Dark Beauty - Capítulo 72
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Capítulo 72: Capítulo 72
«Dos semanas después»
Vivir bajo el mismo techo de Gabriel McCall era en sí, un calvario y a la vez un paraíso; por así decirlo. La línea telefónica continuó inutilizada, haciendo que Shelby se sintiera como una fiera dentro de una jaula sin salida.
Deseaba hablar con Egon otra vez y también con su madre. Desde que llegó a esa casa, Gabbe no le brindó la posibilidad de que hablara con su familia, solo le repetía que todo estaba bien y que pronto regresaría a Nueva York y la mayor parte del tiempo, él se la pasaba hablando por teléfono encerrado en alguna habitación o en el jardín.
Thomas, por su parte, se daba por satisfecho tener una tv plasma en su habitación y a Connie, la chica de limpieza, para él solo, ya que literalmente, ella lo atendía en todo, Ni siquiera caminaba por un vaso con agua.
Shelby a veces se reunía con él a ver la tv en busca de noticias, pero no había nada nuevo. Una noche, sintiéndose muy aburrida y desdichada, decidió quedarse a dormir en la cancha de baloncesto con una manta y un cojín; pero su plan fue interrumpido por Gabbe, quién apareció de repente entre la oscuridad, asustándola de muerte.
Él arrastraba una manta y una almohada mucho más cómoda que la suya y se tendió junto a ella, mirando el cielo.
—Planeo tener una noche para mi sola.
—Yo también. En esa casa se respira tensión.
—Gabriel…
—Prometo no molestar. Solo quiero acompañarte, percibo que me odias demasiado y quiero comenzar de nuevo contigo—dijo, pero sus ojos azules no dejaron de ver el cielo estrellado—han pasado dos semanas de conocernos y todo ha ido… aparentemente bien, supongo, pero después de besarte y quitarte la línea telefónica, nuestra relación que acababa de comenzar se marchitó—Shelby no dijo nada. Se quedó en silencio—me llamo Gabriel McCall, pero me dicen Gabbe—se aclaró la garganta, mirándola—¿y tú cómo te llamas?
—Me llamo Shelby Cash—respondió ella, siguiéndole el juego con una sonrisa.
—Un gusto—extendió su mano a ella y Shelby se la estrechó—bonita noche, ¿no? —bromeó.
—Muy bonita. Aunque siento que le falta algo más para que sea perfecta.
—¿Cómo qué? —preguntó y se dio la vuelta sobre su costado solo para verla. Ella recargó la mejilla en su puño y suspiró.
—Este jardín es muy grande y muy oscuro. Sin embargo, con un poco de luz, quedaría perfecto.
—¿Qué tienes en mente? —se mostró muy interesado.
—Uhm, no sé. Poner luces de colores alrededor para así tener una buena velada. Podríamos también obligar a Thomas a dormir con nosotros.
—Buena idea—sonrió y se sentó sobre la manta, mirándola.
—Gabbe—dijo ella.
—¿Sí?
—¿Cuándo duermes, te sientes bien contigo mismo sobre la vida que llevas?
—Originalmente, la palabra «dormir» era sinónimo de recuperación corporal y mental, pero yo siempre lo utilizo para escapar de la realidad, es más eficaz—contestó un tanto distante y se encogió de hombros. Sus ojos se perdieron en la negrura de la noche y dejó escapar un suspiro.
—Hablas como si tu vida no fuera perfecta.
—Mi vida no es perfecta, la de nadie lo es—acotó con un tono de tristeza—pero hago de la mía un momento de diversión.
—Hablas como galleta de la fortuna.
—Quizás porque lo soy—bromeó—pero más grande, mejorada y sexy.
Shelby rodó los ojos y sonrió.
—A diferencia de ti, yo hago de mi vida un huracán. No puedo verla desde otro ángulo mejorado—replicó ella—es como si al ver la calma en mi interior, una parte de mí se encargase rápidamente de volver a crear un caos.
—Esa cabecita debe comenzar a pensar cosas positivas—le pasó unos dedos a Shelby en la sien y ella se estremeció.
—Viviendo aquí no creo que pueda.
—¿Ni siquiera hablando conmigo? —arqueó una ceja en su dirección y ella sacudió la cabeza en negación.
—No. Eres la razón que me inspira a ser más negativa.
Gabbe curvó las comisuras de sus labios hacia abajo y después rio.
—¿Y Egon sí te hace pensar cosas positivas?
—Egon me hace pensar muchas cosas—admitió—algunas positivas, por supuesto.
—¿Y qué te hago pensar yo?
