Dark Beauty - Capítulo 55
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Capítulo 55: Capítulo 55
«Shelby Cash» [PERSPECTIVA NARRADA POR ELLA]
La sensación que me embargaba en todo el cuerpo era en cierto punto, placentera y a la vez dolorosa. Egon fue bastante cuidadoso conmigo hasta que se dio cuenta que podía resistir un poco más de fuerza.
Había dejado de ser virgen a manos de un homicida y alcancé las estrellas gracias a él. Habíamos parado de hacer el amor porque Egon recibió una llamada y se vistió rápido para contestar afuera de la habitación, dejándome sola y desnuda en la cama. Pero había un minúsculo detalle que me impedía seguir recordando el momento: Ninguno de los usamos protección y había demasiadas posibilidades de quedar embarazada o quizás de… sacudí la cabeza de sólo pensarlo.
Egon era un chico sano y no tenía ninguna enfermedad, pero eso no podía tranquilizarme. Se había acostado con demasiadas mujeres que… me abracé a mí misma, obligándome a guardar la calma y no pensar en incoherencias.
Y en lo que él volvía, me apresuré a ponerme mis pantalones y mi blusa sin tomarme la molestia de usar ropa interior. Quité rápidamente las sábanas y corrí al baño a lavar la parte donde estaba la evidencia de la pérdida de mi virginidad, además aproveché a asearme también.
Coloqué la sábana a lo largo de la cortina del baño y regresé a la habitación con la esperanza de hallar a Egon de vuelta, pero no fue así. Me pegué a la puerta y a través del picaporte logré verle parte de su rostro: duro como una roca y la mandíbula apretada. Sostenía con fuerza el teléfono contra su oreja y maldecía entre dientes.
Retrocedí de inmediato al darme cuenta que se disponía a entrar y me lancé a la cama como quién no quiere la cosa. Necesitaba preguntarle sobre su estado de salud a como diera lugar. Cuando Egon entró a la habitación y me vio, juntó las cejas y guardó el teléfono en sus pantalones.
—¿Por qué estás vestida? —inquirió— ¿A dónde han ido las sábanas?
—Las he lavado—respondí, mordiendo el interior de mis mejillas—y bueno, antes de ser del todo tu esclava este día, necesito hablar sobre ciertas cosas que me tienen preocupada.
El rostro de Egon se suavizó y se arrodilló frente a mí, con los ojos más curiosos jamás vistos.
—¿De qué se trata?
—Egon, no usamos protección—comencé a decir y él esbozó una sonrisa torcida y yo parpadeé—puedo quedar embarazada.
—¿Eso te preocupa?
—¿A ti no?
—No lo había pensado—reconoció—pero no creo que suceda.
—Bueno—repuse—y la otra cosa que me tiene más tensa es que… la verdad no creo que seas un chico enfermo de alguna enfermedad contagiosa, pero dadas las circunstancias, has estado con muchas chicas y…
Él asintió, comprendiendo a lo que me refería y se sentó junto a mí. Sus ojos negros tenían diversión y yo asumí que le encontraba gracioso ver mi cara perpleja.
—Yo siempre utilizo preservativos cuando tengo sexo—dijo—jamás lo he hecho sin protección, excepto dos veces, lo cual es cómico y puedes estar tranquila.
—¿Qué? ¿Por qué? —lo miré, ceñuda.
—Porque las únicas dos mujeres con las que lo he hecho sin protección eran vírgenes.
Entonces vi su gran sonrisa ensancharse demasiado, que incluso creí que abarcaría todo su rostro. Lo miré con la boca abierta, incapaz de añadir algo al respecto.
—Tú eres una de las dos.
—¿Y quién fue la otra? —quise saber, enfadada.
—Fue la recepcionista del hotel donde te hospedaste en los días que fuiste a Austria.
Aquella sí que era una declaración fuerte.
—¿Y por qué tuviste sexo con ella? —estreché los ojos, acusándolo.
—Necesitaba saber en qué habitación estabas y esa fue la única manera.
—¿Ella te lo propuso?
—No. Yo lo hice y bueno; le di al clavo de sus deseos—arqueó las cejas. Me estremecí y apreté los labios.
—Al menos me hace sentir más tranquila—dije—pero sigo preocupada por no habernos cuidado.
—¿Acaso no existen otros métodos anticonceptivos? —me miró con cara de pocos amigos.
—Sí, pero yo no…
—¿Podrías, solo por un rato, cerrar la boca y dejarte llevar por lo que yo puedo brindarte? Conseguiré las malditas pastillas anticonceptivas, pero ya cálmate.
—Las pastillas anticonceptivas requieren receta médica.
