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Dark Beauty - Capítulo 70

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Capítulo 70: Capítulo 70

Viajar casi diecisiete horas en una camioneta con un chico tierno, pero sumamente desconocido con más vehículos escoltándolos, era lo peor que podría haber deseado alguna vez. Le dolía la espalda, caderas y las piernas, sin decir que también el trasero más que nada y el cuello.

Llevaban alrededor de doce horas viajando sin detenerse, solamente a las gasolineras a ir al baño, llenar combustible y a comprar chucherías para el resto del camino. Y Shelby se sentía cada vez más impaciente.

Thomas iba a sus anchas en el asiento trasero: a veces durmiendo o mirando por la ventana. Y mayormente charlando animadamente con Gabbe, como si fueran viejos amigos. Fue extraño. Gabbe y Thomas se habían cambiado de ropa en una gasolinera y ambos lucían atuendos similares, ya que Gabbe le ofreció su ropa y casualmente Thomas se lo aceptó sin poner peros.

Shelby pensó que quizás Gabbe era también gay y se alegró que por fin Thomas había encontrado al indicado, pero volvía a ponerse en duda cuando Gabriel McCall la miraba. Sus ojos azules le sonreían con tanta dulzura que le provocaba escalofrío.

¿Por qué ese chico no dejaba de verla de esa manera, sabiendo que ella amaba a otro? Se vio obligada a pensar en Egon. ¡Egon, sí! Él si valía la pena tenerlo en la cabeza todo el tiempo. Se preguntó si él se encontraba bien y que si tal vez dentro de poco se verían…

—¿Quieren estirar las piernas? —preguntó Gabbe y Shelby parpadeó, saliendo abruptamente de sus pensamientos.

—Sí. Por favor—suplicó Thomas en la parte de atrás.

—¿Y tú, Shelby? —la miró Gabbe. Y ella asintió. Miró al chico sacar el brazo por la ventana y hacer señas a las demás camionetas. Ya era de madrugada, faltaba tres horas para el amanecer y había una gasolinera a solo unos metros de distancia. Shelby no tenía ni una pizca de sueño. ¿Cómo iba a poder dormir mientras tenía a un chico extraño junto a ella? Thomas fue el primero en bajar y ella solamente abrió la puerta y dejó que el aire de la madrugada le refrescara la cara. Escuchó a las demás camionetas detenerse atrás, pero decidió ignorarlos— ¿no piensas bajar a estirarte? —de pronto, Gabbe apareció en su puerta, recargando un brazo en el techo de la camioneta y el otro en el asiento de Shelby, muy cerca de su cabeza. Revolviéndose incómoda, se alejó un poco de él, ya que se había inclinado hacia adelante para verla con mucha atención. Él notó su incomodidad y se apartó rápidamente hacia atrás mostrando su maldita sonrisa tierna.

—Estoy bien así. Me duele un poco la cabeza—se excusó.

—¿Quieres un analgésico?

—No…

Gabbe se palpó los bolsillos y sacó una tableta con pastillas y se inclinó a buscar una botella de agua de la guantera.

—Tómatela. Te hará sentir mejor.

—No es necesario…

—Este tipo de viajes altera a cualquiera, en serio, debes tomarla—insistió, depositándole una pastilla en la palma de su mano. Y al ver que ella miraba aquel diminuto círculo blanco con desconfianza, le acercó la boquilla de la botella a los labios. Al final de cuentas, Shelby obedeció y se tragó la pastilla, aunque no dejó que él le diera agua, le quitó la botella y tomó varios sorbos.

—¿Mejor? —preguntó.

—Pretendo dormir hasta que lleguemos a quién sabe dónde, gracias.

—Me encantaría volver a ver tu sonrisa.

—¿Mi sonrisa? —rio sin humor y él asintió—voy a sonreír cuando me sienta feliz.

—¿No estás feliz ahora?

—No.

—¿A dónde fue tu felicidad? —interrogó con interés.

—Se fue con el chico que amo.

Gabbe arqueó las cejas y su sonrisa se borró unos segundos, meditando la respuesta.

