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Dark Beauty - Capítulo 82

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Capítulo 82: Capítulo 82

Inmediatamente, Lola percibió los ojos grises de Norman oscurecerse de ira. A la rubia ni siquiera le dio tiempo de ocultarse, puesto que él ya la tenía sujetada de un brazo y la arrastraba fuera de la habitación.

Empero ella no luchó sola contra él, sino que las dos chicas la ayudaron a zafarse. Norman se enfureció todavía más.

—¡Ustedes no se metan, par de zorras! —espetó él, lleno de cólera. Lola temió más por la vida de ellas que de la suya.

—Tienes miedo ahora, ¿no? Norman. Ahora el imbécil que morirá serás tú—se burló Harper.

—Cállate, perra albina—lanzó un rugido y volvió a sujetar a Lola rudamente. Al final de cuentas, él terminó por apoderarse completamente de ella y empujó al par de chicas al suelo. Lola apenas y respiraba de la impresión. Sintió las manos de Norman en su espalda al tiempo que la arrastraba fuera de aquella habitación. Él, con los ojos cerrados por la exasperación, la empujó con fuerza a la pared en un sitio apartado y colocó ambas manos a cada lado de su cabeza, acorralándola—dime, por favor, que esa zorra albina ha mentido—carraspeó con los dientes apretados—dime que no es verdad.

—Es verdad.

—¿Estás loca o qué te pasa? ¿Sabes el problema en el que me has metido? —siseó, mirándola con odio, pero Lola sonrió con orgullo.

—La venganza divina ha llegado. Así que te vas a poder ir al infierno.

—Cállate—le dio una bofetada con tal fuerza que Lola miró todo negro y casi perdió el equilibrio, pero él la volvió a estampar contra la pared. Ella se sujetó la cara, reprimiendo las lágrimas—no te pongas a llorar. Tenemos que solucionar esto—señaló con los ojos el estómago de Lola.

—No pienso abortar para salvar tu trasero.

—Lo harás, aunque yo me muera, ese niño no va a nacer.

—¿Por qué no?

—Porque no y punto.

—No es una respuesta coherente.

—Escucha, Calvin, yo nunca en mi vida pensé en dejarte embarazada ni de lejos, así que no pienso morir solo por un asqueroso feto que hay dentro de ti. O buscamos la solución juntos o yo mismo te meto la mano y saco el producto sin importar que mueras y que se me pudra la extremidad. Tú decides.

—Le tocas un cabello a la chica y te meto esto por donde más te quepa, Norman—ambos volvieron el rostro a Roxanne, quién sujetaba un rifle cargado y detrás de ella estaba Harper sonriendo. El rubio puso los ojos en blanco.

—Tengo una charla pendiente con Marlon, continuaré más tarde contigo—la amenazó Norman y se apartó de Lola. Miró a las chicas y suspiró—a ustedes les hace falta sexo.

Dicho eso, las pasó empujando con el hombro. Cuando por fin lo perdieron de vista, ambas muchachas fueron a auxiliar a Lola. La rubia temblaba de pies a cabeza. La ayudaron a levantarse y la introdujeron de nuevo al dormitorio.

—Norman está más demente que nunca—gruñó Roxanne—pásame un chocolate que está guardado en la nevera y después prepara la bañera.

Harper le pasó el chocolate frío y entró al baño a arreglarlo. Lola le dio un mordisco a la tableta de chocolate y miró a la chica con aire dubitativo.

—¿Cómo saben hablar inglés?

—No soy de este apestoso país, cariño, soy de Florida. Y no hablo alemán, solo un poco.

—¿Y Harper?

—Ella es de Francia, pero domina perfecto el inglés, alemán, ruso e incluso el español y el sueco.

Lola entornó los ojos.

—Es una chica lista—Roxanne le regaló una sonrisa—vivir aquí no es tan malo.

—Entonces, si dices que estuviste embarazada, ¿dónde está tu hijo?

Roxanne aspiró profundamente y se llevó los dedos a las sienes.

—Aaron está por cumplir los diez años—respondió—él no está aquí porque Marlon lo envió a un sitio donde lo están entrenando. Él también formará parte de este escuadrón de sanguijuelas.

—¿Por qué? Él es tu hijo. Debe estar contigo.

—Todos los niños que nacen aquí, son enviados a ese lugar para ser perturbados. Falta alrededor de seis o cinco años para que vuelva a verlo y para ese entonces será un adolescente—había tristeza en su voz. A Lola le entristeció su situación—y el tuyo lamentablemente también irá a ese lugar—continuó diciendo Roxanne con pesar—pero es mejor a perderlo. Aaron me mantiene cuerda, la ilusión de volverlo a ver me hace soportar todo.

—¿A qué edad envían a los niños?

—A los seis años.

—Debió haber sido duro para ti dejarlo ir.

—No tenía opción.

—Ya está listo el baño—anunció Harper. Lola se levantó con ayuda de Roxanne y la condujo dentro.

—Si necesitas algo, grita. Estaremos afuera.

La rubia asintió y cerró la puerta con inseguridad. ¿Y si Norman entraba y la mataba? Le dieron escalofríos pensarlo; así que se aseguró de ponerse pasador y se desvistió.

El baño era pequeño, pero bastante amplio para la bañera. No obstante, se dio cuenta que el lujo de tardar media hora metida ahí, no era considerable. Así que se apresuró a quitarse su fétido pantalón y lo lanzó al suelo.

