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Denji (No) es un Niño - Denji is (Not) a Child - Capítulo 3

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Capítulo 3: El Perro

Denji miraba la tumba de su padre, sin ninguna emoción. No procesó nada, lo único que contemplaba era la cruz donde descansaba ese hombre. A su lado, la misma camioneta que miró marchar cuando su madre falleció. Eran Yakuzas, y sabía lo que querían. Querían el dinero que su padre les debía, porque claro, el tipo pidió muchos préstamos para los juegos de Azar, alcohol y cualquier otra cosa relacionada a ese mundo delictivo.

—Mocoso, tiene que conseguir setecientos grandes para mañana. Si no lo haces, haremos lo que tu padre a tu madre, y como con ella, tus órganos se venderán.

Denji prestó atención a tal detalle. Su padre vendió los órganos de su madre, no solo la mató sino que usó su cuerpo para generar dinero. Pudo haberlo enviado al colegio, haberse marchado, y en su lugar eligió seguirle atormentando. Asintió a los Yakuza, se marcharon y le dejaron con un peso encima que no estaba seguro de poder cargar.

Escuchó el pasto detrás suyo moverse, giró de inmediato, cerrando su puño y listo para pelear. Aquella mirada afilada y algo desesperada surgió en él. No era tan experimentado aún, pero estaba dispuesto a pelear. Lo que contempló le congeló. Un demonio, un perro anaranjado con una motosierra saliendo de su frente, de aspecto tierno y, sin embargo, cansado.

Le oyó ladrar, y al ver a un demonio por primera vez, creyó que era un castigo por haber asesinado a su padre. Oh si, lo recordaba con lujo de detalle. Tan pronto como lo recordó, una sensación de incomodidad surgió en él, pero era necesario. Era libre, a medias, porque debía conseguir dinero si quería seguir vivo. Pensó en eso, y prefirió bajar los puños, porque aquella parte nueva de sí mismo le susurró que era mejor morir que seguir viviendo bajo órdenes, con la promesa de morir si no lograba algo que claramente no podía lograr.

—Bien… Mátame —dijo Denji, bajando los puños, cerrando los ojos y esperando a ser brutalmente devorado por aquel demonio perro.

Esperó por unos largos segundos que parecían horas, pero la sensación de mordedura o desgarro nunca llegó. En su lugar, escuchó algo caer al pasto. Abrió los ojos de inmediato, con una precaución propia de un veterano de guerra. Miró al perro caer de costado, y observó su estómago herido por lo que parecía una bala.

Lo observó, y pensó en que fácilmente podría matarlo, venderlo y con ello pagar lo que debía. ¿Sería suficiente? ¿Qué sucedería después? ¿Y si mañana pedían más dinero? ¿Cómo pagaría el dinero? ¿Podría matar a otro Demonio? Esa y más preguntas recorrieron su mente. Miró al perro, y en sus ojos observó aquel cansancio que tantas veces contempló en sí mismo.

Este perro tampoco quería seguir viviendo. Ser cazado, constantemente en peligro y con la incertidumbre de si mañana podría seguir respirando. ¿No era acaso lo mismo que sentía Denji? Sin su padre, ahora los Yakuza serían sus verdugos y captores.

El perro le miró de vuelta, y con esa mirada bastó para comprenderlo todo. Este pobre niño también había pasado por mucho. Un ojo cerrado, posiblemente lo perdió en alguna pelea o situación. Los hombres que habían abandonado este lugar olían a maldad, y este niño tenía rastros de ella en sus cicatrices apenas escondidas.

No tenía ganas de matarlo, ni el niño poseía las ganas de seguir viviendo. Todo lo que veía en sí mismo, como las desganas de seguir adelante, se habían visto reflejadas de sobre manera en este infante humano.

—Tú también estas cansado, ¿Verdad? —Susurró Denji, mirando con comprensión al pequeño perro—. Si no consigo dinero, me matarán… Si yo te dejo aquí, podrían matarte los Cazadores de Demonios, u otro Demonio podría devorarte. Supongo que incluso si queremos, estamos jodidos.

El perro pareció asentir, y esto le hizo comprender que su resolución era tan absoluta como que mañana morirían. Denji pensó en que este perro era un Demonio, y él necesitaba dinero. Quizás, tan solo quizás, podría sacarle provecho. Se acercó con cuidado, y cuando el perro cerró los ojos para recibir el golpe de gracia, sintió que en su boca era colocado algo blanco.

