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demonio errante - Capítulo 1

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Capítulo 1: capítulo 1,pueblo gris,parte 1

© WebNovel

En el año 429 de la era del dios vivo.

El viajar entre pueblos resultaba ser algo peligroso; independientemente del estatus social, ya fuera cualquier hombre, por su sola naturaleza mortal, se arriesgaba a los peligros del camino, ya sean bestias, otros hombres o cosas peores. Pero sin importar la causa, el peligro era la norma común.

Para todo ser que vive, esta era la norma, excepto por algunos, para quienes aprendieron a lidiar con lo peligroso, y para quienes la muerte era algo difícil de alcanzar.

…

«En una costa lejana, de un reino olvidado.»

El olor del agua salada inundaba el aire, a la vez que dos ejércitos chocaban entre sí.

Mi espada chocó contra la del hombre frente a mí, golpe tras golpe, hasta lograr una apertura y apuñalarlo en la garganta.

Tan pronto cayó al piso, dejé salir un respiro, pero no tuve tiempo de relajarme; otro me atacó, dando inicio a otro combate.

Por un momento, me había olvidado de que estaba en medio de una batalla, donde yo solo era uno de muchos.

Luche, y una vez más maté al hombre frente a mí.

—¡HABRÁN FUEGO! —ordenó una voz desde las colinas de la costa.

Al escucharlo, tomé un escudo de los invasores, me cubrí con él, y las flechas llovieron sobre ellos y sobre nosotros.

Al cesar la lluvia de flechas, me giré para ver a los arqueros, y tras ellos a nuestros superiores, y a nuestro rey. Reconocí su rostro; lo seguí por años, desde antes de aprender a manejar una espada.

«¿Por qué estoy aquí?» me pregunté finalmente, y me di cuenta de que ya había vivido esto, y que esta batalla había ocurrido ya hace mucho, mucho tiempo.

…

La luz del sol de la madrugada, que se filtra entre las nubes, entró a la galera; los pasajeros que estábamos en ella, y aún dormíamos, sentimos la luz calar en los párpados.

De los pasajeros, la mayoría estaban lejos del destino por el cual pagaron, prefiriendo dormir, pero solo yo abrí levemente los ojos.

Abrí mis ojos y fruncí el ceño ante la molestia causada por la luz del sol.

—Uhm, según veo, solo fue un sueño. —dije, apenas despierto, con un tono adormilado; entonces observé al resto de las personas en la carreta.

Contándome a mí, éramos 6 1/2.

—Uuuaaahhh. —Bostecé con pesadez.

Llevé entonces mi mano al mango de mi espada, para ver que siguiese ahí, y después observé el contenido de mi bolsa, desde algunos mapas enrollados, un pequeño saco con mi dinero, entre otras cosas como un frasco vacío y demás. Así pudiendo ver que no faltaba nada.

—Ah… bien, al parecer todo está en su lugar. —me puse de pie y me dirigí a la salida.

«Supongo que he llegado bastante lejos con esta carreta, pero ya se ha vuelto cansado.»

—Disculpe, señor… —dijo una voz, la cual provenía de los asientos ubicados al frente de mí.

—¿Eh? —Me volteé y miré a una niña de 9 años, sentada en el regazo de una mujer de entre 60 o 70 años.

—Disculpe, ¿pero es usted un noble? —me preguntó, con una expresión inocente en su rostro.

—¿Por qué preguntas? —le cuestioné, a lo que la niña señaló la espada que aún sujetaba.

—¿Esto? Es una vieja reliquia —dije con ironía. —Por cierto, niña, no deberías ser tan confiada de los extraños, ¿qué hubiera pasado si realmente fuera un noble? —

Entonces salté; cuando salí del carruaje, la niña se levantó y se acercó al borde, para no perderme de vista.

—Pero, señor, ¿entonces usted es…? —La niña se detuvo repentinamente a media oración.

—Qué insistente. —dije en voz baja, habiendo retirado la capucha de mi capa y la bufanda, dejando mi rostro expuesto.

…

Mi nieta se quedó viendo, aún parada en el borde, hasta que escuchó mi voz.

—Pequeña, no te acerques demasiado al borde. —dije somnolienta.

—Ven de regreso. —entonces le indiqué que regresara.

—¡Abuela, creo que aquel joven era un noble! —dijo la pequeña con entusiasmo.

—¿Aquel hombre? Ja, ja, no, mi niña, los nobles jamás viajarían con gente como nosotros. —le dije entre risas.

