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De repente, estoy casada - Capítulo 39

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  4. Capítulo 39 - 39 Chapter 39 Soy tuyo de ahora en adelante
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39: Chapter 39 Soy tuyo de ahora en adelante 39: Chapter 39 Soy tuyo de ahora en adelante Scarlett esperó en la joyería durante casi una hora, mientras tanto, varios miembros del personal entraban y salían de la habitación en la que se encontraba con lupas y otras herramientas para verificar la autenticidad de las joyas.

Eso no la ponía nerviosa, por supuesto, sabía a ciencia cierta que todas eran auténticas, su verdadera preocupación era que, por muy magníficas que fueran las alhajas de su madre, nunca bastarían para saldar las deudas de Ryke.

En serio, ¿¡qué diablos había hecho para deber tanto dinero!?

Después de eso entendió por qué trabajaba como acompañante masculino.

Luego de media hora más de espera, uno de los gerentes de la tienda entró con dos jóvenes asistentes detrás de él.

Era un señor mayor con gafas en forma de media luna que encajaban a la perfección con la estética de la lujosa joyería.

“Sentimos la larga espera, señorita Devins”, se disculpó con una sonrisa amable.

“No hay problema.

¿Terminaron de valuarlas?”.

“Sí, por supuesto, las joyerías son todas piezas auténticas y de gran valor.

¿Está segura de que quiere venderlas, señorita Devins?”.

“Sí”.

“Muy bien, ¿cuánto quiere por ellas?”.

Scarlett se mostró insegura, no tenía idea de cuánto podrían costar, todo lo que sabía era que necesitaba exactamente un millón de dólares, y eso era demasiado.

Por lo tanto, en lugar de arriesgar un precio, actuó de forma inteligente y preguntó: “¿Cuánto es lo máximo que pagarían por las joyas?”.

“Mm…

Tendré que consultarlo con mis superiores.

Volveré en un instante”.

Scarlett asintió.

El hombre se fue con uno de los asistentes, el otro se quedó y le sirvió un cóctel.

Ella le agradeció con una sonrisa y tomó un sorbo, bastante satisfecha con el servicio.

El gerente regresó diez minutos después, y Scarlett dejó el vaso sobre la mesita junto a ella.

“Los directivos me han dado un precio estimado.

¿Qué le parece un millón de dólares, señorita Devins?”.

La joven se quedó atónita, convencida de que había oído mal.

“¿Perdón?

¿Dijo un millón de dólares?”.

“Sí, señorita Devins.

Y desde ya, no dude en hacer una contraoferta si lo desea”.

Después de escuchar la confirmación del monto, Scarlett no lo podía creer.

¿Qué diablos estaba pasando en su vida?

Su madre no había gastado tanto dinero en joyas, ¿cómo era que esas personas le ofrecían un millón de dólares?

Se suponía que bajarían el precio de las alhajas, no que lo aumentarían.

Todo aquello era muy raro.

“¿Está seguro de que no hay un error?”, se cercioró Scarlett mostrando seriedad.

“No hay ningún error, señorita Devins.

Muchas de esas piedras han sufrido un aumento importante”, el empleado se lo confirmó.

“Entiendo, pero…

aun si el precio aumentara, nunca alcanzaría ese valor, ¿no?

Es decir, estamos hablando de un millón de dólares.

Por favor, consúltelo otra vez, señor”.

“Puedo asegurarle que no hay ningún error, señorita Devins.

Si está de acuerdo con el monto, compraremos sus pertenencias por un millón de dólares”.

Scarlett no supo más qué hacer, no sería culpa suya si el director se equivocaba, y de eso estaba convencida.

En definitiva, le convenía, así que aceptó.

Le trajeron el contrato y revisó la enorme cantidad varias veces antes de firmar los papeles, aún incrédula por lo que le ofrecían.

Por último, le entregaron un cheque por el dinero acordado; lo escondió en el interior de la cartera, asustada de que pudiera perderlo, y se dirigió a la salida con celeridad.

Por un momento pensó que alguien intentaría detenerla cuando estaba por abandonar la joyería, pero eso no sucedió.