—Ten, bebe de mi sangre —habló Denji, con algo de dolor tras ser mordido y mirar al perro beber su sangre—. Pero esto no es gratis. Yo te daré sangre, y a cambio, tú vas a ser mi arma. Me hace falta dinero, a ti comida, y a los dos nos preocupa el mañana. En el fondo, no queremos morir. Este es un pacto, ¿Me entendiste?

El perro se recompuso, lo miró con desconfianza, pero obedeció. Se dejó agarrar como una motosierra, y tras comprender el funcionamiento, Denji partió hacia el bosque. Pronto encontró un pequeño demonio, con cuerpo de tallos de hojas y sin apenas poder. Era fácil, pero lo analizó más a detalle. Denji miró que habían enredaderas cerca suyo, pero respondían ante lo que el demonio veía.

Denji ideó un plan de inmediato. Aquella mirada fría relució en él, miró a los alrededores y agarró piedras, más grandes unas que otras. Las juntó, y aprovechando que su altura era menor que los matorrales, corrió alrededor, lanzando piedras al azar. El demonio hoja miró hacia las piedras, atacándolas sin pensar. Al ver que venían de varias direcciones hizo que sus enredaderas se dividieran, alejándose de sí.

Denji miró esto como una oportunidad, saltó hacia el demonio, y cuando estaba a punto de caer encendió la motosierra en la frente del perro demonio. Jaló la cuerda de arranque, el motor sonó y no dudó en partir a la mitad aquel demonio. Un corte limpio, preciso y que dividió su cuerpo por la mitad. Los pedazos cayeron inertes, y Denji comenzó a arrastrarlos, dejando que el perro motosierra camine por su cuenta.

El motosierra miró perplejo a Denji. Estaba seguro que hacía unos minutos atrás este niño no poseía experiencia. No poseía malicia, más allá de la maldad de la que fue víctima, pero se equivocó. Aquella faceta vulnerable por la que le dio su sangre pareció esfumarse, reemplazada por una frialdad calculadora, una genialidad táctica y una capacidad de combate superior a la de cualquier niño.

Este niño parecía ser un indefenso espécimen humano, pero resultó ser un Lobo en piel de Oveja. Miró con nuevos ojos a este pequeño, y lo acompañó con gusto. No lo miró regocijarse en el cuerpo de otro demonio, pero le miró contento por haber logrado algo.

—Cacé a este demonio usando a este perro. Es mío, así que es mi arma. ¿Por qué no me contratas como caza demonios? Soy útil, sé trabajar, y puedo pagarte con los cuerpos de los demonios que consiga —Denji le habló a los Yakuza, con el cuerpo del Demonio Hoja a sus pies.

—Niño, ¿Realmente lo asesinaste y me juras que podrías asesinar más?

—Podría asesinar más demonios, más fuertes y a cualquier cosa que se interponga en mi camino —la respuesta de Denji fue directa, fría y convincente.

—Eres muy directo niño. Serás mi caza demonios, te llamaré cuando haya avistamiento de algunos, y como lograste acabar con este demonio, consideraré que hoy has saldado la deuda de tu padre. Aún queda una enorme suma por pagar, pero eso será hasta la próxima semana. Cuidate y entrena, mocoso.

—Denji. Me llamo Denji —dijo el rubio—. Y él es Pochita.

—Bien, Denji, Pochita, nos vemos pronto —el Yakuza se despidió con diversión, yéndose en su carro de lujo.

Denji miró al perrito, quien le observaba curioso. Pochita, un nombre que se le ocurrió sin razón aparente, como uno muy gracioso, pero que el perro no rechazaba. Lo cargó, como si de una reliquia se tratase. En esencia, era eso. Este perro era su boleto para salir de la miseria, seguir con vida, y en el fondo, un escape para dejar de sentirse solo, aunque fuera un demonio.

Caminó hacia el interior de la casa, llevándose consigo a Pochita. Denji resultaba muy fascinante para el demonio de la motosierra. Le vio limpiar, fregar platos y preparar algo de comer con lo que había en el frigorífico. Le sirvió algo del demonio planta, pensando que Pochita devoraba demonios. Acertó, pues lo comió sin problemas. Denji miró su plato, con pan, algo de huevo y agua. Era muy simple, pero debía racionar la comida. Probablemente no recibiría dinero por un buen tiempo, pero era mejor ir pensando en que pronto todo mejoraría. Las cosas no podían ser malas todo el tiempo, ¿Verdad?

