De esposa traicionada a reina multimillonaria - Capítulo 131
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- Capítulo 131 - 131 Capítulo 131 Irresistible a sus ojos
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131: Capítulo 131: Irresistible a sus ojos 131: Capítulo 131: Irresistible a sus ojos Al final, fue Eleanor, la matriarca de la familia, quien finalmente intervino para rescatar a la completamente agotada Nora.
—Comamos primero —dijo ella.
Tobias lanzó una mirada de reojo a Nash, manteniéndose en guardia mientras pasaba un brazo con delicadeza alrededor de Lisette y seguía a Eleanor al comedor.
—¡Abuela, Lisette, esperadme!
Nash se pegó a ellos como un cachorrito.
De repente…
Le tiraron del brazo hacia atrás.
Se dio la vuelta, confundido al encontrar a su infortunada madre agarrándolo.
—¿Mamá?
Nora lanzó una mirada cautelosa al trío que iba delante y bajó la voz, repitiendo con urgencia como un disco rayado: —Nash, recuerda por qué has vuelto…
todo esto es por la herencia.
¡La herencia!
¡No lo olvides!
—¡Que no se te olvide, hijo!
—¡Ah!
De repente, se le encendió la bombilla.
Se dio una palmada en la frente.
—¡Cierto!
¡Bien pensado, Mamá!
Casi se me olvida por completo.
Nora se limitó a mirarlo sin palabras.
Necesito un descanso…
*****
La obsesión de Nash por el dinero estaba básicamente codificada en su ADN.
Por mucho que intentara disimularla, siempre se le acababa escapando.
En la mesa.
Ni siquiera habían intercambiado unas pocas palabras cuando él cambió a su habitual cantinela.
—¿Abuela, qué tal un sobre bien gordo de dinero para mí?
Eleanor se rio entre dientes.
—Justo bromeaba sobre esto con Tobias antes.
Me preguntaba si podrías pasar cinco minutos hoy sin sacar el tema del dinero…
y por supuesto, nos has vuelto a dar la razón a tu hermano y a mí.
Nora casi podía sentir la vergüenza ajena que irradiaba su hijo.
Quería ayudarlo, quizá decir algo para salvar las apariencias.
Pero, por desgracia, su propio hijo seguía cavando su propia tumba.
Nash sonrió de oreja a oreja.
—Bueno, ya que no te he decepcionado, ¿no crees que el sobre con dinero debería ser especialmente generoso?
¡Zas!
Nora dejó caer el tenedor y se levantó.
—Mamá, estoy llena.
Vosotros comed con calma.
Dicho esto, le lanzó a su hijo con memoria de pez una mirada asesina y se marchó furiosa.
Su salida no aguó el ambiente.
Eleanor miró a Nash con cariño.
—Ni siquiera esperas a Año Nuevo para pedir sobres con dinero.
Nash, eres dos meses mayor que Lise…, ¿no te da ni un poco de vergüenza?
¿Vergüenza?
Nash no tenía ni idea de lo que significaba eso.
Sonriendo con descaro, dijo: —Vamos, solo estoy siendo sincero con mi abuela favorita.
Contigo no me ando con rodeos.
Eleanor enarcó una ceja.
—¿Sin rodeos?
Entonces, ¿qué tal si me dices…
cuánto has acumulado en tu bóveda privada?
Al instante en alerta máxima, Nash se agarró los bolsillos como una ardilla que protege sus bellotas.
—Abuela, por favor.
Estás equivocada.
¡Me muero de hambre!
Mírame…
estoy en los huesos.
¿De dónde sacaría yo tanto dinero?
No iba a confesar.
De ninguna manera.
Lisette solo rio por lo bajo.
Llevaba más de un año formando parte de la familia Hastings y había oído lo suficiente como para saber que Nash era básicamente una cámara acorazada andante.
El chico era famoso por acaparar dinero.
Su leyenda realmente se forjó tras un secuestro en particular.
Normalmente, los herederos de familias como los Hastings mantenían un perfil bajo.
Tomemos su caso, por ejemplo…
Las grandes familias suelen venir con riqueza, y la riqueza siempre trae problemas.
Por eso las familias de más alto nivel eran tan estrictas en mantener a sus hijos fuera del foco de atención: para mantenerlos a salvo de todo tipo de intrigantes.
Ahora bien, incluso con alguien como Nash, que nunca se daba aires de grandeza y tenía trabajos a tiempo parcial como un buscavidas, casi nadie lo consideraba rico.
Hasta que un día, las cosas se torcieron y su identidad fue expuesta por accidente.
Uno de los compañeros de clase problemáticos de Nash se metió con la gente equivocada, necesitaba dinero rápido y decidió que Nash era el objetivo perfecto.
