Dark Beauty - Capítulo 80
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Capítulo 80: Capítulo 80
—No podemos arriesgarnos a ir justamente ahora con tu padre, Shelby, además, no sabemos a dónde se dirige—repitió Egon por centésima vez a Shelby, quién se rehusaba a quedarse de brazos cruzados tras haber escuchado la voz débil de Gabbe en el teléfono.
Habían llegado a la ciudad más cercana y se encontraban parados justamente a unos metros del corazón de la ciudad. Nadie decía nada, solamente escuchaban con pesar la conversación de la pareja fuera del auto. Shelby miraba a Egon con suspicacia, mientras él le devolvía la mirada con desesperación.
—Mira, entiendo que no te agrade Gabbe, pero no solo se trata de él, sino de mi familia. Mi padre es quizás el demente peor visto en la historia y quiero salvarlos de él—replicó la chica.
—Gabbe me agrada, ¿por qué te cuesta tanto creerlo? —dio un paso a ella y deslizó ambas manos a la cintura de Shelby. La fémina se estremeció ante sus caricias, ya que, él había comenzado a acariciarle la piel con los dedos tras haberle levantado un poco la blusa.
Shelby le había dado gracias a Dios al haberse puesto ropa normal una noche antes porque estaba harta de la fastidiosa bata del hospital y en aquellas circunstancias definitivamente se habría visto ridículamente horrible. Egon aspiró por la boca y ella sintió su aliento rozarle la frente.
—Gabriel es una persona inocente en todo esto y lo único que quiero es que esta pesadilla termine cuanto antes. Muchas personas han muerto por mi culpa y ya no quiero más dolor—se le quebró la voz e intentó mantenerse tranquila.
Egon; por su parte, la agarró una de sus manos con delicadeza y cuidado de no lastimarle la herida y comenzó a caminar sin detenerse y sin soltarla. Shelby lo siguió, ahogando sollozos y mirando de vez en cuando atrás por encima del hombro.
Al parecer, él quería un poco de privacidad con ella. Se situaron a unos seis metros de distancia y rodearon una columna de cemento para que nadie los mirara y hablaran tranquilamente.
—No es culpa tuya lo que ha sucedido, sino mía. Yo no debí haberte metido en esto—dijo él y alargó una mano para acomodarle un mechón de cabello a Shelby detrás de la oreja—no debí poner mis ojos en ti. Pensé que serías una más en mi lista de chicas, pero simplemente fuiste la única que encabezó mi nueva lista de personas que amo y amaré para toda la vida y si hay vida después de la muerte, también entonces. Créeme que, si hubiese un botón de reinicio, desde hace mucho ya estuviera más que presionado. Y tú estarías en casa, hablando posiblemente con Lola y viendo vídeos de crímenes y pensando en encontrar a alguien demente como yo a quién amar y bueno… yo estaría asesinando personas como siempre lo he hecho. Llevando mis problemas conmigo y dejándote aparte. Protegida y feliz.
A Shelby se le formó un nudo en la garganta porque por más que no quisiera aceptarlo, él tenía razón. Sin embargo, ella también había tenido culpa.
—La culpa no es solo tuya. Yo no debí ir en primer lugar a Austria y enamorarme perdidamente de ti.
—Tampoco debí haberte seguido hasta Norteamérica—repuso él.
—No debí robarte un beso—replicó ella.
—No debí protegerte ni amarte, pero lo hice—esbozó una sonrisa—y aquí me tienes a tus pies, Shelby. Recibiría una bala por ti. Ahora no sólo mataría por ti, sino que moriría por ti, ¿no lo entiendes? Y si yo tuviera la posibilidad de traer a Gabbe justo ahora, lo haría. Pero estoy atado de manos porque si se da el caso, no podré matar a tu padre.
—Jamás permitiría que murieras por mí—le contradijo ella, colocando ambas manos en el pecho de Egon. Sentía los latidos de su corazón martillándole las costillas—aprendí a defenderme gracias a ti. Y tienes mi bendición para meterle una bala en la cabeza a mi padre.
Egon esbozó una sonrisa y le levantó la barbilla a Shelby con ternura y acunó su rostro entre sus manos, admirando sus hermosos ojos ambarinos que lo miraban fijamente.
—¿Sabes? Si yo no te hubiera conocido y si tú no hubieses ido a hacerme esas preguntas a prisión, no vendría mi primer hijo creciendo dentro de ti.
Y entonces él la besó. Era el primer beso real y apasionado, lleno de desesperación y de delicadeza fusionada con salvajismo que se daban en mucho tiempo y fue como si probaran por primera vez el oxígeno en toda su vida. Shelby se pegó a él lo más que pudo y sintió la calidez de su firme cuerpo con el suyo. Soltó una risilla cuando él atrapó su labio inferior y le propició una mordida deliciosa.
—Este bebé nacerá y sabrá que tiene un padre muy guapo.
—Un miembro más que se une a la familia—tiró de ella y la envolvió suavemente en sus brazos—se formó sin querer, pero ya lo amo.
—¿Sin querer?
Se apartaron levemente sin soltarse del abrazo.
— Sí; porque ya sabes, tomaste las pastillas y ahora estás embarazada.
—Creo que ya sé cuándo quedé embarazada—dijo, pensativa.
—¿Eh? —la perplejidad en su atractivo rostro lo hacía lucir adorable.
—La última noche que estuvimos juntos y nos escapamos hasta el amanecer—le recordó—esa noche no tomé la pastilla y tampoco el día siguiente. Hasta ahora mismo sigo sin haberla ingerido.
