Denji (No) es un Niño - Denji is (Not) a Child - Capítulo 82
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- Capítulo 82 - 82 Para el Hombre que lo tenía Todo
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82: Para el Hombre que lo tenía Todo 82: Para el Hombre que lo tenía Todo Denji fue arrojado a cientos de metros hacia atrás.
Su coraza pectoral fue resquebrajada, producto del impacto.
Makima corrió hacia él, una velocidad vertiginosa que no tenía precedentes.
Era tan veloz como Quanxi, o un poco más incluso.
Ella llegó frente a él, que había detenido su avance al clavar las motosierras en el piso.
Makima le apuntó en la cabeza, lista para finalizar todo.
—Bang…
Makima fue tomada por sorpresa, pues las cadenas salieron del suelo y aprisionaron sus extremidades.
Su onda de choque dio a parar al suelo, revelando que los cuatro brazos de Denji en el suelo habían servido para desplegar sus cadenas.
Pero esto no la podría retener eternamente.
Denji encendió sus cuatro motosierras, y las cadenas hicieron pedazos el cuerpo de Makima.
La sangre brotó de los pedazos en los que fue partida, pero ella se regeneró casi de inmediato.
Ella apuntó nuevamente a su pecho, ahora que estaba libre de las cadenas.
Él le cortó la mano, pero recibió el impacto.
Makima le había apuntado con su mano libre, la izquierda, mandándolo de regreso al punto inicial del combate.
—Brillante…
Ahora mi uniforme está dañado —Makima miró su camisa rasgada, suspirando—.
Denji, Denji…
Voy a hacerte pagar por esta camisa.
Ella se dirigió hacia él con velocidad, llegando de inmediato.
Denji percibió que Makima era tan veloz como él sin su transformación, una realidad aterradora.
Era su igual, o eso pensaba él.
No había batallado cuerpo a cuerpo desde que salió de aquel cuarto.
La mujer no le dio tiempo, mientras conectaba puñetazos que dañaban su coraza.
Denji le cortaba los brazos o cabeza, pero se pegaban de inmediato, como si no hubiera daño.
—Es inútil, Denji.
Mi contrato con el primer…
—Makima fue decapitada, recuperándose de inmediato—.
Ministro, me permite mandar el daño que me inflijas hacia un ciudadano japonés al azar.
Dime, Denji, ¿Puedes seguirme atacando después de saber eso?
La respuesta de Makima fue ser dividida por la motosierra de Denji, que no parecía verse afectado por lo que ella le comentó.
Un poco de sangre brotó de esa herida, y Denji la absorbió con su boca, colocándose de rodillas y volviendo a partir a Makima.
La mujer se alejó, notando que le daba más sangre de la que necesitaba Denji.
Makima estaba sonriendo, pero ese brillo en sus ojos parecía más intenso.
Ella miró a Denji, que estaba listo para lanzarse.
Movió sus brazos, sus cadenas lanzándose.
Las unió, haciéndolas chocar entre ellas, mientras formaban ataques de ángulos irregulares que podían tomarla por sorpresa.
Makima fue cercenada, cortada, decapitada, raspada, rasgada o destripada.
Pero todo daño se reparó tan pronto apareció.
Ella iba hacia atrás, mientras se acercaba a los cadáveres de sus cazadores.
Denji miró esto, acercándose al notarlo, pero era demasiado tarde.
Makima puso sus manos sobre un cadáver masculino, y con ello, ese cadáver se transformó en una réplica exacta de ella misma.
Esa Makima se puso de pie, tocando a otros.
Pronto, todos los cazadores caídos fueron levantándose, como copias idénticas y sanas de Makima.
Uno de ellos se escondió, marchándose fuera de la vista de Denji.
Aquellas Makimas rodearon a Denji, el cual miró el círculo formado por aquellas Makima.
Aquellas mujeres pelirrojas levantaron sus brazos, apuntándole con el dedo índice.