—Es probable que no lo veas hasta después de un tiempo y te sugiero que lo olvides—sonrió y Shelby lo miró con frialdad—no te pido que lo olvides para siempre, solo por un tiempo. No es justo que él se haya llevado tu felicidad cuando apenas eres una chica que le falta demasiado para aprender y descifrar el significado de “felicidad”.

—Puedo cambiar el significado a esa palabra—gruñó a la defensiva. Y recordó a Egon y a su manía de crear nuevos significados.

—¿Sí? ¿Y qué significado le darías?

Shelby no pudo evitar mirar los ojos azules de Gabbe que la observaban.

—En este momento no puedo pensar con claridad—balbuceó y sintió un estremecimiento en el cuerpo—me siento rara y…

—Es el efecto de la pastilla—afirmó él, colocándole una mano en la frente y ella cerró los ojos. Echó la cabeza hacia atrás y suspiró.

—¿Dormiré por mucho…? —preguntó, somnolienta.

—Mucho. Cuando despiertes, estarás recostada en una cama suave y segura.

Shelby meneó la cabeza de arriba abajo y suspiró profundamente antes de quedarse dormida. Gabbe aprovechó ese lapso para observarla con detenimiento. Rostro ovalado y muy femenino. Labios rosas, un poco agrietados, pero muy hermosos. Su cabello castaño estaba desordenado, pero de todas maneras olía delicioso y estaba suave. Y de no haber tenido a su amigo a unos pasos de distancia, la hubiese besado.

—Thomas—lo llamó y el chico dejó de mirar las estrellas para correr en su dirección.

—¿Qué pasó?

—Quédate un momento con ella. Tengo que hacer una llamada.

—¿Se durmió? —frunció el ceño.

—Le di una pastilla para descansar. Cuídala mientras regreso.

Thomas asintió con perplejidad y se quedó junto a Shelby. Gabbe se alejó lo suficiente y comenzó a marcarle a su jefe, quién extrañamente no le había marcado en todo el día. Respondió a la décima vez y Gabbe suspiró.

—¿Pasa algo? —Dorian Tyler fue al grano.

—Supongo que sí. No llamaste en todo el día.

—Ah—gruñó Tyler—estaba arreglando unos asuntos y tratando de rastrear a Peitz; hace unas horas había logrado encontrar su ubicación, más no donde estaba exactamente. Sólo sé que está en Nueva York, pero no hay nada más. Ninguna dirección y hasta hace rato perdí su rastro, como si hubiera muerto.

—No lo está.

—Obviamente que no. Pero al parecer sabe cómo ocultarse o conoce a alguien que es un genio en informática y lo está ayudando.

—Eso es grave—se mordió el interior de sus mejillas.

—Voy a encontrarlo—rechinó los dientes con furia—pero mientras tanto, tú seguirás al lado de mi hija hasta que te mande llamar. Recuerda que ella no debe saber de mí.

—¿Cuánto tiempo…?

—El necesario.

Gabbe apretó los labios y miró en dirección a la camioneta donde se encontraba la hija de su jefe.

—¿Por qué no me contó que Shelby tiende a instintos suicidas? Pudo haberse quitado la vida en un intento de no venir conmigo y abandonar a ese chico.

Dorian Tyler se quedó en silencio durante un momento.

—La vida privada de mi hija no es de tu incumbencia, hijo. Y te ordeno que no trates de averiguar más sobre el asunto porque no te concierne, además, es un trabajo que te di, y no tienes derecho a saber la vida de ella ni la mía.

—Lo entiendo—replicó, avergonzado—lo siento.

—Nada de “lo siento”. Quiero ver a mi hija a salvo en Atlanta.

«Egon Peitz» [HORAS ATRÁS]

Trenton consiguió victoriosamente la dirección de Kevin Black y se despidió de Caroline.

A regañadientes, se apresuró a llegar al mismo sitio donde Egon y Austin lo esperaban impacientes.

A pesar de que Egon conocía la dirección, no podía arriesgarse a que el niño decidiera llamarle a Caroline para rectificar que era cierto de que les había dado su dirección y sospechara.