Y a Egon se le iluminó el rostro.
—¡Esto es emocionante!
—Pensé que posiblemente me rechazarías al enterarte—murmuró ella, con los ojos cristalizados.
—Tú me enseñaste a disfrutar mi vida mucho más, Shelby—le acarició el contorno de su rostro con el dedo índice y ella cerró los ojos—hubo algo que una vez mi madre me dijo y siempre lo he tenido presente.
—¿Qué cosa?
—Un hijo, por más difícil que sea la situación, siempre será una bendición. La llegada de un bebé puede solucionar cualquier problema porque es un ser puro, llega a darle alegría y sentido a la vida de sus padres—dijo él. Sus ojos estaban fijos en los suyos. Habló con tal dulzura que a Shelby se le ablandaron las piernas. ¿Cuánto amor guardaba ese chico en su interior?
—Me cuesta trabajo creer que alguna vez fuiste un chico malo y temperamental.
—Él o ella quizás me haga cambiar del todo—colocó una mano en el abdomen plano de Shelby que dentro de poco se volvería enorme.
—¿En serio estás feliz porque tendremos un bebé?
—Sí.
—¿Seguro?
—¿Dudas de mí? —estrechó los ojos, los cuales parecían dos rendijas oscuras.
—No; pero tengo miedo. Ahora soy más vulnerable.
—Bueno, de antemano sabes que jamás permitiré que alguien te toque un cabello.
—Y eso me preocupa. No quiero que mueras por protegerme.
—Si tú mueres, muere también mi hijo. Y si ambos mueren, me doy un tiro en la cabeza—respiró hondo, mirándola con fijeza a los ojos—mi vida no tendría ningún sentido sin ti y el bebé.
Shelby le echó los brazos encima y se mantuvieron entrelazados durante un largo rato.
—Con un demonio.
Se sobresaltaron al escuchar la voz de Martha detrás de ellos. Egon gruñó y soltó a Shelby para ver a la anciana.
—¿Qué? —espetó.
—Fantástico, ¿ustedes creen que el sol no quema o qué? Nos estamos carbonizando vivos ahí dentro—señaló el auto—y ustedes bien gracias, echando faje en la sombrita.
Shelby sintió que sus mejillas ardían.
—Estás loca—le dijo Egon, intentando no sonreír—pero tienes razón, hace calor. Vamos, mi bella dama.
Cogió a Shelby de la mano y siguieron a la anciana hasta el coche.
—¿Crees que, esta noche, para aliviar la tensión y festejar que estamos juntos otra vez… podríamos… no sé, pasar una buena velada? —le susurró Egon en la oreja—sé que no es momento de pensar en ello, pero te he echado tanto de menos…
—Lo pensé también—rio ella por lo bajo—pero no era prudente quitarte la ropa en el coche, frente a los chicos.
—¿Entonces eso es un sí?
—¿Tú qué crees?
—Los estoy oyendo—les avisó Martha con voz cantarina.
«En otra parte»
¿Cómo era posible que hubiese llegado a ese punto, de ser maltratado por tu propio jefe? Dorian Tyler había perdido definitivamente la cabeza. Gabbe se encontraba tirado en el suelo con la boca llena de sangre y el cuerpo golpeado.
El ojo derecho le palpitaba y sentía como poco a poco se le iba cerrando como cuando peleó con Egon y soltó una risa cómica. En ese momento deseó poder verle incluso la cara ese sujeto. Apretó la mandíbula cuando escuchó pasos acercarse al cubículo.
Se había quedado solo gracias a que Caroline se le ocurrió contestar el teléfono y tanto ella como su padre los sacaron de ahí. Y Gabbe, queriendo recuperar el teléfono, apenas y logró pronunciar el nombre de Shelby antes de que uno de sus antiguos colegas quebrara el aparato y le patease la cara con fuerza hasta dejarlo inconsciente. Despertó horas después y en ese momento cerró los ojos cuando alguien entró a verlo.
—Levántate, el jefe quiere verte—gruñó Francis. Un hombre que supuestamente había sido amigo de su padre y que en ese instante lo estaba tratando como mierda. Gabbe fingió seguir desmayado—mira, hijo, tengo que seguir las órdenes del señor Tyler, así que coopera.
—¡No! —espetó Gabbe; tratando de incorporarse, pero su cuerpo flaqueó y volvió a caer.
—Detesto tener que hacer esto, pero si no lo hago, me matarán—dijo el sujeto, al tiempo que se inclinaba y cogía a Gabbe de la espalda para levantarlo como si se tratase de un saco de basura. Lo peor fue que él Ni siquiera pudo defenderse, puesto que no podía mover sus extremidades gracias al dolor que lo albergaba. Se sentía moribundo. Dorian Tyler jamás en toda su vida que llevaba trabajando para él, le había levantado la mano y para ser la primera vez… lo hizo estupendo porque no podía hablar tampoco gracias a la paliza.
—Francis—balbuceó Gabbe, mientras el hombre lo colocaba sobre su hombro boca abajo. La sangre del chico escurrió por su frente hasta el suelo y pequeñas gotas rojas fueron adornando el pasillo a medida que su verdugo avanzaba—por favor, eras amigo de mi padre y… —escupió la sangre que se le acumuló en la boca y continuó hablando con una mueca—déjame escapar. Dorian ha perdido la cabeza.
—De eso me di cuenta, pero son órdenes, chico.