—Diferentes formas de golpearte—contestó con una sonrisa radiante.
—Golpéame, te doy permiso—rio.
Entonces Shelby se acercó rápidamente a él y le regaló un suave golpe en el pecho. Gabbe estalló en risas y colocó su mano sobre la de ella, presionándola más a su pecho. Shelby, dándose cuenta de sus intenciones, sonrió y apartó la mano enseguida, fingiendo bostezar de sueño.
—Voy a llamar a tu amigo—anunció él, levantándose precipitadamente de la manta, dejándola sola y a oscuras. Lo vio alejarse a paso ligero y se volvió con el rostro al cielo y suspiró pesadamente. Estaba demasiado frustrada. ¡Quería largarse de ahí cuanto antes! No aguantaba más la agonía de no saber nada de Egon. Ni siquiera podía oír su voz por teléfono y eso la enfadaba más.
—No le veo la gracia dormir a la intemperie—masculló Thomas en la oscuridad. Venía caminando a toda prisa con Gabbe.
—Piensa que es como una pijamada—alardeó el chico de ojos azules, risueño.
—Si al menos nos dejaras hablar por teléfono con las personas que queremos…
—Eso es un chantaje.
—Sí—bufó y después, al ver a Shelby en la oscuridad, sonrió—hola.
—Pensé que eran los mejores amigos del mundo—añadió ella, deseosa de provocándoles algún conflicto.
—Gabbe es buen chico—puntualizó Thomas—pero es también un bastardo al no dejarme hablar con Austin y Egon, y por supuesto, también con mi familia.
—Pronto podrás verlo otra vez—carraspeó Gabbe y tendió otra manta en el suelo, cerca de ella.
—Me conformo con llamarlo en este momento—refunfuñó el chico de ojos verdes sulfurado y se deslizó cerca de Shelby en la manta.
—Vamos a poner mañana luces de colores en todo el jardín, ¿qué opinas? —interpuso Gabbe, cambiando drásticamente de tema.
—No es Navidad—repuso el otro chico en un siseo. Al parecer estaba de mal humor.
—Alguien está de malas—bromeó Gabbe y Shelby observó su silueta moverse hacia ella y a quedarse justamente detrás. Thomas se revolvió en la manta y rodó hasta alojarse casi en el rostro de Shelby.
—Lo siento—se apartó unos quince centímetros y resopló. Shelby estaba francamente inmovilizada entre dos chicos. Uno gay y el otro demasiado masculino para su gusto. Y pensar que había planeado dormir sola bajo las estrellas esa noche… Se acomodó en su manta y abrazó el cojín, dándole la espalda a Gabbe. Se mantuvo en silencio absoluto; escuchando la respiración de ambos individuos y cerró los ojos, esperando el momento perfecto para escapar a su habitación mientras ellos dormían, pero nunca sucedió. Los tres estaban más que despiertos, mirándose en la oscuridad. Se miraron inmóviles en sus lugares durante quince minutos, los cuales se les antojó eternos—¡mosquitos! —chilló Thomas y comenzó a dar de manotazos.
—Cálmate—murmuró Shelby—regresa a la casa si no quieres estar aquí.
—Gabbe dijo que me necesitabas.
—Eso no es…
—Supuse que querías formar parte de nuestra pijamada—agregó Gabbe muy cerca de su oído.
—Me quedaré un rato más con ustedes—avisó Thomas—después volveré a ver alguna película en Netflix.
Shelby le dio la espalda a su amigo y se percató que ahora su rostro estaba muy cerca del de Gabbe y sopesó la idea de volver a darse la vuelta, pero aquello sería algo muy grosero.
—No puedo ver tu cara.
—Es lógico. Es de noche y no hay luz.
—Eres muy graciosa.
—Soy la chica más aburrida del mundo—vaciló.
—Al menos para mí, eres muy divertida y graciosa. Tu humor rebasa los límites de lo normal.
—¿Eh?
—Eres muy seria, pero cuando quieres, eres capaz de hacer reír a quién sea.
—Eso lo dices porque eres un chico risueño que se ríe hasta por una tontería.
—¡Claro que no! —le contradijo—soy muy serio.
—El amor es una locura que solo el cura lo cura, pero cuando el cura lo cura ha cometido una locura—dijo Shelby rápidamente. Y Gabbe se quedó estupefacto, mirándola y luego de unos segundos, soltó una carcajada.
—¿Qué demonios fue eso, Shelby? —preguntó Thomas, perplejo.
—Un trabalenguas para Gabbe—replicó, riéndose— ¿lo ves? Te ríes de este tonto trabalenguas.
