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Dark Beauty - Capítulo 67

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Capítulo 67: Capítulo 67

Egon asintió y dejó que Shelby le borrara las lágrimas a besos. Se dejó mimar por ella y ambos se tumbaron en la cama.

—¿Qué fue lo que realmente le pasó a Martha? —preguntó ella con cautela. Le dolía saber que jamás volvería a ver a esa anciana simpática nunca más. Y Egon se estremeció con la mirada perdida. Su rostro maltratado se ensombreció.

—Veníamos de regreso y nos interceptaron tres camionetas negras, obstruyéndonos el paso. Acabábamos de encaminarnos hacia acá, pero nos encontraron y eran muchos bastardos completamente armados. Ni siquiera me dio tiempo de retroceder porque ya nos estaban apuntando francotiradores desde las camionetas.

Explicó con los puños cerrados y su respiración se volvió dificultosa.

—El caso es, que nos rodearon y nos obligaron a bajar del Jetta bajo amenaza y obedecimos—suspiró—miré como Martha sacó el arma de su cintura y comenzaba a disparar genuinamente hacia todos, dándoles en la cabeza a la mayoría y pensé que teníamos una oportunidad, por lo que Austin y yo comenzamos a pelear cuerpo a cuerpo con ellos. Íbamos ganando, pero luego se unió una cuarta camioneta y de ella salieron otro sinfín de hombres armados que dispararon en dirección a Martha, cuando me di cuenta de lo que pasaba, corrí a ella, pero un estúpido me tecleó por detrás y caí aturdido. Miré todo negro por unos segundos, y tras recuperar los sentidos, divisé a Martha en manos de tres hombres, a los que alguna vez consideré buena compañía y me sonrieron al tiempo que la estampaban al suelo con dureza y ella me miraba horrorizada.

Shelby escuchaba asustada el relato de Egon y deseó poder evitar esa tragedia.

—La verdad es que todo pasó tan rápido que aún sigo desconcertado—continuó diciendo él, abatido—Martha nos gritó a Austin y a mí y cuando volvimos el rostro a ella, uno de los hombres le pateó la cara con brusquedad y yo gruñí encolerizado y me le fui encima a los sujetos; en eso Martha escupió sangre y me dijo con total calma: “TIENEN QUE SALIR DE AQUÍ, AHORA. NO IMPORTA LO QUE PASA, VÁYANSE” la miré con perplejidad y nos quedamos estáticos. Al igual los francotiradores, fruncieron el ceño sin entender. Entonces Martha logró liberar una mano y de su pecho sacó una granada. Por supuesto que todos retrocedieron, excepto yo. Quería salvarla, no quería que muriera.

Cerró los ojos con fuerza y siseó palabras en alemán que Shelby no pudo entender.

—No fue tu culpa…

—¡Sí lo fue! Ella fue lo suficiente valiente para lanzar la granada y sacrificarse por nosotros. Por mí—rugió—Austin fue el que condujo porque yo estaba paralizado. Explotaron tres camionetas y por poco nosotros también, pero el chico se las ingenió para sacarnos a toda velocidad de ahí.

—La culpa lo tiene el bastardo de tu ex jefe, Martha solamente salvó sus vidas. Tú no tuviste nada que ver—le recordó Shelby.

—No lo entiendes, ¿verdad? —la miró, herido—ella era lo más cercano a una madre y abuela que he tenido en tanto tiempo.

Shelby se mordió los labios y lo atrajo hacia su pecho donde el recargó su mejilla y sollozó entre temblores corporales, pero ella no dejó de abrazarlo y de susurrarle que todo estaba bien.

Mientras tanto, en la siguiente habitación, Gabbe había recuperado la consciencia y forcejeaba en el suelo tratando de liberarse de las ataduras que Austin y Thomas le habían proporcionado.

Incluso su boca estaba tapada con casi toda la cinta adhesiva y un calcetín sucio que Austin le metió adentro de su cavidad bucal solo para joderlo. Los ojos azules de Gabbe estaban muy abiertos y lanzaba gruñidos inaudibles.

—Te dije que Egon era un chico de cuidado—se burló Thomas, bebiéndose un poco de cerveza que había encontrado oculto en las cosas que Austin había llevado y Gabbe puso los ojos en blanco.

—Déjalo de molestar—le espetó Austin con los ojos en llamas—este bastado tiene suerte que Egon no me haya dado la orden de descuartizarlo en pequeños pedazos y dárselos a los perros.

