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Denji (No) es un Niño - Denji is (Not) a Child - Capítulo 2

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  4. Capítulo 2 - 2 El Lobo
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2: El Lobo 2: El Lobo Han pasado dos días desde que Mamá se fue, y su ausencia de siente dentro de la casa.

Denji ha acogido el papel de cuidador del hogar, algo que antes parecía un acto de gracia se ha transformado en un ritual.

No obstante, todo aquello que hace le recuerda a Mamá.

Cuando piensa en ella, lo único que recuerda es la carta.

—Mamá…

¿Mamá se fue?

—Denji susurró mientras fregaba los platos—.

Pero eso no puede ser…

Ella me amaba.

¿No?

Denji dio muchas vueltas a lo recordado en la carta.

Realmente le amaba, incluso se había interpuesto entre su padre y él.

Denji, salvo por aquella patada de su padre, nunca fue realmente dañado físicamente.

Y sin embargo, aquel dolor que ahora se aglomeraba en su pecho parecía cada vez más enorme, como si a cada segundo que pasara fuera aumentando.

—Pero si mamá me amaba no se hubiera ido, ¿Verdad?

—Susurró el pequeño rubio—.

Pero entonces no me amaba de verdad, porque de haber sido así, jamás se hubiera ido— pensó Denji, consternado.

Una lucha interna tuvo lugar en Denji.

Recordaba que había limpiado a su madre, la cubrió con una manta e incluso le colocó una almohada bajo la cabeza.

Le besó la frente, tal y como ella le había hecho a él.

Le demostró todo el cariño que podía permitirse, le deseo buenas noche y se fue, como ella solía hacerlo.

—¿Realmente me amaba?

—Susurró, mirando el agua caer del grifo—.

No, no podía amarme.

Si me amaba se hubiera quedado.

Pero también estaba cansada, la entiendo, siempre recibía los golpes por mí…

Pero también ella hacía enojar a papá, entonces no todo era mi culpa.

Aunque, en gran parte también papá se enojaba por mi culpa.

Pero era culpa de mamá porque según él, ella me hacía menos hombre.

Pero no había de otra, porque si fuera más hombre, sería como él.

¿Quiero parecerme a papá?

¡No!…

Pero, ¿Quiero ser como mi mamá?

¿Quiero ser como alguien que me abandonó?

En la mente de Denji algo se empezaba a desquebrajar.

Había un choque de pensamientos tan distintos, tan radicalmente opuestos que parecían ocasionar estruendosos argumentos, relampagueando pros y contras, apoyando a uno de sus padres.

Había una lógica retorcida y fría ocupando su corazón, que se negaba a dejar de apoyar lo que sentía correcto.

Dejó de fregar los platos, yendo a ver la comida.

Estaba cocinando algo que su madre solía hacer, muy delicioso, que incluso su padre parecía contentarse.

Cuando ella lo hacía, él no le golpeaba, y por eso lo hizo.

Ahora que su madre no estaba, era su turno de ser golpeado.

Ya no había un escudo, ya no había un muro que dividía los puños de su padre de su cuerpo.

Era solo él contra su padre, es decir, él contra el mundo; es decir, estaba completa y dolorosamente solo.

El único acompañante que ahora poseía era el rechinar de los tablones de madera, el movimiento de los árboles en los alrededores, y la terrible sensación calurosa que el sol ocasionaba en la casa.

Las paredes que antes encerraban frío, ahora se transformaban en un horno de creciente temperatura.

Denji subió a su habitación, porque no tenía nada más por hacer.

La comida estaba hecha, su padre compró un frigorífico y estaba ocupado por cervezas, unos cuantos vegetales y algo de Tofu, porque la carne era bastante cara.

Denji recordaba que probó pocas veces la carne, acostumbrado al hueso y el colágeno dentro suyo.

Era como un perro, se sentía como uno, y no podía hacer nada más que contentarse.

Tal y como los perros, que no rezongan ni hacen ademán de estar asqueados por lo que les ofreces, Denji estaba prohibido en hacer algo diferente a ellos.