Las cosas podían ser muy malas, peores incluso. Denji no recibía pagos, todo se destinaba a los Yakuza. Debió aprender a aguantar el hambre, y Pochita también. Denji llegó a tal punto que fue al bosque, pero no encontró más demonios. Los había ahuyentado, porque eran débiles y fáciles de cazar. Tuvo que adentrarse a la ciudad sin Pochita, porque si lo vieran lo cazarían. Fue mendigando, y nadie le dio nada.

Tuvo que meterse a la basura y encontrar comida. Fue duro, un golpe muy bajo, pero debía hacerlo. Era eso o morir de hambre, y estaba en un camino hacia la libertad, por lo que no podía simplemente morir. Llevó comida de la basura a Pochita. Llevaba restos de Pan, migajas, algunas cosas que se mezclaban con otras pero parecían comestibles. Miró muy adentro de la basura y encontró incluso un pedazo de pescado sin comer por las ratas. Todo lo llevó porque lucía en buen estado.

Llegó a casa y Pochita lo recibió con una mirada simple. Observó la comida, la dividieron y comieron. Pochita miraba a Denji, quien se aguantaba el asco para seguir comiendo. Pronto, las consecuencias de la comida fueron evidentes. Denji vomitó, la comida no estaba en tan buen estado, y se intoxicó. Usó los pocos medicamentos de la casa, que ya habían caducado. Rezó por no intoxicarse, y afortunadamente no pasó a mayores, salvo algo de salpullido e insomnio.

En una de las pastillas que solía usar su madre, cuando había dinero suficiente para comprarlas, estaba inscrito: “Recetado para el tratamiento del Síndrome de Arnolone”. No supo leerlo, pero las tomó de igual forma. Al día siguiente repitió la rutina, yendo a la ciudad a buscar comida. Esta vez Pochita lo acompañó, porque su olfato resultaba crucial para saber si algo estaba en buen estado.

Esta vez los dos encontraron cosas que comer, y para muchos, fue extraño ver a un niño con un demonio, pero al verlo cargando con el demonio en brazos, pensaron que tenían un contrato. No llamaron a Seguridad Pública, al final de cuentas, los Caza demonios civiles eran comunes. Denji encontró a un demonio, y antes de atacarlo pensó que debería contactarse con los Yakuza por la paga.

Denji pensó en ese demonio, el cual era muy grande, y prefirió dejarlo pasar, porque sabía no podría enfrentarlo. Mejor fue por otro camino, así hasta que la noche les alcanzó y debieron regresar a dormir con el estómago rugiendo. No cenaron, habían desayunado y eso fue por suerte.

Los días se vivieron así, en los que Denji y Pochita se aventuraban a la ciudad. Pasó el tiempo, y con cada demonio que cazaba, la deuda se hacía más pequeña. Al quinto mes le empezaron a dar una pequeña porción de ganancias para comer. Mil yenes por mes, y si era buena suerte podría conseguir hasta dos mil. Denji agradeció por este gesto, pero Pochita veía su desagrado más allá de su fachada.

Denji prefirió actuar como niño estúpido frente a los Yakuza, porque realmente no había razones para ser frío con ellos. Eran Yakuza, si veían una amenaza en él lo matarían, y a Pochita también. Denji vio en Pochita una mascota, lo trataba como tal, incluso empezaron a dormir juntos. Pochita resultó clave para derrotar demonios, olfatear comida aún comestible, encontrar demonios y hacerle compañía a Denji.

Denji se había parado nuevamente en la ventana de su habitación, con Pochita en su hombro. El perro no entendía por qué Denji solía hacer esto, ni siquiera comprendía qué hacía mirando el exterior cuando podía salir y jugar con los demás niños. Pero Denji se lo comentó, una vez que se le dio por hablar con Pochita.

—Huelo feo. Apesto, estoy desnutrido, sucio, cansado, me miro salvaje, mis dientes están quedando amarillos, desgastados y me huele mal la boca. No soy como ellos, y si me acerco probablemente llamarán a sus padres.

Denji tras eso se puso a limpiar la casa. No había día en que Denji no limpie, no ordene ni intente mantener su hogar en buen estado. Trataba de arreglar lo que podía, como los tablones de madera, recomponer los barandales de la escalera, o intentar fregar los platos. El suministro de agua cesó, porque nadie pagaba los servicios y tampoco había dinero para hacerlo.