—Pero… no se parecía a un plebeyo.—

—¿No lo parecía? ¿Pero por qué lo dices? —pregunté, a lo que mi nieta pareció pensativa.

—Hmm, portaba una espada, y aparte… —dijo con tono pensativo. —¡Ah, aparte, su rostro era muy, muy fino! —

—Oh, de modo que es por eso, jo, jo. Supongo que no es común, pero no por tener un lindo rostro significa ser de la nobleza; yo misma tuve un rostro muy lindo en mi juventud, jo, jo, jo. —dije entre risas.

—Abuela, ¡eso no es gracioso! —protestó mi nieta con un puchero. —No es gracioso, además… sus ojos, no pueden ser comunes. —

—¿Sus ojos? —pregunté, notando su cambio de tono.

—Eran rojos, como los claveles. —

Abrí los ojos con sorpresa, tras escuchar su respuesta.

…

Cuando dejé de ver el carruaje, me giré y comencé a olfatear el aire.

—Oh, esto es inesperado, no recordaba que hubiera un pueblo por esa dirección. —dije, empezando a caminar al origen del rastro.

Caminé por un tiempo, y el camino frente a mí estaba cubierto de neblina, la cual cubría tanto los árboles como el camino de tierra. Seguí, y entonces llegué hasta una bifurcación, tomé el desvío, y no pasó mucho hasta que vislumbré un pequeño pueblo.

—Muy bien, ahora veamos qué clase de provecho podemos sacar de aquí. —Una sonrisa astuta se formó en mi rostro, dando el primer paso, rumbo a aquel pueblo.

…

Pueblo de Ladon.

Tan pronto ingresé al pueblo, observé que tanto el camino de piedra como las casas tenían un aspecto descuidado. Las casas parecían estar abandonadas, aun cuando podía escuchar a personas en el interior de estas.

Algunas personas se me quedarían viendo; tenía algunas ideas de a qué se debió esto, pero aquel comentario de la niña pasó un instante por mi mente.

«¿Es usted un noble?» Contuve una risa ante tal idea.

«Bueno, no es como si un sable sin ornamentos atraiga la atención de los ladrones.» Pensé al recordar cómo señaló mi arma, pero entonces descarté aquella idea.

«No, no es eso; la verdad, solo hay dos razones. La primera y menos probable sería mi apariencia, y lo segundo es…» De una rápida mirada, vi las expresiones de la gente, quienes se mostraban desconfiados.

«Aquí no les gustan los extraños.» De ser lo primero o lo segundo, no me preocupaba; igual no sería la primera vez. Pero en todo caso, eso no cambiaba el hecho de que era una situación desagradable.

Me detuve, y a mi izquierda vi un establecimiento cuyo letrero decía “posada”, y la fachada del edificio estaba cuidada, a diferencia de la mayoría de casas y establecimientos.

—Hmm, no haría daño descansar un poco; viajar por carreta no es nada cómodo. —dije, agitando los hombros.

Me acerqué y abrí la puerta frontal.

La recepción estaba a oscuras, apenas iluminada por la poca luz filtrada por las ventanas. La recepción era un lugar simple y despejado, solo estando el recibidor.

El encargado estaba tras un modesto escritorio; este rápidamente se percató de mi llegada, poniéndose de pie y acercándose presurosamente hacia mí.

El encargado era un hombre de baja estatura, con falta de cabello en la parte superior de su cabeza; vestía un abrigo café de lana gastado.

—Ah, ¡sea bienvenido, mi señor! —dijo el encargado con un tono cordial.

—¿Es el dueño? —pregunté, mirando al hombre frente a mí.

—¡Sí, señor! Sí busca una habitación; afortunadamente tenemos una habitación disponible, sería un lenar de plata por noche, si la quiere. —dijo el dueño, con voz nerviosa, y frotándose las manos.

—Uhm, me parece bien. —

—Muy bien, entonces permítame. —dijo el dueño, haciendo una reverencia educada. Con su mano izquierda, me señaló el camino.

Lo seguí subiendo por las escaleras, y mis ojos vieron de un lado a otro el interior del establecimiento; nada parecía verse o escucharse fuera de lugar, y fue entonces que, girando a la derecha, él señaló una puerta al final del pasillo.

—¿Es ahí? —le cuestioné, a lo que él solo asintió.

