Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Dark Beauty - Capítulo 7

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Dark Beauty
  4. Capítulo 7 - 7 Capítulo 07
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

7: Capítulo 07 7: Capítulo 07 El atardecer se proyectaba genuinamente atravesando el balcón del dormitorio de Shelby, pero ella, en vez de darse cuenta de lo maravilloso que estaba el cielo, se hallaba dando vueltas en su cama; pensando en la manera de poder ir a ese viaje a Austria.

Quizás el destino conspiraría a su favor o quizás no; pero de algo estaba segura: Nadie iba a detenerla.

¿Cuántas oportunidades tenías en la vida para poder visitar la mejor y extraordinaria cárcel del mundo?

Ninguna.

Deseaba firmemente poder estar cara a cara con personas diferentes al resto, con personas que constaban con mentalidades homicidas y pensamientos oscuros y sangrientos.

A veces pensaba que tal vez habría la posibilidad de que muy en el fondo de su ser, ella también tenía ese instinto salvaje de matar y de lastimar a los demás.

A lo mejor sus antepasados habían sido unos asesinos seriales que jamás fueron descubiertos y ella heredó la pasión por las personas anormales.

Con mencionar que, era la más extraña del instituto y de toda la universidad por tener su descabellada afición por los criminales.

Pensativa, comenzó a frotar las yemas de sus dedos en su pequeño revólver que le colgaba del cuello y sonrió distraídamente, sumida entre marañas de pensamientos homicidas.

Cuando era pequeña soñaba cada noche que asfixiaba animales y terminaba sacándole los intestinos con sus propias manos.

Las primeras veces que lo soñó, rompía a llorar en silencio, pero después de la quinta vez, dejó de llorar y comenzó a disfrutarlo.

Aunque bien, aquellos sueños nunca los compartió con sus padres, ni siquiera con el murmuro de la noche que la abrigaba en silencio.

La mayoría de las chicas de su edad guardaban fotos divertidas de amor o de sus galanes en sus teléfonos y computadoras, pero ella en vez de ser normal como las demás, tenía en su teléfono y portátil una serie de fotografías de víctimas de homicidios o tortura, vídeos e incluso películas que a una persona normal podría dejar trastornada de por vida.

¿Y qué sí ella tenía esos gustos?

Posiblemente había alguien más con la misma fascinación de los actos ilícitos.

Shelby tenía a dos asesinos seriales favoritos que fueron tan apocalípticamente buenos en su trabajo, que guardaba fotografías de ellos.

Charles Manson fue demasiado brutal en sus asesinatos, especialmente porque él no los ejecutaba, tenía personas que hacían el trabajo sucio por él, «La Familia Manson», así era como se hicieron llamar en aquel tiempo, pero adoraba una de las pocas frases que él logró mencionar antes de ser atrapado…

“Mírame con desprecio, verás un idiota.

Mírame con admiración, verás a tu señor.

Mírame con atención y te verás a ti mismo”.

Aileen Wuornos fue una asesina con una belleza peculiar, logró que, con unas palabras breves, helaran el corazón…

“Ellos dicen que es el número de personas que maté, yo digo que es acerca del principio que me impulsó a matarlos”.

Si a ella le dieran a elegir qué vida vivir, sin pensarlo elegiría la vida de un criminal.

—¿Shelby, puedo pasar?

Fugazmente volvió a la realidad y gruñó.

Ni siquiera la dejaban fantasear en su habitación, optó por quedarse en silencio, en espera de que su madre se largara, pero eso no sucedió, sino que la puerta se abrió y la vio entrar a hurtadillas.

Cerró los ojos instantáneamente y fingió dormir.

—Sé que estás despierta—Shelby no contestó—supongo que tendré que conformarme a que me escuches solamente—continuó y de pronto sintió una de sus manos colocarse en su espalda—Shelby, hija, no quería abofetearte.

Lo siento.

No quiero que me odies, desde que tu padre se fue, ya no eres la misma y eso me preocupa.

Decidiste tener una fascinación por personas enfermas y estar en una carrera universitaria en donde estudian con detenimientos a los criminales.

Eso es algo que yo no comprendo y quisiera que me iluminaras, cariño—le frotó la espalda con ternura.

Shelby se mordió los labios, controlando el impulso de darse la vuelta y encararla— ¿Por qué te atraen tanto los homicidas?

—Nací para entenderlos—respondió, sorprendiendo a su madre—ellos necesitan a una persona que no los juzgue y que los comprenda, y yo quiero ser esa persona.

—Vaya.

No esperaba esa respuesta, Shelby.