—¿Cómo sé que no me van a matar después de rastrear a Shelby junto con el chico? —preguntó Trenton en el trayecto a la casa de Kevin Black.

—Si te quisiéramos muerto—musitó Egon—no estarías respirando en este momento. Ahora cállate y conduce.

Trenton, haciendo una mueca de fastidio y de dolor a causa de su herida, puso en marcha el Volvo bajo órdenes de Egon, quién le apuntaba minuciosamente con un arma en el asiento del copiloto y en asiento trasero, Austin le apuntaba también, directo en la base del cráneo.

Llegaron justo a la dirección correcta y Trenton bajó lentamente del coche, siendo custodiado por el par de criminales dementes, pero sumamente atractivos. La casa de Kevin Black era muy elegante y lujosa. Incluso había personas podando el césped.

—Ve y llama a la puerta.

Trenton, con los puños cerrados, obedeció. Caminó mecánicamente hacia la reja que dividía el jardín con la calle. Tocó el timbre y varios jardineros alzaron la mirada a él, pero ninguno se molestó en atenderlo.

Trenton gruñó cuando la puerta de cedro se abrió a varios metros de distancia y vio al niño asomar la cabeza con desdén. Sus ojos grises mostraron sorpresa y a la vez incertidumbre. Metió la cabeza y luego salió completamente. Se dirigió a Trenton con pasos firmes y la barbilla ligeramente elevada.

—¿Se te ofrece algo? —preguntó. El tono en su voz denotaba protección a su entorno y curiosidad. Trenton no respondió al instante. Volteó disimuladamente hacia atrás y miró por encima del hombro a Austin y a Egon que lo esperaban dentro del auto.

—Sé que es raro que haya venido a tu casa—comenzó a decir Rex con nerviosismo, ya que Egon no le explicó muy bien que era lo que debía hacer.

—Demasiado raro—arrugó la nariz y se cruzó de brazos—nos conocimos hace unas horas en casa de Caroline. ¿Quién te dio mi dirección?

—Ella.

—¿Por qué?

Vaya que era listo. Además, Kevin no abrió la reja de metal, sino que se quedó adentro de la protección de su casa para hablar con él.

—Alguien quiere hablar contigo.

—¿Shelby? —se le iluminó el rostro.

—No. Pero es alguien cercano a ella.

—¿Quién? —hizo una mueca y ladeó la cabeza. Su rubio cabello se alborotó y se lo acomodó con la mano.

—¿Por qué no vienes conmigo y hablamos mejor? —miró a los jardineros que observaban interesados la situación.

—No puedo salir. Mis padres no están en casa.

—Entonces, ¿podemos pasar?

—¿Quién viene contigo? —estiró el cuello por encima del hombro de Trenton, pero no logró ver a nadie, ya que era muy bajito de estatura.

—Escucha—dijo Trenton careciendo de paciencia. Se llevó los dedos a la frente y comenzó a frotarse la piel con ansiedad—necesito hablar contigo a solas. Estamos expuestos aquí y sé que eres muy listo como para darte cuenta que estoy en lo correcto.

Kevin se mordió los labios y miró a todas direcciones con nerviosismo.

—Bueno, sígueme—alargó una mano hacia un aparato que estaba en la reja y marcó una combinación de números. La reja se abrió y Trenton dio un paso dentro de la casa, se volvió a su auto e hizo señas para que bajaran. Kevin, a medida que Egon iba apareciendo en su campo visual, su rostro se contrajo de molestia y gruñó.

—Ahora sé a quién te referías con “cercano a ella”—masculló el adolescente con repugnancia. Entonces Egon se plantó frente al chico con alguien más a su espalda. Kevin se cruzó nuevamente de brazos y lo desafió con la mirada. El chico debía medir 1. 60 mts y Egon… Egon medía aproximadamente 1. 90 de estatura, y era notoria la desventaja del pequeño rubio, pero, aun así, lo desafió.

—Vamos—dijo Kevin en un siseo y se abrió paso al jardín con los tres chicos detrás. Los jardineros fruncieron el ceño, pero no dijeron nada al respecto. Cuando estuvieron una vez en el interior de la enorme casa, Trenton se sentó en el sillón y Kevin miró furtivamente a Egon y a Austin.

