Denji (No) es un Niño - Denji is (Not) a Child - Capítulo 73
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- Capítulo 73 - 73 La Divina Comedia de Hayakawa Denji
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73: La Divina Comedia de Hayakawa Denji 73: La Divina Comedia de Hayakawa Denji —Bang.
El torso de Power desapareció, mientras la chica era obliterada.
Denji abrió los ojos mientras observaba como caía su cabeza, sus piernas aún pegadas al suelo.
La cara de asombro quedó grabada en ese rostro, el bello rostro de su hermana.
Denji quedó paralizado, frío, estático, sin poder reaccionar a lo que acababa de ocurrir.
—Bien, ella ya miró tu regalo.
Ven, vamos a verlo —Makima le tomó de la mano, conduciéndolo hasta el interior.
Denji miró esta acción con un ceño fruncido.
La sangre le hirvió, mientras dentro suyo surgía un odio tan profundo que harían falta palabras en el diccionario para empezar a describir la más minúscula parte del mismo.
Apretó la mano de Makima, cuyos huesos crujieron y se convirtieron en polvo.
Pero a ella no le pareció doler en lo absoluto.
No le hizo nada, pues su rostro no mostró el mínimo indicio de perturbación.
—¡¡ERES UNA!!
—Aquí está tu regalo, Denji —Makima le señaló al fondo de la habitación, y cuando el rubio dirigió la mirada, toda la rabia en su interior desapareció, y aquella sangre hirviendo se congeló en un instante.
—Qué….
—Susurró Denji, soltando la mano de Makima, mientras la pelirroja miraba en la misma dirección que el rubio, impasible.
Denji caminó unos pasos, los cuales lucían torpes y febriles.
Estaba agonizando en vida, pues lo que estaba frente a él había carcomido su alma en un instante.
Sus ojos estaban colapsando, temblando de forma incontrolada.
Recorrían de lado a lado lo que observaba, una forma frenética de intentar comprobar si era verdad lo que observaba.
Denji alzó sus manos, y las miró manchadas de sangre.
La alucinación de la muerte de Aki había regresado, y esta vez, peor que antes.
Estaba procesando la muerte de Power, la falla a la deuda de Aki, y de repente, Makima le traía esto.
¿Por qué?
¿Por qué lo hizo?
¿Cómo lo consiguió?
¿De dónde lo sacó?
Pasó por el sillón, mismo que estaba interponiéndose entre su objetivo y él.
Con cada uno de sus pasos, el corazón quería salirse de su pecho, abandonar el lugar y esconderse lejos de esta psicópata.
Denji, en sus peores momentos de odio, jamás se le habría ocurrido lo que a esta mujer se le ocurrió.
—Me pasé el tiempo de colgarlo.
Recordé muy bien el cómo estaba, así que, quise entregártelo justo como lo había encontrado la última vez…
—Ella dijo, de forma tan tranquila que resultaba interrumpir la atmósfera tan maquiavélica que construyó—.
Power no sabía nada de eso.
No te preocupes, nadie lo sabía.
Fue una sorpresa para ti, Denji.
Es mi regalo de cumpleaños para ti.
Todo esto lo fue.
Denji finalmente llegó a su objetivo.
Un hilo, un mísero hilo.
Él reconocía muy bien ese hilo, lo reconocería donde fuera.
Podrían ponerle mil hilos del mismo tono, de la misma soga, del mismo material, de la misma marca, y aún así él sería capaz de poder distinguirlo del resto.
Porque había sido el mismo hilo que él eligió, que ella recibió, que él colgó.
Puso su mano sobre la pinza de ropa que él también había usado.
De su departamento, la usó mientras dormía.
Cuando colgó aquel tendedero casero, no pensaba en hacerlo lo más elaborado posible.
Solo deseaba que su habitación fuera decorada.
Cuando retiró la pinza de ropa, tomó la foto, separándola.
Aquella foto era negra, estaba al revés.
Lentamente la giró, su malestar estomacal anterior regresando.
