Denji (No) es un Niño - Denji is (Not) a Child - Capítulo 64
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- Capítulo 64 - 64 Memoria del Subsuelo
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64: Memoria del Subsuelo 64: Memoria del Subsuelo —Hoy es el día, Aki…
—Denji habló, sonriendo—.
¿Qué quieres de regalo?
—¿Regalo?
—Preguntó Aki, sin entender.
—Es 24 de diciembre, Aki…
—Power habló, mientras sonreía—.
¿No quieres pedirle algo a Santa?
—No la menciones…
—Denji habló, incómodo.
—No…
¿Ustedes quieren algo?
—Preguntó Aki, captando su atención—.
Ustedes son los niños aquí.
—No, tú también lo eres —Denji le sonrió, mientras pasos resonaban en el pasillo—.
Hoy, todos somos unos niños, Aki.
—¡División Especial Cuatro!
—La voz del Ángel resonó, seguido de unos leves toques a la puerta.
—Bien, llegó tu carruaje —Denji abrió la puerta, sonriendo ante un inexpresivo Ángel.
—Muy bien…
Andando.
Aki iba en la parte trasera de una limusina, completamente solo.
Al frente, Ángel la conducía, imperturbable.
Aki lo miró, aquella vista inexpresiva que casi siempre mostró.
Nunca hablaron más de lo debido, y en su lugar, se concentró en Denji y Power, sus dos hermanos.
Recordó las muertes de Galgali y Beam, cómo perdieron la vida, uno en combate contra Quanxi, el otro a causa de las heridas.
—Ángel…
—Llegamos —Ángel le interrumpió, mientras bajaba y le abría la puerta a Aki, y el pelinegro bajaba.
Aki miró a la cima del edificio de Seguridad Pública, el aire frío de la madrugada contrastaba con el calor que se arremolinaba en su estómago, la bilis burbujeando por extraños sentimientos encontrados.
—Toda mi vida me la pasé buscando entrar a ese edificio, y que me dijeran el día en que me enfrentaría al Demonio Pistola.
Era ingenuo, iba a una muerte segura…
Pero algo dentro mío me decía que estaba bien morir intentándolo…
—Aki avanzó, guiado por su conocimiento del interior.
Aki era saludado con mucho respeto por donde pasaba, aplausos, incluso era alabado.
Todos lo reconocían como el capitán de la Cuarta División Especial, el hombre que, con apenas un contrato, se equiparó a los mejores.
El hombre que, usando al zorro, elevó su categoría hasta ser el líder de un escuadrón repleto de más demonios, poseídos y un híbrido.
—¡Felicidades Aki!
—¡Mucha suerte en tu nueva vida!
—¡Espero y vivas muchos más años!
—¡Recuérdame cuando quieras salir!
—¡Hoy invitas!
Aki paseaba por los pasillos, mirando a la escalera, donde sabía que habrían más de los halagos y comentarios que estaba recibiendo.
No quería más de eso.
—No puedo…
—Aki tomó el elevador, mientras usaba su naríz para indicar el último piso, hacia Makima—.
No puedo seguirlos escuchando.
Tengo miedo de que el orgullo me ciegue, y por un momento, elija mi antigua vida por sobre la nueva que apenas poseo…
Tengo miedo.
Las puertas se abrieron en la cima, donde Aki estaba seguro que estaba la oficina de Makima.
Cuando salió del elevador, todo el pasillo estaba decorado con gárgolas de piedra que, extrañamente, soltaban un olor semejante al mar.
Inclinadas de cuclillas, parecían rendir homenaje a su camino.
—Extraño…
Esto no estaba aquí antes…
Aki siguió su camino, hasta que llegó a las puertas de la oficina de Makima.
Miró las perillas y luego a sus ahora carentes brazos.
¿Cómo esperaban que las abriera?
¿Con la boca?
Aki pensó que fue una broma de mal gusto por Makima, pero recordó que ella no bromeaba.
No hasta que Denji apareció.
Y hablando de Denji, Makima le había pedido ir a su cumpleaños, con ellos.
¿No era eso algo que Aki pensó algún día pedirle a ella?
No importaba.
Estaba feliz de Denji, de su hermanito.
—Entra —la voz de Makima resonó, y con un viento feroz, helado y que congelaría los huesos hasta el tuétano, las puertas se abrieron, revelando a Makima sentada detrás de su escritorio, con una silla nueva.
La silla era grande, como un trono.
Era de un rojo aterciopelado, recubierta de un dorado semejante al oro, brillante y real; sus pies estaban cruzados, si es que su rodilla derecha sobre la cual descansaba su codo derecho era señal de ello, al asomarse por encima del escritorio de Abedul.
—¿No pasarás?
Hayakawa Aki —Makima sonrió suavemente, pero aquella suavidad no fue recíproca.
Aki sintió un escalofrío, mientras entraba por inercia.
Juraría que algo le empujó a hacerlo, porque en definitiva, él no quería.
Aki miró a los alrededores, la misma oficina, las mismas decoraciones, y sin embargo, todo podía sentirse muy diferente.
Aki miró nuevamente a Makima, cuyos ojos anillados jamás le abandonaron, y en su lugar, escudriñaban su alma.