—¡Fue trampa! Lo hiciste a propósito. Es un trabalenguas gracioso y no se vale—se defendió.
—A mí no me causó gracia—susurró Thomas, en complicidad con Shelby.
—¿Lo ves? —repitió ella riéndose—eres el único que se ríe por cosas sin sentido.
—La vida es algo sin sentido y hay que reírse de ella.
—De nuevo la galleta de la fortuna que vive en ti ha salido—canturreó Shelby, muriendo de risa.
—Soy muy filósofo. Me encanta pensar mucho—replicó con orgullo y Thomas ahogó una risita nasal. La noche que aparentaba ser un desastre, terminó siendo una noche de charlas profundas sobre el universo, la tierra e incluso los animales. Tanto Thomas y Shelby se quedaron boquiabiertos al darse cuenta que Gabbe era muy listo y casi poeta en la manera de expresarse. Y como la conversación fue de lo más emocionante, pasaron las horas hasta que sol comenzó a salir en el horizonte. Shelby no tenía una pizca de sueño a pesar de que Gabbe y Thomas se dieron por vencidos a las seis de la mañana y decidieron entrar a descansar, mientras que ella se quedó viendo la tv en la habitación de Thomas en lo que él dormía.
—¿No necesitas… algo más? —preguntó Gabbe antes de dejarla con Thomas. Se le cerraban sus preciosos ojos azules del cansancio y bostezaba cada medio segundo.
—No. Descansa.
—Nos vemos en unas horas—volvió a bostezar y desapareció de la estancia. En la tv estaban pasando noticias matutinas del país. Niños desaparecidos. Fraudes a empresarios. Desastres naturales. Etc. Nada que valiera la pena observar. Shelby dudó en apagar la tv y tratar de dormir, pero de pronto, cuando se hallaba dispuesta a presionar el botón de Off, se quedó mirando a la pantalla.
—A MI ESPALDA, COMO PODRÁN VER, HAY MUCHAS PERSONAS HERIDAS EN ESTE PRECISO INSTANTE—dijo un reportero con el rostro rígido. Aferraba el micrófono con fuerza a su pecho mientras que, atrás de él, se alzaba un hilo de humo negro al cielo. Los edificios del centro de Nueva York estaban envueltos en llamas—HUBO UN FUERTE ENFRENTAMIENTO ENTRE LOS QUE PARECEN SER NARCOTRAFICANTES. MUCHOS CIVILES PERDIERON LA VIDA AL TRATAR DE EVACUAR A LOS DEMÁS. HACE APROXIMADAMENTE UNA HORA Y MEDIA ESTO FUE UN CAOS TOTAL. TODAVÍA NO SE REGISTRA MÁS HERIDOS O MUERTOS. SE DICE QUE ESTO HA SIDO COMO UNA ADVERTENCIA.
A Shelby se le secó la boca.
—AQUÍ HAY UN VÍDEO QUE UNA PERSONA LOGRÓ CAPTAR CON LA CÁMARA DE SU TELÉFONO. CLARAMENTE VEREMOS EL ROSTRO DE ALGUNOS INDIVIDUOS QUE PROVOCARON ESTE DESASTRE.
El reportero se quedó estático y en la pantalla comenzó un vídeo de mala calidad. El cielo estaba aún oscuro, y el alba estaba en camino. Algunos edificios ardían y había personas gritando y corriendo. En eso, en un movimiento rápido, la lente captó los rostros de tres chicos. Los rostros de tres chicos que ella conocía bastante bien. Y uno de ellos, volteó a la cámara y se le fue encima al sujeto que grababa.
—¡Apaga eso, imbécil! —le gritó y se escuchó un golpe seco. Luego de eso, le quitó la cámara de las manos y la enfocó a su cara—sé que verás esto en tv—siseó—y quiero que sepas el motivo del por qué hice todo esto—dudó unos segundos y continuó. Le temblaba las manos y miraba a todos lados—Dorian Tyler es el mayor enemigo de mi jefe, Shelby. Tu padre es uno de los mejores narcotraficantes que existe en Norteamérica y estás viviendo con uno de sus cómplices. Ya no puedo llamarte si quiera, pero te encontraré, lo juro. Ya sé tú ubicación, mantente a salvo, por favor… —y el vídeo se cortó.