Entonces Gabbe se contorsionó lo más que pudo y movió la mandíbula con demasiada fuerza de arriba abajo sin despegarle la mirada fría de encima al par de chicos. Fue tanta la agilidad con la que movió las mandíbulas que logró despegarse la cinta adhesiva y escupir el calcetín sucio a los pies de Thomas.

—¡Suéltenme! No quiero hacerles daño—amenazó con ira. Se retorció todo lo que pudo, pero fue imposible. Austin rio. Su rostro ya estaba limpio al igual que el resto de su ropa, se había limpiado y cambiado de ropa mientras miraba al chico. Y Thomas arqueó las cejas.

—¿Por qué quieres llevarte a Shelby? —interrogó Austin—si contestas con la verdad, te dejaremos ir.

—Sé que mienten, pero de todas maneras voy a decírselos—replicó Gabbe con aburrimiento—el padre de Shelby me envió por ella y yo solo recibo órdenes.

—¿El padre de Shelby? —preguntó Austin ceñudo y miró a Thomas, y este se encogió de hombros, perplejo.

—Sí, el padre de Shelby—canturreó Gabriel, orgulloso—Dorian Tyler, el mejor narcotraficante de Norteamérica.

La mandíbula inferior de Austin se desencajó de su cara por la sorpresa. Sus ojos verdes demostraron temor al ver a Gabbe, y Thomas chasqueó la lengua sin saber a qué se debía su reacción.

—Y ese idiota con el que están felizmente enmendando amistad, Egon Peitz—replicó con amargura el desconocido—trabaja para Marlon Blake, el enemigo del padre de Shelby.

—Ya sabemos para quién trabajaba Egon—repuso Austin a la defensiva—pero ya renunció y es por eso que quieren matarlo.

—¿Van a dejar que vengan por él y de paso los maten a todos ustedes? —siseó el chico de ojos azules, molesto y el par de jóvenes se quedó en silencio, meditando lo que acababa de decir, lo cual era cierto—yo solo quiero llevar a Shelby con su padre. No voy a permitir que le hagan daño—advirtió—vine a llevármela y no me iré de aquí sin ella.

—¿Trabajas para Dorian Tyler? —interrogó el gemelo.

—Sí.

—Eso no hará que te dejemos libre y te lleves a la novia de nuestro amigo—bufó Thomas, enfadado.

—¡Su padre la quiere de vuelta! No me la quiero llevar por mi cuenta, es mi maldito trabajo.

—El que tiene la última palabra aquí es Egon—afirmó Austin con irritabilidad—y puedes hacer diferentes trucos para escapar, pero mi arma estará encantada de meterte una bala en la cabeza o en uno de tus ojos azules mezquinos.

—Quiero hablar con el “líder”—Gabriel hizo una mueca de ironía—díganle que venga porque es urgente.

—¿Por qué crees que te vamos a obedecer?

—Porque si no lo hacen, en poco tiempo este lugar estará rodeado de hombres que trabajan para Tyler y no tendrán salida—esbozó una sonrisa—ya se dirigen hacia acá. Y no tendrán modo alguno de escapar.

—¿Acaso piensas ayudarnos o qué?

—No tengo motivo para matarlos—se encogió de hombros—además al que quiere muerto mi jefe es a Egon, no a ustedes.

—Supongo que no te has dado cuenta, niño bonito—carraspeó Austin—somos una familia y si matas a Egon, nos matas a todos.

—Bueno, los mataré a todos—repuso Gabbe, con los ojos en blanco—ahora díganle que quiero hablar con él.

—Tal vez deberíamos hacer lo que dice—aconsejó Thomas.

—Entonces ve y trae a Egon.

—Sin la chica—pidió Gabbe—ella no debe enterarse de nada.

—¿Por qué no?

—Porque su padre no quiere que se entere a lo que se dedica—gruñó en respuesta. Sin embargo, Thomas ya se encontraba saliendo al pasillo en busca de Egon y Austin tomó asiento frente a Gabbe— ¿puedo preguntarte algo? —el forastero se acomodó frente a él y Austin hizo una mueca.

—Si tu pregunta es estúpida, lo lamentarás.

—¿Por qué estás triste?

Los ojos de Austin se entornaron en su dirección y lo fulminó con odio.

—¿Qué te hace pensar que estoy triste?

—Oh, vamos. No sabes mentir—se burló Gabbe y se puso serio al instante—tu mirada sombría delata que estás muy triste y angustiado. Lo noté desde que te vi.

—No me interesan tus sermones psicológicos—espetó molesto, pero algo dentro de él se derrumbó.

