demonio errante - Capítulo 62
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 62: capitulo 2, padres e hijos.
Cuando entré a la posada donde Gerb descansaba y subí al segundo piso, solo para encontrar un alboroto. Frente a la puerta, pude escuchar un alboroto causado por Gerb.
—¡Largo de aquí! ¡No necesito su ayuda para ponerme de pie! —a las protestas de Gerb, la servidumbre dejó la habitación.
«Pero qué testarudo. » una media sonrisa se forma en mi rostro a la vez que entro en la habitación.
—Deberías dejarlos ayudarte. —dije en el arco de la puerta.
—¡Mi-mi señora! Permítame un momento. —Gerb dejó caer su muleta en un torpe intento de inclinarse.
Me aproximé hasta él para detenerlo y ayudarlo a sentarse.
—Gerb, no hace falta que hagas tan tonto en tu estado actual. —dije a la vez que dejaba que Gerb se sentara en su cama.
—Lo siento, mi señora, es la costumbre. —contestó Gerb, con una repentina mueca de dolor en su rostro, llevando sus manos a su pierna derecha. —¡Kgh! Esta pierna me mata. —
Mire cómo Gerb comenzó a frotar su pierna izquierda, justo en el lugar donde el ala de Leden lo atravesó. Después miré su hombro derecho; las vendas eran visibles, asomándose por el cuello de su camisa de dormir.
—¿Me pregunto cuánto más tendré que andar con estas muletas? —se cuestionó Gerb, a lo que recordé las palabras de Glad.
“Le tomará una o dos semanas recuperarse, pero jamás volverá a pelear. “Esas palabras resonaron cada vez que miraba el estado en el que quedó Gerb, el resultado de haberme protegido.
—Gerb, deberías dejar que te ayuden. Para eso los contraté —dije, tratando de darle mi mejor sonrisa.
—Lo sé, pero es que jamás he necesitado ayuda, y ahora solo no quiero sentirme inútil. —respondió Gerb, pasando a frotar su hombro. —Jamás me destaqué por ser listo, solo por mi fuerza; ahora, sin eso, no sé cómo le ayudaré a su señor padre. —
—Por favor, eres el hombre más leal de mi padre, su mano derecha. No tienes nada de qué preocuparte, y además te repondrás… —en un intento de sonar optimista, terminó por ser interrumpida por Gerb.
—Mi señora… Sé bien que mi pierna jamás volverá a ser como era antes, pero eso no me impedirá seguir estando al frente; de alguna forma podré volver a pelear. —contestó Gerb con visible determinación.
—Gerb… —En mi rostro se presentó una expresión de asombro para ser reemplazada por una leve sonrisa. —En verdad, siempre me sorprendes.
—Ja… Ja, ja, ja, ja, lo sé, soy una caja de sorpresas, ¡ja, ja, ja, ja! —Gerb comenzó a reírse.
Mientras él se reía, yo mantuve mi sonrisa, pero ante la inevitable discusión, la misma no duró.
—Gerb… Hay algo de lo que tengo que hablarte… —traté de decirle, pero sería nuevamente interrumpida.
—Antes de eso, señorita, cuando recobre el conocimiento, le envíe una carta a su padre. —confesó Gerb dándome una sorpresa.
—¿¡Qué!? Pe-pero eso, ¿eso significa que mi padre… —me detuve a media oración cuando Gerb asintió.
—Sí, es correcto, mi señor, el duque debe venir en camino. Deben haber recibido el mensaje; así tardará otra semana en llegar a Kardia. —explicó Gerb.
Entonces Gerb me miró, quedando confuso al este ver mi expresión incrédula.
—Contactaste a mi padre… —dije a la vez que me alejaba de él.
—Sí, claro que lo hice. La encomienda ha terminado, y ahora sabemos quién era el alborotador; aparte, descubrimos una conspiración orquestada por Pistis. —afirmó Gerb como si fuera lo más obvio. —Fue mucho más de lo que se esperaba. —
—Pero, ¿por qué no me lo informaste? —cuestioné molesta.