Sus dedos temblaban, estaba ansioso.
No quería ver lo que tenía esa foto, porque por el mero aroma, pudo intuir lo que era.
Por el mero aroma, pudo saber lo que había.
Por el mero aroma, él supo a quién le había pertenecido esta foto.
El aroma de ella, el aroma de Reze.
La giró, y lo que observó le hizo querer morirse en ese instante.
—Es una bella foto, ¿No lo crees?
—Makima sonrió suavemente, con calidez en sus ojos—.
La guardé especialmente para ti, Denji.
Justo como ella hubiera querido.
Habría deseado que tú la tuvieses…
Habría deseado que la conservases.
Prometí dártela en su honor, dado que, bueno, ya sabes…
En aquella imagen estaban Reze y Denji, en su habitación, abrazados.
Aquel cuarto insonorizado y cubierto de una luz plati-azulada que solo la luna podía otorgar.
Nunca podría olvidar esa noche, ni las siguientes.
¿Cómo podría?
Si en aquella foto estaban los dos, abrazados, y el pequeño espacio que residía entre ellos estaba plasmado el beso de su labial, el beso con mayor amor depositado.
La sonrisa de ella, sus ojos ligeramente rojos pero repletos de alegrías.
Esa noche, la noche en que habían dedicado uno de sus mayores anhelos al otro, en que prometieron hacerlo realidad.
La misma noche en que le pusieron nombre a un sueño que jamás podría cumplirse, un nombre que llevaba presente hasta el sol de hoy, cuando ya no tenía a nadie a su lado para acompañarlo, ese nombre estaba allí, grabado a fuego vivo en su alma.
Porque aunque ya no estaba Reze, siempre la tendría a ella.
—Ella ya no está —Makima terminó su frase, mientras Denji giraba a verla, con un rostro carcomido por el dolor, la confusión, rabia, realización, impotencia y, en parte, miedo—.
¿Por qué no miras las demás?
Seguro que querrás recordar todos esos felices momentos.
No solo están los de Reze, ¿Sabes?
Sería muy cruel de mi parte entregarte fotos con la mujer que se fue de tu lado.
Makima caminó hasta donde Denji, mirándola, quitando una foto y dándole la vuelta, poniéndosela frente a su rostro.
Esa foto era el momento en la nieve de Osaka, en el cementerio con Aki.
No era una simple foto, era el momento en el que decidieron tomarse la foto del relicario que ahora lleva en su cuello.
—¿Cómo?
—Susurró Denji, mirando a Makima con sorpresa y horror—.
¿Cómo mierda tienes eso?
—¿Te sorprende?
—Ella preguntó, de forma inocente—.
No es la única.
Deberías revisar las fotos…
O mejor, veámoslas todas.
Makima empujó a Denji hacia atrás, y el chico cayó hacia el sillón.
El rubio cayó acostado, mientras guardaba la foto de Reze y él con fuerza, dentro de su bolsillo.
La pelirroja se acercó a un gabinete, sacando lo que parecía un libro.
Denji le miró hacerlo, y un escalofrío le recorrió toda la columna.
Estaba ansioso, estaba anonadado, inexplicablemente mudo ante su presencia.
Quería alcanzar el cuchillo con el que cortaron el pastel y enterrárselo en la cara, borrar aquella impasible mirada de su rostro.
Quería quitarle los ojos, licuar su cerebro con sus dedos, arrancarle el corazón y hacer que se lo comiera mientras aún respiraba.
Pero estaba seguro que, incluso si lo hacía, no habría nada dentro del pecho de esta mujer.
—Espero y estés listo, Denji —Makima llegó a su lado, sentándose, mientras él se alejaba de ella, empezando a hiperventilar por la rabia—.
Esto será un largo paseo…
—¡TÚ ERES UNA HIJA DE!
—Y tú también, Denji…
—Makima abrió la primera página de su libro, y Denji se congeló en ese preciso instante—.
Tú también eres el hijo de una puta.
