Denji (No) es un Niño - Denji is (Not) a Child - Capítulo 80
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- Capítulo 80 - 80 Epitafios
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80: Epitafios 80: Epitafios —Ya ha pasado medio mes desde que ese mocoso está adentro.
¿No come?
—Kishibe susurró, mientras miraba al frente—.
Creo que es hora de ir a darle un vistazo…
Kishibe llegó a la habitación por medio del portal, y al entrar, miró a Denji, sentado en aquella silla.
Kishibe observó la postura de Denji, encorvada hacia adelante, las manos unidas y descansando en sus rodillas.
Tal y como él lo hacía.
Denji miraba al frente, en su dirección.
Kishibe le miró a los ojos, y contempló un brillo en ellos, uno más brillante que el de aquel bombillo.
—Denji…
—Empezó, mirándolo—.
Luces renovado.
¿Has pensado en lo que te dije?
—He pensado…
—Denji asintió, serio—.
Y…
Tenías razón.
—¿Sobre qué?
—Sobre todo…
—Denji se paró, caminando—.
Makima pudo haberles dado la oportunidad de vivir conmigo, pero no los hizo amarme…
Denji cruzó el portal, mientras Kishibe salía junto a él.
En ese momento la bombilla parpadeó, apagándose.
Llegaron a la ciudad, mientras observaban la nieve rodeando todo.
Denji desvió la mirada de la nieve, mirando a Kishibe.
El rubio mayor notó su incomodidad, pero no dijo nada.
—Voy a enfrentarme a Makima…
—Denji, ¿Sabes lo peligroso que es eso?
—Preguntó el rubio mayor, curioso.
—No lo sé…
En realidad no sé nada.
Todo lo que creía ahora resulta ser mentira.
Mi nacimiento, la vida con Pochita, con Aki y Power, mi relación con Reze, cuando fui rescatado por Makima.
Pero, hay algo que resultó ser verdad en todo esto…
Que pude amar y fui amado.
Dime, Kishibe.
En un mundo como el que planea Makima, ¿Hay posibilidad para el amor?
Kishibe le observó, mientras el rubio le dedicaba una sinceridad plena.
No había felicidad, no había más que resiliencia en sus ojos.
No podía saber cuán hondo había caído Denji dentro de esa habitación, pero podía intuir que al llegar al fondo, este mocoso al cual Makima despojó de piernas y brazos, logró lo impensable: Flotar.
—No.
No la hay —respondió él, y Denji asintió, comprensivo.
—Entonces…
—Denji inhaló el aire, cerrando los ojos, miles de imágenes pasando por su mente, pero siempre sereno—.
No es un mundo en el cual esté dispuesto a vivir.
—¿Y cómo planeas enfrentarla?
Solo conocemos su contrato con el primer ministro, el cual le da inmortalidad…
—No sé cómo voy a hacerlo.
Francamente, no sé siquiera si voy a lograrlo…
Solo sé que debo hacerlo.
Quiero hacerlo.
Ya no se trata de si voy a ir a morir ahí…
—Denji miró en el cielo una parvada de cuervos sobrevolar el área—.
Voy ahí a comprobar si aún sigo vivo.
Como con mi padre…
Voy a buscar una razón, hasta la más insignificante del mundo, para convencerme de que mi vida vale la pena ser vivida.
—¿Y dónde irás precisamente?
—Kishibe preguntó, mientras Denji avanzaba, caminando.
Los cuervos le seguían desde las alturas, y Denji estaba tranquilo.
Poseía aquella camisa blanca y zapatos negros de su cumpleaños.
Era 21 de Enero de 1998, y Denji, con todo lo que le ocurrió, creyó haber vivido más años de los que podía contar.
Se giró hacia Kishibe, y esta vez, una pequeña sonrisa surgió en él.
Una sincera sonrisa.
—Osaka.
Hay alguien a quien me gustaría visitar antes de todo esto…
Alguien a quien quiero saludar, para decirle que sigo vivo —Denji se marchó, con aquella sonrisa en su rostro.
Kishibe le miró perderse entre las calles, sin darle importancia a que Makima lo estaba buscando.
Kishibe suspiró, sacando un celular de su bolsillo.
Lo desplegó y marcó una serie de números.
La llamada no tardó en ser contestada, y Kishibe, con el tono más cansado del mundo, habló.
—Separe tres Jack Daniels a mi nombre.
Sí, iré a buscarlos de inmediato —colgó, mientras negaba y se marchaba al lado contrario que Denji lo hizo.
—Osaka…
—Susurró Makima, mientras recibía la información por medio de los cuervos.
Ella se paró y se dirigió a una máquina para imprimir.
Puso su mano sobre ella, y una chispa brotó de sus dedos, adentrándose en la impresora.
La maquina imprimió una foto aérea, donde Denji y Kishibe se alejaban por polos opuestos.
El contrato con el Demonio del Olvido, el cual le permitía a Makima plasmar sus recuerdos en fotos siempre que tuviera un dispositivo capaz de hacerlos.
Había sido así como obtuvo todas las fotos que poseía sobre la vida de Denji.
—Bien, chicos…
—Makima habló, sonriendo—.
Nos vamos a Osaka.
Alístense y vistan de negro.
Vamos al cementerio.
Denji estaba frente a una tumba, con los ojos cerrados y rezando.
Tenía una camisa blanca de botones, una corbata negra de una seda increíblemente cuidada y fina.
Sobre aquello, había un saco negro que le quedaba un poco grande, pero que no se veía mal en él.
Vestía pantalones de diseñador, y unos zapatos negros muy caros, recién boleados.
—Así que aquí estás, Denji…
—Makima se acercó, con un gran grupo de cazadores detrás suyo, además de los cuatro híbridos—.
No pensé que fueras a venir a buscarme.
—Nada de eso —Denji habló, mirando a Makima.
La pelirroja miró serenidad en los ojos de Denji, y esto la divirtió.
Makima negó ligeramente con la cabeza, mientras observaba las cruces blancas que conformaban el paisaje.
Denji la miraba a ella, sin despegarle la mirada.
Ella volvió a verlo a los ojos, pero no hubo rabia, incomodidad o miedo, solo tranquilidad.
—¿Y entonces?
¿Por qué has decidido salir de aquel cuarto?
¿Cómo fue que te aventuraste completamente solo a venir conmigo?
¿Ha sido que ganaste voluntad con el recuerdo de tus amigos?
No quiero molestarte, pero te recuerdo que he sido yo la arquitecta del hogar al cual te encariñaste.
—He salido porque quedarme encerrado sería darte la victoria —respondió el rubio, sereno.
—¿Y acaso no crees que haberme venido a enfrentar es igual de malo?
—Te equivocas.
No he venido a enfrentarte, Makima.
Vine a saludar a alguien…
—Denji sonrió levemente, hablando de nuevo con calma—.
Y te equivocas en otra cosa.
—¿Equivocarme?
Realmente no me he equivocado en nada.
Pero dime, Denji.
¿Qué es eso en lo que supuestamente me he equivocado?
—No he venido a enfrentarte…
—Denji sacó un cuchillo de su bolsillo, mientras Makima le veía con un rastro de diversión en sus ojos—.
Tú has venido a enfrentarme a mí.
Aquí, la retadora eres tú, no yo.
—Bien, Denji.
Si crees que vine a enfrentarte estás equivocado.
He venido a enseñarle a mi perro que no puede irse por ahí.
Te he venido a buscar, porque aún llevas el collar puesto —Makima sonrió, y con ello, la batalla estalló.
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