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demonio errante - Capítulo 63

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Capítulo 63: capitulo 3, el primer dia.

Tras que Gerb y yo discutiéramos, me encontraba de regreso con los Rutatka, llevando las riendas de mi yegua.

Sentí un peso invisible sobre mí. Podía imaginarme el tipo de cara que tenía en ese momento.

«Me pregunto… ¿Sí fue lo correcta la forma en la que le hablé?»contuve entonces la necesidad de volver y disculparme.

Ya estaba aquí, y ya era tarde. Disculparse no borraría mis palabras.

Continúo mi camino, tratando de convencerme de que hice lo correcto. Al final, regresé hasta la casa donde se hospedaban los Rutatak y entré directo a los establos.

Una vez ahí, encontré una visión familiar y alegre. La más pequeña de la familia, Zalog, se encontraba dándole heno al caballo de Glad.

Sonreí con sutileza.

«Veo que alguien se la pasa bien. »

Miró un rato más la escena, hasta que no pasó mucho, y Zalog terminó percatándose de esto.

Sus ojos me miraron un momento, para después pasar a mi yegua.

—¡Blanquito! —dijo, acercándose felizmente.

—Eh, espera un poco. —dije, tratando de frenarla, pero Zalog simplemente me ignoró.

Ya cerca, Zalog empezó a dar saltos para alcanzar la nariz de la yegua. Zlatna se inclinó hacia ella, hasta que Zalog pudo tocar su nariz con sus manos.

Quedé pasmada mientras que Zalog solo sonrió emocionada. Zlatna jamás había dejado que nadie que no fuera yo se le acercara.

—Increíble, Zlatna no confía en nadie más. —

Zalog me miró con asombro, luego miró a Zlatna.

—¿Es niña? —

Contuve la risa ante su pregunta.

—Ja, ja. Sí, Zlatna es una chica. —dije, a la vez que pasaba mi mano por su lomo. —La tengo desde que falleció mi hermana mayor. —

Una sonrisa melancólica apareció en su rostro.

—… Lo siento… —

Zalog soltó la nariz de Zlatna, bajó su rostro y manos.

Me puse a su altura y froté su cabeza.

—Oye, fui yo quien lo puso a colación. No tienes nada de qué disculparte. —dije, dándole una sonrisa.

La mirada de Zalog se iluminó, pero sus ojos veían a alguien aparte de mí, alguien que no noté hasta que entonces lo oí.

—Así que trajiste a tu montura. —dijo Glad, su voz sonando tranquila y desinteresada.

Al girarme, vi que su rostro era casi tan neutral como su voz.

—¡Señor Glad! —dijo Zalog, caminando hacia Glad para tomar una de sus manos. —Mire, mire, es Zlatna. ¿Verdad que es bonita? —

—Sí, es linda. —dijo, acercándose a Zlatna para tocar su lomo.

Me alarmé, tratando de evitar un accidente.

—¡Espera, no…! —dije tratando de advertirlo, pero me detuve a media oración.

Zlatna se dejó tocar sin problemas e incluso parecía contenta.

Por su parte, Glad sonrió y acercó la cabeza de Zlatna, tomándola entre sus manos.

«¿Pero cómo?»me cuestioné incrédula.

—Oh, vaya mirada. —dijo Glad, viéndola directo a los ojos y se acercó a su nariz. —Deseo tus ojos. —

Zlatna resopló y frotó su nariz contra el rostro de Glad.

“Relinchido, relinchido.”

—Oh, vaya, chica. —dijo Glad, con tomelozo mientras pasaba su palma sobre la cabeza de Zlatna. —Ahora ve a tu lugar e ignora al granuja de pelaje castaño. —

Sorprendentemente, Zlatna lo obedeció, y fue a los establos por sí sola.

—¿Qué dijo, qué dijo? —diría Zalog con notable curiosidad.

«Ah, lo había olvidado, que Glad “habla con los animales”.»

Contuve la risa ante aquella idea.

—Ella dijo: “No te doy mis ojos, pero sí acepto los tuyos”. —respondió Glad con voz casual.

Zalog abrió los ojos con admiración.

Glad sonrió y miró a Zalog de reojo.

—Ve a hablar con tu padre y dile que ya nos vamos. —

La expresión de Zalog cambió, pareciendo triste.

—Bien… —dijo, asintiendo cabizbaja.

«Pobrecita, este tipo no tuvo nada de tacto. »

Con esa idea, alzó la voz molesta.

—Oye, ¿no podrías decírselo con gentileza? Es una niña y no va a entenderlo de buenas a primeras. —

A mis palabras, Glad me miró de reojo, por lo que la expectación me invadía.

«Oh, no. ¿Con qué va a salir? ¿Acaso me llamará metiche? »

Mentalmente preparada para el insulto, respiré hondo en espera de cualquier comentario cortante que tuviese en mente.

—Uhm, tienes razón… Les debo eso al menos. —dijo, con voz inquietantemente serena.

«¿Eh? ¿Pero qué acaba de pasar, y su cátedra de tirano, de por qué no debo meterme?»esa, y muchas más preguntas rondaban mi mente, pero simplemente agradecí que no se molestara.