—Bien, Aki…
—Empezó Makima, tomando una postura firme y rígida—.
Antes que nada, quisiera decirte que es una lástima tu retiro.
Considero que tu servicio en Seguridad Pública es, en el mejor de los casos, extraordinario.
Eres un elemento del que mucho se habla, y poco se puede decir.
Todo lo que oigo y miro en ti, son expectativas sobrepasadas.
No mentiré que, incluso con todo el talento de Denji, sigue alejado de tu carrera.
—Agradezco mucho, Señorita Makima…
—Y sin embargo, lamentablemente fue mi culpa que acabes en ese estado.
Has perdido los brazos cuando más los necesitabas; has perdido esa convicción de batalla cuando más te necesitábamos.
Fuimos asediados recientemente por la URSS y China.
Pero no te preocupes, tomamos cartas en el asunto.
Hay activos sumamente poderosos que han revertido la situación.
Por cierto, ¿Cómo van tus terapias?
¿Todo bien?
¿Algo en lo que pueda ayudarte?
—N-No…
Todo va bien.
Realmente agradezco su preocupación, Señorita Makima.
—No es nada, Aki —Makima sonrió, esta vez calmando al pelinegro—.
Tenemos la misma edad, es sorprendente.
Tenemos mucho en común, Aki.
—Eso parece…
—Como nuestra esperanza de vida, por lo que intuyo.
No es de mi incunvencia y tampoco es el motivo de esta conversación.
Estamos aquí por tu retiro, ¿No?
No porque quisiera hablarte de tu acortada esperanza de vida, la situación a la que se verán forzados tus hermanos, ni a que te encuentras vulnerable en estos precisos momentos —Makima dijo de forma distraída, buscando papeles en sus gabinetes, incomodando a Aki.
—¿Señorita Makima?
¿Le sucede algo?
La noto…
—Diferente, querrás decir.
Normal, hoy es el día en que pierdo a mi más valioso y preciado elemento.
Al capitán de la Cuarta División Especial.
¿Cómo podría estar igual que los demás días si estoy perdiendo a un capitán de mi armada?
Descuida, se me pasará pronto.
No hace falta caer en preocupaciones porque, al final del día, tú saldrás por esa puerta, llegarás a casa y serás recibido por Denji dándote un saludo.
¿No?
—Makima preguntó, sacando una carpeta de su gabinete.
—Supongo…
—Haces bien en suponer —Makima le dijo, sacando pluma y hojas, mientras se paraba—.
Pero claro, no puedo hacer que firmes sin brazos.
¿No te parece increíble la tecnología?
Actualmente, mientras investigábamos al demonio pistola, usamos sus pedazos para poder localizarlo.
En lo que nos demorábamos, también avanzamos de forma tal, que las prótesis funcionales parecen estar al alcance de los más privilegiados, dotándolos de ciertas habilidades sobrenaturales.
Makima llegó hasta un mueble a su costado, cerca de su ventanal trasero.
Ella abrió dicho mueble, revelando una gran caja negra de la cual se hizo cargo.
La llevó hasta su escritorio, dejándola encima y abriéndola frente a Aki, revelando dos brazos mecánicos de color negro, con tubos que parecían conectados entre sí, simulando ligamentos, tendones y, por sobre todo, los músculos y sus contracciones.
—Te presento los brazos mecánicos.
Cuentan con la particularidad de que, al colocarlos, es como tener dos brazos normales.
Puedes sentir, puedes tocar, puedes realizar maniobras antiguas, y unas cuantas nuevas.
Además, dada tu reciente pérdida, es probable que tu memoria muscular esté intacta, facilitando la adopción de estos dos bebés.
¿Quieres ayuda?
—Preguntó Makima, ofreciendo apoyo a Aki, que asintió.
Makima colocó ambos brazos por encima de su camisa interior, con una correa que sujetaba dichos dispositivos alrededor del torso y parte de los omóplatos de Aki.
Cuando se los colocó y ajustó, Aki sintió que volvía a tener brazos.
Sintió la gélida sensación del interior, por lo que rápidamente se puso su saco, de forma tan natural que lo sorprendió a él.
—¡¡Listo!!
—Makima se emocionó, aplaudiendo un poco—.
¡¿Viste?!
¡Como los antiguos!
—¡Es verdad!
—Aki movió los brazos, probándolos.
Giró las muñecas, enroscó los dedos, incluso hizo ademán de apretar algo.
Agarró la pluma cerca del papel, y su fuerza no la rompió.
El proceso de adaptación fue tal, que hasta a Makima le brillaron los ojos.
Makima parecía complacida, sentándose, mientras Aki empezaba a hacer trazos imaginarios en el aire con el lapicero.
—En verdad estoy tan contenta de esto, Aki…
—¡Muchas Gracias Señorita Makima!
—dijo Aki, inclinándose en un profundo agradecimiento.
—Finalmente tendrás la paz que anhelas, y el infierno al que fuiste sometido por tantos años y hacía unos recientes días, será aniquilado.
Aki, en verdad tienes el derecho de poder ir a casa y encontrarte con tus hermanos.
