Despertar del Ex-Rango: Mis Ataques Me Hacen Más Fuerte - Capítulo 321
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Capítulo 321: EX 321. Ataque de corazón
León se alzaba sobre el dragón caído, con la mirada fría e implacable fija en la maltrecha figura de Greg.
El dragón azul estaba hecho un desastre. Apenas podía abrir el ojo derecho, sus escamas estaban agrietadas en varios lugares y sus alas colgaban lacias y desgarradas; estaban demasiado dañadas como para volver a surcar el viento sin meses de recuperación. El último golpe le había drenado la vida, dejando solo una masa temblorosa de sangre, escamas y orgullo.
—Lo… sien…to… —graznó Greg con respiraciones superficiales. Su mandíbula colgaba en un ángulo extraño, y las palabras se arrastraban entre los huesos rotos.
León lo escuchó con claridad, pero se limitó a negar con la cabeza. —Ya es demasiado tarde para eso.
El único ojo sano de Greg se abrió de par en par con incredulidad. Por primera vez en siglos, las lágrimas asomaron a la mirada del dragón. —Por… fa…vor… por… fa…vor… lo… sien…to…
Ahora las lágrimas caían libremente, brillando débilmente sobre la tierra mientras León alzaba su espada, cuyo filo resplandecía con suavidad en el crepúsculo rojo como la sangre.
Entonces una voz rasgó el aire, aguda y furiosa.
—¡No te atrevas a ponerle las manos encima a ese dragón!
León se quedó helado por un instante, apretando la mandíbula con frustración.
—Por supuesto…
El sonido lejano de alas batiéndose se hizo más fuerte. Aleteo. Aleteo. Aleteo.
Una sombra barrió el suelo mientras tres dragones descendían, y sus alas levantaban olas de polvo y viento. El más grande, un enorme dragón marrón cuyas escamas relucían como hierro bruñido, aterrizó con un estruendo atronador. Sus ojos dorados se posaron en Greg y luego se oscurecieron por la furia.
—Inmundo humano, ¿te atreves? —gruñó con una voz tan profunda que hacía vibrar las piedras.
El único ojo funcional de Greg se iluminó con un destello de cruel satisfacción. A través de su mandíbula destrozada, forzó una risa ahogada. —A…ho…ra… vas… a… mo…rir… hu…ma…no.
Pretendía ser una burla, incluso triunfante, pero con media cara destrozada y la sangre derramándose de su boca, resultaba patético.
León no se molestó en responder.
Un leve zumbido llenó el aire.
Entonces, la sonrisa de Greg se congeló. El pecho se le oprimió, un dolor agudo abrasándole el corazón. Su cuerpo se convulsionó una vez antes de que se le escapara un lamento ronco y gutural.
Y luego, el silencio.
Su ojo se vidrió y su cuerpo se desplomó inerte sobre la tierra.
La cabeza del dragón marrón se giró bruscamente hacia León, con la incredulidad destellando en su rostro. —¿¡Qué has hecho!? —rugió.
León se encogió de hombros, bajando la espada con indiferencia. —Debió de ser un ataque al corazón.
El dragón marrón se limitó a mirarlo fijamente, sin palabras.
—…
****
El gran dragón marrón miró fijamente a León, con la incredulidad grabada en su rostro escamoso.
—¿Me tomas por tonto, humano? —retumbó su voz, haciendo temblar el aire.
León le sostuvo la mirada sin inmutarse. Su tono era tranquilo, casi despreocupado. —¿Acaso debería?
La réplica fue como una bofetada. La enorme mandíbula del dragón se tensó, sorprendido por el descaro del humano. Por un momento, pareció listo para atacar, pero entonces su mirada se desvió hacia el cadáver de Greg.
En realidad no había visto a León asestar el golpe mortal. Sí, Greg había recibido una paliza que casi lo mata, pero los dragones eran resistentes. No morían así como así. Unos cuantos huesos rotos, un ala desgarrada, un cráneo fracturado…; nada de eso era suficiente para matar a un Rango 7.
«¿Podría haber sido de verdad un ataque al corazón?», pensó el dragón marrón, frunciendo el ceño.
Una voz grave y antigua resonó en la mente de León.
Originus: —Cómo ha podido mi gente volverse tan tonta… como para creerse de verdad que ha sido un ataque al corazón.
León mantuvo una expresión neutra, aunque un destello de diversión brilló en sus pensamientos. «¿Qué tiene de malo un ataque al corazón?».
Hubo un instante de silencio. Luego, el dragón primordial musitó con sequedad:
Originus: —Bueno, este ataque al corazón debe de tener muy mal genio.
Una leve sonrisa asomó a los labios de León.
Originus no necesitaba pruebas; sabía que León era el causante. Pero para cualquiera que estuviera mirando, parecía exactamente lo que era: un dragón que caía muerto por un fallo cardíaco.
«Supongo que todavía no está listo», pensó León, bajando ligeramente la espada. «Necesitaré practicar más con la Marca antes de poder controlarla por completo».
Los tres dragones seguían de pie ante él, con las escamas relucientes y los ojos ardiendo de hostilidad. Sus auras presionaban como un frente de tormenta: era densa, pesada y furiosa.
Pero León ni siquiera parpadeó.
Para él, no eran más que unos mindundis.
****
Los ojos del dragón marrón ardían de furia mientras se giraba hacia los dos que tenía detrás, un dragón verde y otro púrpura que seguían paralizados.
—Capturadlo. Ya lo interrogaremos después —ordenó el dragón marrón, con la voz retumbando como un trueno.
Los dos intercambiaron miradas inquietas. El púrpura, Richardan, movió las alas y forzó una risa nerviosa. —Lucas, ¿por qué no vas tú primero?
El dragón verde parpadeó. —Richardan, tú eres más fuerte que yo. Es mejor que vayas tú primero.
Reudeus, el dragón marrón, exhaló bruscamente por las fosas nasales. Unas chispas parpadearon en su aliento. —¡Inútiles! ¿Qué ha pasado con vuestro orgullo de dragón?
Sin esperar respuesta, avanzó con un fuerte pisotón, y el suelo tembló bajo sus garras. Lo haría él mismo.
Detrás de él, Richardan y Lukerel no se movieron. Se limitaron a observar. Greg había sido el más fuerte de los que habían ascendido recientemente a Rango 7 y, sin embargo, lo habían convertido en un amasijo sangrante para luego morir de un ataque al corazón.
Ninguno de los dos quería averiguar qué otros tipos de «problemas de corazón» podía causar este humano.
Reudeus se detuvo a pocos pasos de León, y su sombra engulló el suelo que los separaba. —¡Ten cuidado, humano, estás ante el gran Reudeus!
La expresión de León no cambió. Sus ojos estaban tranquilos, distantes y casi aburridos. Desenvainó la Espada del Vacío con un único y suave movimiento, y el oscuro metal zumbó débilmente en el aire.
—Acabemos con esto de una vez.
Y al instante siguiente, se movió.
Lo que siguió fue un borrón de velocidad y sonido, luego un destello de acero, un rugido y la onda de choque que recorrió las montañas como un terremoto.
Las escamas de Lukerel se erizaron de miedo. —¡Voy a por refuerzos! —gritó, desplegando sus alas de par en par.
—¡Espérame! —dijo Richardan rápidamente, despegando a su lado.
Los dos dragones huyeron en la distancia, dejando a Reudeus solo.
Poco después, sus bramidos furiosos resonaron por las montañas: profundos, entrecortados y desvaneciéndose en el silencio.
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