su cuerpo.
Y sin darle tiempo de nada, su boca fue atacada por los labios de él, dejándola petrificada. Sintió enseguida como Egon frotaba rítmicamente su pecho, así como el resto de su cuerpo, con el suyo, haciendo que sus pezones, la parte más sensible de su cuerpo, se endurecieran bajo su ardiente piel.
Entonces él jadeó y le destrozó las medias de un jalón. Se quitó a patadas lo que quedaba del pantalón en sus piernas y no dejó de besarla hasta que ella, con timidez, comenzaba a quitarse la ropa interior. Pero él la detuvo con una sonrisa lobuna.
—Esto lo hago yo—le dijo con voz ronca. Shelby asintió, ahora sin nada de vergüenza y observó el área donde habitaba el Sr. Potato y sintió unos ligeros espasmos en la entrepierna. Egon deslizó sus dedos en el resorte de aquella ropa íntima y tiró de ella hacia abajo, dejándola expuesta.
Shelby notó el brillo perverso en los ojos de él y se aventuró a tocarlo donde tiempo atrás no se atrevió hacerlo, atrayendo su atención.
—Esto lo hago yo—sentenció Shelby con firmeza y él asintió, preso de la lascivia. Y mientras ella cambiaba de posición, Egon se acercó lo suficiente para acunarle un pecho con la mano y llevárselo a la boca con tal placer, que la fémina no pudo pensar con exactitud. Se olvidó de lo que iba a hacer y dejó que él volviera a tomar las riendas del asunto.
—Mejor lo hago yo. Es tu primera vez y como tal, debo complacerte.
—Soy tu esclava, debería ser al revés—susurró.
—Cuando haya pasado tu primera vez, podrás serlo, ahora calla.
Con la respiración atascada, Shelby no perdió detalle de como Egon se fue despojando de su bóxer y salía a la luz del sol el tan hermoso y deseado Sr. Potato, claramente despierto. A ella se le secó la boca.
¡Vaya! Qué bien lo había mantenido oculto. Y enseguida notó los tatuajes que él le había dicho que tenía y sintió deseos de acariciarlo, pero se mantuvo serena. ¿Acaso el Sr. Potato iba a quitarle lo virgen? Era demasiado largo y ancho como para poder estar dentro de ella.
Dio un respingo cuando sintió los dedos de Egon hurgar en su entrepierna.
—Ya estás preparada, no pensé que sería tan sencillo—le oyó decir y un escalofrío glorioso se apoderó de ella cuando lo vio sonreí y sujetar al Sr. Potato con tal destreza. Lo observó acomodarse entre sus piernas, al tiempo que acariciaba su miembro de arriba abajo—voy a tratar de no lastimarte, pero no te prometo nada.
Shelby sintió el roce de la cabeza del miembro de Egon al inicio de su cavidad y pellizcó las sábanas, deseosa de que él la poseyera en ese momento. El ligero roce rítmico de arriba abajo la estaba volviendo loca.
—¡Por favor! —gimió, excitada—hazlo ya o…
Y sin previo aviso, Egon se hundió hasta el fondo de ella en un segundo y Shelby vio estrellas, seguido de un insoportable dolor.
Ahogó un grito que fue ahogado por los labios del chico. De pronto, lo sintió afuera de su interior y parpadeó al darse cuenta que se le habían escapado lágrimas.
Y otra vez, sin avisarle, la embistió nuevamente. Él se movió lentamente las primeras cinco veces mientras la besaba.
—¿Ya puedes soportarlo? —le susurró con los labios pegados a su cuello.
—Creo… creo que sí—jadeó, aferrada a su espalda y después le plantó ambas manos en su perfecto trasero para sentir el movimiento de sus caderas cuando él comenzó a embestirla con rapidez.
Ella sentía como si un enorme animal estuviese a punto de partirla a la mitad, pero le gustaba. El dolor era placentero. Y si ella pensó que eso era lo más rápido y excitante que Egon podría llegar a ser, estaba realmente equivocada.
Sintió las manos de él sobre sus pechos, acariciándolos y después besándolos y lamiéndolos antes de que comenzara a moverse con más fuerza dentro de ella.
La maldita cama dejaba escapar un estúpido chirrido a causa de los movimientos, pero a ninguno de ellos le importó.
—Date la vuelta—le gruñó él con autoridad, mordiéndole una oreja. Shelby, aturdida, giró sobre sí misma hasta quedar a gatas, queriendo tener a Egon dentro una vez más. Sintió sus masculinas manos agarrarle el cabello y tirar de su cabeza hacia atrás. Él le besó el cuello y después, penetrando de nuevo su feminidad, gruñó entre dientes: —Ya estás preparada para ser mi esclava por completo.