—No es psicología, pero cualquier persona que pone atención a los pequeños detalles, se da cuenta que estás herido por dentro al igual que Egon Peitz—sentenció.

Austin lo miró furtivamente con incertidumbre. ¿Cómo era que ese sujeto se había dado cuenta de muchas cosas en solo una hora y media de haberlos conocido? Aguardaron unos minutos más hasta que Egon ingresó a la estancia con una pierna cojeando.

El choque de miradas entre Egon y Gabbe fueron como dos estrellas chocando entre sí. Negro contra azul eléctrico. Perfecta combinación para una explosión devastadora.

La mandíbula de Egon estaba tensa y cerró la puerta de un golpe. Thomas no regresó con él, quizás optó por quedarse con Shelby, lo cual era perfecto. Austin se levantó como un resorte y puso al tanto a Egon de lo que había pasado en voz muy baja.

Mientras que, Gabbe miraba la caminata de una hormiga a lo largo de su pierna con aburrimiento.

—¿Qué? —espetó Egon y se volvieron ambos hacia el chico, quién postró sus ojos azules en ellos— ¿cómo que Shelby es hija de Dorian Tyler?

Gabbe asintió, esbozando una sonrisa.

—Y yo trabajo para él y tengo órdenes de llevarla a casa.

—Ahora entiendo de donde te conocía, imbécil.

—Insúltame lo que quieras, pero Shelby Cash se irá conmigo antes de que comiencen a venir mis refuerzos y como le dije anteriormente tus dos amigos; si hacen lo que yo les digo, podrán escapar—dijo y su mirada se tornó más fría—excepto tú, Egon. Tyler te quiere muerto, pero no seré yo quién te asesine.

Egon le regaló una sonrisa torcida y negó con la cabeza, pero el gesto se esfumó al tiempo que se le iba encima a Gabbe, embistiéndolo a la pared y sujetándole el cuello con fuerza. El chico juntó las cejas, sosteniéndole la mirada sin ningún miedo, a pesar de que Egon amenazaba con partirle la tráquea.

—Eres muy valiente o eres muy idiota para no tenerme miedo—comentó el joven austríaco, y deslizó una mano hacia su pantalón de dónde sacó el subfusil de Gabbe y se la colocó debajo de la barbilla—si jalo del gatillo, tu vida se irá al carajo y seguiré con la mía.

—Hazlo. No me asusta morir—lo instó—pero tendrás una muerte peor que la mía.

—El padre de Shelby podrá ser el mejor narcotraficante del mundo y tú su mejor hombre; pero yo soy el mejor homicida de todo Europa y Asia, lo cual hace que sea mucho mejor todo, ¿no? Y, además, su hija está locamente enamorada de mí y haría cualquier cosa para defenderme; incluso morir en mi lugar.

—Créeme que lo sé. Ella te mira como si fueras quién enciende las estrellas del cielo cada noche, pero no eres más que un idiota sádico, psicópata y asesino.

—¿Y acaso no eres un asesino también tú? —le frotó la boquilla en la piel y Gabbe alzó más la barbilla.

—Lo soy—reconoció—pero me siento mal por ello. No estoy loco y lo he hecho por necesidad, y no voy a contarte mi vida. Solo deja que me lleve a la chica y te ayudaré a escapar sin ningún rasguño.

—No me voy a creer tu cuento—se preparó para dispararle por debajo de la mandíbula. Y de pronto, el sonido de muchos neumáticos derrapando los sobresaltó y Egon vio como Gabbe sonreía.

—Ya ha llegado mis refuerzos. Ríndete o mátame, pero de igual manera se llevarán a Shelby.

Egon masculló algo en alemán, claramente irritado y se levantó del suelo. Sin dejar de apuntarle, miró a Austin y este entornó los ojos.

—Trae a Shelby y a Thomas. Nos vamos ahora.

Austin salió como alma que lleva el diablo de ahí y Egon sujetó a Gabbe del cuello para ponerlo de pie. A pesar de estar lastimado, el joven austríaco tenía fuerzas para tener una pelea más, de ser necesario.

—Sé que no solamente te busca mi gente—comenzó a decir Gabbe, destrozando los nervios de Egon—sé que te busca la gente de tu jefe y te quiere muerto también. Tienes muchos enemigos, Peitz; así que deja que te ayude a escapar, siempre y cuando dejes a Shelby irse conmigo—los ojos de Egon se oscurecieron y golpeó la pared con el puño—a ella la van a matar si sigue a tu lado, ¿acaso quieres que muera por tu culpa?

—¡No!

—Entonces piénsalo. Yo puedo protegerla y entregársela a su propio padre sana y salva.

