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Dark Beauty - Capítulo 74

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Capítulo 74: Capítulo 74

Egon caminaba con la mandíbula tensa y los puños, con los nudillos totalmente blancos. Su mirada era desdeñosa y colérica.

Sus ojos negros eran más siniestros que el mismísimo infierno. No había ningún brillo de cordura en ellos, solo muerte. Y ambos estaban fijos en el chico de aspecto risueño y a la vez temperamental que se encontraba a unos metros de distancia, que constaba de ojos muy azules como el cielo y eléctricos como un relámpago.

Negro con azul. Buena combinación para una catástrofe.

—¡Egon Peitz! —gritó el chico, regalándole una sonrisa torcida.

—¡Gabriel McCall! —gritó Egon a su vez, sin dejar de avanzar en línea recta. Trenton y Austin venían a sus espaldas, dispuestos a disparar si así se daba el caso. Gabbe y Egon se detuvieron, dejando una distancia de dos metros entre ellos. Por consiguiente, a Egon le provocó náuseas ver la cara pecosa de su rival, sonriéndole.

—Vengo desarmado—anunció el chico con las manos en alto.

—Eres un asqueroso imbécil—vociferó Egon, apretando los puños—te confié mi vida y me traicionaste.

—¿Tu vida? —frunció el ceño Gabbe, sin comprender—nunca has puesto tu vida en mis manos, idiota.

—Shelby es mi vida, bastardo.

Gabbe se quedó en silencio, sin saber que añadir. Pero logró recuperar la compostura a los pocos segundos.

—¿Por qué armaste todo ese desastre? Estabas consciente de quién era yo, quién es el padre de Shelby y todo eso.

—Tuve un mal presentimiento, fui un idiota al dejar que te la llevaras. Y lo pensé bien y te asesinaré—declaró Egon y rápidamente sacó su arma, apuntándole en la frente.

—No vengo a matarte, aunque órdenes tengo de hacerlo—le informó Gabbe—vine hasta acá para hablarte de Shelby.

—¿Qué hay con ella? —preguntó, muy atento.

—Por tu asombrosa idea de confesarle a los cuatro vientos que su padre es un jodido narcotraficante y que yo también soy un maldito criminal, tu novia no soportó la noticia y se autolesionó gravemente—espetó—se abrió los brazos en canales paralelos con alfileres. Y he aquí porque pensé que tenías derecho de saberlo.

A Egon le tembló el labio inferior y la mano que empuñaba el arma.

—¿Qué? —susurró, preso del shock.

—Shelby intentó suicidarse.

La mandíbula de Egon se tensó y se le fue encima a Gabbe, sujetándole las solapas de su camisa con las manos. La pistola cayó al suelo y Trenton corrió a recogerla.

—¡Mientes! —le ladró enfurecido a la cara— ¡mientes! Ella está bien.

—¡No! Ella quiso matarse por tu maldita culpa.

Acercándose más al rostro de Gabbe, Egon lo fulminó mezquinamente con los ojos y después lo empujó al suelo, dándole la espalda. Se agarró la barbilla con aire distraído y demente.

—¿Quieres que lo mate, Egon? —preguntó Austin.

—Si me matan, no sabrán donde se encuentra ella.

—Cállate—espetó Egon, dándose la vuelta con brusquedad. Austin se apartó de su camino—una persona alcanzó a ver la ubicación exacta de ella y ahora todo tiene sentido. Un hospital, ¡Carajo!

—Thomas se fue con ella en la ambulancia y dijo que llamaría si había algún problema, pero no lo ha hecho y eso significa que Shelby se encuentra bien.

—Llámalo.

—¿Qué?

—Llama a Thomas. Quiero hablar con él—ordenó.

—De acuerdo—asintió Gabbe y palpando sus bolsillos, sacó su teléfono—solamente bajen sus malditas armas.

Trenton y Austin les quitaron el seguro a sus pistolas y pusieron los ojos en blanco, ignorándolo. Los ojos azules del chico estaban muy abiertos mientras marcaba los dígitos. Miró de soslayo a Egon y luego se colocó el teléfono a la oreja. Esperó unos minutos antes de sonreír.