—COMO VEN, CLARAMENTE ES UNA ADVERTENCIA O UNA VENGANZA…
Comenzó a decir el reportero, pero ella ya no lo escuchaba. Egon había descubierto la verdad de todo lo que estaba pasando. Egon había matado a muchas personas solo para captar la atención de… ¿su padre? Tenía que ser una broma. Su padre no podía ser un narcotraficante. Él no era un mal tipo. Él vivía en alguna parte con otra familia, trabajando honradamente. Y Gabbe… él estaba lejos de ser su cómplice. Aunque a veces su personalidad rara la hacía dudar. Un estremecimiento repentino la desarmó y apagó la tv. Se abrazó a sí misma y se dio la vuelta para sentarse en la cama, pero lo que no contaba era que Thomas estaba despierto, con los ojos muy abiertos, mirándola y luego desvió la mirada a algo detrás de ella.
—¡Cuidado, Shelby! —gritó él y Shelby se tiró al suelo.
Gabbe estaba en el umbral de la puerta. Tenía los ojos rojos de sueño, pero despierto. Su mandíbula estaba tensa y las manos empuñadas. No tenía ninguna arma, pero su expresión daba mucho miedo.
—¡Eres un maldito criminal y de los peores! —vociferó Thomas. Y se lanzó al suelo para abrazar a Shelby y protegerla con su cuerpo de ser necesario. Ella se aferró a su amigo sin levantar la mirada a Gabbe.
—No entiendo por qué se asustan. Además, Thomas, tú ya lo sabías; al igual que Egon. Y él hizo todo ese desastre para poner nerviosa a Shelby. Llegamos a un acuerdo, por Dios, ¡No puedes negarlo!
—¡Pero nos mentiste! —espetó Shelby y frunció el ceño, mirando a su amigo— ¿Thomas, ya lo sabías?
Pero Thomas no dijo nada al respecto. Se quedó callado y más pálido, pero logró recuperar el habla.
—¡Yo no sabía nada! No con exactitud—se defendió.
—El caso es que no les mentí. Solamente dejé aparte mi trabajo y me hice cargo de ustedes.
—¿Bajo las órdenes de mi padre? —tartamudeó Shelby, incapaz de hablar bien. Le aterraba la idea de que su padre fuese un criminal.
—Bueno, como ya lo sabes, creo que no vale la pena seguir ocultando esa información—dijo—sí, Shelby. Dorian Tyler es un narcotraficante del país, el mejor de todos, a decir verdad. Y yo trabajo para él y me dio órdenes de cuidarte porque quiere muerto a tu querido novio.
—Mientes. Mi padre es una persona de bien, él nunca sería un criminal—se rehusó a creer lo que Gabbe había dicho y notó que en la mirada del chico había tristeza.
Shelby se negó a llorar y apretó los labios, apartándose de Thomas. Si su padre realmente fuese un narcotraficante, ella lo sabría, pero tanto Egon como Gabbe lo habían afirmado.
— ¡No! —repitió, abrumada y se abrió paso fuera de la habitación.
Empujó a Gabbe con el hombro y echó a correr lejos de todos. Thomas miró furtivamente al chico y corrió detrás de ella. Shelby subió hasta el tercer piso de aquella mezquina casa y se encerró en la primera habitación que encontró.
No del todo una habitación en el sentido de la palabra, era más parecida a una bodega de cosas viejas sin utilidad alguna. Golpeó los objetos con furia y se deslizó al suelo con el rostro curtido de sudor y lágrimas deseosas de descender por sus mejillas. Estaba furiosa.
Dejó escapar numerosos sollozos y temblores corporales, incapaz de retomar el control en sí misma. No lloraba porque su padre fuese un maldito criminal, ya que, en sí, le importaba una mierda. Tampoco lloraba porque Gabriel McCall también lo fuese… o quizás solo un poco.
Estaba furiosa por las mentiras. Lloraba porque anhelaba estar con Egon. Abrazarlo y escuchar su voz. Solo él podía tranquilizarla en ese momento. Ella vivía por él. Solo por él. Y ahora que él no se encontraba a su lado, sentía que su vida no era más que una ilusión, así como un oasis en el desierto. Algo imposible en un lugar desértico. Se limpió el rostro con violencia y se incorporó del suelo con decisión.
Apretó ambos puños y los incrustó en la puerta de madera una y otra vez, desatando su coraje.
— ¡No, no, no! —gritó al tiempo que sus nudillos se iban poniendo rojos y morados. Otra herida física, menos dolor en el corazón— ¡no! —gritó una vez más, sintiendo como la sangre brotaba de sus nudillos— ¡no es suficiente!
Se apartó tambaleando de la puerta y rebuscó entre los objetos que se alojaban ahí para ver si tenía suerte de encontrar una tijera o algún objeto punzo cortante que pudiera servirle. Dio en blanco: Alfileres gruesos.