Entonces, Glad se puso lo más que pudo a la altura de Zalog.

—Oye, no me voy porque me desagraden. Tengo muchas cosas que hacer. —

Glad llevó su mano sobre la cabeza de Zalog.

Zalog lo miró preocupada.

—¿Estará con caballito? —le cuestionaría Zalog.

Glad miró de reojo a su propio caballo y sonrió.

—Uhm, depende. ¿Segura de que no quieres quedártelo? —la cuestionó Glad con ironía.

Zalog negó con la cabeza.

—No, porque sé que Caballito quiere cuidarte. —

Glad se mostró confundido por sus palabras, las cuales tampoco pude entender.

—¿Cuidar de mí? —dijo Glad, cuestionándola.

Zalog no respondió, y solo se fue corriendo y riéndose. Esto dejó a Glad confundido, y a mí conteniendo la risa.

Glad se puso de pie con calma, su mirada perdida en donde Zalog había estado hace tan solo instantes.

—Vaya rareza. Puedo entender a quienes se creen sabios, pero jamás a un niño. —dijo con tono distante.

—Mira quién lo dice. —dije sarcástica.

Glad se dirigió hacia los caballos y respondió sin voltear a verme.

—La rara eres tú. Una mujer caballero, eso sí es raro. —

A causa de sus palabras, alcé la voz molesta.

—¡Oye! No es como si fuera la primera mujer en tomar las armas. —argumenté tratando de rebatirlo, pero él no reaccionó.

—Cierto, cierto. Pero las mujeres en el campo de batalla son una excepción y no la regla en sí misma. —dijo, volteando finalmente para mirarme de reojo.

Fruncí mi ceño enojada, pero en vez de responder, solo volteé el rostro.

—Ese no es mi punto. —dije, resoplando por la nariz.

—Ja, ja. —respondió Glad con una risa burlona. —Sí, entiendo tu punto. Pero aún no te puedo considerar una excepción. —

—¿Ah, sí? —dije, mirándole de ojo con una ceja alzada, y pregunté: —¿Y qué me falta? —

—Lo sabrás. Cuando estés de frente al enemigo y este trate de matarte, ahí demostrarás si eres la excepción o una niña jugando con espadas. —

—Pues, siendo así, creo que ya la superé. —dije, segura de mí misma.

Entonces Glad solo comenzó a reírse.

—¡Ja, ja, ja! Creo que no lo entiendes. —dijo condescendiente.

—Entonces dilo, ¿qué situación es esa? —

Glad se giró y me miró con completa seriedad.

—Cuando se dé la ocasión de matar, ¿lo harás? —

Me quedé helada por su pregunta, y solo pude verlo acercarse y oírlo hablar.

—Cualquier tonto carece del miedo a la muerte. Algunos lo llaman valor, pero la mayoría son tontos que no miden el peligro. —explicó, y de un rápido movimiento lo vi sacar un cuchillo negro y presionarlo contra mi cuello.

«¿¡Pero qué!?»mi cuerpo se tensa ante la sensación de peligro.

—No mataste a Kalb, pese a que te lo indiqué. Dudaste, y el enemigo tuvo oportunidad de defenderse. —dijo Glad con tono severo. —Claro, al final todo salió bien, pero la suerte no se repite. —Su cuchillo finalmente se aparta de mi cuello y vuelve a su cintura.

—Pero… apuñalé a Leden junto a Kalb. —dije, tambaleándome un poco.

—Estabas aterrorizada. —respondió con simpleza. —Además, Leden era un demonio, y la carga de matar a un ser ajeno a tu especie es mucho menor. Es así para toda criatura. —

—Entonces… ¿Qué me falta? —dije, aun siendo incapaz de comprenderlo a profundidad.

—La capacidad de asesinar a conciencia. —dijo con ligereza, como si fuera algo natural.

Se dio la vuelta de regreso a los establos.

—Cuando estás en medio de una batalla, no puedes simplemente congelarte por haber cometido asesinato. Esa clase de dudas no tiene cabida en la mente de un guerrero. —dijo, mientras caminaba de regreso con calma mientras me daba la espalda.

Si bien no podía negar sus palabras, tampoco significaba que no me molestara que me sermoneara mientras cometía un error tan básico.

«Dar la espalda al enemigo es un error igual de grande.»

Recordando cómo me había apuntado con cuchillo, llevo mi mano hacia la empuñadura de Byala Devoyka.

Me acerqué a él, haciendo el menor ruido posible.

«Basta con darte un susto.»pensé, imaginando la expresión que pondría.

Seguidamente, desenvainé a alta velocidad.

—¡No te… Muevas… —dije, viendo cómo mi estocada quedó en nada.

—Buen intento. —dijo Glad, su voz viniendo de atrás de mí.

Giré y salté hacia atrás y vi que este tenía una expresión presumida en el rostro.

