Denji (No) es un Niño - Denji is (Not) a Child - Capítulo 1
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- Capítulo 1 - 1 La Oveja
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1: La Oveja 1: La Oveja —¡Denji cariño, la cena está lista!
—Una voz débil llamó, femenina y prístina.
—¡Ya bajo!
—Una voz juguetona e infantil respondió, seguida de una risa juguetona y alegre.
Los pasos crujientes sobre la madera vieja se oyeron, y de las escaleras descendió un pequeño infante rubio.
Rondaba los 4 años, y su complexión delgada y bajita era compensada con aquella sonrisa enorme en su rostro.
Tan cerca del suelo como su altura, el niño se dirigió hacia su madre, lo más cercano al cielo, pues estaba hecha un ángel.
Ella tenía el pelo negro con un tono ligeramente azulado, ojos enmelados con aquel ámbar que recorría su iris.
El niño había adquirido aquellos ojos.
—Siéntate Denji, cenemos —la sonrisa en el rostro de la mujer le reconfortó, y accedió a su llamado.
Eran apenas las siete de la tarde, pero ya era la hora de cenar para ellos.
Un estofado con unas cuantas verduras y apenas algo de carne, con más huesos que nada, pero era mejor a no tener nada en el estómago.
Denji no miraba más que a su madre, quien comía con la gracia de una reina.
No se manchaba, no hacía ruidos extraños al comer, y mucho menos descuidaba la postura.
Denji la imitó, haciéndole reír.
—Jaja, cariño, tan solo come, no necesitas imitarme…
—¡Pero Mamá, yo quiero ser como tú!
—Dijo el niño, con una gran y despampanante sonrisa.
—Siempre que seas bueno con la gente, sonrías y seas un buen niño, serás como yo —dijo su madre, acariciando la mejilla de Denji.
La cena transcurrió sin más aportaciones del niño, comiendo como su madre, sin forzar más de lo debido.
Ella asintió con aprobación, hablando sobre sus días dentro de la casa.
Pronto Denji podría asistir al jardín de infantes, y con ello, empezaría la escuela.
Su madre había empezado a enseñarle a escribir, nada más que su nombre, pero el pequeño resultaba muy inteligente.
Su hijo poseía una mente muy aguda, muy fácil de aprender para él.
Los colores primarios los dominaba a la perfección, y ya sabía escribir su propio nombre en Kanji.
Sabía escribir “Mamá”, pero se rehusaba a aprender el de “Padre”.
Nunca lo culpó u obligó.
No podía forzarle a escribir el nombre de algo que no tenía.
El hombre del que se había enamorado se había ido hacía mucho tiempo atrás, y en su lugar, un adicto al alcohol y apuestas había ocupado su asiento en la mesa, tan vacía de no ser por ellos dos.
—Vamos Denji, debemos ir a la cama —dijo su madre, limpiando la mesa mientras Denji se retiraba para cepillarse.
Denji colocó un banquito en el fregadero, apoyándose de un pequeño espejo que servía para realizar correctamente su limpieza dental.
Miró sus dientes, como perlas relucientes, dando por terminado su trabajo.
Se retiró a su cama, alistándose para entrar y dormir.
Estaba en el segundo piso, el único cuarto de arriba.
Su puerta era una cortina que permitía el ingreso del aire del pasillo, que era frío dada la ubicación forestal de la casa.
Denji antes de dormir miró afuera, en la lejanía no tan lejana.
A unos cuantos metros se ubicaban más casas, más cercanas a la zona urbana, pero suficientemente cerca como para divisarse.
Se acercó al ventanal circular que se ubicaba frente suyo, a un costado de su cama.
Miró por ella, y contempló a los demás hogares, con luces prendidas y construcciones bien cuidadas.
Su propia casa estaba algo descuidada, y de no ser por su madre que se esmeraba en mantenerla lo más limpia y ordenada posible, se volvería un vertedero de botellas, cartas y las cosas que su padre se dignara a traer borracho.
Eso le hizo fruncir el ceño, pero pronto abandonó la idea de molestarse.
Sabía que no debía hacerlo, porque como su mamá dijo: “Las cosas que no importan no merecen tu atención”.
Se acostó, y pronto quedó dormido.
Tenía el sueño ligero, y aunque dormía rápido, más rápido podía levantarse.
No soñó con nada, nunca lo hacía.
Su mente quedaba en negro y cuando volvía a abrir los ojos, lo único que le recibía era el techo de madera, con muchos remaches y varias goteras tapadas con sellador o resina.