—¿Qué quieren de mí? —inquirió el adolescente.

—Sé qué eres muy bueno en las computadoras—puntualizó Egon con seriedad. El rostro del chico de cabello rubio se llenó de egocentrismo y asintió—por lo que requerimos tu ayuda. Yo puedo brindarte lo necesario para que tu computadora tenga la magnitud de las computadoras especializadas en rastreos, siempre y cuando aceptes ayudarnos.

Las pupilas de Kevin se dilataron.

—¿Puedes hacer eso?

—Desde luego que sí—chasqueó los dedos y Austin se apresuró a sacar un aparato pequeño de la mochila que tenía en los hombros—esto puede hacer que tus computadoras rastreen incluso a tu perro, pero como yo no tengo una computadora y tampoco sé cómo usar esto—le mostró el aparato y Kevin se sorprendió—no puedo hacer nada con él—evaluó la reacción emocionada del niño y arqueó una ceja— ¿lo quieres?

—Sí.

—Entonces ayúdame y será tuyo.

—¿Qué debo hacer? —preguntó con atención—haré cualquier cosa que me pidan.

—Rastrea a Shelby y ayúdame a desaparecer del mapa.

—Por supuesto—dijo el chico, excitado—vamos a encontrar a Shelby y tú serás invisible. Nadie podrá rastrearte. Déjamelo a mí.

—¿Puedo irme ya? —preguntó Trenton.

—No—replicó Egon—me vas a llevar a la casa de tu noviecita.

—Lola está muerta—graznó.

—No quiero ir a verificar si está viva—gruñó—me vale un tocino su vida. Lo que quiero es ir a su casa.

—¿Para qué?

—Cuando Egon dice una orden, la acatas o si no, te mueres—espetó Austin, con los ojos en llamas y Trenton cerró la boca. Kevin miraba emocionado el aparato mientras que ellos discutían.

—¿Cuándo comenzamos? —preguntó el chiquillo, sonriendo. Egon se volvió a él.

—Ahora mismo—objetó y miró a Austin—te vas a quedar con él y vas a darle las indicaciones que te dije, ¿okey?

Austin asintió.

—Y tú—miró a Trenton—llévame a la casa de esa rubia.

Salieron disparados a la calle siendo presa de los jardineros que los miraron al salir. Adolorido, Trenton puso en marcha el auto y Egon suspiró.

—Lamento hacerte todo esto, Rex, pero no tengo opción—dijo, apuntándole con el arma.

—Te agradecería mucho que bajaras esa cosa.

—De acuerdo.

Egon bajó el arma y miró al frente.

—Ya no eres muy sádico, ¿no?

—No me subestimes.

—Bien, bien—continuó conduciendo—no voy a decir más, pero quiero que ya no me apuntes con ninguna arma, ya tengo muy malas experiencias.

—Si aceptas ayudarme a partir de ahora, probablemente confiaré en ti.

—No hablo de confiar…

—Pero yo quiero confiar en ti. Después de todo, ya sabes a lo que me dedico y no cambiará nada. Aunque quiero que sepas que si traicionas la confianza que depositaré en ti, no voy a dudar ni un segundo en meterte una bala en la cabeza. No me has conocido realmente.

—Prefiero no conocerte.

—Entonces quédate tranquilo. No te haré daño. Solo quiero contar con más ayuda para recuperar a mi novia.

Shelby abrió los ojos y se dio cuenta que ya no estaba en el incómodo asiento de la camioneta de Gabbe, sino en una superficie suave.

Escrutó todo a su alrededor; las paredes de aquella habitación eran de color cobre con algunas pinturas dándole un toque elegante y a la vez frívolo. La recámara medía quizás diez metros cuadrados y se sintió intimidada.

La intriga de no saber dónde se hallaba con exactitud, le molestó. Sabía que la ciudad en la que estaba era Atlanta, Georgia, pero no en qué parte. Ni siquiera Thomas estaba presente. Se deslizó fuera de la cama y se percató que su ropa había sido sustituida por una más cómoda.