—No puedo confiar en ti.

—No te pido que lo hagas. Solo déjame salvar a tu novia y a la hija de mi jefe.

—¿Por qué debería creer que vas a ayudarme a escapar de aquí?

Numerosos disparos se escucharon fuera del hotel y Egon se estremeció. No tenía la suficiente fuerza para pelear con muchos hombres ese día.

—Te doy mi palabra de hombre a hombre—afirmó con seriedad el estúpido bastardo de ojos azules. Egon acercó su rostro al suyo con fiereza.

—Hecho, pero con una condición—aceptó, con los dientes apretados.

—¿Cuál?

—Promete que no la vas a tocar o a envenenarle la cabeza con estupideces sobre mí, ya que, si eso llega a pasar, te buscaré y te mataré.

—¿Tienes miedo de que ella pueda enamorarse de mí y se olvide de ti para siempre? —arqueó una ceja.

—Cállate. Ella me ama y jamás me cambiaría por alguien como tú, tan insignificante.

—Vaya, pensé que eras muy seguro de ti mismo…

Egon gruñó y estampó su puño en la mandíbula de Gabbe, tirándolo de nuevo al suelo. El chico de ojos azules rio y se lamió la sangre que había brotado de su labio inferior.

—No será culpa mía si se enamora de mí, pero te doy mi palabra que no intentaré nada.

—No hagas que te asesine—masculló Egon—ahora ayúdame a salir de aquí.

En eso, Shelby, Austin y Thomas entraron corriendo con el rostro horrorizado. Ella miró a Gabbe y él la miró a su vez. Su rostro se transformó y sus ojos azules le sonrieron. Shelby hizo una mueca y se le abalanzó a Egon.

—¿Qué sucede? Hay muchos sujetos allá afuera.

—Tienes que irte con él—dijo Egon, señalando a Gabbe y tanto ella y los otros dos chicos entornaron los ojos—no hay tiempo que perder, vete con él, Puppy.

—¿Qué? —frunció el ceño, desconcertada.

—Austin, Thomas—dijo Egon con voz áspera—libérenlo y váyanse con él.

—¿Qué demonios…? —espetó Austin.

—¿Qué pretendes…? —susurró Thomas.

—¡Obedezcan! —vociferó y se apresuraron a desatarlo. Mientras que Shelby miraba sin entender, directo a sus ojos.

—¿Qué pasa, Egon? Por favor.

—Tienes que irte con él, mi bella dama—le acarició la mejilla con ternura—es lo correcto.

—¿Por qué? Somos una familia, ¿lo olvidas? —a ella se le formó un nudo en la garganta. ¿Acaso se estaba despidiendo?

—Por eso mismo quiero que te vayas con él y también te lleves a Austin y a Thomas—murmuró—si se quedan conmigo, morirán. A mí me quieren muerto muchas personas y no voy a dejar que ustedes mueran por mí, tal como le ocurrió a Martha.

—Estás demente si piensas que te dejaré solo. Dijiste que querías vivir conmigo siempre, lo dijiste…

—Y así será, pero ahora debes irte con él—señaló a Gabbe quién se frotaba las muñecas y se incorporaba del suelo.

—¡No! —se soltó enfadada de sus brazos y se apartó de todos.

—¿Qué está pasando, Egon? —inquirió Austin, molesto. De pronto, unos pasos corriendo por el pasillo se hicieron presentes y Egon palideció. Gabbe apretó los labios, consternado.

—Es hora de que te vayas, Peitz—le informó Gabbe—yo los detendré por un momento.

Dicho eso, salió de la habitación y Egon tragó saliva.

—Voy a volver por ti. Me encargaré de Marlon primero y después te buscaré, ¿está bien? —se acercó a ella y la abrazó. Ella soltó un sollozo.

—¡Yo voy contigo! —gritó Austin.

—Yo también—agregó Thomas.

—No. Nadie vendrá esta vez—gruñó y acarició el cabello de Shelby—ustedes se quedarán a cuidar de ella en mi ausencia.

—¡No, Egon! ¡No! —gimoteó ella como niña pequeña—dejé todo por ti, no me hagas esto.

—¿Me amas, Shelby? —acunó su rostro entre sus manos. Ella asintió con los ojos llenos de lágrimas—entonces haz lo que te digo. Voy a volver por ti, lo prometo—se inclinó a ella y la besó fugazmente—y recuerda que yo siempre cumplo mis promesas—fue un momento hermoso y triste. Cuando Egon se apartó de ella, Austin se encontraba mirándolo furioso—volveré. Lo prometo—repitió, y se apresuró a coger su mochila—te amo, Puppy—y de una patada rompió el cristal de la ventana y se agazapó al barandal.