—Sabes, soy capaz de cosas increíbles cuando estoy atento. —dijo, a la vez que comenzaba a sacarse la cerilla de uno de sus oídos. —Puedo oír el latido de un ratón en una casa grande llena de personas. Puedo ver el aleteo de las alas de una mosca a detalle, incluso puedo rastrear aromas aun a kilómetros de distancia. Con todo eso, ¿en verdad pensaste que podías tomarme por sorpresa? —

Glad me miró con aires de superioridad, como si no viera más que a una niña.

“Kgh”, rechiné los dientes molesta. No era la primera vez que me hablaba de esa forma, pero seguía sin gustarme eso en él. Antes que él, nadie, ni siquiera mi propio padre, me había hablado así.

—Eres de lo peor. —dije, dirigiéndome al interior de la casa.

—Desayuna antes de irnos. No espera un largo viaje para llegar al pueblo de Aptekar. —

—¿El pueblo de Aptekar? —dije, confundida ante su revelación. —¿Quién está en Aptekar? Dijiste que tenías que ver a alguien. —

—Veo que lo recuerdas, pero prefiero que lo sepas cuando estemos frente a él. —respondió Glad.

—Oye, ¿tanto te cuesta darme una respuesta simple? —dije molesta.

Glad entonces se volteó y me miró.

—Claro, un ojo de la cara y la mitad del otro. —dijo en tono casual.

Suspiré exasperada.

—Bien, como tú quieras. —dije, dándome la vuelta, pero me detuve un momento. —¿No vas a pasar? —

Él me miró de reojo y dijo:

—No, no tengo ganas de desayunar sopa de vegetales. —

Contuve la risa ante su tono y aparente desinterés.

—Oh, ¿qué ocurre, te da pena decirles que te vas? —dije, intuyendo sus intenciones ocultas.

Glad solo rodó los ojos por mi tono.

—Ha… Puede ser, no sé. —dijo, con extraña sinceridad.

Por un instante lo miré desubicada por sus palabras. Pero entonces, dejé escapar una sutil risa.

—Pff, ja, ja. No pensé que tú, de entre todas las personas, fueras tan sentimental, ja, ja. —

Glad me miró de reojo, visiblemente molesto.

—¿Crees que voy a caer tan fácilmente en provocaciones? —

Respondí sonriendo, habiendo hallado su punto débil.

—Claro, eres tan obvio. —dije, imitando su franqueza. —Solo digo. —

Así, finalmente, entré en la casa.

…

Medio minuto más tarde.

—Oye, ¿y qué dijo después? —preguntó Lameli, escuchando atentamente junto al resto de sus hermanas.

—Fue genial, el señor Glad tomó la cabeza de Zlatna y dijo: “Deseo tus ojos”. —dijo Zalog, tratando de imitar a Glad.

Sestra y el resto de sus hermanas suspiraron emocionadas.

—Ah, pero qué envidia. —dijo Lameli, suspirando al igual que el resto de sus hermanas.

Solo Zalog, quien parecía no entenderlo. Tampoco Sestra, quien se veía apenada por las palabras de su hermana menor.

Mi reacción fue igual a la de Sestra, aunque también contuve la risa, y después miré a Glad, quien desviaba la mirada, incómodo.

«Je, je. Esto te pasa por pasarte de meloso.»

—¡Niñas! Ya, tengan más recato frente a la señorita Lilavo y el señor Glad. —dijo Navitsi en reprimenda de sus hijas.

Por otro lado, los mayores entre los hijos y sobrinos de Prakh, siendo Brat quien se expresó por ellos.

—Maldito atrevido. ¿No puedes dejar de intentar seducir a mis hermanas? —

—Ja, dime, ¿entonces no usarás esa frase? —dijo Glad, por primera vez respondiendo a las quejas de Brat.

Brat no respondió y Glad comenzó a reírse por lo bajo de su reacción.

—Ja, ja, lo sabía, pretendías reusarla. —

Brat se vio avergonzado a la vez que sus hermanas se reían de él.

Brat las miró molesto.

—Oigan, que sean mis hermanas no significa que las deje burlarse de mí. —

—Ya, cálmense de una vez. —respondió Prakh poniendo orden en la mesa.

Luego este nos miró a Glad y a mí.

—Por cierto, señorita Lilavo, señor Glad, ¿qué planes tienen una vez dejen la ciudad? —

—Eh, bueno… —mi voz sale entrecortada, pero no fue así para Glad.

—Aptekar, tengo un amigo en ese pueblo con el que quiero hablar. —dijo Glad calmadamente.

Prakh alzó una ceja, intrigado.

—Oh, un amigo. Eso es realmente interesante. —

—Weiser. —diría Glad de forma repentina.

«¿Weiser? ¿De quién estará hablando?»

Me pregunto, pero mi duda se acrecentó al ver la expresión de Prakh.

Sus ojos estaban abiertos por la sorpresa.

—V-vaya, en verdad es una caja de sorpresas. —una sonrisa incómoda se formó en su rostro y pasó a verme a mí. —Y, respecto a usted, señorita Lilavo, ¿qué planes tiene? —

—Bueno… Aún hay cosas que debo hacer antes de volver a casa. —dije, tratando de no dar muchos detalles.

—Oh, ya, ¿y supongo que seguirá contando con la ayuda del señor Glad y el señor Gerb? —dijo Prakh con tono casual, pero causando una conmoción en la mesa.

