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Dark Beauty - Capítulo 69

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Capítulo 69: Capítulo 69

—Shelby, si pudiera entrar al baño de chicas lo haría—dijo Thomas con impaciencia—pero no puedo, los sujetos de las camionetas me miran con cara de pocos amigos.

—¡Estoy atascada! ¡Necesito tu ayuda! —gritó desde el interior del baño con voz áspera.

—Pero, ¿cómo te atascaste?

—Resbalé y caí justo dentro del asqueroso retrete. Ahora deja de hablar y ven a ayudarme.

—¿Al menos estás vestida? —preguntó, azorado.

—Obviamente. Ni siquiera he hecho mis necesidades—Thomas soltó una risilla—oh, claro, a mí no me hace gracia, ¿vendrás ayudarme sí o sí? —gruñó, molesta.

—Eh… sí…

—¿Qué haces aquí, Thomas? ¿Dónde está Shelby?

Shelby, adentro del baño, dio un respingo cuando escuchó de pronto la voz de Gabbe y entornó los ojos. «Por favor, que se vaya. Por favor, no dejes que entre a ayudarme», pensó ella con desesperación mientras se aferraba a las paredes para no atascarse más al retrete.

—Eh… nada, es que… bueno, ella está atascada en el inodoro y no puedo entrar a sacarla—le informó Thomas, mordiéndose la lengua para no echar a reír y Shelby deseó patearle la cara.

—¿Atascada? —interrogó Gabbe y enseguida rompió a reír.

—Maldito bastardo—masculló Shelby entre dientes.

—Tenemos que buscar a alguien que pueda entrar a ayudarla… —comenzó a decir Thomas.

—Tonterías. Está en aprietos y, por lo tanto, no disponemos de tiempo para buscar a una mujer que entre.

—¿Qué tienes en mente?

—Entrar—y Gabbe se abrió paso dentro del baño de mujeres a paso firme. Thomas le gritó que era mala idea y Shelby agrandó los ojos al oírlo entrar—¿Shelby? —escuchó su voz muy cerca de donde ella se hallaba—vamos retrasados, y Thomas me dijo que necesitas ayuda.

—Vete de aquí. Llama a Thomas.

—Él no se atreve entrar—dijo, situándose justamente en el inodoro donde ella estaba. Solo la puerta de plástico los separaba—abre, por favor. Vamos demasiado atrasados.

—Son cerca de las cinco de la tarde—gruñó.

—Bueno, a este paso que estamos aquí hablando en un baño inmundo sin querer apresurarnos, nos dará las diez de la noche.

—Escucha—aclaró Shelby—no quiero tu ayuda.

—Entonces apúrate, estaré afuera—dijo—me hiciste entrar a lo tonto, aunque te lo agradezco porque siempre había tenido la curiosidad de saber cómo era por dentro.

Escuchó sus pasos retirarse y ella comenzó a sentir que el agua del retrete le rozaba el trasero y chilló.

—¡Ayúdame! —gritó exaltada. Su trasero ya estaba mojado de aquella asquerosa agua. De pronto, sin verlo venir, la puerta que la dividía del pasillo de los baños, se abrió de golpe y vio los ojos azules de Gabbe mirarla con asombro. La había abierto de una patada.

—Ay, Dios—rio el chico y se lanzó a ella para sacarla del agujero del retrete, pero simplemente estaba demasiado atascada que le fue inútil.

—¡No puedo salir! —se quejó Shelby, incapaz de hablar correctamente. Arañó la pared tratando de levantarse, pero tampoco sirvió de nada.

—Shelby, pon tus manos en mis hombros e impúlsate hacia arriba cuando yo te diga, ¿okey? —le indicó al tiempo que se situaba frente a ella y la sujetaba de la cintura y la apretujaba a su cuerpo. Shelby hizo lo que él le dijo y lo abrazó con fuerza. Ella se impulsó hacia arriba lo más que pudo mientras que él tiraba de su cintura con todas sus fuerzas.