Denji sintió que pronto podría terminar el combate si no hacía nada, pero cuando intentó saltar para poder esquivar el ataque, era demasiado tarde.
Ya había sido apuntado.
—¡Bang!
Todas las Makima le dispararon al unísono, reventándole el cuerpo, mientras su coraza era destruida.
Los fragmentos cayeron al suelo, mientras ellas sonreían de la misma forma.
Todas tenían un traje de seguridad pública, y le apuntaron, listas para volver a atacarle.
Denji puso un brazo en el suelo, cayendo de rodillas.
—¡Bang!
—Dijeron nuevamente el grupo de Makima, y cuando iban a hacerlo por tercera vez, fueron destruidas.
Muchas de ellas fueron destrozadas por una cadena que salió del suelo, cortándolas a la mitad.
Denji miró esto con cautela, esperando que se regeneren.
Para su asombro, no lo hicieron, y en su lugar, cayeron para volver a ser los hombres que eran antes.
Denji anotó esto en su mente, tomándolo a consideración.
Se lanzó hacia el charco de sangre creado por las réplicas caídas, y cuando iban a alejarlo con otro Bang, era demasiado tarde.
Denji se empapó en aquella sangre, bebiéndola.
Sumergió las manos en el suelo, y de la tierra emergieron cadenas.
Las Makima esquivaban, pero los ángulos de ataque de dichas cadenas eran demasiado impredecibles para poder salir ilesas.
Lentamente su número se redujo, y Denji bebía la sangre en el suelo continuamente, asegurando de no desgastarse.
El número bajó a dos copias, las cuales se dividieron dado que una fue partida a la mitad, y la otra logró esquivarlo.
Esa copia fue la primer Makima, de traje rasgado.
Ella se alejó, mirándolo con estoicismo.
—Vaya, Denji…
—Dijo ella, en un tono tranquilo—.
Parece que eres un gran luchador.
No me sorprende que hayas matado a Aki y Reze.
Incluso con demonios tan poderosos en su interior, lograste aniquilarlos…
—Yo no maté a ninguno de ellos dos —Denji le respondió, parándose—.
Me los enviaste muertos, solo me encargué de que sus cadáveres fueran dejados en paz.
—Oh, ¿Sabes lo que le sucedió a sus cadáveres?
—Lo sé, y francamente, fue lo mejor —Denji le dijo, serio—.
Sé que nada de lo que haga los traerá de vuelta.
Aki era un poseído, no un híbrido.
A Reze, incluso si le suministraba sangre, jamás podría recuperarse de lo que le hiciste.
—¿Seguro?
Podrías haberla tratado, podrías haberlo intentado.
No lo hiciste, ¿Por qué?
¿No la amabas?
—La amé…
—No lo suficiente.
De haberla amado realmente habrías intentado traerla de regreso…
—¿Y darte mi ubicación?
¿Entregarte mi información por medio de ella para así regresar y jodernos de nuevo?
No señor —Denji se negó, mientras se preparaba—.
Estoy seguro de mis sentimientos por ellos, así como de los que ellos me brindaron a mí.
—Eres un soñador incrédulo, Denji.
No te amaron, todo lo que viviste y sentiste de su parte, fue parte de lo que te otorgué.
Cada palabra, cada gesto, sonrisa, aliento y beso de sus partes…
Todo eso fue mío.
No te pertenece nada de lo que ellos te dieron.
Ni su amor, ni su felicidad, ni su legado.
Todo lo que hicieron de ti me pertenece…
Me perteneces, no hay nada en ti que sea tuyo.
—Pero lo que yo hice de ellos fue la cosa más real que viví en este mundo que crees controlar —Denji dijo, en un tono sereno que detuvo a Makima—.
Quizás soy tu experimento, tu rata de laboratorio.