Se quitó cuidadosamente el suéter de Roxanne y lo dejó sobre el lavabo. En el despacho de Marlon, que estaba un poco retirado de donde ella estaba, Norman se hallaba inquieto, sin saber qué responder a lo que su jefe le decía. Era como si su mente hubiera abandonado su cuerpo por un largo rato.

— ¿Estás escuchando lo que estoy diciendo? —vociferó Marlon, dando un golpe brusco en su escritorio con el puño, captando la atención del rubio de ojos grises.

—Sinceramente, no.

—¿Qué tienes en la cabeza? ¿Estás loco o qué? —farfulló con rabia.

—Bien—dijo exasperado—repite lo que ha dicho, por favor.

—Por favor ni que por favor—siseó con cólera. Norman alzó las cejas con aburrimiento exagerado—ponme atención, maldita sea.

—Si quieres que te escuche, habla.

«Gabbe McCall»

—¡Dame la mano, Cassandra! —gritó Gabbe a todo pulmón, caminando al borde de una pequeña compuerta que se extendía a cielo abierto.

El aire era tan fuerte que apenas lograba respirar y abrió levemente el ojo que tenía sano. Le había proporcionado los lentes especiales a Caroline para que ella pudiese tener mejor visión.

—¡Me llamo Caroline! —chilló ella, aferrada a la puerta sin tener intención de sujetarle la mano. Ambos se habían puesto paracaídas y Gabbe llevaba una mochila extra.

Y cómo ya era de noche, no se miraba completamente nada.

—¡Perdón, Caroline! —gritó con más fuerza y sin pensarlo, se inclinó a ella y la jaló a su cuerpo—vamos a saltar juntos, ¿okey?

—¡No! —se negó horrorizada, pero estaba inmovilizada bajo su cuerpo—además mis padres están dentro y…

—¡Ellos pueden sobrevivir sin ti, te lo aseguro! —exclamó él al tiempo que le sonreía y la empujaba hacia adelante.

De pronto, un grito de semejante horror y desesperación surgió de la garganta de Caroline, pero se cortó con el aire y la adrenalina. Cerró los ojos con fuerza, sintiendo que su estómago y demás órganos se proyectaban a su garganta.

Y sin previo aviso, las manos de Gabbe se cernieron sobre sus hombros y no se atrevió a abrir los ojos, solo sintió como él la enganchaba a su pecho.

— ¡No tengas miedo, mira la excelente vista! —le oyó gritar al chico. Ella negó con la cabeza, presa del pánico.

Su corazón latía a mil por segundo y sabía que, si abría los ojos, le daría un ataque y Gabbe aterrizaría con su cadáver.

—¡No me hables! —gritó histérica y él rio— ¡vamos de picada directamente al mar!

—¡Santo Dios, el paracaídas no abre!

Aterrada, Caroline abrió los ojos y sintió vértigo.

La oscuridad absoluta la mareó y gritó como una niña. Se aferró a las manos de Gabbe y cerró los ojos con fuerza. Iban en caída libre, sin detenerse, sin ningún obstáculo de por medio y ella quería morir.

Deseó con todo su ser morir de un ataque al corazón en vez de ser devorada por tiburones o ahogada, pero una sacudida la hizo palidecer. Abrió los ojos con rapidez y notó que estaban a punto de impactarse en tierra firme.

No había ningún rastro de agua y eso le aterró más.

—¡No! —chilló.

—Ya abrí el paracaídas, deberías disfrutar de la vista—le aconsejó Gabbe. Ya habían dejado de caer en picada y de moverse. Solamente flotaban en el aire, descendiendo poco a poco.

—Eres un maldito loco—se quejó, estresada y contempló la vista preciosa. Las luces de aquella ciudad les daba la bienvenida. Verdaderamente miró estupefacta el bello panorama, que incluso olvidó en qué situación se encontraba y esbozó una sonrisa involuntaria.

—Si mis cálculos no fallan, creo que estamos sobre Roma.

—¿Roma? —su corazón le dio un vuelco.

—Sí. Muy cerca de Austria; por lo que debemos darnos prisa y tomar el primer vuelo a Norteamérica.

—¿Con qué dinero, listillo? —ironizó la fémina.

—No soy un tonto, cariño. La mochila que traigo conmigo está repleta de euros y dólares, los suficientes para transportarnos libremente y sin necesidad de pasaporte, ya que, con sobornos considerables, todo se puede.

—¿De dónde la sacaste?

—Conozco el jet como la palma de mi mano y sé dónde Dorian guarda algún botín de dinero por alguna emergencia.

—Nos van a matar—siseó, iracunda. Gabbe puso los ojos en blanco y forcejeó con las cuerdas del paracaídas.

Se desviaron hacia la izquierda y comenzaron a bajar más rápido. Sacudida tras sacudida, por fin aterrizaron en una zona despejada. Caroline ahogó un grito al sentir precipitadamente el suelo bajo sus pies.

Gabbe se encargó de nivelar las cuerdas y empujó ocasionalmente a Caroline en lo que él se deshacía del paracaídas. Ella cayó de bruces al suelo y se quitó los asquerosos lentes y el chaleco. Se arrastró lo más lejos posible de él y comenzó a correr en busca de ayuda.

Le dolía las piernas y le costaba continuar corriendo.