—Sí, señor. Ahora, los baños están abajo; si necesita algo, dígame, y si gusta algo de comer, se le llevará directo a su habitación; será otro lenar por la comida.

—¿Pero qué? —dijo el posadero, abriendo la puerta, para después llevarse una sorpresa.

En la habitación había una niña, con herramientas de limpieza; llevaba un delantal blanco sobre su vestido y un gorro del cual salía su cabello castaño por los bordes, y la misma no tendría más de 12 años.

—¡Marlen! ¿Qué haces aquí? —dijo el dueño a la niña.

—¿No es obvio? Madre me dijo que limpiara las habitaciones desocupadas. —dijo Marlen, con ironía, ajitando el plumero, así indicando lo que hacía.

—¡Eh! Bu-bueno, pero ahora resulta que tenemos un cliente, y esta es su habitación. —dijo el dueño, con voz nerviosa, instando a Marlen para que saliera del cuarto.

—Bien, ya terminé de todos modos. —dijo la niña con voz presumida, saliendo de la habitación, y después alzó la vista, y su atención se centró en mí por varios segundos.

—Marlen, no molestes al señor. —dijo el dueño, llamándole la atención a la niña, quien desvió la mirada de forma súbita.

—Perdónela, señor, mi hija no trata seguido con los inquilinos; además, la tenemos muy mimada. —dijo el dueño ofreciendo sus disculpas, para después instarme a pasar.

Cuando entré a la habitación, vi que era una habitación simple, con una cama al extremo derecho de la habitación, un escritorio en el extremo contrario y un baúl al lado de la cama.

—Por cierto, casi lo olvido, cuando necesite algo, pregunte por mí, mi nombre es Dorvish. —dijo Dorvish, presentándose formalmente.

—Bien. —dije al escuchar el nombre del posadero.

—Entonces ahora supongo que me toca presentarme. —dije, volteando a ver a Dorvish.

—Mi nombre es Glad. —dije, para después entregarle 5 monedas de plata como adelanto.

—Tal vez sí quiera desayunar ahora; lo que sea estará bien. —dije, a lo que Dorvish asintió.

Así el dueño de la posada y su hija dejaron la habitación; entonces cerré la puerta y me senté en la cama.

…

Aun en el pasillo, me disponía a regresar al recibidor, hasta que escucho la voz de mi hija.

—Padre, ese hombre, ¿en verdad se quedará? —dijo Marlen con una mirada seria.

—Hija, no seas grosera, ¿por qué no debería…? —Antes de terminar, Marlen me interrumpe.

—¡No, no! No es por ser grosera, es solo que…, ese señor parece tener mucha clase, tal vez sea noble, ¿estará cómodo con su habitación? —diría Marlen, sin cambiar de tono, lo que me sorprendió un poco.

—¡Ja, ja, ja, ja, ja! —Entonces me eché a reír.

—¡No te rías!, voy muy en serio. —dijo, en tono irritado ante mi risa.

—Perdón, pero me sorprende este repentino interés; jamás te habías preocupado por eso. —dije, tratando de calmar mi risa.

—Es que…, jamás habíamos tenido a alguien así. —contestó Marlen.

—Hija, no es un noble, es solo un mercenario, o un errante, y ya hemos tenido inquilinos así. —le respondí, de manera calmada.

—¡No! No puede ser un simple inquilino, como los demás. —dijo Marlen, negando con la cabeza.

—Hija, ¿lo dices por su aspecto? —pregunté con una sonrisa, lo cual le molestó.

—¡Qué! ¡No, claro que no! —respondió Marlen, volteando la vista con una expresión ofuscada.

—La apariencia física no determina el estatus social; hay nobles y hay plebeyos, ya sea bien o mal parecidos por igual. —le dije, y agregué.

—La verdadera diferencia se denota por otros aspectos; un noble viste con seda y joyas, son altivos y, sobre todo… un noble jamás se alojaría aquí, o… o siquiera pasaría por este pueblo. —dije, y mi tono de voz cambió, sabiendo lo que estaba por acontecer esta noche.

—O tal vez sí, ya que ellos no se verían afectados. —dije, y coloqué entonces mi mano sobre el hombro de Marlen.

—Vamos, ve con tu madre y dile que tenemos un nuevo inquilino, y que pidió comida. —Le di un pequeño empujón, instándola a bajar a la cocina.

—Sí, padre. —respondió Marlen.

…

Una vez solo, tanteo el colchón con mi mano.

—No está mal. —dije, para después recostarme.