Pero esta vez se levantó antes de lo previsto.
Normalmente no escuchaba esta clase de escándalo, pero siempre tendía a imaginarlo el día siguiente.
Eran más de la media noche, y su padre se había dignado a regresar, aunque claro, ebrio y con un humor peor que el de un perro rabioso.
—¡MUJER!
—Gritó, arrastrando la última silaba más de lo debido—.
¡¿DÓNDE ESTÁ MI CENA?!
Los pasos se oyeron desesperados, tan rápidos y fuertes que parecería rompería la madera del suelo.
—¡Aquí tienes!
—Dijo su madre, en un tono nervioso.
Denji no estaba acostumbrado a oírla así.
Siempre le escuchó serena, tranquila y en paz con todo.
Parecía una persona totalmente diferente.
Cuando la gente tiene miedo, se transforma; cuando alguien se transforma, puede ser cualquier cosa menos lo que era antes de empezar a temblar.
Denji asomó su cabeza por la escalera, contemplando la escena con nervios.
Ver a su madre nerviosa y preocupada, con aquellas cejas levantadas y los ojos tamborileando un ritmo indescifrable, le hizo querer correr a ayudarla, pero sus piernas no cedieron a su impulso protector.
—¡¿QUÉ ES ESTA MIERDA?!
¡¿ACASO PLANEAS ENVENENARME?!
—Su padre tiró la sopa caliente contra su madre, haciéndola gruñir en voz baja—.
¡DAME ALGO DECENTE DE CENAR, NO ME CASÉ CONTIGO PARA SER TU RATA DE LABORATORIO!
—¡MADRE!
—Denji bajó las escaleras, saltando varias y acelerando el paso.
El padre quedó momentáneamente sorprendido ante la visita de Denji, pero al verlo dirigirse a su madre, se molestó aún más.
Los miró a ambos, y contempló a su esposa en shock, con su piel enrojecida y una mueca de dolor en su bello rostro.
Contempló a su hijo, quien le llevaba un paño mojado con agua tibia, buscando que la irritación no siguiese causando estragos en su piel.
—¡Mira lo que has hecho!
¡Tu hijo es un marica!
—Alzó el puño, golpeando a Denji, quien fue tirado ante la fuerza superior de su padre—.
¡¿No ves que lo haces cada día más estúpido?!
¡Un hombre no se preocupa por cosas del hogar ni atiende heridas!
¡Un hombre las causa!
El papá de Denji le iba a patear, pero su madre se interpuso, recibiendo el golpe en su lugar.
Su abdomen fue contraído ante el salvajismo del empeine en la bota de su esposo, quien no dudó en mirarle con más enojo.
La lección que le iba a enseñar a su hijo debería ser única y exclusivamente para él, ¿Por qué su entrometida esposa se esmeraba en sobreprotegerlo?
—¡POR FAVOR, A ÉL NO!
—Gritó en desesperación, poniéndose frente a Denji, que lloraba por el golpe y el horror en su madre—.
¡GOLPEAME A MI EN SU LUGAR!
¡YO SOY LA CULPABLE, ¿NO?!
¡YO MEREZCO EL CASTIGO, NO ÉL!
—¡MAMÁ!
—¡DENJI, VE A TU HABITACIÓN, AHORA!
—Gritó su madre, con una autoridad que nunca había ejercido.
Denji no pudo hacer otra cosa que obedecer, pues su madre le empujó hacia las escaleras, mientras su padre se quitaba el cinturón y se preparaba para la paliza hacia su madre.
No se suponía que Denji miraría esto.
No se suponía que Denji tuviera que ver aquella escena.
Siempre ocurría en silencio; sin embargo, esta vez su padre parecía hacerle aviso de que debía verlo, que debía contemplarlo.
Denji subió las escaleras atemorizado, con el corazón a punto de salirle del pecho.
Lo que observó le había causado un shock tremendo.
La voz de su madre, distorsionada por el miedo que su padre le causaba.
Pero más allá del miedo y dolor que su padre podía ejercer, estaba la terrible opresión en el pecho que le causó ver a su madre recibir tal castigo con tal de protegerlo.
No había sabido lo impotente que podía sentirse mirar a la persona que amas ser dañada, sin tener la posibilidad remota de siquiera intervenir.
Lo que observó ahí abajo no fue otra cosa que la realidad.
Su madre acostumbraba a vestir manga larga y faldas grandes.