—¿Por qué? ¿Acaso no era obvio? Mi señora, el regreso era inevitable, y usted lo sabe. —contestó Gerb con calma.
—Entonces es así… así de fácil socavabas mi opinión. —dije visiblemente molesta.
—Mi señora, usted ya sabía que debemos regresar, sin mencionar que esa es la voluntad de su padre. Llevarla de regreso al territorio. —Gerb trató de ponerse de pie, pero el dolor se lo impidió. —¡Kgh! Rayos… Pero entienda, la idea es no volver a exponerla a más riesgos… —
—¡Sé de lo que hablas! —dije alzando la voz.
Gerb se quedó pasmado ante mi respuesta.
—Tú y mi padre… Ustedes, ¿piensan acaso que esto es un juego para mí? —
A mis palabras, la expresión de Gerb cambió, bajando la vista y guardando silencio por un momento.
—Mi señora, está equivocada, yo… —
—¡Que! ¿Qué es lo que no entiendo? —dije exigiendo una respuesta genuina. —¿Verdaderamente esperaban algo de esta encomienda? —
—Ciertamente… no esperábamos que algo ocurriera durante la encomienda… —respondió Gerb mirándome de frente.
—Así que… ¿Estaba destinada al fracaso? ¿Es eso? —dije mientras mi voz se quebraba. —Vaya, no me imagino la sorpresa de mi padre al saber todo lo que pasó. Verdaderamente, tú y mi padre se confiaron. —
—Mi señora, no nos malinterprete, claro que su padre y yo reconocemos su habilidad, es solo que… —
—¿Les preocupa lo que me ocurra? ¿Es eso? —dije, anticipando su respuesta.
—Sí… Pero es normal, cualquier padre se preocupa por sus hijos. —dijo Gerb en un intento de excusarse.
—Cuando lo dices así, parece hasta razonable, pero no deja de parecer una excusa para ocultar el hecho de que jamás tuvieron fe en mí, y la razón es obvia; no esperarían nada menos que el éxito si yo fuera varón —dije indignada. —Gerb, escúchame, pienso irme y llegar al fondo de esta conspiración. —
El rostro de Gerb se llenó de asombro al escuchar mi confesión.
—¡Irse! ¿¡De qué demonio habla!? Su padre no se lo permitirá, ¡yo tampoco se lo puedo permitir! —exclamó Gerb en protesta.
—Me voy, y está decidido. —dije dándome la vuelta directo a la puerta.
—¿Se irá con él? —replicó Gerb.
Me detuve para voltear a verlo.
—Sí, Glad es el único que puede… —mis palabras se cortaron abruptamente por Gerb.
—Sabe a lo que me refiero, ¿acaso usted…? —
Lo interrumpo entonces con la misma brusquedad.
—¿¡Qué insinúas!? ¡Dilo! —exigí.
—Usted… ¿Se ha enamorado de él? ¿Es eso? —
Me estremecí ante su pregunta, y desvié la vista para no verlo a los ojos y responder.
—¡No es nada de eso, nada! —repliqué indignada. —Solo porque soy mujer, pero entiéndelo, Glad es el único que puede pelear contra los demonios y desenmascarar a la gente de Pistis. —
Gerb se puso de pie y caminó hacia mí tambaleándose.
—Puede ser, pero eso ya no tiene nada que ver con nosotros. —
Me alejé medio paso hacia atrás con mi mano en la manija.
—Es verdad, no he decidido esto porque me lo ordenaran, yo lo he decidido. —entonces abrí la puerta para salir de la habitación.
—¡Espere! Su padre, yo mismo… ¡No se lo permitiré! —protestó Gerb, extendiendo su mano hacia mí.
Esto resultó en que Gerb cayese de frente, y por un momento dudé para regresar y ayudarlo.
—Gerb… Tú… Tú no puedes impedirme nada, ahora no. —dije sin poder verlo directamente al rostro y cerrando la puerta detrás de mí.
