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Deslealtad - Capítulo 10

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10: Capítulo 9 10: Capítulo 9 Seis semanas antes
La oscuridad danzaba en la palidez de la mirada de Nox.

—¿No conoces tus límites infranqueables?

Negué con la cabeza.

—He-he estado muy centrada en los estudios.

Te dije que acabo de graduarme.

La verdad es que no he… —Bajé la barbilla.

No era que fuera virgen.

No lo era.

Pero todo en mi vida como Alex había sido dulce y excesivamente planeado.

Los límites no eran un problema.

Si tenía que ser completamente sincera, toda la vida sexual de Alex había sido aburrida.

Probablemente por eso rara vez salía con alguien.

En las pocas ocasiones en que llegué a intimar, la situación solía ser decepcionante, en todos los sentidos de la palabra.

Mi vibrador y yo nos lo pasábamos mejor que con los pocos hombres que había conocido en la universidad.

Chelsea decía que le daba demasiadas vueltas y que tenía que exponerme más.

Me preocupaban las consecuencias a largo plazo de seguir su consejo.

Sospechaba que muchos de mis compañeros de clase llegarían a tener carreras impresionantes.

La idea de encontrarme con uno de ellos —un rollo de una noche— en un tribunal algún día no encajaba bien con mis objetivos profesionales a largo plazo.

Estaba más segura con mi vibrador.

No tenía aspiraciones en el sistema judicial.

—Has tenido sexo, ¿verdad?

—preguntó Nox.

—Sí —repliqué indignada.

—¿Así que sabes lo que te gusta?

¿Verdad?

—Seguía mirándome con los ojos muy abiertos.

Me puse de pie y me rodeé el torso con los brazos.

—Nox, no creo que te conozca lo suficiente como para tener esta conversación.

De inmediato, se levantó del sofá y me atrajo hacia él.

—Ya me conocerás.

Un escalofrío me recorrió mientras sus palabras retumbaban desde su pecho hasta el mío.

Su respuesta no solo era una promesa, sino también una amenaza.

Por la forma en que se disparó mi pulso, estaba segura de que la parte de la amenaza me intrigaba más que la de la promesa.

—Pe-pero dijimos que una semana.

Y ya está.

Eso significa no profundizar en la vida del otro.

Me levantó la barbilla.

—Charli, no es en tu vida en lo que quiero profundizar.

¡Oh, mierda!

Mis mejillas se encendieron.

Yo también quería eso, pero todavía no.

Aún estaba intentando asimilar el péndulo de emociones que Nox provocaba en mí.

La forma en que su voz rebotaba por mi cuerpo, la forma en que su tacto me recorría como una descarga eléctrica, y la constatación de que, incluso cuando había estado enfadada, seguía deseándolo.

Pero, por otro lado, me recordé a mí misma que había estado enfadada hacía solo una hora.

No quería que el sexo de reconciliación fuera lo que hiciéramos la primera vez; se suponía que las primeras veces eran especiales.

—¿Podemos ir un día a la vez?

Suspiró.

—Podemos.

Quiero restablecer las reglas básicas.

Sin darme cuenta, puse los ojos en blanco.

—Otra vez con las reglas.

—Sí —respondió, sin inmutarse por mi reacción—.

Las mencionamos en mi suite, antes de que te fueras tan groseramente.

Me aparté de su abrazo y me crucé de brazos sobre el pecho.

—No fui grosera.

Pensé…
—Pensaste que estaba casado.

—Pensé que eras un infiel —aclaré.

—Hombres casados e infieles… Estamos estableciendo tu lista de límites infranqueables.

Eso es bueno —añadió—.

Charli, no tienes que contarme más de ti de lo que quieras.

Pero yo también tengo un límite infranqueable, una regla: la honestidad.

Tienes que ser honesta conmigo y yo haré lo mismo.

No necesitas contármelo todo, pero lo que sí me cuentes, debo poder creerlo sin dudar.

Soy directo hasta la exageración.

Estoy acostumbrado a decir lo que pienso y quiero que los demás hagan lo mismo.

No soy un infiel ni un mentiroso, y mis sentimientos no se hieren con facilidad.