—No está nada mal. —Esbozaría una sonrisa, habiendo dejado mi espada reclinada en la pared y mi bolsa a pie de cama. Revisé mi bolsillo derecho, sacando una vieja moneda de oro; no era un lenar, pero era valiosa.

—Debo empezar a juntar fondos. —dije, a la vez que observé la moneda, cuyos grabados estaban sucios por el tiempo.

—Pero esos asuntos pueden esperar a la noche, ahora solo quiero disfrutar un poco de esta comodidad. —dije para estirárme sobre la cama.

Si bien había despertado hasta hace poco, la verdad es que eso no se podía considerar un descanso adecuado; no había punto de comparación entre estar recostado en una cama o ir sentado en una carreta durante horas.

—Ha… según lo veo ahora, fue una buena idea el venir aquí. —dije, y entonces mi mirada se posó en las ventanas.

Me levanté y caminé hasta la ventana para abrirla; las bisagras rechinaron al abrirse, y desde aquí empecé a ver el resto del poblado.

—Exceptuando al posadero, el pueblo tiene algo extraño; incluso ahora, la gente que se ve en la calle no parece feliz, ja, ja. —dije, dejando salir una leve risa.

«Bueno, no es como si en otros pueblos la gente saltase de felicidad, pero incluso así, esta gente parece especialmente miserable.»

Me acerco a la cama para tomar mi bolsa y sacar un mapa gastado.

«Este pueblo está muy cerca de la costa este de Mirabilia; me servirá para reabastecerme antes de llegar a la ciudad de Milis.» Mire otra vez por la ventana; un pueblo como este debe atraer gente con negocios turbios, y las cantinas siempre son un buen lugar para reunirse.

Regresé a la cama, tomando mi espada y desenvainándola. El acero estaba impecable, como de costumbre.

«Como siempre, no requiere mantenimiento.»

Después saqué un frasco con tinta y una pluma, así marcando la ubicación de este pueblo, como nuevo punto de referencia.

—Hmm, tal vez necesite un nuevo mapa; este mapa es demasiado viejo. —dije, metiendo la pluma en el tintero, pero noté que ya no tenía tinta.

—Tsch, demonios. —dije regresando las cosas a la bolsa.

Después volvería a recostarme, y por un rato, mi mirada fue de lado a lado por la habitación, hasta el exterior de la ventana. Así fue, hasta que escuché pasos dirigirse a la habitación, por lo que tomé mi espada por mero reflejo.

Llaman golpeando a la puerta.

—Habrá, por favor, es el desayuno. —dijo una voz de mujer, con tono escueto.

—De acuerdo, pase, está abierto. —dije con recelo, soltando mi espada y enderezándome.

La puerta se abre, pasando una mujer en sus 40s, vistiendo un vestido azul opaco, con un delantal blanco. Ella entró en la habitación, llevando una charola; encima de esta había un plato con avena, aparte de una vasija con vino y un vaso.

«Me doy cuenta de que debí haber especificado.» pensé, estremeciéndome al ver el plato con avena.

—¿Dónde le dejo su desayuno? —preguntó, con voz apática.

—Ha… permítame. —dije, poniéndome de pie, caminando hacia ella y tomando los recipientes.

—¿Es la esposa del dueño? —pregunté, volviendo a centrarme en ella.

—Sí, así es. —contestó la mujer, sin cambiar de tono.

«Ja, eso explica por qué esa niña era tan desafiante.»

—Si eso es todo, me voy. —dijo con el mismo desinterés, dándose la vuelta de regreso a la entrada.

—Gracias. —dije, y la mujer se fue dejando la habitación.

—¿Qué es lo que la tiene de tan mal humor? —me pregunté, recordando que ya había escuchado a Dorvish decir que ya habían tenido mercenarios.

«Quizás no confían en los mercenarios, lo cual es normal.» Me dije a mí mismo, ya sin darle más importancia, para después empezar a comer.

…

Pasaron las horas, y ya daba más de la medianoche; me había recostado, aunque no había conciliado el sueño.

—Es momento de ir a ver si puedo hacer negocios. —dije, poniéndome de pie.

—¿Eh? —Me detuve, al ver por el rabillo del ojo luces producto de antorchas.

«Qué extraño, ¿y eso por qué será?» Tomé mi espada y caminé hasta la ventana.

—Uhm, tal vez deba pelear para salir de aquí. Ku ku, ojalá que sean fanáticos. —dije, cruzando los dedos. —Eso lo hará entretenido. —

Cuando mire a las personas en la calle, vi que iban al centro del pueblo.