—Pues es lo que hay—dijo con vaguedad, sentándose con desdén, dándole la espalda—y no te perdono por la bofetada que me diste.

Ahora retírate.

—¿Qué puedo hacer para que me perdones?

Esa vez Shelby giró sobre su propio eje y miró a su madre a los ojos.

—Déjame ir a ese viaje a Austria y estarás perdonada.

—Me estás chantajeando, jovencita—achicó los ojos y Shelby notó que se iba dibujando una sonrisa genuina en los labios de su madre—pero lo pensé bien y creo que es buena idea dejarte ir.

—¿Hablas en serio?

—se incorporó en la cama y la sujetó de los hombros.

Su madre rio y asintió un par de veces.

—Solo dame los datos y la información para que esté al pendiente de lo que se necesita.

—¿Qué hay de tu querido esposo?

—añadió con una sonrisa inyectada de veneno e ira.

—Él no tiene nada que opinar.

Shelby sonrió a sus anchas, y corrió a sacar el folleto de su mochila.

Se sentó junto a su madre y se lo entregó.

Miraba con nerviosismo como los ojos de su madre recorrían cada línea escrita en ese papel.

Cuando concluyó con la lectura, la señora Cash ahogó un suspiro y sonrió brevemente.

—¿Tan pronto te irás?

—fue lo que dijo después de tantos segundos de silencio.

—¿A qué te refieres?

—frunció el entrecejo, sin entender.

—Aquí dice que el vuelo es mañana a las seis de la tarde—agitó el folleto por enfrente de su rostro— ¿Ya preparaste tus cosas, Shelby?

Para que haga la llamada de que irás también tú.

A Shelby casi le dio un ataque de histeria justo en ese instante.

—¡OH DIOS!

—chilló emocionada—llámales, mamá.

Voy a arreglar mi valija.

—¿En Austria hablan inglés?

—se mostró interesada.

—Un poco, pero supongo que habrá un guía—respondió estando ya frente a su armario, eligiendo la ropa que llevaría.

—De acuerdo—asintió su madre, riéndose—arregla todo.

Estaré abajo arreglando lo necesario e iré al cajero a depositarte en tu tarjeta.

—¿En serio lo harás, mamá?

—dejó de tirar su ropa al suelo y la miró.

—Sí.

Es tu sueño y yo soy tu madre que te apoyará en todo.

—Gracias—logró decir, presa de sus emociones.

Cuando su madre se marchó, Shelby gritó de locura y saltó a su cama y después al suelo.

Comenzó a bailar sin música y se dio prisa a guardar su ropa en su maleta.

No tenía pensando darle la noticia a Lola, pensó que sería buena idea que se enterara después, cuando ya se encontrase en Austria felizmente divirtiéndose.

Y se detuvo a pensar en el horario en el que estaría llegando a ese país…

si el avión partía a las seis de la tarde del siguiente día, entonces estaría llegando a la media noche de ese mismo día.

«Cárcel de Austria» Si anteriormente había sufrido la tortura de cincuenta azotes, aquella nueva tortura lo había dejado sin aliento desde los primeros segundos.

Y, por si fuera poco, le habían colocado un bozal en la boca como si fuera un perro.

Y sus alaridos quedaban adormecidos a través de ese artefacto canino.

Egon, arrodillado y esposado a un tubo de metal, estaba siendo castigado por el mismo idiota de las bocinas, Müller.

Quién sonreía con satisfacción a cada golpe que le propiciaba con un mazo de diez colas de metal en forma astillosa.

Mientras que recibía cada golpe sobre sus antiguas, pero no tan recientes heridas, pensaba en la manera de hacer sufrir a ese imbécil cuando tuviera la oportunidad.

Él asesinaba sin tanta tortura, pero ese sujeto se había ganado el boleto VIP para desear no haber nacido.

—¡Setenta y ocho!

—vociferaba Müller y Egon gemía de dolor.

De sus labios escurría sangre revuelta con saliva y su ojo izquierdo apenas lograba mantenerlo abierto por los golpes y por el sudor y la sangre que se deslizaba desde su cuero cabelludo— ¡Setenta y nueve!

Cada que aquella monstruosidad se estampaba en su piel, Egon iba reuniendo más y más coraje.

Pero no le preocupa quedar moribundo, le preocupaba no saber el paradero de Gale, quién fue llevado frente a sus ojos a un sitio donde también él sería torturado por congeniar con el homicida demente.

Le hirvió la sangre de solo pensar en que los idiotas, encargados del lugar, lo estaban castigando al igual que él.