No vuelvas a huir como lo hiciste esta noche.

Dime cuándo algo te molesta; puedo soportar la verdad.

La culpa me invadió.

Bajé los brazos y la barbilla, sin sentirme ya tan desafiante como antes.

Mi deshonestidad sobre quién era ya había roto su límite infranqueable: su regla.

Me agarró la barbilla y me obligó a mirarlo a los ojos.

—Lo digo en serio.

Algunos de mis gustos son peculiares, no son para todo el mundo.

Lo entiendo.

—Su pulgar acarició mi mejilla—.

Y estoy dispuesto a adaptarme si… —Hizo una pausa—.

…alguien me gusta.

—Se inclinó y rozó sus labios con los míos—.

Charli Moore, me gustas.

Me gustas desde la primera vez que te vi.

—Cambió de postura—.

Cuando Max estaba intentando…
Sonreí ante el cambio en su tono al recordar las aventuras de esta mañana.

¿Celoso, eh?

Cuando terminó su relato, dije:
—Creo que debería ir a buscar a Max.

—¿Por qué?

—Porque le debo las gracias.

—Mientras jugueteaba con los pequeños botones de la camisa de Nox, añadí—: Porque te trajo a mi tumbona.

—Creo que ya mencioné que habría llegado de un modo u otro.

—Bueno, debería darle las gracias a Max de todos modos, porque te facilitó el camino.

Y… —Me incliné más cerca—.

Me alegro de que llegaras.

Me sujetó la mano, la que tenía en su camisa.

—Si solo tengo una semana contigo… —Su voz sonó más susurrante que antes—.

Quiero que valga la pena.

Charli Moore, quiero que recuerdes tu estancia en Del Mar.

La culpa que había sentido antes volvió a invadirme, oprimiéndome el pecho y haciendo que respirar fuera cada vez más difícil.

Odiaba a los infieles y a los mentirosos, y no estaba dispuesta a ser una de ellos.

Si esta semana iba a funcionar, era ahora o nunca.

—Antes de eso… —bajé la barbilla y lo miré a través de mis pestañas—, creo que debería confesar algo.

—¿Confesar?

—Aunque yo solo pensé que tú rompiste mi límite, yo he roto el tuyo, tu límite infranqueable…, no intencionadamente —añadí—.

Más bien por omisión.

Se irguió, y los surcos de su torso se definieron más bajo mi tacto.

—¿Cómo?

¿Qué has hecho?

Exhalé.

—Dejé que asumieras que Chelsea y yo compartimos apellido.

No es así.

Tenemos padres diferentes.

—Eso no era ser deshonesta.

También teníamos madres diferentes, pero no estaba segura de estar lista para ir tan lejos.

—¿Te llamas Charli?

—Es un apodo —respondí con sinceridad.

Sosteniéndole la mirada, pregunté—: ¿Tú te llamas Nox?

La comisura de su boca se curvó en una media sonrisa.

—También es un apodo.

Así que, si Moore no es tu apellido, ¿cuál es?

Incliné la cabeza hacia un lado.

—Pasemos la próxima semana como Charli y Nox: sin apellidos, sin compromisos.

¿Podemos hacer eso?

—¿No investigaste quién se alojaba en la suite presidencial?

¿De verdad no sabes mi apellido?

Negué con la cabeza.

—No.

No porque no tuviera curiosidad, que la tengo.

Pero me avergüenza admitir que no se me ocurrió hasta que lo mencionaste.

Sus grandes manos viajaron hasta mi cintura mientras su media sonrisa se convertía en una sonrisa totalmente sexi.

Mientras tiraba del cinturón de mi bata, su tono encontró el timbre que resucitó las mariposas en mi interior.

—Que lo sepas, Señorita Charli sin-apellido, la próxima vez que rompas una de mis reglas, no responderé tan a la ligera.

—¿No?

—pregunté, más excitada que curiosa—.

¿Qué significa eso exactamente?

Se acercó, tentando seductoramente mis pechos con la presencia de su ancho torso.

—Supongo que tendremos que descubrirlo juntos.

Tuve que levantar la barbilla para ver sus ojos.