Tiró la caja de estos y se esparcieron por el suelo de azulejo. Apresurada y con las manos llenas de sangre, se sentó con las piernas abiertas en torno a los alfileres y tomó uno. Se acarició la piel del antebrazo con la punta filosa y cerró los ojos cuando la deslizó más abajo, al inicio del corte cicatrizado de su muñeca.
Volvió a recorrer el alfiler hacia arriba, hasta situarlo justo en vertical a lo largo de su antebrazo y comenzó a presionarlo con fuerza. Las lágrimas se habían ido. El dolor amenazaba con irse al primer corte. De pronto, un golpeteo de la puerta la hizo estremecer y se dio cuenta que debía darse prisa. Profundizó la punta del alfiler a su piel y cerró los ojos cuando se hundió a su piel, abriéndola lentamente.
Abrió los ojos cuando sintió el líquido caliente, que tanto conocía, resbalar por su brazo hasta el suelo. Una sonrisa tranquilizadora atravesó sus labios y cogió un puñado de más alfileres, se los llevó a los labios y después, al tiempo que la puerta se abría bruscamente, los acomodó en fila y sin vacilar, viendo a los ojos horrorizados de Thomas, se los enterró en el otro brazo con fuerza y después tiró hacia atrás.
Cortó su piel como si fuera papel, en línea recta hasta la muñeca.
—¡No! —gritó Thomas y se abalanzó a ella, pero ya era demasiado tarde. El daño ya estaba hecho. Shelby sintió una calma profunda y suspiró antes de cerrar los ojos y caer en los brazos de su amigo— ¡Gabriel! —comenzó a vociferar Thomas con rudeza. Incluso su voz era más varonil que cualquier hombre heterosexual— ¡Maldito imbécil, Gabriel!
—¡Qué pasa! —respondió este y se quedó estupefacto y sin aliento en el umbral.
—¡Llama a Emergencias! —espetó, Thomas, encontrando la manera de cargar a su amiga sin lastimarla aún más. Ella se encontraba en un charco de sangre que iba creciendo poco a poco. Gabbe echó a correr a alguna parte y Thomas apretó el rostro de Shelby a su pecho—eres muy frágil, Shelby. No sé si podré soportar verte así—susurró en su oído—y tampoco sé cómo le diré esto a Egon, él confió en mí para cuidarte y le fallé.
—¡No la toques! ¡Moverla puede ser mortal! —le espetó Gabbe, detrás.
—¿Ya llamaste a Emergencias, cerdo idiota?
—Ya lo hice—hizo una mueca y rodeó a Thomas y a Shelby—ella necesita ayuda.
Alargó una mano y le tocó el cuello para cerciorarse de que aún tuviera pulso. Y afortunadamente había, pero muy débil.
—¡Deja de tocarla!
—La estoy revisando—susurró Gabbe y alejó su mano. Al cabo de diez minutos de total agonía, la ambulancia llegó y los paramédicos subieron corriendo hasta el tercer piso, donde Thomas les cedió el paso para atenderla.
—¡Se está muriendo! —gritó un paramédico— ¡tanque de oxígeno, ahora! ¡tenemos que parar la hemorragia…!
Gabbe se quedó estático en su sitio, mirando como a la hija de su jefe se la llevaban a un hospital moribunda con muchas cortadas en el cuerpo y supo que no podía dejar que eso continuara así. Por lo que le dio un teléfono a Thomas, para que se comunicara con él por cualquier cosa, ya que el chico estaba más que decidido a ir con Shelby.
—Llámame si hay noticias después—le dijo. Thomas lo miró de soslayo—tengo que avisarle a su padre de esto.
—Dile a su padre de mi parte que es un maldito imbécil. Y tú también.
—Lo sé. Soy un maldito imbécil—reconoció. Gabbe sonrió débilmente y Thomas le dio una palmada el hombro como despedida y entró a la ambulancia. El chico de ojos azules como el cielo con un toque eléctrico en ellos, miró a la ambulancia alejarse y después fijó la vista en sus decenas de hombres que esperaban órdenes que acatar—nos vamos a Nueva York—sentenció—lleven todas las armas que puedan. Correrá sangre y quizás no salgamos vivos de esto.
—¿A qué se refiere? ¿El Sr. Tyler ha dado órdenes para…?
—El señor Tyler no tiene nada que ver en esto. Es orden mía.
—Pero nosotros…
—Es bajo mi responsabilidad y si algo sale mal, yo sufriré las consecuencias.
Aquella respuesta dejó aliviados a la mayoría de hombres y estuvieron de acuerdo.