Denji empezó a experimentar la miseria en carne propia. Pasó su primer diciembre sin otra persona a su lado, y en este momento Pochita y él tenían frío. Las goteras de la casa habían empezado a abrirse paso, y la húmeda sensación de deterioro inundaba cada rincón del hogar. Pronto, todo debió ser abandonado porque el invierno llegó, la nieve arreció y Denji, usando abrigos de su padre y madre, cubrió a Pochita. Se cubrió con los propios, viendo que empezaban a quedarle pequeños. Un día de Febrero, cuando la nieve empezaba a hacerse menos frecuente, su casa colapsó finalmente.

Denji regresaba de cazar un demonio con el frío congelándole los huesos y pulmones. Con su único ojo pudo contemplar aquella casa derrumbada, y extrañamente en llamas. Corrió hacia ella, pero algo explotó en la casa. Parecía que el frigorífico explotó, terminando con la casa de su Madre. Denji se derrumbó, y antes de empezar a llorar, Pochita le miró empezar a calmarse.

Aquella capacidad para mantener la calma en momentos tan difíciles volvió a tomar el control, suprimiendo sus emociones por su bienestar. El Lobo había salido en defensa de La Oveja. Denji agarró a Pochita y se marchó, siendo avistado por los Yakuza, quienes le dieron otro hogar como recompensa por haber sido “Un buen muchacho”.

Un pequeño y destartalado almacén, más duradero que su casa de madera, pero más frío, lúgubre y claustrofóbico. No habían ventanas, y la única forma de saber si era de día o noche, era porque la cortina de metal dejaba entrar rayos de luz en la parte más baja de su falda. Denji dormía en el suelo, porque nada había quedado de su antigua casa. Fotos, recuerdos o ropa, todo se lo llevó el fuego.

Denji y Pochita se las vieron más difíciles a medida que seguía pasando el tiempo. No había día en que no les doliera el estómago por el hambre, ni noche en que pudieran dormir bien a causa de la misma. Solo veían el techo, su alrededor donde constantemente ratas se colaban, y no era lo que querían.

—Pochita —susurró Denji—. ¿Vamos a quedarnos así por el resto de nuestras vidas? No sé cuánto viven los demonios, pero apuesto a que esto no es agradable sin importar los años que vivas.

Pochita meneó la cola, negando en su cabeza. Denji sonrió un poco, con tristeza en su mirada. Había empezado a querer a este demonio, al punto en que platicaba con él. Le contaba un poco de él, como su vida con su madre, y Pochita entendió mejor a Denji, su psique y lo dañado que estaba.

—Pochita… Lamento haberte arrastrado a esto. Lamento que tengas que acompañarme en mi miseria. Quizás hubiera sido mejor si moríamos ese día en el cementerio. Hubiéramos ahorrado mucho sufrimiento a nuestras vidas.

Pochita negó, sentándose en el pecho de Denji. Se acurrucó, cerrando los ojos y empezando a dormir. Denji rio por lo bajo, divertido ante la acción de Pochita. No podía hablar, estaba seguro que no podían. Denji era como Pochita, en el sentido de seguir adelante sin siquiera saber por qué. O quizás si sabía, pero no creía posible lograrlo.

Denji anhelaba una vida normal, donde pudiera ir al colegio. Hubiera anhelado fugarse con su mamá, pero en su lugar, ella se sacrificó por él. Murió por su culpa, y tras eso empezó su espiral de dolor… No, eso no era cierto. Él nació en aquella espiral, porque estaba seguro su padre era así incluso cuando Denji no era consciente del mundo.

Denji durmió otra vez con hambre, con frío y acompañado de Pochita. Quizás esa era la mejor parte. Saber que no estaba solo, que su dolor era tan suyo como de Pochita, y que sin importar cuánto perdiera, tendría a este demonio a su lado. Eso fue lo más cercano al amor. Denji creía que su madre le amó con toda el alma, pero no podía concebir que ese amor la destruyó.

Denji sorprendentemente despertó de un mejor humor. Abrazó a Pochita, dándole las gracias por seguir con él. Salieron a cazar demonios, y Denji fue más implacable que nunca. Se confrontó directamente al demonio, matándolo usando su agilidad para poder deslizarse debajo de él, cortar sus piernas y, al caer, cortarle la cabeza. Los Yakuza se impresionaron ante el talento de Denji, y con ello una sonrisa nació en el anciano líder.