—Al menos déjame caminar por mi cuenta. Estás lastimándome—titubeó. Francis suspiró y se detuvo para bajarlo. El jet era inmenso; por lo que solo faltaban unos cuantos pasillos para llegar a donde Dorian se hallaba y Gabbe se deslizó al suelo para sostenerse con sus propios pies y vio estrellas. A regañadientes se mantuvo erecto y se agarró de la pared.
—Vamos—le instó con amabilidad el sujeto, extendiéndole su brazo como modo de apoyo. Gabbe se lo agradeció. Juntos caminaron unos cuantos pasos cuando se encontraron a Dorian, interceptando el camino. El chico retuvo el aire en sus pulmones y alzó la barbilla sin miramientos.
—Francis, lárgate—le ordenó Tyler con una sonrisa. El susodicho asintió y dándose la vuelta, se marchó. Gabbe cerró los ojos y recargó su espalda en la pared.
—¿Cómo has podido golpearme y a ordenarle a mis antiguos colegas a hacerlo también? —musitó Gabbe, con voz débil. Sus párpados se cerraban constantemente.
—Necesitabas entender que no formas parte de la vida de mi hija y mucho menos eres amigo del bastardo de Peitz y que tú me perteneces. Estás de mi lado, ¿lo olvidas?
—No se trata del lado en el que yo esté, sino del bienestar de tu propia hija—respiró hondo, tratando de no perder el conocimiento—y tienes razón, no soy parte de la vida de Shelby, pero su novio me incluyó a su familia tras haber hecho las paces…
Gabbe calló abruptamente cuando Dorian lo abofeteó con el dorso de la mano en donde su anillo cortó profundamente la mejilla del chico y este ahogó un alarido silencioso, pero mantuvo el equilibrio.
—O sea, que ya son amigos—siseó Dorian con los ojos en llamas.
—¡Joder, sí! —jadeó Gabriel, tragándose el dolor.
—Vaya, entonces fue un error encargarte que hicieras un trabajo difícil. Eres incompetente. Pero claro, eres solo un niño que no sabe nada—lo reprendió y se llevó una mano a la frente—de todas maneras, fue bueno que te hicieras amigo de ese fulano.
—¿Qué? —el rostro de Gabbe se puso rígido.
—Vas a ir a buscarlo y decirle que has escapado de mí. Y lo llevarás a Nueva Jersey a base de mentiras y una vez que lo hayas traído a mi territorio, tú quedarás absuelto de mí y de todo lo que conlleva esto, ¿okey? Serás libre.
—¿Dorian?
Tyler le envió una mirada severa a Gabbe cuando Trixie apareció en el pasillo de brazos cruzados. El chico apenas y pudo verla porque le costaba mucho respirar y abrir por completo los ojos. Notó que la mujer hizo una mueca de desagrado al verlo y se acercó rápidamente.
—¿Este es el sujeto que me dijiste?
—Sí, se llama Gabriel McCall.
—Uhm, es más guapo que Peitz.
Le escrutó el rostro de arriba abajo y lo tomó del mentón, el cual sangraba, y después le tocó parte de la mandíbula. Él gimió de dolor.
—Abre los ojos—le ordenó con voz autoritaria. Gabbe obedeció y sus ojos azules se postraron en la madre de Shelby—incluso tiene unos ojos hermosos—canturreó la mujer y Dorian la miró con extrañeza— ¿te enamoraste de mi hija?
Gabbe no respondió. Tragó saliva y apartó la cara de sus manos.
—¿Por qué le preguntas semejante estupidez, Trixie? —rugió Dorian—el chico no te dirá nada porque no te conoce.
—A ver—ella se volvió a Gabbe y lo sujetó del pecho—chico insolente, vas a responder a lo que pregunté, quieras o no.
Gabbe soltó una risa nasal y meneó la cabeza en negación.
—Usted es una serpiente mezquina que solamente quiere ver el mundo arder bajo sus pies—espetó Gabbe con veneno—y sí, me enamoré de su hija y le doy gracias al cielo que ella no sea como usted, toda amargada e imbécil.
Y de nuevo recibió una bofetada, pero ahora por parte de la madre de Shelby. Empero esa vez, él perdió el equilibrio y cayó al suelo, jadeando.
—Oye, alto—interpuso Dorian con molestia—no te atrevas a tocarlo otra vez, ¿entiendes? Este chico ya tuvo suficiente.
—Tú lo golpeaste como bestia y un golpe más no hizo ninguna diferencia—se arregló la blusa y fulminó al chico por encima de su hombro. Trixie alzó una vez más su delgada y larga mano para levantar al chico del suelo y zarandearlo, pero Dorian la cogió de la muñeca.
—Vete de aquí, o no querrás que te lance del jet a muchos metros por encima del suelo—gruñó. Trixie Cash alzó la barbilla y retrocedió unos pasos.
—Estaba buscando el baño—dijo con escepticismo. Dorian rodó los ojos y señaló con el dedo una puerta metálica hasta el fondo.
—Es por allá.
Trixie se encaminó hacia aquella puerta con pasos firmes, pero una sacudida la hizo tambalearse, Dorian rio y se inclinó para recoger a Gabbe delicadamente.
—Créeme que me dolió con el alma verte sufrir, chico, es solo que confié en ti y me traicionaste—le explicó, al tiempo que lo cargaba con tal facilidad. Parecía como si de un bebé de un año se tratase. Gabbe se contorsionó y quiso protestar—eres como mi hijo, Gabriel.