—¿¡Qué!? ¿Cómo es eso de que viajará con el señor Glad? —protestó Lameli.

—Ya, cálmense. —dijo Sestra, visiblemente apenada. —El señor Glad y la señorita Lilavo tienen responsabilidades, eso es todo. —

A sus palabras, agradecí en lo profundo de mi corazón por su intervención.

—Gerb no vendrá. —intervino Glad, atrayendo la atención de todos, hablando casual. —No está en condición de viajar; además, su deseo era regresar al territorio de los Lilavo. —

—Eso… ¿Eso significa que viajarán ustedes dos solos? —dijo Roklya, y seguidamente la conversación estalló en preguntas de parte de los jóvenes de la familia.

Preguntas como “¿Cómo que ustedes dos solos?” y reclamos tales como “¡Eres un atrevido, seguro solo quieres aprovecharte de la señorita Lilavo!”.

Fuese como fuese, no pude más que ocultar mi rostro entre mis manos.

«¿Por qué tuvo que decir eso? ¡Idiota!»

…

Pocos minutos después de terminar el desayuno había llegado el momento. Los Rutataka comenzaron a juntar sus pertenencias y productos.

Caja por caja, los carruajes fueron llenados hasta el tope.

—¡Y listo! —dije, empujando una caja al interior del tercer carruaje. —Sí que pesaba. —

—Nada mal, 40 kilos es un gran peso para cualquier mujer de tu edad, incluso para un hombre. —dijo Glad con media sonrisa.

—Ja, no soy una mujer común. —dije, sintiéndome orgullosa.

—Pffff. —Glad se cubrió la boca, conteniendo una risa burlona.

—¡Oye, no juegues conmigo! Primero me halagas y luego te burlas; eso no es divertido. —reclamé molesta, sutilmente inclinada hacia el frente.

—A mí sí me divierte. —se burló Glad.

Lo miré con el ceño fruncido.

—Ja, ja, ya, perdón —diría aún entre risas, no sonando convincente.

—¿Por qué será que no te creo? —dije sin darle evasivas.

Después volteé el rostro.

—Voy por mi armadura. —dije, caminando de regreso a la casa.

—Esa cosa es tan impráctica. —

Me giro al oír sus palabras.

—¿Tienes algún problema con que lleve armadura? —dije, confrontándolo.

—No, haz lo que quieras, tú eres quien estará batallando con ella, yo no. —dijo cínicamente como si hablara con una tonta.

No respondo de inmediato, y solo lo miro molesta.

—¡No todos somos inmortales! —dije, retomando el paso.

—Créeme, lo sé. —me respondió Glad en un tono apenas audible.

Me detuve un momento. Era la segunda vez en el día que me pasaba con lo que decía, y apenas ahora me había dado cuenta de que apenas conocía a Glad.

«No, decir que lo conozco es muy pretencioso… Seguro yo y los Rutatka no somos las primeras personas con las que viaja, y seguramente no seremos las últimas.» —Glad, yo… —

—Olvídalo. —diría Glad, no dejando que terminara.

Traté de girarme y verlo, cosa de la que fui incapaz. Con ese molesto sentimiento, continué mi camino por mis cosas.

…

10 minutos más tarde. Seguíamos a la caravana en su camino por Kardia, rumbo a la salida noreste de la ciudad. Portaba mi armadura, cabalgando junto a la caravana a un lado de Glad.

Miré la ciudad algo decepcionada.

—¿Ocurre algo? —me cuestionó, Glad.

—No, no pasa nada. —dije, no queriendo ahondar en el asunto.

—No le convence. —dijo, insistiendo y viendo a través de mis palabras.

—Pero si tú tampoco respondes a mis preguntas. —dije, recriminándolo.

Glad resopló exasperado.

—¿Así serán las cosas? ¿Ojo por ojo? Bien, no me molesta. —dijo en sentencia.

—¡Bien, te lo diré! —dije en respuesta a sus reproches. —… Acabamos de detener una conspiración y liberar la ciudad, y nadie lo sabrá más que los involucrados. —

—¿Querías un desfile? —se burló Glad con media sonrisa en el rostro.

—¡No es eso! —le reclamé molesta.

—Bien, porque no hay razón para pedirlo. —dijo con un tono serio. —Para la gente de Kardia, lo más relevante fue el incendio causado por las peleas entre bandas criminales. Las conspiraciones de Leden les son ajenas. —

Glad miraba a las personas que pasaban por la calle y los negocios recién abiertos.

—Esta gente está más centrada en sus asuntos. Ganar dinero para comer y llegar al día siguiente. Los conflictos a gran escala les son ajenos a menos que les exploten en la cara. —

—¿A qué te refieres? —le pregunté confusa.

—Guerra. La gente es ignorante de lo que pasa en el mundo hasta que los bárbaros golpean sus puertas. Ahí no es fácil fingir ignorancia. —dijo con contundencia.

—Siendo así… Espero que no haya que llegar a ese punto. —dije, sintiendo un escalofrío por sus palabras.

—Ahora te importa más la paz que el reconocimiento. —dijo, con un sutil tono de burla.

