Deseos imperfectos - Capítulo 1
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1: Adiós, mi final feliz 1: Adiós, mi final feliz El manto de lana gris oscuro envolvía el cielo, como un depredador que rodea a su pequeña presa.
Se suponía que la temporada de lluvias no empezaría hasta dentro de un par de semanas, pero las manchas de un gris oscuro eran un claro indicio de lluvia.
Un estruendo sordo retumbó con fuerza en el aire fresco, sobresaltándola un poco.
Unos hilos de líquido caían como si no se les ocurriera nada mejor que hacer.
Había cierta pereza en ellos.
Una figura solitaria, vestida con un vestido de seda granate, estaba de pie en el balcón de un apartamento.
Una hermosa melodía de la Suite para violonchelo n.º 1 de Bach sonaba suavemente de fondo.
Todo el apartamento estaba a oscuras, con la única excepción de la pantalla de un ordenador.
Un perfil de Weibo estaba abierto en el navegador.
Chen Xiu había subido una publicación hacía treinta minutos.
La nota manuscrita de la foto decía:
«Supongo que fue una mera ilusión por mi parte pasarme años esperando un final feliz.
Ahora…, estoy demasiado cansada…».
Aunque la publicación era corta, en ella había volcado sus más sinceros sentimientos.
Sentimientos que tenía demasiado miedo de decir en voz alta.
Cuando la difusa luz grisácea del cielo oscuro se abrió paso, esta cayó sobre la solitaria figura de una joven.
Mientras el viento frío le acariciaba el cuerpo, se estremeció instintivamente, pero no se movió.
Sus orbes de ébano estaban desolados y apáticos.
Su piel, blanca y pálida, estaba adquiriendo un encanto rosado por el aire gélido que azotaba constantemente su cuerpo.
Extendió el brazo desnudo y las gotas de lluvia salpicaron sus dedos.
Sintiendo cómo las frías gotas le acariciaban los dedos, los levantó.
Su lánguida mirada se quedó fija en los restos de las gotas, que corrían hacia abajo como diminutos ríos.
El repiqueteo de las gotas de lluvia se mezclaba con el sonido de la triste melodía a su espalda, y resultaba extrañamente reconfortante.
Recordaba haber leído en alguna parte: «Un día, tu vida pasará ante tus ojos; asegúrate de que valga la pena verla».
¿Su vida valía la pena?
Se preguntó, antes de mofarse de sus propios y ridículos pensamientos.
«Chen Xiu, no seas ilusa.
No eres más que una perra de té verde.
¿A quién le importa que seas la diosa pura de la industria del entretenimiento, adorada por millones?».
Una voz burlona resonó en su mente.
«Mira, acabo de demostrarle al mundo que no eres más que una vulgar prostituta que ascendió a base de acostarse con gente.
Veamos por cuánto tiempo puedes mantener tu orgullo».
¿De verdad era una prostituta?
Había trabajado toda su vida solo para poder mantener la cabeza alta con dignidad entre sus compañeros de clase alta.
¿Pero ser una actriz íntegra y trabajadora solo equivalía a ser una prostituta?
La gente la idolatraba, la adoraba como a una diosa, pero para esa gente de la élite, seguía siendo una prostituta.
«Xiuxiu, de verdad que me has dejado sin orgullo.
¿Para esto te crie?
¿Te ayudé a convertirte en la mayor estrella solo para que pudieras arruinar mi nombre con tus sucios escándalos?
¿Qué clase de crimen cometí para acabar con una hija tan ingrata e inútil como tú?».
Las hirientes palabras de su madre resonaban en su mente.
Era el producto de una familia rota.
Y tuvo una vida rota, luchando por sobrevivir con sus deseos rotos.
Pero al final, hasta él la dejó con el corazón roto.
El estatus de él estaba muy por encima del de ella, y lo supo desde el principio, pero no pudo evitar que su corazón se enamorara de aquel hombre perfecto.
Él dijo: «¡Te amo!».
Y la ingenua de ella le creyó.
Él dijo: «Nunca dejaré que te hagan daño».
Y ella incluso se creyó eso.
También dijo: «En esta vida, solo tú mereces ser mi esposa».
¡Qué tonta!
De verdad se creyó cada palabra que él le dijo.
Quizás necesitaba un toque de realidad.
Curiosamente, ese toque de realidad fue demasiado para su ya frágil corazón.
Se rio de sí misma con desdén y desprecio.
Sin saber en qué momento esa risa se convirtió en un reguero de lágrimas que fluía suave y constantemente por sus sonrojadas mejillas.
Se tapó la boca para evitar que se le escaparan los sollozos.
Pero, ¿por cuánto tiempo se puede contener un dolor enterrado?
En la pantalla del ordenador, a su espalda, ya había miles de comentarios en la publicación.
[No puedo creerlo, te he amado desde el momento en que debutaste.
¿Quién iba a decir que eras una persona tan malvada?]
[¡Mirad, mirad!
Nuestra supuesta diosa pura está intentando dar pena.
Pero ¿sabéis qué?
No nos importa.]
[Al del comentario de arriba, estoy contigo.
Esta z*rra ni siquiera se molestó en aclarar los escándalos.
No es que esperara que fuera inocente.]
[Diosa Xiu, yo creía en ti.
Pero me has decepcionado.]
[¡Ja!
Debes de estar muy cansada después de revolcarte en las sábanas con todos esos inversores.]
[No puedo creer que con esa catadura moral intentaras robarle el marido a alguien.
¡Qué poca vergüenza!]
[Hay gente que no tiene ninguna vergüenza.
Deberías irte ya de la industria.
No mereces ni ser una amante.]
[Diosa Xiu, si tanto te gusta el dinero, ven con este joven maestro.
Tengo mucho dinero que derrochar en ti.]
[¡Chen Xiu, muérete de una vez!]
En el frío balcón, tenía los ojos cerrados y, como si pudiera oír todas esas voces gritándole, dio un paso adelante, dejando que el viento frío y la lluvia la empaparan.
Para adormecer el dolor que le había estado royendo el corazón.
El mundo no importaba.
El desprecio siempre acompañaba a la fama.
Pero lo que la destrozó fueron las palabras de él…
Por mucho que intentó explicarse, él no la escuchó.
Le suplicó que confiara en ella, pero no lo hizo.
¿Tan superficial era su amor?
Era tan frágil que ni siquiera pudo darle la única cosa que le pidió: ¡confianza!
Mientras las gotas de lluvia se deslizaban por su cuerpo, empapándola, ella permaneció inmóvil.
Sin moverse en absoluto.
Sin permitirse sentir nada.
Bloqueó todo sonido y suspiró suavemente.
«Me pregunto si me echarás de menos cuando ya no esté.
Me pregunto si creerás en mí una vez que haya muerto».
Preguntándose esto para sus adentros, sus pies descalzos tocaron la superficie de la silla de mimbre mientras se subía a ella y miraba hacia abajo.
Desde el piso veinticinco del edificio, todo parecía surrealista en la oscuridad, ensombrecido por las nubes grises.
Cerrando los ojos con suavidad, sonrió con satisfacción.
Dejó caer su cuerpo hacia delante y, al segundo siguiente, sintió el fuerte viento abofetearle la cara mientras su cuerpo comenzaba a caer a gran velocidad.
—¡Adiós, mi final feliz!
—fue el suave susurro que se escapó de sus pálidos y temblorosos labios.
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