—No. Antes yo te miraba como un padre, pero después de lo que me has hecho, solo siento odio por ti. Y si me ves cómo tu hijo, mátame. Yo sería incapaz de llevar a su muerte a Egon solo porque lo odias.
Dorian hizo caso omiso y comenzó a caminar con Gabbe en brazos hacia alguna parte. Recorrió varios pasillos hasta que de una patada abrió una pequeña puerta y entró. Charlie y Caroline se abrazaron instintivamente.
—¿Cómo te llamas, preciosa? —preguntó Dorian a Caroline y Charlie gruñó—oye, relájate. Sé que es tu hija, pero necesito su ayuda.
—Me llamo Caroline—contestó la chica con timidez, pero sus ojos estaban puestos en Gabbe, que apenas y se movía en los brazos de ese demente.
—Bien, Caroline. Sígueme.
—¿A dónde? —espetó Charlie, a la defensiva.
—A cuidar un momento de Gabbe—movió un poco al chico y este gruñó—ella solamente se tiene que quedar a vigilarlo.
Caroline miró a su padre y este le devolvió la mirada a su vez.
—¿Cuándo nos dejarán regresar a casa? —quiso saber Charlie. Él tenía un ligero moretón en el ojo gracias a la disputa de tiempo atrás por haber protegido a su hija y lo hacía lucir rudo.
—Cuando encuentre a mi hija y mate a su novio—respondió Dorian con amabilidad y miró a Caroline—vamos, hija. Quiero que vigiles a Gabbe.
Caroline asintió con los labios apretados y miró una vez más a su padre.
—No le pasará nada a mi papá, ¿verdad?
—No. Ahora vamos.
Dorian salió por la puerta con Caroline pisándole los talones. La chica temblaba de pies a cabeza, mirando a todas partes. Luego de escudriñar a su alrededor, se dispuso a observar al chico que llevaba ese hombre en sus brazos. Con que él era Gabbe. El chico por el cual su hermana también suspiraba a parte de Egon y sacudió la cabeza. Desde el ángulo que él estaba, lograba verle el rostro lleno de sangre que goteaba al suelo. Tenía los ojos cerrados y sus labios estaban entre abiertos. Dorian paró en seco y ella estuvo a punto de impactarse en su espalda.
—Abre esa puerta—ordenó y ella obedeció.
Él entró y la chica lo siguió. ¿Cómo era posible que ese jet fuera inmenso? Es decir, parecía un hotel muy pequeño con habitaciones por doquier y no se sorprendería si encontrase una sala lujosa con tv y una cocina. Miró al hombre dejar al chico en una… ¿cama? Caroline entornó los ojos.
Era una jodida habitación muy acogedora y se dio cuenta de ello cuando se encendieron las luces. Había una cama matrimonial, dos sillas y un sillón inflable muy curioso. También una pequeña tv plasma que estaba estampada a la pared. Sin lugar a dudas, aquel medio de transporte parecía sacado de los libros y películas de ciencia ficción como Star Wars y Star Trek.
—Quiero que le limpies la cara y le proporciones antibióticos por vía intravenosa, ¿okey? Aquí hay jeringas y medicamentos necesarios—le enseñó un botiquín que había debajo de la cama. Caroline no podía salir de la sorpresa—sabes inyectar, ¿no? Porque Trixie me comentó que haces servicios en hospitales.
—Eh, sí. Mientras haya todo lo necesario, el chico podrá recuperarse.
—Bueno, entonces es todo tuyo—argumentó y le guiñó un ojo antes de dejarla a solas con ese muchacho.
Caroline dio vueltas en círculos sobre su propio eje sin saber qué hacer. Le daba terror tocar al chico y lastimarlo más de lo que ya estaba. Se detuvo un momento para aclarar sus ideas y lo miró fijamente.
Gabbe tenía las pestañas largas, negras y rizadas que descansaban en sus mejillas, y aunque tenía la cara inflamada, su atractivo salía a relucir y a Caroline se le encogió el corazón. Él era un poco parecido a Evan, solo que más tierno en sus facciones.
Se apresuró a abrir el botiquín y sacó algodón, alcohol y vendas. Jeringas y medicamentos. Rodeó la cama y comenzó a desvestirlo cuidadosamente, pero él gruñó y se abrazó a sí mismo, negándose a cooperar.
—Amigo, mira, ayúdame por favor, si no dejas que te limpie la cara, me van a matar—le susurró estresada. Él se tensó—soy Caroline, la hermana de Shelby Cash. No voy a hacerte daño.
Entonces él abrió los ojos precipitadamente y ella sufrió un ligero espasmo al percibir su mirada azul como el cielo, pero eléctrico como un relámpago sobre su persona. Él esbozó una suave sonrisa y suspiró, extendiendo los brazos para que ella lo siguiera desvistiendo.
—Eres igual de graciosa que tu hermana—observó él, con voz apagada. Caroline no dijo nada y siguió quitándole la ropa, dejándolo solamente con el pantalón y el botón desabrochado.
El pecho de Gabbe era firme y sus brazos delirantes. Caroline desvió la mirada muchas veces para no mirarlo fijamente y se dio a la tarea de comenzar a limpiarle el rostro suavemente.
Él cerró los ojos sin dejar de sonreír.
—Al fin hay algo bueno después de todo esto—le oyó decir. Y ella frunció el ceño.
—¿Qué?
—Shelby es una chica perfecta y obviamente su hermana también debía serlo.
—Ella no es mi verdadera hermana—puntualizó, ruborizada.
—Eso lo sé. Tienes también tu encanto.