«Shelby Cash» [PERSPECTIVA NARRADA POR ELLA]
La sensación que me embargaba en todo el cuerpo era en cierto punto, placentera y a la vez dolorosa. Egon fue bastante cuidadoso conmigo hasta que se dio cuenta que podía resistir un poco más de fuerza.
Había dejado de ser virgen a manos de un homicida y alcancé las estrellas gracias a él. Habíamos parado de hacer el amor porque Egon recibió una llamada y se vistió rápido para contestar afuera de la habitación, dejándome sola y desnuda en la cama. Pero había un minúsculo detalle que me impedía seguir recordando el momento: Ninguno de los usamos protección y había demasiadas posibilidades de quedar embarazada o quizás de… sacudí la cabeza de sólo pensarlo.
Egon era un chico sano y no tenía ninguna enfermedad, pero eso no podía tranquilizarme. Se había acostado con demasiadas mujeres que… me abracé a mí misma, obligándome a guardar la calma y no pensar en incoherencias.
Y en lo que él volvía, me apresuré a ponerme mis pantalones y mi blusa sin tomarme la molestia de usar ropa interior. Quité rápidamente las sábanas y corrí al baño a lavar la parte donde estaba la evidencia de la pérdida de mi virginidad, además aproveché a asearme también.
Coloqué la sábana a lo largo de la cortina del baño y regresé a la habitación con la esperanza de hallar a Egon de vuelta, pero no fue así. Me pegué a la puerta y a través del picaporte logré verle parte de su rostro: duro como una roca y la mandíbula apretada. Sostenía con fuerza el teléfono contra su oreja y maldecía entre dientes.
Retrocedí de inmediato al darme cuenta que se disponía a entrar y me lancé a la cama como quién no quiere la cosa. Necesitaba preguntarle sobre su estado de salud a como diera lugar. Cuando Egon entró a la habitación y me vio, juntó las cejas y guardó el teléfono en sus pantalones.
—¿Por qué estás vestida? —inquirió— ¿A dónde han ido las sábanas?
—Las he lavado—respondí, mordiendo el interior de mis mejillas—y bueno, antes de ser del todo tu esclava este día, necesito hablar sobre ciertas cosas que me tienen preocupada.
El rostro de Egon se suavizó y se arrodilló frente a mí, con los ojos más curiosos jamás vistos.
—¿De qué se trata?
—Egon, no usamos protección—comencé a decir y él esbozó una sonrisa torcida y yo parpadeé—puedo quedar embarazada.
—¿Eso te preocupa?
—¿A ti no?
—No lo había pensado—reconoció—pero no creo que suceda.
—Bueno—repuse—y la otra cosa que me tiene más tensa es que… la verdad no creo que seas un chico enfermo de alguna enfermedad contagiosa, pero dadas las circunstancias, has estado con muchas chicas y…
Él asintió, comprendiendo a lo que me refería y se sentó junto a mí. Sus ojos negros tenían diversión y yo asumí que le encontraba gracioso ver mi cara perpleja.
—Yo siempre utilizo preservativos cuando tengo sexo—dijo—jamás lo he hecho sin protección, excepto dos veces, lo cual es cómico y puedes estar tranquila.
—¿Qué? ¿Por qué? —lo miré, ceñuda.
—Porque las únicas dos mujeres con las que lo he hecho sin protección eran vírgenes.
Entonces vi su gran sonrisa ensancharse demasiado, que incluso creí que abarcaría todo su rostro. Lo miré con la boca abierta, incapaz de añadir algo al respecto.
—Tú eres una de las dos.
—¿Y quién fue la otra? —quise saber, enfadada.
—Fue la recepcionista del hotel donde te hospedaste en los días que fuiste a Austria.
Aquella sí que era una declaración fuerte.
—¿Y por qué tuviste sexo con ella? —estreché los ojos, acusándolo.
—Necesitaba saber en qué habitación estabas y esa fue la única manera.
—¿Ella te lo propuso?
—No. Yo lo hice y bueno; le di al clavo de sus deseos—arqueó las cejas. Me estremecí y apreté los labios.
—Al menos me hace sentir más tranquila—dije—pero sigo preocupada por no habernos cuidado.
—¿Acaso no existen otros métodos anticonceptivos? —me miró con cara de pocos amigos.
—Sí, pero yo no…
—¿Podrías, solo por un rato, cerrar la boca y dejarte llevar por lo que yo puedo brindarte? Conseguiré las malditas pastillas anticonceptivas, pero ya cálmate.
—Las pastillas anticonceptivas requieren receta médica.