—Deja el fatalismo a un lado, ¿okey? Me haré cargo.
Su voz era áspera y distante. Noté de pronto que sus ojos se habían dilatado y su lengua recorría sus labios al recorrer mi cuello con la mirada. Alargó sus manos y me acarició los hombros de arriba abajo, indicándome que de nuevo quería poseerme y yo no puse resistencia.
Se acercó para besarme lentamente en los labios como si me fuera a romper en mil pedazos si no era cuidadoso, pero después aceleró su paso como a mí me gustaba que lo hiciera. Se apresuró a quitarme de nuevo la ropa, pero con más ferocidad. Sus ojos estaban completamente encendidos y ni siquiera me miraba al desvestirme. Me empujó a la cama y caí de espaldas con la vista fija en todo lo que él hacía con mi ropa.
Cierto era que, quería tenerlo otra vez dentro de mí, pero, por otra parte, estaba aterrada. Su mirada peligrosa me desconcertó. Ahora que yo ya no era virgen, no iba a contenerse y temí por mi integridad personal. Pero, ¿A quién quería engañar? Me valía un cacahuate si me poseía como un loco, después de todo, lo deseaba de todas las maneras posibles.
—Abre las piernas—rugió en cuanto me quitó el pantalón y cuando volví el rostro a él, su alucinante miembro tatuado, esperaba ansioso poder introducirse en mi sensible cavidad. Jadeé y obedecí.
Como aún tenía parte de la blusa levantada hasta el inicio de mis pechos, me la quité, sintiendo su lacerante mirada sobre mí. Pero Egon solamente se había quitado la playera, los pantalones no. Gruñí, presa de la excitación que me provocaba verlo de pie frente a mí, en espera de que lo obedeciera. Palpé el colchón y le dirigí una mirada desafiante.
Iba a convertirlo en mi esclavo. Y con una sonrisa lobuna, lo empujé con los pies y salté lejos de la cama y de él. Egon se quedó boquiabierto, mirándome. Sus varoniles manos seguían sobre su miembro, acariciándolo de arriba abajo. Mis ojos seguían los movimientos de sus manos.
Por fin logré ver a la perfección lo que se ocultaba debajo de esos pantalones y hacia donde llegaba el camino de vello oscuro. Llegaba directamente al Sr. Potato con aves tatuadas en su longitud.
—¿Qué haces? Vuelve aquí—siseó.
—Pruébame que eres un maldito desquiciado al tener sexo—lo reté, sabiendo que realmente me había vuelto loca—haz conmigo lo que le has hecho a tus víctimas.
Crucé los brazos por debajo de mis pechos, realzándolos más y él se relamió una vez más los labios y elevó una ceja en mi dirección.
—No sería violación porque tú estás de acuerdo—repuso, excitado y se despojó de su pantalón, liberando por completo a su miembro, quién seguía listo y erecto para mí—pero si insistes… puedo enseñarte como lo hago sin golpearte.
—¿Las golpeabas? —por un segundo me estremecí y comencé a retroceder. Él puso los ojos en blanco y avanzó a mí hasta acorralarme contra la pared. No respondió, sino que pegó su cuerpo al mío, lo suficiente para que yo sintiera su erección justo en mi abdomen.
Gemí, incapaz de pensar de manera coherente.
—Tócalo—murmuró con voz tensa—y pruébalo.
—¿Q-Qué? —tartamudeé, mirando hacia abajo, donde su pene descansaba en mi piel, deseando ser acariciado, ya que él había apartado sus manos solo para acariciar mi cintura y un glúteo.
—Tócalo y pruébalo—repitió—eres mi esclava y tienes que acatar mis órdenes.
Miré automáticamente a sus ojos y percibí malicia en ellos. Asentí con incertidumbre y con la respiración quedándome la garganta y pulmones.
Estupendo. Haría mi primera felación sin saber mucho del tema.
Tan solo pensarlo provocó un hormigueo en todo mi cuerpo. Con manos torpes y temblorosas toqué la gloria.
Alcé la vista a él para saber si así era correcto sujetarlo y Egon asintió. Mentalmente preparada, me arrodillé frente a él sujetando con fuerza al “Sr. Potato”.
Detuve una risa recordando el patético apodo y centré mi atención en lo que tenía en las manos. La punta de su pene era grande y rosácea, pero lo demás era del mismo tono bronceado de su piel y el grosor era grande.
Las aves que yacían tatuadas ahí, parecían haber desplegado más sus alas al estar erecto por completo. Tragué saliva y lo acerqué a mis labios.