Pasaron los años, y con ello más experiencias. Una vez Denji se durmió muy tarde, y Pochita lo despertó con lamidos. Eso los hizo reír a ambos, pero fue vital para soportar la pesadez de sus vidas. Denji empezaba a tomar forma, no físicamente, sino que era de un modo más mental. Los Yakuza notaron su estupidez al hablar, con su humor digno de un enfermo mental, y que haría muchas cosas por dinero.

Denji usó una máscara para ocultar su verdadero Yo. No era que fuera un genio absoluto, porque no lo era. Simple y llanamente, Denji no quería ser descubierto. Cuando hablaba de Denji, no hablaba de su lado en las peleas. Ese lado era muy especial, y dominaba el noventa y nueve porciento del tiempo. Crecer en constante peligro te vuelve paranoico, y si le sumas un intelecto agudo en batalla, obtenías a alguien que ideaba muchos planes para cualquier cosa.

Denji talaba árboles, cazaba demonios, limpiaba jardines, paseaba mascotas, lavaba pisos, voleaba zapatos, entraba en peleas callejeras para ganar dinero. Era un tipo que buscaba trabajo de todo, porque no tenía de otra.

—Mira Pochita, si vendo un testículo me darán cerca de cien mil yenes… No lo sé. ¿Sería prudente? —Preguntó Denji, mirando a Pochita quien le observaba atentamente—. Quiero decir, ¿Realmente quiero tener hijos? Si quiero pero, ¿Traerlos a esta vida? La vida que llevo no me da posibilidad a tener hijos. Si tuviera hijos, vendrían a sufrir, a padecer hambre, y verme trabajando para los Yakuza sería imperdonable.

Pochita observó a Denji con una sonrisa, ladrando. Denji le sonrió, con sus dientes amarillos y descuidados, producto de su falta de higiene bucal, comida en mal estado, falta de servicios médicos y cualquier principio de auto cuidado. Lo pensó bien, y al día siguiente se metió al quirofano.

—Aquí tienen. Son cien grandes —Denji se sostenía la entrepierna, hablando con los Yakuza.

—¿Vendiste tu testículo para pagar la deuda? —Preguntó el anciano, incrédulo.

—Viejo, si no pago me matas. ¿Comprendes? —Preguntó Denji, aburrido.

—Estás loco —se rio el anciano, marchándose en su limusina.

Denji se sintió mal, llegando a casa y acurrucándose en un pequeño colchón viejo que consiguió. Lo mantuvo en buen estado, y el almacén donde vivía se notaba limpio, ordenado y, aunque vacío, no parecía abandonado. Denji había seguido la rutina de limpieza de su madre, porque eso le hacía recordar sus momentos más felices. Pochita le ayudaba ahuyentando o devorando ratas, y a veces él también las tenía que comer.

Recordó esa vez en donde tuvo que devorar papel de baño usado, porque no tenía nada que comer, se había quedado encerrado en un baño del metro por un demonio, y Pochita estaba casi muerto. Le dio sangre, y al estar en su delirio, no tuvo más remedio que hacerlo. Fue lo más bajo que cayó, pero desearía que hubiera sido la única vez que lo realizó. Recordarlo le entristecía, a niveles insospechados. Cuando estaba con Pochita se permitía debilidad, mostrarse como lo que era: Un niño frágil, débil y que en cualquier momento colapsaría.

No era el guerrero fuerte que aparentaba. No era el caza demonios que era. La parte más dura de su personalidad, esa que estaba casi todo el tiempo activa, se dormía. Brotaba el niño que no superó la muerte de su madre, aquel infante que lloraba por verla siendo golpeada. Lloró como en otras noches, desesperado porque acabase esta tortura que llamaban vida.

Pochita le consoló, triste por ver a su compañero en tal estado. Durmieron acurrucados, confiando únicamente en el calor del otro. Pochita estaba ahí, y eso era lo que importaba. Al día siguiente fueron a talar árboles, llevando una rebanada de pan para los dos. Ese día sugirió algo que a Pochita no le gustó.

—Pochita, oí que los demonios pueden tomar el cuerpo de los cadáveres —dijo Denji, y de inmediato Pochita se paralizó—. Si un día muero… Pochita, quiero pedir que por favor tomes mi cuerpo y huyas muy lejos de aquí. Que vivas una vida que yo no soy capaz de vivir, y que mueras como yo no seré capaz de hacerlo.

