¡Despertando la Única Clase de Rango SSS! Ahora Hasta los Dragones Me Obedecen - Capítulo 412
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Capítulo 412: Paraíso de criminales
Tras entrar en la ciudad, miraron a su alrededor. Daba la sensación de ser una ciudad de hace mil años, y la mayoría de las casas estaban construidas con arcilla.
La arquitectura no se parecía a nada que hubiera visto antes, con enormes y hermosas estructuras en forma de cúpula. Toda la ciudad era de un color uniforme, a diferencia de la mayoría de las ciudades que habían visto hasta ahora, que solían ser vibrantes y coloridas.
Otra cosa que les llamó la atención fue el ambiente de la ciudad. Al contrario de lo que esperaban, el lugar se sentía realmente vivo, y la gente parecía genuinamente feliz.
—El paraíso de los criminales, ¿eh? —rio Daniel.
La mayoría de la gente tenía niveles de poder altos, entre el rango B y A, e incluso había un número considerable de rangos A. En cuanto a rangos superiores…, bueno, no vieron a ninguno en la ciudad.
Después de preguntar un poco, decidieron dirigirse por ahora a una posada; a la más famosa de la ciudad, al menos. Quizás allí podrían encontrar algo de información sobre su objetivo.
—Con eso de que las identidades falsas son comunes aquí, encontrar a Aden podría no ser tan fácil —dijo Andreas, mirando de reojo a Daniel.
—Sí, encontrarlo no será sencillo. Pero intentarlo es gratis, de todos modos —asintió Daniel, y entonces empezaron a caminar hacia su destino.
El lugar al que se dirigían se llamaba la Posada Central de Sangrulago, y parecía estar regentada por el propio señor de la ciudad y su familia.
Por lo que habían averiguado, era el mejor lugar para descansar, comer y, lo más importante, comprar todo tipo de información sobre toda clase de personas. Según lo que otros habían dicho, si buscaban a alguien, ese era sin duda el lugar para encontrarlo o para conseguir ayuda para hacerlo.
—¿No es arriesgado si entramos y preguntamos sin más? Después de todo, nuestro objetivo es un asesinato, ¿no deberíamos tener cuidado?
—Sí, pero si lo hacemos de esa manera, podría llevar demasiado tiempo localizarlo. Además, asesinarlo podría no ser la opción correcta; sobre todo porque aquí está prohibido matar a nadie fuera de los duelos a muerte —respondió Daniel antes de añadir—:
—Normalmente podríamos ignorar las reglas, pero el señor de la ciudad de aquí es sin duda un Escalador Celestial, y si tenemos mala suerte, quizá hasta un Rey Celestial.
—Tiene sentido… pero ¿cómo lo obligamos a aceptar un duelo a muerte? —preguntó Andreas, confundido.
—Yo tampoco lo sé. Primero, lo encontramos y averiguamos qué tipo de persona es. Después de eso, decidiremos.
Después de eso, el silencio se instaló de nuevo entre ellos. Pero muy pronto llegaron a su destino. Tras confirmar el letrero, abrieron la puerta y entraron.
Una vez dentro, echaron un vistazo. A ambos lados había mesas donde se sentaba mucha gente; unos bebían, otros apostaban.
La mayoría eran corpulentos y tenían caras que parecían de matones y gánsteres.
En el extremo más alejado había un mostrador donde se encontraba un hombre calvo de mediana edad. Los dos se acercaron a él.
—Bienvenidos, nuevos huéspedes.
—Hola. Nos gustaría una habitación para tres días —saludó Daniel.
—¿Cuánto dinero tienen? Tenemos todo tipo de habitaciones: desde cuchitriles, a habitaciones lo bastante buenas para dormir, e incluso habitaciones dignas de reyes —dijo el posadero con una sonrisa burlona.
—Con una habitación lo bastante buena para dormir será suficiente —respondió Andreas esta vez.
—Parece que tienen más dinero que eso.
Andreas frunció el ceño, pero antes de que pudiera decir nada, Daniel habló de repente en un tono que Andreas no esperaba.
—¿Y qué? ¿Hay algún problema? ¿Acaso te atreves a tener un problema?
Al oír su tono áspero y burlón, todos los que estaban bebiendo o apostando se giraron para mirarlos, con las miradas llenas de curiosidad, burla y desdén.
—Cálmate, nuevo amigo. Este no es el tipo de lugar en el que quieras empezar a armar jaleo. Solo lo dije por tu propio bien —dijo el posadero con una sonrisa.
—¿De verdad? ¿No porque pensaste que habías visto un blanco fácil? Bueno, no es tu culpa. Mucha gente cometió ese error. La mayoría de ellos ahora están bajo tierra —dijo Daniel, con voz firme pero aún con ese tono burlón.
Cuanto más escuchaba Andreas, más confundido se sentía. Pero no se atrevió a interrumpir; estaba seguro de que Daniel no hacía esto sin motivo… o al menos eso esperaba.
—¡Jajaja! —Antes de que el posadero pudiera responder, una fuerte carcajada resonó por toda la sala.
Andreas se giró para ver de quién se trataba, y cuando se dio cuenta, sintió un repentino dolor de cabeza.
—Niño, tienes agallas. No todo el mundo se atreve a hacer el payaso delante de mí —dijo un hombre enorme, de casi dos metros de altura, que se levantó de su asiento y caminó hacia ellos.
Los miró a ambos con burla y desdén, como si no fueran más que presas y tontos.
—¿Desde cuándo los cerdos tienen derecho a hablar? —replicó Daniel sin enfadarse. Al contrario, un destello de diversión apareció en sus ojos.
En el momento en que sus palabras resonaron, el silencio se apoderó de todo el lugar. Se podía oír incluso el sonido de la gente tragando saliva, y nadie se atrevía ni a respirar demasiado fuerte.
Andreas observaba, aún más confundido, pero cuando vio la expresión del posadero —como si estuviera viendo un divertido espectáculo de comedia—, empezó a comprender el plan de Daniel.
Pero no era el caso del enorme hombre calvo que estaba frente a ellos, cuyos ojos ahora ardían de rabia.
—¿Acabas de llamarme cerdo? —preguntó furioso, como si sus ojos estuvieran inyectados en sangre.
—Sí. ¿Algún problema con eso? —respondió Daniel con pereza.
—¡Maldito seas! —El hombre levantó la mano para asestarle un fuerte golpe a Daniel, pero antes de que pudiera alcanzarlo, se detuvo a solo una pulgada de él.
—Eres más lento de lo que esperaba —rio Daniel mientras liberaba su aura.
Un aura aterradora envolvió toda la sala, estampando al hombre contra el suelo y aplastándolo de un solo golpe.
Todos a su alrededor se quedaron mudos de la impresión. Ninguno de ellos había esperado que la pelea terminara así. De hecho, ni siquiera fue una pelea; terminó sin que Daniel necesitara recibir un solo golpe.
—Bueno, ¿dónde estábamos? —Daniel volvió a mirar al posadero, que todavía le sonreía.
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