Ruborizada y enfadada, salió de ahí en busca de Gabbe o de Thomas. Giró en redondo, admirando la majestuosidad de esa casa. Era enorme y le dio temor perderse en los pasillos. Minuciosamente caminó en línea recta con los ojos bien abiertos y los oídos agudizados por cualquier sonido sospechoso.

Dobló a la izquierda con demasiada brusquedad y se estampó en algo suave y firme a la vez; pero fue con tal fuerza que Shelby cayó de espaldas sobre la alfombra del suelo, la cual amortiguó su caída.

—Justamente iba a buscarte—canturreó Gabbe, riéndose. Se inclinó a ayudarla a incorporarse y Shelby gruñó. Él ya no andaba la misma ropa, sino prendas mucho más cómodas que las anteriores. Le quedaban muy bien las bermudas y la playera ligera color púrpura que tenía estampada la imagen de Frida Kahlo. Y las sandalias que portaba dejaba al descubierto unos pies perfectamente lindos y pecosos al igual que su rostro.

—¿Dónde está Thomas?

—Durmiendo.

—¿Dónde?

—En la habitación continúa a la tuya—juntó las cejas y la escaneó de arriba abajo—Connie hizo un gran trabajo al ponerte esa ropa.

—¿Connie?

—La chica de la limpieza. Le ordené que te cambiara de ropa, si no te molesta—suspiró y una sonrisa traviesa se plasmó en sus labios—a no ser que te hubiese gustado que yo lo hiciera.

—Tus chistes son muy malos—objetó ruborizada y comenzó a caminar lejos de él.

—¿A dónde vas? —preguntó él, siguiéndola.

—Tengo hambre y quiero una hamburguesa.

—Haberlo dicho antes, vamos—Shelby se sobresaltó cuando Gabbe la tomó de la mano y la hizo detenerse para que ella lo siguiera en la dirección contraria.

—¿Qué? —frunció el ceño tras correr con perplejidad muy cerca de él. Gabbe dobló varias esquinas de los pasillos hasta que se detuvo frente a una enorme escalinata que parecía ser de mármol. Y el barandal de plata—también quiero hablar con mi mamá, ya quiero ir a casa—añadió, azorada.

Pero él no respondió, simplemente se limitó a asentir y a tirar de ella para descender al piso inferior. Caminaron varios pasillos más hasta que llegaron a lo que parecía ser la cocina de un restaurante sumamente costoso.

Shelby se preguntó por qué demonios la había llevado ahí. Además, era el colmo que ella estuviese agarrada de la mano con un chico que no era Egon Peitz. Con molestia, se soltó de la mano de Gabbe, dejándolo sorprendido.

—No vuelvas a agarrarme de la mano, ¿de acuerdo? —le espetó.

—Tranquila—alzó ambas manos con las palmas hacia ella—no pretendía incomodarte.

—Lo has hecho desde que nos conocimos—masculló y se alejó de él unos pasos, rodeando la isla de la cocina para que una distancia entre ellos fuese notoria.

—Solamente estoy cumpliendo unas malditas órdenes, Shelby Cash—musitó él, claramente molesto. Sus ojos azules ardían de desasosiego e hizo una mueca. Miró a otra parte que no fuera ella y respiró hondo antes de volver a verla. Shelby miró perpleja que los ojos del chico habían vuelto a relajarse y a mostrarse cálidos y llenos de dulzura. Sus cambios de humor le intimidaron. Egon también sufría de problemas de temperamento, los cuales los sacaba sin miramientos; en cambio Gabbe, él se lo tragaba por completo y al segundo actuaba como si nada y aquello era incluso peor. Gabbe era más intimidante que Egon.

—Quiero mi hamburguesa—declaró ella, mordiéndose el pulgar. Cuando conoció a Egon, tuvo que aprender a acoplarse a él y mientras que Gabbe siguiera acechándola, tenía que hacerlo también.

—Están en la nevera, solo hay que calentarlas, pero si quieres, podemos pedir pizza para ahorrarnos el descongelado de las hamburguesas.