Miró por las escaleras, subió hasta su habitación y recorrió la cortina que tenía por puerta.

Se acercó a aquello que le traía un espectáculo todos los días desde que podía aprender a distinguir lo que observaba.

Allí en la lejanía, donde las demás casas estaban, miró a unos chicos un poco más grandes que él, quizás dos o tres años mayores.

Ellos jugaban, pateaban a la pelota, las traes, algunos otros se revolcaban en el pasto o en la arena del parque que estaba algo más alejado de su casa, pero que aún era visible si le prestabas la suficiente atención.

Ellos no podían verlo, porque el vidrio tenía una doble función: Puedes ver, pero ellos no a ti.

Vidrios de privacidad, buscando que el hogar tenga su interior misterioso.

No sabía que pensaban, no sabía cómo reían tanto, pero intentó imaginarlo.

No debería ser tan difícil pensar como un niño, al fin y al cabo, él era uno.

Pensó en la alegría que traía patear la pelota, en lo increíble que sería ir con ellos, hablar sobre lo que veían, preguntarles sobre la escuela y pedirles que sean sus amigos.

Se imaginó saliendo de la casa, al fin y al cabo su padre no estaba.

Luego pensó en la paliza que le pondría si se enteraba, porque algunos de los niños recordaría su casa tras habérsela mostrado, y definitivamente irían a buscarlo para jugar.

Cuando eso sucediera, y por dios que sucedería, estaría frito.

Se preguntó cuántas patadas aguantaría antes de escupir sangre como su madre.

Se preguntó si también estaría obligado a usar mangas largas para encubrir sus moretones, o si podría siquiera caminar al día siguiente, y el siguiente, y el siguiente a ese.

Se preguntó, si llegaba el caso de las palizas, que estaba seguro llegarían, ¿Cuánto le tomaría hartarse y marcharse como su madre?

¿Por qué no solo se marchaba?

Al fin y al cabo, no había nada por lo qué quedarse en esa casa.

Su madre le había abandonado, fugada con un hombre que no le pegaba.

¿Era ese su destino?

¿Irse y abandonar el hogar que su madre muchas veces cuidó?

¿Largarse y dejar los recuerdos, buenos y malos, encerrados tras la puerta que cubría el interior del exterior?

No podía hacer eso.

Denji no era como su madre.

Denji no tenía las agallas para largarse, porque no conocía el exterior.

Probablemente se perdería en el bosque o en la ciudad, y cuando eso sucediera, un demonio peor que su padre lo devoraría.

Se preguntó eso mismo, ¿Era mejor ser devorado por un demonio que seguir viviendo con su padre?

¿Cuál era la diferencia entre su padre y un demonio?

Todas esas preguntas rondaron por su mente, mientras miró el cielo nublarse y comenzar a llover.

Al ver eso, esperó que los niños corrieran a sus hogares.

Su madre solía hacer eso cuando regresaba de las compras.

Parecía desesperada por llegar a casa, porque si cogía un resfriado era difícil tratarlo.

No tenían dinero para medicamentos y menos para un hospital.

En Japón, la salud no era un derecho, sino un privilegio al que solo los que tenían una vida digna podían acceder.

Los marginados, pobres y más pobres, como él, estaban destinados a agachar la cabeza, asentir cuando decían que tenían derechos, y a sonreír cuando el gobierno daba caridad o despensas a las familias.

Recordaba la vez en que recibieron un apoyo del gobierno para que la casa se mire más linda.

Pintura, tablones y algunos marcos para fotos.

Recibieron comida, legumbres, unos cuantos huevos y carne.

Toda la carne se gastó ese día, porque comieron como si no hubiera un mañana, y porque se echaría a perder a falta del frigorífico que su padre recientemente había conseguido en descuento.

Su padre, pese a que trabajaba, nunca tenía dinero para ellos.

Si acaso para lo indispensable, que era la comida, algo de ropa y, por supuesto, pagar a medias los servicios básicos.