Pochita le observó, incrédulo. Denji le ofreció la rebanada de pan entera, mirando al perro con amor. Se acercó y le besó la frente, en un gesto que únicamente tuvo con su madre. El amor más puro es aquel forjado entre el dolor. Aquellos que comparten el dolor del otro y sonríen aún así, solo ellos pueden llamarse dignos de amar.

Cayó la noche, y como si fuera una jugada del destino, los Yakuza los llevaron hasta un almacén por el avistamiento de un demonio. Apenas entraron, Denji notó algo mal. El demonio estaba escondido entre las sombras, o debía estarlo, porque no lo veía por ninguna parte. Denji caminó con cautela, no emitiendo ruido alguno en sus pisadas. El anciano observó esto con la misma mirada.

Sin previo aviso, fue atravesado por un machete, que dañó el pecho de Pochita. Escupió sangre, y al mirar por detrás, el anciano le había hecho semejante herida. Muchos hombres salieron de entre las sombras, al tiempo que el almacén se cerraba. Una enorme figura emergió de las profundidades del abismo, y decidió salir para el horror de ambos.

—Vaya, esta gente es demasiado estúpida. Rendirse ante una fracción de mi poder, ¿No te parece demasiado bajo? —Dijo una voz femenina y distorsionada, la de un demonio—. Soy el demonio Zombie, un placer. Verás, detesto a los Cazadores como tú, que se la pasan matando a los nuestros. No obstante, detesto aún más a los demonios como el que sostienes, que se prestan para brindar apoyo en la caza de los nuestros.

Denji se alejó, empezando a correr lo más rápido que podía. Tambaleaba, tirando cosas mientras pensaba una ruta de escape. Su mente táctica cobró sentido, dándole de su sangre a Pochita. La sangre de su boca cayó en la del perro, que empezó a curarse de la herida. Pronto Pochita estuvo en mejor estado, pero Denji era otra historia. Estaba perdiendo mucha sangre, pues su esternón y pulmones estaban colapsando.

—Vayan tras él, despedácenlo y tiren los restos —dijo la demonio Zombie, mandando a su ejército de no muertos tras Denji.

Denji usó la altura para alejarse de los poseídos, encendiendo a Pochita para abrirse paso hasta la salida. No pudo, porque un machete se clavó en su espalda. Otro machete le voló la pierna izquierda, y cuando cayó junto a pochita, empezó la tortura.

Varios cuchillos se clavaban en su cuerpo, puntos vitales y no vitales, jamás en la cabeza. Se hundían una y otra vez, a veces en la misma herida, otras veces ocasionaban nuevas, pero siempre prolongando su agonía el mayor tiempo posible. Miró a Pochita sufrir el mismo destino, y la desesperación lo invadió.

—¡Pochita! ¡NO, POCHITA NO! —Gritó en su mente, sabiendo que su fin había llegado.

Empezaron a cortarle extremidades, acabando con su miseria, y miró a su fiel compañero sufrir el mismo destino. Los pedazos fueron recogidos y echados a un contenedor, dejándolos a su suerte. Mientras se alejaban, una gota de sangre cayó en la boca de Pochita. Esta gota lo reactivó, y al mirar el estado de Denji, recordó la conversación que tuvieron ese día.

—Denji, la realidad es que yo siempre estuve orgulloso de la vida que llevamos —mientras pochita hablaba, sus motosierras empezaban a girar, adhiriéndose al cuerpo de Denji—. Siempre me contenté con aquellas migas de pan, con tu sonrisa, con tu capacidad para seguir siendo un niño conmigo, pese a todo lo malo que te sucedió.

Pochita empezaba a unir a Denji, pegándose a su pecho. Observó toda su vida, desde su nacimiento hasta este momento. Su madre, el mayor de los amores, era incomparable. Denji había nacido muerto, porque incluso con el amor de su madre, jamás vivió lo que debía vivir. Denji nació encerrado, como un pájaro enjaulado.

¿Era esto vivir? ¿Vivir con miedo era una forma correcta de aceptar la realidad? ¿Por qué Denji lucía tan contento pese a la pesadilla que representaba su realidad? Se había visto forzado a madurar, a ser un asesino, parricida y un monstruo. Denji no era libre, Denji no era feliz, Denji, incluso cuando se esmeraba en sonreír, siempre mentía.