«Así que no es por mí, según parece; bueno, me ahorraré el esfuerzo.» bajé entonces mi espada un tanto decepcionado.

«Pero, ¿qué es lo que estará ocurriendo?» me cuestioné ahora curioso de lo que acontecía.

Tomé mis cosas y me dirigí a la puerta de la habitación, dispuesto a ver qué era lo que ocurría. Después de salir de la habitación y bajar al recibidor, me encontraría con los dueños.

—Escucha, hija, no tardaremos mucho, así que no salgas por nada del mundo, ¿entendido? —dijo Dorvish, encorbándose hacia Marlen, poniendo sus manos sobre sus hombros.

—Sí, padre…, eh, ¡señor! —dijo Marlen, cuando se percató de mí, a lo que sus padres voltearon a verme.

—Oh, mi señor Glad. No esperaba verlo; debería descansar en su habitación; después de todo, esto es asunto de los locales, y no afecta a los foráneos. —dijo Dorvish, disimulando su nerviosismo.

—No es un problema, de igual manera ya tenía pensado salir. —respondí con calma.

—¿Va a salir, a estas horas? —dijo la esposa de Dorvish, con voz de reproche. La ignoré; no era la primera vez que trataba con personas con tan mal genio.

—Meliz, cariño, no es momento para eso. —dijo Dorvish.

—Dorvish, ¿qué es exactamente lo que ocurre? —le pregunté, a lo que él asintió y contestó.

—¡Ah, sí!, permítame. —dijo Dorvish con voz nerviosa.

—Verá, señor… es la iglesia local, vinieron para recolectar la ofrenda anual… —dijo Dorvish, notándose un malestar en su voz.

—Ah, ¿es acaso alguna costumbre local? —

—Sí, señor, pero esta vez se adelantaron a la fecha. —contestó Dorvish.

—Ofrendas, ¡qué absurdo! —dijo Meliz.

La miré de reojo, notando su disgusto.

—¡Son unos bárbaros!, las cosas que hacen en nombre de Dios, ¡no tienen vergüenza! —replicó Meliz con severidad.

—Si es un asunto de la fe, entonces sí me incumbe. —dije sonriendo.

…

Cuando salí de la posada, vi a una multitud de personas, la cual estaba conformada por poco más de 100 hombres y mujeres. Estos caminaban rumbo al centro del pueblo, portando antorchas para alumbrar el camino.

«Esto me trae recuerdos, muy, pero muy malos recuerdos.»

—Pfff, ja, ja. —dejé escapar una leve risa ante tal pensamiento.

Tras eso, decidí unirme a la multitud, junto a Dorvish y su esposa, y durante un breve trayecto, me di cuenta de un detalle curioso.

«Este pueblo se ve más lúgubre de día que por la noche.» ante tal ironía solo pude contener la risa.

La gente del pueblo se reunió en el centro, en presencia de quienes habían hecho la convocatoria. Había una docena de hombres vistiendo hábitos, quienes portaban armas, y uno de ellos, un sacerdote vistiendo una túnica blanca, con bordados dorados, cuyo patrón formaba un ojo. Aquel sacerdote era un hombre delgado y joven, con una estatura promedio.

El sacerdote de blanco caminó hasta quedar frente a los aldeanos, pero siempre acompañado por dos hombres armados.

—En este día, les agradezco a ustedes los fieles, por su fe y compromiso para con la fe, como lo ha sido cada año desde que llegué a este pueblo. Pero les digo, hoy tenemos a un visitante muy importante, que nos honra con su presencia, tras escucho de nuestras costumbres y nuestra forma de honrar a Dios. —diría el sacerdote, señalando a un palanquín llevado por 4 hombres. Centré mi atención en aquel transporte, del cual emitía un aroma conocido.

«Oh, no, esto no me gusta nada.» Arrugué el rostro al detectar una esencia conocida.

Después de escuchar las palabras del sacerdote, le seguirían los murmullos por parte de la gente.

«Veo que no soy el único al que esto no le inspira mucha confianza.»

—Debido a su visita, se hicieron algunos cambios en los planes para la ofrenda anual. —dijo; entonces el sacerdote dio un paso frente a la multitud.

—Dis-disculpeme, su excelencia, yo-yo quisiera… —dijo uno de los pueblerinos, siendo interrumpido.

