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Denji (No) es un Niño - Denji is (Not) a Child - Capítulo 74

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  4. Capítulo 74 - 74 El Demonio de Laplace
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74: El Demonio de Laplace 74: El Demonio de Laplace La mente de Denji se hizo añicos en ese preciso instante.

Aquel nombre, impronunciable por otros labios que no fueran los suyos o los de Reze, fue expuesto con tanta compasión, que era impropio del ente frente suyo.

Makima lo sentó, mientras Denji, completamente hecho pedazos, atinó a hacer una ligera mueca.

—Je….

Jejeje…

—Denji murmuró, mientras una ligera sonrisa aparecía en él, pero más allá de gracia, había un intento de su cerebro experto en suprimir el dolor, de suprimir el actual—.

Je…

¿Por qué?

¿Por qué?

—¿Por qué?

—Preguntó Makima, mientras un perro salía del baño, corriendo hacia ella y dejándose acariciar—.

Ya has sufrido bastante, Denji.

Simplemente porque sí.

¿Quieres la verdad, o prefieres sufrir aún más?

—Je…

—Denji miraba a la nada, sus pupilas completamente dilatadas, su mente envuelta en caos.

Su cerebro repasaba cada memoria de su vida, y lo que alguna vez fueron vívidos colores, o apagados tonos fríos, ahora estaban filtrados por el Sepia de los ojos de Makima.

Cada rosa roja, cada cereza, cada fresca, cada camisa de colores rojizos, todo aquello asociado al tono de su pelo, siempre presente en su vida, se transformó en su cabellera, girándose para revelar ese par de ojos anillados, impropios del ser humano.

—¿Qué eres?

—Preguntó Denji, su psique fragmentada en millones de pedazos, peor que cuando asesinó a su padre—.

¿Por qué?

Makima se paró, mientras Denji veía al frente, a la ventana circular que permitía vislumbrar la ciudad desde el rascacielos más alto de Tokio, en el departamento de Makima.

Lo que alguna vez fue el sueño de su infancia se cumplió, pero bajo el capricho y condiciones de un ser abominable y vomitivo que únicamente se deleitaba en su sufrimiento y descompostura psiquiátrica.

Makima llegó hasta un reproductor de música, mientras colocaba un disco al lado del dispositivo.

Denji seguía observando la ventana circular, como la de su casa, la del cuarto de Himeno, la de sus mayores anhelos.

Y desde hoy, no podría ver por ninguna ventana semejante, no podría recordar nada de lo que recordó sin pensar en que Makima estaba ahí.

Makima colocó el disco, cerró el reproductor y lo puso en marcha.

Una melodía pop sonó, más alegre de lo habitual.

Ella sonrió suavemente, mientras se giraba.

La luz no le llegaba, y lo único que brillaba en aquel rincón oscuro eran sus dos ojos anillados, de un dorado perfecto.

Denji le miró, perturbado hasta la raíz.

—Todo es parte de un plan mayor al cual has servido bastante bien, Denji.

Mi plan, para ser concretos…

—Makima sonreía, pero no podía verse nada más que sus ojos, los cuales empezaron a girar en su cara, una alucinación que veía Denji—.

No quiero un mundo caótico.

No quiero un mundo donde la gente pueda ir y hacer lo que se les plazca.

El libre albedrío se hizo como una contramedida a mí, pero yo soy la contramedida hecha carne, hueso, pelo y ojos; más oídos que tacto, más pensamiento que corazón; más cerebro que cuerpo.

Ella lentamente caminó hacia la luz, su cuerpo esbelto y hermoso, contrastando con la maligna presencia que irradiaba su enfermizo ser.

Tanto dolor, tanta destrucción, tanta repugnancia, contenidas en el recipiente de una chica de veintiún años, pelirroja, de aspecto bello, pero con una incapacidad para sentir más que placer en el sufrimiento ajeno.

—Un mundo sin guerras es un mundo pacífico, uno controlable.

Un mundo sin hambruna es uno donde puedo gestionar los recursos, decidir cuánto comes, cada cuánto comes, y sin importar el tiempo que pase, jamás podrás decir que te hace falta.

Bajo tus impulsos, querrás probar un delicioso bocado de algo, antes que trabajar como vago y quedarte con un trago de nada…

Makima se acercó otro paso, y Denji empezó a recibir cada una de sus palabras como coordenadas que apuntaban al mismo lugar: Los más recónditos planos aún llanos de su cerebro, desprovistos de dueño, desprovistos de recuerdos, de nombres y rostros; y ahí fue donde Makima se escribió, se plasmó, se tatuó y eternó.