Puede que mi nacimiento lo planeaste, que orquestaste todo mi sufrimiento, así como que nos encaminaste…
Makima sonrió, complacida.
—Pero nada de lo que yo hice por ellos te pertenece.
Ni los “Te amo”, ni los “Te quiero”.
Ni los besos, abrazos o consuelos que les brindé.
Nada de eso te pertenece, ni siquiera a mí.
Todo lo que hice de ellos es de ellos, y ni siquiera tú puedes reclamarlo.
Nada de lo que me hiciste vivir hizo de Aki un buen hermano mayor; nada de lo que me provocaste me hizo moldear a Power para ser la excelente hermana que tuve.
Y nada, ni siquiera el sufrimiento que me ocasionó la pérdida de mi madre, o el asesinato de mi padre, fue la semilla necesaria para que hiciera de Reze una chica normal, que iba a la escuela, que tenía novio, que tenía amigas…
Que quería ser madre.
Nada, absolutamente nada de eso te pertenece.
Y el yo que está parado frente a ti, menos…
—Cierto…
—Makima habló con frialdad, seria—.
Yo nunca te enseñé a ser tan bocón, ni a llevar la contraria.
—Por supuesto que no.
Son cosas que aprendí por mí mismo, viendo a otros.
Himeno me hizo replantearme las cosas esa noche en su cuarto.
Esa semilla me hizo ser amable con Reze.
Todo lo que me hiciste pudo haber tenido sentido, si en aquella noche en la cena no me hubieras mandado con Himeno a su casa.
Si me hubiera llevado a Aki y Power, nada de esto habría ocurrido.
Sería tu perro, sería tu mascota, tu arma vacía…
Así que, Makima…
—Denji tenía un tono sincero, pero dolorosamente irritante para la pelirroja—.
Gracias.
Me diste aquello que me serviría para enfrentarte.
Tienes razón en que sembraste la semilla, pues he aquí el fruto de tus acciones.
¿No lo ves?
Criaste a un arma, y hoy tienes enfrente tuyo a un hombre.
Pero yo no veo en ti a mi dictadora, ni a mi reina, ni a Makima o a Laplace…
No veo nada, porque todo lo que me diste lo rechazo.
Estás viendo un hombre nuevo, un hombre.
—Eres divertido…
—Makima dijo, y tras eso, empezó lentamente a reír de forma suave y baja, nunca perdiendo la elegancia—.
Realmente eres sorprendente, Denji…
—Hayakawa Denji…
—Denji habló, con un tono alegre que eran chirridos de metal siendo raspado—.
Me llamo Hayakawa Denji.
Hermano de Hayakawa Aki, y de Hayakawa Power.
—Bien, Hayakawa Denji, pareces ser alguien muy resiliente…
—Makima habló, esa sonrisa suya volviendo—.
Es importante para mí.
Un ser sin corazón no puede ser dañado.
Un hombre con corazón es, en esencia, un ser frágil y destructible.
—Te equivocas en algo, Makima.
El hombre es frágil por tener un corazón, pero los corazones son duros, sin importar en el cuerpo que estén.
No creas que puedes simplemente ir por ahí, destruyendo las esperanzas de la gente sin sufrir consecuencias.
El mundo, el propio universo, te está gritando que ha sido suficiente.
—¿Gritando?
¿Diciendo?
No oigo nada de lo que esas estupideces dicen.
Son incoherencias, irrelevantes en su naturaleza caótica.
La magna mía, el control, es lo único que reina.
Y si fueran a hablar, ¿Qué dirían?
¿Qué me gritarían?
—¿No lo oyes?
¿Tu poder te hace sorda?
—Denji habló, mientras retraía la sierra de su mano superior derecha, señalándose el pecho con el pulgar—.
El universo grita mi nombre.
La entropía me reclama.
Soy el único hombre en el mundo que puede ponerte un alto.