—Tom—dijo. A Egon le pareció nauseabundo que se dirigiera a Thomas con tanta confianza—soy Gabbe. Alguien quiere hablar contigo, pero necesito que vayas a un lugar apartado, lejos de la familia de Shelby. Ajá. Sí—miró a Egon—todo tuyo.

Él vaciló por unos segundos antes de arrebatarle el aparato. Dudó en hablar o en seguir esperando a que Thomas lo hiciera.

—Thomas—dijo.

—¡Egon! —chilló el chico del otro lado con emoción y Egon rodó los ojos.

—Escucha—dijo—memorízate este número.

—¿Cuál?

—Escucha con atención: 122 997 61 30.

—A ver… 122 997 61 30. Listo.

—Vas a llamarme a este número cuando tengas noticas de Shelby, ¿okey?

—¿Gabbe te lo ha dicho? —preguntó con tristeza.

—Sí.

—Perdóname, ¿sí?

—Perdonarte, ¿por qué? —Egon estaba perplejo.

—Por no haberla cuidado bien.

—No es tu culpa, sino mía. Eres un muchacho muy bueno—eludió.

—Gracias—se ruborizó—Egon…

—¿Sí?

—No mates a Gabbe. Es un chico simpático.

—Lo voy a valorar…

En eso, Egon sintió una mano posarse en su hombro y dio un respingo.

—Esto… me preguntaba si quizás podrías darme unos minutos para hablar con Thomas—era Austin y sus mejillas estaban claramente ruborizadas. Egon ahogó un suspiro y se despidió de Thomas.

—Alguien quiere hablar contigo—dijo y le tendió el teléfono a Austin. Mientras tanto, Trenton no dejaba de apuntarle a Gabbe.

—Claro, descuiden. Los datos son infinitos—agregó Gabbe con una sonrisa mezquina. Era un sarcasmo. Egon se paseó de un lado a otro en el callejón sin salida, escaneando a Gabbe de arriba abajo.

—Gabriel McCall esta no es tu batalla. Vete ahora y vive tu propia vida. Incluso prometo olvidarme de ti y no matarte.

—Gracias, pero no gracias.

Egon puso los ojos en blanco.

—Supongo que no solamente viniste a decirme sobre lo de Shelby, ¿o me equívoco?

—No. Eres muy listo—bromeó.

—Entonces habla. Escupe lo que tengas que decirme.

—¿No crees que es mejor que te olvides de Shelby? Por su propio bienestar.

—¿Qué?

—Veámoslo de esta manera—movió las manos de un lado a otro—eres un criminal que sufre problemas de temperamento. Shelby es una chica propensa al suicido y piensa que eres su salvación. Y yo, bueno… soy un criminal que no tiene ningún tipo de problema mental y que puede cuidar bien de ella.

—¿Estás diciendo que te gusta? ¿acaso te interesa? —gruñó Egon.

—Shelby me gusta muchísimo y creo que estoy enamorado de ella, además, no me es indiferente.

—¿A qué te refieres con eso?

—La besé y ella me correspondió de la misma manera.

Aquella confesión fue como un latigazo de fuego en el rostro de Egon. Había confiado en él. Gabbe le prometió no conquistarla, pero ¡Claro! Nadie era de fiar.

Y a sabiendas que Shelby era muy vulnerable…. Gabbe se aprovechó de ello. Egon no supo lo que hizo hasta que se encontró embistiendo a Gabbe con una patada en el estómago, tirándolo al suelo. Se subió encima de él y comenzó a molerle la cara a puñetazos. Egon era muy fuerte, pero Gabbe no se quedaba atrás. Le sujetó los puños con las manos y lo empujó de una patada en las costillas muy lejos.

Egon se incorporó de un salto y volvió a embestirlo, sin tener suerte esta vez. Gabbe saltó sobre sus propios pies y todo sucedió como si estuvieran dentro de una película de Artes marciales. Gabbe, estando en el aire, hizo un movimiento con su pierna e incrustó la suela del zapato en la boca de Egon con demasiada fuerza que el sonido del golpe fue sordo y un crujido atravesó el aire. Egon cayó un metro atrás con la nariz y la boca curtida en sangre.