Estaban en el segundo piso y mirando una vez más a Shelby, se lanzó hacia abajo. Ella apenas estuvo consciente de lo que pasó, ya que Austin la miró con pena y miró a Thomas a modo de disculpa y cogiendo también su mochila, se lanzó detrás de Egon.

Thomas gritó y corrió a detenerlo, pero fue demasiado tarde. Austin iba corriendo detrás de Egon al otro lado de la calle. Y muchos hombres armados irrumpieron la habitación y entre ellos estaba Gabbe, quien encabezaba a la multitud. Se acercó a Shelby y la abrazó fuertemente.

—Todo está bien. Vas a ir a casa.

—No tengo casa. Solo tengo mi corazón hecho pedazos por tu culpa—lo empujó lejos y se aferró al pecho de Thomas, quién la rodeó con sus brazos, fulminando a Gabbe con desprecio.

—Llévenlos a la camioneta—ordenó Gabbe—los alcanzaré en un momento.

Los hombres armados condujeron a los dos chicos al pasillo mientras que Gabbe se asomaba a la ventana rota con interés. Divisó a lo lejos dos siluetas mirándolo desde el otro lado de la calle. Egon y Austin.

Percibió en los ojos negros de Egon muchísima ira, rabia, desconcierto y preocupación, pero más que nada, tristeza. Gabbe les hizo señas de que aguardan un momento y comenzó a buscar entre las cosas que habían quedado, algún papel y plumón para escribir un cartel.

Lo único que encontró fue una libreta y un bolígrafo. Se apresuró a escribir un mensaje con letras repintadas y volvió a la ventana, donde lo esperaban. Sostuvo la hoja a la altura del pecho y Egon asintió al leer su mensaje y echó a correr con Austin entre los edificios.

El mensaje decía:

Ella estará bien. Escóndete lo mejor posible. Despistaré al padre de Shelby.

Egon sintió un poco de extrañeza para con ese chico. ¿Por qué lo estaba ayudando? Estaba loco si pensaba que Shelby iba a olvidarlo y se enamoraría de él sin conocerlo. Ella era una chica de un solo amor y él tenía la dicha de ser ese amor de su vida.

Shelby entró junto con Thomas a una de las camionetas que les indicó uno de los sujetos y esperó sentada en el interior con los ojos puestos en la calle, en busca de Egon.

Sintió que el corazón se comprimía dentro su pecho y sangraba a borbotones. Miró con desprecio a Gabbe mientras se acercaba a donde ellos estaban y cuando se deslizó al asiento de adelante, ella le volteó el rostro cuando él atrapó su mirada.

—¿Por qué demonios Egon nos ordenó venir contigo? —preguntó ella con rabia. La camioneta se puso en marcha y Shelby vio por última vez el Jetta de Egon y el Tsuru de Martha aparcados en el hotel.

—Tengo que llevarte a casa—respondió Gabbe, haciéndole señas a otros sujetos para marcharse lo antes posible. El chico no conduciría, sino uno de los hombres armados.

—¿Mi mamá te contrató para venir a buscarme? —se sorprendió ante la idea.

—Algo así. Lo importante es que estás a salvo—hizo una mueca y se acomodó en el asiento, mirando al frente.

—Ahora entiendo todo. Fue una maldita trampa—gruñó, encolerizada.

Thomas había tenido razón desde un principio de no confiar en él. Pero la estupidez ya estaba hecha. No había vuelta atrás, juntó las cejas y suspiró, pensando en Egon y en Austin. Y por supuesto, también en Martha.

Sin embargo, Thomas yacía mirando por el cristal oscuro las calles y sujetando a Shelby de la mano con ternura y protección. Todo era tan confuso. Tan estúpido. Tan desagradable. La idea de no ver a Egon le angustiaba. No quería perderlo. No a él.

Al fin había encontrado un verdadero motivo para olvidar por completo su instinto suicida…

Distraída, mientras sus ojos miraban los edificios y casas de la ciudad de Boston, comenzó a frotarse las cicatrices de las muñecas en las que semanas atrás se había cortado y sintió un ligero ardor y dolor en esa área, pero no le importó, incluso ese malestar ocultaba lo que su corazón sentía en ese preciso momento.

—No lo hagas—dijo su amigo, mirándola con desdén y le apretó la mano para que no siguiera lastimándose—Martha también me contó el accidente y al fin supe por qué faltaste más de una semana a clases. Por favor, no lo hagas más.