A Caroline se le erizaron los vellos del cuello cuando él volvió a abrir los ojos y la miró.
—Gracias por ayudarme.
—No es nada.
—Percibo dolor en tus ojos—susurró él— ¿sigues triste por la muerte de tu novio?
Caroline dejó de limpiarle la cara y se quedó mirándolo, sorprendida.
—¿Qué sabes tú de eso?
—Mucho. Egon me lo contó—y Gabbe cerró la boca enseguida.
—¿Egon? ¿Qué sabe él de Evan? —se mostró a la defensiva.
—Olvídalo. No es importante—eludió un tanto distante. Y volvió a cerrar los ojos.
—Dímelo— insistió, molesta.
—No.
—¿Por qué no? —espetó.
—Porque si te lo digo, estaría contándote un secreto y yo no estoy autorizado a hacerlo.
—Eres un estúpido—masculló irritada y le pellizcó la cara a propósito. Y Gabbe apartó su mano, cogiéndola de la muñeca con fuerza. Ella gritó.
—No me hagas daño—susurró él, al abrir los ojos—porque puedo matarte de un solo golpe si quiero.
—Entonces cuéntame lo que quiero saber—lo desafió con desprecio.
Caroline frunció el entrecejo cuando Gabbe se negó rotundamente a contarle el secreto.
—Por favor—insistió ella—quiero saber.
—Si te lo digo, vas a odiarlo.
—¿A quién?
—A Egon.
—¿Por qué lo haría?
—No soy el indicado para contártelo, si quieres averiguarlo, será mejor que se lo preguntes a él.
Con cierta amargura, Caroline rebuscó en los medicamentos y llenó la jeringa de antibiótico.
—Dame el brazo—dijo con voz firme.
Él obedeció y colocó su brazo a lo largo de la cama. Caroline sostuvo con fuerza su extremidad y con sumo cuidado enterró la filosa aguja en la piel de Gabbe y entonces él ahogó un grito de dolor y se contorsionó, tratando de liberarse.
—¡Me duele! —gimoteó. Ella se horrorizó y le sacó de inmediato la aguja. Leyó rápidamente las indicaciones del antibiótico y se puso lívida— ¡quieres matarme o qué! —se quejó Gabbe, con furia.
—Lo siento—se disculpó—tu jefe dijo que tenía que suministrártelo por vía intravenosa y esto dice que es intramuscular.
—¿Y qué significa?
—Significa que debo ponértelo en un glúteo.
Gabbe dejó escapar un sonido parecido a una risa. Y después meneó la cabeza en negación.
—Cariño, si tanto querías verme desnudo, solamente me lo hubieras pedido—canturreó y haciendo una mueca, se despojó de sus pantalones, quedando en bóxer.
Caroline se llevó una mano a la frente y bufó. Estaba tan golpeado, pero aun así tenía fuerzas para hacer chistes y quitarse la ropa. Menudo bobo.
—Date la vuelta y no vayas a moverte porque si la aguja se rompe, te desangrarás y no tengo los medios para evitar una hemorragia.
—Solo hazlo y ya. No soporto el dolor—se quejó y se tumbó lentamente boca abajo con su trasero a la vista de Caroline.
El bóxer rojo que portaba tenía un estampado de una “S” de Superman y ella casi se partió de la risa. Se sentó a los pies de la cama y observó la espalda ancha y la cadera estrecha de ese chico. Tenía un cuerpo musculoso, pero débil al mismo tiempo. Unos fuertes moretones le adornaban la espalda baja y las costillas.
— ¿Es para hoy? —él preguntó.
—Calla, te pondré un cóctel de medicamentos para tu pronta sanación—alargó una mano y la posicionó en el inicio del bóxer y sintió que comenzaba a temblar.
—Te ayudo si no puedes—vaciló el chico y colocó sus dedos en el resorte de la ropa interior, tirando de ella hacia abajo—es un trasero, como el de los demás. No te asustes.
Caroline rodó los ojos y le sujetó un glúteo con un poco de vergüenza. Le frotó alcohol y le suministró el antibiótico revuelto con analgésico y antiinflamatorio lo más rápido posible. Sintió el cuerpo de Gabbe relajarse.
Le acomodó el bóxer y se deslizó fuera de la cama para tirar las cosas usadas a la basura. Cuando concluyó, buscó agua y milagrosamente encontró un pequeño baño ahí y se apresuró a lavarse las manos.
De vuelta a la habitación, encontró al chico con el pantalón puesto, pero sin camisa. Dormía profundamente con el rostro enterrado en la almohada. Su respiración era tranquila. Por lo que ella optó por sentarse en el suelo a unos centímetros de él y recargó la cabeza en la cama.
Miró el techo de aquel jet y cerró los ojos. ¿Qué demonios hacía ella metida con esas personas alrededor? Había perdido su teléfono y no había modo alguno de comunicarse con su hermana. Y, por si fuera poco, el sujeto que tenía a su costado, sabía cosas de Evan, más de lo que ella tenía conocimiento y le enfurecía, ya que, se dio cuenta de que él no tenía intención de decirle nada. Idiota.
¿Cómo es que Shelby decía que era tierno y adorable? Era todo lo contrario y muy parecido a Egon Peitz, pero con rostro amable. De tanto coraje y cansancio, se dispuso a dormir un poco. Se acurrucó a los pies de la cama y se durmió.
Pero cuando despertó tiempo después, notó que estaba en otro lugar. Abrió los ojos de golpe y se encontró recostada a lo largo de esa cama, sin el extraño chico. Horrorizada, se levantó con precipitación y todo le dio vueltas.