Shelby sintió un ligero ardor en las piernas y luego logró salir violentamente del agujero. Gabbe retrocedió con ella en los brazos y cayó de espaldas al suelo.

Shelby aún lo abrazaba y la postura en la que se encontraban hizo malpensar a la señora del aseo que justamente había entrado en ese momento. La fémina estaba sobre el pecho de Gabbe, con las piernas abiertas en torno a la cintura del chico y sus brazos alrededor de su cuello.

Y él la sujetaba de la cintura, jadeando. Ambos sudados y con la respiración agitada.

—¡Par de asquerosos! ¡Fuera! —gritó la señora con el trapeador en alto, como si fuera un arma para golpearlos. Se incorporaron rápidamente y salieron matándose de la risa de ahí. Y cuando estuvieron en el exterior, Thomas los miró con sorpresa.

—¡Estoy hecha un asco! —se lamentó ella con frustración y miró a Gabbe, quién sonreía. El cabello del chico estaba realmente despeinado y sumando el sudor de su frente, se le pegó a la frente y cuello, viéndose tierno.

—Deberías cambiarte—le sugirió—estás mojada.

—No traje mi ropa—hizo una mueca.

—Uhm—dijo él, pensativo—vuelvo en un momento.

Echó a correr a una de las camionetas y Shelby frunció el ceño sin apartarle los ojos de encima.

—Vaya, ¿Cómo es que te ayudó a salir? —preguntó Thomas, juguetonamente.

—Fue terrible—ahogó una risa nasal y después lo miró con los ojos estrechados—te pedí ayuda a ti, no a él.

—Yo no podía entrar…

—Mejor cierra la boca—espetó y volvió a fijar la mirada en Gabbe. Vio cómo iba de una camioneta a otra hablando con sus “amigos”. Luego de un momento, se dio la vuelta y regresó a donde ella.

En sus brazos traía los pantalones de chándal color caqui que había planeado ponérselos otro día y se sorprendió ver que también le llevaba ropa interior incluida, junto con otra blusa limpia. ¿Acaso habían tenido la decencia de llevarle algo de ropa después de raptarla o simplemente quiso llevarse sus pertenencias? — ¿mi ropa?

—Supuse que algo así pasaría, así que ordené que trajeran algo de tu ropa, ahora ve a vestirte.

Le entregó las prendas y ella ruborizada las tomó en sus manos y regresó al baño, donde fue víctima de la mirada de la señora del aseo.

La miró con incertidumbre y entró a otro baño a vestirse, cuidando de no volver a caer dentro. Sustituyó su short y su blusa por la ropa limpia (también su ropa interior). Arrugó la nariz al darse cuenta que no podía volver a usar aquella ropa sucia y optó por tirarla a la basura. Hizo sus necesidades siendo cuidadosa y resopló.

Al salir, miró de reojo a la señora y se encaminó hacia donde la esperaban. Gabbe le informó que era hora de marcharse y lo siguió. Thomas ya estaba esperándolos en la camioneta.

—Gracias por ayudarme y por la ropa—dijo Shelby mecánicamente al subir al copiloto.

—No hay problema—dijo él, cerrándole la puerta. Rodeó el auto y se subió tras el volante. Thomas se inclinó hacia adelante con la boca llena.

—Shelby, toma—dijo, escupiendo algunos trozos de comida a la cara de ella.

—Teniendo en cuenta que apenas desayunamos, deduje que también tenían hambre, y mandé a comprar pizza—añadió Gabbe, quitándole a Thomas las dos cajas que tenía en las manos. Eran pequeñas pizzas individuales con cuatro rebanadas—lo siento, amo esta delicia.

Suspirando, Shelby tomó la pizza y comenzó a saborearla. Su estómago gorjeó, feliz por la comida chatarra y hasta ese entonces se dio cuenta que había estado deteniendo el hambre por la preocupación. Pensó en Egon y en Austin.