—¡Eh! —Gabbe la detuvo justo a tiempo, antes de que ella cruzara una calle de doble sentido sin si quiera poner atención a los coches. Caroline lo empujó lejos y retomó la marcha, ahora poniendo atención a la calle. Sentía el corazón martillándole el pecho y las costillas.

No obstante, no sabía a dónde ir. Estaba en Roma. En otro continente, lejos de casa. Y quería llorar. ¿Cómo era posible que Shelby hubiera aguantado todo ese tiempo viviendo al lado de criminales?

—Oye, ¿Qué te pasa? —Gabbe posó una mano sobre su hombro en cuanto ella dejó de correr para tratar de ubicarse.

—¡No me toques! —le gritó, atormentada. Pero él no apartó su mano. A pesar de que el desgraciado estaba golpeado, aun portaba energía y fuerza, algo que ella Ni siquiera tenía y eso que no había recibido una golpiza.

—Mujer, vas a volverme loco—dijo él, con los dientes apretados—tenemos un objetivo. Salir de aquí y regresar a Nueva York, pero si sigues huyendo de mí a cada minuto, jamás saldremos, además, no lograremos hablar con Shelby.

—¿Por qué te importa tanto mi hermana? —se volvió a él con angustia. Gabbe se ruborizó tenuemente.

—Es mi amiga y me cae muy bien.

—Ella ya me contó que la besaste—dijo con los ojos estrechados—a sabiendas que estaba en una relación con Peitz.

—Por supuesto que estaba enterado de su noviazgo, es sólo que Shelby es única. Es decir, me cautivó desde un principio y yo la quiero.

—La quieres en el ámbito de pareja, ¿no? —arqueó una ceja con determinación.

—Por Dios, sí—asintió y esbozó una sonrisa—pero es más como mi amor imposible y platónico.

—Entonces deberías dejarla en paz. Ella está con Egon y tú debes ver otros horizontes.

Comenzaron a caminar tranquilamente por las calles, metidos en una charla muy interesante. Caroline se olvidó en dónde estaba y con quién.

—No soy un buen partido para muchas; pero, de algunas sí—dijo él, ajustándose las correas de la mochila en sus hombros. Le guiñó el ojo sano y ella meneó la cabeza en negación—solo que ciertamente no quiero tener una relación seria. Tengo veinte años, me falta por vivir.

—Si quieres vivir realmente, comienza por alejarte del mundo de la delincuencia.

—A ver—objetó Gabbe, rascándose el cuello, un tanto incómodo—míralo de otra forma: No me gusta mi empleo, pero tengo que trabajar. Es igual que muchas personas que trabajan en cosas que no les parece y, aun así, lo hacen. Por la necesidad.

—¿Qué tipo de necesidad puede tener un chico de veinte años? —repuso ella, incrédula. Él sonrió con un dejo de tristeza y se dispuso a patear una pequeña piedra mientras caminaba.

—Soy huérfano. Nunca conocí a mi madre y mi padre murió cuando yo tenía diez años. El padre de Shelby me ayudó desde entonces y soy lo que soy ahora gracias a él. Estoy siguiendo los pasos de mi papá.

A Caroline le dio un vuelco al corazón.

—Lo siento.

—No hay problema.

—¿Tu papá era criminal?

—Trabajó para Dorian durante mucho tiempo—se mordió el interior de las mejillas, sin mirarla—y te estoy contando mi vida para que sepas que no soy un mal sujeto—Caroline no supo que decir—a pesar de que no me gusta cometer actos ilícitos ni torturar, soy una persona tranquila, amigable y paciente, pero cuando llego al límite—sonrió—puedo llegar a ser igual o incluso peor que Egon.

—Uhmm… Lo dudo. Egon está loco.

—Yo también lo estoy; solo que mi personalidad amigable me ayuda más que la suya, ya que Egon no puede ser amigable porque la suya se lo impide. Por eso su rostro rara vez esta relajado y cada lluvia de estrellas verás en su boca una sonrisa—Gabbe rompió a reír y ella sonrió ligeramente.

«Egon Peitz»

Un par de días más tarde… pero aquellos cuyos días no los desaprovecharon en lo absoluto.

Shelby y Egon se encontraron acostados en la cama de un hotel, muy cerca de Nueva York, pero muy lejos de Atlanta. Austin, Trenton y Martha estaban en otra habitación. La anciana había pedido una para ella sola y los otros chicos tuvieron que compartir una.

En cuanto llegaron a ese pequeño hotel, Egon no perdió el tiempo y Shelby río cuando sintió sus manos desesperadas tratando de quitarle tontamente la ropa.

—Eh, tranquilo, cariño. No me iré a ninguna parte—bromeó Shelby cuando él tiró de ella hacia su cuerpo sin dejar de besarla en el cuello.

—No me quiero arriesgar—le respondió Egon, mordiéndole el cuello de la blusa, y tirando de la tela hasta romperla con sus propios dientes. Ella volvió a reír y él esbozó una sonrisa maliciosa. La primera noche apenas y durmieron. Y ahora, dos días después, tenía que hablar sobre la situación en la que se hallaban.

—Tu piel es muy suave, me encanta—Egon recorrió la silueta de la cintura de Shelby con sus dedos, muy lenta y cuidadosamente.

Ella, avergonzada, sonrió y ocultó el rostro en el hueco que había entre el hombro y el cuello de Egon. Él no dejó de acariciarla de arriba abajo; con sus ojos negros puestos en ella.