Y Shelby se dio cuenta de otro detalle: a Gabbe le gustaba la pizza, así como a Egon la hamburguesa.

—¿Crees que la pizza esté aquí lo antes posible?

—Desde luego que sí—asintió y se aproximó al teléfono de la cocina.

Shelby aguardó un momento sentada en la isla de la cocina a que Gabbe terminara de ordenar. En lo que esperaba, se dio a la tarea de husmear un poco más en la casa y buscar alguna salida por si había algún tipo de inconveniente.

Salió por la puerta trasera y se encontró con un amplio jardín lleno de rosales y distintas canchas donde jugar baloncesto, tenis y fútbol. Realmente había dormido mucho porque el cielo volvía a oscurecer lentamente, obstruyendo la preciosa vista de aquel jardín.

— ¿Sabes jugar baloncesto? —Shelby saltó del susto y se agarró el pecho para no darle un ataque al corazón—supuse que no te asustarías, lo siento—se disculpó Gabbe, pasándose una mano por el cuello.

—Estoy bien—le aseguró y miró que él sostenía un balón de Básquetbol en su brazo—podría patearte el trasero jugando baloncesto.

—Ah, ¿sí? —alzó una ceja en su dirección y sus ojos brillaron de orgullo—no lo creo. Soy muy bueno.

—¿Qué pasa si te gano? —lo desafió.

—Evitas que te bese—respondió él, esbozando una sonrisa torcida que dejó pasmada a Shelby.

—¿Y si pierdo?

—Me das un beso o si no te atreves, yo te beso—dijo.

A Shelby le dieron ganas de patearle la cara. ¿Por qué tenía que ser tan tonto? Ni siquiera podía pensar realmente bien.

«TRANQUILIZATE, TONTA. EGON PEITZ ES EL AMOR DE TU VIDA. CALMA TUS HORMONAS, GABBE SOLO ESTÁ SIENDO COQUETO. CÁLMATE», le gritó su subconsciente. «OH, VAMOS, SABES QUE YA TE GUSTA ESTE CHICO. ADEMÁS, EGON NO ESTÁ AQUÍ. APROVECHA MIENTRAS PUEDAS», replicó su locura y sacudió la cabeza para pensar.

—Tenemos treinta minutos antes de que traigan la pizza—le recordó Gabbe, sonriente—es el tiempo adecuado para ganarte y recibir mi premio.

—¿Por qué quieres besarme? —le preguntó sin pensar y se cubrió la boca con las manos.

—Eres muy bonita—respondió él, sin dejar de sonreír—y quiero probar qué tan bien besas.

—Tengo novio—sentenció ella a la defensiva.

—Lo sé, pero no estoy tratando de enamorarte, solo quiero besarte.

—A Egon no le gustará y te romperá la cara si lo haces.

—Egon no está—dio un paso a ella y Shelby retrocedió mecánicamente sin dejar de verlo a los ojos—no voy a besarte a la fuerza, solo es una apuesta.

—Voy a ganar—siseó Shelby, quitándole el balón y Gabbe sonrió.

—Tengo motivación para ganarte, Shelby Cash—le advirtió y echó a correr en medio de la oscuridad. Aplaudió un par de veces y la cancha de baloncesto se iluminó por los faroles que había a cada esquina. Shelby miró boquiabierta al chico que esperaba ansioso por derrotarla y besarla. También ella corrió a la cancha y se plantó frente a él.

—¿Listo para perder? —preguntó ella, riéndose.

—Estoy listo para besarte—le guiñó el ojo y ella rio aún más. El balón se alzó en el aire y Gabbe se aproximó a cogerlo. Shelby lo siguió e intentó obstruirle el paso hacia la canasta, pero falló. Él encestó limpiamente y se dio la vuelta para lanzarle el balón con su sonrisa maliciosa.

—¡Diez y diez! —le gritó Shelby al otro extremo y él asintió. Entonces ella comenzó a rebotar el balón, viendo como Gabbe corría en su dirección y ágilmente se deslizó entre los brazos de él y corrió más deprisa en busca de la canasta; pero cuando saltó para encestar, la pelota resbaló de sus manos y rodó a Gabbe.