Se suponía que él iba a matarlos a todos y eso incluía a Gale.

Aunque tenía previsto matarlo dentro de unos meses después, pero ¡Era su víctima!

No la de ellos.

—¡Ochenta!

—Bueno, con eso basta, no es la Pasión de Cristo—interrumpió Milla, la antipática mujer que resultó ser casi una anciana—con este castigo ya no podrá asesinar a nadie más.

—Es un desperdicio saber que Gale y él eran cómplices—dijo Müller mientras se limpiaba la sangre y el sudor del recluso con una toalla.

Todo el cubículo estaba salpicado de su sangre y de sudor.

Egon se dejó caer al suelo con una mueca de dolor, el sabor a sangre lo adormeció y cerró los ojos sin saber qué era lo que ocurría a su alrededor.

—¿Podrías al menos despertar para que te pueda dar de comer?

No estaba seguro si estaba soñando o si se encontraba muerto.

Era la voz de Gale, el tipo que había sido casi su colega.

Pero no podía ser posible, él quizás ya estaba muerto.

Abrió solamente el ojo sano y sintió como si un tráiler le hubiese pasado por encima.

No podía creer en donde estaba y qué posición.

Se hallaba estampado a la pared e inmovilizado de los pies a cabeza en una habitación ajena a la suya, donde sus brazos estaban abrazando su pecho y con grilletes de doble llave.

Sus pies estaban uno encima del otro con otros grilletes, pero estos eran de tres llaves.

Bajó la mirada y encontró el bozal tirado en sus pies.

Luego barrió todo a su alrededor con los ojos y se encontró a Gale sonriéndole desde un metro de distancia.

Él estaba bien, solo que su nariz estaba morada y su labio inferior reventado.

Ya no tenía la misma ropa de guardia de seguridad, sino una mudada de ropa de las que Egon utilizaba y se percató que también tenía grilletes en los pies, pero no en las manos.

—Gale, ¿Qué demonios sucedió contigo anoche?

—susurró.

—Me encerraron y ahora somos vecinos—respondió, encogiéndose de hombros y se apresuró a pasarle agua a Egon para enjuagarse la sangre seca que tenía en los labios—me ofrecí voluntario a darte de comer y beber todos los días.

También a llevarte al sanitario, ya sabes.

—¿Estás consciente de que ahora formas parte de los reos de esta asquerosa cárcel?

—Tengo cincuenta años, hijo.

Sé lo que hago—siseó.

—Entonces porque tienes esa edad, ¿crees que es divertido estar privado de tu libertad?

Eras libre y lo cagaste.

—Te voy a ayudar a escapar de aquí, Peitz.

Tu jefe me ha enviado de infiltrado para sacarte, así que cierra la maldita boca—apretó la mandíbula y Egon apretó los puños.

—Ya decía yo que no podía alguien ayudarme por su propia cuenta.

—También lo hago porque me recuerdas a mi hijo.

Egon se quedó en silencio y Gale se dedicó a darle de comer y a limpiarle el rostro.

Le untó crema en la espalda para ayudarle a cicatrizar las heridas y después se retiró a su propia celda, dejándolo solo.

Horas después, la tranquilidad que había comenzado a reinar, fue interrumpida por Müller.

El bastardo pasó golpeando los barrotes de la celda y riéndose.

—Egon Peitz—lo llamó con una sonrisa burlona.

Egon Ni siquiera lo miró, solo apretó los dientes—en unos días vendrán unos estudiantes de los Estados Unidos a contemplar a los delincuentes experimentados como tú, así que ponte guapo o te daré otra paliza.

—¿Por qué vendrán?

—preguntó entre dientes.

Aquella noticia se le antojó interesante.

—Yo que sé.

Tarea, quizás.

O tal vez morbo de ver qué tipo de dementes hay aquí—escupió hacia dentro de la celda, salpicándole los pies a Egon—así que sé bueno y suicídate esta noche.

—No soy suicida, Müller—le regaló una sonrisa torcida y Müller se quedó desconcertado al oírle pronunciar su nombre de una manera tan psicópata—yo soy homicida, no lo olvides.

Dentro de la cárcel, nunca se podía saber con exactitud si era de día o de noche, no era importante para Egon, pero en ese momento sí que lo era.

Pasó bastante tiempo desde que le informó ese idiota sobre la llegada de esos estudiantes y agradeció que sus heridas del cuerpo ya estaban en mejor estado y a su ojo le había bajado la hinchazón.