[HORAS DESPUÉS]
Thomas se arreglaba el cabello a diferentes lados y con nerviosismo, siendo víctima del escrutinio de las demás personas en la sala de espera. Había llegado con un pijama y sumándose la sangre seca de Shelby en ella, era obvio que no iba a pasar de desapercibido.
Estuvo en ese ambiente fúnebre por casi seis horas. Su estómago estaba tan hambriento que incluso el hambre se le había esfumado dos veces y había vuelto otra vez. Se sentía mareado, pero solamente Shelby lo mantenía con los ojos abiertos.
—¿Te sientes bien? —le preguntó una enfermera cuando lo vio inclinarse hacia adelante con los ojos cerrados, incapaz de sostenerse en el asiento.
—¡Hamburguesas! —gritó Thomas al sentir la mano de la enfermera y volvió en sí—esto… perdón. Es decir, me siento bien, solo que muero de cansancio, tengo hambre y necesito tener noticias de mi amiga.
—¿Nombre de tu amiga? —chasqueó la lengua y sacó una libreta.
—Shelby Cash.
—Shelby Cash—repitió al tiempo que revisaba la lista y alzó una ceja—ajá. Ella ha pasado a terapia intensiva.
A Thomas se le revolvió el estómago vacío.
—¿Qué? ¿pero está bien? ¿puedo pasar a verla?
—Por el momento no. Está delicada y necesitamos que sus padres estén presentes.
—Ellos están lejos—intentó levantarse de la silla y sus piernas flanquearon.
—Aguarda aquí. Te traeré algo que comer porque no puedes ser otro paciente aparte de tu amiga—anunció y Thomas asintió, agarrándose el estómago.
La enfermera se alejó a pasos apurados y él a regañadientes sacó el teléfono de Gabbe y marcó a la policía. No tenía opción. No tenía el número de los padres de Shelby y como la policía la buscaba, le pareció razonable.
—Emergencias del 911, ¿en qué puedo ayudarle? —contestó un hombre.
—Tengo noticias sobre la chica desaparecida, Shelby Cash—comenzó a decir.
[UN DÍA Y MEDIO DESPUÉS]
—¿Cómo es posible que te prestaras a semejante barbaridad, Thomas? —le espetó Trixie Cash al muchacho, que se abrazaba a sí mismo. Ellos habían llegado de inmediato a Atlanta.
—Egon es un buen chico, incluso Gabbe—abogó por ellos. Él se encargó de relatarles hasta el último detalle, incluso sobre la verdadera identidad del padre de Shelby, Dorian Tyler. Solo que no impactó a la madre, pero al padrastro y hermanastra de su amiga sí—Shelby no pudo con la verdad de saber a lo que se dedicaba su padre y con la noticia, supongo que se vio obligada a hacer lo que hizo y pido perdón por no haberla cuidado.
—¡Egon Peitz no puede ser un buen chico! Hizo una masacre en Nueva York en la que casi toda la ciudad muere.
—Lo hizo con un propósito…
—¡No digas nada más! —siseó Trixie cerrando los ojos y enjuagando una lágrima en los brazos de Charlie—oímos su mensaje en la tv.
—¡No me importa que el novio y el padre de mi hermana sean criminales, yo quiero verla! —chilló Caroline, frotándose las manos en sus mejillas. Su cara estaba hinchada de tanto llorar—si pierdo a Shelby, creo que en verdad me mato. Me sobrepuse con la muerte de Evan, pero no creo poder lidiar con la de ella.
—¡No va a morir! —sentenció Charlie, sorbiendo por la nariz. A pesar de que no era el padre biológico de Shelby, la quería como su hija.
—Dorian tiene que saber lo que ha provocado—masculló la madre, molesta.
—¡No! —se apresuró a decir Thomas—mejor hable con Gabbe. Él se encargó de tener a salvo a Shelby estas dos semanas.
—Él también es un criminal, ¿no?
—Sí. Pero le aseguro que es más amigable que Egon, incluso tierno—se ruborizó y le entregó el teléfono donde estaba agendado el número de Gabbe.
«Nueva York»
Gabbe había llegado a la ciudad, conduciendo a una velocidad excesiva y omitiendo los límites de velocidad que iniciaba la carretera. Detrás de él, las demás camionetas lo escoltaban. Había preferido no marcarle a su jefe, pero de todas maneras lo hizo.
Él necesitaba saber que Shelby ya sabía sobre su trabajo y que, a raíz de ello, se autolesionó y que quizás se encontraba gravemente en el hospital. Le hervía la sangre de solo pensar en el dolor de esa chica. ¿Cuánto dolor albergaba en su alma y corazón para provocarse dolor en la piel y así sentirse mejor? No lo sabía.