—¡Claro que me importa! …¿Quién querría incitar la guerra? —le respondí, bajando mi tono a media oración.

—La paz, lo que todos queremos. Ignoremos que Pistis busca iniciar una guerra, o a los demonios. —diría Glad, como si fuera una obviedad.

Entonces lo miré consternada, a causa de la facilidad con la que lo decía.

…

Poco después, llegamos frente a la puerta noreste de Kardia, donde los porteros inspeccionan a los que pasan.

—Ah… Odio tratar con estos guardias. —dijo Glad, como si esperara que hubiera problemas.

Molesta, avance al frente.

—No te molestes. Yo hablaré con ellos. —

Pasé de él, quedando frente a los porteros.

—Esta caravana tiene el paso libre de parte de Lord Granitsa. —les dije con tono de mando.

Los dos guardias me reconocieron y asintieron con respeto.

Con eso se evitan problemas e inspecciones y los Rutatka podían pasar sin contratiempos.

Miré a Glad con una sonrisa de suficiencia cuando pasó a un lado de mí.

—¿Y bien, ya ves que no hubo problemas? —dije, sin ocultar que esto me resultaba divertido.

—Uhm, nada mal. —dijo con el tono más casual imaginable.

«¡Será un…!»

…

Tras reprimir mi molestia, los Rutatka y nosotros llegamos hasta una bifurcación en las afueras de Kardia.

—Es aquí. —dijo Glad, bajando de su caballo.

—Sí, así es. —respondió Prakh, bajando de la carreta y caminando hacia nosotros.

Zalog corrió detrás de su padre, aferrada a él.

—¿Debo preocuparme por ustedes? —insinuó Glad.

En respuesta, Prakh posó su mano sobre la espada que colgaba en su costado izquierdo.

—Ahora… Creo que ya no debe tomar por nosotros. —aclaro Prakh, con confianza renovada.

Luego tocó la cabeza de Zalog y le instó a ir al frente.

—Vamos, ¿no querías despedirte? —diría Prakh, alentándola.

Zalog caminó tímidamente hacia el frente, y Gald respondió poniéndose a su altura.

—Tengo que darte las gracias, de parte de ambos. —dijo, señalando a su caballo.

—¿Estarán bien? —le preguntó Zalog con genuina preocupación.

Glad asintió con una sonrisa.

—Claro, nos cuidamos el uno al otro. —

Zalog le sonrió alegremente y, de forma repentina, Glad gentilmente puso sus manos a ambos lados de su cabeza.

—Tú también, aunque tal vez no los vuelva a ver, siempre seré lo mejor. —dijo Glad, con un tono de voz inusualmente calmado.

Inesperado fue también que Glad se acercara más, depositando un beso en su frente.

Aquello se sintió como algo fuera de lugar para una persona como él, pero no sería la primera vez que lo veía haciendo o diciendo cosas fuera de lugar con lo que normalmente aparenta.

“¡Ah!”

Miré a las carretas al oír una sutil conmoción entre las hijas de Prakh. Sestra, junto a las otras 3 chicas, parece querer estar en el lugar de Zalog.

Contuve una risa, mientras que Glad solo resopló resignado.

—Hazme el favor de no ser como tus hermanas. Excepto Sestra, ella está bien. —dijo Glad, frotando la cabeza de Zalog.

—¡Sí! —le contestó Zalog, regresando a las carretas. Después se giró y agitó sus manos sobre su cabeza. —¡Adiós! —

—Adiós. —dije, respondiendo a su gesto y sonriéndole.

Al entrar a la carreta, pude escuchar las voces de sus hermanas, pudiendo imaginar su conversación.

—La mejor de las fortunas. —dijo Glad, dirigiéndose una última vez a Prakh.

—Igualmente. Que logres lo que buscas, amigo de los Cherveni. —respondió Prakh, extendiéndole su mano a Glad.

Glad respondió a su gesto y ambos estrecharon sus manos. Tras eso, los dos se separan, cada uno por su lado.

Glad regresó a su caballo, notando que lo veía con una expresión burlona.

—¿De qué tanto te ríes? —

—Nada, solo que no pensé que fueras tan amable. —dije con una gran sonrisa en el rostro.

—Tsk, ya, vámonos. —dijo Glad, y seguidamente comenzó a alejarse.

Contuve la risa, y luego miré a los Rutatka.

Las hijas e hijos de esta familia se despedían a medida que se alejaban.

—Adiós… —dije con cierta melancolía.

«Y por favor, cuídense.»diría para mí misma, pero no sentí que fuera suficiente.

—… ¡Por favor, cuídense mucho! —

Todos respondieron de igual forma, con lo que sonreí contenta.

—¡Koprina, no te distraigas! —dijo Glad, apurándome.

—Ya voy. —dije, pero por un momento miré en dirección a Kardia. —… Adiós… Gerb… —

Con eso, comencé a seguirlo.

…

Durante el resto del día, avanzamos hasta que Kardia apenas era visible, pero no fue sino hasta que empezó a oscurecer que Glad optó por que nos detuviéramos. Un descanso tras una larga jornada.