El azul claro brillaba con sugerencias.

Cuanto más lo miraba, más una parte de mí quería descubrir exactamente lo que tenía en mente.

También había una parte de mí que sabía que no era una buena idea.

Me encogí de hombros con indiferencia.

—Entonces supongo que será mejor que no rompa ninguna de tus reglas.

—¿Dónde está la gracia en eso?

—preguntó.

—Oh, creo que puedo ser divertida de muchas maneras.

—Jadeé cuando me acercó más a él.

Mis pezones —los que se habían ablandado durante nuestra conversación— eran ahora duras puntas ardiendo de deseo al presionarse contra su amplio pecho.

Esa no era nuestra única conexión que hacía que mi interior se contrajera.

Más abajo, su creciente erección se apretaba contra mi estómago.

—¿Quizá podríamos empezar con esa diversión esta noche?

—preguntó Nox.

Sin duda, podía sentir el rápido latido de mi corazón reverberando de mi pecho al suyo.

Quería todo de este hombre, y si dejaba que mi cuerpo se saliera con la suya, estaríamos en horizontal en cincuenta y un segundos exactos.

Pero no podía.

Si íbamos a explorar mis límites, necesitaba saber que serían respetados.

Haciendo acopio de fuerzas, di un paso atrás.

Ese poco de espacio me dio determinación.

—Nox, preferiría pasar toda la semana conociéndote.

—Mis pestañas revolotearon—.

Tú, yo y toda la diversión que eso pueda conllevar.

No lo hagamos todo en una noche.

Enderezando la espalda y asintiendo, Nox cogió la botella de cabernet.

—Deja que abra esto y brindaremos por Charli y Nox y… —ladeó la cabeza— …por la diversión y por conocernos.

El estallido del corcho resonó en la suite, acallando momentáneamente el torrente de sangre que corría por mis venas, mientras Nox servía dos copas.

El almizcle y el deseo llenaron la habitación mientras ambos nos esforzábamos por ignorar las puntas de mis pezones marcándose a través de mi bata de satén y el evidente bulto en sus pantalones grises.

Con un brillo de complicidad en sus ojos azul claro, me entregó mi copa.

—Charli, otra cosa que rara vez hago es sufrir de frustración sexual.

La única razón por la que soy capaz de tolerarla esta noche… —Su mirada se dirigió deliberadamente a mi pecho—.

…es que sé que tú estás sufriendo lo mismo.

Antes de que pudiera cubrirme el pecho, levantó su copa y continuó:
—Brindemos por nosotros, por una semana para descubrirnos no solo el uno al otro, sino también a las personas que podemos ser cuando estamos juntos.

Porque en las últimas dos horas, la pelirroja más hermosa e intrigante que he tenido el placer de conocer, me ha hecho decir y hacer cosas que yo, L… Nox, por regla general, no hago.

—Levantó su copa—.

Por una semana inolvidable.

Nuestras copas chocaron con un tintineo y dimos un sorbo.

El líquido rico y espeso calentó mi lengua y mi garganta.

El aroma me recordó que no estábamos bebiendo el vino tinto de la casa.

—Está muy bueno.

Nox se encogió de hombros.

—Para ser un vino de California.

Te lo dije: tengo gustos muy particulares.

La forma en que me miraba, la forma en que su pálida mirada se clavaba en mí y me dejaba sin aliento, me dijo que Nox ya no estaba hablando de vino.

Mis entrañas se retorcieron, y supe que quería aprender más sobre Nox: sus gustos, tanto para el vino como para todo lo demás.

Chelsea dijo que me mantuviera sin compromisos y que aprendiera muy poco.

Sin embargo, mientras lo veía tragar y su nuez subía y bajaba, quise más.

Desafortunadamente, cualquier cosa más allá de un ligue de vacaciones no funcionaría con el futuro de Alex.

Suspiré.

Tenía una semana como Charli, y planeaba aprovecharla.

Nox me cogió la mano.

La calidez de su tacto contrastaba con el aire acondicionado de la suite.

Cuando levanté la vista, dijo:
—Solo porque haya hecho excepciones a mi comportamiento habitual no significa que esté dispuesto a renunciar a mi misión.