—Es inevitable no hacerlo. Yo necesito concentrarme en otra cosa que no sea Egon, no puedo estar sin hacer nada.

—Lastimándote a ti misma no solucionas nada.

—Tal vez no, pero calma mi dolor interno.

Su amigo arrugó el entrecejo y la abrazó con fuerza, teniendo una de las manos de Shelby bajo la suya, evitando que continuara hiriéndose.

Y lo que ninguno de ellos se dio cuenta era que, Gabbe, los observaba a través del espejo retrovisor. Sus ojos azules como el cielo, pero con un toque eléctrico, y miraban fijamente a la chica de ojos mieles cristalizados por las lágrimas que él mismo había provocado, con fascinación y que se hallaba en los brazos de un chico con gafas y ojos verdes, quién tenía mejor suerte que él.

Apretó los labios y decidió mandarle un mensaje de texto a Dorian Tyler sobre los hechos.

“Sr. Tyler. Su hija ya está conmigo sana y salva. Egon Peitz escapó antes de que pudiéramos atraparlo.”

Guardó el teléfono en su chaqueta y recargó la cabeza en el respaldo, cerró los ojos sin dejar de escuchar la respiración de Shelby Cash, que poco a poco iba disminuyendo y a desacelerarse.

Era solo cuestión de tiempo para que esa chica olvidara a ese idiota y viviera la vida normal que se merecía. Él ya sospechaba que ella sufría de algún tipo de trastorno o problema que la había orillado a refugiarse en brazos de un homicida demente. Pero se sorprendió enterarse que la chica sufría instintos suicidas, y que su jefe ni siquiera se le ocurrió contárselo para tener un poco más de paciencia con ella, ya que bien pudo haberse suicidado con tal de que no dañaran a su querido novio asesino.

La idea le perturbó y continuó con los ojos cerrados. Pese a saber que ella amaba locamente a ese sujeto demoníaco, Gabbe tenía la corazonada de hacerla cambiar de parecer para que se diera cuenta que no encajaba en ese mundo lleno de sangre, muerte y tortura.

Gabriel McCall no la conocía en lo absoluto, pero le resultaba muy guapa y dulce. A pesar de ser hija de su jefe, nada le impedía ser caballeroso y atento con ella. Además, le había dado su palabra a Peitz de no enamorarla, aunque, a decir verdad, era imposible no querer gustarle a esa chica de mirada triste y alma desamparada.

Le recordaba con vaguedad a su propia infancia, en el que era totalmente ignorante con respecto al trabajo de su padre y al final de cuentas, resultó trabajar para el mismo jefe narcotraficante al que su progenitor le sirvió durante quince años. Salió de sus pensamientos al sentir la vibración del teléfono en su pecho.

Abrió los ojos y leyó el mensaje de texto que Tyler le había enviado.

“Buen trabajo, Gabbe. Ahora dirígete a donde te indiqué hace unas horas. Shelby tiene que seguir pensando que yo no tengo nada que ver. EGON PEITZ no puede ir muy lejos, ahora no te preocupes por él. Lleva a mi hija a salvo, por cierto, ¿Ella está sola o tiene a alguien más consigo?”

A lo que enseguida el chico respondió:

“Está con un chico, dice ser su amigo. Es inofensivo y creo que es homosexual, pero se ve que quiere mucho a su hija. ¿Qué hago con él, señor? ¿Lo mato?”

Dorian Tyler tardó unos minutos en responder.

“No. No lo mates. Shelby necesita compañía en el sitio donde vas a llevarla. Mantenlo vigilado, eso es todo. Me comunicaré contigo en un par de horas.”

Gabbe arqueó las cejas y volvió a guardar el artefacto en su chaqueta. Retomó la misma posición y cerró los ojos.

El que conducía ya sabía a donde tenían que ir: Atlanta. Y ya llevaban una hora de camino, y para llegar a su destino, eran casi diecisiete horas.

—¿A dónde nos llevan? —la pregunta que hizo Shelby de repente hizo que Gabbe abriera los ojos, desorientado.

—Atlanta—respondió el que conducía con voz dura.

Thomas entornó los ojos y miró a las demás camionetas por encima del hombro, que iban escoltándolos.

—¿Qué? ¿Atlanta? No, yo quiero ir a casa con mi madre. Déjame llamarle—Shelby se inclinó hacia adelante y lo sujetó del hombro con mucha fuerza. Gabbe le palmeó la mano y ella se apartó rápidamente.