—¡¿Lo harás ya?! —vociferó, enloquecido y sin darme tiempo a protestar o replicar, él me sujetó violentamente de la cabeza y embistió hacia adelante con rudeza, introduciendo salvajemente su miembro en mi boca hasta el fondo.
Bizqueé los ojos al instante que él se retiraba y volvía a arremeter dentro de mi cavidad bucal repetidas veces. ¡Dios bendito! Mi boca, y parte de mi garganta estaba siento literalmente violada. Apreté los labios y lo sujeté con fuerza, dándole a entender que no era necesario que él siguiera moviéndose, porque era momento de hacerlo yo. Aparté mi boca de su miembro solo para saborear su sabor.
—¡No hagas que vuelva a metértelo a la fuerza! —gruñó, excitado.
Sonreí ligeramente y volví a introducirlo entre mis dientes, y esta vez continué con el proceso. Adelante, atrás. Adelante, atrás. Acariciándole suavemente la base, es decir, los testículos con la otra mano libre. Adentro, afuera. Adentro, afuera. Tuve arcadas cuando intenté introducirlo más adentro y Egon gruñó con los ojos cerrados. Me acariciaba el cabello y algunas veces mi rostro.
Quise hacerle una pequeña broma y lo mordí brevemente en el glande. Lo cual hizo que reaccionara y me alejara inmediatamente de él.
— ¡Oh, Shelby! ¡No debiste! —jadeó, respirando muy agitado y me tomó de los hombros para volver a estamparme a la pared — ¡Date la vuelta, maldita sea!
Obedecí. Sentí que con su rodilla me separó las piernas y se colocó justo en el medio. Y sin avisarme, embistió dentro de mí lo que había tenido en la boca.
Me impulsé hacia arriba con la cara pegada a la pared y cerré los ojos. Me empujó violentamente a la pared a cada embestida, la cual comenzó a tornarse dura y feroz.
Dejé se sentirlo placentero cuando él deslizó sus dedos alrededor de mi cuello y comenzó a apretarlo. Tenía una mano sujetando mi garganta y la otra sujetaba mis dos muñecas contorsionadas entre sí, detrás de mi espalda.
La posición en la que me encontraba era poco cómoda y el aire se iba esfumando de mis pulmones a medida que él seguía violentando entre mis piernas.
—Egon—logré decir entre embestidas violentas—alto, espera, yo…
—¡Cállate! —sus dedos se enroscaron con más fuerza a mi cuello y yo grité. Pero él había perdido el control o la cabeza. O quizás las dos cosas.
La desesperación invadió mi cuerpo y comencé a contorsionarme con la intención de alejarme de él. Egon era mucho más fuerte que yo y me jaló hacia atrás para luego arrojarme a la cama con tal fuerza que caí de rodillas a ella, me hizo girar con violencia, quedando con el rostro vuelto hacia el techo.
Al menos ya no estaba dentro de mis piernas, por lo que aproveché el momento para intentar correr a la puerta. Yo había sido una completa idiota al decirle que me hiciera lo que les hacía a las demás chicas al violarlas y no podía quejarme. Fue mi maldita decisión. Cuando se dio cuenta de mis intenciones, me jaló del cabello, tirándome al suelo y volvió a estar sobre mí e introducirse de nuevo adentro.
Quise gritar, pero me cubrió la boca con las manos, y sentí su cuerpo moverse y su pene en mi interior.
—Querías sentir lo que les hago a mis víctimas y estoy obedeciéndote—le oí decir con voz ronca.
A medida que continuaba penetrándome, entré a un lapso de inconsciencia. Dejé de contorsionarme debajo de él y sentí una oleada de… sensaciones inexplicables e increíbles. Abrí la boca para soltar un gemido, pero los labios de Egon lo impidieron.
Gruñí, presa del deseo nuevo que había surgido en mí y comencé a mover las caderas deseando que me llenara por completo.
—¡Argh! —rugió Egon cuando le mordí con fuerza el labio inferior, el cual ya estaba lastimado desde el día anterior, pero pareció gustarle porque esbozó una sonrisa mientras su labio sangraba sobre los míos.
Probé su sangre, metálica y deliciosa. Sintiendo que mi cuerpo temblaba de placer, él deslizó ambas manos a mis pechos, trazando círculos en mi piel sensible y después comenzó a devorarlos con la boca.
Apreté los párpados con fuerza y mis manos se empuñaron en sus omoplatos mientras él provocaba un sinfín de explosiones en mi cuerpo. Solté un grito cuando sentí sus dientes alrededor de mi pezón izquierdo y el grito quedó ahogado cuando se movió con más rudeza entre mis piernas…
Nunca había experimentado un maldito orgasmo, pero por lo que en las revistas Cosmopolitan redactaban, era una sensación única y extraordinaria.