…
En una de las torres de prisioneros.
Tras un corto recorrido, había llegado frente a la celda donde estaba uno de los involucrados en el rescate.
Saqué la llave de la celda y la introduje en la cerradura. Al abrirla, di un paso dentro de la celda y miré con una sonrisa burlona al hombre sentado en el extremo izquierdo, justo al fondo de la celda.
—Dime, ¿cómo va tu recuperación, He Kalb? —a mis palabras, Kalb me miró de reojo con ojos afilados como espadas.
—¿Viniste a burlarte? —dijo, notándose cómo ocultó algo en su manga.
—No, no tanto, he venido a traerte noticia. Después de todo, has perdido a tu amo y ahora eres como un perro sin correa. —dije y entonces Kalb se puso de pie de un salto y corrió hacia mí, con su brazo extendido, empuñando un trozo afilado de hueso a modo de puñal.
—¡Por Grober! —exclamó Kalb, a lo que con el dorso de mi mano desvié su ataque.
—Oh, mira, veo que ya te sientes mejor. —me burlo a la vez que atrapo su muñeca.
—¡Kgh! ¡Por los Schwarzer Hund! —replicó Kalb, soltando su puñal de hueso y atrapándolo con su mano derecha, en un intento fallido de atacarme con su brazo derecho. —¡Argh…! —
Alcé una ceja al ver esto.
—Ese brazo no está en condiciones de pelear. —dije, torciendo su brazo sano contra su espalda, derribándolo y estrellando su rostro contra el piso.
—Eres un dolor de cabeza. —dije a la vez que me acerqué a su oído izquierdo y hablando en voz baja. —Grober está muerto, y parece que quieres seguirlo. —
Kalb apretó los dientes y agitó su cabeza hacia atrás, golpeando mi nariz.
—¡Tsch! ¡Ya, quédate quieto! —dije a la vez que aplico más fuerza sobre su cabeza contra el piso.
—¡M-maldito! —protestó Kalb sin parar de forcejear. —¡Mejor mátame! Porque mientras viva no pararé hasta matarte. —
—Déjate de tonterías. —dije para después ponerme de pie. —No tienes más motivos para morir. —
La expresión de Kalb cambió repentinamente y me miró absorto.
—¿Qué tratas de decir? ¡Tú mataste al señor Grober y a los Schwarzer Hund! ¿Qué me queda? —Kalb reclamó con voz quebrada a la vez que trata de ponerse de pie. —¿Qué se supone que haga…? —
Después Kalb volteó y me recriminó con la mirada.
—¿Por qué no me matas? A mí ya no me queda nada… nada… —
Mi expresión cambia a una de hartazgo.
—Qué idiotez, ¡estoy tratando de decirte que justamente es lo contrario! —dije a la vez que me reclino a su altura.
Kalb retrocedió con una mueca de molestia en el rostro.
—¡No juegues conmigo! —protestó a la vez que retomaba su guardia.
—No lo hago, solo deja que hable. Escucha, ciertamente maté a Grober y a todos los Schwarzer Hund, pero eso no es todo, ¿o crees que simplemente lo maté sin más? —dije y a mis palabras Kalb se mostró confundido.
—¿De qué hablas? ¿¡Acaso el señor Grober…!? —la duda apareció en el rostro de Kalb.
—Esperaba que lo preguntases. —dije, empezando por lo ocurrido hace 6 días.
…
Hace 6 días, cantina Cherno Kuche.
La guardia de la ciudad había sitiado los alrededores del establecimiento.
El interior del bar estaba en completo silencio, a excepción de un chapoteo a cada paso que daba.
Los miembros restantes presentes en el bar temblaban de los nervios mientras sostenían sus espadas.
—Y bien, ¿quién es el siguiente? —dije retándolos a la vez que uno de ellos dio un paso al frente.
Sonreí con emoción.