Él creía que era parte de su gusto, pero llegó al descubrimiento que esta moda servía para esconder el daño que ocasionaba su padre.
Inclusive en verano debía abstenerse de mostrar poca piel, porque si usaba mangas cortas o shorts, lo único que verían serían los hematomas a medio sanar.
¿Qué le diría al señor del mercado?
¿Que se cayó?
Denji se había tropezado con las maderas descuidadas del hogar, y aún así jamás desarrolló un moretón de tal magnitud, y mucho menos varios de ellos.
Denji contempló el ventanal, llorando.
Miró en dirección de las casas, y lo que observó allí le dejó un anhelo indescifrable.
Ver a las familias durmiendo, sin un solo ruido dentro de esos cálidos y acogedores hogares.
¿Era acaso que su familia era la única con dichos problemas?
¿Por qué de entre todos en el mundo, debían ser ellos los que vivieran así?
Denji miró bien en el ventanal, y con ayuda de la luz pudo ver una silueta difuminada.
Su propia silueta, un pequeño pero significativamente visible reflejo de su rostro.
Las lágrimas que se bifurcaban en su rostro parecían haber llegado a su fin.
Aquella mueca de incomodidad y disgusto no podía irse, pese a lo mucho que quisiera.
Denji se tuvo que acostar a dormir, pero no podía.
No podía conciliar el sueño sabiendo que abajo su madre sufría por su culpa.
Prestó más atención, y pudo escuchar los azotes.
No escuchó más ruido de su madre, pero él sabía, debía saberlo, que ella se esmeraba tanto en no gritar que probablemente olvidó había alguien más en el hogar.
Solo el dolor le acompañó en esta tortuosa experiencia, y no podía sino abrazarse a sí mismo.
Denji fue arribado por su madre tras un tiempo.
Ella posó su mano suave sobre su mejilla, y le hizo estremecer al pensar que había sido su padre quien subió las escaleras.
Ella le miró con una sonrisa en su rostro, pese a que tenía los ojos inyectados en sangre, y su cansada visión le intentaba compartir algo de la calidez que tanto la caracterizaba.
—Denji…
—M-mamá…
—Denji, sin importar que oigas durante las noches…
—Ella tomó una pausa, conteniendo el quebranto y dolor en su voz, para no preocuparlo más de lo debido—.
No bajes; no te asomes, y tampoco intentes ayudarme.
—¡Pero mamá!
—Denji, prométemelo.
La mirada que su madre le dirigió parecía más una suplica desesperada que un intento por obligarlo a acceder.
Ella tenía la consciencia tan llena de mal augurio como él.
Denji era un buen niño, y jamás rompería su promesa.
Ella nunca le había enseñado a mentir, y esperaba que él no optara por hacerlo en este preciso instante.
—Yo…
Yo lo prometo mamá —Denji la abrazó, comenzando a llorar en su pecho.
Su madre no pudo contener las lágrimas al verlo desquebrajarse bajo su ser.
Se suponía que Denji viviría una infancia feliz, que no debería haber visto nada de esto, y sin embargo, las cosas se habían escapado de control.
Ese día Denji juró que le haría caso a su madre, pero la curiosidad de los niños siempre era mayor que sus promesas.
Al día siguiente su padre partió para trabajar.
Su capacidad para despertar ebrio y aún así irse al empleo era algo envidiable entre sus compañeros.
Denji se levantó más temprano de lo usual, y notó que su madre seguía durmiendo, porque no olía nada cocinándose, y mucho menos la madera rechinar ante sus movimientos.
Decidido a ayudarle lo más que podía, salió de la cama y bajó con cuidado las escaleras.
La madre de Denji se despertó un tiempo después, adolorida y con una pesadez en el cuerpo que le mantenía rígida bajo la cama.
Ella oyó la madera rechinar, mientras miraba el reloj en la pared.
Eran las nueve de la mañana, y ella bajó enseguida para hacer la comida y limpiar.
Cuando bajó las escaleras, miró a Denji barriendo el polvo, tal y como ella solía hacerlo.
Le observó recoger la basura y depositarla en una pequeña bolsa que había logrado alcanzar.
La madre no tenía palabras algunas.
Su hijo estaba limpiando cuando ella era la encargada de hacerlo.
Él le dirigió una sonrisa inocente, y con una voz llena de nerviosismo y pena, le habló.
—Me levanté temprano, y como te vi durmiendo, quise ayudarte a limpiar…
La madre miró el piso, mientras contemplaba la limpieza de su hijo.