—Sí, ¿qué es lo que deseas? —le cuestionó el sacerdote, intimidando al pueblerino.

—Eh, bueno, es-es justamente por el pago de la ofrenda y las opciones que tenemos. —contestó el pueblerino.

—Oh, ya veo, siendo así. Como todos ya saben, les hemos permitido a los menos favorecidos pagar la ofrenda con medios alternos al dinero. —respondió el sacerdote con un tono cordial.

—Es verdad, su excelencia, y es que lo que quería preguntarle es sobre las personas que podemos pagar la ofrenda, ¿eso bastará como ofrenda? —cuestionó el pueblerino.

—Sobre eso, deben estar tranquilos. —dijo el sacerdote sin cambiar de tono, a lo que la gente del pueblo permanecía nerviosa.

—Después de todo, por esta ocasión se han elegido a cinco familias de entre ustedes, quienes tendrán la gran dicha de dar la máxima ofrenda a la fe. —dijo, y sus palabras cayeron como agua fría para todos.

«Así que ya fue decidido, ¿pero cuál será esa ofrenda de la que habla?» me pregunté tras ver las reacciones de la gente.

—Ahora, procederé a nombrar a las familias seleccionadas. —dijo el sacerdote, sacando una lista de su túnica.

Cuando miré a la multitud, pude notar que las parejas parecían tener expresiones de miedo.

—Ahora, las 5 familias honradas a participar son las siguientes, empezando con la familia Idias; deben entregar al mayor de sus 3 hijos. —dijo el sacerdote con voz fría, manifestándose la sorpresa en mis ojos.

Y al escuchar esto, una mujer casi cae desplomada al piso, siendo sujetada por su esposo.

«Así que por eso la gente está tan tensa, y supongo que esa es la familia que nombraron, ¿pero qué será lo que pretenden?» Entonces, miré de reojo al sacerdote, quien no había cambiado de expresión.

—Ahora, la siguiente será la familia Delsart, y tienen el gran honor de entregar a su hijo unigénito. —dijo, volteando a ver a la pareja.

Estos no pudieron hacer más que desviar la mirada, tratando de no verlo a los ojos.

—¡Tsch! —chasqué la lengua, con un claro desagrado ante su reacción.

«Estos son peores; al menos aparenten que les importa.» Pensé, sin dejar de sentirte sagrado ante su reacción. Después escuché al sacerdote continuar.

—La familia Darna entregará a la menor de sus 2 hijas. —dijo, y el padre de familia, al escuchar esto, no pudo más que apretar sus puños y guardar silencio.

«Este es peor.»

—La siguiente es la familia Shebet; entregarán a uno de sus 2 mellizos; la elección es suya. —dijo, y el padre de aquellos mellizos había bajado el rostro, ocultando su expresión.

«Vaya, un empate.» Contuve entonces una risa que amenazaba por escaparse.

—Antes de terminar, he de decirles que su fe es siempre lo que más me asombra, porque entiendo lo difícil que es para ustedes el hacer el máximo sacrificio. —habló el sacerdote, con tono humilde.

«¿Es en serio, este tipo se cree lo que dice? ¡No me hagas reír!» Fruncí el ceño, absteniéndome de decirle cualquier cosa.

—Ahora, y finalmente, la última familia seleccionada es la familia Dollan. Entregarán a su hija unigénita. —dijo, para después guardar la lista en su túnica.

Cuando volteé, vi que a quienes se refería eran Dorvish y su esposa.

«Así que ellos son los Dollan, creo que debí haberles preguntado su apellido… nah, para qué preguntarles por una moda pasajera.»

Las demás familias guardaron silencio, pero Dorvish dio un paso al frente directo al sacerdote.

—¡Cariño! —dijo Meliz preocupada, quien había extendido los brazos hacia su esposo en un intento de detenerlo.

Estando de frente, Dorvish rápidamente se arrodilló.

—Su excelencia, se lo ruego, reconsidérelo, mi familia pagará lo que sea, pero se lo suplico, no se lleve a nuestra Marlen. —suplico Dorvish. —Así que, por favor, su excelencia, se lo ruego, tenga…—

—Tú…, ¿quién te has creído? —dijo el sacerdote, con tono despectivo.

Entonces Dorvish alzó la vista, encontrándose con una mirada de desdén.

—Tú te atreves a contrariar a los representantes del único dios vivo, justo ahora cuando tenemos a alguien tan importante visitando este recóndito sitio. —dijo el sacerdote con severidad.