Denji nunca tuvo la oportunidad de ser un niño. Vivió bajo la mano de hierro de su padre. Su madre murió por protegerlo, y su padre fue asesinado en venganza. Perdió un ojo, se vio forzado a la miseria, e incluso cuando estaban a puntos de terminar con la deuda, estas personas se lo arrebataron todo. No era justo, no podía serlo.

Pochita lloró, contemplando cada minúsculo dolor recorrer el cuerpo de Denji. Cada pensamiento, desde el más alegre hasta el más oscuro, desde la forma de acabar consigo mismo, hasta la de acabar con su padre. Miró a Denji como lo que era, lo vio desnudo, no en cuerpo, sino en alma, y terminó de amarlo.

—Denji… —Susurró Pochita, y la consciencia de Denji se reactivó.

—¿Pochita? —Preguntó Denji, empezando a recobrar los sentidos.

—Denji… Me hiciste feliz en todo momento. Ese día en que nos encontramos, cuando te conocí, fue el día en que comprendí el dolor que podía haber en este mundo, un mundo tan ajeno al mío, y que aún así lograste compartirme.

—Pochita…

—Denji, en realidad nunca he tenido un sueño. Nunca he sido digno de soñar, llorar o sentir. Lo único que he conocido es muerte, caos y destrucción. Pero tú Denji, me enseñaste que podía ser digno de ser, que merecía vivir tanto como las flores que adornan el parque, como las aves que sobrevuelan el cielo, como el niño que creció rodeado de nada y aún así sonreía porque no había de otra.

—¡Pochita!

—Denji, mi único sueño es que tú cumplas el tuyo. Mi verdadera razón de ser es que tú vivas, que seas feliz, y que encuentres en esta vida una razón de existir, una verdadera razón para sonreír. Mi sueño es ver el tuyo hecho realidad.

—¡POCHITA, ¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?! ¡MORIRÁS!

—Denji, no moriré. Tus ojos serán míos, mi corazón será tuyo, y seremos uno mismo. Viviré contigo, soñaré junto a ti, y seré tú. Denji, una vez desaparezca, estaré en tu interior; esa será mi inmortalidad. No ser demonio, no ser humano… Ser parte de ti es mi sueño.

Denji abrió los ojos, saliendo de la basura. Todo era más nítido, y su ojos había regresado. Sintió su cuerpo más en forma, parecía más alto, y por supuesto, aquella capacidad analítica había evolucionado. Haber muerto una vez cambió algo. Miró su pecho, y allí vio la correa que encendía la motosierra de Pochita.

Lo adivinó, pero miró al frente y observó aquellos que les habían arrebatado la vida. Comprendió que, si este cordón activaba a Pochita, entonces él debería activar alguna función con este. Lo encendió, y pasó lo que menos esperaba. De su cabeza emergió una motosierra y casco, semejante a una enorme motosierra de leñados. De sus brazos emergieron otras motosierras, más grandes que la de su cabeza, pero igual de afiladas.

Supo qué tenía que hacer, y se lanzó de inmediato. El demonio zombie era el encargado de comandar dicho ejército, entonces, si lo mataba acabaría con ellos. Fue a una velocidad impresionante, incluso cegadora para sus ojos no entrenados. Pero pudo asestar un tajo al demonio Zombie, y con ello, cortar parte de sus extremidades. El Demonio no supo qué hacer o decir, pero se dio cuenta muy tarde de la existencia de Denji.

Denji se abalanzó, escalando por sus tentáculos. Rápidamente llegó hasta su cabeza, y usando sus motosierras, descendió, cortando por la mitad al demonio Zombie. Todo ocurrió en menos de diez segundos, durante los cuales comprendió otra cosa: Se estaba debilitando a un ritmo alarmante; sin embargo, tras haber consumido algo de la sangre del demonio Zombie, aunque horrorosa, se volvió a sentir enérgico. Entonces, la sangre le hacía poder transformarse.

Miró a los poseídos, esperando porque estuvieran muertos, pero para su consternación seguían con vida. Pensó en que debieron haber sido aniquilados tras que su convocador falleció, pero supuso que las marionetas podían seguir sir titiritero.

—Ya veo… Entonces, si los mato aquí y ahora, seré finalmente libre. Podré deshacerme de su deuda, y por sobre todo… —Denji se abalanzó, con una enorme sonrisa adornando su rostro ya demoniaco—. ¡PODRÉ TENER LA VIDA QUE TANTO HE DESEADO!

