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Denji (No) es un Niño - Denji is (Not) a Child - Capítulo 13

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  4. Capítulo 13 - 13 Yo puedo arreglar eso
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13: Yo puedo arreglar eso…

13: Yo puedo arreglar eso…

“Himeno está muerta”.

Esas fueron las 3 palabras que lograron romper a Denji.

Él miró a Power ser atendida junto a Aki, mientras Kobeni lloraba en la ambulancia, observando sus alrededores con pánico persistente.

Una mirada siempre se desviaba en su dirección, y Denji supo que ella le tenía miedo.

Había sido muy rudo, preguntando sobre su participación cuando, tras un segundo de pensamiento, entendió que ella misma fue atacada.

Fue un gran y masivo ataque hacia ellos.

¿Por qué?

¿Por qué los Yakuzas tomaron tanto tiempo en buscar venganza por lo que él les hizo?

¿Por qué atacar a Seguridad Pública?

Todas esas y más preguntas no tenían respuesta para Denji.

No tenía sentido atacar una sede gubernamental únicamente por el asesinato de un líder.

Los Yakuzas no eran idiotas.

Algo más estaba detrás de esto.

Los Yakuzas fueron peones, usando su sed de venganza para los planes de otro.

¿Pero quién?

—Denji…

—Una voz le habló, miró al lado y era una chica de Seguridad Pública, con cicatrices en el rostro—.

Lamento lo que le sucedió a tu escuadrón; sin embargo, la señorita Makima requiere que le digas lo que sucedió.

—Makima…

—Susurró Denji, su vista perdida entre los estragos de la batalla, los heridos y la propia compañera—.

Si, iré para allá…

—Lamento también lo de Himeno…

—Dijo ella, con total sinceridad y empatía—.

Pero espero y esté descansando en paz…

Donde quiera que esté.

La chica se dio la vuelta y se retiró, dejando a Denji solo.

Denji no supo qué hacer, a dónde ir, ni siquiera sabía si debía ir de inmediato.

¿Por qué ir?

¿No podían recibir el recado por él?

¿Por qué de repente todo se hacía cada vez más difícil?

Todo era más sencillo cuando comía basura y vivía con Pochita.

Todo era más fácil cuando era un niño.

Todo era más sencillo cuando su madre vivía.

Denji agarró un Taxi, diciendo la dirección de la oficina central.

Llegó, bajó del Taxi y observó la central de Seguridad Pública.

La contempló, tan grande, robusta e imponente.

Cada uno de los vidrios permitía ver a los oficinistas ahí adentro.

Miró a muchos hombres llevando papeles de aquí para allá.

La calle a sus espaldas estaba conglomerada.

A nadie le importó lo que le acababa de pasar a su escuadrón.

Nadie sabía lo mucho que sufría en estos momentos.

Se adentró y subió por el elevador, llegando hasta la oficina de Makima.

Cuando entró, tuvo que pintar una cara seria.

Era una ocasión que ameritaba una seriedad acorde.

No estaba en condiciones de aguantar ninguna estupidez, pero confiaba en que Makima le entendería.

Acababa de perder a Himeno.

Ella, en su total falsedad, debía dignarse a mostrarle paciencia.

Se lo debía, porque le había arrastrado hasta este lugar.

No a Seguridad Pública; le arrastró a la posibilidad de aferrarse a personas dentro de un entorno que te los arrebata.

—Denji…

—Dijo ella, seria—.

Me alegra verte bien…

Salvo por tu ropa.

—La camisa es lo de menos…

Mi escuadrón…

—Lo sé…

Me enteré, me lo dijeron todo —dijo ella, haciendo que Denji frunciera el ceño—.

Pero necesito que me describas el rostro de los importantes responsables.

—Bien, también reuní un poco más de información…

—Dijo Denji, describiendo a los dos individuos que comandaron la operación.

Denji se la pasó describiendo, dibujando con tosca habilidad, y Makima le prestó toda su atención.

Los ojos de ambos jamás se desconectaron mientras hablaban.

Cuando Denji dibujaba, constantemente le miraba.

Makima lo supuso, teniendo que esconder su sonrisa.

—Está en estado de alerta constante…

El acto de mirar a alguien a los ojos es una forma de intimidación o comunicación activa.

Pero en él es diferente.

Implica hacerle saber al otro que le está observando, vigilando…

Denji, eres tan predecible y poco entendedor, que me resulta graciosa tu audacia de venir conmigo, fingiendo seriedad cuando, en el fondo de ti, un niño llora por dejar salir el llanto que has contenido por años —pensó Makima.

—Y bien, eso sería todo…

—Denji devolvió las hojas de dibujo, bastante claras para la habilidad cutre de Denji.

—Entonces me dices que la chica se llama Himawari, y el hombre tenía al demonio de los Machetes…

—Dijo Makima, asintiendo.

—La chica tenía el pelo castaño y ojos azules, mientras que el tipo era rubio, afeitado y vestía traje blanco —dijo Denji, serio.

—Entendido.

Me encargaré de que les investiguen.

