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Deslealtad - Capítulo 100

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Capítulo 100: Capítulo 35

Oren

Hace diez años

—Respeto —dijo Vincent por teléfono—. Parece que no le has enseñado a tu hijo a respetar a la familia. Es hora de que aprenda.

Se me hizo un nudo en la garganta ante su amenaza. —Sí que lo he hecho. Es joven. ¿De qué estás hablando?

—¿Joven? Lennox tiene veinte años. En nuestro mundo ya es un hombre.

—Él no está en nuestro mundo.

—¿Y de quién es la culpa de eso? —preguntó Vincent.

—Mía. Fue mi decisión. Teníamos un acuerdo. No sé qué estás haciendo, pero házmelo a mí.

—Es demasiado tarde.

Las rodillas me fallaron y me dejé caer en la silla de mi escritorio. La oficina donde estaba sentado desapareció, al igual que la vista desde las ventanas que daban al distrito financiero. Nada importaba. —Te respeto. Pago lo que me corresponde. ¿Quieres más? Puedo dártelo. Lo haré, porque somos familia. Familia, Vincent. Lennox es de la familia.

—Newark.

Fue su única respuesta antes de colgar.

Newark. ¿Qué demonios?

Y entonces lo supe. Recordé el ridículo pasatiempo de Lennox. Le había dicho que lo dejara, más de una vez. Le había dicho que no debía pasar tanto tiempo en Nueva Jersey. Su familia estaba en Brooklyn. Nueva York era su hogar mientras estudiaba en la NYU.

Pulsé el botón del teléfono de mi escritorio. —¿Michelle?

—¿Sí, señor Demetri?

—Que me suban el coche del garaje. Tengo que irme.

—Señor, le queda una reunión.

—Cancélela.

—Pero, señor, el juez Walters ya está aquí.

Joseph Walters ya me había ayudado con varias sentencias judiciales a lo largo de los años gracias a su influencia no solo en Nueva York, sino también a sus conexiones en otros lugares. No solo estaba ascendiendo en los tribunales de circuito, sino que era catedrático en Columbia.

—Michelle, hágale pasar y pida mi coche.

—Sí, señor.

—Juez —dije, rodeando el escritorio mientras Michelle lo hacía pasar a mi oficina—. Le pido disculpas. Acabo de recibir una llamada urgente. Me temo que tendré que acortar esta reunión.

Joseph asintió. —Comprendo, Oren. Son cosas que pasan. Solo quería que supieras que veo cómo se mueven los hilos. No me gusta el rumbo que está tomando.

—¿Marihuana? —pregunté.

—Sí. La legalización va a molestar a mucha gente. A muchos grupos que tienen un gran interés en que permanezca, digamos, libre de las restricciones y regulaciones legales.

La familia Costello nunca había traficado con drogas de ningún tipo. Era una regla estricta e inamovible de Carmine, y Vincent se había mantenido firme en esa misma creencia. No es que los Costellos estuvieran en contra de ganar dinero con negocios ilegales; era que había otros que se especializaban en el narcotráfico. Otros que sabían pagar lo que les correspondía. De todo, desde marihuana a cocaína, metanfetamina y crack. Últimamente, las noticias informaban de un aumento del consumo de heroína, sobre todo al otro lado del puente.

En Newark.

—Juez, de verdad que tengo que irme. ¿Qué puedo hacer para detener la tendencia a la legalización?

—Sé que tienes contactos.

Sí, quid pro quo.

—Contactos con los que no sería apropiado que yo hablara directamente —continuó—. Puedo ayudar a redactar la legislación. Necesito saber más, conocer los detalles. Si puedes ayudarme con eso, yo puedo ayudarte. Hace poco vi un proyecto de ley sobre emisiones que podría acabar costándole a Empresas Demetri una fortuna en multas del gobierno o en alteraciones de las refinerías para evitarlas.

—Tú dime a quién y qué —dije, mirando mi reloj—. Agradezco el aviso sobre las emisiones. ¿La semana que viene?

—Sí —convino Joseph Walters mientras salíamos juntos de mi oficina.

—Michelle —dije en dirección a su escritorio—. Cierre mi despacho con llave. Volveré por la mañana.

—Que tenga una buena noche, señor Demetri.

«Buena» no era precisamente la descripción de la noche que me esperaba.

Cuando entramos en el ascensor, Walters bajó la voz hasta convertirla en un susurro. —Estaba pensando en los Bonettis.

Asentí, comprendiendo y aceptando su petición. Sí, los Bonettis eran el centro de los cárteles de la droga de Newark.

—Gracias, Oren. Estoy seguro de que podemos hacer que esto sea mutuamente beneficioso.

Encontré el almacén cerca de South Street, en el distrito de Ironbound, y la ironía no se me escapó. Este era territorio de los Bonetti, la misma gente a la que Joseph Walters acababa de pedirme que contactara. Pero ese no era mi objetivo de esta noche.