Era obvio que no estaba tan reluciente como ella solía dejarlo, pero se notaba el esmero en intentarlo.
Se le formó un nudo en la garganta, mientras que las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos.
Denji se preocupó, creyendo que había hecho algo malo, pero miró una sonrisa formarse en el rostro de su madre.
—Denji…
Gracias.
La madre se acercó a él y le abrazó, acercándolo y dándole un beso en la frente.
Le regaló uno de esos besos que curan el alma, que te hacen querer sonreír y llorar al mismo tiempo por lo hermosos que son.
Le regaló un poco de eso que se llama amor, y que todos añoran.
Le regaló un poco de ella, porque veía en él un niño tan bueno como podía pedirle a dios.
—Bien Denji, ¡Vamos a limpiar y cocinar!
—Dijo ella, con una resplandeciente sonrisa, como si el dolor de los golpes hubiera abandonado su cuerpo.
—¡Vamos!
—Dijo Denji, entusiasmado, como si hubiera olvidado aquella escena de su madre siendo golpeada.
Era obvio que ninguno de los dos había olvidado nada de eso.
Los golpes y la quemadura seguían tan frescos en la piel de su madre, al igual que el recuerdo en la mente de Denji.
Lo único que les hizo sonreír era que sabían tenían al otro, y podían confiarse cualquier cosa.
Su madre vio en él un rayo de esperanza en un día perpetuamente nublado, y pensó que sería un regalo de Dios.
Denji aprendió a barrer correctamente, a trapear y fregar los platos.
Se apoyó de un banquito para llegar hasta la altura de su madre, y enseguida rieron.
Jugaron por la casa, con ella escondiéndose de él, y él escondiéndose de ella.
Jugaron a las traes, pero sin salir de su hogar.
No necesitaban hacerlo, porque todo lo que querían eran al otro.
La noche cayó, y cuando su padre llegó, todo volvió a repetirse.
Denji esta vez no se presentó, por petición de su madre.
Ella lo encerró en su habitación, colocando una cortina que tape el ventanal, dejándolo a oscuras y completamente dormido.
Pero cuando llegó la hora de la verdad, Denji lo miró todo.
Había asomado su cabeza por la barandilla de la escalera, cuidando de no hacer ruido.
Miró a su padre pegarle a su madre con la hebilla de su cinturón, causando estragos en su espalda y brazos.
Le miró patearla en diferentes partes del torso, preguntándose cuantas costillas rotas tendría su madre, y cómo era posible que pudiera jugar con él a pesar del dolor.
Denji observó todo, impotente, incapaz de hacer algo más que rogar porque todo acabase pronto.
Miró al cielo, implorando a Dios que acabase con el sufrimiento de su madre, que alguien detuviera a su padre y que, por lo que fuera, se los llevaran lo más lejos de aquí, donde su padre no pudiera hacerles daño.
Los días y las noches fueron los mismos, y con cada día que pasaba, Denji parecía menos alegre.
Su madre lo cuestionó, y cuando él reveló haber visto todo, ella no supo que decir o hacer.
Su rostro estaba lleno de incredulidad, ¿Denji lo había visto todo?
¿No había prometido jamás salir de su cuarto y hacerle caso?
Pasó el tiempo, y la rutina hizo que algo en Denji cambiara.
Pronto se rindió y dejó de pedir clemencia para su madre.
En su lugar, empezó a pedir que su padre no regresara nunca más a la casa.
Empezó a pedir que chocara, que se durmiera en otro lugar o que olvidase la dirección de su casa.
Empezó a pensar en cosas terribles, pero siempre buscando la seguridad de su madre y él.
Sin embargo, su padre era como el sol en la mañana.
Siempre salía.
Sin importar lo nublado o las expectativas sobre el clima, siempre aparecía.
De alguna manera, este ser abominable se las ingeniaba para aparecer en el mejor momento.
A veces llegaba temprano, porque sabía que Denji estaba despierto.
Su padre quería “Hacerlo hombre”, porque Denji era muy afeminado según él.
Denji limpiaba, aprendía a cocinar, se preocupaba por los estudios, leer y escribir Kanji, en lugar de pensar como él.
Denji era un niño que cumpliría pronto los cinco años, pero no pensaba como un futuro hombre.
Le faltaba una lección, decía su padre.
Un día de esos tantos en los que su madre resultó golpeada fue que ocurrió algo diferente.
Ella empezó a escupir sangre, mientras que su padre la dejaba tumbada.
