Dark Beauty - Capítulo 9
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9: Capítulo 09 9: Capítulo 09 —Shelby Cash.
¡Detente ahí!
—vociferó él—saldré solamente de aquí sí vienes conmigo.
Egon pronunció aquellas palabras en inglés con un acento atractivo y su masculina mano—que esperaba la suya—se encontraba extendida hacia ella.
Shelby no podía decir nada y tampoco pensar.
¿Qué era lo que debía hacer?
—No, Egon.
¿Qué haces?
—se apresuró a intervenir el sujeto que lo acompañaba—es solo una niña.
Vámonos.
Pero Egon lo ignoró por completo y siguió esperándola con la mano extendida.
Observó cómo los policías restantes miraban horrorizados la escena y los demás estudiantes parecían haber salido de un cuento de terror por tener el rostro pálido y verdoso.
Y al momento que Shelby tomó la decisión de colocar su mano sobre la suya, él tiró de ella y la hizo girar, poniéndola de espaldas a él y dejándola inmovilizada entre sus brazos.
Pasó rápidamente su brazo izquierdo alrededor de su cuello y con la otra mano que tenía disponible, cogió un revólver del cinturón y le quitó el seguro.
Shelby contuvo el aliento mientras Egon apuntaba a todas direcciones.
—Nadie se mueva de aquí o le disparo—gruñó en su lengua natal, apuntándole fugazmente a la cabeza.
Ella cerró los ojos conteniendo las lágrimas.
Nunca habría deseado estar en una situación como esa, a pesar de ser fanática de los criminales.
Ahora en vez de admiración, sentía odio y rencor hacia ese bastardo homicida que la tenía de rehén.
—¡Déjala en paz!
—le gritó su compañero y Egon volteó a verlo y le regaló una gélida mirada que lo hizo titubear.
—Cállate, Gale—reanudó su discurso para con los policías que yacían heridos en el piso y sonrió—volveré para matar a cada uno de ustedes.
Por el momento me largo de aquí con esta belleza—pegó su nariz al cuello de Shelby e inhaló su aroma con placer.
Ella apretó los labios y colocó sus manos sobre el brazo de Egon y este dio un respingo—no me toques, no te he dado permiso de hacerlo.
Ahora coopera conmigo y prometo no matarte—susurró en su oído—por ahora.
Shelby asintió con tal de no recibir un disparo en la cabeza y se dejó arrastrar por él y por el sujeto llamado Gale por la salida de emergencia.
Egon la sujetó con fuerza del brazo e intercambió algunas palabras con su colega en alemán y ella por poco se desmayó al ver como se quitaba una granada del cinturón sin temor y se preparaba para quitarle el seguro.
—¿¡Qué haces!?—chilló, alterada.
—¿Para qué sirve una granada?
Para estallar—la miró como idiota y le guiñó el ojo.
Le apretó el antebrazo con fuerza y la obligó a correr por largos pasillos hasta que se detuvieron frente a un muro de concreto de unos cinco metros de altura que salvaguardaba la cárcel—te sugiero que te cubras los tímpanos.
No estás acostumbrada a este tipo de música.
—¿Música?
—Sí.
Música.
Ya te había dicho que los gritos de piedad de mis víctimas son como música clásica para mis oídos.
Bien, pues el estallar de las granadas es música metalera—ahogó una risa nasal.
Gale y Shelby fruncieron el ceño.
—¡Hazlo ahora!
—gritó Gale, al tiempo que corría lejos a ocultarse.
Shelby se quedó estática viendo a Egon quitarle el seguro a la granada y arrojarla contra el muro.
—¡Idiota, agáchate!
—vociferó él, cogiéndola de la mano y tirándola al suelo.
Egon la abrazó y la protegió con su cuerpo al momento del impacto.
Miles de fragmentos salieron disipados en todas direcciones y gracias a que él usó su propio cuerpo para protegerla, ella no sintió el impacto de un trozo de concreto que estaba destinado a aplastarla pero que él logró esquivar, rodando los dos por el césped.
—¡Es hora de largarnos ya!
—oyeron gritar a Gale.
Shelby abrió los ojos y hasta en ese momento se percató que lo había abrazado como un koala: Con las piernas alrededor de su cadera y sus brazos alrededor de su pecho; y él, rojo por la adrenalina, la miró con perplejidad y luego su rostro se enfureció.
Se apartó de ella bruscamente para ponerse de pie.
—Lárgate ahora mismo—le espetó a Shelby con las venas sobresaliéndole del cuello—hazlo ahora o no respondo.
—¿Qué?
—preguntó aturdida.
—Vete ahora o te voy a secuestrar.
Y no pediré ningún rescate por ti.
Serás mía y no te dejaré escapar, lo digo muy en serio.
—¿No vas a matarme?
—No—apretó los puños—no todavía.
Te estoy dando tiempo para que te largues de aquí.
Me estoy controlando ante mis impulsos, vete—dijo y suspiró con frustración al ver que ella no se movía—por favor—él nunca tenía modales, pero era la única manera de hacerla marcharse.
—¡Carajo, Egon!