Gozarás de plena pensión, y este papel afirma que, de fallecer, será transmitida por herencia a los siguientes al mando…
Tengo entendido que a tu casa está llegando el papel que dicta a Denji y a Power como tus hermanos legales, ¿No?
—¡Así es!
—Aki tomó el papel y lo firmó, sonriente—.
¿Cómo sabe usted eso?
Creí que sería una sorpresa.
—Oh, bueno, la realidad es que…
Aki se paralizó, sus manos deteniéndose.
Sus ojos lentamente descendieron hasta sus brazos, los cuales aún sostenían el bolígrafo y papel.
Makima miró esto inexpresiva, borrando su alegría, brillo en los ojos y calidez.
El frío de la habitación se hizo peor, porque pronto, Aki sintió que todo calor abandonaba su cuerpo.
Su respiración se volvió gélida y visible, una pequeña neblina que parecía presagiar que la habitación sufría una hipotermia igual a la del pelinegro.
Aki entró en pánico, pero las fuerzas le abandonaban.
Pronto, todo a su alrededor empezaba a cubrirse de blanco, de nieve, los copos caían del interior de la habitación, que se destruía y daba paso al cielo azul vibrante de un Celeste prístino y hermoso.
Aki miró al frente, mientras la figura de Makima se levantaba de su asiento.
El trono detrás suyo empezaba a erosionarse, convirtiéndose en una gran cabaña de dos pisos, blanca, con un techo hecho de tejas café, con una chimenea de ladrillos dentro de dicha fachada rústica y antigua.
El olor del alrededor no era el de Tokio, era Osaka.
Recordaría el olor de dicha nieve, porque en Osaka, la nieve solía ser más dulce que salada; porque en Osaka fue donde perdió a su antigua familia.
Makima empezó a caminar lentamente hacia él, pero sus pasos no concordaban con los finos y caros zapatos que siempre solía usar, y que aprendió a identificar.
Pronto, esos pasos correspondieron a los de unas botas invernales azul oscuro, de una marca genérica; sus pantalones pasaron de ser negros y formales, a unos térmicos del mismo tono, de una tela que recubierta con Neopreno, guardaba el calor.
Su superior pronto dejó de ser aquella camisa abotonada con corbata, siendo un abrigo de color azul.
Su pelo se cubrió lentamente de un tono negro azabache, y un gorro del color de su abrigo tapó su ahora negra melena que se hacía más pequeña, alcanzando una longitud corta, como la de un niño; y si fuese a hablar de niños, su altura empezó a ser cada vez menor, hasta llegarle a los hombros, porque él mismo se hacía pequeño.
Su rostro, sin embargo, empezó a deformarse poco a poco.
Primero su nariz, que antaño respingada, ahora era más tierna y ovalada; sus ojos, de doble párpado, ahora tenían un rasgado párpado asiático.
Su boca se hizo más fina y rosada, su piel se hizo más cremosa y bronceada, y sus ojos, oh, sus ojos.
Sus ojos perdieron los anillos dorados que le envolvían, y el propio oro en su mirada se reemplazó por un avellana que le recordaba a alguien.
—¿Taiyo?
—Preguntó Aki, su propia voz lo sorprendió—.
¿Qué?
¿Esta es mi voz?
—¡Siempre lo fue, Aki!
—Taiyo frente a él le habló, jugando—.
¡Vamos a jugar!
—¿Jugar?
Pero si estaba con…
—Aki se detuvo, mientras la oficina había desaparecida, reemplazada por árboles, un prado ahora cubierto de nieve, y su cabaña a unos lejanos metros—.
¿Con quién estaba yo?
—Hermano, estás delirando otra vez…
—Taiyo le habló, riendo—.
¡Vamos a casa!
¡Ahí te esperan nuestros padres!
—¿Casa?
¿A Casa dices?
—Preguntó Aki, desconcertado—.
Pero si en casa están mamá y papá…
¿Dónde están Power y Denji?
—¿Hablas de nuestros dos hermanos?
—Preguntó Taiyo, confundido—.
Ellos no quieren jugar.
Son aburridos.
—¿Aburridos?
—Preguntó Aki, confundido aún—.
Taiyo, pero si yo los ví…
—¿Nos viste?
Obvio que nos viste.
¿No recuerdas?
Te caíste, creo que te golpee muy fuerte con esa bola de nieve.
Pero que bueno que te levanté.
¿No lo recuerdas, Aki?
—Preguntó Taiyo, confundido.
—¿Un sueño?
—¡Sí, un sueño!
—Gritó Taiyo, divertido—.
¡Vamos!
¡Quizás Power quiera jugar!
Ya sabes que es la princesa de la casa.
—Princesa de la casa.
Todo fue un sueño…
Denji, Power existen…
Y ustedes nunca…
—Aki lentamente alzó la mirada, mientras miraba a Taiyo, el cual se detenía a verlo, algo nervioso.
—¿Aki?
¿Hermano?
¿Te sientes bien?
¿Te duele algo?
—No…
—Aki negó, pronto, una sonrisa enorme se dibujó en su rostro—.
¡Vamos a jugar!
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