Denji había aprendido a esconderse de su padre, asegurándose de no ser detectado por su ebrio progenitor.
Esta vez, sin embargo, ocurrió algo distinto.
Denji se acercó a su madre, quien estaba tirada en el suelo, sin moverse.
Le movió un poco, contemplando su respiración lenta y pesada.
Parecía dormida, probablemente debido a la paliza que su padre le propinó.
Tenía la boca con sangre, por lo que agarró un paño húmedo y se la limpió.
Colocó vendas cerca de sus labios partidos, porque esta vez su padre había dañado su rostro.
Pensó en las sospechas que levantaría en el mercado, porque ella siempre lucía impecable, incluso hermosa.
Su madre era la mujer más bella que jamás había visto.
Nunca había visto más mujeres, pero estaba seguro que nunca encontraría a alguien como su madre.
Alguien que se preocupara tanto por él, que se sacrificara por él, que velara por él antes que por sí misma.
No era como si a Denji le encantara esta idea, pero era la única forma de amor que comprendía.
Sacrificarse por el otro, poniendo su seguridad antes que la tuya, y velando porque esté bien antes que tú lo estés, era la única forma en que podía verse reflejado el cariño.
No hablaba del cariño que un simple “te quiero” podía ofrecer.
Hablaba del cariño, amor y confort que solo un ángel podía entregar a lo más preciado que tenía.
Denji la arropó, colocando una almohada suavemente bajo su cabeza.
Le besó la frente, tocando un poco su cabello y deseándole buenas noches a su madre.
Denji miró por última vez a la mujer que más amaba, que tantas risas y felicidades trajo a su mundo.
Le miró, y no supo por qué, pero un mal augurio se depositó en su atormentado corazón.
Durmió tan tarde que no supo lo que ocurrió.
Simplemente fue levantado porque oyó un carro arrancar.
Miró por el ventanal, y observó una camioneta alejarse de su casa.
Parecía de lujo, pero lo que más le consternó fue no oler la comida hecha, ni las maderas rechinando.
El sol estaba en su punto más álgido, supo que era medio día, entonces, ¿Por qué su madre no parecía estar en la casa?
Bajó las escaleras, llamándola, pero no oyó respuesta alguna.
Miró el lugar donde había dormido la noche anterior, y no miró nada, ni siquiera rastros de sangre.
La casa parecía hecha un desorden como el día anterior, cuando su padre atacó a su madre de manera tan brutal que no mostró compasión por la que alguna vez fue su amada.
Denji miró una carta, la cual tenía escrito su nombre y más Kanji.
Supuso que decía “Para Denji”, pero extrañamente, el otro Kanji identificable era de su madre.
No supo leerlo, y tampoco podía apoyarse de nada para hacerlo.
Al ver el desorden supuso que su madre no pudo hacer nada, por lo que empezó a limpiarla.
Barrió, tal y como ella le había enseñado a hacerlo.
Despacio, firme y asegurándose de no llevar el polvo de vuelta.
Recogió toda la basura y polvo en la casa, depositando los restos en una bolsa.
Comenzó a acomodar todo, tal y como su madre solía hacerlo.
Lo repitió de forma casi mecánica, como si hubiera grabado cada movimiento en sintonía.
Acercó un banco, comenzando a fregar los platos.
Observó la cantidad minúscula de agua bajar por el pequeño grifo, que estaba algo oxidado y descuidado, con la tarja más sucia que verías en tu vida.
La limpió, asegurándose de que los platos no fuesen contaminados por los restos del día anterior.
Puso a secar los platos, acomodándolos como su madre le encantaba colocarlos.
Secó todo, dejó los guantes en su lugar, y comenzó a mirar si había algo para comer.
No tenían nevera, y lo único frío que poseían en el lugar era el agua, que no era tan fría como en invierno.
Estaban en verano, entonces el calor estaba a la orden del día.
Su madre colocó recipientes con agua para que él los tuviera en cualquier momento, por lo que agarró uno y lo bebió.
Se sentó, comenzando a intentar leer los Kanji que su madre le había dejado escritos.
Sin su tutoría no logró mucho avance.
Hacía falta una maestra, una tutora o alguien que siquiera le pudiera facilitar la traducción de los mismos.
Abandonó la idea tras la frustración inicial, prometiendo estudiarlos después.
Miró en un costado, la foto colgada de su madre en su juventud.
Ella se había teñido el pelo de un tono púrpura oscuro, y sus ojos color miel parecían más brillantes.