Una prostituta, para ser exactos.
En dicha imagen estaba una mujer bella y joven, de pelo negro azulado, ojos ámbar brillante, nariz perfilada y pequeña, labios rosado brillantes y, por supuesto, una figura hermosa dentro de su esbelta complexión.
Llevaba un vestido con escote, muy corto, hasta por el muslo medio.
Tacones altos y exóticos, como su maquillaje y rostro.
—¿Ves?
—Makima señaló la foto, sacándola del álbum, colocándola al lado de la cara catatónica de Denji, que abría la boca, sin ninguna palabra—.
Son exactamente iguales.
No me cabe duda que esta es tu madre, Denji.
Son tal para cual.
Un alma bondadosa, dentro del cuerpo del pecado.
El de ella fue la lujuria, ¿Pero el tuyo?
La ira, sin duda, como el de tu padre.
Makima enseñó la siguiente página, donde estaba el padre de Denji.
Un joven guapo, no tanto como el rubio menor, pero que se asemejaba a un Denji dentro de su fase más salvaje y poderosa.
Unos ojos afilados, cejas pobladas y definidas, además de un gallardo perfil.
Era el hombre rudo y problemática.
Y por supuesto, a su lado estaba la madre de Denji, con un cigarro en la boca.
—Hacían bonita pareja.
Un par de problemas en la sociedad.
Una prostituta y su cliente favorito.
¿No te parece el comienzo de una oportunidad de redención?
Cuando supieron que estaban esperando un bebé, no te imaginas la cara de felicidad que puso tu madre, y el miedo que recorrió a tu padre.
Denji la miró, negando con la cabeza en repetidas ocasiones.
Makima le sonreía, mientras pasaba más páginas, mostrando cómo había ido avanzando el embarazo de su madre.
La miró más limpia, más amable, cada vez más cerca de la cara que él reconocía.
Miró en su padre un brillo de esperanza, una cara que demostraba esfuerzo y trabajo duro.
—Esa casa en las afueras de la ciudad, un hogar acogedor de madera.
Conseguida a través del duro esfuerzo de tu padre, que le pidió prestada a la Yakuza.
Una elección noble que ellos mismos consideraron perdonar, dado que tu padre demostró ser un gran trabajador.
Hubiera sido un gran padre para ti.
Habrías tenido una buena infancia, habrías vivido bien, Denji…
—Makima le miró, y una pequeña sonrisa suave se dibujó en su rostro sereno, observando aquella ansiedad creciente en los ojos de Denji—.
Una lástima que ese día del último pago, tu padre se hubiera emborrachado de más, que hubiera terminado en el casino, y hubiera ido a por donde conoció a tu mamá.
Una lástima que esa noche, donde el destino de tu familia se habría sellado como grandioso, a tu padre se le atravesó una hermosa mujer muy semejante a tu madre.
—¿Qué?
—La habitación se hizo más larga, Makima pareció más distante, y el sonido de su voz, lejos de ser lejano, pareció estar a centímetros de sus tímpanos, tan fuerte y claro que podía sentirlo como otro pensamiento más en su cabeza, uno con la voz y el tono de esta mujer.
—Fue una verdadera lástima que tu padre hubiera recaído en tales vicios…
—Makima pasó más páginas, mientras veía fotos de su padre bebiendo, drogándose, apostando, peleando y, lo que más paralizó a Denji, era ver una foto de su padre pegándole a su madre aún embarazada—.
Lo que alguna vez pudo ser un excelente padre, se transformó en tu papá, Denji…
Ella pareció sonreír un poco más, sin mostrar dientes, una simple mueca sencilla que le hizo querer vomitar.
Pronto, Makima enseñó fotos de un Denji bebé, de su madre siendo golpeada.
Todas estas fotos fueron tomadas desde las ventanas de su hogar, cuando aún estaban abiertas.
Y pronto, la última foto en su hogar llegó.
—Oh, sí.