Lo único para lo que tenía dinero era para cerveza, dinero y mujeres.

Parecía que Denji sabía más de lo que parecía saber en un inicio.

Y parecía que se desviaba mucho del tema, divagando entre cosas, porque una cosa lleva a la otra y cuando regresa al primer punto, lo que pensó en un inicio se había esfumado.

Lo que no se esfumó fueron los niños, que seguían jugando bajo la lluvia.

Los miró, sin miedo a resfriarse, sin miedo a llegar sucios a casa.

Debían tener lavadoras, debían tener seguro médico y muchas medicinas al alcance.

Se preguntó por qué la lluvia les causaba tanta alegría y gracia.

Se cuestionó porque sacaban la lengua para saborearla, por qué se revolcaban en el barro bajo sus pies.

Se preguntó cómo se sentiría ser uno de ellos.

Cómo se sentiría el barro en la piel, cómo era que se sentía tener amigos.

Se preguntó, por una vez en su vida, ¿Cómo se sentiría ser un niño?

¿Qué sentirían los demás al tener juguetes, amigos e ir a la escuela?

Estaba seguro que no iría al colegio, porque su padre no tenía para pagar uniformes, útiles y camiones para que acudiera.

Hablando de su padre, ¿Qué estaría haciendo ahora?

No quiso saberlo.

Probablemente trabajando, probablemente ebrio o en proceso de.

En su lugar se preguntó cómo estaría su madre.

Si estaría feliz con su nueva vida, lejos de él, de su padre y esta casa.

Se preguntó cómo serían sus noches, si eran más tranquilas o si eran más dolorosas ya que no estaba cerca.

Por supuesto que eran más felices, porque ya no le pegaban.

Por supuesto que no eran dolorosas, porque no le extrañaba.

Le había abandonado, aprovechando que dormía para irse sin hacer ruido.

Esa camioneta debió ser su madre escapando con aquel hombre.

Lucía de lujo, por lo que no se molestó en pensarlo dos veces.

El hombre tenía dinero, así de simple.

Su madre era hermosa, como siempre, aprovechó eso para conseguir una mejor vida.

Su padre no era feo, y gracias a Dios Denji sacó lo mejor de ambos.

No obstante, parecía haber obtenido lo peor de dos mundos.

Era frágil y débil como su madre, pero ocasionalmente se miraba al espejo, y aquella mirada, aunque con los ojos de su madre, parecía ser cubierta por el pelo rubio de su padre.

Denji se alejó de la ventana, sabiendo que le hacía tanto mal como era posible el recordar su abandono.

Se acostó un rato, y cuando le entró hambre, bajó para comer un buen plato de estofado con Tofu y verduras.

Un ramen casero, sin fideos, únicamente con cierta masa que se asemejaba a la sensación gelatinosa de morderlos.

Denji comió solo, imaginando cualquier cosa menos a su madre.

Recordarla le traía malos recuerdos, porque se acordaba de su escape junto a alguien más, y no podía evitar llorar por aquello.

¿Merecía las lágrimas?

No, pero eran inevitables.

Cuando aquello que más amas se va, ¿Puedes evitar llorar por ello?

Cayó la noche, y parecía que la maldición de su madre se transfirió con él.

Su padre llegó ebrio de nuevo, y al probar la comida, que era tan buena como la de su madre, el padre enfureció.

Se paró de la mesa, le agarró del cabello y lo arrojó contra la pared, estrellándose de espaldas.

—¡Muy gracioso, ¿No?!

—El padre le pateó en el estómago, haciéndolo escupir—.

¡Cocinando comida de esa perra!

¡¿TE PARECE QUE QUIERO ACORDARME DE LA PERRA QUE ME ABANDONÓ?!

¡MOCOSO INCOLENTE!

Sintió que era levantado, tomado de su camisa que quedaría holgada en la parte del cuello.

Lo próximo que quedó holgado fueron sus piernas, que suspendido en el aire, fueron dañadas por un golpe seco de su padre, quien le dio un puñetazo en cada muslo.