Quería pensar que se encontraban bien. Quería saber que estaban comiendo una hamburguesa en alguna parte sin pasar hambre… Egon. Su Egon. Quería abrazarlo. Quería besarlo y pasar el resto de sus noches con él, a solas. Como a él tanto le gustaba. Suspiró una vez más y le hincó el diente a la pizza, siendo consciente de la mirada eléctrica de Gabbe sobre ella.

—Estás manchada de queso derretido—observó él y alargó su mano a ella y con el pulgar le limpió la comisura de su labio—listo.

Y sin más, se llevó el dedo a la boca y continuó comiendo, dejándola helada. ¡Qué confianza! Al terminar de comer, el sol ya comenzaba a dar indicios de ocultarse.

«Trenton Rex»

—No entiendo cómo es que quieres seguir frecuentando a esa chica, hijo. Es mala influencia, además sigues delicado—le dijo su madre cuando salió de casa y le quitó la alarma al coche, en dirección al domicilio de Shelby.

Tras haberse recuperado un poco del disparo que le habían propiciado en un área no letal, no paraba de pensar en su amiga y en lo que fue de ella.

No estaba del todo recuperado, claro estaba. La cirugía seguía muy fresca, pero no le importó.

—No tardaré, mamá—le avisó y se deslizó con una mueca al Volvo y emprendió la marcha. Condujo solo dos calles, siendo demasiado dramático, pero estaba seguro que de igual manera iba a utilizar su auto, algo le decía que sí. Llamó a la puerta cinco minutos después y la hermanastra de Shelby, Caroline, abrió.

—Trenton, ¿Qué haces aquí? Pensé que seguías hospitalizado.

—Me dieron de alta—se señaló la espalda con incomodidad—solo vine a ver a Shelby.

El rostro de la chica se ensombreció.

—Pasa, Trenton—le abrió pasó y entró. Él observó cómo toda la casa estaba repleta de teléfonos y papeles con el rostro de Shelby en ellos. Frunció el ceño y prestó atención a Caroline, quien tenía la expresión triste y angustiada— ¿no sabes?

—¿Qué debería de saber? —se precipitó.

—Shelby escapó con su amigo austríaco, y bueno, mamá me dijo que la policía le informó que su verdadero nombre es Egon Peitz y no Douglas Dex, como afirmó llamarse—siseó, molesta.

—¿Qué demonios? —musitó, estupefacto.

—Y al parecer, es un asesino serial de Austria—parpadeó y comenzó a temblar—mi hermanita está tan enamorada de él, que es capaz de todo. Ya han enviado personas a buscarla.

—Ahora todo tiene sentido.

Trenton sabía que era un asesino, pero no contaba con que tenía otro nombre y que Shelby estuviera enamorada de ese cretino y mucho menos que hubiera tenido la demencia de escapar con él.

—¿Ya sabías algo?

—No—titubeó—pero lo sospechaba.

En eso, alguien llamó a la puerta con insistencia. Caroline se disculpó y se encargó de atender la puerta.

—¡Kevin! ¡Qué sorpresa, guapo! —saludó ella con entusiasmo.

Y Trenton volvió la mirada para saber de quien se trataba. Era solamente un niño de unos quince años, totalmente rubio y de ojos grises que abrazaba a Caroline con ternura.

—Ya sabes que te prometí venir a verte cada fin de semana—le recordó él, con voz cantarina y de pronto se quedó mirándola con seriedad— ¿ya se sabe algo de Shelby?

—Lo de siempre—agregó Caroline con decepción y lo condujo hacia donde Trenton estaba. Cerró la puerta y le acarició la melena rubia. El chico miraba con el ceño fruncido a Trenton.

—No me digas que has olvidado a Evan por este idiota—gruñó el niño y Caroline apretó los labios al escuchar la voz de su amado.

—No. Él es Trenton Rex, un amigo de la escuela de Shelby.