—Podrá pasar mil años y seguirás siendo mi perdición, Shelby.

—¿Por qué? Algún día mi cuerpo va a cambiar y también mi rostro—vaciló ella, mirándolo.

—Admito que al principio me enamoré de tu bella cara, pero al transcurso de los días, me di cuenta que no solo me gustaste físicamente, sino que… eh, me es difícil explicarlo y es vergonzoso.

—Te enamoraste de mi alma, no de mi cara.

—Exactamente. Tu alma es más bella que tu físico.

—No quiero que estos dos días de tranquilidad se esfumen—suplicó Shelby en un hilo de voz. Últimamente había estado demasiado sensible y a Egon se le rompía el corazón al verla triste—no quiero más desgracias. ¿Por qué no nos quedamos aquí para siempre? Podríamos cambiar de nombre y vivir en paz.

—Podemos hacerlo—añadió él con determinación. Shelby miró fijamente a sus ojos negros.

—Pero es complicado, ¿no? —replicó ella, y él asintió con pesar—por Gabbe, y mi familia.

—No quiero que sufras más, sé qué si nos quedamos, estarás triste por el resto de tu vida y yo realmente quiero terminar con todo esto—Shelby le echó los brazos encima y recargó su mejilla en el pecho desnudo de Egon.

—¿Crees que podremos rastrear a mi familia y a Gabbe?

—Explotaron la casa de tu amigo Black, y solamente ese chico tenía la capacidad de ayudarnos, Puppy—hizo una mueca—además, también destruyeron la casa de Martha, pero creo que ahí todavía cabe la posibilidad de encontrar algo útil. Sólo es cuestión de ir y echar un vistazo.

—¿Cuándo?

—Cuando tú lo desees.

—¿Podemos ir mañana?

—Sí, mi bella dama. Mañana iremos—la besó en la sien y ella cerró los ojos. Minutos después, al disponerse a dormir una siesta en plena mañana, un sonido mezquino inundó la habitación, sobresaltándolos a los dos. Egon frunció el ceño y se apartó suavemente de Shelby en busca del aparato que sonaba.

—¿Un teléfono?

—Es extraño. Ha estado apagado desde ayer—arqueó una ceja y comenzó a buscarlo entre su ropa. Sacó el pequeño aparato y en la pantalla decía: Llamada perdida. ¿Encender teléfono? Batería baja.

—¿Y bien? —inquirió Shelby, deslizándose fuera de la cama completamente desnuda al igual que él.

—Tengo que cargarlo para saber quién llamó—Shelby se situó detrás suyo y lo abrazó mientras él conectaba el teléfono.

—¿Quién crees que haya llamado?

—No lo sé—Egon se mordisqueó el pulgar esperando a que la pantalla encendiera—espero que haya sido alguien que esté de nuestra parte.

—¿No pensarás que se trata de Marlon, o sí? ¿O de Norman?

—O de tu padre—repuso él, con ansiedad.

—Supongo que también él pudo habernos llamado—Shelby soltó un suspiro de derrota y enterró su cara en la espalda ancha y firme de Egon para perderse en su aroma tan masculino que tanto amaba. Y cuando él se dio la vuelta para abrazarla, el teléfono comenzó a sonar nuevamente—contesta—le instó Shelby. Egon asintió y de inmediato cogió la llamada.

—¿Diga?

—Hola, Egon—los vellos del cuello se le erizaron al recién mencionado y apretó la mandíbula—tiene días que no nos vemos, ¿verdad, querido primo?

La ira se apoderó del cuerpo de Egon tras escuchar la voz de Norman a través del teléfono.

—Sé que estás ahí, Allen.

—¿Quién te dio mi número y cómo es que no estás muerto?

—¿Recuerdas que somos criminales, primo?

—No me digas primo ni ningún tipo de ridiculez.

—Lo somos—río secamente y eso provocó que Egon apretara los puños.

—¿Cómo demonios sigues vivo?

—Tenemos muchas vidas, Egon, no lo olvides—bromeó.

—¿Y cómo conseguiste mi número? Y dime la verdad, idiota.

—Mira, yo solo cumplo órdenes y aquí hay alguien que anhela tanto hablar contigo.

Egon frunció el entrecejo y miró a Shelby con extrañeza en lo que esperaba a esa persona.

“¿Qué pasa?”, susurró Shelby y él le acarició la cara con delicadeza.

“No lo sé”, respondió sin pronunciar palabra alguna.

—Hola, Peitz. Tanto tiempo sin saber de ti, reverendo imbécil y traicionero idiota.

A Egon se le subieron los colores. Respiró hondo y siseó lentamente: —Ya no tengo nada que ver contigo, Blake.

Shelby entornó los ojos y retrocedió. Se apresuró a ponerse la ropa y a pasarle la de Egon para que también se vistiera. Ambos se cambiaron como pudieron por si en caso tenían que huir de ahí.

—Escucha, bastardo—sentenció Marlon con voz venenosa—la chica con la que andas cogiendo es la hija de mi peor enemigo, así que te prohíbo que sigas tratándola.

—Cuida tu boca—Egon tuvo demasiado autocontrol para no perder la cabeza. La mano de Shelby que estaba afianzada a la suya hizo que se calmara un poco.

—Entonces es cierto que andas cogiendo todavía con esa infeliz muchacha.