Esta foto fue muy shockeante para mí también —Makima le entregó la foto a Denji, que había empezado a perder la voluntad de hacer cualquier cosa.
Denji la miró, y la votó al instante siguiente.
En dicha foto estaba una sábana blanca siendo montada dentro de una camioneta lujosa, de color blanco.
La misma camioneta que miró marcharse la mañana en que desapareció su mamá.
La camioneta de los Yakuza.
Sabía que en dicha sábana estaba ella, porque si no era suficiente con su silueta, quizás que estuviera manchada de roja y de entre ella sobresaliera su mano llena de moretones fue la prueba más contundente.
—¿Por qué tienes esto?
¿Cómo mierda tienes esto?
¡¿POR QUÉ CARAJO TIENES TODAS ESTAS FOTOS?!
—Porque las tomé, Denji…
—Makima le sonrió, mientras le colocaba una mano sobre la cabeza, acariciándolo—.
Todo lo que has vivido no ha sido más que una simple farsa.
No has vivido sino en una ensoñación realizada meticulosamente para llegar a este momento.
Tu vida, tus sueños, tus anhelos, tus pensamientos…
Todo eso me pertenece, Denji.
—¡¡¡¿DE QUÉ MIERDA ME HABLAS?!!!
—Denji golpeó su mano, mientras acercaba su dedo al cordón de su motosierra.
—Todo lo que conoces fue gracias a que yo lo permití.
¿Quieres ver?
—Makima saltó varias páginas en un segundo, y cuando Denji estuvo por jalar el cordón de su motosierra, aquella imagen que apareció le congeló de inmediato—.
Todo lo que sabes, ha sido así porque yo lo permití, Denji.
La foto de Denji entrando al departamento de Reze era visible.
Una foto que fue tomada dentro de aquel departamento, el cual estaba vacío.
Denji se tentó a jalar el cordón de su pecho, pero la siguiente imagen le detuvo totalmente.
Era una imagen de Reze y Denji, en la piscina, desnudos.
Aunque era oscura, Denji no podría olvidar nunca aquella escena.
—¿Qué mierda?
—Denji, oh, mi pequeño y cariñoso Denji…
—Makima le atrajo, mientras el rubio entraba en un shock sistémico.
Makima apartó su mano de su pecho de forma gentil.
La depositó a un lado, mientras le miraba recostarse en su regazo.
El chico no entendía nada, aquella rabia que le consumía por momentos estaba helada, estaba congelada en el mismo lugar que la mente de Makima operaba.
Aquella incapacidad para mostrar más que una sonrisa ante esto era retorcida, perturbadora, vomitiva, monstruosa.
—Tenía que elegir a un niño que estuviera lo suficientemente roto para mi plan.
No habían niños así, eran demasiado impredecibles…
—Mientras rozaba su cuero cabelludo con su mano, Denji sintió el peor de los fríos recorrer cada vértebra de su columna—.
Así que decidí crearlo yo misma.
Fui de calle en calle, con ayuda de los animales del entorno, buscando a la persona ideal.
No podía ser un niño nacido en cuna de oro, porque sería caprichoso.
Tenía que ser alguien miserable, condenado desde su nacimiento.
Y encontré a tus padres, Denji.
Personas rotas y viciosas que tuvieron la genuina intención de ser buenos padres.
Y apenas los identifiqué, se los impedí.
Denji la miró a los ojos, mientras ella, con aquellos anillos dorados, le tocaba suavemente la frente.
Denji sintió ese dedo caliente, el mismo dedo índice con el que apuntó a Power, con el que la borró del mapa.
Giró a ver la cabeza de su hermana, pero antes de siquiera verla nuevamente y recobrar el valor de enfrentar a la pelirroja, ella le agarró la cabeza y se la giró, obligándolo a mirarla.
—Esa noche hice que el barista coloque alcohol adulterado en la bebida de tu padre.
Hablaba sobre cómo quería ser un buen padre para ti, que quería mejorar su casa, salir adelante.
Darte estudios, darte felicidad, alegría y abrazos.