Comenzó a despedazarlos, yendo a una muy alta velocidad. Pronto se acostumbró a sus nuevas habilidades, bebiendo la sangre de los zombies con tal de seguir funcionando. Una máquina de matar. Denji no les dio espacio a huir o enfrentarlo. No recibió golpe alguno. Su agudeza y destreza se vieron finalmente compensadas con habilidades acordes. Se movía rápido, los cortaba, daba piruetas, descubriendo la flexibilidad de su nuevo cuerpo.

Cuando saltaba entre ellos, caía con patadas devastadoras, no correspondiendo a su anatomía desnutrida. Era una bestia, un auténtico depredador. El Lobo, aquella parte suya que tomaba rienda suelta en las situaciones de peligro, finalmente trabajó a su máxima capacidad. Predijo ataques, analizó estrategias, y la única viable era cortar hasta que no quede ninguno. Eran cientos de ellos, pronto amanecería, pero, ¿Acaso importaba? Lucharía hasta que no quedara ninguno. Los mataría a todos.

Llegó el amanecer, un carro se estacionó en las afueras del almacén. Denji los sintió, y al ver a gente acercarse, pensó lo peor. Miró sus uniformes, y sintió un mal presentimiento. Seguridad Pública, los encargados de los asuntos contra demonios del gobierno. De entre ellos destacó una mujer. Era pelirroja, de ojos amarillos y con anillos concéntricos en el iris. Resultaba hermosa, pero Denji no podía quitarse de encima aquella mirada analítica que normalmente él dirigía a la gente.

—Así que, ¿Tú hiciste esto? —Dijo ella, con una pequeña sonrisa.

—Así es —respondió, su transformación llegando a su fin tras pensar en terminarla.

—¡Vaya! —Dijo ella, asombrada.

Denji volvió a ser humano. Era un poco más alto, su pelo se veía menos maltratado pero aún sucio. Sus dientes, anteriormente horripilantes, ahora estaban saludables, blancos y aunque tenían mucho filo sus colmillos, lo demás parecía bastante estético. Su cuerpo estaba desnutrido, y parecía agotado.

—Vaya, un chico apuesto con olor a demonio. ¿Qué eres tú? ¿Debería tratarte como demonio? ¿O como humano? —Dijo la chica, considerando ambas opciones—. Bien, he pensado un poco. Tengo dos propuestas para ti.

—¿Dos propuestas?

—Número uno: Te trato como demonio, te asesino aquí mismo, y me encargo de tu papeleo como cualquier otro poseído.

—¿Y la dos? —Preguntó Denji, actuando inseguro ante esta mujer que parecía una total controladora.

—Te unes a Seguridad Pública, trabajas para nosotros y obtienes una vida medianamente agradable —dijo la chica, con una sonrisa suave.

—Si elijo la dos, ¿Qué tan agradable será mi vida? —Preguntó Denji, sudando frío.

—Podrás tener una cama, un lugar bonito donde vivir. Tendrás comida rica, incluso podrías llegar a armar una familia con el sueldo de Seguridad Pública. ¿No suena eso algo mejor de lo que pareces tener aquí? —Preguntó la mujer, sonriendo de forma convincente.

Denji lo pensó mucho. Miró a la mujer, y bajo esa capa de estupidez empezó a estudiarla. Su mirada analítica surgió, escondida bajo su fachada de nerviosismo y preocupación. Miró a los cadáveres detrás suyo. No desconfiaba de que la mujer podría matarle, porque estaban entrenados para ello.

Pero no le inspiraba confianza. Una mujer que le ofrecía una oportunidad para vivir bien, pese a su naturaleza claramente demoniaca. Denji no era un demonio, eso es seguro; sin embargo, esta mujer no tenía la certeza de que no se volvería loco, y con ellos, darle el beneficio de la duda se volvía más arriesgado que certero.

Pensó mucho en el diálogo con Pochita, preguntándose si sería lo correcto el unirse a los Caza Demonios. Toda su vida se la pasó cazándolos, no sabía mucho de la vida real. No sabía escribir, leer o hacer algo realmente destacado. Apenas tenía dieciséis años, pero era tan inexperto en intelecto como un niño. Claro que podía distinguir bien y mal, pero no podía simplemente entrar al colegio y fingir una vida cotidiana.

—Acepto… Con una condición —dijo Denji, y la pelirroja creyó ver un brillo agudo en sus ojos, entrecerrando ligeramente los ojos—. Que haya postre todos los días.

—¡Hecho!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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