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Denji (No) es un Niño - Denji is (Not) a Child - Capítulo 19

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  4. Capítulo 19 - 19 Las dos mil y una muertes
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19: Las dos mil y una muertes 19: Las dos mil y una muertes Era la noche, y habían estrellas en el cielo.

El espacio lograba verse claro desde el cementerio, cuyas tumbas fueron profanadas una y otra vez por el mismo hombre.

En esa última lápida, la del centro, estaba enterrado lo que quedaba de Denji.

El cuchillo que usó para arrebatarse la vida descansaba cerca de la tierra que cubría el ataúd, sapiente que lo necesitaría para después.

Abrió los ojos, y lo que le recibió fue oscuridad.

La desesperación que experimentó la primera vez había desaparecido.

El proceso fue lento, angustioso y agotador.

Sus uñas se rompieron, astillaron, cayeron y crecieron incontables veces.

En todas ellas, la tierra siempre les acompañó.

La mugre había sido su primer confidente, porque le miró retorcerse en miedo y desesperación, pero no le reprochó ni maldijo por ser humano.

Denji escarbó, sintiendo sus uñas volver a caerse.

Este proceso se había repetido tantas veces que dejó de dolerle.

Sus nervios aprendieron que no significaba nada sentir este pequeño dolor.

Perder uñas no se comparaba a la posibilidad de perderse en la oscuridad; a perderse en el subsuelo, en ese lugar purgatorio entre la tierra e infierno.

Denji aprendió, con cada muerte y resurrección, que la muerte era parte de sí mismo.

—Yo maté a papá…

No lo maté porque me cayera mal, porque lo odiara o porque odiaba su forma de ser…

—Denji miró la madera romperse, dando paso a la tierra negra—.

Lo maté porque quería ser libre.

Lo maté porque había cometido algo terrible: Matar a mamá.

Yo…

Yo maté a mi padre porque en el fondo, necesitaba una razón, hasta la más oscura, para decirme que mi vida valía lo suficiente como para pelear por ella.

Unas manos emergieron de la tierra, abriéndose paso hasta la superficie.

De aquella tumba emergió Denji, con los ojos abiertos.

La tierra se filtró en sus ojos, pero no parpadeó.

Ya no había sensibilidad en ellos.

Cualquier cosa que obstaculice su visión del cosmos no era nada.

Miró allí arriba, donde sabía que estaba su madre.

Contempló la vía láctea, las miles de galaxias y nebulosas lejanas, pintando un patrón colorido y repleto de blancos azules y bermellones destellantes.

—Ah, la luna…

—Denji pensó nuevamente, sonriendo, contemplando a la luna mientras su espalda se encorvaba hacia atrás y estiraba, tronando su columna y reconfortando el tiempo que pasó acostado—.

La luna es realmente fascinante…

Himeno, ¿Lo estás viendo?

¡Finalmente estoy listo para hacerlo!

¡Himeno!

¡Yo quiero hacerlo!

Denji agarró el cuchillo en su mano, con una maestría y destreza tal, que dejaría en ridículo a cualquier chef.

Sintió el mango como un dedo extra, y el filo como otra mano en sí misma.

Este pequeño cuchillo se volvió una extensión de él.

Usaría este mismo cuchillo con el que se dio muerte por dos mil veces, para poder acabar con el tipo que los emboscó.

—Oh si, Katana Man…

Watari…

—Denji se rio por lo bajo, grave y apenas audible, pero suficientemente oscuro para hacer que hasta el viento tenga miedo—.

Voy a matarlos…

—Cuarta división reportándose —Aki dijo, mientras miraba a Power, a Kobeni y esperando que Denji llegue.

—Bien chicos, hay detalles de una nueva misión.

Se ha estado investigando a los responsables del ataque a su división, y no nos ha tomado mucho llegar hasta ellos —dijo Makima, sonriente, entregando papeles a cada uno de los miembros—.

Sé que es duro, pero ustedes formarán parte de esta operación.

Tendrán compañeros nuevos que participarán, todos ellos son poseídos…

—Entendido —dijo Aki, severo.

—A propósito, ¿Y Denji?

—Preguntó Makima, notando la ausencia del rubio.

—Denji está…

—Power habló, pero la puerta fue abierta de una patada, mientras el alboroto del pasillo entraba por la puerta.

—¡Denji está aquí!

—Denji entró, con una sonrisa extraña.

Cuando voltearon a verlo, a Kobeni casi le da un infarto.

Denji lucía una mirada más afilada, una sonrisa extrañamente depredadora y salvaje, misma que contrastaba con su actitud juguetona y estúpida que traía.

Se acercó, y todos miraron las manchas de suciedad en su ropa, las de sangre en su camisa y, por supuesto, sus uñas repletas de mugre.

—¡¿Denji?!

—Preguntó Aki, nervioso y preocupado.