Se subió a un Uber y le indicó la dirección de su casa.

Ansiosa, no se aguantó a llegar a destino; así que llamó a Ryke: “Debe llegar al apartamento lo antes posible, señor.

¡Tengo una gran sorpresa!”, exclamó contenta, con ganas de decírselo por teléfono pero sin fiarse del conductor que la miraba por el espejo retrovisor.

Por supuesto, Ryke ya sabía de qué se trataba, sus empleados ya le habían informado lo sucedido.

Colgó el teléfono y se tentó de la risa, estaba asombrado por su ingenuidad, tenía la inocencia de una chiquilla.

Si algo así le ocurriera a él, no tendría dudas de que algo ocurría y comenzaría a sospechar.

Esas cualidades eran lo que hacía que Scarlett fuera tan especial para él, encontraba esas actitudes adorables, pero a la vez le preocupaba muchísimo, porque no entendía cómo una mujer así podría sobrevivir en un mundo tan cruel.

Terminó el trabajo de inmediato y le dijo a su secretario que se iba a casa temprano; el señor Goldwin asintió con los ojos entrecerrados, sabía con exactitud hacia dónde se dirigía su joven jefe.

Mientras conducía hacia el Soho, Ryke cayó en la cuenta de cuánto había cambiado su vida desde que había conocido a Scarlett.

Antes se sumergía en el trabajo porque no tenía nada mejor que hacer, pero desde entonces la joven se había convertido en su distracción más preciada, y eso le encantaba.

Con ella se divertía de una forma que nunca antes había experimentado.

Llegó al apartamento unos minutos después.

Scarlett estaba tan emocionada que lo estaba esperando en el pasillo saltando.

Ryke no llegó a cerrar la puerta detrás de él que la joven ya había envuelto sus brazos alrededor de su cuello para abrazarlo con fuerza.

Él le apoyó la mano en la parte baja de la espalda: su frecuencia cardíaca aumentó ante la cercanía con el diminuto cuerpo de la mujer.

“Alguien está de buen humor”, bromeó y soltó una risita.

“No lo vas a creer”, aseveró Scarlett, sacó el cheque que le habían dado en la joyería y se lo entregó.

Ryke miró el monto que allí figuraba y actuó sorprendido, lo hizo tan bien que Scarlett no sospechó en ningún momento.

Ni por asomo se imaginaba que un millón de dólares era lo que Ryke recaudaba por lo general en media hora un mal día de trabajo.

Así de rico te vuelves cuando eres dueño de la mitad de los negocios de una ciudad en auge como Nueva York.

“¿De dónde sacaste esto?”, actuó Ryke con los ojos bien abiertos.

“¿Le vendiste el alma al diablo o qué?”.

Scarlett se sentía eufórica, Dios, estaba tan orgullosa de sí misma; a Ryke, por su parte, le daban ganas de apretujarle las mejillas.

“Menos averigua Dios, y perdona”, bromeó con picardía.

“Es tuyo.

Quiero que uses este dinero para pagar todas las deudas que contrajiste, ¿de acuerdo?

O puedes abrir un negocio, no sé…”.

“¿Hablas en serio?”.

“¡Sí!

No quiero que trabajes más como acompañante.

Es lo menos que puedo hacer en agradecimiento”.

“Pero tú también necesitas el dinero”.

“Sí, pero creo que lo mereces más que yo”.

Su sonrisa crecía por momentos.

Ryke se dio cuenta de que lo ayudaba de corazón, lo cual lo enterneció.

En el despiadado mundo de los negocios, la amabilidad era un bien inexistente; de hecho, cuanto más rica era la gente, más tacaña se volvía.

Así que era insólito ver a alguien como Scarlett, que había nacido en cuna de oro y, así y todo, era generosa y desinteresada.

No pudo contenerse, levantó la mano y, con el pulgar, le acarició el mentón y la mejilla.

Al mirarlo a los ojos, de a poco la sonrisa de Scarlett se fue desvaneciendo y, sin darse cuenta, estrechó el contacto fascinada por la forma en que la cálida palma le recorría el rostro.

Ryke tragó saliva.

