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Denji (No) es un Niño - Denji is (Not) a Child - Capítulo 83

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  4. Capítulo 83 - 83 Duelo de los Destinos
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83: Duelo de los Destinos 83: Duelo de los Destinos —¿Algunas últimas palabras?

—Preguntó Makima, sonriendo suavemente—.

No importa si me diste el cuchillo menos afilado.

Lo sé, Denji.

No puedes engañar a mis ojos.

Denji no pronunció palabra alguna, mentalizándose.

Respiró hondo, mientras su ritmo cardíaco se aceleraba.

Sintió la adrenalina recorrer su torrente sanguíneo, la sensación de poder y plenitud llenando cada célula de su cuerpo.

Estaba en su apogeo físico y táctico.

Sus pupilas se dilataron, y en esa negrura se reflejaron los dorados iris de Makima.

—Supongo que no.

Bueno, siempre puedo hacerte hablar después —Makima se lanzó hacia Denji, con un movimiento veloz que buscaba engañar a su ojo.

Pero Denji era un experto en los duelos uno contra uno.

Los mano a mano siempre fueron su especialidad.

Fueron contadas las personas que pudieron derrotar a Denji en un mano a mano, y todas ellas se enfrentaron a un Denji inexperto, ignorante y, francamente, menos poderoso que el Denji frente a Makima.

Makima agitó su brazo, mientras una estela brillante seguía con el brillo de su hoja rozando el viento de forma horizontal.

Denji dio un paso hacia atrás, su pie derecho descansando detrás del izquierdo, en pose de boxeo.

Su cuchillo fue tomado en agarre inverso, y notando que Makima poseía una velocidad semejante, no buscó cortes, sino, acabar rápido con esto.

—Mencionaste que nada puede engañar a tus ojos…

—Pensó Denji, mientras flexionaba las rodillas, preparándose para hacer su movimiento.

—Va a lanzarse.

Esa posición de pies indican que se aproximará.

Tan pronto se me acerque, insertaré el cuchillo en su yugular, y cuando haya muerto, será mío por la eternidad…

—Pensó ella, mientras se preparaba para su victoria.

De repente todo salió mal para ella.

Denji no se lanzó, sino que empujó su pie hacia adelante con una patada que levantó polvo, directamente a los ojos de Makima.

La mujer gruñó, retrocediendo.

Denji aprovechó ese lapso de tiempo para poder acercarse, y ante la falta de visión de su oponente, él la apuñaló.

El cuchillo perforó su carne, atravesándole el brazo izquierdo a Makima.

Denji gruñó en irritación.

Había apuntado a su corazón, pero no pudo conectarlo.

Makima había abierto uno de sus ojos, enrojecido e irritado por aquella tierra dentro suyo.

Ella estaba furiosa.

El primer ataque fue para Denji, que logró dañarla.

Denji recibió un ligero corte superficial en la mejilla, esquivando la daga que se dirigía hacia su cráneo, ladeando la cabeza.

Makima, en ese preciso momento, entendió la terrible decisión que tomó al aceptar el cuchillo con menor filo.

Tal corte debió haber abierto la mejilla de Denji, revelando sus dientes al partirle la cara.

Sin embargo, dado el filo cutre y pobre del arma, apenas y pudo hacerle daño.

—¿Qué sucede?

—Denji preguntó, sonriendo de forma cínica—.

¿Te duele?

—Eres un hijo de puta…

—Susurró Makima, tentando a Denji con aquello que ella sabía siempre había ocasionado un estallido de ciega ira en él.

—Sí, lo soy —Denji le devolvió una sonrisa depredadora, sus ojos adquiriendo un brillo peligroso, como el de ella—.

Y estoy feliz de ello.

Denji fue repelido con una patada de Makima.

El cuchillo salió de su brazo, dejando que su perforación comience e sacar sangre.

Makima miró esto y chasqueó la lengua.

Lagrimeaba, sus ojos limpiando la tierra que se había logrado colar a su visión borrosa por aquellas pequeñas cascadas.