—Y una lástima que no puedas…
No te creas mucho, Denji, eres solo un producto que hice, resultado de mis planes de más edad de la que está en los registros históricos antiguos…
—Ten cuidado de escupir hacia arriba, puede caerte en la cara —Denji le dijo, y Makima parpaedó, confundida—.
No seas tan egocéntrica como para creer que eres el centro del universo.
Nada gira alrededor de ti, Makima.
Incluso si fueras el sol de este mundo, recuerda que el sol es diminuto ante el universo.
Por primera vez en millones de años, Laplace, el Demonio del Control, la encarnación misma del absolutismo, frunció el ceño.
Miró a Denji, con ese ligero ceño fruncido.
Su ojo izquierdo se crispaba, temblando.
Ella lo miró, y una pequeña risa cínica escapó de la boca horrorosa de su transformación en motosierra.
—Bien, Denji…
Te has ganado a pulso lo que estoy por hacerte.
Me encargaré de que te arrepientas de tus palabras, de haber existido, de ser consciente…
—¿Y cómo lo harás?
¿Usando tus contratos?
¿Usando tu fuerza para doblegarme?
—Te voy a mostrar lo que es el infierno, Denji.
Te voy a hacer saber lo que implica nacer en el mundo de los Demonios, en el mayor y puro infierno…
—Makima respiró hondo, preparada para el combate.
—Nada de lo que hagas puede dañarme, Makima.
Me lo has quitado todo.
Amigos, familia, amor, futuro…
¿Qué infierno puedes hacerme atravesar?
—Una cadena brotó del suelo, mientras destrozaba a aquella Makima.
Denji la miró caer, y como supuso, no se regeneró.
Giró hacia atrás, mientras una Makima impecable, con camisa blanca y corbata negra le observaba.
Ella estaba seria, mirándolo.
Makima estaba apuntándole con su dedo, directamente a la cabeza.
—¿Vas a dispararme?
Supongo que tienes razón, Makima.
Eres absoluta gracias a tus contratos.
Fuera de eso, eres tan mortal como yo.
Tan insignificante, tan sucia…
—No lo soy.
No nos compares, Denji.
Mientras tu estabas en las bolas de tu padre, yo estaba pensando en cómo destruirte la vida, una vida que no tenías aún…
—Pero no puedes pelear conmigo.
Dime, Makima, ¿Qué sentido tiene prolongar esto?
¿Qué sentido tiene seguir peleando contra mí?
Seamos honestos.
En una pelea de desgaste, no me vas a ganar.
Destrocé a tus copias, te hice mierda, ¿Qué truco te queda?
Simplemente eres tan dependiente de lo tuyo que eres incapaz de ver lo mío…
—¿Lo tuyo?
¿Hay algo que sea digno de llamar “tuyo” en este mundo?
—Claro que lo tengo.
Aún tengo esto…
—Denji se agachó, mientras recogía del suelo un cuchillo, mismo que se cayó de uno de los cadáveres, el mismo que usó en el inicio—.
Esta arma, ¿La recuerdas?
El cuchillo de cocina que usé para atacarte al inicio.
Esa que el cazador interceptó por ti.
—¿Un cuchillo de cocina?
—Makima empezó a reír fuertemente por lo que Denji sostenía, mientras se agarraba el estómago.
—Este cuchillo puede aniquilarte, Makima…
—¿Y cómo sería eso?
—Makima preguntó, secándose una lágrima.
—Hagamos esto.
Te ofrezco un contrato, Makima…
—Denji le habló, apuntándole con el cuchillo—.
Una pelea entre tú y yo.
Nada de contratos, nada de poderes.
No hay motosierra, no hay nada de tus trucos sobrenaturales.
Solo tú y yo, Denji y Laplace, un mano a mano con cuchillos…
—Hablas demasiado —Makima le disparó, pero contrario a hace tiempo, Denji lo esquivó.
Makima le persiguió con el dedo, mientras las explosiones volaban tumbas y parte del terreno.