—Deja el fatalismo a un lado, ¿okey? Me haré cargo.
Su voz era áspera y distante. Noté de pronto que sus ojos se habían dilatado y su lengua recorría sus labios al recorrer mi cuello con la mirada. Alargó sus manos y me acarició los hombros de arriba abajo, indicándome que de nuevo quería poseerme y yo no puse resistencia.
Se acercó para besarme lentamente en los labios como si me fuera a romper en mil pedazos si no era cuidadoso, pero después aceleró su paso como a mí me gustaba que lo hiciera. Se apresuró a quitarme de nuevo la ropa, pero con más ferocidad. Sus ojos estaban completamente encendidos y ni siquiera me miraba al desvestirme. Me empujó a la cama y caí de espaldas con la vista fija en todo lo que él hacía con mi ropa.
Cierto era que, quería tenerlo otra vez dentro de mí, pero, por otra parte, estaba aterrada. Su mirada peligrosa me desconcertó. Ahora que yo ya no era virgen, no iba a contenerse y temí por mi integridad personal. Pero, ¿A quién quería engañar? Me valía un cacahuate si me poseía como un loco, después de todo, lo deseaba de todas las maneras posibles.
—Abre las piernas—rugió en cuanto me quitó el pantalón y cuando volví el rostro a él, su alucinante miembro tatuado, esperaba ansioso poder introducirse en mi sensible cavidad. Jadeé y obedecí.
Como aún tenía parte de la blusa levantada hasta el inicio de mis pechos, me la quité, sintiendo su lacerante mirada sobre mí. Pero Egon solamente se había quitado la playera, los pantalones no. Gruñí, presa de la excitación que me provocaba verlo de pie frente a mí, en espera de que lo obedeciera. Palpé el colchón y le dirigí una mirada desafiante.
Iba a convertirlo en mi esclavo. Y con una sonrisa lobuna, lo empujé con los pies y salté lejos de la cama y de él. Egon se quedó boquiabierto, mirándome. Sus varoniles manos seguían sobre su miembro, acariciándolo de arriba abajo. Mis ojos seguían los movimientos de sus manos.
Por fin logré ver a la perfección lo que se ocultaba debajo de esos pantalones y hacia donde llegaba el camino de vello oscuro. Llegaba directamente al Sr. Potato con aves tatuadas en su longitud.
—¿Qué haces? Vuelve aquí—siseó.
—Pruébame que eres un maldito desquiciado al tener sexo—lo reté, sabiendo que realmente me había vuelto loca—haz conmigo lo que le has hecho a tus víctimas.
Crucé los brazos por debajo de mis pechos, realzándolos más y él se relamió una vez más los labios y elevó una ceja en mi dirección.
—No sería violación porque tú estás de acuerdo—repuso, excitado y se despojó de su pantalón, liberando por completo a su miembro, quién seguía listo y erecto para mí—pero si insistes… puedo enseñarte como lo hago sin golpearte.
—¿Las golpeabas? —por un segundo me estremecí y comencé a retroceder. Él puso los ojos en blanco y avanzó a mí hasta acorralarme contra la pared. No respondió, sino que pegó su cuerpo al mío, lo suficiente para que yo sintiera su erección justo en mi abdomen.
Gemí, incapaz de pensar de manera coherente.
—Tócalo—murmuró con voz tensa—y pruébalo.
—¿Q-Qué? —tartamudeé, mirando hacia abajo, donde su pene descansaba en mi piel, deseando ser acariciado, ya que él había apartado sus manos solo para acariciar mi cintura y un glúteo.
—Tócalo y pruébalo—repitió—eres mi esclava y tienes que acatar mis órdenes.
Miré automáticamente a sus ojos y percibí malicia en ellos. Asentí con incertidumbre y con la respiración quedándome la garganta y pulmones.
Estupendo. Haría mi primera felación sin saber mucho del tema.
Tan solo pensarlo provocó un hormigueo en todo mi cuerpo. Con manos torpes y temblorosas toqué la gloria.
Alcé la vista a él para saber si así era correcto sujetarlo y Egon asintió. Mentalmente preparada, me arrodillé frente a él sujetando con fuerza al “Sr. Potato”.
Detuve una risa recordando el patético apodo y centré mi atención en lo que tenía en las manos. La punta de su pene era grande y rosácea, pero lo demás era del mismo tono bronceado de su piel y el grosor era grande.
Las aves que yacían tatuadas ahí, parecían haber desplegado más sus alas al estar erecto por completo. Tragué saliva y lo acerqué a mis labios.