—¡Cállate! —gruñó Egon, tensando las venas de su cuello y frente.

—La verdad es que no me importa si te gusta, simplemente por el hecho que sea hija de mi enemigo, la detesto y te ordeno que la asesines o si no, lo haré yo.

—Atrévete a venir, Blake. Solo inténtalo.

—No fue difícil encontrar tu ubicación; así que haz lo que te ordené o no querrás ver morir a tu noviecita lentamente frente a tus ojos. Tienes veinticuatro horas y obedeces, te perdonaré la vida—la línea quedó muda y Egon se quedó mirando la pared con el teléfono aún pegado a su oreja.

Shelby lo tomó de la cara para obligarlo a verla y se dio cuenta que los ojos de Egon estaban encendidos en llamas de locura y rabia. Tenía la misma mirada asesina de cuando lo vio por primera vez en aquella prisión de Austria.

—¿Egon? —murmuró ella, con cautela.

—Debemos irnos ya—dijo él y se apartó rápidamente de ella.

—¿Fue tu antiguo jefe quién llamó?

—Lamentablemente sí. Ahora ve a avisarle a los demás que nos largamos.

Shelby, aturdida, se alisó bien los pantalones y se recogió el cabello antes de salir y llamar a las habitaciones continúas. Mientras tanto, Egon se sentó en la cama con la vista perdida. ¿Cómo carajos Blake había descubierto su ubicación y número de teléfono? ¿Y por qué Norman estaba vivo? Egon pensaba que su primo estaba en coma, a punto de morir.

De repente, el asqueroso teléfono volvió a sonar y él se levantó de un salto para atenderlo. Era otro número desconocido, pero diferente al anterior. Se aclaró la garganta y respondió.

—¿Qué se le ofrece? —intentó cambiar el tono de su voz.

“Demonios, ¿lo viste, Thomas? Este número no es de Egon.” En cuanto reconoció la voz de Gabbe, Egon sintió alivio. Y era algo descabellado porque nunca pensó sentir esa clase de sensación por ese idiota.

—Gabriel—gruñó Egon, seriamente y hubo un silencio repentino. Sin embargo, alcanzó a escuchar cuchicheos a través de la línea.

—Hey, Peitz—saludó el chico de ojos azules con emoción— ¿dónde están?

—¿Tú dónde estás?

—Aquí en Nueva York con Thomas y la hermanastra de Shelby.

—¿Qué? Ya te imaginaba tres metros bajo tierra—Egon ahogó una risa nasal y Gabbe rio.

—No te vas a deshacer tan fácilmente de mí, Peitz.

En eso, Shelby entró con Trenton, Austin y Martha. Los tres con el cabello desaliñado y los ojos inflamados por el sueño. A simple vista se notaba la rigidez con la que se hallaban ahí. Estaban irritados y Shelby aún más.

El cuarteto miró a Egon y él les hizo una seña con el dedo para que esperaran. Martha gruñó y sin miramientos se tumbó a la cama para continuar durmiendo, por lo que Trenton y Austin la imitaron y los tres yacían en la cama, esperando a Egon; mientras que Shelby miraba ceñuda a las tres personas recostadas.

—Sí, Shelby aquí está y más pronto que tarde estaremos allá—dijo Egon, arqueando una ceja—bueno, sí. Nos vemos, McCall.

Y colgó. Todos dejaron de fingir dormir cuando él pronunció ese apellido, todos menos Martha. A ella le importó un rábano y continuó con los ojos cerrados.

—¿Estabas hablando con… Gabbe? —quiso saber Shelby en voz entrecortada. Egon asintió y dejó el teléfono cargar— ¿él está bien? ¿y mi familia…?

El joven austríaco se frotó el puente de la nariz con las yemas de sus dedos y asintió.

—Él y Caroline están bien; ellos se encuentran con Thomas, en Nueva York.

—¿Y mi mamá… y Charlie? —el corazón le latió más rápido.

—No me comentó nada de ellos—sacudió la cabeza con incertidumbre—pero lo averiguaremos.

—¿Entonces de verdad tenemos que marcharnos? —interrogó Trenton, incorporándose de la cama con Austin. Martha solo tenía abierto un ojo y miraba con desdén a todos.

—Sí. Mi antiguo jefe me ha localizado; así que, a menos que quieran morir a causa de un ataque aéreo como ese chico, Black, les sugiero que nos vayamos ahora mismo—musitó Egon, poniéndose en pie. La anciana se levantó con desgana y con ayuda de los chicos.

—De igual manera ya quería irme—añadió la anciana con desasosiego.

«Gabbe McCall» [ANTES DE LA LLAMADA CON EGON]

Thomas apenas y salía del asombro. No pensó que, al abrir la puerta de su casa, se encontraría con el rostro de Caroline y Gabbe. Sí. ¡Gabbe!

—¿Cómo supieron mi ubicación? —preguntó Thomas.

—Con solo tener tu número de teléfono es fácil hallar a alguien—respondió Gabbe con cansancio.

—Fuimos a mi casa por tu número y Gabbe se encargó de buscarte—Caroline entró directamente a la casa de Thomas, escrutando a su alrededor con nerviosismo y Gabbe se unió a ella y miró al chico de ojos verdes que sostenía la puerta aún abierta.

