De repente, estoy casada - Capítulo 24
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- Capítulo 24 - 24 Chapter 24 Las joyas de Alicia Devins
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24: Chapter 24 Las joyas de Alicia Devins 24: Chapter 24 Las joyas de Alicia Devins Scarlett empezó a caminar de un lado a otro en la sala de estar, mientras se mordía la uña del pulgar.
Estaba nerviosa y molesta como una leona enjaulada.
Ryke estaba sentado en el sofá del frente, comiéndose unas zanahorias bebé que había en la nevera.
Al verla así, sintió realmente mucha lástima, porque ella le había dicho que sus principales enemigas se habían instalado en la mansión de la familia, y pensó él que se sentiría igual o incluso peor, si estuviese en su lugar.
Ya Scarlett tenía suficiente con haber sido traicionada por su mejor amiga, y ahora como si fuese poco, veía cómo esa misma persona se estaba apoderando de todo lo que había sido suyo sin poder hacer nada.
En realidad, era verdaderamente terrible.
Por ello, él entendía esa mirada de odio, por demás justificada, aunque la misma no fuese incompatible con un rostro tan inocente como el de ella.
Scarlett permaneció en su burbuja durante más de media hora.
Ryke quería ayudarla, pero no sabía si ella le prestaría atención al intentar hablarle.
Entonces, se aclaró la garganta y aun así se decidió a hacerlo.
“Cuéntame algo…
¿Ya decidiste qué vas a hacer?”
Evidentemente, ésa no fue la mejor manera de abordar el tema porque aunque logró llamar su atención, ella no reaccionó de una manera positiva.
Por el contrario, lo miró como si quisiera matarlo, y él se estremeció de inmediato.
En verdad, era la primera vez que había sentido miedo de una persona, ya que la desesperación y la ira que mostraban los ojos de Scarlett eran muy aterradoras.
“¿Qué crees que estoy haciendo?”, siseó ella irritada.
“L-lo siento…
Pensé que estabas hundida en tu tristeza, en lugar de pensar en…”.
“Caballero, eso es precisamente lo que estoy haciendo en este momento: ¡pensar!
Pero déjame decirte que idear un plan no es tan fácil como parece, ¿me expliqué?”
“¿Y entonces?
¿Vas a permitir que ellas ganen, porque la niña buena que hay en ti no puede ser mala por una sola vez en la vida?”
Scarlett apretó los puños para contener el enorme deseo de saltar sobre la mesa y golpearlo en plena cara.
En ese momento, Ryke representaba la definición perfecta de echarle más leña al fuego.
¿Acaso no se daba cuenta de lo devastada que ella estaba?
¿Por qué siempre elegía el peor momento para actuar como un m*ld*to cr*tin*?
Por supuesto que ella nunca permitiría que Megan y su madre se salieran con la suya.
Estaba dispuesta a vender su alma al diablo, si con ello podía vengarse de ellas.
Lo que más deseaba en ese momento era llegar a casa y echarlas a la calle, pero no podía hacerlo y por ello, se sentía impotente.
Sin embargo, Scarlett era consciente de que si tomaba alguna decisión de manera impulsiva, sólo empeoraría las cosas.
No era una inútil, sin importar todo lo que ella misma hiciese para convencerse de lo contrario.
En realidad, únicamente necesitaba idear un plan minucioso, y eso lo había aprendido por las malas, por causa de sus enemigos.
Megan y su madre no aparecieron de la noche a la mañana para arruinarle la vida.
Todo había sido muy bien planeado y luego aplicado poco a poco durante años.
Esas mujeres se habían preparado bien, y se habían ganado su confianza para luego atacarla.
Por esa razón, si quería ganar esa guerra, debía actuar como ellas.
Debía ser paciente e inteligente, y saber exactamente cuál era la debilidad de ambas, para luego atacarlas justo donde más les doliera, a fin de que no pudieran sobreponerse del golpe.
Una ráfaga de felicidad se apoderó de Scarlett, al pensar en una venganza fría y mortal.
Visiblemente más calmada y menos tensa, por alguna razón ella inspiraba mucho más miedo.
Ryke la miró levantando una ceja, preguntándose por qué no estaba gritando y llorando como de costumbre.
“¿Te sientes bien?”, le preguntó.
Scarlett asintió lentamente, luego se sentó junto a él en el sofá, y se apoderó del tazón de zanahorias bebé.
“No estoy apurada”, afirmó mirando al frente como si no estuviese hablando con él, y añadió: “Tengo que tomármelo con calma porque las mejores ideas llegan cuando eres paciente.