—¡Tenemos a un suicida! —avancé de frente y de un tajo vertical lo corté desde su hombro derecho hasta su costado izquierdo.
Al dividirse, las dos mitades hicieron un ruido sordo al caer. Eso fue visto con pavor por el resto de los presentes, quienes voltearon a verme.
Los miré con la misma sonrisa confiada a la vez que levantaba los hombros.
—¿Quién sigue? —pregunté, a lo que todos intercambiaron miradas, y sin mediar palabras llegaron a una decisión conjunta.
Así el sonido del metal golpeando el piso resonó.
—Sabia decisión, ahora váyanse. —dije, indicando que salieran por la puerta frontal.
Estos me hicieron caso y fueron directo al encuentro con los soldados bajo mi cargo.
—¡Tsch! Ilusos. —dije para después escuchar gritos provenir del exterior.
Continúe de frente sin prestarle atención a aquello. Si bien se rindieron, no podía dejar a ninguno de ellos con vida; después de todo, esto era una purga.
Ya una vez frente a la puerta tras la cual estaban las escaleras que llevaban al sótano, di una patada; así comienzo a descender.
A medida que bajo, percibo diversos olores pertenecientes a más de un individuo.
«Desafiante hasta el final, Grober.»pensé con cierto humor, y una vez frente a la puerta hice lo mismo, derribándola de una patada, y al momento de pasar por el umbral me vi forzado a retroceder de un salto, viendo las puntas de 2 lanzas venir de ambos lados del umbral.
—Una buena táctica si el enemigo baja uno en uno. —las palabras salieron con cierto toque de ironía a la vez que extendí las manos para atrapar ambas lanzas, así sin darles tiempo de retirarse.
Moví mi cabeza a mi izquierda cuando una flecha voló directo a mi frente. Después puede ver en el interior de la habitación a un hombre de pie detrás de un escritorio.
«Grober.»dije para mis adentros al ver cómo Grover, con una expresión de apuro, trataba de recargar su ballesta.
—Mejor hubieras usado un arco. —dije a la vez que jalo a ambas lanzas junto a sus portadores el uno contra el otro.
Así, ambas lanzas atraviesan la garganta del otro.
—Pero ni así hubiera sido suficiente. —dije a la vez que entró en el cuarto.
Grober ignoró mis palabras a la vez que intenta desesperadamente recargar su ballesta.
—Jo, veo que eres persistente. —di un paso, y en un instante acorté la distancia entre nosotros, al mismo tiempo que Grober terminaba de recargar su ballesta.
—¡Kgh! —Grober retrocedió, topando contra la pared tras él. —¡Maldito! —
Sonreí con burla ante sus reclamos, avanzando hacia él con pasos calmados. Grober me apuntó con su ballesta, solo provocándome más gracia.
—¡A esta distancia ni tú podrás esquivarlo! —dijo jalando el gatillo.
Inmediatamente acorté la distancia entre los dos, así atrapando la flecha a pocos centímetros de mi rostro.
Grober palideció al contemplar este resultado.
Después retrocedí en dirección a la mesa de centro, sentándome en el asiento cercano a la salida.
—Pero… ¿Pero qué haces? —preguntó Grober con una expresión confusa en el rostro.
—Hay algo de lo que quiero hablar contigo, es algo simple, dime, ¿por qué enviaste a Kalb, qué pretendías que hiciera? —pregunté, a lo que Grober, aun con una expresión confusa, caminó directo al asiento frente a mí.
—Así que es eso, ¡pero qué tontería! —se burló Grober con voz arrogante.
Este tomó asiento frente a mí.
—Estás muy arrogante solo por ganar unos pocos minutos. —conteste a su tono arrogante, a lo que él se rio.
—¡Ja, ja, ja! Puede ser, pero yo controlo cuánto tiempo me resta; solo debo mantener tu interés. —contestó Grober sin dejar su sonrisa confiada.
—Pff, ¡Ja, ja, ja, ja! Eres un caso especial, eres verdaderamente especial, Grober. —dije entre risas con tono de burla.