Mueve el trasero—gritó Gale del otro lado del muro y en segundos después la alarma estruendosa comenzó a sonar, dejándolos sordos.
Egon miró con recelo a Shelby y con el rostro endurecido, giró sobre sus talones y echó a correr en dirección a su colega, quién lo llamaba con desesperación.
¿Habría probabilidades de que existiera una cura que liberase a los criminales del instinto de matar?
Tal vez no, pero Shelby había estado frente a una situación en la que dudó en esa posibilidad.
Egon Peitz, un asesino serial, había desistido a sus instintos de matarla y había optado por dejarla libre.
Abrumada, se dejó caer al césped para procesar todo lo ocurrido y miró al cielo soleado, donde, después de unos minutos, quedó oculto detrás de las aproximadamente cuatro cabezas que la miraban perturbados.
Eran guardias de seguridad heridos, acompañados de los estudiantes.
—¿Estás bien?
—le preguntó uno de los guardias, ayudándola a incorporarse.
—Sí.
—¿No te hizo nada?
—No.
—¿Tienes a quién llamar?
—No quiero llamar a nadie.
Exasperado por la falta de interés de ella, decidió el guardia y los demás, dejarla sentada en un lugar aislado y uno de los estudiantes se atrevió a sentarse junto a ella.
—¿Shelby Cash?
—ella dejó de mirar al vacío y volvió el rostro al chico que tenía a un lado.
—¿Uhm?
—¿Podrías relatarme con lujo de detalles qué fue lo que pasó exactamente con ese asesino?
Por alguna razón, detesto enormemente la manera en la que él se expresó de Egon Peitz y endureció su expresión, dejando perplejo al chico.
—No hay nada que contar.
Ocurrió lo que todos vimos.
—Ah, ya veo—hizo una mueca de irritación y después sonrió mezquinamente—por cierto, mi nombre es Robert Weber—le tendió la mano, pero ella solo sonrió con antipatía sin corresponderle al saludo.
—¿Podrías dejarme sola?
Necesito espacio.
—Yo creo que no.
Es incorrecto dejarte en estas circunstancias—se negó—estás pálida y necesitas ayuda médica urgente.
—Me sentiré mejor si me dejas con mis pensamientos.
Robert Weber rodó los ojos e intentó sujetarle la mano, pero ella se apartó al instante.
—Hey, ¿Qué te pasa?
—Ven conmigo.
—¿A dónde?
—Eres la única que estuvo muy cerca de Peitz y necesito tomarme fotos contigo y entrevistarte.
Algo en la voz de él le indicó que no tramaba nada bueno.
Sus intenciones eran muy diferentes a las que él decía.
Sus palabras insinuaban otro tipo de conjeturas.
Volvió a querer tocarle la mano y ella se puso de pie con furia.
—¡No me toques!
No me conoces y te quiero lejos de mí.
—Podemos ser amigos, ¿a qué sí?
Jamás me había dado cuenta que mi carrera tenía chicas muy lindas como tú.
¿Cómo no me fijé antes?
—No te ofendas, pero no me interesas y no eres mi tipo.
Y sí que no lo era: Robert Weber tenía el cabello rubio cenizo, la piel muy clara y su rostro estaba algo retorcido, su nariz más que nada, y su ortodoncia hacía que salpicara a Shelby de saliva.
—¿Y?
He venido solo y tú también.
Estamos en peligro y eso hace que nuestro momento se torne muy romántico, ¿no?
—Puaj.
Qué horror, aléjate de mí o no llamaré a los de seguridad.
Entonces él volvió a cogerla de la mano e intentó abrazarla.
Shelby lo empujó, pero él parecía haberse pegado a su cuerpo como sanguijuela.
¿Cómo era posible que nadie se diera cuenta que ese idiota la estaba molestando?
Además, ¿En qué cabeza cabía estar de pervertido y acosador en un momento tan delicado como ese, en el que sus vidas estuvieron en peligro?
Miró hacia los estudiantes y se quedó helada al darse cuenta que no había nadie más con ellos.
Solo estaban los dos, solos.
Los demás estaban dentro de las instalaciones.
—¡Piérdete, imbécil!
Shelby dejó de forcejar cuando escuchó la voz de Egon a su espalda.
Volteó a verlo con los ojos llenos de esperanza.
Robert Weber la liberó y Shelby sin pensarlo, corrió a ponerse detrás de Egon.
Él tenía un revólver en su mano, apuntando al cráneo del chico, quién estaba ridículamente asustado.
—Si ella no quiere que la toques, no la toques, ¿okey?
—siseó—ahora mándale saludos a mi padre en el infierno.
El grito de Shelby quedó cortado al instante que Egon apretó el gatillo y le reventaba los sesos a Robert Weber.
—Nunca dejes que nadie te toque a menos que tú les des permiso, ¿okey?
Ella asintió, estupefacta.
—Pensé que no querías verme.
—Y no quiero.
Pero no podía dejar que ese asqueroso scheisskerl[1] te tocara.
Y dicho eso, escupió cerca del cadáver y se dio la vuelta para echarse a correr por donde había vuelto.
[1] Scheisskerl, en alemán, significa “hijo de puta, bastardo, cabrón, etc.”
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