Denji (No) es un Niño - Denji is (Not) a Child - Capítulo 85
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- Capítulo 85 - 85 Fin del Prólogo
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85: Fin del Prólogo 85: Fin del Prólogo —Te presento a Nayuta, Denji.
Es una niña de nueve años que encontramos en China.
Es, bueno, ya sabes quien es.
Su cuerpo fue ocupado por el Demonio Control, pues esta niña murió por hambre antes de ser ella.
Decidió conservar su nombre anterior…
—Le explicó Kishibe, colocando una mano sobre su hombro, mientras Denji parpadeaba, mirándolo con los ojos envueltos en incredulidad.
—Nayuta quería seguir viviendo —Nayuta habló, de forma suave y serena, mirando a Denji—.
Y yo ocupé su cuerpo.
No es mío, así que decidí que, si conservo su nombre, estaría cumpliendo su último deseo.
Nayuta nunca murió.
No soy el Demonio Control.
Soy Nayuta.
Denji miró a esta niña, mientras sentía escalofríos por sus ojos.
Lentamente, se puso cabizbajo.
La niña notó esto, mientras pensaba que era por su historia.
Ella se intentó acercar a Denji, pero Kishibe la retuvo.
El rubio menor estaba pensando mucho, miles de recuerdos surcando su mente, ninguno de ellos era agradable.
—Sé que es duro pedirte esto a ti, Denji…
Pero creo que eres el único que puede hacer esto.
Cualquier otro querría acabar con ella.
Pero no puedo dejar que eso suceda.
—¿Es otro activo para Seguridad Pública?
—Preguntó Denji, con un tono ronco en su voz.
—No.
Nayuta es una niña, una que irá a la escuela, que verá televisión hasta que se le lave el cerebro por programas y películas de romance…
—¿Qué significa lavar el cerebro?
¿Te bañan con agua y jabón el cerebro?
—Preguntó Nayuta, sin entender.
—Sí, eso hacen.
¿Ves, Denji?
—Kishibe habló, mientras Nayuta asentía—.
Esta niña no es Makima.
Esta niña no es el Demonio Control…
Denji levantó la mirada, mientras la niña le observaba.
—No puedo simplemente eliminar los recuerdos tan dolorosos que me traen esos ojos…
Pero esta niña…
Esta niña no es Makima…
—Denji la miró, y la inocencia era clara en su mirada, en su voz, en sus palabras; no había rastro alguno de malicia, ni el más mínimo—.
Ella no es Makima.
Ella no…
Ella no es culpable de lo que Makima me hizo.
Incluso si sus ojos me traen malos recuerdos; incluso si esa Demonio me hizo sufrir como nadie nunca lo pudo hacer…
Esta niña…
Esta niña no merece ser responsable de los actos que cometió.
Denji pensaba, y Kishibe esperaba una respuesta.
Denji alzó la mirada, una solemnidad bastante presente en esos ojos ámbar brillantes.
Miró a Kishibe, y el conflicto estaba grabado en sus facciones.
Kishibe miró esto, y estuvo cerca de desistir, pero el rubio menor le habló, deteniéndolo en el acto.
—¿Puedes prometerme que no es ella?
—Preguntó Denji, un tono que suplicaba confirmación.
—¿Quien es ella?
—Nayuta se soltó de Kishibe, colocando una mano sobre la rodilla de Denji—.
¿Qué te hizo?
Te ves triste.
¿Makima te hizo daño?
¿Ella te pegó?
Denji la miró fijamente.
Notó un rastro de preocupación en los ojos de Nayuta, y ello lo quebró.
No podía concebir la idea de que esos mismos ojos anillados, que alguna vez infundieron tanto terror en su alma, ahora estuvieran preocupados por algo que no conocía, pero que le parecía doler.
—No…
—Denji susurró, mientras abrazaba a Nayuta suavemente, y el escalofrío que lo recorrió le valió un frío invernal que debió disimular—.
No fue nada.
Simplemente es alguien que ya no está.
—Está bien.
Si te sientes mal, puedes decirme.
Te ayudaré a estar más tranquilo —Nayuta le abrazó de vuelta, y con ello, Kishibe se paró, marchándose.