Esos tragos fueron el principio, pues el barista le convenció de ir a jugar Póker.
Ganó dinero porque hice que los demás jugaran terrible.
Alcohol y victoria, la fórmula perfecta para sentirte poderoso por un instante.
Y cuando salió a compartir ese dinero con tu madre embarazada…
—Makima le sonrió a Denji, que aún con los ojos temblando, no pudo dejar de ver los anillados orbes dorados de Makima—.
Hice que aquella prostituta se cruce en su camino.
Denji estaba mudo, helado, estaba en conflicto interno.
Recordaba su infancia vívidamente, porque un sufrimiento de tal magnitud es incapaz de olvidarse sin más.
Makima lo sabía, y lo estaba haciendo a propósito, sin dejar que mire a otro lado que no fueran sus ojos.
—Todo fue un efecto dominó.
Tu padre recayó, tu madre debía cuidarte, y así empezó el ciclo de violencia que conociste a los cinco años.
Fue por mi culpa que tu madre murió, porque yo transformé a tu padre en su asesino.
Fue mi culpa que tuvieras que asesinar a tu padre, porque dado que lo transformé en un monstruo, también te hice uno.
Yo te hice lo que eres, te hice el monstruo que llevas dentro…
Pero un monstruo no puede ser manipulado.
Eras desconfiado, atento, analítico.
No eras un peligro para mí, pero eras impredecible.
Entonces te fui a buscar cuando te fusionaste con Pochita, te introduje a Seguridad Pública…
E hice que conocieras a Aki.
Hice que vivieras junto a él para que se hicieran buenos compañeros.
Introduje a Power a sus vidas, porque sabía lo mal que te caería, y el odio que debería disimular Aki para convivir con ella.
Pero no los junté porque fueran dispares y se cayeran mal.
Los uní porque, en el fondo, ustedes tres buscaban desesperadamente lo mismo.
Aki perdió a su familia, tú mataste a la tuya, y Power nunca tuvo una.
¿No te parece eso gracioso?
Un vengador quería recuperar a su familia; el parricida quería una nueva y funcional; y el monstruo quería dejar de ser uno, de sentirse solo.
Irónico, pero lo logré.
No fue muy difícil.
Cada misión, cada problema, cada vivencia y convivencia entre ustedes tres, fue gracias a mí.
Cuando atacaron y mataron a Himeno, pude intervenir…
Pero no lo hice, porque quería que sufrieran.
Solo aquellos que conocen el dolor son dignos de amar.
Habías salvado a Aki del Eternidad, había algo dentro tuyo que lo veía valioso.
Verlo en el hospital, quebrado y desmoronado, fue el empuje necesario para que se dieran cuenta del amor que había entre ustedes.
Usé ese amor como una semilla fértil que luego coseché.
Los hice amarse, los hice quererse como hermanos.
Y claro, hice que sus muertes dolieran tanto, que incluso la de tu madre y padre quedan como un simple raspón ante las constantes puñaladas que perforan tu alma —Makima tenía una voz tranquila, simple y llevadera, un tono casual que enfermaba al rubio, que miraba todo con una confusión grabada en sus ojos.
El rubio no supo qué hacer, ni siquiera se le permitía desviar la mirada de aquellos ojos anillados, mismos que escudriñaban su alma en búsqueda de cualquier rastro de esperanza, listos para transformarlos en miedo, desesperación y dolor.
Y en todo el tiempo que llevaron hablando, más de quince minutos, Makima nunca parpadeó.
—Por supuesto, el amor de tus hermanos era lindo, pero no tanto como el de aquella rusa.
Reze, una chica verdaderamente hermosa.
Eran tal para cual, Denji.
Una chica repleta de sueños y esperanzas debajo de una capa de indiferencia y frialdad enseñada.
Son el espejo de una misma desgracia…
No sabes cuánto gocé aquel día en que debían escapar…
No sabes cómo me sentí cuando llegué a su departamento.
Ella te esperaba, Denji.