Se retorció por el dolor, llorando ante la inquebrantable fuerza que su padre ejercía sobre él.

El dominio y control que un superior tenía sobre él era, en el mejor de los casos, doloroso.

Comenzó a pisotearle las piernas, brazos y estómago.

Dolía, mucho, como el infierno.

Si un demonio estuviera aquí, ¿Se apiadaría de él y lo devoraría?

Lo dudaba.

Su padre, al igual que ellos, no tenían corazón.

Incluso siendo un niño no parecía haber problema en acabarle de la peor de las maneras.

La golpiza se prolongó por diez minutos más, y cuando su padre finalmente se cansó, se marchó a dormir.

Denji se quedó ahí tirado, con saliva escurriendo de su boca a borbotones.

Había vomitado lo que cenó, y no le quedaba más bilis en el interior para vomitar.

Se paró lentamente, empezando a limpiar el vómito.

Lo sacó en una bolsa, y al mirar el estofado, sintió una sensación de repulsión.

El estofado de su madre fue el responsable de que le golpearan.

Pero era tan bueno, su padre solía elogiar a su madre por prepararlo.

Entonces, ¿Hizo mal en prepararlo?

¿Era porque le recordaba a ella?

¿Y qué culpa tenía él en todo esto?

No era como si hubieran más cosas para preparar, al fin y al cabo, su padre compró los ingredientes necesarios para preparar dicha comida.

Pero entonces pensó en que debería ingeniárselas para preparar otras cosas distintas a las que su madre solía hacer.

Su padre estaba tan dolido por el abandono como él…

O eso parecía, porque le atacó apenas recordó la comida de su madre.

¿Por qué no compraba una revista de cocina si quería que cocine otras cosas?

No había más tiempo de pensarlo.

Denji se sirvió otro plato de comida, que ya no sabía tan bueno como solía serlo, y lo comió, porque solo así recuperaría fuerzas para mañana.

—¡Denji, limpia la casa!

—Decía su padre, y él obedecía.

Denji se tardaba en limpiar, pero tras unas cuantas palizas más, aprendió que podía ser muy eficiente bajo presión.

Podía escuchar a su padre, y de inmediato algo se activaba en él, haciéndolo más veloz que de costumbre.

Al inicio estropeó las cosas, pero rápidamente aprendió a no hacerlo, y las palizas por la limpieza cesaron.

—¡Denji, arregla la casa!

—Gritaba su padre, y él obedecía, aunque con miedo.

Denji debía pintar la casa por fuera, usando rodillos y brochas para lograrlo.

A veces debía remachar los tablones de la casa, otras veces debía reemplazarlos, y siempre lo hacía él.

Su padre no le enseñó, fue a mera intuición, y resultó en golpes con el martillo en sus dedos gracias a su inexperiencia, otras veces resultó en tablazos en espalda y glúteos, haciéndolo agonizar ante el estremecimiento que ocasionaba la madera sorda contra su piel de infante.

Pero aprendió, logró hacerlo de manera eficiente, y pronto se volvió experto en hacer dichas labores básicas.

¡Denji, cocina algo!

—Demandaba su padre, y él lo hacía.

Aprendió más recetas al recibir un libro de cocina de su padre, que le decía cómo realizarlas.

El libro era básico, pero funcional para la demanda.

Su padre quedó contento con su habilidad para la cocina, destacando que ser un marica tenía sus ventajas, aunque tras eso le pegaba porque quería que fuera más masculino.

Irónicamente, su padre le pegaba por lo que le obligaba a hacer.

—¡Denji, tráeme una cerveza!

—Gritaba su padre, y él tenía que llevar dos; una para él y otra para su padre.

Su padre le obligó a beber, teniendo cumplidos 5 años.

Como era de esperarse, no fue al colegio.

Lo supuso, lo mentalizó y aún así, fue tan doloroso que lloró, y su padre le dio otro motivo para llorar “de verdad”.

Una paliza tal, que sintió como se revolvían sus tripas.

Parecía algo dañado en el interior, pero no fue nada grave porque le consiguió medicamentos a punto de caducar.