—Ahora la enferma serás tú, si no te tranquilizas—le oyó decir al chico de ojos azul eléctrico.
Él se hallaba en la puerta, agarrándose el brazo con la mano y mirando el pasillo con atención. Ya se miraba mejor, aunque tenía un ojo levemente cerrado y sus moretones estaban más vivos que nunca.
—¿Qué haces?
—No pensarás quedarte aquí hasta que nos maten, ¿o sí?
A Caroline se le secó la boca por la angustia.
—¿Qué planeas hacer, lanzarte desde el cielo hasta caer y estamparte en el suelo con las vísceras saliendo de tu cuerpo? —Caroline ahogó una risa nasal, imaginando la escena.
—Es la mejor muerte que puedo tener, créeme—repuso, aun sin mirarla.
Caroline resopló y lo escaneó en un instante. Tenía la piel llena de pecas y los ojos más azules jamás vistos.
—¿No sería mejor que te calmes? Ahora el paranoico eres tú.
—¿Calmarme? Cariño, esto es serio. No conoces a Dorian—añadió y cerró la puerta lentamente y se sentó junto a ella—es un buen tipo, pero ha perdido la cabeza. Y debemos largarnos de aquí si queremos vivir.
—Dime tu plan.
—Buscar el área de paracaídas y lanzarnos a tierra. Es nuestra única salida.
Entornando los ojos, Caroline lo miró.
—Debes estar bromeando.
—Bueno, si gustas quedarte, estás en tu derecho. Yo necesito encontrar a tu hermana y a Egon para hablar con ellos antes de que Dorian los atrape.
—Escucha—espetó ella, con impaciencia—jamás en mi vida había estado involucrada en algo como esto, así que sé un poco más amable y considerado conmigo.
—¿Sabes qué haría Shelby en tu lugar? —la miró de hito en hito con una sonrisa traviesa. Ella negó con la cabeza—me diría “No sé lo que estás esperando. Vámonos ya”.
—Ya te dije que en realidad no somos parientes consanguíneos.
—Entonces haz que así sea—la tomó de la mano y le acarició la palma—eres joven, vive la vida al extremo porque nunca sabes cuándo será el último de tu existencia.
—¿Y si muero al vivir al extremo?
—En ese caso, morirás feliz—Gabbe se incorporó y comenzó a ponerse la camisa con dificultad.
—¿Qué hora es? —preguntó ella.
—Hemos dormido como unas seis horas más o menos. Deben ser las cinco o seis de la tarde.
—Vaya—se frotó los ojos con pereza y miró a Gabbe.
—¿Vendrás conmigo?
—¿A saltar desde el cielo al suelo?
—Sí.
—Amm… está bien. Pero si muero, te mataré.
Gabbe esbozó una sonrisa lobuna.
—De acuerdo. Me matarás estando muerta.
Caroline se levantó de la cama y se acomodó los pantalones con aire despistado, se acercó a lo que parecía ser una ventana del tamaño de su puño y se asomó.
Vio que comenzaba a oscurecer y no miró ninguna luz de alguna ciudad abajo, por lo que debían estar sobre el océano y se estremeció.
—No hay tierra firme a cuál aterrizar—le informó a Gabbe.
—Déjame ver—se aproximó a ella y la hizo a un lado suavemente para poder observar. Y haciendo una mueca, masculló: —tienes razón, estamos sobrevolando sobre el mar.
—¿A dónde vamos?
—No tengo idea, pero estamos rumbo a otro continente, solo espero que no vayamos rumbo a… —se quedó callado y sacudió la cabeza.
—¿A dónde? —insistió ella.
—Austria…
«Austria»
Lola se sentó por un momento en la cama sucia que había en el cubículo para recuperar el aliento.
Se sentía como una chica asquerosa y sucia al dejar que Norman hiciera con ella lo que quisiera, como una de esas mujeres que hacían vídeos pornográficos y no se asustaría si algún día encontrase un vídeo suyo en esas condiciones en Internet, porque había fetiches de todo tipo, en especial las violaciones.
—Ven acá—le dijo Norman, completamente sudoroso. Estaban desnudos y no había ningún tipo de pudor entre ellos.
—No me siento bien—susurró la fémina—me duele la cabeza y tengo náuseas.
—A nadie le importa—miró a la cámara del techo y guiñó un ojo con malicia—vamos, nena.
—Hemos estado teniendo sexo a todas horas desde que estoy aquí y ya no puedo más, Norman. Me duele el cuerpo y…
De pronto, la puerta del cubículo mugriento se abrió y apareció Marlon Blake con cara de asco. A Lola le importaba un pepino que la viera desnuda, así que se limitó a sentarse en el suelo y a mirar sus pies.
En cuanto a Norman, él cogió sus pantalones y se volvió hacia su jefe.
—Vaya. La herida de tu espalda no evitó que violaras a la pobre chica—dijo Blake, esbozando una sonrisa—muy bien.
—¿Dónde habías estado estos días? —Norman chasqueó la lengua y miró a Lola caer desmayada en el suelo, pero no hizo el ademán de levantarla, solo hizo una mueca y volvió a fijar sus ojos grises en Marlon.
—Realmente, no hice nada importante—alzó la mano por encima de su rostro y la agitó.
—Pensé que buscabas a Egon.
—Ya lo encontré, a mí nadie se me escapa—esbozó una sonrisa maquiavélica—así que vienes conmigo. Vas a ir a tu habitación a darte una maldita ducha que tanta falta te hace y te pondrás ropa limpia.