Grober sonrió y comenzó a reírse en respuesta, así llenando la habitación de risas.
—¡Ja, ja! Ja… Fue la mejor risa de mi vida, pero dime, ¿qué fue de mi muchacho, qué fue de Kalb? —preguntó Grober con voz cansada.
Alcé una ceja al escuchar su tono.
—¿Te preocupa? —pregunté, a lo que Grober me miró con media sonrisa en el rostro.
—¿Al menos fue rápido? ¿O lo hiciste pasar un martirio? —reiteró Grober.
—Kalb está vivo, y bien. —conteste a lo que la sorpresa se manifestó en el rostro de Grober.
—Así que… Vivo… Bien, eso está bien… —la sonrisa de Grober desapareció a la vez que decía dichas palabras.
—Leden logró prever nuestro plan, y por poco asesinó a Koprina, Gerb y a Kalb. De no haber llegado, ese hubiera sido su fin. —dije en adición a lo que Grober se reclinó de frente.
—Ya comprendo, conque así es. —contestó Grober. —Entonces, ¿dices que quieres saber lo que ocurrió y por qué le di esa orden? —
Ante su pregunta, contesté con un leve asentimiento.
—Bien… Para serte sincero, sospechaba que tendrías éxito, pero su plan no me convenía, no del todo. —explicó Grober.
—Un seguro. —dije, a lo que Grober asintió.
—Mis negocios en Kardia no están asegurados, no si tenías éxito. —respondió Grober.
—Matar o secuestrar al señor de Kardia. —dije, pero Grober lo negó con la cabeza.
—Lord Granitza no es mi prioridad, sino la joven duquesa. —corrigió Grober.
—Ya entiendo, una moneda de cambio para con el duque Lilavo, ¡ja, ja! Pero la subestimaron, o sobreestimaste a Kalb; no pudo con la chica, menos con ella y Gerb. —dije con risa cargada de burla.
—¿Koprina? ¿Fue ella la que derrotó a kalb? Oh, pobre muchacho, eso sí duele. —Grober se llevó su mano izquierda a la frente.
—Sí, me imagino que perder contra una mujer duele, ¡ja, ja, ja! —me reí ante la ironía de sus palabras.
—Pero conozco a Kalb, y diría que el error fue mío por subestimar a la muchacha. —añadió Grober.
—Por mi parte diría que también cometí el error de subestimar a Leden. —dije en adición.
—Pero al menos puedo decir que tuve razón en dos cosas. —afirmó Grober.
—¿Ah, sí, y cuáles fueron? —pregunté, pudiendo incluir sus respuestas.
—Sí, la primera fue que usted derrotaría a Leden. —dijo Grober, lo cual me sorprendió un poco, lo cual no pasó desapercibido para él y dijo. —Se preguntará, ¿por qué tenía fe en que lo lograría? Bueno, yo nunca apuesto en base a corazonadas, pero sí en base a los hechos, y el hecho es que ningún humano normal podría derrotar tan fácilmente a Kalb, y además, tras conocer a Leden, sé cómo identificar a un demonio. —
—Jo, la manera en la que lo dices me hace pensar en que tengo que disimularlo mejor; o es que tú eres bastante observador. —dije con tono sarcástico.
—La verdad es que tienes que mejorar el cómo disimular. —
Tras eso, recordé que aún no me explicaba cuál era la segunda cosa de la que estaba seguro.
—Bueno, ahora dime, ¿cuál era la segunda certeza que tenías? —pregunté, a lo que Grober se apoyó contra su asiento.
—Que vendrías a buscarme, pero no en términos amistosos; eso era otro de los motivos por los que quería capturar a la chica; y hubiera sido un útil escudo en tu contra. —
Una sonrisa apareció en mi rostro, contrastando con el desagrado que sentí por sus palabras.
—Ella no te hubiera servido de nada contra mí. No es nada mío, y apenas la conozco. —respondí, pero una sonrisa burlona aparece en el rostro de Grober.