Odió la cerveza, odió a su padre con más fuerza, y empezó a creer que el escape era lo único que le quedaba.

Empezó a prestar atención a lo que su padre solía hacer al pegarle.

Cómo movía el puño, los pies y como se balanceaba por borracho.

Intentó pensarlo más detenidamente, pero no podía.

Era el dolor o el aprender, y no podía hacer ambas.

Su niño interior fue perdiendo fuerzas poco a poco, y dentro de él surgió algo más visceral, más inteligente, más analítico y centrado.

Cuando su padre le pedía algo, lo hacía de forma automatizada.

No hablaba, no desviaba la mirada, y poco a poco sus ojos perdían un brillo que solo los infantes poseen.

El padre lo notó, y empezó a ver en Denji un pequeño hombre en ascenso.

Le hizo fumar, le hizo beber, le hizo ver contenido erótico para hacerlo más conocedor a temprana edad.

Denji aprendía de su padre, pero estaba asqueado por lo que le hacía ver.

Nació en él una repulsión severa hacia cualquier cosa que este hombre disfrutara.

¿Cerveza?

Le asqueaba.

¿Cigarros?

Le molestaban.

¿Erotismo?

No podía evitar comparar a su madre con las mujeres ahí, algo nacido de que su padre constantemente la nombrara, destacando su trasero, sus pechos bien formados, sus exuberantes caderas y, por supuesto, su bello rostro.

Su padre se enojaba al recordarla, porque había perdido semejante mujer.

Su padre, al enojarse y mirarle a los ojos, se enojaba aún más.

Le pegaba, le propinaba una paliza que perdía fuerzas rápidamente.

Algo en él hacía clic, y se alejaba sin decir nada más.

No pasaban muchos golpes hasta que esa chispa se encendiera en él, y lo que parecía remordimiento se dibujaba en sus ojos, aunque por un breve instante.

No hacía nada por solucionarlo a la mañana siguiente, y en su lugar, fingía que nada había sucedido.

Denji pronto cumpliría 6 años, no sabía leer Kanji, no sabía escribir nada más que su nombre, el Kanji de “Madre”, y por obligación, aprendió a escribir “Padre”.

Esto lo hacía porque a su padre le encantaba que la Kétchup en su Omelett contuviera este Kanji.

No fue hasta que Denji pareció aprender la rutina, que algo nuevo surgió.

Cuando estaba a solas, sin su padre y observando la ventana, algo en él le motivaba a imaginar que jugaba con más gente.

Sus amigos imaginarios empezaron a asemejarse a los niños del parque.

Corría por su cuarto, imaginando que pateaba un balón, que recogía barro o que su cama era el arenal del parque.

Denji se reía, hablaba con ellos, pero tan pronto esa euforia terminaba, la realidad solía destrozarle el alma.

Estaba solo, aislado del mundo.

Jugaba solo, sus “amigos” no eran más que constructos de su mente en búsqueda de hacerlo sentir menos miserable.

Lo comprendió rápidamente, y estos amigos imaginarios pronto desaparecieron.

Su imaginación empezó a limitarse, porque no tenía mucho por imaginar.

Lo único que ocupaba espacio en su mente era la constante espiral de dolor, sufrimiento y agonía en el que su vida se encontraba.

Era infinita, o eso pensaba.

¿Cómo podría acabar esto?

Creía que la única salida era escapar, pero cuando supo que las puertas tenían llave, y que las ventanas no eran corredizas, este sueño de fuga se esfumó.

Otra idea empezó a surgir en su mente.

Una retorcida y cruel idea nació de su deseo porque todo acabase.

No había otra manera de interpretarla que no fuera el mayor acto de misericordia hacia uno mismo.

Pero, ¿Denji podía hacerlo?

¿Era suficientemente valiente para lograrlo?

¿Realmente creía que podría tomar el cuchillo y encajarlo en su cuello?

Denji no pudo.

Cumplió 6 años, y con ello, el sufrimiento pareció aumentar.