Denji usaba las cadenas para impulsarse, sus saltos le otorgaban gran rango de acción, mientras Makima suspiraba, irritada.
Llegó el punto en que no podía darle, mientras Denji gritaba.
—¡¿Qué sucede?!
¡¿Perdiste fuerza?!
—Denji le gritó, y esto la hizo fruncir el ceño nuevamente.
—Humano insignificante…
Haré que te tragues tus palabras…
—Makima siguió por un rato más, hasta que, por un descuido, Denji logró cortarle la mano.
Su mano se regeneró, pero ver aquella herida aparecer en su cuerpo la hizo hervir de rabia.
No la demostró, pero estaba claro que este despojo de hombre estaba sabiendo sus patrones.
Makima tenía millones de años de existencia, y como jinete del apocalipsis, nunca había conocido la muerte.
Nunca perdió, nunca sufrió.
Todo su plan, nacido eones antes, fue puesto a prueba por un niño de 17 años de edad, cuya vida fue planeada y diseñada milimétricamente por ella.
—Bien, Denji…
—Makima habló, sonriendo—.
Es un trato…
Makima le miró, y el brillo que le brindó sus ojos al rubio le hizo sentir un escalofrío por toda la columna.
Makima estiró la mano, ofreciéndole estrecharla.
Ella le miraba, tranquila y sin el más mínimo indicio de traicionarlo.
—Sin contratos…
—Dijo ella, sonriendo—.
Pero con una condición.
Si gano, me obedecerás sin pensar, harás lo que pida, y por supuesto, te someterás a mí.
Seré tu dueña, y tú una extensión de mi voluntad.
¿De acuerdo?
Denji miró la mano de Makima, un trato injusto.
Si perdía el duelo, todo por lo que luchó se vendría abajo.
Pero no le quedaba más, era esto o nada.
Su plan dependía totalmente de esto, y Denji, ante la condición de Makima, deshizo su transformación.
Le miró a los ojos, con esa cara humana suya.
Se acercó, a punto de estrechar su mano.
—Entonces yo te pongo una condición también…
—Dijo Denji, y Makima sonrió.
—¿Y cuál podría ser esa dichosa condición?
¿Familia?
¿Libertad?
¿Amor?
¿Riqueza?
¿Placer?
Todo eso podría dártelo si te sometes a mí…
—Habló ella, sonriendo con suavidad y calidez.
—Sin regeneración.
Todo será como si fuéramos humanos.
Nada de poderes, nada de contratos, nada de regeneración.
Solo tú y yo, peleando con cuchillos, como dos personas normales, no como los monstruos que somos…
—Denji le miró a los ojos, con seriedad, y la sonrisa de Makima le hizo entender algo.
—Hecho —Makima estrechó su mano, de la cual emanó un fuego azul que grabó un símbolo en forma del ojo de Makima en el dorso de su mano—.
Mi cuchillo, por favor.
Denji sacó un cuchillo de su saco, entregándoselo a Makima.
Tomó distancia, un metro para ser exactos.
La miró, apuntándole con el cuchillo.
Makima tenía una eternidad existiendo, era hermana de la guerra, ¿Cómo podría perder ante este mocoso?
Pero Denji no era cualquier cosa.
Había un dicho al cual debían ceñirse todos: Teme a la ira de un hombre amable.
Y Denji, tras toda su travesía, era eso.
Lo que entendió Denji con aquella sonrisa de Makima, no era más que llegar al entendimiento de lo que dependía de su capacidad con el cuchillo.
La daga en su mano, de cocina y acero inoxidable, estaba en buen estado.
La de Makima estaba menos filosa que la suya, tomada de un supermercado.
Ella lo ignoró quizás, pero Denji lo sabía, y le entregó a propósito aquella.
Lo que entendió era que, incluso con la aparente omnisciencia de Makima, ella no sabía que ya había perdido.
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