—Mis padres no están en casa. Fueron a dejar a mi hermana a sus clases de gimnasia—explicó Thomas—están a salvo, de momento. Ahora díganme, ¿qué ocurre? —cerró la puerta y los animó a caminar a la sala.

—¿Tienes el número de Egon? —preguntó Gabbe, pasándose una mano por el cabello. Tanto él y Caroline estaban muy sucios y sudorosos.

—Creo que sí—Thomas rebuscó en el cajón de un mueble y sacó un papel—tuve que memorizarlo y luego anotarlo, toma—le entregó el papel y le señaló el teléfono.

—Gracias—susurró Gabbe y se sentó dispuesto a hablar con Egon. Caroline cogió a Thomas del brazo y los dos se situaron en la cocina, muy lejos de Gabbe para charlar en susurros.

—¿Qué pasó? ¿Cómo es que ustedes se conocen? —quiso saber Thomas.

—Larga historia, luego te contaré con detalles y así, ahora necesito que vengas con nosotros.

—¿A dónde? —las pupilas de Thomas se dilataron.

—Sé qué sabes más de todo esto que yo, pero quiero tener a alguien de confianza conmigo.

—Gabbe es de mucha confianza.

—No lo sé. Es tan raro como el novio de Shelby.

—Tienen lo suyo.

—La cuestión es—replicó ella, ignorando su comentario por completo—que quiero salvar a mi hermana de las manos de su propio padre biológico. Y haré lo posible para que no haya una tragedia.

—¿Dónde está ella? ¿Qué pasa? —se sobresaltó. Caroline le contó con detalles todo lo sucedido. Desde el hospital, la explosión y lo del viaje por los aires en paracaídas. Thomas absorbió como una esponja la información y se estremeció—maldición. Pasó tantas cosas y yo aquí, de brazos cruzados sin ayudar a nadie.

—Bueno, prepárate. Estás tan metido ahora como yo.

—Hablas como Shelby.

—Claro que no—rodó los ojos y le palmeó la espalda. Thomas suspiró y se deslizó hasta la nevera, donde sacó un bote de helado de fresa y tres recipientes de cristal con cucharas del mismo material. Caroline ayudó a servirlo en lo que Gabbe finalizaba la llamada.

—Entonces alguien se robó a Shelby del hospital—comenzó a decir Thomas, lamiéndose un dedo.

—Fue Austin realmente—declaró Gabbe riendo en el umbral de la puerta de la cocina—él se hizo pasar por un enfermero mientras el padre de Shelby hablaba con ella y cuando se fue, comenzó el plan.

—Me hubiera gustado tanto ver eso—canturreó Thomas y le dio su porción de helado a cada uno. Se recargó en la isla de la cocina a saborear la delicia.

—Yo no me di cuenta de nada—titubeó Caroline, mirando su helado—cuando me vine a dar cuenta, mi madre gritaba como loca. Después miré a este chico—señaló a Gabbe con la cuchara—y al salir del hospital, él lo hizo estallar en mil pedazos. Fue tan horroroso.

—Soy muy audaz—puntualizó Gabbe, embarrando la cuchara en el helado sin intención de comerlo.

—¿Y cómo fue que se hicieron amigos Egon y tú? —preguntó Thomas, muy interesado.

—Pensé que Austin te lo había contado.

—Sí, pero no es lo mismo oírlo de ti o de Egon.

Gabbe esbozó una sonrisa cansada y probó por vez primera el helado e hizo una mueca de gusto.

—¿Qué quieres saber? Tuvimos una riña fuerte, la razón fue Shelby, ya lo sabes—le guiñó el ojo—y nos dimos cuenta que somos prácticamente iguales, pero con personalidades diferentes.

—Dios, no sé cómo mi hermana pudo soportar a tantos chicos a su alrededor—interpuso Caroline, haciéndose aire con la mano. Estaba acalorada y el helado la ayudaba un poco. Entonces Gabbe arqueó una ceja en su dirección y le regaló un guiñó, demasiado seductor para el gusto de Caroline y se ruborizó. Thomas miró con complicidad a Gabbe y este asintió, respondiéndole a la mirada.

—¿Y qué fue lo que te dijo Egon? —se apresuró a preguntar Caroline, lamiendo la cuchara con nerviosismo. El rubor de su rostro se extendió hacia sus orejas y parte del cuello. Gabbe rio.

—Vendrán para acá en unas horas. No están lejos de Nueva York—contestó el chico con tranquilidad. Se quedaron en silencio los tres hasta que Gabbe concluyó con su helado y le dio las gracias a Thomas—préstame tu baño, Tom.

—Claro. Sube las escaleras y giras a la derecha. Es una puerta verde.

Gabbe asintió y desapareció de la cocina. Caroline aún comía su helado con lentitud fingida para no ver los aterciopelados ojos verdes de Thomas sobre ella.

—¿Es mi imaginación o Gabbe McCall y tú acaban de coquetearse frente a mí?

—Tu imaginación—replicó, azorada, refugiándose en las gotas de helado que quedaban en su plato. Y Thomas sacudió la cabeza.

—Como sea—repuso el chico, riéndose y dejando su plato y el de ella en el fregadero—ahora vuelvo, tengo que decirle algo a Gabbe que se me olvidó.

Caroline asintió y juntó las cejas al verlo correr hacia la escalera con tal prisa. Y encogiéndose de hombros, se sirvió más helado y fue a la sala a esperarlos.