Miró su sonrisa, tan radiante como la recordaba, y sonrió de igual manera, imitándola.
Pasaron las horas y Denji tenía hambre.
No había nada que comer, pero el hambre no fue superior a la extrañeza que causaba la ausencia de su madre.
Para este punto del día, que pronto anochecería, ya debían haber cenado.
Subió a su habitación, optando por dormir.
Probablemente salió por una urgencia, y se le había hecho tarde.
Denji se acercó y miró a las casas a través de la ventana.
Los miró, con luces encendidas, y suspiró.
Se acostó y durmió.
—¡DENJI!
—El grito estridente de su padre le despertó, y cuando oyó esa voz, bajó las escaleras de inmediato, con miedo.
—¿S-si Papá?
—Respondió Denji, nervioso.
—¡Denji!
—Dijo su padre, entrecerrando los ojos, con la carta de su madre en la mano—.
¿Sabes lo que es esto?
—¡No papá, pero parece tener mi nombre y el de mamá!
—Denji, mi chico…
—Dijo su padre, acercándose a él en un gesto solemne—.
Esta carta la ha dejado tu madre.
—¿Qué?
—Denji dio un paso atrás, consternado por la afirmación del padre y el miedo que generaba su proximidad.
—Tu madre, esa perra…
—Susurró con peligro su padre, y una furia ardiente creciendo en sus ojos—.
¡ESA PERRA NOS ABANDONÓ!
Los ojos de Denji se abrieron, y sus oídos tardaron en registrar correctamente las palabras de su padre.
Pareció confundido en un principio, pero conforme su mente aguda empezó a comprenderlo, su rostro se transformó en un ceño fruncido.
No creía lo que su padre decía, pero su padre al ver su rostro, comenzó a leer la carta.
—”Denji, mi amado y cariñoso Denji.
Eres un niño increíble, de gran corazón y con una fuerte convicción de ayudar.
Has sido mi mayor amor…
Hasta hace unos días.
Verás, Denji.
Hace unos días conocí a un hombre mejor que tu padre.
Un hombre que no me golpea, uno que me trata bien, uno que no me obliga a defenderte y salir lastimada.
Sé que es duro lo que te estoy diciendo, y te pido que me perdones, pero antes que eso, te pido comprendas lo que hice”.
Denji comenzó a abrir los ojos, mientras su padre entrecerraba la mirada, sin aliento a alcohol.
Estaba sobrio, muy sobrio.
Parecía más lucido que de costumbre, como si la revelación de su mujer pudiera haber despertado algo en su interior.
Parecía centrado, y más que rabioso, lucía como quien descubre que sus sospechas resultaron ser ciertas.
—”Denji, mi amado y cariñoso Denji.
Te pediré que te quedes con tu padre, que hagas todo lo que te dice, y por lo que más quieras, intentes llevarte bien con él.
Es un hombre que aunque tiene defectos y errores, sigue siendo tu padre.
Sé que no merezco me hagas caso debido a mi abandono, y que soy una terrible madre, pero sobre todo, una horrenda persona…
Pero Denji, estoy harta.
Estoy cansada de recibir palizas, estoy agotada de defenderte.
Quiero que hagas eso por mí, por tu madre, aunque sea una última vez.
¿Podrías hacer eso por mí, Cariño?.
Te ama tu madre.” Su padre había terminado de leer la carta, y la seriedad de su rostro pareció escalofriantemente serena.
Denji nunca había visto así a su padre, con tanta calma y enfoque.
Parecía un hombre diferente, muy cambiado.
Tenía la mirada fría, afilada, como un cazador observando a su presa con una capacidad analítica incapaz de ser replicada por cualquiera.
Se acercó y le abrazó, un abrazo frío y desprovisto de aquella calidez que su madre brindaba con una de sus sonrisas.
—No te preocupes Denji…
—Susurró su padre al oído, y el escalofrío que le recorrió la columna vertebral no tuvo antecedentes en su existencia—.
Yo me encargaré de cuidarte, de protegerte y enseñarte a partir de ahora.
Olvídala, ella ya no es tu madre.
A partir de ahora, lo único que tienes es a mí.
¿Entendido?
Denji no supo que responder.
Ni siquiera se animó a corresponder el abrazo.
Su padre miró el shock en su mirada, pero pareció comprensivo por primera vez.
Se separó de él, y con una seriedad algo más suavizada le habló con calma.
—Denji, ¿Qué quieres cenar?
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