Estaba llorando de felicidad, con una mano en su vientre…
Ella quería verte, pero me miró a mí, y conmigo vino el final del cuento.
Fue la cosa más plena que jamás hubiera hecho.
Saber que tienes los sueños, esperanzas, aspiraciones, pensamientos más genuinos y desinteresados de alguien en la palma de tu mano, y sentir que de quererlo, puedes apretar la mano y destruirlos todos en un simple movimiento…
No sabes lo que se siente, Denji…
Pero yo sí.
¿Y sabes algo?
No me arrepiento de haberlo hecho.
De repente, todo se hizo negro alrededor de Denji.
Un pitido llenó la habitación, mientras la mirada de los ojos de Makima captaba una sonrisa pequeña, pero que dentro de su pequeño gesto guardaba una maldad inconmensurables.
Guardaba casa atisbo de maquiavelismo, de retorcido goce, de antipatía y austeridad, que era inconcebible que una persona así existiera.
Lentamente, las palabras de Makima se repitieron una y otra vez, esa última parte resonó fuerte en su psique.
—Me esperó…
—Pensó Denji, su mente reconstruyendo el escenario escena por escena, justo para llegar al momento en que abrió la puerta y miró todo vacío—.
Ella realmente me esperó.
Ella me amaba…
Ella quería irse conmigo y mi familia…
Ella realmente me amó…
Todo este tiempo, todo este rato he estado despotricando sobre la persona que más me amó en este mundo.
La primera mujer que me miró como digno de ser amado.
La mujer que sería la madre de mi hija…
Y todo por culpa de esta…
¡NO!
Por culpa de este Monstruo.
—Pero reconoceré algo, Denji…
—Makima lo trajo de vuelta a la realidad con un semblante diferente.
Lentamente, y aunque de manera muy ligera, un rastro de tristeza y compasión surgió en los rasgos de Makima.
Sus ojos destilaban una pizca de solemnidad y melancolía, nostalgia por algo que Denji muy pronto estaría condenado a saber el resto de su existencia.
—Si de algo he de arrepentirme, de sentirme mal, de hacerme pensar en las noches antes de ir a dormir, es por aquella pobre y hermosa criaturita…
—Makima tenía un tono de voz decaído, como el de quien se decepciona.
Denji sintió que todo el dolor de su cuerpo le abandonaba, haciendo espacio total para lo que venía.
Sus manos temblaron incontrolablemente, mientras Makima ponía su mano izquierda sobre su pecho, mirándolo con aquella fingida lástima, usada para intensificar su dolor y desprecio.
—Habría sido como ella…
Lentamente, el alma alguna vez purificada de Denji se hizo de un color espantoso.
Poco a poco, microsegundo a microsegundo, aquel malestar que sufrió desde la mañana finalmente se empezó a esfumar.
La resolución de lo que estaba por llegar fue, en definitiva, lo que su mente en proceso de ruptura temía.
Saber lo que venía no lo hizo menos doloroso.
Todo lo contrario.
Saber que esta mujer lo sabía le hizo sentir peor que ser torturado.
Denji, en estos precisos instantes, se sintió violado.
Cada recuerdo al lado de su chica, de Reze, fue manchado de rojo.
Por la sangre de su primer amor, y por el pelo de Makima.
Pero este recuerdo, que alguna vez fue azul como el mar, como la piscina donde profesaron amor, donde juraron lealtad al otro, donde prometieron escapar a Oregón.
Aquel color de la vida, del agua, del más purificante agente del universo, empezó a ser bañado en una luz dorada, proyectada en la mirada que no podía despegar de los ojos sin parpadear de Makima, que tras mucho tiempo, finalmente lo hizo, más por gusto de recordarle que era tan tangible como él, tan real como su dolor, tan verdadera como todo lo que había hecho.
Y eso fue lo último que necesitó Denji para pedir, con toda su alma, que alguien le eliminase la memoria —Oh, Sienna…
Se hubiera visto justo como tú, Denji.
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