Se parecía mucho a su madre, porque su rostro era muy hermoso, de facciones delicadas y ojos hermosos.

Esto irritaba a su padre, quien siempre le dirigía una extraña mirada.

No había razón, salvo los pensamientos del hombre.

Denji sabía que ocultaba algo, y entró la duda.

¿Su madre realmente le abandonó?

Empezó a pensarlo cada vez más, y resultaba muy extraño.

Su madre, la que tanto le había defendido, que muchas veces veló por él, que nunca le puso una mano encima, que incluso se interpuso entre su padre y él, ¿Ella le abandonó por otro hombre?

Era más creíble que se hubiera fugado con él, porque realmente le amaba.

Dejaba el corazón, cuerpo y alma por él.

Comida que le gustara a Denji, era comida que se prepararía, incluso si a su marido no le gustara y eso concluyera en una paliza.

La carta, una carta que le pedía hiciera caso a lo que su padre dijera.

Una carta donde decía que no merecía su perdón o que le hiciera caso, donde afirmaba haberse fugado con otro hombre.

No solo eso, sino que estaba dejado cerca de donde ella se quedó dormida la noche anterior.

Su padre sabía que no podía leer Kanji, entonces pudo decir lo que quisiera y no podría saber si la carta decía eso.

Miró la carta, que había guardado por una ocasión especial.

La colocó donde sabía que la vería su padre, que estaba seguro regresaría tan ebrio como de costumbre.

Algo dentro de él proponía un plan, bastante creativo.

“Coloca la carta donde pueda verlo, en la mesa, por ejemplo.

Cuando estén cenando pregúntale por la carta.

Se enojará pero no te hará daño.

Estará tan ebrio que dirá la verdad”.

Una voz en su interior le dijo eso.

No era un demonio, mucho menos estaba quedando loco.

Esa parte de sí mismo, esa parte de él que creció bajo la tutela de su padre, que experimentó en carne propia las sesiones de palizas constantes, que aprendió a trabajar bajo presión y a no cometer errores, a planificar antes, durante y después de las labores, que se encargaba de tomar el control cuando era hora de realizar las labores del hogar.

Esa parte de sí, esa parte de su propia personalidad que reprimía la parte más amable, dulce, tierna, débil y vulnerable, era la que empezaba a hablarle.

Más que una voz, era un pensamiento, que parecía provenir de su mente.

Un pensamiento tan lógico y frío que no podía pertenecer a otro que no fuera él mismo.

Esta parte de sí que tenía mucho en común con su padre, esta que no era un perro, sino algo más, era la que empezaba a dominarle en momentos donde la frialdad, el pensamiento crítico y el análisis situacional exigían la más rigurosa capacidad de acción.

Aquella mirada fría, desprovista del brillo que poseen los niños, y de la inocencia que poseía mientras su madre aún limpiaba la casa, desapareció.

Algo tomó el control de Denji, y era él mismo, pero al mismo tiempo, ¿Era realmente él?

Era consciente, sabía que hacía algo muy distante de su personalidad anterior, de su amabilidad y decencia comunes, pero que no podía evitar hacer.

No pensó más en eso.

Sabía que esta parte de sí no era mala, y en su lugar, buscaba ayudarle.

Era su propia capacidad de responder a las situaciones críticas tomando el control de su cerebro.

No era como si su parte amable hubiera desaparecido, pero quedaba dormida ante la necesidad de tomar las riendas de la situación.

Llegó la noche, y Denji se mantuvo firme en todo momento.

Profundizó en aquel sentimiento que le ocasionaba portarse así.

Lo abrazó, se ciñó a este, se moldeó y permitió ser moldeado.

Se volvió otro, otro él, otro Yo.

El Yo, el Denji que es, se escondió bajo esa nueva piel.

Algo pasó esa noche, y es que la luna se escondió entre grises nebulosas.

No había luna, había desaparecido.

—¡DENJI!

—El grito de su padre lo trajo a la realidad, y cuando bajó las escaleras con ese movimiento mecánico, su padre pareció contento—.