No era mi primera vez en ese almacén. Ya había estado allí un par de veces para ver a Lennox hacer lo que hacía. No me gustaba. Joder, me había pasado casi toda la vida manteniéndolo alejado de mierda como esta, pero hasta yo tenía que admitir que era bueno.

Me abrí paso entre la multitud mientras el hedor a sudor y a algo peor me asaltaba la nariz. Con mi traje de mil dólares y mis mocasines italianos, no iba precisamente vestido para un club de la lucha, pero no pareció importar. La gente gritaba y coreaba el nombre de Lennox. Bueno, no Lennox, sino Nox, el estúpido nombre artístico que había adoptado.

Abriéndome paso a codazos entre la masa de gente que había venido a mirar por diez dólares la entrada, me dirigí hacia el alto ring de malla metálica. Tardé un rato en acercarme lo suficiente para ver, pero, cuando lo conseguí, mis pies se clavaron en el suelo, el rugido de la multitud enmudeció y la escena se volvió borrosa.

Magullado y maltrecho, con una camiseta imperio blanca y ensangrentada y unos pantalones de chándal, mi hijo se tambaleaba sobre la punta de los pies, con los puños cerrados y la mirada fija en su primo, Luca Costello.

Las caras de ambos habían empezado a hincharse mientras la sangre y la saliva salpicaban a las primeras filas de espectadores. Fue allí, al borde del ring, donde vi a Vincent Costello. En cuestión de segundos, llegué a su lado, aparté a Jimmy de un empujón y me coloqué junto al primo de Angelina.

—Dime qué quieres y para esto —supliqué—. Se van a matar el uno al otro, ¿y entonces qué nos quedará? Los dos perderemos a nuestros hijos. ¿Es eso lo que quieres?

Se me revolvió el estómago cuando el crujido de un cartílago y un hueso nos obligó a ambos a girarnos hacia el ring. Esta vez fue Luca quien había recibido el golpe. Escupió sangre al suelo.

—El diez por ciento de todo —dijo Vincent.

—¿De todo? —pregunté—. Pagaba a los Costellos el diez por ciento de todos los beneficios de Nueva York, pero Empresas Demetri había crecido a nivel mundial.

—De todo.

—De acuerdo. Haz que paren. ¿Estás a punto de matar a nuestros hijos por dinero?

—Respeto —dijo Vincent—. Yo paro esto. Tú pagas. Lennox es bueno. Tiene talento. Es hora de que lo use de forma honorable: para la familia.

—Pagaré —confirmé—. Para esto ya. —Ambos jóvenes parecían a punto de caer desplomados sobre la lona.

Vincent se giró hacia Jimmy y asintió. De inmediato, un árbitro o un presentador, no supe quién era, subió al ring y la mordaza que me oprimía el pecho se aflojó un poco.

Me quedé de pie, centrado ahora en llegar hasta Lennox, cuando Vincent me agarró del brazo. —Hablaremos.

No era una petición, sino una orden. —Sí, Vincent. Hablaremos.

El ojo izquierdo de Lennox estaba casi oculto por la hinchazón roja y morada. Sostuve su peso mientras él me pasaba un brazo por los hombros. La multitud se apartó mientras yo ayudaba —casi llevaba en brazos— a Lennox, mi hijo de más de metro ochenta, y Vincent hacía lo mismo con Luca.

—Brooklyn —dijo Vincent; era su forma de decirme que llevara a Lennox a otra parte. Luca recibiría tratamiento médico en Brooklyn. Los dos chicos no podían estar en el mismo hospital o levantarían sospechas.

Asentí y evalué a mi hijo. ¿Estaría lo bastante bien como para aguantar el viaje a Westchester? —¿Lennox, me oyes?

—¿É-él…, un golpe?

—¿Me oyes?

—Estoy vivo.

Lo estaba. Estaba vivo.

Si lo llevaba a Rye, Angelina estaría cerca. Ella sería mejor compañía que yo durante su recuperación.

—Vamos al hospital de Rye —dije una vez que estuvimos los dos en el coche. Aunque le había abrochado el cinturón y reclinado el asiento, no paraba de dar sacudidas con la cabeza y de murmurar cosas que no lograba entender.

*****

—¿Por qué no nos dicen nada más? Han pasado horas —dijo Angelina, poniéndose de pie de nuevo. De arriba abajo, de un lado a otro. Era como si necesitara moverse sin parar.

—Porque es mayor de edad. —La respuesta no me gustaba más que a ella y, obviamente, él no había actuado como un adulto, pero, sin embargo, por su edad, era la verdad. Era la política del hospital. Daba igual quién lo hubiera traído o quién pagara la maldita factura. Jodidas normativas.

Mi exmujer se giró por fin hacia mí.

—Quiero que seas sincero conmigo.

—¿Sobre qué? —Había caído en esa trampa incontables veces.

—Sobre lo de esta noche. No tiene sentido —dijo Angelina, retorciéndose las manos mientras volvía a pasearse por la pequeña sala de espera.