—Hola, Gabbe.
Al escuchar la voz de Tyler, apretó la mandíbula e intentó serenarse.
—Le comunico que su hija ya sabe a lo que se dedica y, por lo tanto, ocurrió una desgracia.
—¡¿Qué?! Habla. Escupe completamente todo lo que ha ocurrido.
—¿Ya vio las noticias sobre lo de Nueva York?
—Sí. He enviado a mis mejores francotiradores por él—masculló.
—La noticia de ese sujeto llegó a los ojos de Shelby y bueno, como usted sabe, su hija se autolesionó y está de gravedad en un hospital de Atlanta y un amigo suyo la está cuidando.
—¿Qué has dicho? No puede ser, ella… ¡¿Dónde estás tú?!
—Voy a Nueva York.
—No. Vuelve con mi hija. Egon Peitz no es tu asunto. Ve y cuida a Shelby.
—No—interpuso—usted no sabe lo que tengo en mente y quiero que me deje hacer lo correcto.
—¿De qué hablas, McCall? Obedéceme.
—No—colgó y dejó el teléfono en silencio.
Le dolía la cabeza. Y se sorprendía darse cuenta que le había llevado la contraria a su jefe solo por una chica. Una chica que conocía de solo dos semanas y unos días. No la amaba, pero le interesaba. Vaya. De tantas chicas en el mundo, se fijó en una suicida que moría de amor por un homicida. Se enamoró de la chica equivocada y perfecta. “BIP, BIP” Frunció el ceño y redujo la velocidad. Se encontraba a diez minutos de acceder a la ciudad de Nueva York. Miró distraídamente la pantalla y se alivió de ver que no se trataba de su jefe.
Era Thomas. Presionó el botón de atender la llamada y contestó.
— ¿Hola?
—No sé quién demonios seas y tampoco me interesa—masculló una voz con odio del otro lado de la línea. Era una mujer—soy la madre de Shelby Cash y Thomas me ha dicho que te llamara a ti antes que a Dorian.
Gabbe chasqueó la lengua y suspiró.
—Ha hecho lo correcto—respondió— ¿cómo está su hija?
—Mal. Grave. A punto de morir. Por tu culpa. Por la de todos—carraspeó.
—Tranquilícese. No soy el novio de su hija para que me hable de esa manera. Yo no tengo la culpa de lo ocurrido.
—Eres un criminal—afirmó la madre de Shelby.
—A veces no hay otro camino, señora Cash—replicó con suavidad.
—Egon es un criminal y se enorgullece.
—Yo también me enorgullezco, más no cuando mato personas—repuso—pero no quiero hablar de mí. ¿Se le ofrece algo?
—¡Quiero saber si estás de nuestro lado o del bastardo de Peitz! —lloriqueó la señora Cash y Gabbe sintió una punzada de tristeza por ella.
—Estoy a sus órdenes, señora Cash—dijo seriamente—dígame que puedo hacer por usted.
—¿Le dirás a Tyler que te he llamado?
—No.
—Entonces quiero que te encargues de matar a Egon Peitz. Hazlo. Mátalo, pero que nadie se dé cuenta; no quiero que haya una masacre. Lo quiero muerto solo a él.
Gabbe se mordió los labios y asintió. Pensó que Shelby moriría si se enteraba de ese trato, pero de todas maneras… ella terminaría lesionándose si Egon no estaba a su lado.
—¿Promete que no le dirá nada a Shelby de lo que me ha pedido? No soportaría que ella me odiara si se entera que le he dado muerte a su novio.
—No le diré nada, pero cumple con tu palabra—sollozó—serás bien recompensado.
—Está bien—aceptó, sintiéndose una mierda—mataré a ese chico.
No estaba en mente matarlo. Solo tenía pensando hablar con él y decirle lo de Shelby y quizás… unirse a su lado para ayudarlo a matar a los demás hombres que iban tras él.
Pero ahora, francamente le había prometido a la señora Cash que mataría a Egon. Era incluso cómico. Le estaba sirviendo a ambos padres de la chica que le gustaba y se le antojó desagradable.
Ahora en vez de llamarse Gabriel McCall, se llamaría a sí mismo “Gabriel, alias Gabbe doble cara imbécil y bobo”. Sacó la mano, y les hizo señas a los demás que se adelantaran. Una camioneta se colocó paralelamente con él y Gabbe sacó la cabeza y se quitó los lentes de sol. Sus ojos azules centellaron por la luz del sol.
—Entren a la ciudad por diferentes calles. Y nos reuniremos en Central Park—ordenó.
—¿No quiere que uno de nosotros lo escolte?