—Entonces nos veremos luego.
Te mudarás, será un departamento más amplio.
El antiguo no sirve, te conseguiré uno más cerca de tu nueva escuela y la de Nayuta.
Y Denji…
—Kishibe se giró, mirándole, y con ello le dedicó una pequeña sonrisa, asintiendo—.
Buen trabajo.
Kishibe continuó su camino, perdiéndose entre la gente.
El cielo se nublaba poco a poco, y Nayuta se soltó de Denji.
Ella lo miró, con una pequeña sonrisa en su rostro.
Esa sonrisa distaba mucho de la de Makima.
Una sonrisa que representaba pureza, alegría e inocencia, en el rostro que esos mismos ojos anillados colonizaban.
—¿Quieres jugar?
Jugar te pondrá feliz.
¡Yo me pongo feliz al jugar!
—Nayuta habló, con entusiasmo.
Denji la miró, y luego al campo del parque detrás suyo.
Los niños se iban, y al ver aquel campo de juegos vacío, fue como volver a su infancia.
Volver a ver todo desde el ventanal, observar el arenal repleto de niños, y los juegos ocupados por ellos.
Ahora estaba vacío, y él era un adulto.
Pero ahora, aquí a su lado, tenía a una niña.
Recordó todas las noches en que pidió poder salir a jugar y divertirse con los niños.
Recordó cuánto anhelaba ir a jugar con ellos, reír y contarse sobre sus días.
Recordó haber pedido estar en ese mismo parque, aunque estuviera solo, para sentirse uno de ellos.
Y hoy eso se cumplió.
Lentamente Denji se paró, tomando de la mano a Nayuta.
Apenas puso un pie en ese campo de juegos, fue como haber salido por la puerta de su hogar.
Conforme caminaba, su altura iba perdiendo centímetros.
Empezó a encogerse, y lentamente se hizo más joven.
Denji caminaba al lado de Nayuta, y cuando se miró, era nuevamente un niño.
Nayuta le miró, sonriendo.
Ella le tocó el hombro, y mientras el cielo se oscurecía por la tormenta que se avecinaba, ella le habló con entusiasmo.
—¡Tú las traes!
—Dijo la pequeña pelinegra, y con ello, empezó a correr.
Denji se paralizó en ese instante.
Miró su hombro, el mismo que Makima había dañado, tocado por esta infante para jugar a “las traes”.
Subió la mirada y la miró correr, sin mirar atrás.
Denji sintió un escalofrío recorrerle la columna, pero se forzó a alejar tales recuerdos.
Sonrió levemente, y una pequeña alegría recorrió su corazón, pues esta vez estaba cumpliendo su anhelo más grande: El de ser un niño en el parque.
—¡Allí voy!
—Denji gritó, y su voz sonaba infantil.
Fue detrás de Nayuta, la cual aceleró el paso, riendo mientras se alejaba de él.
Pronto Denji la alcanzó, tocándola.
Ahora ella las tría, y fue el turno de la pequeña pelinegra de correr detrás de Denji.
Pudo haber corrido hasta perderla, pero era un juego y debía ser divertido.
Nayuta lo alcanzó al poco tiempo, y así siguieron hasta que fueron a los columpios.
—¡Más alto!
¡Más alto!
—Decía Nayuta, mientras Denji la impulsaba en aquellos columpios.
—¡Más alto!
¡Más alto!
—Denji decía, contento.
—¡Estás muy pesado!
—Nayuta decía, roja por el esfuerzo, moviendo un poco a Denji, que en su estado de alegría, sintió aquel pequeño movimiento como haber sido lanzado hacia el infinito mar del cielo.
—¡Yupi!
—Nayuta dijo, mientras bajaba de la resbaladilla, con las manos arriba en señal de victoria—.
¡Otra vez!
¡Otra vez!
Denji la agarró y subió.
En ese preciso instante, cuando la colocó en la cima del tobogán, Denji volvió a ser el hombre que era.
Su altura regresó, sus fuertes brazos volvieron.
Aquella fuerza que antes pudo haber aplastado cualquier cosa, se esforzó en, con delicadeza, tratar a esta pequeña y tierna criatura.
