De repente, estoy casada - Capítulo 38
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38: Chapter 38 Un millón de dólares 38: Chapter 38 Un millón de dólares Al día siguiente, Scarlett seguía pensando en su reciente encuentro con Ryke.
Se sintió mal por el muchacho, la reacción después de recibir el muffin le enseñó mucho, porque se dio cuenta de que no tenía a nadie que lo cuidara, ni siquiera que le comprara el desayuno.
Eso la entristeció terriblemente.
¿Por qué las personas más amables siempre sufren tanto?
Después de todo lo que había hecho por ella en el breve lapso de conocerse, Scarlett creía que él merecía disfrutar de todo lo que su corazoncito deseara, pero estaba claro que la vida no lo había bendecido.
No lograba entender qué tipo de situación obligaría a un hombre como él a prostituirse para ganarse la vida.
Podía dedicarse a otras cosas porque, aunque condujera coches caros y vistiera ropa de diseño, eso no significaba que su vida fuera dichosa.
El pobre tenía que lucir bien para atraer a la clientela rica, pero su realidad era quizás mucho más triste.
A lo mejor no tenía dónde caerse muerto.
Scarlett quería ayudarlo, del mismo modo que él había estado presente para ella.
En su opinión, lo que más necesitaba Ryke era dinero, suficiente como para iniciar un negocio.
De hecho, si tuviera un trabajo adecuado, ya no necesitaría trabajar como acompañante.
Pero la muchacha sabía que ya no contaba con recursos, después de todo, ella siempre había vivido de la riqueza de su padre y no ganaba lo suficiente con su jornada laboral de nueve a cinco.
Mientras lo meditaba con detenimiento, se le ocurrió una idea, había algo que podía hacer después de todo.
Recordó las valiosas joyas de su madre, era probable que costaran una fortuna y eran de edición limitada; si las vendía, podría obtener suficiente dinero para ayudar a Ryke.
Scarlett se mordió el labio inferior como resultado de su inseguridad, esas joyas significaban mucho para ella y quería conservarlas para que, en un futuro, sus hijos las heredaran.
Luego pensó que su madre, con seguridad, querría que hiciera lo correcto y fuera generosa, por la sencilla razón de que ella era una mujer muy amable y no hubiera dudado en ayudar a otra persona en lugar de atesorar su riqueza.
La joven se puso de pie decidida a vender las joyas y así devolverle a Ryke lo que había hecho por ella.
Con suerte, significaría el comienzo de una nueva vida para el muchacho.
Scarlett ni siquiera pensó en su propia situación o en el hecho de que ella necesitaba dinero más que él, lo único que le importaba era devolverle el favor.
Pero había un problema, no había llevado consigo las alhajas cuando se mudó a ese apartamento; las joyas de su madre todavía estaban en la mansión Devins.
A la joven no le gustó nada pensar en que tendría que confrontar a su padre una vez más, pero luego, recordó que eran un poco más de las diez de la mañana y que él ya debería estar en el trabajo: con suerte, no se lo encontraría.
Agarró su bolso y salió, tomó el metro por primera vez en mucho tiempo y disfrutó bastante el viaje, el resto del camino a la mansión, caminó.
Los dos guardias de seguridad en la puerta la saludaron de forma amable y la dejaron entrar, a Scarlett le resultaba extraño que su padre aún no les hubiera ordenado que no la dejaran ingresar.
Entró y encontró a Rosa limpiando los cuadros colgados en las paredes; el rostro de la señora se iluminó en el instante que la vio.
“¡Hija!
Cuanto tiempo sin verte, ¿por qué ya no nos visitas?”, exclamó.
“Ay, Rosa…”.
Scarlett aceptó el reconfortante abrazo que le dio la sirvienta y casi se echa a llorar.
Había algo tan maternal en esa mujer que siempre la conmovía.
“Te extrañé”, le confesó Scarlett.
“Yo también, hija…
¿Te quedarás?”.
“Oh, no.
Vine a buscar algo importante y me voy de inmediato porque no quiero cruzarme con papá.
Iré a mi habitación rápido y te daré un beso antes de irme”.
“Ah…
Pero sabes que la otra señorita se queda en tu habitación, ¿verdad?”.
“¿Perdón?”.
“Sí, hija…
la jovencita y su madre…”.
Rosa no terminó de decirlo que Scarlett estaba enfurecida, Jamás hubiera pensado que las dos mujeres siguieran en la mansión después de lo que había pasado en la gala, eran unas sinvergüenzas.
Subió corriendo las escaleras y abrió la puerta de su dormitorio.
Debajo de las sábanas se notaba el contorno de un cuerpo, así que tomó unas almohadas que había a un costado y golpeó a Megan tan fuerte como pudo.