—Ah, lo siento, Caroline—se ruborizó y saludó a Trenton con la mano—soy Kevin Black, amigo también de Shelby—cuadró los hombros e infló el pecho.

—Hola, pequeño amigo—lo saludó de vuelta y sonrió forzadamente—bueno, me retiro. Si tienen algún tipo de noticias, no duden en llamarme, estaré aquí por lo que se necesite.

Sin esperar a despedirse, salió de la casa sin mirar atrás. Se acercó a su auto y de pronto, sintió un par de manos sobre su persona.

Intentó defenderse, pero el dolor en su espalda se lo impidió. Un pañuelo le cubrió la nariz y boca y sintió que todo le daba vueltas en cuestión de minutos. Siempre había creído que el cloroformo actuaba rápido, pero no fue así.

El tiempo que tardó en perder la conciencia, le resultó escalofriante porque no pudo moverse. Lo único que supo, fue que vio unos ojos verdes mirarlo fijamente mientras lo cargaba y otro par de ojos de diferente color: negros. Intentó gritar, pero todo se oscureció.

La incoherencia y las náuseas albergaban en toda su totalidad en la mente de Trenton. Sentía sus extremidades adormiladas y los pensamientos en blanco, le hubiese gustado seguir así, pero el dolor punzante de su cirugía en la espalda lo hizo despertar con ansiedad. La oscuridad en la que se hallaba era tenue.

Sus ojos se fueron acoplado poco a poco a la incertidumbre que rodeaba el ambiente. Había mucho silencio. Y tampoco percibió la presencia de alguien más cerca. Estaba en una superficie suave, pero muy estrecha que apenas podía estirar las piernas sin chocar con una pared.

Cerró los ojos un momento más para familiarizarse con el lugar. Abrió los ojos nuevamente y enfocó la vista. Estaba en un sitio cerrado donde había leves corrientes de aire a los extremos.

Volvió el rostro de derecha e izquierda y vislumbró los diversos agujeros donde entraba el oxígeno. ¿Dónde estaba? De pronto, el recuerdo de las personas quienes lo capturaron cruzó su mente y enfureció.

Douglas Dex, o, mejor dicho, Egon Peitz y uno de sus amigos, lo habían secuestrado. Alzó las manos hacia arriba y sintió el techo rasposo y sucio, empujó con todas las fuerzas que le permitió la herida de su espalda y comenzó a golpear con los puños. Luego de unos minutos de inútil trabajo, vociferó, encolerizado sin dejar de darle puñetazos al techo de donde se hallaba.

—El idiota ya despertó—dijo alguien. Y Trenton guardó silencio, quedándose quieto.

—Y te ha escuchado—reconoció la voz de Egon y apretó los puños en torno a la superficie que yacía solo a unos quince centímetros de su rostro.

—¡Sáquenme de aquí, bastardos! —gritó Trenton.

—¡Cállate! —gritó el otro idiota que acompañaba al novio de Shelby y Trenton sintió una sacudida violenta, golpeándose todo el cuerpo y la herida. Aulló de dolor y rechinó los dientes.

—Austin, basta—le oyó decir a Egon con voz áspera—el tipo ya está bastante herido como para lastimarlo más.

El techo de aquella caja se abrió y una luz cegadora lo hizo bizquear, se cubrió los ojos con las manos. Sintió dos pares de manos incorporarlo de golpe. Quedó sentado en la caja y enseguida se quitó las manos de la cara para mirarlos y ver en donde estaba.

Lo primero que vio fue que lo habían colocado en un ataúd viejo y raído. Hizo una mueca de asco cuando miró a los ojos de Egon y después a los del otro sujeto, quién parecía furioso; más que el novio de Shelby.

—¿Qué quieren de mí? ¡¿Por qué me han traído aquí?! —se atrevió a gritarles y se incorporó bruscamente de ese féretro, saltó fuera de su interior, listo para defenderse de ser necesario. Miró a todos lados y notó que estaban en un sótano— ¿dónde estoy?