—Entonces me paso a retirar —Denji se paró, a punto de irse.

—Espera, Denji…

—¿Sucede algo más?

—Preguntó Denji, irritado pero disimulando esto con cansancio.

—Tú y tu equipo tendrán dos semanas de descanso.

Tras eso, Power y tú serán entrenados por alguien especial.

—Gracias, señorita Makima —Denji sonrió un poco—.

Entonces me retiraré.

—Adelante Denji.

Mejórate.

Le mandaré flores a Aki y Power.

Asegúrate de recibirlas por ellos y dárselas personalmente.

Valdrán más si vienen de ti que de mí —Makima sonrió cálidamente, mientras Denji asentía y se iba.

Denji caminaba por las calles.

Estaba por anochecer, y Denji miró a algunos colegiales saliendo de clases.

Supuso que eran clases tardías, porque eran cercanos a su edad.

Para Denji, ver a esta gente completamente felices, distraídos en sus propios asuntos, ajenos a los perturbadores horrores que acechaban la siguiente esquina era, viéndolo a través de la ventana que era su vida, un privilegio.

Recordó a aquella chica del café: Reze.

Esa chica debía estar entre la multitud.

Se comparó a ella, y supuso que estaba en peores situaciones que ella.

Mientras ella debía preocuparse por hacer su tarea, por llegar al trabajo, servir el café y postres, tropezarse y realizar más tarea…

Él estaba, por su parte, sufriendo porque acababa de perder a lo más cercano que tuvo a una amiga.

—¿Por qué de repente me comparo con ella?

Somos tan diferentes…

Incluso cuando me comparo con alguien como Aki, resulta que todos la tienen más fácil.

Aki puede curarse, su herida no era mortal.

Power se regenerará con sangre.

Kobeni solo seguirá llorando.

Pero Arai…

Ese hombre alto cuyo nombre apenas aprendí hoy, murió.

Fue como si haber descubierto su nombre activara una maldición en él.

Y Himeno…

Oh, Himeno…

—Pensó Denji, sus ojos dibujando una tristeza inmensa—.

¿Qué habrá sido de Himeno?

¿Dónde habrá terminado?

Si en este mundo hay un lugar al que ella merezca ir, ojalá y sea lo más lejos de Seguridad Pública.

Denji se detuvo frente al café, observando que aún estaba abierto.

Habían dos o tres clientes, todas femeninas.

Vestían ropa colegial, y reían junto a la camarera.

La miró más a detalle.

Era Reze.

Ella les servía bebidas y postres, mientras lo que parecían ser sus amigas se reían de lo que ella hablaban.

Todas reían, se veían tan felices.

Era una ironía tan cruel.

—Si, nunca seré como ellos…

Vamos Denji, acéptalo —Denji suspiró, a punto de marcharse, sin notar que una de las chicas lo notó mirándolas un tiempo.

—Oye Reze…

—Dijo una de ellas, de pelo castaño y rulos—.

¡Ese chico tan guapo nos quedó mirando!

—¡Es cierto!

—Dijo otra, de pelo rubio y lacio—.

¡Ese hermano mayor tan guapo nos miraba mucho!

—Vamos chicas, probablemente miraba a Reze —dijo su última amiga, con pelo rosado y broches de gato—.

¿No es así, Reze?

—¿Hermano mayor guapo?

—Dijo Reze, observando a Denji, quien se alejaba un poco, alcanzando a ver su mirada decaída—.

¿El rubio oxigenado?

¡¿SE LES HACE GUAPO ESE TIPO?!

—¡¿A TI NO?!

—Preguntaron las 3 al unísono, sorprendidas.

—¡ES UN TOTAL IMBÉCIL Y DESCARADO!

—Dijo Reze, con una vena en la frente—.

¡ME DIJO CHISMOSA!

Las chicas se taparon la boca, ofendidas.

Se miraron las unas a las otras, mientras entrecerraban los ojos.

Empezaron a maquinar la conversación de Reze y él en sus mentes, conectando los vagos puntos que ella les dio, armando un escenario ficticio y, para sus mentes adolescentes, verídico.

—¡GROSERO!

—Gritaron las cuatro al unísono, con fuego en sus ojos.

—¡ES UN TOTAL GROSERO, REZE!

—¡HICISTE BIEN EN RECHAZARLO!

—¡SI, APUESTO A QUE TE VEÍA PORQUE LO RECHAZASTE!

—¡SI, ES UN TOTAL GROS…

¡¿CÓMO QUE LO RECHACÉ?!

—¿No es por eso que te miraba mucho?

—Preguntó la rubia, alzando una ceja.

—¡¿ME ESTÁS DICIENDO QUE MI ESCENARIO MENTAL FICTICIO ES INCORRECTO?!

—Preguntó la peli rosa, dolida.

—¡REZE, QUÉ CRUEL ERES!

—Exclamó su amiga castaña —¡ESCUCHEN!

—Reze les silenció, con dos venas en su cien—.

¡Ese chico y yo solo hemos hablado una vez!

¡Nadie se le declaró a nadie!

—Miró a su amiga de broches peli rosa—.

¡Vayan eliminando sus escenas mentales!

—Pero entonces, ¿Por qué te miró mucho?

—Preguntó la castaña, con cara de regañada.

—No lo sé…

—Susurró Reze, observando a Denji alejarse—.

Me pregunto, ¿Qué le habrá sucedido para tener esa mirada?

Necesito saberlo —pensó Reze de último.

—Nunca podré ser igual a los demás…

—Denji pensó, caminando por la acera solitaria, contemplando a la gente en los restaurantes—.

Ellos pueden gozar de una cena sin temor a ser atacados; de salir sin la paranoia de sentirse observados.

Pueden descansar sin recuerdos, únicamente sueñan con pesadillas infortunas que les privan un sueño…

Yo, en donde sea que duerma, sea cama como ellos, el suelo como los vagabundos, los parques como nadie en el mundo; no importa donde caiga, nunca tendré la posibilidad de un sueño tranquilo.

Jamás podré ser como ellos, ni como Reze, ni como nadie.

Incluso los muertos descansan.

Himeno y Arai, deben estar descansando eternamente…

Yo por mi parte, debo seguir viviendo, seguir luchando, seguir sintiéndome miserable porque jamás podré tener una vida normal.

Jamás tendré novia, jamás tendré la posibilidad de vivir cómodamente.

Nunca me casaré ni tendré hijos.

No podré llegar a casa y abrazar a alguien que me espere.

No podré preguntarle cómo estuvo su día, saber que fue tranquilo y felicitarle por eso.

Yo, así como he vivido siempre, pasaré una vida repleta de fallos, errores y malentendidos.

Pasaré una vida mirándolos a todos como cuando era niño, y contemplaba el parque: a través de mi ventana.

Pasará el tiempo y moriré, sin haber apreciado siquiera por un momento lo que se siente ser una persona.

Pasará el momento de mi muerte, y mi único arrepentimiento habrá sido no poder ser un niño.

Denji se sentó en la banca de un parque, mirando la luna.

Contempló, con sus ojos vidriosos, como era su lento e imperceptible movimiento.

Miró la figura que se pintaba, y más que la de un conejo, pudo casi ver la silueta de la sonrisa que Himeno le ofreció.

Pudo imaginársela ahora mismo a su lado, sonriéndole de forma cínica y preguntándole si quería hacerlo, lo que opinaba de la vida o, en su momento más lúcido, ofrecerle una cerveza para acompañarla.

Juró Denji que, si ella aparecía en ese momento, sería capaz de aceptarle un trago y un cigarro.

Pero no apareció nadie.

No había nadie en ese parque más que la normalidad.

Gente paseando de aquí a allá.

Gente que paseaba al perro, a sus niños, jóvenes que jugaban mientras regresaban a casa y pasaban por el parque.

Algunos ancianos que platicaban entre sí.

Si algún anciano aparecería para aconsejarle sobre su vida, este era el momento.

Pero tal como sucedió durante el ataque de hoy, nadie apareció.

Su vida se había reducido a eso: Nadie aparece.

Ni cuando su madre era golpeada, ni cuando él mismo lo fue.

Siempre tuvo que ser él quien se encargara de acabar con todas las amenazas.

Quizás por eso era tan despiadado y eficaz en batalla, porque había aprendido que si él no podía, nadie lo haría por él.

Miró a la luna nuevamente, y una nube le había cubierto.

Era negra, supuso que llovería, pero probablemente también era el color de la nube.

Había fresco en el aire, una sensación agradable que contrastaba con la melancolía que le consumía el ser; fría e incómoda.

Habían pasos cerca, pero no volteó, pensando que era otra colegiala de camino a casa.

—Hola guapo…

—La voz melodiosa de una joven le llamó, y sabía que era él porque su ojo dirigió la mirada de inmediato al origen de la voz—.

Luces solo…

Miró primero sus zapatos escolares, luego las medias blancas que llegaban hasta debajo de la rodilla.

Pasó por su falda, que llegaba hasta la rodilla, de color verde con una línea blanca bordeando la falda inferior.

Subió, contemplando su camiseta blanca abotonada, de mangas cortas y unas líneas en las mangas.

Subió más, y contempló un nuevo accesorio en ella: un collarín con una argolla, como la de las granadas, en el lado derecho de su cuello.

Él subió más, primero observando aquella sonrisa divertida.

Una sonrisa que le habría detenido el corazón anteriormente, pero que ahora no podía sino darle igual.

No estaba en momento para ceder al encanto maternal que esta chica le brindaba.

Pero cuando miró su pelo y rostro, que lo único de diferente con su joven madre en aquella foto eran los ojos, que ahora eran verdes; Denji juró que si muriera, pediría que ella se lo llevase a donde fuera que Himeno estuviera descansando.

—¿Es así?

—Preguntó él, ante una Reze que asentía, cínica.

—Si, te miras solo…

—Ella se sentó a su lado, dándole un pequeño golpe en la cabeza, algo que logró nada, solo una mirada cansada de su parte—.

Yo puedo arreglar eso…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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