El corazón le latía a tal velocidad que no estaba acostumbrado al desorden que experimentaba en el pecho, todo lo había desencadenado esa singular mujer.

Estaba empezando a sentir algo por ella, y eso le daba bastante miedo.

“¿Significa que…

estoy en deuda contigo ahora?”, Ryke le preguntó mientras miraba esos labios rosados, y ella respondió encogiéndose de hombros.

“Porque estoy pensando…

¿Qué pasará conmigo si, de repente, decides que tengo que pagar esta deuda más adelante?”.

“Puedes estar seguro de que jamás lo haría”, le prometió con énfasis.

“Bueno, es bastante improbable, un millón de dólares no es poco dinero, ¿verdad?

Puede que lo necesites”.

“No, en serio, es tuyo.

No quiero que me lo devuelvas”.

“Los que me prestaron dinero antes me dijeron lo mismo, señorita Devins, y, al final, no cumplieron su palabra.

Tuve que hacer este tipo de trabajos para devolvérselo, ya no confío en nadie”.

Scarlett comprendió su planteo, además, era la primera vez que Ryke admitía de manera abierta cómo se ganaba la vida; admiraba su coraje y entendía su desconfianza.

Después de las experiencias que había tenido, tenía derecho a mostrar recelo.

“Puede confiar en mí, señor.

Le prometo que jamás lo traicionaré, no después de todo lo que me hizo por mí”, enfatizó mientras acariciaba el rostro con las dos manos.

“No lo sé.

Pero hay una cosa que podemos hacer para que esto funcione”, vaciló.

“¿Sí?

¿Qué?”.

“Tendré que tomar este dinero como pago por mis servicios”.

“¿Qué quieres decir?”.

“Bien…”.

Ryke la atrajo hacia él mientras apoyaba una mano en la parte baja de la espalda de Scarlett; a quien le hirvió la sangre cuando él, además, se inclinó para frotar la punta de la nariz contra la mejilla.

“Sabes, como acompañante masculino, solo acepto dinero de mujeres cuando trabajo para ellas.

Así que supongo que soy tu chico a partir de ahora”.

Scarlett se atragantó con saliva y tosió sin cesar; Ryke gozaba del momento.

Ella trató de zafarse de sus brazos, pero él le apretó la cintura aún más.

“Espera…”, susurró.

“¿Qué?

Sé que te gusta la idea.

Te estas sonrojando”.

“Sí, porque me inhibes.

No me importa eso, yo era virgen hasta hace poco, ¿recuerdas?”.

“¿Está segura, señorita Devins?

Me refiero a que es dueña de pedirme lo que quiera, tiene plena posesión de mi cuerpo.

Me mudaré aquí y me convertiré en su esclavo, tiene todo permitido.

¿Tiene alguna fantasía sexual?

Haré cualquier cosa por un millón de dólares…

“.

Scarlett se estremeció ante el profundo sonido de la voz de Ryke y de las palabras obscenas que pronunciaba.

Su cálido aliento le acariciaba la cara, y, para ser sincera, su mente estaba empezando a volar: su lujuria aumentó de repente.

Había algo emocionante en escuchar a un hombre jurar que se convertiría en un esclavo sexual y, por un momento, se planteó ceder.

Pero no era eso lo que pretendía.

Sería contradictorio sacarlo de la prostitución para contratarlo como esclavo sexual, ¿no?

“¿Terminaste?

Toma mi regalo y no te atrevas a mencionarme nada sexual otra vez”, le ordenó aún ruborizada.

Ryke se rio de su simpática actitud mandona y se metió el cheque en el bolsillo.

“Bien, te lo pierdes”, se mofó.

Scarlett protestó sorprendida cuando él le estampó un beso en la cara, cerca de la oreja.

Un hormigueo recorrió su cuerpo, sentía que se había desatado un incendio en su interior.

“Gracias”, Ryke le susurró al oído con los labios pegados a su piel.

La mujer asintió.

No había palabras que pudieran describir la profunda satisfacción que sintió en ese momento.

La mujer asintió.

No había palabras que pudieran describir la profunda satisfacción que sintió en ese momento.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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