Demasiado tarde para pedir perdón, señor multimillonario - Capítulo 102
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102: CAPÍTULO 102 102: CAPÍTULO 102 AMELIA dejó la bolsa cuidadosamente preparada sobre el mostrador y la empujó hacia él.
Tenía los dedos rígidos y una expresión indescifrable.
Sus ojos se suavizaron, y él simplemente dijo:
—Para ti.
El corazón le dio un vuelco, pero el orgullo reaccionó más rápido.
Retrocedió como si le hubiera entregado un cable con corriente.
—¿Pero te oyes, Adrián?
Me humillaste, me destrozaste, ¿y ahora crees que una bolsa de ropa va a…
qué?
¿A deshacerlo todo?
¿A hacer que me derrita?
—No es solo ropa.
Es…, soy yo intentándolo, Amelia.
Intentando llegar a ti de nuevo.
—¿Llegar a mí?
¿Con un recibo de compra?
—espetó ella, y luego volvió a empujar la bolsa hacia él.
—Coge tu supuesto regalo y vete.
No lo quiero.
Y no quiero que rondes por mi vida fingiendo que esto es un gran gesto.
Es vergonzoso.
Él apretó la mandíbula.
—¿Vergonzoso?
No, Amelia.
Lo que es vergonzoso es que prefieras mantenerme a distancia antes que admitir que todavía te importo.
Lo veo en tus ojos, sigues luchando contra mí, no porque no sientas nada, sino porque sientes demasiado —dijo con voz firme.
Ella le lanzó rápidamente una mirada gélida.
—Deja de halagarte.
Has perdido tu lugar aquí.
Vete, Adrián.
El silencio se alargó, sofocante.
El pecho de Adrián subía y bajaba rápidamente, como si contuviera una tormenta de palabras.
Finalmente, con un suspiro de frustración, dejó la bolsa allí mismo, sobre el mostrador.
—Bien.
Pero no me detendré, Amelia.
No hasta que vuelvas a verme —dijo con voz tan baja y queda que casi parecía suplicar.
Luego dio media vuelta y salió de la boutique.
A través de los anchos cristales, Amelia lo vio subir a su elegante coche negro, cuyo motor ronroneó al arrancar antes de que se marchara sin volver a mirar.
Su mano tembló al bajar la vista hacia la reluciente bolsa.
El silencio de la tienda la oprimió como una mordaza.
Inhaló bruscamente, liberando el peso de su pecho antes de llamar.
—¡Julia!
—llamó.
La joven dependienta se acercó deprisa, con los ojos muy abiertos.
—¿Sí, señora?
Amelia deslizó la bolsa por el mostrador hacia ella.
—Toma esto.
Julia parpadeó, conmocionada, mientras su mirada iba de la bolsa a Amelia.
—¿Para…
para mí?
—preguntó con incredulidad.
Amelia suspiró y dijo con tono definitivo:
—Sí, para ti.
Haz lo que quieras con ella.
Quémala, póntela, no me importa.
Solo quítamela de la vista.
Julia ahogó un grito, con la mano suspendida sobre la bolsa como si fuera de oro.
—Pero, señora, esto es…, ¡es caro!
Dijo que era para usted.
Yo…, yo lo oí.
—Y yo he dicho que ahora es para ti.
Fin de la historia —lo atajó ella, con la voz cortante pero con un temblor subyacente.
Julia dudó, luego tomó con cuidado la bolsa con ambas manos, apretándola contra sí como si fuera un cofre del tesoro.
Una enorme sonrisa se dibujó en su rostro.
—Gracias, señora.
Muchas gracias.
Amelia no respondió.
Se dio la vuelta y entró a paso rápido en su despacho antes de que Julia pudiera ver cómo se le formaba un nudo en la garganta o la única lágrima que amenazaba con delatar su compostura.
A su espalda, Julia abrazaba la bolsa contra su pecho, todavía atónita, mientras el resto de la boutique zumbaba con el eco silencioso de la tormenta que acababa de pasar.
***
Adrián se dejó caer en su silla en cuanto regresó a su despacho, con el pecho oprimido por la frustración.
La conversación con Amelia se repetía en su cabeza como un bucle cruel: su tono despectivo, la forma en que había calificado su gesto de «vergonzoso» y la mirada en sus ojos cuando prácticamente lo echó de su presencia.
Había pensado que llevarle algo significativo abriría una grieta en el muro que ella había construido contra él.
En lugar de eso, solo hizo el muro más alto.
Llamaron a la puerta y entró Pedro, cerrando suavemente tras de sí.
Sus ojos se detuvieron en la expresión de Adrián antes de hablar.
—Y bien —preguntó Pedro con cuidado—, ¿cómo ha ido?
Adrián soltó una risa amarga y se reclinó en la silla.
—Un desastre.
Me ha cortado antes de que pudiera siquiera explicarme.
Pedro apretó los labios mientras tomaba asiento frente a él.
—No me sorprende.
Le soltaste una bomba en su vida, jefe.
Todavía está dolida.
—¿Dolida?
—repitió Adrián con voz grave y pesada.
Se inclinó hacia delante, presionándose las sienes con los dedos—.
Prácticamente me echó con mi propio regalo.
¿Sabes cómo lo ha llamado?
Vergonzoso.
—Bueno…
—suspiró Pedro, cruzándose de brazos—.
Quizá para ella lo fue.
No puedes esperar que sonría y acepte rosas como si no hubiera pasado nada.
Adrián apretó la mandíbula.
—No esperaba sonrisas.
Esperaba…
algo.
Lo que fuera.
Una conversación.
Pedro lo estudió en silencio, observando el destello de determinación en sus ojos, que no se había atenuado a pesar del revés.
—¿Y ahora qué?
Adrián se enderezó, y su tono pasó de la derrota a la resolución.
—¿Cuándo va a la floristería?
—Casi siempre los martes, miércoles y viernes por la mañana, y a veces los fines de semana —respondió Pedro con vacilación—.
A veces a última hora de la tarde, cuando tiene que cuadrar las cuentas.
Los labios de Adrián se curvaron en una línea dura mientras asentía lentamente.
—Entonces estaré allí.
El aire entre ellos se espesó, con el peso de su decisión flotando sobre ellos.
Pasara lo que pasara, Adrián sabía que no se echaría atrás.
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