Y si Müller estaba en lo correcto, porque pasó a recordarle muy temprano sobre la visita y ya había pasado la hora de comer, entonces tan solo faltaban un par de horas para que aquellos estudiantes tuvieran la dicha de sufrir el mayor susto de su vida al verlo masacrar a todo el personal de la institución.

Había hablado entre susurros con Gale y había elaborado un plan lo suficiente ingenioso para realizarlo sin fallar.

Frente a su celda apareció Milla, la mujer casi anciana que tanto detestaba y se acercó a él para ajustarle el bozal a la cara.

—Te vas a dar una buena ducha y regresarás aquí, ¿de acuerdo?

No quiero que hagas ningún movimiento raro mientras eres trasladado, porque si lo haces, te dispararé a la cabeza, ¿okey?

Egon asintió y sonrió a pesar de que el bozal le impedía mostrar su sonrisa.

Milla hizo una seña y alrededor de diez guardias entraron para escoltarlo al área de las duchas.

Solamente le quitaron los grilletes de los pies y lo empujaron a que caminara.

El frío suelo de azulejos le causó escalofríos y continuó su trayecto a las duchas.

Atrás de él, iba Milla apuntándole a la cabeza con los demás guardias.

—Patéticos—dijo.

—¿Qué dijiste?

—quiso saber ella.

—Con el arma que tienes en la mano voy a matarte—replicó con suavidad, pero los suficiente fuerte para que ella lo escuchara a través del bozal.

Por un segundo, ella titubeó, pero recobró la hostilidad en su arrugado rostro y le dio un ligero golpe en la base del cráneo con la culata del revólver.

Y Egon sonrió aún más.

Entró al área de duchas y Milla se encargó de quitarle la ropa con brusquedad, haciendo que Egon arqueara las cejas cuando ella forcejaba con la hebilla de su cinturón que no quería ceder.

—Quítame los grilletes, yo puedo hacerlo.

—No.

—Bueno, al menos el bozal—negoció y ella suspiró.

—Si dices alguna estupidez, hundiré tu cabeza al retrete, ¿okey?

—Lo prometo—rodó los ojos y esperó a que ella le quitara aquella basura de la cara.

Y cuando quedó libre de eso, la miró con arrogancia—bien, ahora sigue quitándome la ropa.

Él estaba seguro que su espalda era una maraña de piel casi al rojo vivo y hecha jirones, que apenas estaba cicatrizando, y en cuando el agua pasase sobre él, le dolería.

Pero necesitaba estar limpio para escapar en unas horas más y estar presentable ante los estudiantes que venían a visitarlo.

—No puedo quitártelo.

Tendrás que ducharte con el pantalón puesto.

—No.

Eso no sería una ducha, anda, quítamelo—la desafió y notó el nervosismo en la mujer— ¿o acaso nunca has visto a un hombre desnudo?

—Por supuesto que sí, pero…

—…

pero no a un sujeto como yo, ¿no?

Tengo buen cuerpo, soy guapo y tú eres una mujer amargada que necesita deleitarse un poco con un cuerpo como el mío.

Así que solamente desabrocha el botón de mi pantalón y este solo cederá.

Ella lo obedeció al pie de la letra y mágicamente el pantalón se deslizó por su cintura y piernas hasta aterrizar en el suelo donde yacía también su playera.

Las pupilas de la mujer se dilataron y se aproximó a abrir la regadera.

Egon se colocó debajo del chorro de agua y sintió que su espalda ardía en llamas.

El agua que se deslizó por su espalda se fue tornando roja hasta manchar todo el suelo.

Milla, por su parte, se debatía en ayudarlo a ducharse.

Lo miraba fijamente con el labio inferior entre sus dientes.

Él podría ser hasta su nieto, pero estaba demasiado sexy.

Pero al fin de cuentas, Gale entró a las duchas y le ordenó a la mujer salir inmediatamente —Se supone que yo estoy a cargo—se quejó ella—y tú eres un reo más.

—Pregúntale a Egon si quiere que lo bañes tú o yo.

—Desde luego que prefiero que me bañe un hombre que una anciana—reafirmó Egon riéndose.

Milla hizo algo parecido a un puchero y se dio la vuelta para abandonar las duchas.

Él rompió a reír y le dio la espalda a Gale.

—Te quitaré los grilletes solo para que te duches, ¿okey?

Pero date prisa porque pueden regresar.

Estaré duchándome en la otra regadera.

Egon, gustoso, se liberó de esos artefactos que le impedían moverse y se duchó tranquilamente, aunque aullaba de dolor cuando el jabón y el shampoo se incrustaban en sus cicatrices.

Momento después, ya estaba de regreso a su celda y en la misma posición con el bozal puesto.