¡Denji, mi chico!

¡Sírvele de comer a tu viejo!

La jovialidad con la que su padre empezaba a tratarlo comenzó a resultarle repulsiva.

Caminó, hizo lo pedido y no produjo ruido alguno.

No había luna, el cielo estaba brumoso del negro más negro, y no podía discernir entre la hora.

Prestó atención a su padre, quien prestó atención a la mesa, más específicamente, al sobre que había dejado.

—¿Y esto qué podría ser, Denji?

—Miró a Denji con una sonrisa ebria, luego abrió el sobre y al ver la carta de su esposa, su humor se agrió—.

Denji…

—Padre.

—Denji, ¿Esto qué significa?

—Preguntó su padre, alzando la carta sobre su rostro, mirando fijamente a su hijo.

—¿Qué cree usted que podría significar?

Padre —su respuesta le tomó desprevenido, visiblemente sorprendido ante el gallardo comportamiento del pequeño rubio.

—¿Quieres recordar por qué te abandonó tu madre?

Creí haber sido claro cuando…

—Dime la verdad —Denji le interrumpió, y con ello, su sonrisa se desvaneció—.

Ese día, cuando madre desapareció…

¿Realmente nos abandonó?

—Denji, te he estado protegiendo de lo que esa mujer te hizo.

He intentado borrar todo rastro de ella en ti —dijo su padre, su ebriedad contrastando con la frialdad de su voz—.

Pero pese a todos mis intentos, y pese a que ahora miro en ti una copia perfecta de mí…

Los ojos de esa perra siguen adornando tu rostro.

Dime Denji, ¿Es que acaso no quieres…

—Quiero la verdad —dijo Denji, un escalofriante frío en su voz, peor que el de su padre—.

Esa noche, cuando pateaste a madre en el estómago, cuando ella agonizó…

¿Qué sucedió?

—Mmm, me preguntas qué sucedió, ¿Realmente estás seguro de querer saberlo?

—Preguntó su padre, por primera vez ofreciendo misericordia a Denji—.

Escucha Denji, no creo que quieras saberlo.

Esa es una puerta que estoy seguro no querrás abrir.

Hay cosas que están mejor escondidas.

—Como el cuerpo de mamá —respondió él, congelando a su padre—.

Has dicho suficiente.

Esa noche, después de que arropé a mamá, besé su frente y me acosté a dormir…

Ella murió.

¿No es así?

—Denji…

—Todas esas veces en que me has mirado con una extrañeza, con rareza, es porque mirabas el recuerdo de su cuerpo muerto en mí.

¿No?

—Eres demasiado inteligente, Denji.

No me cabe duda de que eres mi hijo —dijo su padre, serio.

—¿Cómo pudiste simplemente llevarte su cuerpo?

—Denji, ¿Crees que tu madre era un ángel?

¿Crees que era una santa?

¿Una mujer hecha y derecha?

¿Crees que la visión que tienes de ella es una realidad imbatible?

—¿Y estoy mal?

—Preguntó Denji, una cara desprovista de emociones adornando su rostro.

—No.

No lo estás.

Tu madre, al igual que el tú de hace un tiempo, era tan pura, inocente y amable como podría ser.

Una estúpida, débil en su misericordia ante todos.

Pudo haberte llevado lejos, porque siempre tuvo la oportunidad de escapar.

Siempre esperé que lo hiciera, pero como no lo logró…

—La mataste.

—No fue a propósito.

Su debilidad no le permitió seguir viviendo.

Este mundo es de los fuertes, Denji.

Quien tiene poder lo tiene todo.

Incluso yo no soy tan fuerte.

Pero tú, tú podrías…

—No me interesa.

Es lo único que quería saber —dijo Denji, mirando a su padre con una incapacidad para demostrar algo.

—Denji, ¿Y qué harás sabiendo esto?

—Quien sabe.

No creo hacer nada.

Estoy encerrado aquí, dime, ¿Podría hacer algo?

Podrías matarme como a ella…

—Y eso haré.