Así que reunió a unos cuantos tipos de mala pinta y organizó un secuestro, con la esperanza de sacarle algo de dinero…
Quién lo hubiera pensado…
Solo por proteger los últimos diez dólares que tenía en el bolsillo, a Nash le dieron una paliza morrocotuda —nariz ensangrentada, labios partidos—, pero el tipo aguantó con firmeza.
Los que lo atacaron pensaron que escondía un tesoro, pero cuando finalmente lo dejaron inconsciente y le registraron los bolsillos, todo lo que encontraron fue un arrugado billete de diez.
Estaban tan cabreados que casi decidieron cargárselo allí mismo.
Por suerte para Nash, los guardaespaldas de la familia aparecieron a tiempo y lo sacaron de allí antes de que esos matones perdieran por completo los estribos.
Y, de la noche a la mañana, Nash se hizo viral.
Al principio, la gente cotilleaba sin parar, suponiendo que era algún turbio hijo ilegítimo de los ricos, al que acosaban tanto que hasta un billete de diez dólares era cuestión de vida o muerte para él.
Pero poco a poco, todo el mundo llegó a una verdad mucho más simple: Nash simplemente adoraba el dinero.
En serio, le encantaba.
Fin de la historia.
Más tarde, en una fiesta, Lisette oyó por casualidad a un grupo de damas bien vestidas que hablaban de ello con entusiasmo, en un tono lleno de incredulidad.
Incluso ella se quedó de piedra.
Al mirar a Nash al otro lado de la habitación, todo lo que sintió fue…
admiración.
Sí.
Un respeto increíble.
Eleanor vio cómo Nash se ponía a la defensiva y negó con la cabeza con un pequeño suspiro.
—En la víspera de Año Nuevo, os daré a cada uno de vosotros tres un sobre bien grande con dinero —ofreció cálidamente.
—¿Eh?
—exclamó Nash, y luego miró de reojo a Tobias—.
Abuela, mi hermano tiene casi treinta años.
¿Todavía le das sobres con dinero?
Con una sonrisa tan amable como siempre, Eleanor dijo: —No importa la edad que tengáis.
Para mí, siempre seréis unos niños.
Nash resopló.
—Sí, pero mi hermano ya le ha dado su tarjeta bancaria suiza a Lisette.
Cualquier dinero que le des acabará en sus manos.
Podrías ahorrarte las molestias y dármelo directamente a mí.
Lisette parpadeó.
Luego intercambió una mirada con Eleanor.
Solo ellas dos sabían lo de la tarjeta bancaria suiza que Tobias le había dado.
Nash acababa de llegar a casa hoy…
¿cómo demonios lo sabía?
Entonces cayó en la cuenta.
Nora.
Debía de haber estado escuchando a escondidas.
La sonrisa de Eleanor se desvaneció al instante, y su rostro se tensó mientras dejaba el tenedor.
—Ayúdame a levantarme —le dijo al mayordomo.
—¿Abuela?
—parpadeó Nash, confuso, sin ser consciente en absoluto de la bomba que acababa de soltar—.
¿No vas a comer?
—Seguid vosotros —dijo Eleanor, dándole una palmada en el hombro a Nash antes de salir del comedor.
Una vez que estuvieron fuera del alcance de cualquiera, su voz se tornó fría—: Dile a Nora que se reúna conmigo en mi habitación.
Ahora.
*****
Más tarde, Tobias estaba revisando con delicadeza la quemadura en la mano de Lisette.
El ungüento de la noche anterior había funcionado: las pequeñas ampollas habían bajado y el enrojecimiento tenía mucho mejor aspecto.
Aplicó con cuidado una nueva capa de crema y esperó a que se absorbiera antes de ponerle un par de elegantes guantes de cuero.
Después de eso, la envolvió en un cálido abrigo de visón, le colocó la bufanda justo como debía y no paró hasta que solo sus ojos quedaron al descubierto.
Solo entonces salieron.
El invierno de Aurelian era mucho más crudo que el de Veridia.
Y hoy, los copos de nieve caían sin cesar, rozando sus mejillas con pequeños y helados besos.
El viento frío los llevaba directamente a su cara.
Un solitario copo de nieve aterrizó en sus pestañas, brillando con un blanco intenso y bloqueando un poco su visión.
Tenía una mano metida en el bolsillo del abrigo de Tobias junto a la de él, y la otra escondida en su propio bolsillo.
Hacía demasiado frío como para moverse, la verdad.
Se detuvo y lo llamó en voz baja: —¿Toby?
Él se volvió hacia ella.
—¿Sí?
—Tengo nieve en las pestañas —murmuró ella.
Parpadeó lentamente.
La nieve se aferraba a sus largas y espesas pestañas y revoloteaba cuando volvía a parpadear, brillando como pequeñas estrellas atrapadas en terciopelo.
Sus ojos refulgían con el toque justo de picardía.
Tobias no pudo apartar la mirada ni un segundo, cautivado por esa fugaz visión.
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