Ya no se sentía tan desdichado porque se encontraba limpio y fresco, listo para actuar.

Mientras esperaba el momento en el que iba a ser llamado a los cubículos especiales para ser observado por lo estudiantes, se quedó dormido y no despertó hasta que abrió los ojos, y se topó con la cara de Müller a unos centímetros de su rostro.

—Despiértate.

Ya es hora de que los estudiantes americanos vean que clase de animales tenemos hospedados aquí.

Fue dando traspiés a lo largo de un pasillo que jamás había visto.

Müller y él, estaban siendo escoltados con guardias mucho más armados que de costumbre.

Aquel gesto de seguridad ficticia le dio gracia.

¿Pensaban que, con unos rifles, esos estudiantes iban a estar a salvo de él?

Pues que equivocados estaban.

Se detuvieron frente a una puerta metálica y Müller lo sujetó del cuello con rudeza, Egon apretó los puños y entró a la fuerza en el interior de aquella puerta donde otras manos lo jalaron y lo situaron en una silla.

Se sentó en ella y miró al frente.

Había un cristal de un grosor enorme donde había otra silla vacía.

De pronto el lugar se iluminó y entrecerró los ojos.

Detrás de él estaba Gale, escoltándolo, pero con otros guardias más.

Miró todo a su alrededor y comenzó a aburrirse.

Y de repente, una silueta curvilínea se fue acercando a la silla que había del otro lado y poco a poco su rostro se fue haciendo nítido.

Egon arqueó una ceja al divisar el femenino rostro de la joven estudiante que estaba ya sentada en aquella silla.

Ella no lo había visto todavía, porque se debatía en sacar una libreta de entre sus cosas y cuando por fin levantó la mirada a él, Egon se quedó sorprendido.

Jamás iba a olvidar aquellos ojos mieles e inocentes que lo miraron con asombro y excitación a la vez.

«Minutos antes» Shelby tenía el corazón desembocado.

No logró conciliar el sueño en el avión y estaba tan excitada de felicidad al estar pisando con sus propios pies la cárcel más fenomenal del mundo, que no le importó descansar.

Ella y varios estudiantes de su universidad, pero de grados superiores, se encontraban en la sala de espera para que les dieran acceso a interactuar con diferentes reos de máxima seguridad.

Vio cómo iban dándole acceso a algunos y entre más se acercaba su turno, más nerviosa se sentía.

Había elaborado una lista de preguntas indiscretas para realizárselas a su delincuente designando, pero estaba segura que iba a vomitar antes de si quiera poder saludarlo.

—Shelby Cash—oyó su nombre salir de los labios de uno de los guardias.

El acento le resultó interesante y tomó aire antes de levantarse y caminar hacia él—el reo que te ha tocado es uno de los más peligrosos.

Te sugiero que no lo alteres, ¿okey?

Estás protegida, pero ese sujeto es de cuidado.

Temblando, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y penetró a la oscuridad del cubículo.

No miraba absolutamente nada, solo una luz tenue a lo lejos que iluminaba una silla, que de seguro era la suya.

Titubeó unos segundos antes de deslizarse sobre el asiento y sacar su libreta con preguntas.

Alzó la mirada al frente al escuchar una extraña respiración que se oía apagada y cansada.

Sus ojos se cruzaron con el reo que le asignaron y quedó sin aliento.

Nunca, en toda su vida, había visto unos ojos tan oscuros como los suyos y tampoco una rabia contenida en el fondo de ellos.

Uno de sus ojos estaba ligeramente hinchado y morado, debido a un golpe, pero fuera de eso, era impresionante.

Le sorprendió ver que tenía puesto un bozal y que sus brazos estaban alrededor de su pecho con grilletes.

Era una escena totalmente perturbadora.

Se humedeció los labios, percatándose que el sujeto había fijado su mirada en su boca.

Enseguida vio que un guardia, con algo de temor, le quitaba el bozal y le dejaba al descubierto su rostro entero.

«Vaya que es guapo», pensó Shelby y parpadeó, tratando de centrarse en sus apuntes.

Era obvio que estaba golpeado, pero su atractivo era fascinante.

—Hola, buen día—saludó y carraspeó porque su voz salió ronca—mi nombre es Shelby Cash y quisiera hacerle unas preguntas.

—Shelby Cash—repitió él, con voz profunda—no hay ningún buen día, solo día.

Soy Egon Peitz, para servirte en lo que desees.

La fémina alcanzó a percibir un brillo siniestro en los ojos de Egon Peitz que la hizo estremecerse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo