Deseos imperfectos - Capítulo 119
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119: A hurtadillas 119: A hurtadillas *Continuación del flashback*
—¡Maldita sea!
¡¿Me ha colgado?!
—se quejó Darren.
Tenía la boca abierta por la incredulidad y, al girarse, vio a Dylan apoyado en la barandilla a su lado con una sonrisa traviesa en el rostro—.
¿Qué?
¿Qué miras?
—Nuestro campeón de las pistas y de los corazones de las chicas, ¿qué se siente al ser rechazado por una chica por primera vez?
—preguntó Dylan, usando la botella de cerveza que tenía en la mano como micrófono.
—¡Vete al infierno!
¿Qué rechazado ni qué nada?
Solo es una chiflada.
Si no… Si no, ¿quién se atreve a colgarme?
Soy Salvay.
Regan Darren Salvay.
La gente no me rechaza a mí —dijo Darren mientras apartaba a Dylan de un empujón y entraba en la habitación.
—Hermano, ¿acaso intercambiamos cuerpos o algo?
—dijo Dylan, siguiéndolo adentro con la misma mirada taimada.
—¿Qué tonterías estás diciendo?
—le preguntó Darren, frunciendo el ceño.
—Estoy confuso.
Ya que se confirma que no hemos intercambiado cuerpos, ¿cómo es que tu forma de hablar por teléfono era exactamente como la mía?
¿Tanta influencia tengo sobre ti ahora?
—La expresión de Dylan le decía a Darren lo mucho que se estaba divirtiendo él solo con sus locas y absurdas conjeturas—.
¡Oye!
Por cierto, era la chica agresiva del cibercafé, ¿verdad?
—Si tengo el teléfono de esa chiflada, ¿no es obvio que era ella la que llamaba?
—dijo Darren mientras lo apartaba de un empujón y encendía el canal de deportes.
Dylan asintió para sí mismo mientras miraba la pantalla del televisor con la mente en blanco.
Pero pronto, volvió a tirar del brazo de Darren para decirle: —Aun así, no lo pillo.
¿No se te dan muy bien las chicas?
¿Cómo es que no te comportabas como siempre con esta chica?
¿No es guapa o algo?
—Ella… —Darren rememoró su encuentro, pero solo podía recordar sus grandes, negros y brillantes ojos.
Sin embargo, por la foto de su pantalla de bloqueo, sí sabía qué aspecto tenía.
Y aunque no iba a admitirlo, la consideraba guapa—.
Tiene una voz bonita.
—Dylan lo miró estupefacto—.
¿Qué?
Me acabo de dar cuenta de que es muy fácil sacarla de quicio.
Así que no he podido evitarlo.
—Al ver la cara que ponía Dylan, Darren añadió—: Olvídalo.
No lo vas a entender de todos modos.
—Entonces, haz que lo entienda —insistió Dylan como un niño.
—Lo siento, Didi.
Pero no tengo ni tiempo ni energía para comunicarme contigo.
—Dicho esto, Darren volvió a su habitación para dormir.
-Dos días después-
Tal y como Xiu había prometido, contactó con Darren, pero sin darle la oportunidad de hablar, le espetó: —Quedemos en el aeropuerto.
Librería del segundo piso de la Terminal 2.
Estate allí a las 9:30 p.
m.
en punto.
Darren acababa de abrir la boca para decir «vale», pero ella ya había colgado sin esperar su respuesta.
—Le encanta colgarme, ¿a que sí?
¡Qué encanto!
—Estaba siendo sarcástico otra vez—.
¡Chiflada!
—murmuró para sí mismo antes de coger su abrigo del armario de la entrada y decirle a Dylan—: Dame las llaves del coche.
—¿Adónde vas?
—preguntó Dylan mientras le pasaba las llaves.
—A la Terminal 2 —respondió Darren con sinceridad.
—¿Eh?
Pero tu vuelo sale de la Terminal 3 y, además, es mañana.
¿Por qué te vas ahora?
—No estreses tu cerebro de nuez.
Déjalo descansar como siempre.
Si lo usas tan a menudo, el óxido podría desaparecer.
No sería bueno para tu imagen —dijo Darren, dándole un golpecito en la cabeza.
Dylan todavía se rascaba la cabeza como un tonto cuando Darren salió por la puerta.
—¿¡Oye!
¿Acabas de insultarme?
—le preguntó, saliendo corriendo por la puerta después de haber entendido por fin las palabras de Darren.
—¡Aiyo!
Solo has tardado un minuto en darte cuenta.
Estoy orgulloso de ti, Didi —dijo Darren, bajando la ventanilla y riéndose de él.
—No te olvides de ponerte la mascarilla y las gafas.
Los dos nos meteremos en un lío si alguien te saca una foto —no se olvidó de recordarle Dylan.
—Lo sé —respondió Darren.
Después de tomarle el pelo a su mejor amigo, Darren llegó a la Terminal 2 y, tras aparcar el coche, fue a buscar la librería de la que le había hablado Xiu.
Obviamente, no sin antes usar su mascarilla negra y sus gafas como tapadera.
Cuando entró en la librería, eran las 9:15 p.
m.
Aprovechando su altura, intentó mirar a su alrededor para encontrar a alguien con una sudadera blanca con capucha que llevara la palabra «Superestrella» escrita en la espalda.
Esos eran los únicos detalles que Xiu le había dado por teléfono.
Finalmente, encontró a alguien escondiéndose en la última fila y fue en su dirección.
Xiu estaba usando un libro cualquiera para cubrirse, aunque llevaba una mascarilla blanca con el estampado de un gatito.
Le hizo gracia ver que, por lo general, la gente usaba ropa de color negro para pasar desapercibida, pero su forma de moverse a hurtadillas era realmente única.
Darren se paró detrás de ella y dijo: —Creo que tiene mi teléfono, señorita ladrona.
—¡Ah!
—Xiu se sobresaltó al oír a alguien hablar tan cerca de ella y casi se cae.
Sin embargo, Darren la agarró a tiempo por la muñeca y tiró de ella, solo para que chocara contra su pecho.
Por el impacto, se le llenaron los ojos de lágrimas y se frotó la nariz dolorida—.
¿No puedes hacer ruido?
¿Y si me da un infarto?
—¿Tienes un corazón tan débil y aun así has podido sobrevivir en esta cruel sociedad hasta ahora?
Parece que has tenido una suerte tonta —dijo Darren con su habitual tono severo.
Al darse cuenta de lo cerca que estaban, Xiu lo apartó de un empujón y se fue detrás de una estantería, diciendo: —Tú quédate en esa fila.
Yo me quedaré en esta.
Mantengamos una distancia de seguridad.
—¿No pareceremos más sospechosos así?
—cuestionó Darren mientras la miraba desde el otro lado de la estantería.
—¡Como sea!
Solo dame mi teléfono.
—Los ojos de Xiu no dejaban de mirar a su alrededor mientras pedía su teléfono sin más rodeos.
—¿Qué tal si primero me devuelves el mío?
—dijo Darren, sacando el teléfono de ella de su abrigo y agitándolo en la mano.
—¿No confías en mí?
—Xiu lo fulminó con la mirada.
—No tengo ninguna razón para confiar en ti.
No te conozco de nada —fue la respuesta de Darren.
Xiu enarcó ligeramente las cejas antes de preguntar: —Señor, vio la foto de mi pantalla de bloqueo, ¿verdad?
—Sí, la vi.
Así es exactamente como supe que no era mi teléfono —respondió él, ajustándose las gafas.
—Si vio mi foto.
Entonces… Entonces, ¿cómo es que no me conoce?
—Xiu estaba estupefacta mientras lo miraba fijamente, esperando su respuesta.
—¿Se supone que debería conocerla?
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