—No es lo que me pareció, pero si tú dices lo contrario, entonces no veo sentido en darle vueltas a ese asunto. —dijo Grober, cambiando el tema con un tono despreocupado.
—¿Por qué estabas tan seguro de que vendría por ti? —pregunté, pero ahora sería Grober quien parecería confundido.
—¿No es obvio? Soy consciente de lo pequeño que soy en este mundo; el señor de esta ciudad es mucho más gordo que yo, y ni hablar del duque Lilavo. Tras acabar con Leden, naturalmente me entregarías a ellos como un gesto de amistad; sí, tener el favor de un marqués y un duque trae muchos más beneficios que tener la amistad de un simple criminal como yo. —
Escuché atentamente las palabras y la lógica de Grober, pero entonces una sonrisa apareció en mi rostro a la vez que dejé escapar una risa.
—Ja… ¡Ja, ja, ja, ja! —
Ante mi risa, la confusión de Grober se acentuó.
—¿Qué es tan gracioso? —preguntó visiblemente incómodo.
—¡Ja, ja! Nada, eso es lo que, pese a lo lógico que suena tu respuesta, no estuviste ni cerca. —dije para después añadir.
—Escucha, la realidad es que en un principio no tenía la intención de involucrarme con ustedes, más allá, claro, de la necesidad de información, pero no soy ciego, y me fue imposible no hacerlo personal. —
La comprensión de mis palabras golpeó a Grober como un toro furioso.
—¿Lo-lo dices en serio? ¿¡Solo por unos adictos miserables!? —protestó Grober, incrédulo de que ese fuera el motivo, a la vez que se ponía de pie. —¿¡Cómo alguien cuya inteligencia reconozco puede tomar semejante decisión por un motivo tan estúpido!? —
—Yo que tú no subestimaría lo mucho que el corazón influye a la hora de tomar decisiones; he visto demonios de décadas o siglos aferrados a un capricho, y creo que tú mismo no eres diferente. —dije, y entonces Grober pareció entender la indirecta y volvió a tomar asiento.
—Ja, un demonio quiere explicarme lo que es ser humano. —dijo sarcásticamente.
—Los demonios fuimos hombres alguna vez, la peor clase, pero hombres a fin de cuentas. —
—Bueno, al menos admites que no eres mejor que yo. —Se burló Grober para después añadir. —Porque de no haber visto nada no te hubiera importado. —
—Era difícil no verlo. Y tienes razón, jamás dije que pensara que soy mejor que tú, pero al menos lo reconozco e intento tener más iniciativa en mejorar, o al menos así ha sido últimamente, y oye, estoy mejorando. —dije y al final puse una sonrisa burlona en mi rostro.
A mis palabras, en el rostro de Grober había una sonrisa incómoda.
—Volviendo a Kalb, es el único motivo por el cual aún no te mato. —
—… ¿Le conseguirás una chance de sobrevivir? —preguntó Grober con voz apática, pero pudiendo anotar cierto interés en tus palabras.
—Depende, pero dime, ¿por qué debería dejarlo vivir? —pregunté con seriedad.
—¿Supones que me importa? —
—¿Acaso me equivoco? Porque dime, ¿estás seguro de morir habiéndolo negado? —dije, y con esas preguntas la hostilidad y la apatía se cayeron a pedazos.
—Kgh… Dependiendo de lo que diga, ¿lo matarás o lo dejarás vivir, es eso cierto? —
—Sí, su vida está en tus manos, y será mejor que no te equivoques al responder. —conteste, pudiendo ver una gota de sudor escurrirse por la frente de Grober.
—Si es así… Entonces lo apostaré todo en una corazonada. —dijo Grober con la mirada baja.