Y este, en vez de darle la oportunidad, echó a correr contrariamente. Shelby gruñó y corrió detrás de él. Al cabo de treinta minutos, el marcador imaginario marcaba diez a cuatro. A favor de Gabbe, desde luego.

—Has jugado bien—admitió él, recuperando el aliento. Tenía las manos en sus rodillas y estaba doblado hacia adelante. Shelby estaba tumbada en la cancha respirando agitadamente, con la cara al cielo nocturno.

—Perdí—masculló ella.

—Yo gané.

—No te voy a besar—le informó.

Gabbe sonrió lobunamente y se situó encima de ella, colocando ambas manos a cada lado del rostro de Shelby. Ella entornó los ojos, mirándolo fijamente.

El color azul cielo con un toque eléctrico de los ojos del chico, le hizo perder más el aliento. «ALÉJATE DE ÉL», gritaba alarmada su subconsciente. «DEJA QUE TE BESE, BOBA. ÉL ES TAN SEXY COMO EGON», canturreó la locura.

Y cuando se vino a dar cuenta de lo que estaba pasando, sintió los labios de Gabbe sobre los suyos. Lo primero que pensó fue empujarlo lejos y patearle en la entrepierna, pero actuó muy diferente a sus pensamientos.

Lejos de apartarlo, le correspondió. Incluso deslizó sus manos hacia su cuello para intensificar el beso. Besar a Egon era como tocar el cielo envuelta en llamas del infierno, pero besar a Gabbe… era como tocar el cielo envuelta en bombones de chocolate. «EGON…», el subconsciente se lamentó una vez más y ella reaccionó.

Abrió los ojos y mordió con fuerza el labio inferior de Gabbe haciéndolo sangrar. Después lo empujó lejos y trató de deslizarse fuera de su alcance.

—¿Me mordiste? —inquirió él, mirándola perplejo y saboreando el sabor de su sangre.

Ella lo miró horrorizada y corrió rumbo alguna parte lejos de Gabriel McCall. Él no era para ella. Ni ella era para él. Su corazón le pertenecía a Egon Peitz, a nadie más, pero no lograba concebir qué clase de demencia se había alojado en su cabeza para atreverse a besarlo.

¡Qué estupidez! Se conocían de solo tres días. Solo tres días. Entró a la cocina, donde se encontró con una chica que la miraba ceñuda y en sus manos tenía la pizza, pero no le importó. Ella solamente quería largarse de ahí.

Buscó con incertidumbre la escalinata para encontrar a Thomas, pero se perdió y tuvo que regresar a la cocina para iniciar de nuevo su recorrido. Y vio a Gabbe hablando con la chica.

—Connie, búscala y… —él volvió el rostro y la vio—guarda la pizza en el horno—le indicó a la chica y esta asintió, alejándose—me haré cargo yo.

Shelby negó con la cabeza y dio unos pasos atrás, muy enfadada.

—Discúlpame. Soy un idiota por besarte, no pensé que amaras tanto a ese sujeto—se disculpó con las mejillas ruborizadas—sé que lo extrañas y no debí hacerlo, ¿me disculpas?

Dio un paso a ella con cautela. La chica de la limpieza los miraba detrás de la isla de la cocina con expresión molesta.

—Solamente quiero que sepas que yo no soy cualquier chica a la que puedes manipular. No me conoces en lo absoluto y te prohíbo que vuelvas a besarme o a coquetearme.

—No pretendo coquetearte, así es mi manera de ser—frunció el ceño—si no quieres que sea buena persona contigo, entiendo. Seré un idiota pedante que Ni siquiera te dará los buenos días y se enfadará contigo por cualquier cosa.

—¿Qué?

—Lo que escuchaste—masculló molesto y su rostro se ensombreció. Si antes a Shelby le daban miedo los ojos de Egon cuando estaba desquiciado, Gabbe no se quedaba atrás.