De hecho, tendré tanta paciencia que Megan y su madre nunca podrán imaginarse lo que voy hacer”.
Los labios de Ryke mostraron una leve sonrisa, mientras ella mordía una zanahoria antes de mirarlo con sus lindos ojos, sin la rabia y la desesperación que brotaban antes de ellos.
Esa actitud confiada era la que a él le gustaba ver.
Aunque era una chica mimada, estaba seguro de que tenía mucha fortaleza, tal como se lo había demostrado cuando se conocieron.
El día que ella atacara a sus enemigas, Ryke quería estar en primera fila para ver cómo sucedía todo.
En realidad, estaba ansioso de que llegara ese día.
Por otro lado, Megan y su madre no tenían idea de lo que Scarlett les estaba preparando.
Ellas creían que finalmente estaban haciendo realidad todos sus sueños, y que formaban parte de la alta sociedad nueva yorkina.
Evidentemente, como Megan había ido a la mansión como amiga de Scarlett en muchas ocasiones, no estaba tan impresionada como su madre, quien se quedó boquiabierta y con los ojos desorbitados cuando entraron a la casa.
Joyce no sabía a dónde mirar primero.
Todo era llamativo y costoso.
Primero vio el techo que era tan alto que podía confundirse con el cielo.
Después, observó la lámpara de araña de cristal que colgaba en la entrada, y pensó que debía costar mucho más que el apartamento donde vivía anteriormente.
“Meg, por favor dime que no estoy soñando”.
“No mamá, no es un sueño”.
“¿No?
Pellízcame porque quiero estar segura”.
Sin dudar, Megan le pellizcó el brazo de inmediato, y su madre siseó de dolor.
“¿Ahora si estás convencida?”
Joyce se rió frotándose el brazo.
Había soñado tantas veces con eso, que le parecía increíble que fuese cierto.
Dan Devins había regresado a la empresa y les había dicho que podían instalarse con absoluta libertad.
Después de un rato, el ama de llaves, una mujer regordeta y pequeña llamada Rosa, se presentó ante Megan y su madre.
Se dirigió a ellas con una sonrisa respetuosa y les dijo sin mirarlas a la cara: “Bienvenidas a la casa de la familia Devins”.
“Me alegra verte de nuevo por aquí, Megan.
¿Me das esa bolsa para subirla?”
Rosa se refería a una bolsa negra que Joyce había traído del hospital, ya que pensaban traerse el resto de las cosas después, en el transcurso del día.
“Oh.
Por supuesto que sí”.
La madre de Megan tenía una pose altiva y mirada de desprecio, pues ella había servido a otras persona antes, y estaba acostumbrada a que la trataran como si fuese una basura.
Ahora, Joyce pensaba que debía hacer lo mismo.
Acto seguido, subió las escaleras, seguida de cerca por su hija.
Ninguna de las dos le ofreció ayuda a Rosa, aun cuando escucharon que ésta estaba haciendo un gran esfuerzo para llevar la bolsa.
El ama de llaves ya les había preparado dos habitaciones de huéspedes, pero Joyce la detuvo antes de que llegaran a los dormitorios.
“¿El Sr.
Devins no le informó quiénes éramos en realidad?
Somos las nuevas dueñas de la casa y no vamos a quedarnos en una habitación de invitados”.
“Oh”, dijo Rosa sorprendida.
Sin embargo, no se intimidó aunque sabía que no debía desafiar a los invitados de su jefe.
Por eso, las llevó al dormitorio principal, la antigua alcoba de Alicia Devins, la madre de Scarlett.
Sintió un peso en el corazón, ya que no le agradaba que una extraña fuese a dormir en la habitación de la antigua señora de la casa.
“¿Qué les gustaría almorzar?”, preguntó Rosa, sin dejarse afectar por la situación.
“¡Oh!”, exclamó Megan con los ojos entreabiertos, y añadió: “Todavía no lo hemos decidido, pero más tarde te lo haré saber.
Ahora puedes irte a hacer tus cosas”.
Tan pronto Rosa se fue, ambas se abrazaron y gritaron emocionadas como dos estudiantes de secundaria, sin importarle en lo más mínimo la manera como habían tratado al ama de llaves.
Para ellas, lo más importante era el dormitorio, una alcoba digna de una reina y casi tan grande como su antiguo apartamento.
De hecho, al ver todo ese lujo, perdieron el apetito.
“Lo logramos”, le dijo Joyce a su hija y agregó: “Finalmente, la casa de los Devins es nuestra.