—Jamás tuve paciencia para con los niños, quizás por eso nunca tuve hijos; si un niño me faltaba el respeto o me robaba, aplicaba la justicia de partes no tan civilizadas del mundo. —a medida que Grober hablaba, este alzaba la vista. —Todos son iguales en cierto sentido, pero cierto niño intentó asaltarme, no robar de forma discreta, asaltarme, amenazándome con una espada que apenas podía sostener, y aunque no tuvo la menor oportunidad en todo momento, este jamás retrocedió, jamás mostró miedo… —
Su pulso no mostraba irregularidades; tampoco pude percibir mentira en su voz, ni en su rostro, mientras que un creciente asombro se manifestaba en mi rostro.
«La historia no es más que una serie de repeticiones, y solo un inmortal como yo puede contemplar esa verdad.»una sonrisa apareció en mi rostro ante tal comprensión.
—Lo adoptaste. —dije, a lo que Grober asintió.
—¿Qué tan seguido encuentras un niño al que no le quiero tirar los dientes a cachetada? —respondió Grober.
—¡Ja…! Muy a tu modo, tú también eres el sentimental. —dije, y ante tal verdad, Grober no pudo más que agachar la cabeza.
—Dime, ¿qué necesitas para que él viva? —preguntó Grober, habiendo dejado cualquier intento de aparentar desinterés.
—… ¿Aceptas morir si eso le permitiese vivir? —cuestioné, a lo que una sonrisa apareció en su rostro.
—Yo… Ja, ja… ¿Para qué darle vueltas? Solo hazlo. —dijo, y entonces Grober alzó la vista, mirándome con una tenue sonrisa en el rostro. —Mátame… —
—Bien, acepto tu pago. —dije secamente, y al mismo tiempo hice un tajo en su cuello.
…
Kalb permaneció en silencio de rodillas, y cualquier ápice de desafío había desaparecido.
—Señor Grober… ¡Señor Grober! —exclamó Kalb golpeando el piso.
Las lágrimas comenzaron a caer de su rostro. Su voz se quebró, dando lugar al llanto.
—Ahora yo… ¡Ahora yo…! —su voz se cortó a la vez que apoyó su frente contra el piso. —Ahora yo… Estoy viviendo una vida prestada… —
—¿Así es como lo ves? Bien, entonces créelo, pero ahora tienes tu vida en tus manos. —dije a la vez que me inclino para quedar a su altura. —No puedes matarme, pero te he conseguido una oportunidad. —
—¿Oportunidad? —cuestionó Kalb.
—Hable con el marqués, y lo convencí de darte un lugar a su servicio. —explique, sorprendiendo a Kalb.
—¿Yo, sirviendo al Marqués? Pero él sabe quién soy, ¡simplemente no…! —protestó Kalb, a lo que las cortó a media oración.
—Es correcto. Él sabe quién eres, y aun así logré convencerlo de que le sirvieras, y afortunadamente el marqués Granitza no es tonto, porque tu habilidad y temple son innegables. —explique a un incrédulo Kalb.
Kalb bajó la mirada con incredulidad.
—Pero yo… Solo soy un mestizo de las calles. —murmuró Kalb.
—…Al igual que tú, tuve un padre con el que no compartía sangre. —conteste a lo que Kalb me miró con asombro. —Ku, ku, es una larga historia. Ahora solo hazte un favor y vive. —
La mirada de Kalb se perdió por un momento para después volver a verme.
—¿Tengo alternativa? —cuestionó Kalb.
—No, pero si preguntas eso, significa que quieres vivir a tu modo. —dije con tono humorístico.
—Te recomiendo que aceptes; no creo que puedas hacer mucho por ti solo. —dije a la vez que me puse de pie y le extendí la mano.
—Levántate, Kalb, levántate y vive. —dije y a mis palabras Kalb se puso de pie.
Una media sonrisa se forma en mi rostro.
—Cierto, aún no sé cómo vivir solo. —respondió Kalb con voz agotada.
—Pfff, ¡ja, ja, ja! Vaya, eso sí es irónico. —dije entre risas, dándome la vuelta y saliendo de la celda, girándome un momento para ver a Kalb. —Vive, porque tu historia apenas empieza. —
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com