Mataré lo que resta de ella en ti.

Voy a encargarme de borrar todo rastro suyo en tu ser.

Empezando por esto —tras eso, su padre se abalanzó hacia él.

No tuvo tiempo de hacer nada, por su incapacidad de reaccionar a la velocidad de su padre.

Usando la cuchara en su sopa le sacó el ojo derecho.

El grito de Denji fue algo sumamente inesperado.

No duró mucho, no le dio ese placer a su padre, quien tras ver lo que hizo, se retiró, tomando más cerveza.

Denji miró su ojo ser aplastado por su padre, mientras lloraba en silencio, derramando sangre y con un dolor insoportable en su ser.

Se aproximó a la cocina, usando un trapo para contener la hemorragia.

Tras un tiempo cesó, usando su conocimiento de anteriores lesiones para idear un plan, que apoyado de lógica, funcionó y detuvo el desangre.

Denji miró al suelo, en shock.

Se permitió sentir toda la verdad por un momento, y la cotidianidad en todo lo que acababa de suceder reveló algo aterrador: Denji no sintió la pesadez que debería haber sentido.

Era como si supiera lo que pasaría, no por poderes o semejantes, sino poque conocía a su padre.

Su madre, la mujer que más amaba realmente le amó con todo su ser, hasta su último aliento.

Ella realmente dio su vida por la suya, y hasta el último de sus momentos veló por él.

Esa camioneta no era de nadie más que aquellos para los que su padre trabajaba, o alguien más.

Lo que sucedió con el cuerpo de su madre ya no importaba.

Importaba lo que sucedería con el de su padre.

Miró en la cocina, e identificó las cortinas viejas y maltratadas que se escondían dentro de un cuarto.

Supo lo que debía hacer, y algo dentro suyo, lo mismo que le permitió mantener el control durante la conversación con su padre, le susurró que lo hiciera.

Se acercó, unió los pedazos de tela, enrollando la tela entre intrincados amarres.

Las volvió una soga improvisada, y con la unión de varias telas, se volvió tan resistente como una de verdad.

Las unió por amarres, y tras eso, se aproximó a su padre.

Su padre estaba dormido, realizar su soga le tomó más tiempo del debido, producto de su parcial ceguera e incoordinación ante la nueva condición que viviría de ahora en adelante.

Hizo un amarre simple pero efectivo, dejando un espacio suficiente para que su padre descanse el cuello en él.

Amarró el otro extremo a las barandillas de las escaleras, asegurándose de sostenerse de las más fuertes y resistentes.

Su padre, anestesiado por el alcohol, no sintió cuando su cuello fue envuelto entre la nueva soga.

Lo único que sintió fue el arrastre hacia las escaleras, y lo que parecía ser una caída inminente ante la acción de Denji.

Denji rompió unas barandillas con ayuda de patadas, apoyado porque la madera estaba podrida.

Cuando su padre despertó, miró al único ojo de Denji.

Denji, con una intensidad extrañamente planificada, le empujó.

Miró a su padre intentar detenerlo, pero fue en vano.

Denji lo observó caer, a unos centímetros del suelo, sostenido del cuello por la soga.

Lo observó, le miró retorcerse por sostenerse y no morir asfixiado, pero fue en vano.

Contempló los ojos de su padre perder el brillo de la vida, y cuando finalmente quedó morado e inerte, Denji no sintió nada.

Algo dentro suyo se había roto, ya no era tan diferente de su padre, o quizás era peor, porque no sintió el más mínimo remordimiento tras haber acabado con la vida de este hombre, que acabó con la vida de su madre.

Denji supuso que era por esto mismo.

Si no hubiera acabado con su madre, podría haberle temido por más tiempo; no obstante, fue un efecto bola de nieve, un dominó que culminó en esto.

Si su padre no hubiera acabado con su madre, él no hubiera acabado con él, no se hubiera quedado huérfano, y en definitiva, no se hubiera vuelto lo único que está más allá de un perro, pero que no es un Monstruo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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