—¿Sabes encender el fuego? —me cuestionó Glad.

A lo que respondí confundida.

—¿Sí? ¿Pero a qué viene esa pregunta? —

—Porque hoy te toca prender la fogata. —dijo, bajando de su caballo y arrojando parte de su carga al piso.

—¿Yo? —le cuestioné, molesta.

—Sí, tú. ¿O es que tus manos de noble son muy delicadas para ese trabajo? —respondería Glad con tono burlón.

Lo miré molesta y, bajando enfadada de mi caballo, me dirigí a buscar madera seca.

—Tranquilo, que te demostraré lo que “mis manos de noble” pueden hacer. —dije, arremedándolo.

En lo que hice lo que me pidió, él ya había retirado la mayor parte de la carga de su caballo. Esto fue para que el animal pudiera acostarse y extenderle una manta encima.

Tras reunir suficiente, regresé para ver que ya estaba en el piso recostado, apoyándose a lomos del caballo.

—Tardaste tanto que ya salió el sol otra vez. —se burló, a la vez que se estiraba, y apoyaba los brazos detrás de su cabeza.

—No te pongas exigente. —le respondí molesta.

Pero Glad ni responde, como si mis palabras le dieran igual.

«Este tipo, en verdad, no lo soporto. »

Mientras me quejaba de él, comencé a tratar de prender el fuego.

—Uhm, ¿no necesitas? —diría Glad con un deje de burla.

Lo miré de reojo con una mirada afilada.

—¿Solo querías burlarte? —dije, recriminándolo.

—Uhm, sí, un poco. —respondería sin ningún descaro.

—Eres de lo peor… Además de pedirme hacer esto, cuando tú puedes prender fuego con tus “poderes de demonio”. —dije, aludiendo a la vez que cauterizo las heridas de nuestros compañeros.

—Tsk, eso fue una excepción. —dijo, con un deje de molestia.

Noté eso, viendo que no le gustaba meter a colación su condición de demonio.

—Por cierto, tan pronto termines de encender el fuego, prepárate. Las noches en esta época del año pueden ser frías. —dijo, cambiando súbitamente de tema.

—Sí, sí, eso ya lo sé. Pero tú sigues igual, no veo que te cubras. —le recriminé, viendo que solo se molestó en cubrir a su caballo.

—Ja, mi cuerpo regula mi temperatura dependiendo del entorno. Además, estoy recostado sobre un caballo, ¿qué más necesito? —respondería como si fuera obvio.

—Así que esa es otra de tus habilidades como demonio… —dije, y entonces me di cuenta de que no parecían molestarle mis palabras.

«Un momento, antes de irnos, presumía de sus sentidos mejorados. ¿Por qué se molestó con lo otro?»

—Ah, no te entiendo. —dije frustrada.

—¿Ahora qué dije? —cuestionó Glad con un deje de confusión.

—Te molestas porque menciono lo que pasó en los calabozos de los Granitza y luego presumes de tus otras habilidades como hoy por la mañana. —dije sin guardarme nada.

En lo que me quejaba, finalmente logré prender el fuego, con lo que me permití sentir gozo por este pequeño logro.

«¡Sí!»una sutil sonrisa apareció en mi rostro.

—Así que era eso. Ja, ja, qué razón tan tonta, ja, ja. —diría Glad, comenzando a reírse.

—¡No te burles! Antes te molestaste cuando metí el tema a colación. Ahora resulta que te da risa. ¿Cómo se supone que sepa qué puedo decirte o no? —dije, reclamándole.

Glad desvió la vista, pareciendo pensativo.

—Hmm, es verdad. Perdón por eso. —

«Eh, ¿en serio acaba de disculparse?»

—Creo que te lo debo, aunque sea, una explicación. —diría Glad, con un inquietante tono amable.

Este se enderezó, ligeramente inclinado hacia el frente. Su mirada me hizo sentir incómoda.

Aunque ya hacía tiempo de conocernos, esos ojos no dejaban de incomodarme.

—Es verdad que hay cualidades de ser un demonio que me gustan, como la vitalidad, la fuerza y los sentidos. Pero también hay otras que odio, y de las cuales no pretendo hablar. —explicó Glad, con una sonrisa en el rostro. —Pero hay una forma más sencilla de explicarlo. Es un capricho. —

—¿Un capricho? —dije, mis ojos abiertos incrédulos. —¡Por un capricho! ¿¡Lo dices en serio!? —

Sonriendo, Glad comenzó a reírse.

—¡Ja, ja! Claro, toda mi vida me he guiado por ese principio. —diría Glad sin ningún descaro.

—Eres de lo peor. —dije, sentándome frente a la fogata. —Con esa mentalidad se hace lo que uno quiere sin pensar en las consecuencias. —

—No, no es así. —respondería Glad, con repentina seriedad.

Nuevamente me sorprendí a causa de su repentino cambio.

—Toda elección tiene consecuencias, y quien no lidia con ella es un cobarde. Por eso… Odio esto. —dijo Glad, con una mirada hostil en su rostro, viendo fijamente al fuego.

—¿Odio? Pero, ¿pensé que habías dicho que había ventajas? —dije, incrédula por sus palabras.