La joven se despertó gritando, se horrorizó al encontrar a Scarlett parada frente a ella rezongando como un alma en pena: “¡P*rra!
¡¿Cómo te atreves a acostarte en mi cama?!
¡Arriba!
¡Levántate ahora mismo!”.
Scarlett tomó a Megan del cabello negro azabache y la arrastró afuera de la cama ignorando los gritos de dolor.
“¡Ay, suéltame!
¡Estás loca!
¿Qué te pasa?”.
“Te mataré y beberé tu sangre.
Quieres morir, ¿verdad?
Porque no entiendo la razón por la cual aún ocupas mi habitación”.
Megan tenía puesto un camisón arrugado y tenía el cabello despeinado.
Quiso hacerle frente a Scarlett, pero se escondió detrás de una silla, en caso de que la chica intentara atacarla de nuevo.
“¡Este ya no es tu dormitorio, es el mío!”, gritó.
“Prometiste que te irías anoche, ¿acaso tu palabra no vale?”.
“Iba a hacerlo, pero papá nos pidió que nos quedáramos.
Y hasta donde yo sé, esta es su casa y él toma las decisiones aquí, no me culpes”.
Scarlett retrocedió cuando escuchó la decisión del señor Devins.
Él era la peor persona del mundo, pero también muy tonto si esperaba que ella dejara que Megan y su madre invadieran la casa de su familia.
“Tienes exactamente cinco minutos para largarte de aquí”, le advirtió a Megan en voz baja y amenazante.
“¡No me iré a ninguna parte!”.
“Bien…
llamaré a los guardias y te sacarán de los pelos”.
Scarlett se dio la vuelta y salió de la habitación; hablaba en serio.
Los guardias la conocían y obedecerían todas sus órdenes; Megan también lo sabía, así que tan pronto como Scarlett se fue, corrió a la habitación de su madre.
Joyce ya estaba despierta, por supuesto, y había oído todo el alboroto que había generado Scarlett, así que tuvo tiempo de ponerse un abrigo sobre el camisón.
“Mamá…”, se quejó Megan haciendo un berrinche.
“Scarlett nos está echando”.
“¿Quién se cree que es?”, se quejó Joyce.
Ambas salieron al pasillo justo cuando Scarlett regresaba con dos hombres corpulentos: los guardias de seguridad.
“Acompañen a estás dos mujeres a la salida de inmediato.
Violaron la privacidad de esta casa y no permitiré que sigan haciéndolo”, les ordenó.
“Pero señorita…
son invitadas de su padre”, vaciló uno de ellos.
“No me importa.
Me faltaron el respeto, así que quiero que se vayan”.
“Muy bien…
Como ordene”.
Las mujeres retrocedieron cuando los guardias se acercaron a ellas, y Joyce gritó: “¡Ella no tiene derecho a echarnos, idiotas!
Su padre la desheredó, ¿no lo saben?
Lo llamaré ahora mismo y los despedirá a todos, se los aseguro”.
Sacó el teléfono y marcó desencajada el número de Dan Devins.
Sonó varias veces, pero el hombre no contestó.
Lo intentó de nuevo y obtuvo el mismo resultado; Joyce se puso roja de vergüenza al ver que ignoraba las llamadas, y Scarlett se echó a reír.
“Hasta siento lástima por ti.
Eres tan despreciable que nadie quiere atender tus llamadas”.
Joyce maldijo por lo bajo y cruzó miradas con Megan, ninguna sabía qué hacer, y los dos guardias se alzaron sobre ellas con antipatía.
“¿Se irán por la buenas o tendremos que sacarlas?”.
“Nos iremos, pero esto no termina aquí, Scarlett.
¡Créeme, te arrepentirás!”, manifestó la madre de Megan intentando emplear el tono y la actitud más digna que pudo.
Madre e hija tuvieron tiempo de ponerse ropa adecuada antes de que los guardias las acompañasen a la puerta.
Scarlett se rio de ellas todo el camino, gustosa de ver cómo sacaban a rastras a sus enemigas cual dos palurdas que eran.
Ni bien se fueron, la mansión pareció cobrar vida de nuevo y lució más esplendorosa que nunca.
Rosa vio todo lo sucedido con cara de preocupación.
“¿Está todo bien?”, le preguntó Scarlett; sin embargo, la mujer se quedó callada, parecía que ocultaba algo o que tenía demasiado miedo de decirlo, así que Scarlett no insistió.
Se limitó a subir a su dormitorio y abrir la caja fuerte del armario donde estaban todas las joyas de su madre.