—¡¿Lo harás ya?! —vociferó, enloquecido y sin darme tiempo a protestar o replicar, él me sujetó violentamente de la cabeza y embistió hacia adelante con rudeza, introduciendo salvajemente su miembro en mi boca hasta el fondo.
Bizqueé los ojos al instante que él se retiraba y volvía a arremeter dentro de mi cavidad bucal repetidas veces. ¡Dios bendito! Mi boca, y parte de mi garganta estaba siento literalmente violada. Apreté los labios y lo sujeté con fuerza, dándole a entender que no era necesario que él siguiera moviéndose, porque era momento de hacerlo yo. Aparté mi boca de su miembro solo para saborear su sabor.
—¡No hagas que vuelva a metértelo a la fuerza! —gruñó, excitado.
Sonreí ligeramente y volví a introducirlo entre mis dientes, y esta vez continué con el proceso. Adelante, atrás. Adelante, atrás. Acariciándole suavemente la base, es decir, los testículos con la otra mano libre. Adentro, afuera. Adentro, afuera. Tuve arcadas cuando intenté introducirlo más adentro y Egon gruñó con los ojos cerrados. Me acariciaba el cabello y algunas veces mi rostro.
Quise hacerle una pequeña broma y lo mordí brevemente en el glande. Lo cual hizo que reaccionara y me alejara inmediatamente de él.
— ¡Oh, Shelby! ¡No debiste! —jadeó, respirando muy agitado y me tomó de los hombros para volver a estamparme a la pared — ¡Date la vuelta, maldita sea!
Obedecí. Sentí que con su rodilla me separó las piernas y se colocó justo en el medio. Y sin avisarme, embistió dentro de mí lo que había tenido en la boca.
Me impulsé hacia arriba con la cara pegada a la pared y cerré los ojos. Me empujó violentamente a la pared a cada embestida, la cual comenzó a tornarse dura y feroz.
Dejé se sentirlo placentero cuando él deslizó sus dedos alrededor de mi cuello y comenzó a apretarlo. Tenía una mano sujetando mi garganta y la otra sujetaba mis dos muñecas contorsionadas entre sí, detrás de mi espalda.
La posición en la que me encontraba era poco cómoda y el aire se iba esfumando de mis pulmones a medida que él seguía violentando entre mis piernas.
—Egon—logré decir entre embestidas violentas—alto, espera, yo…
—¡Cállate! —sus dedos se enroscaron con más fuerza a mi cuello y yo grité. Pero él había perdido el control o la cabeza. O quizás las dos cosas.
La desesperación invadió mi cuerpo y comencé a contorsionarme con la intención de alejarme de él. Egon era mucho más fuerte que yo y me jaló hacia atrás para luego arrojarme a la cama con tal fuerza que caí de rodillas a ella, me hizo girar con violencia, quedando con el rostro vuelto hacia el techo.
Al menos ya no estaba dentro de mis piernas, por lo que aproveché el momento para intentar correr a la puerta. Yo había sido una completa idiota al decirle que me hiciera lo que les hacía a las demás chicas al violarlas y no podía quejarme. Fue mi maldita decisión. Cuando se dio cuenta de mis intenciones, me jaló del cabello, tirándome al suelo y volvió a estar sobre mí e introducirse de nuevo adentro.
Quise gritar, pero me cubrió la boca con las manos, y sentí su cuerpo moverse y su pene en mi interior.
—Querías sentir lo que les hago a mis víctimas y estoy obedeciéndote—le oí decir con voz ronca.
A medida que continuaba penetrándome, entré a un lapso de inconsciencia. Dejé de contorsionarme debajo de él y sentí una oleada de… sensaciones inexplicables e increíbles. Abrí la boca para soltar un gemido, pero los labios de Egon lo impidieron.
Gruñí, presa del deseo nuevo que había surgido en mí y comencé a mover las caderas deseando que me llenara por completo.
—¡Argh! —rugió Egon cuando le mordí con fuerza el labio inferior, el cual ya estaba lastimado desde el día anterior, pero pareció gustarle porque esbozó una sonrisa mientras su labio sangraba sobre los míos.
Probé su sangre, metálica y deliciosa. Sintiendo que mi cuerpo temblaba de placer, él deslizó ambas manos a mis pechos, trazando círculos en mi piel sensible y después comenzó a devorarlos con la boca.
Apreté los párpados con fuerza y mis manos se empuñaron en sus omoplatos mientras él provocaba un sinfín de explosiones en mi cuerpo. Solté un grito cuando sentí sus dientes alrededor de mi pezón izquierdo y el grito quedó ahogado cuando se movió con más rudeza entre mis piernas…
Nunca había experimentado un maldito orgasmo, pero por lo que en las revistas Cosmopolitan redactaban, era una sensación única y extraordinaria.