—No niego las ventajas, pero aun así, son dones derivados de ser un demonio, de ser un condenado en vida. Y yo no lo elegí; ser esto es un insulto, ¡una ofensa! —dijo, con voz agitada.

—¿C-cómo fue que pasó? —pregunté, tratando de entender sus razones.

—¿Eso importa? —dijo, como si fuera una pregunta absurda.

—¡Claro que importa! Oh, ¿es que tienes algo que ocultar? —dije, notando la molestia que le causó mi pregunta.

Su mirada duró hasta que finalmente suspiró cansado.

—Eso es historia antigua. —dijo, cambiando su tono de forma abrupta.

«¡Qué carácter tiene!»

—¿Qué tan antigua? —dije, con una sonrisa irónica.

—Por favor, no empieces. —dijo, con la nariz arrugada. —Además, ¿por qué debería decirte mi edad? Ustedes las mujeres se ofenden muy fácil cuando preguntan por su edad. —

Froté mi frente con mi mano izquierda.

—No puede ser. Primero: Tú eres hombre, así que no te quejes. Segundo: A mí no me molesta, 18 años, ¿ves?, no tengo problemas. —dije, sin la más mínima pena.

—… Di eso cuando seas vieja. —dijo sin nada de tacto.

Hubo un breve momento de silencio. Y de forma repentina, tomando una rama sobrante y se la arrojé directo a la cara.

Esta le rebotó en la frente haciendo un ruido sordo.

—Auch… —

Desvié la vista, molesta.

—Bien, no me digas hace cuánto fue, solo dime qué hiciste. —dije, cediendo a su capricho.

—Bueno, siendo así… Puede que haya intentado matar a un dios. —dijo, con normalidad, como si no fuese la gran cosa.

Así, se extendió un nuevo e incómodo silencio.

—… Mejor no me digas mas. —dije, prefiriendo evitar una discusión absurda.

Glad no protestó, y yo, simplemente, traté de reclinarme hacia delante, pero mi armadura no me lo permite.

—Kgh, esto es molesto… —

—¿Realmente planeas dormir así? —dijo, notando mi molestia.

Lo miré de reojo, molesta.

—¿Quitarme la armadura frente a tí? No, gracias. —dije, con desagrado.

—Ja, qué exagerada. Además, mira, por ahí hay arbustos para cubrirte. —dijo, indicando el lugar con la mirada.

—Genial, puedes ir mientras yo me cambio. —

Fue Glad quien esta vez me miró incrédulo.

—Sí recuerdas que no soy tu subordinado. —

De nuevo hubo silencio, y al final no me quedó otra que reconocer que tenía razón.

—Bien, bien… —dije, habiéndome puesto de pie y dirigiéndome al lugar indicado.

Una vez ahí, empecé con las correas de los brazales.

—Y… ¿Siempre haces lo mismo? —pregunté, mientras dejaba caer uno de los brazales. —Eso de ponerle una manta a tu caballo. —

—¿Por qué preguntas? —dijo, no habiendo entendido el motivo de tocar el tema.

—Bueno… De algo hay que hablar. —dije, sin pensar en una respuesta compleja.

Dejó entonces caer otro brazal.

—Bueno… Sí, sin contar algún que otro viaje en barco, la mayoría del tiempo la pasamos en bosques, así que no tengo muchos lugares en que apoyarme, y en esta época del año las noches son frías. —dijo, dando un breve resumen de sus viajes.

Comencé a desabrochar el peto.

—Creí que dijiste que tu cuerpo regula el calor. —dije, en tono irónico.

—Yo no tengo problemas con el frío, aunque tampoco significa que me guste. Además, él fue un regalo, así que, aunque no lo pedí, debo cuidarlo. —respondió, tratando de disimular que le importaba.

Dejé caer el peto y con eso me incliné para desabrochar las grebas.

—Oh, qué responsable. —dije, para molestarlo, a la vez que desabrochaba la otra greba.

Tuve éxito, ya que lo escuché chasquear la lengua.

Luego, retire uno por uno los quijotes, escarcelas y las hombreras junto a los braquiales y codales.

«¡Lista!»me dije, al sentirme más ligera y cómoda.

Después, tome las piezas y camine de regreso.

Cuando regresé, vi que él se había recostado sobre su caballo y sus ojos estaban fijos en el cielo.

—Tal vez te juzgue mal, o tal vez no. Pero quién sabe. Para eso es este viaje. —dije, sintiéndome de buen humor, dejando mi armadura cerca.

Glad me miró de reojo.

—Emprender un viaje con un completo desconocido, solo para conocerlo. Es la causa más absurda que he escuchado para hacer un viaje. —dijo, sin moverse de su lugar.

Lo escuché mientras caminaba a Zlatna, para acercarla a la fogata.

—Puede ser, ¿pero jamás hiciste algo parecido? ¿Algo que, por tu edad, consideraran una locura? —dije, consiguiendo que Glad se enderezara de nuevo.

—¿Tienes idea de a quién le preguntas? —dijo, como si fuera algo obvio.