—¡Tal ofensa! ¡Droll, aparta a este desleal de mi vista! —ordenó, y uno de los monjes a su servicio se acercó a Dorvish. Aquel monje era un hombre robusto, y portaba una enorme hacha.

—Espere, por favor, yo solo… —dijo Dorvish, tratando de dialogar.

El hombre llamado Droll hizo caso omiso de sus palabras, sujetó a Dorvish del cuello de su camisa, alzándolo con facilidad, y habiéndose dispuesto a estrellarlo contra el piso.

—¡Espere, por favor, no! —exclamó Meliz, al ver lo que estaba por ocurrir. Pero cuando Droll estuvo a nada de hacerlo, lo sujeté del brazo, deteniéndolo en seco.

—¡Eh! —Droll entonces me miró con sorpresa.

—¡Mi-Mi señor Glad! —dijo Dorvish, entre tartamudeos.

El hombre llamado Droll soltaría a Dorvish, dejándolo caer, para después centrar su atención en mí, pero solo lo ignoré y solté su antebrazo.

—Oye tú, el clérigo. Tengo preguntas que hacerte. —dije, ignorando al hombre frente a mí.

—¡Tú, quién te has creído para…! —

—Déjalo hablar, Droll. —dijo el sacerdote, levantando una mano en señal de espera. —No eres de por aquí, dime, ¿qué es lo que deseas?—

—Busco la ubicación actual de la torre de Aleto. —dije, a lo que el sacerdote pareció sorprendido.

—¿Aleto?, eso es un lugar santo, ¿y puedo saber por qué lo buscas, eres acaso un peregrino? —preguntó con una expresión recelosa.

—Se podría decir que sí, pero quiero mantener mis motivos en privado. —

El sacerdote me observó, como si pensara en qué responder, volteando para ver al palanquín, y luego volvió a verme.

—Lo lamento, pero la ubicación de ese lugar sagrado no se le revela a personas de mi posición. —dijo con tono precavido.

—Comprendo, ahora esto fue una pérdida de tiempo. —dije, a lo que me di la vuelta y miré a Dorvish.

—Deberías llevarte lejos a tu familia. —dije, pero Dorvish no respondió.

—No puede, su familia ya fue seleccionada. —dijo al que llamaban Droll, con un tono tosco.

—No te hablaba a ti. —dije sin voltear a verlo.

—Termine mis asuntos con tu amo, no me interesa hablar con un perro como tú. —

—¡Qué dijiste! —exclamó Droll, balanceando su hacha hacia mí.

Me di la vuelta, evadiendo el golpe, y desenvainando mi espada; después me aproximé y lo sujeté del antebrazo, apuntando a su cuello con mi sable.

—¡Kgh, maldito seas, ojos rojos! —maldijo Droll.

—Maldito seas tú, sucio perro guardián. —dije con una sonrisa retadora.

—¡Basta! —exclamó el sacerdote.

—No se derramará sangre el día de hoy. —dijo el sacerdote, señalando nuevamente al palanquín.

—No en presencia de nuestro invitado.—

—Pe-Pero… —Droll tartamudeó, tratando de protestar.

—He dado una orden, Droll. —replicó el sacerdote.

—Sí, sí, mi señor. —Droll acató la orden, bajando su hacha. Bajé mi espada, envainándola.

—Ja, al final sí eres un perro. —dije, con tono despectivo.

Esto logró provocar nuevamente a Droll, quien me volvió a atacar con su hacha. Esta vez paré el golpe, pero no con mi espada, sino con mi antebrazo derecho; fue más una reacción por reflejo que algo premeditado.

La hoja del hacha rasgó la piel y el músculo hasta morder mi hueso, y la sangre brotó de forma profusa.

La cara de Droll se volvería de asombro, no siendo el único; los lugareños vieron con miedo y asombro lo acontecido.

—Bueno, admito que quizás me pase con eso último, ¿qué dices, a mano? —dije, con voz calmada.

—Sí…, a mano. —respondió Droll, aceptando mi oferta.

Alejé mi brazo apresuradamente, y al separarlo de su hacha, mi sangre se derramó en el piso. Entonces cubrí mi herida con mi capa.

—Ahora tendré que arreglar esto. —dije, dándome la vuelta, regresando a la posada.

—¡Ah!, espere, señor. —dijo Dorvish, tratando de alcanzarme, seguido por Meliz.