Eran muchas, así que utilizó una bolsa grande para guardarlas.
“¿Necesitas ayuda, hija?”, preguntó Rosa después de seguirla al dormitorio.
“No, gracias, Rosa.
Tengo que irme antes de que vuelva papá.
Sabes, esa vieja bruja tenía razón, no tenía derecho a echarlos porque son sus invitados y él en verdad me desheredó.
Si se entera de esto, me matará en serio.
Así que no le digas nada, ¿de acuerdo?”.
“Muy bien…
Toma mi número.
Me llamas si necesitas algo”.
“Gracias, Rosa”.
Scarlett besó la coronilla de la mujer y se marchó, orgullosa de sí misma.
Los guardias de la puerta volvieron a saludarla al salir, y tomó un taxi directo a la joyería más importante de la Quinta Avenida.
El personal del local la reconoció, en primer lugar porque su rostro estaba en todas las noticias, y también porque solía acudir allí a menudo para comprar sus propias joyas.
La recibieron con amabilidad y se alegraron de que quisiera venderle sus piedras preciosas.
Mientras un profesional las examinaba, Scarlett reconsideraba una y otra vez la decisión de deshacerse de ellas, pero al final se convencía que era lo más acertado, Ryke merecía una generosa retribución por su bondad.
Y hablando de Ryke…
Estaba a punto de terminar la lectura de un importante informe cuando, de los hombres asignados para vigilar a Scarlett y garantizar su seguridad, recibió un mensaje que decía: “Actualización de las actividades recientes de la señorita Devins.
Volvió a la casa de su padre y echó a dos mujeres de allí, creemos que son su hermanastra y su madrastra.
Salió de la mansión con una bolsa y se dirigió a una joyería que pertenece a la corporación Globex, en la Quinta Avenida.
Creemos que está a punto de vender una gran cantidad de joyas”.
Esa información lo desconcertó sobremanera.
¿Por qué vendería sus joyas?
¿Quería utilizar el dinero para algo personal o trataba de saldar sus deudas con él?
Al pensarlo, entró en pánico, lo último que quería era que le diera una retribución, porque entonces él ya no tendría motivos para permanecer a su lado.
Ceñudo, se odió a sí mismo por desear que Scarlett siguiera dependiendo de él para siempre.
Si realmente le importaba el bienestar de ella, tenía que alegrarse de que tuviera proyectos personales.
Después de eso, ya no pudo concentrarse en su trabajo, y se quedó mirando la página en blanco de un correo electrónico que se suponía que debía enviar.
Un rato después, el teléfono volvió a sonar y, para su sorpresa, era Scarlett.
“¿Cuánto dinero debes?”, le preguntó en un mensaje de texto.
“Lo siento, querrás decir, ¿cuánto dinero me debes tú a mí?”.
Ryke lo leyó dos veces, pero no entendía la pregunta.
“No.
Quiero ayudarte.
Dime cuánto necesitas para pagar tus deudas”.
Ryke no pudo evitar soltar una carcajada por las tonterías que Scarlett decía.
“Y qué te hace pensar que tengo deudas”.
“Es obvio.
¿Por qué otro motivo trabajarías como hombre de compañía?
Si no tienes deudas, seguro que necesitas dinero.
Dime cuánto y te lo daré como retribución por lo amable que has sido conmigo.
Quiero que empieces una nueva vida, lejos de la prostitución”.
A Ryke lo envolvió una mezcla de sensaciones, estaba asombrado, ofendido, conmovido, todo al mismo tiempo.
Le molestaba que siguiera pensando en él como un hombre de compañía, aunque era muy dulce que intentara ayudarlo.
Tenía buen corazón, a pesar de que esa amabilidad le resultara un tanto inapropiada.
“¿Estás segura de que puedes conseguir el dinero que necesito?”, le contestó por mensaje de texto.
“Sí”.
“De acuerdo, entonces, necesito un millón de dólares”.
Esperó ansioso su respuesta, imaginando la cara de asombro de Scarlett al leer lo que le había escrito.
“¿Hablas en serio?”.
“Desde luego”.
“¿¡Qué hiciste para deber tanto!?”.
Ryke le envió un emoji con carita triste, riendo mientras lo hacía.
Cielos, ¿por qué le resultaba tan divertido tomarle el pelo?
Llamó a su asistente y le indicó que se pusiera en contacto con la joyería de la Quinta Avenida y que le ordenara compraran las joyas por un millón de dólares exactos, aunque no valieran tanto.
Quería ver si ella, a pesar de necesitarlo, de verdad le daría el dinero; en su cabeza no cabía cómo una persona podía ser tan ingenua, casi estúpida.
Pronto lo averiguaría.
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