Thomas subió rápidamente y se plantó fuera del baño con la mirada puesta en sus pies, en espera de Gabbe; quién no tardó en salir con el rostro húmedo y el cabello alborotado.

—Presiento que me estás esperando para saber algo de Austin, ¿no? —los ojos azules de Gabbe lo miraron con malicia y Thomas se ruborizó, pero el chico de ojos verdes no respondió, solamente asintió, incapaz de mirarlo a la cara—Austin está con Egon, y vendrá en unas horas, podrás verlo en poco tiempo—lo tranquilizó con una sonrisa.

—¿Pero, él está bien?

—Supongo que sí. No lo he visto en días, pero es obvio que lo está—le revolvió el cabello con ternura—tranquilo. Él vendrá y podrán hablar tranquilamente.

—¿Ya lo sabes?

—¿Qué cosa? —increpó Gabbe, recargándose en la pared.

—Soy gay.

—Desde luego que sí. Lo sospeché desde un principio y esperaba a que me lo contaras.

—Es que no podía ir a por ahí diciendo mi orientación sexual—bromeó Thomas.

—Lo sé, pero no es algo malo. Digo, a mí me encanta las chicas y lo grito a los cuatro vientos, ¿por qué tú no?

—Porque mi situación es distinta. A mí me gustan los chicos y yo soy un chico.

—¡Mierda, Thomas! Te gusta otra persona, no un animal o un alíen.

—La sociedad repudia a los de mi clase y no los culpo—se acomodó los lentes en la nariz y suspiró.

—Ten por seguro que, si alguien se mete contigo solo porque te gustan los chicos, Egon y yo, le daremos tal paliza que no va a vivir para contarlo—Gabbe sonrió abiertamente y Thomas se sintió bastante bien, incluso feliz.

—Nadie nunca me había dicho esas palabras; gracias, amigo.

—Ve acostumbrándote porque soy tu amigo y te protegeré.

—¿También protegerás a Caroline?

—¿Caroline? —juntó las cejas.

—Sí. Ella.

—¿Qué tiene que ver con lo que estamos hablando?

—Ella te gusta—afirmó Thomas. Gabbe soltó una risa cómica.

—¿Qué te hace pensar tan descabellada idea, Tom?

—Caroline es muy linda y veo como ambos se dirigen la mirada.

—Esa chica se la vive de mal humor, amigo—se frotó el ojo que tenía cerrado a causa de los golpes, el cual comenzaba a cambiar de color.

—No toques tu ojo—le riñó y Gabbe apartó la mano enseguida—mira, es lógico que niegues el gusto por ella, sabiendo de antemano que es la hermana de Shelby, pero no está mal si te gusta. Ella está sola y triste, necesita a alguien que la cuide y la ame, y tú necesitas a alguien a quién amar y proteger.

—Vaya, has perdido la cabeza—suspiró Gabriel sin dejar de sonreír—es muy hermosa, siendo sincero, pero todavía me interesa Shelby.

—Shelby tiene a…

—…Egon. Créeme que lo tengo más que presente—se frotó la barbilla con incertidumbre e hizo una mueca.

—Si quieres olvidarla, intenta fijarte en otra persona.

—Y ahí está el problema, querido amigo—dijo con tristeza—no quiero olvidarla nunca.

Transcurrieron los minutos. Y exactamente una hora después, los padres de Thomas llegaron y se quedaron un tanto desconcertados al ver a Gabbe y a Caroline. La madre del chico reconoció a Caroline y apretó los labios.

—Las visitas están prohibidas—objetó la señora de manera violenta.

—Mamá…

—¿En qué quedamos, Thomas? —su padre le envió una fría mirada y él bajó la cabeza con vergüenza. Gabbe se levantó del sofá con el semblante endurecido y agarró a Caroline de la mano. Ella estaba aturdida por la reacción de aquellas personas.

—No se preocupen, nosotros nos vamos—jaló suavemente a Caroline y se encaminaron a la puerta.

—¡No, esperen! —exclamó Thomas y giraron para verlo—voy con ustedes. Cualquier lugar es mejor que aquí.

—Si pones un pie fuera de la casa una vez más, Thomas, juro que te desconocemos como hijo—sentenció su madre. Y el chico se acercó al perchero donde descansaba su chaqueta y se la colocó sobre los hombros, sin apartar sus ojos verdes de la cara de sus padres.

—Con permiso, señores—replicó con una sonrisa de oreja a oreja y agarró la otra mano de Caroline—vendré por mis cosas más tarde.

—¡No te molestes en volver! —espetó su padre, claramente furioso. Gabbe abrió la puerta y les brindó el paso a ambos y al final salió él, pero no sin antes dirigirles una mirada hostil y despreciable a ese par de personas mezquinas. ¿Cómo podían echar a su propio hijo solo por salir con sus amigos?

—No debiste venir, te han echado por nuestra culpa—balbuceó Caroline.

—Creo que ya esperaba algo así, no te preocupes—Thomas pateó una piedra y los abrazó por encima de los hombros— ¿a dónde vamos?

—Supongo que tendremos que esperarlos aquí cerca, porque les dije que estábamos contigo, Tom.

—Fabuloso, Gabbe—siseó Thomas—espero no se les ocurra llamar a la puerta o por teléfono.