—¡Droll! —dijo el sacerdote con severidad.

—Después hablaremos de esto, pero ahora vámonos. —

—Sí, mi señor… —

…

Tras la conmoción, la gente de Ladon se dispersó regresando a sus casas, pero algo era diferente; una alternativa se les había presentado.

…

Monasterio.

Una vez llegamos al monasterio, los transportadores del palanquín se detienen una vez ingresamos.

La persona transportada en él salió; era un hombre, más joven y más alto que yo, vistiendo una túnica fina; su cabello era largo, de un tono verdoso, y sus ojos eran de un azul celeste.

—Mi señor Radel, lamento que presenciara algo tan… —

—Ese hombre. —murmuró Radel, interrumpiendo mis palabras.

—¿El de ojos rojos? —pregunté, a lo que él asiente.

—Sí, su sangre tenía un olor desagradable. —diría Radel con desagrado en su voz.

—¿Desea que nos encarguemos de él? —cuestioné, a lo que él niega con la cabeza.

—No, iré yo mismo; cuando menos le servirá de advertencia, y no tratará de tocar lo sagrado con sus sucias manos. —dijo Radel, con un tono inexpresivo en su voz.

—Pero, mi señor, usted no debería ensuciarse… —

—¡Silencio! —exclamó Radel.

—Bien, como usted ordene, mi señor. —dije, bajando la cabeza.

—Una cosa más. —dijo Radel, a lo que lo miré confundido. —¿Qué ocurre, mi señor?—

—El hombre que protestó sobre la ofrenda, ¿eso ocurre muy a menudo? —preguntó Radel, a lo que negué con la cabeza.

—No, mi señor. Es la primera vez que alguien objeta, desde que llegué al pueblo. —dije, y Radel sonrió.

—Oh, eso me alegra mucho. Pero escúchame, nuestro deber es llevar a la gente a Dios, no podemos permitir que por unas ovejas descarriadas, todo el rebaño se pierda. —dijo Radel, a lo que apoyé mi frente contra el piso.

—¡Sus palabras no podrían ser más ciertas, mi señor! Y entiendo que es una advertencia; le aseguro que esta falta será castigada. —dije, y pude ver cómo una sonrisa apareció en el rostro de Radel.

—Bien, los deseos egoístas de un solo hombre no pueden contrariar a un pueblo temeroso de Dios. Es bueno que lo entiendas; otros no tendrían la fuerza para actuar.—

…

Posada.

Me senté en la cama de mi habitación y observé la manga de mi abrigo.

Estaba manchada de sangre, y tenía una enorme rotura en la parte del brazo; abrí un poco la rotura, viendo mi piel bajo la tela. Piel blanca en medio de la sangre coagulada, ya que la herida se había cerrado en segundos, pero como hubo testigos, ahora tendría que disimular, o directamente irme del pueblo.

La sangre, una vez coagulada, se fragmentó en pequeñas partículas, que se elevaron dejando mi piel y ropa.

«Al menos la mancha se quita fácil.» Contuve una risa ante tal idea. Entonces escuché una voz venir del otro lado de la puerta.

—Mi señor Glad, mi esposo me pidió que tratase su herida; traje hilo y aguja, entre otras cosas para tratarlo. —dijo Meliz, con un deje de consideración en su voz.

«¿Por qué ahora es tan amable?» me pregunté, pero daba igual, no podía dejar que viera mi herida, o más bien la falta de la misma.

—¡No! No hace falta, tengo con qué tratar mi herida, y no es mi primera vez. —dije, con honestidad.

—¿Se-Seguro, mi señor? —dijo Meliz, aun con tono preocupado.

—¡Sí, seguro! Como ya dije, no es mi primera vez. —respondí nuevamente con la verdad.

—Está bien, mi señor, y… gracias, por evitar que ese salvaje agrediera a mi esposo. —dijo Meliz, aun con gentileza en sus palabras.

Entonces escuché sus pasos al alejarse, tomé mi bolsa, sacando hilo de coser y aguja. Miré una vez más mi ropa; pudiendo haber reaccionado de cualquier otro modo, la falta de cuidado me terminó jugando en contra. Suspiré resignado.

—Ha… eso ya no importa. —dije, para después repasar los eventos recientes.

«Ni siquiera sé por qué me involucré, pero igual, ya sabía que no me daría la respuesta que busco.» Mire de regreso la manga de mi abrigo.

—En todo caso, ya es hora de ponerse a remendar.—

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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