—Guau, ¿no vas a matarme? — preguntó el rubio, irónico. Aunque, a decir verdad, tampoco tenía un plan para matarlo, y no le quedará de otra que seguir obedeciéndolo.
—No todavía. Ahora, vámonos—Norman torció los labios en una sonrisa y miró a Lola. La rubia estaba en un estado más deprimente que él y sintió una extraña sensación de desasosiego por ella.
—¿Qué hay de la chica?
—Uhm, puede permanecer aquí en lo que vuelves. No tengo cabeza para ella en este momento—Marlon arrugó la nariz con asco—vámonos.
—Al menos déjame darle ropa limpia…
—¿Ahora sientes compasión por ella? —Marlon rio secamente.
—No—Norman tensó la mandíbula—es solo que no puede estar desnuda. Van a entrar a violarla y…
—¿Y eso a ti qué te importa?
—Es mía—gruñó el rubio.
—No. No es tuya—reiteró Marlon con las cejas juntas—en el momento que ella pisó este suelo, se volvió de mi propiedad. Además, tú la has violado tantas veces que no deberías preocuparte.
Norman carraspeó y con indignación, asintió. Porque en todo caso, Marlon tenía razón. Lola ya tenía su destino decidido por ese hombre.
Blake le indicó con la mano que lo siguiera y Norman lo obedeció. Salieron de aquel asqueroso cubículo y Vincent, el guardaespaldas personal de su jefe, cerró la puerta de una patada y le picó la espalda con la culata del arma para que caminara. Norman gruñó y siguió a Blake hasta su habitación, que tanto echaba de menos.
—Báñate y ponte algo limpio—hizo una mueca de repugnancia—estaré esperándote en mi despacho. Date prisa, White.
Dicho eso, Marlon lo dejó a solas y Norman entró a su antigua pieza en donde descansaba cuando no tenía que ejecutar ningún trabajo y sentía el ambiente rancio y vacío. No lo sentía como antes. Cerró la puerta y se recostó un momento en la cama. Miró sus pocas pertenencias y suspiró.
—De nuevo a las andadas—se dijo a sí mismo con voz amarga y una chispa de satisfacción atravesó sus ojos grises y esbozó una sonrisa—y a darle verdadera caza a Egon y esta vez sin tonterías de por medio.
Se incorporó de inmediato y se desnudó para entrar a ducharse. Mientras tanto, Lola apenas y podía con su conciencia. A duras penas divisó como Norman se marchó de ahí, dejándola sola y cerró los ojos.
Ahora era más que desdichada. No había nadie que la estuviera buscando desesperadamente y se tragó las ganas de llorar. Se arrastró a la cama y trató de ponerse su ropa que estaba hecha trizas. Al menos el pantalón le cubriría parte de su desnudez.
Cuando se los enfundó, buscó algún objeto o tela para cubrirse el torso, pero no encontró nada, y se tendió boca abajo en la cama. Tenía irritada su parte íntima y no dejaba de darle náuseas. Le dolía la cabeza.
Se hizo un ovillo cuando escuchó que la puerta se abrió con lentitud y alguien entró a verla. Sabía que no era Norman, así que se obligó a cerrar los ojos y fingir estar dormida.
—¿Hola? —era una voz femenina. Lola abrió los ojos de un sobresalto y se dio la vuelta para encarar a la persona que parecía ser una fémina. Y sí, era una mujer. Quizás unos cinco años mayor que ella, pero era joven y sonreía levemente.
—¿Quién eres tú? —la rubia se cruzó de brazos para taparse.
—Me envió el señor Blake. Vamos, te acompañaré a darte una ducha y a ponerte ropa limpia.
—¿Por qué?
La chica dejó de sonreír.
—No lo sé, tengo que obedecer, vamos, acompáñame.
—¿Qué haces tú aquí?
—Trabajo aquí—la miró con desdén.
—¿Trabajas aquí? —entornando los ojos, Lola sacudió la cabeza—debes estar tomándome el pelo.
—Trabajo aquí—repitió la chica e hizo una mueca de desaprobación.
—Nadie en su sano juicio trabajaría aquí por su propia cuenta.
—Bueno, eso no es de tu interés—la chica parecía fastidiada. Lola se dio cuenta que era más pequeña que ella en estatura y que quizás era afroamericana por el tono de su piel, pero no era tan morena.
—Tienes razón. No me interesa—masculló la rubia con frialdad, pero no hizo el intento de moverse de la cama.
—Llamaré al señor Blake diciéndole que no quieres obedecer—la chica desconocida la amenazó.
—Hazlo—Lola volvió a recostarse en la cama, ignorándola por completo. Hubo un lapso de silencio en el que Lola no supo si la chica se había marchado o aún estaba ahí. Echó un vistazo por el rabillo del ojo y se dio cuenta que ella seguía en la puerta, mirándola con hostilidad—vete—graznó la rubia.
—Vi lo que Norman te hizo todos estos días—añadió la chica. El rostro de Lola se tiñó de rojo—yo soy la encargada de las cámaras de seguridad—puntualizó—y era mi deber supervisar.
—¿Solo viniste a burlarte de mí?
—No. Vengo a ayudare—bajó la voz y Lola entornó los ojos.
—¿Qué?
—Oí lo que le decías Norman sobre náuseas y así.
—¿Y?
—Es probable que estés embarazada porque me imagino que desde antes mantenías relaciones sexuales con él, ¿no?