—No. Tengo órdenes exactas de llevarte a Atlanta con tu amigo. Allá podrás comunicarte con ella.

—¿Por qué Egon te confió nuestras vidas? —inquirió ella, con desasosiego.

—Hablamos sobre el asunto de tu seguridad y llegamos a un acuerdo—respondió él, sin querer entrar en detalles, ya que el sujeto que conducía estaba muy atento—escapó antes de que yo pudiera apresarlo, y al menos en lo que pudimos hablar, le dije que no saldrías herida con todo esto.

Shelby iba a replicar, pero Thomas le envió una mirada de “cállate, no es el momento de hablar” y después señaló al que conducía con la barbilla.

Ella comprendió y cerró la boca. Miró a todos lados y de pronto sus ojos se encontraron con los de Gabbe y bajó la vista enseguida. Dos horas después, cuando ya se hallaban en plena carretera libre, Gabbe se revolvió incómodo en su asiento.

Y notó que Shelby se mordía los labios, deseosa de hablar. Pero no podía porque no estaban solos.

—Derek, amigo—dijo Gabbe, acaparando la atención de todos, incluso el sujeto volteó a verlo— ¿por qué no dejas que yo conduzca y te vas en otra camioneta? Es decir, necesito hablar con ellos sobre lo que tú ya sabes que me ordenaron.

—No sé si sea buena idea, puede que su novio homicida lo haya planeado e intenten matarte. Lo mejor es que yo siga aquí, conduciendo y viendo que todo esté bajo control.

Gabbe miró de hito en hito a Thomas y a Shelby y les guiñó un ojo, dejándolos perplejos.

—Derek, se supone que yo encabezo esta misión. Y puedo llamarle a nuestro jefe y contarle que no quieres obedecerme.

—Solo estoy protegiéndote, hijo.

—No lo hagas, puedo yo solo. Además, estrellaré esta camioneta si ellos intentan algo, ya sabes mi lema: “Si he de irme al infierno, los llevo conmigo”.

Aquellas palabras hicieron sonreír al sujeto y suspirando, asintió. Comenzó a reducir la velocidad y a orillarse en la carretera.

Las demás camionetas hicieron lo mismo y tanto Derek y Gabbe, descendieron del vehículo para hablar con los demás. Shelby miró preocupada a Thomas.

—¿Qué crees que planea hacer con nosotros? —susurró ella.

—Lamentablemente no tengo idea, pero yo estoy aquí contigo y tendrá que pasar primero por mi cadáver antes de hacerte daño—gruñó y se acomodó los lentes. Sus ojos verdes estaban fijos en la espalda de Gabbe.

Shelby aplastó su mejilla en el pecho de su amigo y él la cubrió con sus brazos todo el rato que Gabbe hablaba con los otros sujetos.

Ella se atrevió a echar un vistazo después de quince minutos de espera y se percató que Gabbe discutía con todos esos hombres, pero el chico de ojos azules en ningún momento titubeó o se doblegó.

Y cuando pensaba que continuarían parloteando, Gabbe negó con la cabeza y se dio la vuelta precipitadamente en dirección a ellos, alzó una mano y la sacudió de un lado a otro. En sus labios había una sonrisa traviesa y maliciosa. Lo observaron subirse al asiento detrás del volante con agilidad. Se abrochó el cinturón y puso en marcha la camioneta sin esperar a los demás.

—¿Se puede saber qué es lo que has hecho? —preguntó Thomas.

—Ahora ya podemos hablar con calma—agregó Gabbe, relajándose en el asiento. La manera en la que conducía la camioneta, era similar a la de Egon. Ambos se relajaban en sus asientos sin despegar el pie del acelerador.

—¿Sobre qué? —siseó con rabia. Shelby seguía demasiado molesta como para hablarle educadamente.

—Egon y yo hicimos un trato—comenzó a decir, dejándola más perpleja. Thomas juntó las cejas con indignación—me pidió que lo ayudara a escapar, pero con la condición de cuidarte. Como a él también lo buscan otras personas, no podía llevarte consigo, por lo que aceptó dejar que vinieras conmigo porque, seamos sinceros, yo puedo cuidarte mejor que él.

Se rio de su propio chiste, sabiendo que a ninguno de ellos le haría gracia. Shelby solo le dirigió una gélida mirada por medio del retrovisor y él ensanchó su sonrisa.

—Me da la impresión que conoces a Egon.

—Conocerlo no, pero ya lo había visto con anterioridad—dijo y se puso serio.

—¿En dónde? —una chispa de curiosidad se plasmó en el rostro de Shelby.