Se levantó enseguida con los ojos negros de furia. Y abrió la boca para escupir más sangre y… una muela. Gabbe le había tirado una muela. Mostrando una sonrisa lobuna y llena de sangre, Egon se limpió los labios; provocando que más sangre se desbordara al suelo.

—Eres bueno—observó y corrió a él tan rápido que Gabbe no pudo moverse y terminó de nuevo en el suelo.

Y esta vez Egon comenzó a golpearlo con sus puños sin descanso con demasiada brutalidad. Piel contra piel. El sonido de los nudillos de Egon golpeando la piel pecosa de Gabbe era sorda y dura, como si golpease un trozo de algodón con un palo. Poco a poco las manos de Egon se tiñeron de sangre que no era suya, sino de Gabbe.

La mandíbula del joven de ojos azules hizo un sonido parecido al de un “crac” y un aullido salió de lo más profundo de su garganta.

—Métele una bala en la cabeza, ya fue suficiente—le aconsejó Austin con pánico. Era más fácil dispararle que seguir manchando sus manos de sangre.

—¡No! —masculló Egon, cegado y se levantó con brusquedad y quedó mirando fijamente a los ojos azules del chico que apenas se notaban por la sangre. Él le devolvió la mirada y su respiración era agitada. Egon alzó el pie y pisó con fuerza el tórax de Gabriel.

—¡Mátame! —gimió el chico, sujetándole la pierna. Entonces Egon intensificó la fuerza y Gabbe tosió. En un movimiento rápido, el austríaco se puso de rodillas frente a él y sacó una navaja de su pantalón y la colocó justo en la yugular de su enemigo.

—Nunca he matado a nadie abriéndole la garganta.

Y la hoja filosa se incrustó en la piel del chico, brotándole una perla de sangre que lo dejó inmóvil. Y cuando Egon se disponía a jalar con fuerza el filo horizontalmente, lo miró a la cara. Los ojos azules de Gabriel reflejaban su rostro.

Su reflejo en aquellos ojos que ardían de miedo, rabia y cólera. A pesar de que ese chico era un criminal como él, no había nada siniestro en su mirada. Ni una pizca de maldad. Solo pureza y amabilidad disfrazada de fiereza.

—Mátame ya—le instó con dificultad.

Egon aspiró profundamente y se retiró del chico con la cabeza palpitándole de dolor. Gabbe se quedó en el suelo sin querer moverse. Su cara estaba deshecha y sentía que, si movía algún músculo, le dolería como el infierno.

—¿Eres asesino? —Egon se volvió a él y Gabbe asintió— ¿te gusta serlo?

—No—logró decir, escupiendo sangre.

—¿Entonces por qué estás metido en el mundo de los criminales?

—A veces… la necesidad te orilla a tomar caminos difíciles.

Trenton y Austin fruncieron el ceño.

—Vas a ayudarme—sentenció Egon, tirando la navaja al suelo y se acuclilló frente a él, sosteniéndole la cabeza.

—¿Qué? ¿no te importa que yo esté enamorado de tu novia?

—Me importa mucho. Y por eso quiero que me ayudes—espetó.

—¿Por qué?

—Si te importa Shelby, no puedo matarte, además, no tienes la culpa de ser un imbécil.

—¿Gracias? —tosió.

—¿Traes hombres contigo?

—Sí, pero no están aquí.

—Llámalos. Me vas a ayudar a matar a mi antiguo jefe y después me llevarás con el padre de Shelby.

—¿Por qué crees que voy a ayudarte?

—Porque si no lo haces, terminaré con lo que empecé y de una manera más sádica—le colocó un dedo sobre la pequeña incisión del cuello y Gabbe se estremeció.

—Lo siento.

—¿Qué?

—Lo siento por enamorarme de tu chica.

—Shelby es preciosa y no te culpo que hayas puesto los ojos en ella—alardeó—pero métete en la cabeza que es mía, ¿okey?