Anduvieron caminando dos calles más y se sentaron al borde de la acera. El sol estaba en su mejor punto, pero gracias a un árbol torcido y lleno de hojas, el calor fue más soportable. Gabbe miró por el rabillo del ojo a Caroline, ella estaba sonrosada a causa del sol y se miraba adorable.

Sus mejillas rojas realzaron su belleza escondida y sus largas y rizadas pestañas barriendo sus pómulos al parpadear eran deslumbrantes. Él se obligó a dejar de verla y esperar la llegada de Shelby. La espera tardó alrededor de dos horas. El sol les pegaba justamente en la cara y no había ningún refugio donde ocultarse de los rayos solares.

Los tres chicos estaban poniéndose bronceados de una manera excesiva. Entonces Gabbe caminó unos pasos lejos de ellos sin decirles nada. En su leve caminata encontró el pedazo de una caja lo suficientemente ancha para cubrirse los tres. Estando de vuelta, colocó el cartón por encima de unas ramas del árbol, provocando así… una grandiosa sombra que refrescó el ambiente.

—Muchas gracias. Me estaba quemando vivo—agradeció Thomas.

De pronto, vieron pasar un Peugeot 301 negro, último modelo, a toda velocidad. Al principio se quedaron viéndolo estacionarse frente a la casa de Thomas, pero reaccionaron mucho después.

Del asiento del conductor descendió Egon. Su piel bronceada y su escultural cuerpo estaba enfundado con unos Jeans de mezclilla, converse negros y una playera gris. Su cabello bien peinado estaba húmedo y sus lentes de sol lo hacían lucir más sexy que de costumbre.

Incluso; para darle un toque más rudo, en su mano llevaba un cigarrillo a la mitad, lo cual tiró al suelo y pisó la colilla con el pie. Y del copiloto, bajó Shelby. Su melena castaña se alborotó con el aire y sus ojos mieles se postraron en Egon durante un momento. Caroline no podía salir de su asombro al ver a su hermana tan cambiada.

Traía puesto un vestido corto de flores y unas sandalias. Y del asiento trasero salió Trenton vestido igual de increíble con lentes de sol y ropa casual. Después bajó una anciana con mucho estilo y otro de los amigos de Shelby, que era muy guapo, solo que él en vez de estar fumando, llevaba una lata de cerveza Sol en la mano.

Todos parecían estar sacados de una película de acción en la que eran guapos, pero que sabían pelear de forma atractiva. Thomas tragó saliva al ver a Austin y Gabbe sonrió.

—¡Hey, por aquí! —gritó Gabbe y todos volvieron el rostro a ellos. Egon Peitz miró fijamente a Caroline y esta apretó los labios un tanto alarmada. Ya había olvidado su aspecto y se estremeció.

—¡Vengan aquí! —gritó Thomas. Egon frunció el ceño y obligó a todos a volver a meterse al auto. Y en cuanto estuvieron estacionados junto a ellos, bajaron. Caroline ahogó un grito al estrechar sus brazos sobre Shelby. Egon, por su parte, saludó amistosamente a Thomas y a Gabbe, mientras que Martha bufaba del aburrimiento dentro del auto— ¡Martha! —ahogó un chillido Thomas, corriendo a ella— ¡Estás viva!

—Claro que estoy viva, chico, yo los voy a enterrar a todos—rio la anciana y lo abrazó.

—¡Ya era hora, Peitz! —vaciló Gabbe y Egon se quitó los lentes solo para rodar los ojos de fastidio y volvió a colocárselos en el puente de la nariz.

—¿Qué te pasó en la cara? —le preguntó a su vez.

—Dorian, ya sabes—hizo una mueca y en eso, Shelby lo abrazó por detrás —¡Hola!

—¿Estás bien? Pensé que algo te había pasado—ella se aferró a la firme espalda del chico y Egon simplemente estrechó los ojos, pero no hizo ningún comentario. Se pusieron a parlotear de la locura y nadie reparó en Austin y Thomas. Ambos chicos se encontraban frente a frente, incapaces si quiera de mirarse a los ojos. Austin había tomado la iniciativa de cogerle una mano y entrelazar los dedos con los suyos. Y Thomas tragó saliva.

—M-Me alegra m-mucho verte, A-Austin—tartamudeó.

—¿Tienes miedo de mí?

—N-No.

—¿Entonces por qué no me miras?

Extendió su otra mano libre y le tocó la barbilla a Thomas con suavidad. Poco a poco fue levantándole la cara hasta que la mirada de Thomas se cruzó con la de Austin. Los dos tenían el mismo color de ojos, pero en ese instante, se fusionaron.

A Thomas se le dilataron las pupilas cuando Austin dio un paso cauteloso a él y le acarició el cuello con ternura. Y sin dejar de mirarlo fijamente, el gemelo acercó su rostro al suyo y pegó sus labios con los de Thomas.

Instantáneamente cerraron los ojos, sintiendo la calidez del uno y el otro. Besar a Thomas era como besar una nube de algodón. Dulce, suave y deliciosa.

Y besar a Austin era como morder una fruta cítrica, capaz de empaparte los sentidos y te dejarte con ganas de mucho más. Eso sintieron solamente al roce de labios, pero todo cambió cuando Austin aventuró a abrirle los labios a Thomas para besarlo como solo él sabía besar.

—No creo hacerlo bien… —murmuró Thomas sobre sus labios.

—Deja que yo me encargue—contestó Austin, dándole un beso tierno en los labios antes de llevarlo al cielo

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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