—Un mundo sin muerte, donde nadie perece, donde nadie puede percibir otra escapatoria más que seguirme y obedecerme de mejor manera para obtener mi beneficio…

Es un mundo eterno, uno que estoy dispuesta a obtener…

—Makima se acercó, posicionándose frente a Denji, tapando el ventanal circular con su presencia, proyectando sombras en el cuerpo del rubio—.

Soy alguien que valora el control antes que nada.

No estoy buscando salvarlos, no del todo.

Quiero ser la mayor gobernante de este basto, físico y tangible universo.

La reina de lo metafísico, de lo tangible, de lo real, de lo psíquico y psicológico.

Grabarme a fuego dentro de los corazones y mentes de todos, como la única respuesta.

Acabar con la entropía a la que se le somete al mundo, con la presencia de los Demonios…

—Eres una enferma…

—Susurró Denji, asqueado y aterrado de la sonrisa petulante que Makima le regalaba.

—Oh no, no estoy enferma.

Al menos no bajo los términos reales.

Dime Denji, ¿Crees que puedes simplemente diagnosticarme con términos humanos?

¿Seguro de tu condescendencia hacia mi estado mental?

No soy como tú, y tú nunca serás como yo.

Soy superior, incluso en mi biología.

No soy de este mundo, y los tuyos, incluso los más extraordinarios como Kishibe o tú, están lejos de ser una minúscula parte de mi mera esencia…

—Eres…

—Me han llamado por muchos nombres a lo largo de la historia.

En sumeria fui conocida como el demonio de la conquista, en babilonia se me acuñaron términos que los tuyos han decidido ignorar.

Los paganos me veneraban porque eran los únicos cuerdos, conscientes de que un mundo impredecible no era posible de habitar con una sonrisa.

Pero, ¿Quieres saber mi nombre?

¿Quieres saber cómo te referirás a tu creadora?

Quizás aquella mujer te llevó nueve meses en su vientre, pero Denji…

—Makima puso sus manos en las mejillas de Denji, acercó su rostro al suyo, juntando sus frentes, sus ojos inspeccionando su alma, obligando al rubio a devolverle el gesto, y con aquella sonrisa, ella le habló, bajo, susurrante, cálido y casi de forma absoluta—.

Yo te llevé toda una eternidad en mi mente.

Y cuando te di forma, resultaste tan perfecto que no puedo sino deleitarme bajo la magnificencia de mi éxito.

Ella le robó un beso en los labios, sorprendiéndolo.

Contrario a las veces con Reze, en que cerraba los ojos para sentirlo, él no lo hizo; sin embargo, ella tampoco.

Mientras lo besaba, arrebatándole un mísero gesto que para él era la mayor intimida que tuvo con alguien, ella le miraba directamente a los ojos.

Se separó de él, con un hilo de saliva uniéndolos, agarrando su pelo y acariciando su cabeza suavemente, de forma espeluznantemente reconfortante.

—Me conocerás, plena y completa, como yo te he conocido a ti por 17 años.

Denji, Makima es un sobrenombre que he decidido acuñar, de los muchos tantos que me he visto obligada a emplear con el fin de concretar mis fines.

Conóceme…

—Ella sonrió un poco, mostrando sus colmillos, tan afilados como los de él, y sus sospechas fueron correctas, abriendo mucho los ojos.

—Eres un Demonio…

—Susurró Denji, en pánico.

—No soy un Demonio, Denji…

—Makima se separó de él, mientras lo cubría con su cuerpo, y la sombra que se cernía sobre su ser se amplió, formando la silueta de un ojo que todo lo veía—.

Soy lo que presagia el fin de los tiempos, el inicio del nuevo mundo.

Soy lo que los tuyos más odian, pero que más necesitan.

Soy lo que soy, y eso será suficiente para mis planes.

Denji, soy el cuarto Jinete del Apocalipsis, anunciado proféticamente desde que el humano puede llamarse a sí mismo hombre.

Me conocen como Control, Conquista y Dominio.

Pero yo prefiero que me llames…

Makima sonrió suavemente, escondiendo sus dientes en una cortesía discordante con su verdadera naturaleza.

Denji la miró, horrorizado.

Tembló, mientras negaba.

Con cada movimiento de su cabeza, todo cobraba sentido.

Todo se enlazaba, todo cómo tuvo un por qué, y este abominable ser frente suyo, fue el último cuándo de todo lo que sucedió en su vida.

—Laplace, ese es mi verdadero nombre.

Una bala perforó la cabeza de Makima, quien cayó al suelo.

La sangre se regó por todos lados, en la cara de Denji, que se sorprendió mucho.

Denji miró el agujero que había destrozado el ventanal circular detrás de Makima, y en el edificio más cercano, usando sus sentidos mejorados como híbrido, lo miró.

—Kishibe…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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