—¿Tu misión?

—Al final de la semana, puede que no sepa tu apellido, pero créeme, Charli: conoceré cada centímetro de ese hermoso cuerpo y ambos conoceremos tus límites.

Me había preguntado antes si le creía.

Había querido hacerlo entonces.

Ahora no tenía ninguna duda.

Nox me llevaría a esos límites, pero el hecho de que no estuviera presionando ahora me hizo sentir lo suficientemente cómoda como para simplemente decir:
—Te creo.

—Tiré de su mano—.

Salgamos a mi balcón.

No es tan grandioso como el tuyo y no hay piscina privada, pero podemos oír el océano.

Recogió la botella y me siguió afuera.

*****
—¿Bebisteis vino?

¿Y ya está?

—preguntó Chelsea por decimoquinta vez.

—No importa cuántas veces lo preguntes, la respuesta sigue siendo la misma.

Chelsea me observó por encima del borde de su vaso de zumo de naranja mientras desayunábamos.

—Además —dije con aire de superioridad—, ¿dónde estuviste hasta, como, las tres de la madrugada?

Se llevó las manos a las sienes y apretó por ambos lados.

—¿Tienes que hablar tan alto?

Me incliné hacia delante.

—Cariño, estoy susurrando.

Movió la cabeza de un lado a otro.

—Qué va.

Estás gritando.

Vas a hacer que nos echen de aquí.

Reí a carcajadas.

—Dudo mucho que sea por mi culpa.

—Bueno —dijo, sus ojos color avellana moviéndose de un lado a otro—, puede que haya pedido unas cuantas copas y las haya cargado a nuestra habitación.

—¡Estoy escandalizada!

—dije con sorna.

—Bueno, después de que el Señorito Elegante me localizara, supe que no podía volver a nuestra habitación.

—¡No pasó nada en nuestra habitación!

Y no me habías dicho que Nox te encontró.

—«Encontrar» es una palabra curiosa.

Estaba hablando con unos nuevos amigos y el señor… —Hizo una pausa—.

Nox…, ¿así lo llamaste?

Había dicho el nombre diez veces.

Obviamente, todavía estaba ebria de la noche anterior.

—Sí, es un apodo.

Sus ojos inyectados en sangre se abrieron por un segundo.

—¿Como Charli?

Eso es un apodo.

—Sí —confirmé—.

Ahora cuéntame más.

—Bueno, lo recuerdo un poco borroso, pero estaba en el bar.

Se acercó y me hizo una pregunta sobre mi hermana.

Como que tartamudeé.

—Se inclinó hacia delante—.

Bueno, porque mi hermana todavía está en California.

—Su risita desapareció mientras tomaba otro sorbo de zumo de naranja—.

Esta es la peor mimosa que he probado en mi vida.

—Es porque les dije que sin champán.

—¿Pero qué diablos?

Eso significa que solo es zumo de naranja.

Asentí.

—Sí.

Y bien, ¿Nox te preguntó por tu hermana?

—Me acuerdo.

Le dije mi apellido y el número de nuestra habitación.

—¿Por qué?

¿Y si fuera un asesino con un hacha?

Chelsea frunció los labios.

—Aparentemente, tomé la decisión correcta.

—Sí —susurré—.

Gracias.

—Entonces, ¿volverás a verlo?

—Quiero —confesé—.

Me atrae más que nadie que haya conocido… —dudé— …jamás.

—¿No te has dado cuenta de que este sitio está plagado de hombres guapos y ricos?

Anoche conocí a un tipo.

Dan.

Don.

Ron.

—Cerró los ojos.

Justo cuando pensaba que se había quedado dormida, sus ojos se abrieron de golpe—.

Jon.

Ese era su nombre.

No te preocupes por mí.

Creo que a las dos nos irá bien.

—¿Jon?

¿Jon qué?

—pregunté, preocupada.

—¿Nox qué?

—respondió ella.

—Touché.

Sí.

¿Quién demonios era yo para juzgarla a ella y a Jon, Ron o Don?

Yo no era mejor.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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