—Hola, piña —le devolvió el saludo Denji, con la actitud de siempre.

—Denji, ¿Te encuentras bien?

—Preguntó Makima, alzando una ceja—.

Pareces muy emocionado.

—Lo estoy…

—Dijo Denji, con una voz divertida—.

Vine tan rápido salí del cementerio en el que entrenaba.

Disculpe mi imagen, pero la verdad no podía bañarme de camino a aquí…

—No te preocupes.

Al menos sigues entrenando…

Ten —Makima le entregó sus propios papeles, mientras Denji alzaba una ceja—.

Es el reporte de su próxima misión.

Descansa bien.

Será mañana, tendrán nuevos miembros y, por supuesto, encárguense de hacer bien las cosas.

—¡Entendido!

—Todos asintieron al unísono, retirándose de la oficina de Makima.

Makima se quedó sola, suspirando.

Miró su café caliente, agarrándolo y tomando un sorbo.

Observó el cielo, especialmente a la luna.

Sonrió de forma suave, apreciando la belleza plateada que era su existencia.

—Suicidarse dos mil veces…

Vaya Kishibe, te has superado a ti misma —dijo Makima, mientras Kishibe salía de entre las sombras.

—Así que nos estuviste viendo —dijo Kishibe, bebiendo.

—Tengo ojos y oídos en todas partes —Makima comentó, sin prestar mucha atención—.

Y dime, ¿Por qué este método de entrenamiento?

¿Hay algo a lo que deba prestar mayor atención?

¿O es solo tu forma de medir su locura?

—Es una forma de hacerlo duro.

Sé que tú sabes de él.

No me hables como si también fuera parte de tu juego —Kishibe se oía estoico, bastante tranquilo.

—¿Sabes cuántas lenguas he cortado por hablarme con un cuarto de tu audacia?

—Preguntó Makima, sonriendo suavemente y sin obtener resultados en Kishibe.

—No creo que te hayas encontrado una lengua como la mía…

—Nunca me he encontrado a nadie como tú —Makima confesó, suspirando de cansancio—.

Es bastante difícil hacerte entrar en crisis o pánico.

Eres un total psicópata…

—Gracias —aceptó Kishibe el halago, dirigiéndose a la puerta.

—¿Intentas hacerlo invulnerable para mí?

—Preguntó Makima, deteniendo a Kishibe en seco en la puerta.

—¿Hace falta siquiera que responde a esa pregunta?

—Solo quiero saberlo.

Me sería duro de aceptar que mi cazador más fuerte me intenta traicionar —Makima dijo, de forma siempre controlada.

—No soy tu cazador.

Ni siquiera soy tuyo.

Mi voluntad está en lo que mi corazón decida —dijo Kishibe, a punto de salir.

—¿Y qué te dice tu corazón?

—Preguntó Makima, girándose para ver a Kishibe salir por la puerta.

—Que ese niño merece ser feliz.

—¿Y por qué arrebatarle todo rastro de humanidad entonces?

—Preguntó Makima, mientras Kishibe le dirigía una última mirada, a punto de cerrar la puerta y marcharse.

—Porque tú existes —Kishibe cerró con suavidad, marchándose a paso lento.

Makima sonrió un poco, tomando un sorbo de su café.

Miró los papeles en su escritorio, tomándolos y empezando a leer el expediente.

En ellos se hallaban fotos de Denji pequeño, de su madre, de su padre, de su adolescencia temprana, de él en los callejones junto a Pochita.

Fotos de Pochita, de Denji en el almacén durmiendo junto al perro anaranjado.

Fotos de él muriendo descuartizado en el almacén.

Durante su enfrentamiento con el demonio cuervo, eternidad, murciélago, sanguijuela, de sus entrenamientos con Kishibe.

—Existo porque soy necesaria…

—Susurró Makima, sonriendo mientras sostenía una foto de Denji y Reze en la banca de un parque, su sonrisa ampliándose un poco, algo que sería tierno se volvió inquietante.

Ella posó su cabeza sobre una de sus manos, con una expresión soñadora pero que, bajo nueva luz, parecía la de un depredador observando a su presa—.

Veamos, Kishibe…

¿Puede tu monstruo evitar enamorarse de otro?

¿Puede con el dolor de tener un corazón humano?

Makima enfocó sus ojos en el collarín de Reze, con su argolla.

Ella rio por lo bajo, sabiendo perfectamente toda la situación.

En otra carpeta habían fotos de Reze en el colegio, con sus amigas, en el club de natación, en la biblioteca, siendo mesera y sirviendo café a Denji; habían fotos de ella chocando en el parque junto a Denji, de su bicicleta rota, y a ella ruborizándose mientras miraba fijamente a Denji palmearle la cabeza.

—¿Puede tu oveja seguir vistiendo de lobo cuando mire el matadero con sus propios ojos?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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