—No quiero que me trates mal, pero tampoco quiero que te me insinúes de ninguna forma. Estoy enamorada de alguien más y eres un completo desconocido para mí. Además, esto es parte de tu trabajo de detective o lo que seas—dijo atropelladamente—quiero hablar con mi madre porque necesito ir a casa. También tengo que solucionar otros problemas mucho mayores, así que déjame en paz y no actúes como un imbécil conmigo porque soy totalmente diferente a lo que piensas de mí.

Gabbe asintió sin decir ni una sola palabra. En eso, el teléfono comenzó a sonar y él contestó. En su cara se formó una máscara de piedra idéntica a la de Egon cuando escuchó a la otra persona que llamaba.

—Sí. Aquí está, que sea rápido porque sabes que pueden rastrearte, y Ni siquiera preguntaré como sabes el número de esta propiedad porque ya me di a una idea—dijo con vehemencia. Y le pasó el teléfono a Shelby—es para ti. Y date prisa porque en diez minutos desconecto la línea.

Shelby juntó las cejas y lo vio alejarse con la chica de limpieza a alguna parte.

—¿Sí? —contestó en un susurro.

—Puppy, soy Egon.

Oír su voz le iluminó el rostro y se sintió segura.

—¡Egon! —chilló y comenzó a llorar, apretando el teléfono a su oreja, tratando de traerlo a donde ella estaba.

—Te he echado mucho de menos, y no sabes cuánto—le oyó decir.

—¿Dónde estás? ¿Austin está bien?

—Estamos en la casa de Kevin Black, tu amigo del cementerio—contestó y no dejó que ella hablara—no te preocupes, no le haré daño. Austin, el muy idiota, está bien, aunque quise matarlo por haberme seguido y no quedarse contigo, pero está bien—resopló—sin embargo, no estamos solos. Aparte de tener a Kevin Black ayudándonos con sus computadoras para que yo no pueda ser rastreado, Trenton también me está ayudando.

—¿Trenton? ¿Él está bien?

—Muy bien, aunque adolorido.

—Dile que le mando saludos.

—Le diré—hizo una pausa para continuar hablando—hay algo que quiero decirte, Puppy.

—¿Qué pasa? —sintió que su estómago se contraía.

—Tu amiga rubia, Lola, fue secuestrada por Marlon Blake—susurró—parece ser que Norman se salió con la suya y la envió a Rusia.

—¿Qué? —sintió náuseas.

—Y eso no es todo, la pobre rubia sufrió mucho—siseó—cuando fuimos a su casa, había un sujeto ahí y lo torturé para sacarle la verdad y confesó que Norman violó a Lola y a su madre muchas veces.

Cerrando los ojos, Shelby se recargó en la pared con una mano en la frente y la otra sosteniéndose de la isla de la cocina, soltando levemente el teléfono y volvió a recuperarlo.

—Dios, no… —murmuró.

—Sí, Puppy—gruñó—es un maldito. Pero voy a matarlo, también a mi ex jefe y después iré por ti—ella no dijo nada— ¿ese sujeto te está tratando bien?

—¿Quién?

—Creo que se hace llamar Gabbe, patético nombre.

—Eh, sí. Es buena persona, incluso Thomas se ha hecho su amigo.

—Ojalá lo siga siendo porque si intenta hacerte algo que no quieras… yo lo mato, le quitaré cada extremidad lentamente hasta que desee estar muerto—siseó con rabia.

—No. Tranquilo—lo calmó—no te preocupes.

—Te amo infinitamente, mi bella dama.

Escuchar esas palabras salir de sus labios era más de lo que esperaba escuchar.

—Te amo infinitamente más…

Y en eso, la línea se cortó y Shelby vio a Gabbe sosteniendo una tijera y el cable telefónico partido por la mitad.

—Se acabó el tiempo—anunció.

—¡Eres un idiota, Gabriel! —gritó, apunto de tener una rabieta.

Pero él negó con la cabeza y guardó la tijera en su pantalón.

—Eres amada por un chico que odia el mundo—murmuró con tristeza—tú necesitas el corazón de alguien que ame incluso el universo entero para que pueda dar todo por ti, no solo sus pedazos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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