Dentro de la Verdadera Heredera - Capítulo 180
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180: Ella necesita su lobo 180: Ella necesita su lobo Cuando Claudia llegó a la Clínica Blackwood, la tensión había pasado del caos a una cuidadosa vigilancia.
Sera yacía en una cama de hospital con sábanas blancas e impecables, su piel, normalmente vibrante, ahora pálida.
Los analgésicos habían mitigado el dolor, suavizando su agonía hasta convertirla en un rugido sordo bajo la superficie.
Sus ojos se cerraron con un aleteo mientras una enfermera le ajustaba las mantas, pero, incluso sedada, la tensión de gestar un lobo de sombra le marcaba profundas arrugas en el entrecejo.
—Necesita a su loba, Eric —dijo Claudia con dureza—.
Incluso con una loba, gestar un lobo de sombra ya es un suplicio; un dolor real e implacable.
Eric se sentó junto a la cama y le acarició el pelo a Sera con ternura, abrumado por el peso de su propia ansiedad.
—He hecho que vengan profesionales a verla —dijo Charles desde el umbral de la puerta.
Su mirada no se encontraba directamente con la de nadie, y saltaba de la frágil figura de Sera a los tensos hombros de Eric—.
Ahora mismo está trabajando a fondo con uno de ellos para recuperar a su loba.
Está… progresando.
Claudia frunció el ceño y puso los ojos en blanco con incredulidad.
—¿Todavía insistes con que es tu hija?
—preguntó.
La mirada de Eric se clavó en Charles, una advertencia sutil pero inequívoca.
Los resultados seguían siendo información delicada.
Una palabra equivocada podría echarlo todo a perder, y no podía arriesgarse ahora.
A Charles se le movió la nuez al tragarse la verdad.
—Sé que no me crees, pero algún día… —dijo Charles, dejando la frase en el aire.
La atención de Claudia volvió a centrarse al instante en Sera, y sus instintos maternales se impusieron a cualquier escepticismo persistente.
—Tenemos que ayudarla a controlar el dolor.
No puede pasar los próximos meses así.
No puede soportar este tipo de tensión constante sin venirse abajo por completo —dijo mientras miraba la figura desplomada de Sera.
—¿Cómo?
—preguntó Eric, rozando la sien de Sera con los dedos y sintiendo el calor que persistía a pesar de la medicación.
Claudia apretó los labios.
—Mamá, ¿qué?
—insistió Eric, al percibir que había algo más en su enigmática expresión.
—La intimidad con el padre ayuda —dijo Claudia al fin—.
Al menos… a mí me ayudó.
—Dejó que las palabras quedaran suspendidas en el aire.
Eric se recostó en la silla y una leve sonrisa de diversión se dibujó en sus labios.
Aún no podía contarle a su madre la verdad sobre Sera, pero la idea le produjo una extraña calidez.
Su mirada se posó en la figura durmiente de Sera.
Parecía increíblemente delicada.
Los analgésicos habían calmado su tormento físico.
Superarían esto.
Estarían juntos como estaba predestinado: como pareja.
Juntos eran más fuertes.
—¿Cómo van los preparativos del compromiso?
—preguntó él.
—No tienes que preocuparte de nada —dijo ella—.
¿Tienes el anillo?
La sonrisa de Eric se ensanchó.
—No, pero conseguiré uno.
Claudia giró ligeramente la cabeza hacia Charles.
—¿Charles, puedo hablar contigo un momento?
—Por supuesto —respondió Charles.
—Pórtense bien, ¿eh?
—les dijo Eric por encima del hombro, con un deje de diversión en la voz.
Claudia lo fulminó con la mirada, con los labios apretados y los ojos entrecerrados en un gesto de claro reproche, y salió de la habitación junto a Charles.
—¿Está todo bien?
—preguntó Charles, una vez que se habían alejado unos pasos por el pasillo.
—Eso debería preguntártelo yo a ti —le espetó Claudia—.
¿Me estás evitando o algo por el estilo?
Charles negó con la cabeza y la tensión de su mandíbula se relajó ligeramente.
—No.
Todo lo de Sera ha sido abrumador.
Es… mucho que asimilar.
—Charles, Delilah no va a perdonarte esto nunca —dijo—.
Abandonarla cuando más te necesita, por culpa de esta… esta estúpida cruzada tuya de creer que Sera es tu hija.
¿Acaso entiendes el caos que has sembrado?
¿Las emociones que has avivado?
¿Los puentes que has quemado?
Charles exhaló lentamente.
—Se lo compensaré —dijo con sencillez.
—Espero no haberte molestado —o alejado— por no creerte, Charles.
—No te culpo —dijo Charles tras una pausa—.
Pero estamos bien, Claudia.
De verdad.
Es solo que tenemos demasiadas cosas entre manos.
Yo… de verdad me importas, Claudia.
Espero que lo sepas.
—Por supuesto —respondió ella, con una pequeña sonrisa asomando en la comisura de sus labios—.
Por cierto, recibí una visita de Vivienne.
Creyó que podía amenazarme.
Puede que pronto ceda mi puesto de madre Luna, pero eso no significa que vaya a renunciar a mi poder, ni a mi fuerza.
—No tengo ni idea de qué más puedo hacer para… Es agotador.
¿Por qué no me deja en paz?
¿Por qué…?
Me ha causado un gran perjuicio y, aun así…, sigue presionando, insistiendo e interfiriendo a cada paso.
Claudia alargó el brazo y le puso una mano tranquilizadora en el suyo.
—No pasa nada, Charles.
Todo está bien.
Haz lo que tengas que hacer para conseguir un poco de paz.
No dejes que te perturbe.
Yo estaré aquí.
¿Y la verdad?
Me intriga ver en qué se convertirá todo esto.
Charles asintió levemente, y el más mínimo atisbo de una sonrisa se dibujó en sus labios.
De vuelta en la habitación, Eric se llevó los dedos de Sera a los labios y se demoró en el gesto, transmitiendo la profundidad de su arrepentimiento, su devoción y su anhelo tácito.
—Soy un completo idiota —murmuró—.
Todo apuntaba a ti desde el principio, Sera.
Cada susurro del destino, cada latido que ignoré… pero no fui capaz de verlo.
Quizá porque pensaba que no merecía la felicidad que me das.
—Me haces feliz.
Me das paz.
La única vez que consigo dormir bien, dormir de verdad, es cuando estás a mi lado.
—Le acarició el dorso de la mano con el pulgar—.
Y me alegro de que todo esto casi haya terminado.
Por fin vas a ser mi Luna, la mujer de mi vida.
Solo mía.
Siempre mía.
—Voy a amarte a ti, y a nuestro hijo, como si mi vida dependiera de ello —continuó—.
Porque en realidad así es.
Cada latido de mi corazón, cada aliento que tomo, es todo para ti.
No pensé que la idea de tener un hijo me traería alegría, no con la maldición y todo lo que tenemos en contra… pero, mi amor, soy tan feliz.
Me emociona la idea de que algún día te dejaré una parte de mí, aunque esa parte venga acompañada de cien problemas y mil peligros.
Rio por lo bajo.
—Gracias —dijo con sencillez, inclinándose hasta que su frente tocó la de ella y sus labios rozaron su sien—.
Gracias por no rendirte conmigo.
Por aguantarme a mí, por aguantarnos a nosotros.
No te merezco… pero te juro, Sera, que pasaré el resto de mi vida demostrando que soy digno de ti.
(Cortesía de Missy Dionne.
El próximo capítulo se publicará en breve).
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