Mi entrepierna saboreaba la calidez de su pene y el líquido espeso que comenzaba a emanar de él hasta deslizarse en mi útero.
Y en ese preciso instante, sentí que mi mente, alma y consciencia abandonaban mi cuerpo y estallaba en diminutas estrellas de distintos colores, acompañado de un temblor involuntario de absolutamente todo mi cuerpo. Ahogué una exclamación al sentir como Egon sentía lo mismo que yo, solo que él se dejó caer sobre mí, no del todo, pero su respiración irregular se acopló a la mía después de salir de mi cuerpo cuidadosamente.
Su piel ardía y sus ojos estaban cerrados. Había recargado su cabeza entre mis pechos y desde el ángulo que yo me encontraba, miraba sus largas pestañas negras barrer sus mejillas al parpadear.
El sol brillaba con intensidad afuera de la habitación y nosotros habíamos compartido un orgasmo sin importarnos nada. El sudor que perlaba mi frente era incluso reconfortante. Mi cuerpo temblaba bajo el suyo, pero a la vez se sentía relajado. Una gran calma y paz nos invadió.
Egon Peitz sabía cómo hacer vibrar a una chica ingenua que apenas comenzaba a saborear los deliciosos placeres pecaminosos de la vida; pero lo mejor y peor de todo era que él era mío en ese momento y yo… sería suya para siempre.
Acaricié somnolienta el oscuro cabello de Egon y él se estremeció bajo mi tacto. Se fue deslizando a un lado y deslizó un brazo en mi cintura.
Luego besó mi abdomen con ternura. Sus ojos buscaron los míos y ambos nos estremecimos.
—Te ha gustado.
No era una pregunta. Sonreí.
—Mucho—reconocí. Extendió una mano a mi cara y depositó la palma sobre mi mejilla. Y yo apoyé mi rostro en ella, cerrando los ojos.
—No soy tan demente como dije que lo era—rio—solo quería asustarte.
Esbocé una leve sonrisa y él me la devolvió.
—¿En serio golpeabas a esas chicas? —pregunté, luego de un momento. Él asintió, no muy entusiasmado en recordarlo y contármelo—¿por qué? —presioné. Estaba consciente que nos encontrábamos completamente desnudos, pero a ese punto, todo pudor se había esfumado y me sentía bien estando en cueros ante él. Yo tenía una perfecta vista a su delicioso y glorioso cuerpo desnudo, incluso reprimí las ganas de volver a repetir lo de minutos atrás.
Me concentré en sus ojos. Él ni siquiera miró mi cuerpo como ese rato, sino que miraba pensativo algún punto lejano a mí. Quizás estaba meditando que responder a mi pregunta.
—Algunas veces sí tuve que golpearlas—respondió por fin, aspirando aire profundamente—y lo hice porque se resistían a cooperar.
—¿Querías golpearme en algún momento, es decir, me refiero a hace unos minutos? —me atreví a preguntarle y sentí como su brazo que me abrazaba se tensaba sobre mi piel. Él desvió su oscura mirada al techo, dejando de abrazarme y se frotó el rostro con ambas manos.
—Mi naturaleza es golpear, matar y dañar la libertad sexual de los demás—dijo—por lo tanto, sí. He deseado tanto golpearte que incluso confesarlo me abruma. Y no quiero que me temas, porque mi autocontrol va muy bien. Desde que te conocí, he aprendido a controlar mejor mis instintos.
—A veces tu autocontrol falla—repliqué, abrumada—por ejemplo, cuando me abofeteaste—le recordé con toda la intención.
—¡En ese tiempo estaba tan confundido! —inquirió, devastado—quería matarte, pero a la vez no podía.
—¿Y ahora? ¿Quieres matarme?
Él me miró fijamente y elevó las comisuras de sus labios en una sonrisa.
—Mataría por ti, Shelby—respondió con firmeza—jamás pondría tu vida en riesgo y mucho menos por mi culpa.
—¿Por qué?
Egon ladeó la cabeza, extrañado.
—¿Por qué matarías por mí? —repetí, más específica.
—Por la simple razón de darme algo que nadie más quiso darme.
—¿A qué te refieres?
—Me diste más de lo que nadie más me ha dado nunca. Una razón para olvidarme de mi trabajo y buscar desesperadamente un ancla en mi vida—respondió—me encanta matar, torturar y robar, pero desde que te cruzaste en mi camino, solo pienso en ti. Y es abrumador.
Me sentí feliz por sus palabras y le sonreí. Él me quería, pero no quería aceptarlo.
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