Todos estos años de humillación y presión no fueron en vano”.
“Oh mamá… Esto me parece mentira.
Aún no creo que todo este lujo sea verdad…”.
“Y una vez más te digo, esto es sólo el principio.
Imagínate todo el dinero que tendremos con esta mansión, las acciones de la empresa y las diferentes inversiones que tiene tu papá.
Con esta herencia, hasta nuestros nietos podrán vivir sin problemas, especialmente ahora que no tendremos que compartirla con Scarlett”.
Megan asintió emocionada, mientras sus labios mostraban una amplia sonrisa.
Luego pasó un dedo por el gabinete que estaba al frente de la gran cama tamaño queen.
Había muchos perfumes costosos y cosméticos, que parecían estar ordenados cuidadosamente, como si nadie los hubiera tocado desde el fallecimiento de la señora Devins.
De todas maneras, la chica agarró un frasco de Chanel y se roció un poco en el cuello, exclamando que olía divino, mientras su madre se tendía en la cama vestida con sábanas de seda.
“Todas las pertenencias de Alicia ahora son mías”, murmuró Joyce y añadió: “A partir de este momento, soy una mujer rica, Megan”.
Ambas pensaron lo mismo.
Se imaginaban vestidas con ropa de diseñador y luciendo joyas costosas.
A partir de ese momento, sus amigos serían famosos e influyentes, y ellas las principales invitadas en todas las reuniones sociales.
Todos las respetarían porque se convertirían en verdaderas representantes del apellido Devins.
Esa vorágine de pensamientos le causó vértigo a los dos.
“Tenemos que encontrar los diamantes de Alicia”, dijo Joyce de repente, levantándose como un resorte de la cama, y añadió: “Quiero sentirlas y verlas con mis propios ojos.”.
Megan asintió con la cabeza porque nunca había visto un diamante de verdad, a excepción de un anillo que Scarlett le había mostrado una vez.
Madre e hija comenzaron a buscar desenfrenadamente por la habitación, abriendo cada una de las gavetas y cajas que encontraban a su paso.
Por supuesto, el dormitorio quedó hecho un desastre, ya que olvidaron colocar todo en su sitio, pues sabían que Rosa lo arreglaría después.
Sin embargo, a pesar de toda esa búsqueda desenfrenada, no encontraron ni una sola de las joyas de la señora Devins.
Joyce estaba atónita y tenía el ceño fruncido.
“¿Dónde las habrán guardado?”, dijo enojada.
“Tal vez…
Quizá se las dieron a Scarlett, después de que falleció su madre.
Me parece lógico, ¿no crees?
Creo que debería ir a revisar el cuarto de la p*rr* esa”.
“Mmm… Puede que tengas razón, Meg.
Ve a su cuarto, mientras yo sigo buscando aquí”, respondió Joyce.
Megan salió a toda prisa de esa habitación y corrió a la de Scarlett.
Se sentía muy emocionada porque al fin podía caminar libremente por esos pasillos.
Todas las veces que había ido a la mansión, lo único que anhelaba era tener todo lo que poseía su amiga.
Ahora, ese sueño se había convertido en realidad, y la habitación de Scar y todo lo que había dentro era suyo.
Apenas entró al dormitorio, empezó a buscar las joyas de la Sra.
Devins por todas partes.
Sin embargo, al parecer tampoco estaban ahí.
De hecho, faltaban muchas cosas: las carteras, zapatos y ropa de diseñador, y en ese preciso momento, Megan recordó que Scarlett había ido a buscar sus pertenencias el días antes…
de morir.
Después, encontró una caja fuerte oculta en el vestidor, pero estaba cerrada y ella no sabía la contraseña.
Intentó adivinarla muchas veces sin éxito alguno.
Se molestó tanto que se lastimó un pie al patear la m*ld*ta bóveda, apoyándose luego en la pared mientras siseaba de dolor.
¿Estarían las joyas en esa caja fuerte o Scarlett se las habría llevado ese día?
Y si en realidad lo hizo, ¿dónde di*bl*s las habría metido?”, se preguntó Megan mientras maldecía, pasándose la mano por su oscura cabellera.
¡M*ldit* Scarlett!
Aún después de muerta sigue causando problemas.
Bueno, tendrían que olvidarse de esas joyas por el momento…
De todos modos, ya tenían suficiente dinero para comprarse las suyas.
Es más, no le importaba si esa p*rr* se las había llevado al infierno junto con ella, si en realidad las tenía.
La chica suspiró y salió de la habitación, pero seguía enojada por no haber encontrado lo que quería.
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