—Creo que ya lo tengo entendido. También lamento haberte tirado la muela.

—Gracias—sonrió de lado.

Y Gabbe lo miró con los ojos estrechados.

—¿Qué? —inquirió Egon.

—¿No vas a pedirme disculpas sobre haberme golpeado como demente?

—No—le palmeó el pecho con fuerza y Gabbe vio estrellas. Egon echó a reír.

—¿Qué demonios pasó? —preguntó Austin perplejo.

—¿Son amigos o qué? —terció Thomas, horrorizado.

—Llegamos a un trato—confesó Gabbe, incorporándose con ayuda de Egon—tal vez hacemos mejor equipo estando en el mismo bando.

«Muy, muy lejos»

—Me alegra ver que estás en la misma situación que yo.

Lola Calvin se encontraba con Norman en el asqueroso cubículo en alguna oscura región de Austria. El rubio se había recuperado notablemente, pero no del todo y Lola era su compañera de celda.

—Estamos juntos otra vez, cariño.

—Estamos en el mismo nivel ahora—canturreó ella, sonriendo.

—Al menos no seré yo quien les dé el culo a los rusos—rompió a reír Norman de su propio chiste.

—La verdad es que me importa poco lo que pase conmigo. Me siento bien sabiendo que estás en la ratonera.

—Te gusta que te den por todas partes y la idea de acostarte con muchos hombres te excita—se burló.

—¡Cállate! —intentó golpearlo, pero Norman le sostuvo la mano en el aire y la estampó a la pared.

—Te ves mejor abierta de piernas—susurró en su oreja.

—Me quitaste la virginidad a lo bestia y eso te convierte en un animal.

—Debo confesar que pensé que ya no lo eras.

—¡No soy una zorra!

—Comenzaste a serlo en el momento que estuve dentro de ti—Norman le lamió el cuello y ella se apartó con violencia—recuerda que si pones resistencia—cogió una de sus manos nuevamente y se la colocó en su entrepierna que ya estaba dura como una roca—te dolerá.

—¡No vas a violarme! —miró horrorizada a una cámara de seguridad en el techo—y menos frente a asquerosos pervertidos.

—Vete acostumbrando. Te verán más de miles de hombres—deslizó una mano en el interior de sus Jeans y comenzó a manosearla. Lola ahogó un grito y él le destrozó la blusa con las manos.

«Thomas Wilson»

La agonía y la desesperación se redujo al mínimo tras haber escuchado la voz de Austin en el teléfono y escuchar las indicaciones de Egon.

Ahora ya no estaba tan desesperado como antes y se sentía con el poder de afrontar todo lo que se le venía encima. Pero no todo era color de rosa. Sus padres habían contactado con los de Shelby y ahora se encontraban en camino para llevárselo de vuelta a Nueva York. Se acercó a Caroline levemente y ella le sonrió débilmente y le dio espacio para que se sentara a su lado en la cafetería.

—Todo estará bien—le aseguró Thomas.

—Así me dijeron minutos antes de darme la noticia que Evan había muerto—respondió ella, ocultando la tristeza en su voz.

—¡Shelby sigue viva! Y se está recuperando.

—No lo suficientemente rápido.

—La negatividad es nuestra peor consejera.

La chica estaba a punto de protestar cuando vieron que el padre de Caroline se aproximaba a ellos con rapidez.

—Vamos, muévanse. Hay noticias de Shelby.

Ninguno de los dos lo terminó de oír. Se dirigieron corriendo a la sala de espera donde se hallaba la madre de Shelby hablando con un médico de expresión neutra.

—Ya estamos todos—anunció Charlie y el doctor asintió.

—La chica sigue delicada. Perdió muchísima sangre y solo el tiempo dirá si se recupera, y más en su estado.

—¿Qué estado? —inquirió Thomas, abrumado.

—La chica está embarazada—anunció el médico con una sonrisita un tanto distante, dejando perplejo a todos.

—¿Embarazada? —entornó los ojos Caroline.

—Tiene alrededor de dos semanas y algunos días, más o menos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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