—¿Estás llorando?

¿Tanto te dolió sentirte humana por primera vez?

—Preguntó Denji, una risa baja resonando en el lugar—.

Acostúmbrate.

En los próximos minutos, te haré sentir en carne propia la misma desesperación que a mí me tocó experimentar durante dieciséis años.

—Debí haberte hecho sufrir más…

Me aseguraré de torturarte eternamente, hasta satisfacer cada retorcida idea, fetiche y pensamiento que cruce mi mente…

—Makima le dijo con amenaza, frunciendo el ceño, su voz era grave y baja—.

Parece que solo así entenderás…

—Aquí la única que no entiende eres tú, Makima.

No habrá otra oportunidad.

No habrá otro chance.

Perdiste porque no entiendes nada…

—Denji le apuntó con el cuchillo, serio—.

Pudiste haberme hecho sufrir de la manera más horrenda posible…

Y aún así, yo seguiré levantándome.

Siempre lo hice.

—Dejarás de hacerlo…

Haré que entiendas…

—Lo único que entiendo es mi verdad, una verdad más realista que la tuya…

—Denji miró al cielo, mientras la mujer crispaba los ojos, el izquierdo le temblaba de forma incontrolable—.

El mundo no es cruel, no es malo ni apestoso…

El mundo es, simplemente, así.

—Es imperfecto.

El mundo necesita ser moldeado.

El mundo requiere control, los humanos gestión, y los demonios requieren ser diezmados.

—¿Te escuchas a ti misma?

No solo quieres acabar con la libertad y elección, sino que planeas cometer un genocidio contra los tuyos.

¿Sabes lo retorcido que es eso?

—Yo no tengo míos, no hay nadie como yo…

—Makima rio por lo bajo—.

Incluso mis hermanas son ignorantes del colapso gradual al que se enfrenta el universo.

Yo soy la salvación, porque ofrezco la incapacidad del dolor, del sufrimiento.

Soy la respuesta a un colapso, a la entropía, la antítesis de todo lo que te ocurrió.

—Y todo lo que me ocurrió, me sucedió porque tú hiciste que pasara —Denji le contradijo, mirando el reflejo de sus ojos ámbar brillante en su cuchillo—.

Eres la antítesis a la vida, y por eso tu idea de un mundo así, gobernado por ti, no es compatible con la realidad.

No eres especial por ser un jinete; no eres especial por haber sido un Demonio.

Al final, solo eres una chica solitaria que, en su perturbada mente, creyó que controlando a los demás podía sentirse parte de algo, incluso si ese algo era incorrecto.

—¿Sola?

¿Sentirme menos y buscar ese control por mera soledad?

—Makima se rio, mientras se acercaba peligrosamente a Denji, con una mano alzada, previniendo más tierra en los ojos—.

Niño, no sabes nada.

No creas que puedes juzgarme con estándares humanos.

Mi soledad no me hizo pensar como pienso.

Soy el demonio control, la encarnación del absolutismo.

¿Crees que alguien como yo, que nunca conoció la derrota y se antepone a la sumisión, puede ser diagnosticada bajo sus trastornos?

Soy un Demonio, el Demonio de Laplace.

—Y entonces, ¿Por qué lo haces?

¿Por qué haces lo que haces?

¿Nunca pensaste que había otro camino?

¿Que podías lograrlo siendo buena?

Tanto sufrimiento, tanto dolor, por mero orgullo y ego…

—Denji se acercó a ella, frunciendo el ceño.

—Eres un total idiota descerebrado.

Preguntarme el por qué lo hago, es como preguntarle a un tornado el por qué destruye casas, a un terremoto el por qué colapsa edificios, y a un eclipse el por qué sucede.

No tiene sentido, no hay razón de ser.

Simplemente sucede.

Lo aceptas o no lo aceptas, no te acercas y lo cuestionas.

Al igual que con ellos, por más preguntas que hagas, no tendrás respuestas.

Una fuerza de la naturaleza no habla…

—Makima lanzó una estocada que Denji esquivó, mientras él mismo daba una que ella repelía—.