—Estás con nosotros—respondió el sujeto de ojos verdes con cólera—con eso tienes más que suficiente.

—Douglas—dijo Trenton ignorando a Austin—o, mejor dicho, Egon. ¿Dónde está Shelby?

—Esa es la razón por la que estás aquí—dio un paso a él. Trenton retrocedió—no voy a hacerte daño, siempre y cuando cooperes.

—¿Qué? —la perplejidad en su rostro se profundizó y frunció el ceño.

—Shelby ya no está conmigo. Otro sujeto se la ha llevado y necesito encontrarla—replicó con dureza. Trenton alcanzó a ver rabia en los ojos oscuros de Egon y demencia. Y en los ojos verdes de Austin, ira y sed de muerte.

—¿Qué? —repitió, estupefacto. ¿Shelby ya no estaba con él?

—Sé que no eres idiota y que yo no tengo que repetir lo que dije.

—¿Y qué piensas que puedo hacer yo para ayudarte? No soy un maldito hechicero de Harry Potter para hacerla aparecer—le espetó Trenton de malhumor, pero Austin gruñó y le enseñó la pistola que tenía atada a la cintura, como advertencia.

—En la casa de Shelby llegó un chico pequeño de cabello rubio, ¿no? —Trenton asintió sin saber a qué se refería—bueno, la cuestión es, que ese rubito es un genio en las computadoras, por lo que sé y quiero que regreses a la casa de Shelby y le preguntes a Caroline la dirección de ese chiquillo.

—¿Cómo sabes que es un genio en la informática?

—Lo he investigado. Incluso sé su dirección, pero no puedes llegar ahí como si nada, tienes que pedírselo a Caroline.

—¿Por qué crees que voy a ayudarte?

—Porque si no lo haces—dijo Egon lentamente—te meteré una bala en la cabeza.

—Además—continuó Austin cuando Egon guardó silencio—es para rastrear a Shelby. Sabemos que ese niñato consta de mucha tecnología.

Trenton se quedó pensativo durante un buen rato.

—Si alguna vez consideraste a Shelby como una amiga, hazlo, ayúdame a encontrarla—puntualizó Egon con el rostro ensombrecido.

—¿Quién la tiene? Se supone que eres un súper asesino. Y la verdad veo imposible que alguien pueda ser lo suficientemente más demente que tú, sin ofender.

Egon le regaló una sonrisa torcida y asintió.

—Fue por decisión propia que la dejé ir con ese sujeto. De lo contrario, Shelby jamás se hubiese ido y yo no la habría dejado ir tan fácilmente—respondió—además, detrás de mí hay muchos que quieren verme muerto y no podía seguir arriesgándola a mi lado.

—Al menos reconoces que Shelby necesita a alguien mejor que tú.

—No hay nadie que la ame tanto como yo la amo a ella—gruñó molesto y Trenton arqueó las cejas.

—A ver—agregó Trenton, valorando la posibilidad de ayudarlo— ¿cuál es tu plan?

—Ya te lo dije: Ir a la casa de Shelby y preguntar por la casa de ese niño, Kevin Black y aunque no te la dé, yo te diré la dirección e iremos a visitarlo.

—¿Por qué no lo hacen ustedes si ya saben dónde vive?

—El niño me detesta y a ti te acaba de conocer.

—¿Qué pretendes hacer con él? —estrechó los ojos con desconfianza.

—Él puede rastrear a Shelby desde su computadora y sé que no se negará.

—Pero, ¿qué le van a hacer después? —repitió.

—¡Nada! No tengo humor de matar niños.

Trenton se mordió los labios.

—Créenos que, si no fuera urgente, no te pediríamos ayuda—terció Austin—nuestra computadora la hemos encontrado hecha pedazos al igual que nuestra casa y no te queda más remedio que ayudarnos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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