Recostado en una silla naranja cubierta de vinilo, estiré las piernas. Tenía gotitas rojas en el cuero de los zapatos. Me había lavado la sangre de Lennox de las manos, pero mi traje y puede que mis zapatos estuvieran arruinados.

—No lo entiendo —dijo ella, y sus ojos azules se oscurecieron—. ¿Qué has hecho?

—¿Yo? Le he salvado la vida a nuestro hijo.

—Vincent y yo somos familia. Él no haría esto si no tuviera un buen motivo.

—Dijo que le estaba enseñando a Lennox a ser respetuoso.

Angelina bajó el tono de voz. —¿A Lennox o a ti? ¿Por qué te llamó a ti y no a mí?

Me puse de pie e intenté mantener un tono bajo. —No lo sé. Quizá no quería que su prima, la princesita, apareciera por el distrito de los almacenes para ver cómo mataban a su hijo a golpes.

—Le prometiste algo, ¿verdad?

Me encogí de hombros. —Dinero. Quiere más.

Se mordió el labio, como hacía cuando pensaba. —El dinero no demuestra respeto. Quiere algo más. —Enderezó el cuello—. Dímelo.

—Quiere que Lennox trabaje para la familia.

Los ojos azules de Angelina se abrieron como platos, presas del pánico. —Dime que no aceptaste. Por favor, Oren, dime que te negaste.

—Joder, ¿tú le has dicho que no a Vincent alguna vez?

—Sí —dijo ella con total naturalidad.

—No le respondí. Dejé la pregunta en el aire a propósito.

—Pues lo haré yo.

Di una vuelta como un animal enjaulado, incapaz de moverme más de un metro en cualquier dirección, y me pasé una mano por el pelo. —No. No es asunto de una mujer…

—Es el lugar de una madre —declaró ella.

—¿Qué imagen da que la madre de Lennox sea la que se enfrente a Vincent y luche sus batallas?

—Todavía no es su batalla. Hablaré con Vincent antes de que el asunto llegue a Lennox. Y te diré qué imagen da. Da la imagen de que seguimos siendo una familia… —hizo un gesto entre los dos—, de que todavía hablamos y de que a los dos nos sigue importando el futuro de nuestro hijo. Da la imagen de que la princesa por fin ha decidido tomar las riendas de su reino.

—¿Disculpen, señor y señora Demetri? —preguntó la menuda mujer con pijama sanitario verde claro.

Ambos nos giramos y respondimos al unísono: —Sí.

—Ya pueden ver a su hijo.

Le cogí la mano a Angelina. —Hablaré con Vincent si quieres. Jamás te pediría que…

Me apretó los dedos y sonrió. —No. No me lo has pedido. Déjame hacerlo a mí. Saldrá mejor. Estoy segura.

Tenía razón. Probablemente saldría mejor.

—El dinero es suyo —confirmé—. Me importa una mierda.

—Sí que te importa. Te importa, y no solo el dinero. Supongo que siempre lo he sabido. Solo que estaba demasiado dolida y sola para verlo. Haremos esto. Lennox se merece más de lo que tuvimos nosotros.

No podía apartar los ojos de mi exmujer. En algún momento de los últimos veinte años se había convertido en algo más, ¿o solo había sido desde nuestro divorcio? —Angelina… —empecé.

Me apretó la mano de nuevo. —Oren, para. Esto es por nuestro hijo. Lo arreglaremos.

—Estoy… —Hice una pausa, buscando la palabra adecuada—. Asombrado.

—No lo estés —dijo Angelina—. Me ha hecho falta ser yo misma, ver el mundo por mi cuenta, para por fin entenderlo todo. Siento no haber podido hacerlo cuando estábamos casados.

—Yo nunca…

Ella esbozó una sonrisa triste y de complicidad. —Ambos hicimos lo que sabíamos hacer. Lo admita Lennox alguna vez o no, nos necesita a los dos.

Así era. Lennox nos necesitaba y se merecía más de lo que su madre y yo habíamos tenido. Nunca sería el padre implicado que animaba a su hijo desde las gradas en los partidos de béisbol, pero haría todo lo posible para asegurarme de que tuviera la oportunidad de un futuro sin todas las ataduras que habían venido con el mío.

Era un hombre duro. La vida me había hecho así. Mi corazón estaba blindado, una fortaleza a la que pocos tenían acceso. La mujer a mi lado siempre tendría su lugar. Habíamos compartido demasiado como para permitir que algo como un divorcio sirviera también de aviso de desahucio. El joven al final del pasillo era parte de mí. Su lugar estaba asegurado. La única otra persona que residía en mi frío corazón pertenecía a alguien más.

Aunque no veía posible que esto último cambiara, y eso que vendería lo que quedaba de mi alma para que ocurriera, Adelaide seguía formando parte de mí y era una de las tres personas que siempre serían mi prioridad. Haría lo que tuviera que hacer. Ya fuera desde la barrera o de frente. Preocuparme solo por tres personas me permitía mantener la concentración cuando el mundo a mi alrededor se volvía confuso.

Solté la mano de Angelina y caminamos hacia la habitación de hospital de Lennox.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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