Ella no respondió a esa pregunta.
—No quiero hablar. La cámara sigue activada.
—La dejé congelada, no te preocupes. Vamos.
—¿A dónde?
—A hacerte una prueba de embarazo. Ya mandé a Harper por una prueba a la farmacia más cercana.
—No estoy embarazada—se horrorizó.
—Tenemos que salir de dudas.
—En todo caso, ¿y a ti qué te importa? Es decir, no me conoces y debe valerte una mierda mi vida.
—Si estás embarazada, el señor Blake no te obligará a prostituirte a Rusia. Te quedarás acá a trabajar de otra cosa. Estarás a salvo.
Y Lola comprendió. Esa chica iba a tener su misma suerte, pero milagrosamente quedó embarazada y no se hizo prostituta.
—¿A ti te pasó algo parecido? —se atrevió a preguntarle. La chica no respondió—perdona. Mi mayor defecto es ser indiscreta.
—No hay problema, entonces, ¿vienes? —Lola asintió y la siguió fuera del cubículo. Al salir, la chica se quitó su suéter y se lo obsequió—póntelo.
La rubia se lo puso y le agradeció con la mirada. Caminaron por un largo tramo que parecía no tener fin hasta que la chica se detuvo frente a una puerta de plástico.
—Me llamo Roxanne, por cierto—declaró la chica, abriendo la puerta.
—Lola—repuso la rubia, titubeante. Se deslizaron dentro y escrutó a su alrededor. Era una habitación con un librero, un escritorio, una tv y un sinfín de papeles pegados a las paredes.
—Esta es nuestra recámara. La comparto con Harper—informó Roxanne, cerrando la puerta con discreción.
—No entiendo por qué no se van de aquí.
—Porque estamos atadas de por vida a Marlon—suspiró Roxanne—es divertido cuando te acostumbras.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Desde los quince años. Así que tengo unos diez años viviendo aquí—respondió. Y a Lola se le paró el corazón un momento.
—¿Qué? ¿y no extrañas a tu familia?
—No. Ya no—rio—además, le sirvo a Marlon demasiado y ejerzo lo que me gusta: Componer aparatos electrónicos.
—¿Y la otra chica que vive aquí?
—Harper llegó hace dos años—humedeció sus labios—ella tiene veinte años y como le gusta mucho cocinar, es la que prepara la comida aquí.
Lola sintió ganas de vomitar y lo hizo sobre sus pies, quedándose sin aire. Roxanne negó con la cabeza, contrariada y desapareció por otra puerta.
Regresó con un trapeador y le indicó a Lola que se saliera de ahí. La rubia se sentó en una silla y se frotó el estómago. Tenía mal sabor de boca a causa del jugo gástrico y la bilis. De pronto, la puerta de la estancia se abrió y por instinto, Lola se cubrió el rostro con las manos.
—Es Harper—anunció Roxanne y Lola vio a la chica entrar.
Era albina. Su piel era casi tan blanca como la leche y su pelo y pestañas eran tan rubios que parecía nieve. Sus ojos eran oscuros con tonalidades rojizas. Sonrió al ver a Lola.
—Ya no hay moros en la costa. Ve al baño para saber—ordenó Harper, tendiéndole a Lola la prueba. Ella lo tomó y con pasos inseguros, entró al baño pequeño que había ahí.
Por otro lado, Norman terminó de asearse y se peinó el cabello frente al espejo. La tonalidad de su piel era más blanca que la habitual, debido a que se había mantenido lejos del sol durante semanas.
Y sus ojos grises parecían transparentes y más salvajes. La herida de su espalda había mejorado considerablemente y apenas le dolía. Cuando terminó de vestirse, abrió la puerta de la habitación y salió a dar una vuelta a las instalaciones antes de verse con Marlon Blake. Y a unos pasos de distancia, Lola hizo la prueba, pero tenía que esperar unos minutos para saber la respuesta, y esperó con ese par de chicas raras en la cama.
—Necesitas una ducha urgente—alardeó Harper con las manos en su nariz y rio—me llamo Harper.
—Lola—se pasó las manos por el cabello en espera de la respuesta.
—¿Fue Norman White quién te sedujo? —preguntó Roxanne.
—Se puede decir que sí—respondió con vaguedad.
—A mí me sedujo Egon Peitz—suspiró Harper—pensé que era mi maldito príncipe azul y mírame, que bello castillo tengo—extendió los brazos y Roxanne rio—no quedé embarazada, pero la verdad es que, por mi sangre albina, el señor Blake decidió dejarme aquí a cocinar—Lola frunció el ceño.
—A mí me sedujo Rubén, un ex trabajador latino de Marlon. Quedé embarazada por él y bueno—hizo una mueca—el señor Blake lo mandó a matar por ser tan descuidado.
—¿Y si estoy embarazada de Norman, a él lo van a matar? —se le iluminó el rostro a Lola. Ellas asintieron. Lola vio la prueba de embarazo y sonrió maliciosamente, pero en eso, la puerta se abrió, puesto que Norman se dirigía al despacho de Marlon cuando escuchó la voz de Lola en la habitación de Harper y Roxanne.
Parpadeó perplejo, deteniéndose y abrió sin miramientos. Encontró a Lola con las dos chicas. Las tres sonriendo de oreja a oreja.
—Felicidades, campeón. Serás padre—canturreó Harper.
—Pero no por mucho—corroboró Roxanne. Y Norman sintió un ligero escalofrío cuando miró fijamente a los ojos azules de Lola, que detonaban malicia.
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