¡Acciona!

Empezó un intercambio de rasguños y estocadas, mientras Denji debía esquivar los cortes que Makima constantemente intentaba provocar.

La mujer pronto entendió que se enfrentaba a un maestro de la daga, porque con el pasar del tiempo, Denji empezó a ganar terreno.

Denji predijo uno de sus movimientos, y cuando su brazo derecho estuvo por atacar nuevamente, ella se detuvo.

Denji tenía el cuchillo en una trayectoria que, si ella atacaba, le cortaría la muñeca.

Makima lo notó, cambiando su estrategia.

Ella pateó el suelo, lanzándole tierra a los ojos.

Denji, contrario a ella, esperaba algo como eso.

Cerró los ojos un momento, mientras la tierra le manchaba la cara.

Makima clavó su cuchillo en su hombro izquierdo, inhabilitando dicho brazo del rubio.

Sin embargo, Denji abrió los ojos, y el peligro estalló para la pelirroja.

Ella se alejó con rapidez, retirando el cuchillo del hombro del rubio, pero fue muy tarde.

Usando su cuchillo afilado, Denji cortó el cuello de Makima.

Fue un corte superficial, casi cortándole la Yugular.

La mujer sintió un frío recorrer su cuerpo, un escalofrío.

—Estuvo cerca, peligrosamente cerca…

—Pensó ella, mientras sudor bajaba de su frente—.

Casi…

Casi muero ahí…

Denji no sintió ningún dolor con el ataque de Makima, y en su lugar, dibujó una sonrisa fría en su rostro.

Caminaba rodeando a Makima, a paso lento y deliberadamente quirúrgico, como los pasos que ella misma daba.

Makima notó más a detalle su traje, el cual no se vio dañado sino hasta ahora.

—El saco de Aki…

—Pensó ella, mirando sus pantalones y zapatos, la corbata y camisa—.

Todo eso…

Todo eso es de Aki.

—¿Qué sucede?

¿Por qué no atacas?

—Preguntó Denji, curioso.

El frío en su cuerpo no se iba, y en su lugar, empezaba a intensificarse.

Makima sudaba, le costaba seguirle el ritmo al rubio.

Había sido dañada peligrosamente en el cuello, debía ser atendida, porque la herida en su brazo izquierdo estaba derramando mucha sangre.

Denji notó estos detalles, como la palidez creciente en Makima, y sonrió de forma depredadora.

—¿Lo sientes?

—Denji rio por lo bajo, y esta vez, a Makima le tocó sentir un escalofrío recorriendo cada centímetro de cada vértebra en su columna—.

Es el llamado de la muerte.

Es el frío ante la falta de sangre.

Primero te debilitas, sudas, tu cuerpo tiembla…

Como tu mano ahora mismo.

Makima miró su mano, y Denji tenía razón.

Temblaba ligeramente al sostener el cuchillo, el cual se sentía más pesado.

Ella frunció el ceño ante esto, pero sus ojos estaban más pesados de lo habitual.

Miró a Denji, pero ese momento de vacilación fue suficiente para venderla.

Él también estaba dañado, pero creció peleando en dicho estado.

Ella lo sabía, porque le había orillado a tales circunstancias.

Y ella sabía que este era un intercambio decisivo, porque ella debía darlo todo o nada.

Ella usó su cuchillo sin filo con toda su fuerza y velocidad.

Y cuando Denji alzó su mano, ella apuñaló su abdomen.

Makima clavó el cuchillo hasta el mango dentro del estómago de Denji, mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro.

Sintió la sangre cálida salpicarle, y la tragó con deleite.

Esperó el familiar sentido de la regeneración demoníaca haciendo efecto, pero ese instintivo y familiar sentido no se presentó.

—¿Lo olvidaste?

—Preguntó Denji, mientras su mano bajaba, acercando el cuchillo a la espalda de Makima—.

Sin contratos, sin poderes…

Sin Regeneración.

Denji, usando toda su velocidad, logró una hazaña que Makima no creyó posible.