Usando su altura de ciento ochenta centímetros para colocar a Nayuta en el inicio del tobogán.
Ella se deslizó hacia abajo, mientras la felicidad la consumía.
Nayuta empezó a reír, y Denji hizo lo mismo.
Se dirigieron hacia el arenal, y empezaron a formar figuras en la arena.
Denji hizo un muñequito, y Nayuta un castillo.
Denji le aplaudió, impresionado.
Nayuta le devolvió el gesto, mientras elogiaba lo bonito que era el muñeco de Denji.
De repente empezó a llover, el torrente de lluvia les hizo paralizarse, mirándose a los ojos el uno al otro.
El frío de la lluvia se mezcló con el de la sensación de verla, pero estaba tan feliz que decidió, por un momento, ignorar aquello.
—¡A correr!
—Dijo Denji, mientras tocaba a Nayuta en la frente, con su dedo índice—.
¡Las traes!
—¡Oye, tramposo!
—Nayuta frunció el ceño, corriendo detrás de Denji.
Los dos rieron mientras jugaban bajo la lluvia.
Los zapatos de ambos se llenaron de lodo, la tierra húmeda estaba adornando sus pantalones en la zona baja.
Pero esto a Denji no le importó.
—Cuando era niño, me preguntaba cómo se sentiría ser un niño.
Jugar en el arenal, bajar por la resbaladilla, ser empujado en el columpio, jugar a las traes…
Siempre me pregunté cómo se sentiría el lodo manchándote.
Cómo se sentiría la lluvia contra mi piel, jugar todo lo anterior bajo la lluvia…
A qué sabría la lluvia que caía en el parque.
Denji y Nayuta jugaron, dando vueltas en la lluvia.
Miraron al cielo, abriendo la boca y tragando el agua que soltaba la lluvia.
Denji sintió un calor inundar su corazón, y fue como haber sentido que toda su infancia, en todo su dolor, se había sanado.
Mientras estaba así, recordó su última conversación con Makima en el cementerio.
—Si algún día cruzamos caminos nuevamente, me encargaré de que tu nueva tú sea feliz.
Me aseguraré de vigilarla, para comprobar si realmente vive como una persona, o si en su lugar, eres tú cometiendo tus crímenes.
Me aseguraré de ser su amigo, de ser alguien en quien pueda confiar.
Y si te veo nuevamente, simplemente te diré…
Denji cargó a Nayuta, sorprendiendo a la niña.
La puso descansando sobre su brazo derecho, cuidando de que no cayera, abrazándola.
La pelinegra lo miró, parpadeando varias veces.
Lentamente, una pequeña sonrisa feliz surcó su rostro.
Aquella sonrisa que solo un niño podría dar.
Denji sonrió, y se la devolvió.
Denji caminó lentamente fuera del parque, con Nayuta a cuestas.
Mientras abandonaba el parque y se encaminaba en la acera, con la lluvia empapándolos más, finalmente reveló lo que le dijo a Makima aquella tarde en que decidió que, por primera vez, podía gritarle al mundo.
Que por fin podía ser feliz, reclamar su lugar en el mundo.
Que podía ser más que el hijo de un asesino, de una prostituta.
Que podía ser algo que estaba más allá de un Lobo y una Oveja, algo que no debía seguir fingiendo ser un Perro para sobrevivir.
—Oye…
—Habló Denji, mientras Nayuta lo miraba, atenta—.
¿Qué quieres de cenar?
La pequeña Nayuta lo miró, pensativa.
Ella sonrió, mientras su mente infantil rápidamente solucionaba la cuestión que le era presentada por su nuevo cuidador, un chico que resultaba bastante bueno, atento y, sobre todo, juguetón.
Un hombre con el alma de un niño, uno al que podía decir, en el poco rato que llevaban juntos, que ya quería mucho.
Marchaban camino a casa, con ella aferrada al cuero del hombre que ahora la cuidaría.
Ella sonreía de forma muy alegre, y Denji no lo pasó por alto.
Esperaba su respuesta con ansias, y ella, leyéndolo como una hoja de libro abierto, decidió que ahora podía decirlo.
—¡PIZZA!
Fin del Prólogo.
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