Mi entrepierna saboreaba la calidez de su pene y el líquido espeso que comenzaba a emanar de él hasta deslizarse en mi útero.
Y en ese preciso instante, sentí que mi mente, alma y consciencia abandonaban mi cuerpo y estallaba en diminutas estrellas de distintos colores, acompañado de un temblor involuntario de absolutamente todo mi cuerpo. Ahogué una exclamación al sentir como Egon sentía lo mismo que yo, solo que él se dejó caer sobre mí, no del todo, pero su respiración irregular se acopló a la mía después de salir de mi cuerpo cuidadosamente.
Su piel ardía y sus ojos estaban cerrados. Había recargado su cabeza entre mis pechos y desde el ángulo que yo me encontraba, miraba sus largas pestañas negras barrer sus mejillas al parpadear.
El sol brillaba con intensidad afuera de la habitación y nosotros habíamos compartido un orgasmo sin importarnos nada. El sudor que perlaba mi frente era incluso reconfortante. Mi cuerpo temblaba bajo el suyo, pero a la vez se sentía relajado. Una gran calma y paz nos invadió.
Egon Peitz sabía cómo hacer vibrar a una chica ingenua que apenas comenzaba a saborear los deliciosos placeres pecaminosos de la vida; pero lo mejor y peor de todo era que él era mío en ese momento y yo… sería suya para siempre.
Acaricié somnolienta el oscuro cabello de Egon y él se estremeció bajo mi tacto. Se fue deslizando a un lado y deslizó un brazo en mi cintura.
Luego besó mi abdomen con ternura. Sus ojos buscaron los míos y ambos nos estremecimos.
—Te ha gustado.
No era una pregunta. Sonreí.
—Mucho—reconocí. Extendió una mano a mi cara y depositó la palma sobre mi mejilla. Y yo apoyé mi rostro en ella, cerrando los ojos.
—No soy tan demente como dije que lo era—rio—solo quería asustarte.
Esbocé una leve sonrisa y él me la devolvió.
—¿En serio golpeabas a esas chicas? —pregunté, luego de un momento. Él asintió, no muy entusiasmado en recordarlo y contármelo—¿por qué? —presioné. Estaba consciente que nos encontrábamos completamente desnudos, pero a ese punto, todo pudor se había esfumado y me sentía bien estando en cueros ante él. Yo tenía una perfecta vista a su delicioso y glorioso cuerpo desnudo, incluso reprimí las ganas de volver a repetir lo de minutos atrás.
Me concentré en sus ojos. Él ni siquiera miró mi cuerpo como ese rato, sino que miraba pensativo algún punto lejano a mí. Quizás estaba meditando que responder a mi pregunta.
—Algunas veces sí tuve que golpearlas—respondió por fin, aspirando aire profundamente—y lo hice porque se resistían a cooperar.
—¿Querías golpearme en algún momento, es decir, me refiero a hace unos minutos? —me atreví a preguntarle y sentí como su brazo que me abrazaba se tensaba sobre mi piel. Él desvió su oscura mirada al techo, dejando de abrazarme y se frotó el rostro con ambas manos.
—Mi naturaleza es golpear, matar y dañar la libertad sexual de los demás—dijo—por lo tanto, sí. He deseado tanto golpearte que incluso confesarlo me abruma. Y no quiero que me temas, porque mi autocontrol va muy bien. Desde que te conocí, he aprendido a controlar mejor mis instintos.
—A veces tu autocontrol falla—repliqué, abrumada—por ejemplo, cuando me abofeteaste—le recordé con toda la intención.
—¡En ese tiempo estaba tan confundido! —inquirió, devastado—quería matarte, pero a la vez no podía.
—¿Y ahora? ¿Quieres matarme?
Él me miró fijamente y elevó las comisuras de sus labios en una sonrisa.
—Mataría por ti, Shelby—respondió con firmeza—jamás pondría tu vida en riesgo y mucho menos por mi culpa.
—¿Por qué?
Egon ladeó la cabeza, extrañado.
—¿Por qué matarías por mí? —repetí, más específica.
—Por la simple razón de darme algo que nadie más quiso darme.
—¿A qué te refieres?
—Me diste más de lo que nadie más me ha dado nunca. Una razón para olvidarme de mi trabajo y buscar desesperadamente un ancla en mi vida—respondió—me encanta matar, torturar y robar, pero desde que te cruzaste en mi camino, solo pienso en ti. Y es abrumador.
Me sentí feliz por sus palabras y le sonreí. Él me quería, pero no quería aceptarlo.
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