En rápida sucesión, y dentro del intervalo de dos segundos, Denji apuñaló más de diez veces la espalda de Makima, encajando el cuchillo dentro de cada órgano de su estómago, y dejando el cuchillo encajado en su pulmón derecho.

Makima sintió el metal frío entrar en su piel.

La dolorosa y horrenda sensación de ser atravesada, de ser desgarrada, de ser vulnerable.

Makima lo sintió más de diez veces en tan poco tiempo, que su cerebro no pudo procesarlo.

Había recibido muchos ataques, y el dolor nunca llegaba a registrarse por su contrato.

Pero hoy era diferente, hoy no era como en esos días.

Hoy no era Laplace, no era control.

Era Makima, la jefa de Seguridad Pública que era apuñalada por Hayakawa Denji, su mejor arma, su verdugo.

Makima se retorció de dolor, cayendo al suelo.

Denji dejó el cuchillo en su espalda, mientras Makima jadeaba en agonía.

La pelirroja sentía la sangre escurriendo de cada órgano interno suyo.

Su páncreas, hígado, estómago, riñones, intestino delgado y grueso, colon, apéndice, vesícula, vaso sanguíneo y pulmón derecho.

Ella fue abrumada por aquel sentimiento, mientras se encogía ante el ominoso dolor.

Denji suspiró, mientras el cuchillo en su estómago lo ponía pálido.

Miró el alrededor, ahora destruido.

Pero miró en una dirección, mientras agarraba a Makima del cuello de su camisa, arrastrándola por la tierra.

La mujer fue obligada a estirarse, sintiendo como sus órganos se encojían ante la pérdida de sangre, y su corazón bombeaba con más fuerza.

La adrenalina del combate se iba, dejando de administrarle dicha anestesia que el peligro daba.

Con ello, el dolor fue intensificado.

Denji había hecho un maravilloso trabajo en suministrarle una excelente dosis de su propia medicina, y dolía, mucho.

Dolía como el infierno.

No, a decir verdad, dolía más que el propio infierno, porque allí nunca sintió dolor, solo el placer de la conquista.

Makima fue arrojada al piso, mientras caía boca abajo, y su estómago impactando contra la tierra dura le hizo vomitar la sangre que llevaba conteniendo hacía tiempo.

Denji se sentó en el suelo, mientras Makima se acurrucaba en el suelo, viéndolo con la mejilla derecha pegada al piso terroso.

—¿Puedes sentirlo?

Sientes como tu cuerpo se retuerce en agonía.

Tus órganos están colapsando.

Pronto dejarás de sentir el torso.

Será como haberte entumido.

Sentirás hormigas recorriendo dicha zona, es lo que sientes cuando cierta parte de tu cuerpo pierde sangre…

Makima, realmente te odié.

Quería hacerte esto…

No, quería hacerte algo peor.

Pensaba arrancarte los ojos, extirparte la matriz, tu vesícula, envolver todo dentro de tu estómago y dártelo de comer mientras aún respirabas…

Pero ahora que te veo así, en un estado tan lamentable, tan deplorable, tan vulnerable…

Tan humana…

Makima miró a Denji respirar hondo.

Lo miró llenar su pecho con aire, el mismo que a ella se le escapaba.

Cada respiración dolía, su pecho derecho ardía.

Denji había dejado que se desangre mientras le hablaba.

Denji suspiró muy fuertemente, mientras contemplaba las tumbas a su alrededor, él mismo recargado en una.

La miró nuevamente, y ella encontró algo en su mirada, y ese algo la hizo querer ahorcarlo.

—Siento lástima por ti.

No siento más odio…

Únicamente, puedo verte y no evitar sentirme mal por lo miserable que eres.

Eres tan patética, tan débil, tan egocéntrica y predecible, que me cuesta creer que pude haber sido la víctima de una persona como tú.

Todo lo que hiciste, todo el sufrimiento que me causaste…

¿Por qué?

Denji la miró, esperando que ella le hablase.