—No. Hagan lo que ordené—gruñó.
Se detuvo completamente y esperó a que todos lo rebasaran. Gabbe se puso en marcha cuando notó que ya estaban muy lejos y se deslizó por una calle silenciosa para alejarse de ellos.
Llegó sorpresivamente rápido en donde había reinado el caos. Los edificios seguían echando humo y estaba totalmente cerrado el paso para autos o personas. Había muchos policías y bomberos. A pesar de que ya tenía más de un día de haber ocurrido. Aparcó detrás de una patrulla y bajó de la camioneta con los lentes de sol puestos. Examinó todo a su alrededor y se metió una menta a la boca.
Saboreó la frescura y comenzó a andar en dirección a la valla que le impedía el paso. Los sucesos seguían siendo filmados. Se situó detrás de unas personas, justo enfrente de una de las cámaras de tv. Se palpó los bolsillos y sacó una hoja de papel arrugada, le pidió prestado a una chica un bolígrafo y ella sin pensarlo se lo dio con una gran sonrisa. Gabbe garabateó el nombre de “Egon Peitz” en la hoja y le devolvió el bolígrafo a la fémina.
Y deslizándose hacia adelante, alzó el cartel en alto justo en la cámara. No sabía la ubicación de Egon y esperaba que ese anuncio mediocre hiciera que el novio de Shelby lo buscara. Él tenía derecho también de saber lo que a ella le había sucedido.
«Egon Peitz»
Miraba con desdén la pantalla de la computadora detrás de Kevin Black. La ubicación de Norman estaba en Austria, al igual que la de Lola.
—Al menos no la han enviado a Rusia—dijo en voz baja, para que Trenton no escuchara.
Y seguía sin encontrar la ubicación precisa de Shelby. Ella a veces parecía estar en un lugar, pero al segundo, en otro, incluso llegó a aparecer en Japón.
¡Era como si la tierra se la hubiera tragado! Y eso le estresaba. Decidió quitarse el estrés con un magnífico plan: Provocar un desastre para captar la atención de Marlon Blake y la de Dorian Tyler.
Aun no podía creer que ese hombre era el padre de la chica que amaba. Era el enemigo de su ex jefe. Se odiaban a morir.
—Todavía sigo sin creer que hayamos matado gente inocente—murmuró Trenton, después del caos.
—Te vas a acostumbrar—lo animó Austin, riéndose—la muerte corre por tus venas ahora.
Kevin les había otorgado las llaves del ático de su casa para que estuvieran seguros, pero a escondidas de sus padres y al parecer, había sido buena idea.
—Espero que algún día me dejen formar parte de su club—añadió Kevin con enfado mientras manipulaba la computadora.
—Eres un niño y no quiero que tengas problemas con la policía a temprana edad como yo—le respondió Egon, mordiéndose el pulgar distraídamente. Tenía un leve moretón en la nariz, gracias a un idiota que lo golpeó al tratar de salvar a los policías. Mató a todo ser viviente que estaba a la vista y huyó con Austin y Trenton a toda marcha con el Tsuru de Martha, el cual recuperaron cuando Shelby se fue con esos sujetos.
—Boberías. Yo podría ayudarles con rastrear a sus víctimas.
—Quizás lo hagas. Ahora sigue buscándola.
—Uhm—dijo el chico—acabo de darme cuenta que la familia de Shelby se encuentra en Atlanta, al igual que ella, es raro porque esto me lanza el nombre de un hospital…
—¿Todos? —preguntó con seriedad. El chico asintió.
—Y… espera… —dijo y Egon, Austin y Trenton se reunieron detrás del rubio—creo que ya sé la ubicación del sujeto que también querías rastrear.
—¿Gabriel McCall? —las pupilas de Egon se dilataron.
—Sí—repuso, pensativo y tecleó a toda velocidad.
—¿Qué hay con él? ¿Ya sabes dónde está? —preguntó Austin con recelo. Egon apretó la mandíbula.
—Está aquí en Nueva York. Acaba de llegar—contestó Kevin, estrechando los ojos—está justamente en donde fue el tiroteo.
En eso, Trenton encendió la tv en blanco y negro y vieja que había en el ático.
—¡Egon! —gritó y él volvió el rostro a verlo—mira, hay un sujeto en la tv y tiene una hoja con tu nombre.
Egon se apresuró a echar un vistazo y le dio un puñetazo a una mesita de madera, partiéndola en dos.
—Ahora sí, imbécil. Te mataré de una vez por todas—siseó y otra especie de demencia atravesó sus ojos negros como el abismo del océano, frío, helado y letal.
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