—Solo lo he visto y ya—carraspeó entre dientes y se quedó en silencio.

—Eres un tipo…

—… ¿raro? ¿comprensivo? ¿guapo? —la interrumpió, volviendo a sonreír. Thomas puso los ojos en blanco y se acomodó para echarse a dormir. El sol estaba en su mejor punto y de no ser por el aire acondicionado y los cristales oscuros, se hubieran asado. Shelby bufó y se cruzó de brazos.

—Eres parecido a Egon—observó ella.

—No soy parecido a él—se defendió Gabriel, un tanto molesto—yo no estoy loco. No me da placer matar personas.

—¿Qué sabes tú de eso? —le espetó.

—Deberíamos poner la radio—cambió de tema abruptamente y la encendió.

Manipuló el estéreo hasta que la dejó en una emisora donde justamente comenzaba una canción. Shelby la reconoció de inmediato. Era Everybody’s Changing de Keane. Una banda de muy buenas canciones y apretó los labios. Y solo porque esa canción era de sus favoritas; se dispuso a escucharla en total silencio.

Le asombró ver que Gabbe cantaba entre dientes la canción y sintió escalofríos. ¿De dónde demonios había salido ese chico? Y quedó lívida cuando él atrapó su mirada de nuevo en el espejo, sin intención de soltarla.

—¿Por qué no te pasas al asiento de adelante? —le preguntó en medio de la canción—me siento como chófer de alguna limusina que lleva a una bella princesa a su destino.

—¿Bella princesa? —él asintió y ella se echó a reír.

—Mal chiste, lo sé, pero como tu amigo ha quedado dormido, no creo que quieras estar ahí sola. Mejor hagámonos compañía mutuamente.

La canción seguía sonando y Shelby se mordió el pulgar, pensando. Si Egon había pensado que Gabbe era de fiar, entonces no tenía nada que temer, además, ella sabía pelear y disparar por si el sujeto quería pasarse de listo.

Con ayuda de Gabbe, Shelby se pasó al asiento de adelante y notó que la mano de él aún seguía sobre la suya y se apresuró a soltarlo, pero el chico ni siquiera pareció darse cuenta de ello porque estaba mirando al frente y cantando en voz baja.

—¿Te gusta Keane? —le preguntó Shelby con timidez. Él asintió sin verla— ¿desde cuándo?

—Solo me gusta esta—señaló el estéreo y la canción acabó. El ambiente volvió a tornarse incómodo. Comenzó una canción de Robbie Williams, Tripping.

Y también Gabbe comenzó a cantarla con voz un poco más alta y Shelby rodó los ojos sin dejar de mirarlo. Su perfil era distinto al de Egon, más porque la piel de su nariz, mejillas y parte de su cuello estaba teñida de pequeñas pecas cafés, que resaltaban más el color de sus ojos.

—Comienzo a pensar que no es la radio y que has puesto un CD.

—Compruébalo por ti misma. No tengo CD’s conmigo—se encogió de hombros—me encanta mucho escuchar música y por lo mismo es que me sé algunas.

Shelby arqueó ambas cejas y asintió sin saber que añadir.

—Necesito ir al baño—murmuró, luego de unos segundos, sin nada de vergüenza. Quería que Gabbe se sintiera mal por haberla raptado. Y cerca de sentirse mal, él sonrió.

—Hay una gasolinera a unos diez kilómetros, ¿podrás aguantar?

—Eso creo—asintió y se cruzó de piernas. El sol seguía en su mejor punto y le quemaba la piel a pesar de estar dentro del auto. Shelby hizo una mueca y chasqueó la lengua con irritabilidad.

—Serán muchas horas de camino, Shelby—le oyó decir y ella sintió raro que hiciera mención de su nombre con tanta confianza después de semejante situación—y será mejor que pongas buena cara.

La canción de Robbie Williams finalizó y enseguida comenzó la de Lean On. Solo conocía el nombre y la música al estilo hindú. Se relajó un momento con el ritmo y por poco se atacó de la risa al ver a Gabbe comenzar a mover los brazos al ritmo de la canción, imitando a las chicas del vídeo.

Soltaba el volante con frecuencia y sonreía lobunamente mientras la miraba. Le guiñó el ojo y siguió moviéndose. ¿Acaso ese chico tenía tantos secretos ocultos? No paraba de sorprenderla y eso que apenas acababan de conocerse. Tenía un sentido del humor muy extraño.

Y por un momento, se olvidó por completo de Egon Peitz. Lo cual no era buena señal. Gabbe McCall no había aparecido en su vida por casualidad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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