La mujer frunció el ceño, y con sangre y baba escurriendo de su boca, le respondió.

—Púdrete…

Animal…

—Dijo ella, y Denji se paró, mientras la jalaba del pelo y la acercaba a él, sentándola en el piso.

—Que horrible debe ser tú.

Sentirse solo en un mundo que te resulta tan ajeno…

No poder conectar con otros…

Tener que contemplar desde la lejanía, como una espectadora, nunca como una protagonista.

Ahora entiendo el por qué hiciste todo.

Puede que tengas razón en tu naturaleza, pero nada puede engañar a mi entendimiento, al entendimiento humano.

Eres, simple y llanamente, una chica asustada por la incertidumbre, que prefirió volverse un monstruo, antes que aceptar que el mundo era impredecible, y podía vivirse de tal manera.

Makima le escupió en la cara, mientras Denji cerraba el ojo.

Se limpió la cara con el hombro dañado, acercando su rostro a tal lugar.

Parte de su rostro se manchó de su propia sangre, pero no tenía quejas.

Denji la dejó caer, y con su único brazo sano, la golpeó fuertemente en el estómago, un puñetazo que resonó y la hizo gemir de dolor, un quejido tan miserable que le hizo apiadarse de ella.

—Makima, realmente me pareces la persona más lamentable del universo.

Nada de lo que hiciste te sirvió.

El arma que creaste acaba de dispararte en el corazón…

Dime, ¿Qué planeabas lograr si ganabas?

¿Creías que verdaderamente me sometería a ti?

¿Que aceptaría el trato sin más?

Has estado diseñando toda mi vida, pero no puedes comprender la magnitud de mi caos.

Has estado tan centrada en cómo hacerme sufrir, que olvidaste algo muy importante: Enseñarme a no amar y creer que podía mejorar.

—Eres un monstruo…

No mereces amar…

—Makima le susurró, en agonía.

—No, soy Hayakawa Denjii…

Y todo lo que me hiciste, se lo hiciste al niño que llevo dentro…

—Denji se acercó lentamente a la tumba en la que se recargó, limpiando el polvo en el nombre—.

A este otro también…

A un padre, a una madre, hermano menor, hermano mayor y hermana.

En la tumba se leía la inscripción de “Familia Hayakawa”.

En ella, los nombres de la familia de Aki.

Debajo suyo, aparecían dos nombres más: Hayakawa Aki y Hayakawa Power.

Y el Epitafio nuevo que se colaba en la piedra, marcaba la frase más significativa para Denji.

—En cada noche oscura, y día luminoso, se habrán hecho eternos…

—Susurró Denji, sonriendo—.

Me quitaste todo, Makima.

A mi hermano mayor, a mi hermana, a mi primer amor…

A Sienna…

Pero no me quitaste la capacidad de amar.

Pudiste haberme hecho sufrir tanto que lloré…

Lloré como un bebé, pero es justamente ese deleite tuyo lo que te jugó en contra.

Un arma no llora, no se enoja, no siente dolor ni se arrepiente.

Yo supe que no era un arma cuando los abracé y acepté ser su hermano menor; cuando besé a Reze y acepté ser su pareja.

Supe que era un arma desde el momento en que abracé a Pochita en aquella casa mía, destartalada y cayéndose a pedazos.

Supe que no podía ser un arma, porque cuando mamá murió, yo lo sentí todo.

Denji sonrió levemente, mirando a la pelirroja pálida.

Sangre escurría a borbotones de sus heridas y boca.

Ella le miraba con apenas fuerza, demasiado cansada y debilitada para siquiera seguirle atormentando.

Denji le miró, con un rostro impasible, y por dentro sentía que debía acabar todo.

—No seré como tú, Makima.

No voy a prolongar tu sufrimiento.

Como dije antes, no soy tu arma, mucho menos una extensión de tu voluntad.

Lo que haré será acabar contigo…

Y luego…

—Mátame…

—Susurró Makima, al borde de la muerte.

—Y luego…

Voy a rezar por ti.