—Vamos, debe haber un día así. —dije, insistiéndole mientras respiraba la carga de Zlatna, y le indicaba que se recostara.

Glad me miró pensativo por un momento.

—… Es historia antigua. —dijo a secas.

—Vamos, no te voy a pedir que me digas hace cuánto fue, ya sé que no lo harás. Solo quiero saber cómo fue… —

Glad vio mi insistencia y suspiró rendido.

—Ah… Bien… Diría que fue el día que dejé mi isla a los 9 años. —dijo, y una extraña sonrisa apareció en su rostro.

—Uhm, ¿y qué sería lo extraordinario? —dije, sintiendo curiosidad por los detalles.

Glad sonrió al ver mi expresión y dijo:

—Ja, ja, bueno. Fue parecido a esto, pero con la diferencia de que yo elegí seguir y unirme a una banda de mercenarios. —

Su respuesta, aunque sorprendente, por alguna razón no me fue inesperada.

—T-tan solo 9 años, ¿y viajando con mercenarios? Y a todo esto, ¿quiénes eran? —dije, necesitando saber más detalles.

Glad rápidamente negó con la cabeza.

—Ja, tendrás que esperar para que te lo diga. —

Fruncí el ceño por su respuesta.

—Bien, bien, como tú quieras. Entonces, a los 9 años te enredaste con una banda de mercenarios. —dije, resumiendo su historia. —Creo que eso explica a tu yo actual. —

—Sí, sí, pobre de mí. En todo caso, ¿otra pregunta o ya me dejarás descansar? —diría Glad, pareciendo aburrido de mis preguntas.

Una vez cubrí a Zlatna con una manta, me senté apoyándome junto a ella y miré fijamente a Glad.

—Solo una… Hoy fuiste a hablar con Lord Granitsa; supongo que también viste a Priemnik. Dime, ¿cómo está él? —

Glad suspiró cansado, y se enderezó para verme directamente.

—Él está bien. La pérdida de un ser querido no es algo fácil, pero Priemnik probó no ser un niño ordinario. Además, ahora tiene algo que atesorar. —diría Glad, con una inesperada sonrisa optimista.

Sonreí, y después bajé la mirada, tratando de disimular.

—Me alegra. —dije, genuinamente feliz de oírlo. —Por cierto, ¿a qué te refieres con algo que atesorar? —

—A, bueno. ¿Recuerdas el trozo de obsidiana sangrienta? —

Asentí.

—Sí, ¿por qué preguntas? —dije, confusa por sus palabras.

—Era un trozo bastante grande. Solo necesité una parte para tallar un colgante. —dijo, desviando la vista.

—Oh, qué amable de tu parte. Y aparte confeccionas piezas de joyería, ¿qué otros talentos ocultas? —dije, con una sonrisa pícara.

—¡Ah, ya duérmete! —dijo enfadado, volviendo a recostarse.

—Ja, ja, bien, ya estoy conforme. —dije, recostándome sobre el lomo de Zlatna.

Puse una sutil sonrisa en el rostro, pero esta no duró. El recuerdo de lo ocurrido con Gerb seguía en mi mente.

—¿Cómo terminó lo de Gerb? —preguntó Glad de forma repentina.

Fue inesperado, pero no quise evitarlo.

—Mal… Me aproveché de un malentendido y lo exageré solo para poder dejarlo atrás. —dije, con todo el peso de la culpa por mis actos.

—Me lo imagino… ¿Quieres regresar? —cuestionó Glad con seriedad.

—No… Quiero disculparme, pero yo decidí seguirte. —dije con pesar.

—… Escucha, si alguien toma una decisión difícil, debe estar dispuesto a llevarla al final, por más que eso le pese. —dijo, con tono de sentencia.

—… Lo sé… —dije, sintiendo una lágrima correr de mi ojo izquierdo.

—¿Estás llorando? —cuestionó, a lo que negué con la cabeza.

—No… —

—¿Sabes que puedo oler la sal de las lágrimas? —dijo, a lo que arrugué la nariz.

—Eres molesto. —respondí molesta.

—Lo sé… Pero sabes… Mientras estés viva, tienes la oportunidad de disculparte. —dijo, oyéndose extrañamente comprensivo.

Una sutil sonrisa se formó en mi rostro.

—Eres muy amable cuando quieres. —dije, pudiendo oír cómo le irritaba, lo cual solo me dio risa.

—Glad. —dije, con un tono meloso.

—¿Ahora qué? —dijo, escuchándose molesto.

—No intentes nada mientras duermo. —dije, pudiendo predecir su reacción.

—¡Ya cállate! —dijo tal como supuse.

Me reí por lo bajo y me recosté plácidamente sobre el lomo de Zlatna. Y, desde esta posición, pude ver el cielo estrellado de esa noche.

Por un momento, me permití no pensar en nada más con la única excepción de que tal vez no cometí un error, que viajar con Glad fue lo correcto. Aunque conservaba una leve duda.

«Je, me preocupo demasiado; al final será el tiempo lo que confirmará si tengo razón O me equivoco. »me dije, teniendo expectativas optimistas del viaje que estaba comenzando con este primer día, que estaba llegando a su fin.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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