Makima abrió mucho los ojos, un rastro de fuerza llegándole a último momento.

Miró a los ojos de Denji, esperando el brillo del odio, de la ira, de la furia, de la venganza adueñándose de su alma.

Esperó verle hervir en rabia, atacarla con más fuerza, desollarla o arrancarle la piel aún consciente.

Pero en su lugar, miró compasión en esos ojos ámbar brillantes.

—Hiciste mucho daño a este mundo, a su gente, a mí…

No mereces redención, Makima.

No mereces perdón.

No mereces el paraíso, y francamente, ni siquiera mereces morir.

Mereces sufrir por toda la eternidad, mirando como el mundo sigue su curso pese a tus esfuerzos.

Mereces ver, con agonía, como el mundo que imaginas nunca sucede, y en su lugar, el mundo sigue como está.

—Yo regresaré…

Si muero, regresaré…

—Makima le dijo, sonriendo.

—Lo sé…

Pero estarás en un nuevo cuerpo, y ya no serás tú.

No tendrás contratos, no serás Makima.

Serás otra persona, y dudo que seas Laplace.

—Regresaré del infierno para hacerte sufrir…

—¿Regresar del infierno?

—Denji empezó a reír, sin sentir una pizca del dolor en su estómago—.

Estás muy equivocada, Makima.

El infierno no es allá, donde nacen los demonios.

El infierno es aquí en la tierra, donde marginados como yo tienen la desdicha de nacer.

No es allá, donde nacen los tuyos, sino aquí, donde vienen a vivir.

Este mundo es el infierno…

Y sin embargo, el infierno es la cosa más bella que jamás hayan vistos mis ojos.

Porque en él encontré amor, una familia…

Esperanza.

Y ni tú ni nadie, con todo su poder, jinete o primordial, podrán borrar eso.

—Iluso esperanzado…

—Lo soy.

¿Sabes por qué?

Porque espero, con todas mis fuerzas, que te mueras y te pierdas en el olvido.

Espero, enserio que espero, que la nueva tú no seas tú.

Que aquella nueva criatura nazca completamente vacía, desprovista de tu alma, de tu esencia.

Que aquella criatura nazca sin tu ansia de control, sin tu abominable capacidad para hacer el mal.

Que aquella criatura pueda renacer aquí, vivir una vida pacífica y feliz.

Que pueda ser el Control, pero también una persona.

Niño o niña, sea lo que sea, espero y corra con la suerte de vivir una vida que ni tú ni yo pudimos vivir.

Yo, desde lo más profundo de mi corazón, espero que cuando reencarnes, puedas vivir como nunca viviste, y que esta vez, aunque sea por esta vez, puedas experimentar el amor.

—No sucederá…

—Makima susurró, muy bajo—.

Siempre seré yo…

El control es eterno…

Mi esencia será eterna…

Tú eres efímero…

—Pues haré de mí algo tan eterno como tu esencia…

—Denji se acercó, acercando su mano al mango del cuchillo en el pulmón de Makima—.

Si algún día cruzamos caminos nuevamente, me encargaré de que tu nueva tú sea feliz.

Me aseguraré de vigilarla, para comprobar si realmente vive como una persona, o si en su lugar, eres tú cometiendo tus crímenes.

Me aseguraré de ser su amigo, de ser alguien en quien pueda confiar.

Y si te veo nuevamente, simplemente te diré…

Denji le dijo algo a Makima, haciendo que ella abriera los ojos con sorpresa.

Incluso con todo el dolor recorriendo su ser, con su pulmón derecho perforado, Makima, completamente derrotada y al borde de la muerte, rio.

Rio con ganas, genuinamente divertida.

Denji esperó a que dejara de reír, y cuando ella finalizó su risa, él retiró el cuchillo de su pulmón y, en rápida sucesión, él lo clavó en su cabeza.

El 21 de Enero de 1998, a catorce días de la muerte de Hayakawa Power y de Kamishiro Reze, muere Laplace, la Demonio del Control, conocida por su alias en clave: “Makima”.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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